Despertándose con el nabo súper duro

La nostalgia me pone cachondo

Episodio uno

¿Qué carajo me ha pasado? Instintivamente me llevo la mano a los cojones y noto el cipote duro como una roca.  Ha sido un sueño de lo más raro. ¡Más que un perro verde!

Vale,  puedo poner la excusa de que  ando más caliente que el pico de una plancha y, con eso de que tengo la parienta en la playa,   no me puedo desahogar en condiciones. Sin embargo, soñar con el maestrito tiene dos pares y la bailaora. ¡Bueno!, si hubiera sido  solo con Mariano no estaría preocupado. Pero es que había un puto policía, ¡qué vaya la tranca que se gastaba el gachón! Yo si el de arriba me hubiera bendecido con algo así,  me dedicaba al porno directamente e iba llenarse de grasa su puta madre.

Me vuelvo a tocar el “manubrio” y no se baja ni queriendo. ¿A qué me voy a tener que hacer un  buen pajote tempranero? Sin pensármelo, me quito los gayumbos y dejo la polla libre.

Al empezar el sube y baja de mi mano, no puedo evitar acordarme de Mariano, de la manera tan brutal que tiene de comerme la polla y el ojete. Lo rico que es metérsela ¡hasta los huevos!, a través de  ese culito tan estrecho que parece dilatarse a cada embestida que le doy.

Sin querer, se me viene a la cabeza el momento del sueño en el que me penetraba. ¿Me estaré volviendo a la vejez bujarrón?  Sea como sea, no me desagrada imaginármelo dándome comia por detrás. Me pone tanto follar con él, que si un día, por casualidad, me lo pidiera, hasta me lo pensaría. Porque el tío es un máquina en el tema sexual  y como chingue igual que hace to lo demás, ¡lo tiene que hacer de lujo!…

Alcanzo el orgasmo con la sensación extraña de que tengo algo metido dentro del culo,  tres chorros de leche caen sobre mi barriga. ¡Buff, qué a gusto me he quedao! Mientras me limpio la corrida con una toallita húmeda, no puedo evitar pensar: ¿Existirá el puñetero poli del sueño?

Miro el reloj, veo que es temprano y me doy la vueltecita para el otro lado. A las ocho que me levante es buena hora. Si hasta las nueve no abren el puto banco.

A las ocho el despertador suena estrepitosamente. Me había quedado un poquito embelezao  y me cuesta trabajo volver al mundo de los “vivos”. Me levanto con muy poquísimas ganas y me dirijo al baño con la misma elegancia de los zombis de la tele. 

Es sacarme la churra para mear y compruebo  que la tengo un poquito pegajosa. Parece que con la caraja, no me la limpie bien antes. Nada que una buena ducha no solucione.

Mientras dejo correr un poco el agua, no puedo evitar pensar en  lo extraño que ha sido el sueño que he tenido. No solo he soñado con el tío que me he follado en un par de ocasiones, sino que me he inventado otro. No, ¡a qué me voy a estar volviendo maricón a la vejez!

Mientras me limpio el mojino recuerdo  cómo  Mariano me lo comió, como su rugosa lengua empapaba mis pelos del culo  y recorría todos los pliegues de este. Imaginarme como me hizo gozar, hace que mi calvo cabezón se vuelva a poner duro como una roca otra vez y ¿quién soy yo para negarle un capricho a la criaturita? Además, todavía  es bastante temprano  y tengo tiempo de sobra.

Me echó un chorreón de gel de baño en la mano y lo uso de lubricante para hacerme una   gallarda mañanera de las buenas. Curiosamente mi inspiración para tocar la zambomba no son dos buenas tetas, ni una raja mojadita. Lo que me lleva a mover mi polla de arriba abajo es imaginarme de nuevo como me follé a Mariano la última vez. Ha sido de los mejores polvos que he echado en mi puñetera vida.

En mi mente se vuelve a recrear aquella tarde de cabo a rabo. Desde el momento en que  recorrió mi cuerpo con la esponja  que me puso a reventar calderas, tanto que terminé corriéndome sin tocarme siquiera. Bueno, con el pedazo de beso negro que me metió, ¡se corría hasta el más pintao!

El revorcón  que le metí en su dormitorio, ¡fue de película! No sé qué me pone más si hacerlo con él o ver cómo el muy cabrón disfruta cuando se la meto. ¡Y cómo la chupa!  Es una delicia, sabe controlar perfectamente los tiempos para que no te corras rápido y te tiene todo el tiempo “muerto de gusto”.

Mientras me meneo  el cipote, una mano recorre una de mis tetillas y aprieto fuertemente el pezón. Me paso  los dedos por los vellos de mi pecho y, a continuación,  acaricio mi tripa delicadamente, creyéndome por un momento que es él quien lo hace.

Sin dejar de pajearme muy despacio, aclaro toda la espuma que envuelve a mi verga. Una vez el agua borra el jabón que la envuelve, lanzó un enorme escupitajo sobre mi glande y una sensación parecida a que me la estuvieran mamando me embarga.

