Ser una cabrona no compensa

La nostalgia me pone cachondo

Episodio cinco

La semana ha empezado muy, pero que muy movidita. He tenido un sueño súper raro y súper caliente. ¡Dos señoras pajas me he tenido que hacer para  poder bajarme la calentura!

Después el imbécil del director del banco me ha vuelto a dar pares y nones con el puñetero crédito. Porque sé que  no está bonito lo de estrangular a la gente, ¡pero me han entrado unas ganas! ¡Valientes aires los que se da el muy gilipollas!

Y para rematar la faena, una gachi, de buenas a primeras, me ha empezado a llamar a voces en medio de la plaza. Al principio no sabía de quien se trataba, porque hacía  cantidad de años que no sabía de ella, pero fue fijarme un poquito más y la reconocí al vuelo, era La Debo, mi primera novia.

Ha sido  tener constancia de quien es la mujer que tengo ante mí  y lo primero que se me vino a la cabeza fue los buenos lotes que nos pegamos en su momento. Lo bien que la mamaba e, irremediablemente, la pequeña orgia que ella y su amiga, la Vane, organizaron en el local que teníamos alquilados para las fiestas de Navidad. ¡Fue la hostia!

Me he debido quedar un poquito  pillao, pues mi ex se acerca a mí y, al ver que no reacciono, en un tono cordial me dice:

—¡Iván! ¿No sabes quién soy?

—Sí, ¡eres la “Debo”!

Instintivamente, tras intercambiar una afectuosa sonrisa, nos damos los dos habituales besos. Sin quitarle las manos de sus hombros, la observo detenidamente y le digo:

—¡Qué guapa estás joia!

¡Pues tú estás igual…!

—No sé si tomarme eso como un piropo o como un insulto—Contesto con cierta guasa.

—¡Sabes que sí, so tonto! —Sus palabras van acompañada con una sonrisa y un cariñoso golpe en mi hombro derecho.

—¡Qué de tiempo hace que no nos vemos!

—Casi quince años… —La alegría de mi amiga se apaga por momentos, como si reviviera de nuevo las circunstancias que la obligaron a marcharse del pueblo.

Un  irremediable silencio se crea entre los dos. No decimos nada, pero ambos tenemos en mente lo mismo. Sin meditarlo, suelto una contundente frase:

—¡Hay que ver, la que lío la cabrona de la Vane!

Débora me mira y se sonríe tímidamente. Pese a que quiere ocultar que aquello le sigue afectando, la tristeza en su mirada es más que evidente.

—Hoy por hoy lo veo como algo positivo…

—¿Algo positivo? ¡Déjate de coñas! Fue una putada en toda regla.

—Sí, pero me vino bien. Yo estaba muy ciega con Vanesa, sabía que tenía sus fallos y tal, pero nunca que fuera tan mala persona. ¡Se comportó como una verdadera hija de la grandísima…!

—La verdad es que hay que ser muy mala persona, para liar la que lió.

—Lo peor es que no ganaba nada con aquello. Simplemente lo hizo para hacer daño. Ir de chicas modernas y hacer lo que nos diera la gana molaba un montón, putear a la gente no.

»Fue necesario  ver como disfrutaba jodiendo a los demás, y por mis propios ojos, para quitarme la venda. Me dolió un montón descubrir que mi mejor amiga era una cabrona como la copa de un pino.

—La verdad es que para hacer lo que hiciste, hay que tener los ovarios muy bien puestos.

 —Si hubiera dejado que se hubiera salido con la suya, no habría sido mejor que ella y no me lo habría perdonado jamás.

Observo detenidamente a mi ex. Sigue siendo la misma persona de la que me encariñé: amable, simpática y generosa. Sin embargo, la jovencita pizpireta ha dado paso a una mujer más calmada. Sus palabras están cargadas de una sabiduría que yo nunca  le hubiera imaginado.  

—Para mí nunca fuiste igual que ella.

—Lo sé —Al decir aquello, la niña que conocí vuelve a aparecer en su rostro y sus mejillas se sonrojan levemente.

—¿Sabes? Me casé con Eva.

—¡Ah! ¡Qué bien! Sirvieron para algos mis embustes…

—Sí y no. Eva siempre supo que lo que decía la Vane era cierto. Lo que pasa es que como me vio realmente arrepentido, me perdonó. Lo sé porque con el tiempo lo hablamos y no tuve más remedio que admitir la verdad.

—¿Le contaste a tu mujer lo de la orgía? —Débora pone cara de no creerse lo que está escuchando.

—¡Qué remedio! No podía seguir negando lo evidente… Y menos a ella.

—La verdad es que aquellas navidades marcaron un antes y un después para mí.

—Lo que nunca llegue a entender es por qué la Vane actuó de aquel modo…

—¿Y quién lo entiende?—Mi acompañante cabecea con perplejidad — Mira Iván, aquella noche nos fue de puta pena. Los dos pijos de la Ponderosa habían quedado el día antes  con nosotros en un bar de  Dos Hermanas y no se presentaron.  Por lo que fuimos a pedirles explicaciones al día siguiente.

La Debo habla conmigo con una confianza y familiaridad igual a la que teníamos cuando éramos jóvenes, como si el tiempo no hubiera pasado por nosotros y, aunque estamos en medio de la plaza del pueblo, nos sentimos  como si estuviéramos en la intimidad.

—Nos “encajamos” en el chalet que vivía Borja —prosigue mi ex  con una efusividad poco común, como si tuviera una necesidad acuciante de contarme aquello con pelos y señales —, el niñato que salía con la Vane. Nos abrió la criada, automáticamente apareció  la madre. La tía nos miró de arriba abajo como si tuviéramos apestadas.  El aspecto de señoritinga de la mujer imponía, estaba tan arreglada y compuesta que pareciera que, más que estar sentada viendo la tele,  iba a salir a un bautizo o una boda.

»Le dijo a la chica del servicio que fuera a buscar a su hijo, poco después apareció este que, al vernos allí, se quedó blanco como la cal.

»Sin decirle nada a su madre, salió a la puerta con nosotras. Se enfadó mogollón cuando nos vio allí y empezó a pegarle voces a la Vane sin venir al caso.  El tío se comportó como un puto cabrón, nos dijo que  nos olvidáramos de ellos, que le habíamos buscado un problema llegándonos a su casa y que como se enterara su novia nos íbamos a enterar.

»Nos mandó a la mierda  y nos pidió que no apareciéramos más por el pueblo. Nos trató como si fueramos dos putas y no supimos que decirle. 

»A la Vane, quien estaba un poco pillada por aquel imbécil,  aquello le sentó fatal. En el autobús estuvo todo el  trayecto llorando y sin decir esta boca es mía. La verdad es que no sé porque, pues yo, en el fondo, tenía muy claro para lo que nos querían aquellos dos. Pero parece que ella se había consentido una mijina…

—¿Seguro Debo?  La Vane siempre ha sido más lista que el hambre, no creo yo que se hiciera la más mínima ilusión.

—¡Todo pura fachada!, yo que la conocía bien te puedo decir que cada vez que uno de los tíos con los que salíamos nos mandaba a la mierda, lo pasaba fatal. Lo que pasaba es que en vez de quedarse lamiéndose las heridas, siempre estaba ideando algo nuevo para pasarlo bien. Aquella tarde, después de venir de Alcalá, me llamó por teléfono y quedó conmigo en el Pub del Príncipe.

»Yo que conocía muy bien sus tejemanejes, me imaginaba que ya habría ideado alguna de las suyas para aquella noche. Lo que no me esperaba fue lo que me soltó de ir a vuestra fiesta para tirarse a Fernando.

—¿Qué te lo soltó así? ¿Sin anestesia?

—La Vane era así, decía lo primero que se le ocurría, sin importarle lo que pensara la gente. Creo que eso la hacía sentirse superior a los demás.

—Pues el concepto  que tenían de ella no era precisamente de que fuera mejor —Mi comentario está cargado de un más que evidente sarcasmo.

—Sí, pero te recuerdo que de mí no tenían mejor concepto —Me responde con cierto retintín Débora, quien prosigue con su historia como si tal cosa —El caso es que cuando llegamos a la fiesta y  vimos únicamente al Fernando y al Antonio,  vimos el cielo abierto. Yo me liaría con uno y ella con el otro…Pero se veía que la muy puta tenía otros planes.

Observo detenidamente el rostro de mi ex, a pesar del tiempo transcurrido todavía no ha superado aquello del todo y sigue resentida con Vanesa por lo sucedido. Veo que lo de desahogarse conmigo (aunque sea en medio de la plaza y a ojos de todo aquel que  pasa),  le está viniendo de puta madre y dejo que se explaye a gusto.

—Con el tiempo he analizado que si no cerró la puerta de inmediato era porque estuvo esperando que tú llegaras, para montar la que montó. No sé si para humillarte a ti, o para humillarme a mí. El caso es que se comió una mierda, ¡porque no los pasamos de puta madre! —Su sonrisa  al ver como asiento con la cabeza, mientras me rio picaronamente, no es la de una treintañera, tiene la frescura de una adolescente.

» Yo la apreciaba mucho y, aunque no me consultó nada, la  pequeña orgia que organizó no me molestó en absoluto. Me fastidió lo que hizo después a mis espaldas. ¿Por qué llamó a vuestras novias para contárselo? ¿Qué pretendía?

—Pues joder la marrana y ¡bien que lo hizo! Yo llevaba apenas unos meses con Eva, pero Fernando y Antonio llevaban ya un “taco” de tiempo con sus parientas. De no ser por ti, hoy no estarían casados con ellas.

—¡Anda no seas exagerado! Con el tiempo los habrían  perdonado,  cómo te han perdonado a ti — De nuevo la jovencita que conocí se asoma a su rostro y sonríe dejando ver un leve sonrojo en sus mejillas.

—Sí, pero tendrás que reconocerme, que no es igual perdonar de puertas pa  dentro, que de puertas pa fuera. No es lo mismo pasar una cana al aire de tu pareja y que no se entere ni Dios, a que esto sea vox populi. Si tú no hubieras negado a todo kiski, por activa y por pasiva, lo que tu amiguita iba diciendo por ahí. Ten por seguro que Eva no me hubiera perdonado. 

—La verdad es que fue un escándalo. Creo que se enteró hasta el tato.

—Para mí que la muy perra lo tenía planificado todo…

—A mí no me dijo nada — A pesar del tiempo transcurrido, Débora se siente culpable por lo sucedido.  

—¡Eso nadie lo pone en duda! Pero dime tú a que venía reunir a nuestras novias y contarles todo de pe a pa. Si la muy puta, para que viera que era cierto lo que les contaba, hasta le dio pelos y señales de las formas y tamaño de nuestra pollas.

—No olvidaré jamás el día que las tres se presentaron en mi casa a pedirme explicaciones. Carmen, la de Fernando, no podía ni hablar y todo lo que hacía era llorar como una Magdalena.

—¿Cómo fue que te dio por negarlo todo?

—Lo primero, porque mi madre estaba con la oreja puesta y no era plan de ponerme en evidencia. Lo segundo, porque me parecía una canallada lo que había hecho la Vane. Me dio la sensación de que, como ella no conseguía tener una pareja estable, no quería que nadie la tuviera.

—A mí, lo que no deja de sorprenderme es que te creyeran a pies juntillas.

—¡Muy fácil! Les dije simplemente lo que ellas querían oír. Las tres os querían mucho y estaban dispuestas a hacer lo que fuera para no perderos. Incluso pasar la mano a una cosa como aquello. De hecho, creo que las tres parejas terminaron en boda, ¿no?

—Sí, bueno… —Hago una pausa al hablar,  a la vez que hago una leve mueca de fastidio —Antonio y Fany terminaron divorciándose, pero por otros motivos bien distintos.

—¿Y eso?

—Cosas de la vida… —Con mi evasiva respuesta, le dejo claro que no quiero hablar del tema y reanudo la historia de ella y la Vane — Lo que fue chungo fue tu bronca con ella. ¡Vaya la que te lio en la plaza del pueblo con todo el mundo delante!

—Menos mal que, yo que sabía de qué pie cojeaba, iba preparada y lo único que hizo fue quedar más  aun en evidencia…

—Sí, pero por muy prevenida que fueras, me tendrás que reconocer que fue un mal “traguito”. ¡Y de los buenos!

—En peores me he visto después —En el rostro de mi amiga se deja ver la resignación —.Que se enterara todo el pueblo de la discusión que tuvimos, no fue lo más grave. Lo peor, fue la bronca que me echaron en casa. Mis “viejos”, quienes no entendían de barcos,  cogieron por la calle de en medio y, por aquello de quitarme del peligro, me mandaron a Sevilla a vivir con mi tía…

—Razón no le faltaba a tus “viejos”. Si hubieras seguido con la juntiña de la Vane, lo más seguro que hubieras acabado como ella.

—¿Tan mal acabó? Yo la verdad es que una vez salí del pueblo, le perdí la pista por completo.

—Cuando te fuiste, toda la gente le dio de lado. Como ya todo el mundo sabía de lo que iba, de vez en cuando algún tío la buscaba para pegarse un desahogo, pero poco más. A ella le daba igual que fueran guapos o feos, altos o bajos, solteros o casados… Una copita y unos poquitos de arrumacos, se la llevaban al descampado y después, si te vi no me acuerdo…

»Al principio solo lo hacía por gusto, pero cómo se enganchó a la coca, empezó a cobrar. Primero se lo hacía con los camioneros que pasaban por las ventas de las afueras, después hasta con los viejos.

»Estaba completamente descontrolada. Lo mismo se llevaba una temporada sin aparecer por el pueblo, que la veías pasear por el centro como si tal cosa. Estaba muy demacrada y se empezó a rumorear que tenía el sida. Menos mal que su hermano la mandó a una casa de esas para que se desentozicara, ¡qué si no!

—¿Se desintoxico o no?

—Sí, ahora vive en Almería. Hace unos años vino por el pueblo y me presentó a su marido. Un señor mayor de unos sesenta años, por lo visto lo conoció  llamando al programa ese de los viejos  del Juan y Medio

—Pues espero que le dure, pero conociéndola me extraña…

—Bueno y ¿y de tu vida qué?

—Te cuento lo bueno… Qué es con lo que me quedo. Me casé  hace cuatro años con un mexicano guapísimo, es productor de cine y sus películas tienen bastante éxito…

—¡Vaya tía, eso es un “braguetazo” y lo demás es tontería!

—La verdad es que no me puedo quejar… ¿Y tú? ¿Cuántos niños tienes?

—Una, mi Evita. —Meto la mano en mi bolsillo, sacó mi móvil, busco la foto que le hice hace poco y se la enseño— ¡Mira esta es de hace dos semanas! ¡¿A qué está guapa?!

Débora coge el móvil entre sus manos y una sonrisa invade su rostro, mientras contempla a mi chiquilla: 

—¡Qué guapa es! ¡Hay que ver lo que se parece a ti!

—La verdad es que sí— ¡Se me tiene que haber puesto una cara de tonto! Y es que con mi niña, se me cae la baba— Pero la boquita y los ojos son los de la madre.

Vuelve a mirar la imagen de mi niña.  Hay cierta frustración en su semblante, quizás no pueda tener hijos o su pareja no los quiere. Por si acaso y para no meter la pata, no pregunto. Está disfrutando  a conciencia contemplando  la foto de Evita, tanto que sonríe hasta con la mirada.

—¿Qué tiempo tiene?

—Dos años hizo en Junio.

—¡Qué bien!—Un gesto de resignación y una sonrisa forzada se dejan ver en su rostro, al tiempo que me devuelve el teléfono.

—¡Que alegría me ha dao verte!¡Tía que han pasado quince años!

—Quince años… Casi toda una vida…— Ignoro que ha podido pasar, pero la alegría se ha borrado de su rostro por completo. Sus palabras han dejado de ser efusivas y hay cierta frialdad en su voz —. Bueno y ¿a qué te dedicas?

—¿Pues a qué va a ser? A lo mío, a la mecánica —Contesto recalcando de manera palpable la obviedad de esto —. He estado trabajando muchos años para un concesionario, pero con esta puta crisis empezaron a recortar el personal a final del año pasado y, como era de los más baratos de despedir, fui de los primeros en largar a la puta calle.

—¡Joder vaya putada!

—La verdad es que sí, lo que pasa es que le he echado cojones al asunto y  me he convertido en un emprendedor de esos. En Abril, un colega y yo nos liamos la manta a la cabeza y  montamos un tallercito en  un local en el polígono de Los molares.

—¿Te va bien?

—Regular… La gente está mu tiesa y hasta que el coche no los deja tirao, no se deciden llevarlo al taller.

—La verdad es que a mí, que vengo de México, ver cómo está la gente aquí, me ha sorprendido bastante.

—¡Está to er mundo igual!

—Tú por lo menos tienes tu tallercito.

—¡De momento…! Porque de dónde vengo es del banco para que me den un préstamo, y como no me lo den, me veo pegando el “cerrojazo”.

—¿Tan mal te va la cosa?

—No, lo cierto y verdad es que el trabajo no nos falta. Empezamos a tener nuestra clientela fija e incluso, para no dejar al personal  desabiao,  hemos preferido turnarnos en las vacaciones. Pero Debo, los principios son siempre tela de trabajosos y con muchos gastos: El alquiler, la luz, los impuestos, las letras de las máquinas que hemos comprado… ¡Todo el pescao se vuelve cabeza!

—¿Cuánto has pedido al Banco?

—Seis mil euros…

Es escuchar la cantidad y Débora sonríe maliciosamente.

—¿Qué te pasa? ¿He dicho alguna tontería? —Intento no enfadarme, pero esa risita suya me cabrea un montón y no puedo evitar fruncir el ceño.

—¡No hombre! ¡Ni mucho menos! Lo que pasa es que me he acordado de una cosa… —Sonríe intentando que sus palabras suenen sinceras, pero no consiguen convencerme del todo.

 Por la antigua amistad que nos une, guardo silencio. Aunque por más que lo evito, creo que se me ha tenido que poner cara de vinagre. Ella, que no tiene un pelo de tonta, se da cuenta que  ha metido la pata e intenta llevar la conversación por otros derroteros para calmar mi repentina hosquedad.

—¿Dónde has dicho que tienes el taller?

—En el polígono de los Molares, ¿por…?

—Mi cuñada me ha dejado su coche y la marcha atrás no va todo lo bien que debiera.

—Si no tienes nada urgente que hacer ahora, te acercas conmigo a la nave y si no es mucho jaleo, te lo miro en un momento.

—Por mí estupendo.

Continuará en: Follar es como montar en bicicleta

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