De nuevo, el maestrito ocupa todos mis pensamientos. Fantasear con  cómo me la chupó, cómo me comió el culo o cómo se la metí hasta los cojones, hace que el pulso se me acelere y que mi mano vaya cada vez más deprisa. Poco después,  tres trallazos de esperma  salen de la punta de mi polla, manchando  de pleno los cristales de la mampara de la bañera.  Extasiado y agotado al mismo tiempo, me apoyo sobre los azulejos de la pared, aguardando que mi respiración vuelva a su ritmo normal.

A pesar de que no hace ni una hora que he eyaculado, mis cojones seguían todavía lleno de leche y la corrida ha sido abundante. Estar de Rodríguez me tiene que me subo con las paredes, cuando coja a la parienta la voy a poner mirando primero pa  Gelves,  segundo pa Cuenca y después  pa la Meca. ¿Por qué estará tan rico follar?

Vuelvo a mirar el reloj y me entran todas las prisas del mundo. Es pasárseme el calentón y me percato de a lo que me enfrento: tengo que ir al banco para ver si me han concedido el puñetero crédito que tengo solicitado. Me ducho en condiciones, me preparo el café y la tostada todo lo rápido que puedo. Desayuno en menos que se persigna un cura loco, me visto en un santiamén  y, tras terminar de asearme, salgo pitando para la plaza del pueblo.

Aparcar en el centro cada vez está más complicado. El alcalde se creía que poniendo la zona azul iba a dejar un poquito más holgado el centro, ¡pues ni por eso! La gente bien se  viene con su monovolumen, echa la mañanita desayunando, comprando y lo que le venga en ganas. Les importa un pimiento si tienen que pagar unos cuantos euros.  Lo único que ha conseguido con los parquímetros   es joder a los curritos, que tenemos que apoquinar cada vez que venimos a hacer unas gestiones. Porque lo que es  a los riquitos del pueblo, ¡se la suda!

Menos mal que la señora del cuatro por cuatro se ha marchado, que si no me veo dando más vueltas que un tiovivo de esos de la feria ¡Eah!, a sacar el tiquecito no vaya  a ser que me multen y es lo que me faltaba.  Que últimamente nada me sale a derechas, ¡ni que  me hubiera mirao un tuerto!

Llego al banco y ya hay unas cuantas personas delante de mí para hablar con el director. Normal que pasen estas cosas, pues  todo lo que hacen es quitar personal para abaratar costes.  Porque es Agosto y no hay mucho trabajo en el taller, pero lo que ellos se ahorran en salarios y demás, lo tenemos  que perder los demás de  nuestro tiempo. ¡A ver  quién  es el guapo que me paga a mí el ratito largo que voy a estar esperando aquí! ¡Me cago en el sistema financiero y en su puta madre!

Tras una horita larga aguardando a que me toque mi turno, el director me atiende. Es un chaval joven, casi recién salido de la carrera diría yo. El clásico prototipo de individuo manejable por su inexperiencia e  incapaz de cuestionarse las directrices marcadas por sus superiores, por muy poco éticas que sean. Lo que en mi pueblo se llama un pringao con carrera universitaria.

—Señor Izquierdo — A pesar de su educada y encorsetada forma de hablar,  deja ver mucha altanería en sus ademanes y no puede disimular su sentimiento de superioridad hacia mí —, nuestro departamento de crédito sigue estudiando su solicitud.  En unos días podremos decirle algo nuevo.

—Eso me dijo usted la semana pasada —Trato de ser educado, pero mis palabras evidencian cierta furia contenida.

—Sí, es cierto —dice mirando al ordenador con cierta dejadez, como si me perdonara la vida con ello —pero están un poco saturados de trabajo y todavía están en espera de tramitarse.

—Le dije que me urgía, nuestro negocio está empezando  y, aunque no nos va mal, sin el pequeño empujón del crédito no vamos a tener más remedio que pegar el cerrojazo…

Me observa con prepotencia, vuelve a trastear entre los papeles, hace una observación (para mí que ha marcado con una raya la línea correspondiente a mi expediente), levanta la mirada y con una sonrisa de encantador de serpientes me dice:

—En una semana le decimos algo señor Izquierdo.

El “judas” con corbata se levanta y me ofrece su  mano para despedirse de mí, dándome a entender que el   tiempo que tenía asignado para mí ha llegado a su fin. Me levanto de la silla, respondo a su saludo con un endeble apretón y me marcho por donde he venido.

Tras la puñetera entrevista, la sensación de indefensión que tengo es de dos pares de cojones. “¡Hostia que solo son seis mil euros para tirar palante una tempora! ¿Pa qué coño Europa os han dao a los bancostanto dinero?…”, mis pensamientos rebosan toda la mala hostia que no he atrevido a  soltar con el puto enchaquetado.

¿Cómo te puedes sentir más acabado que una colilla con treinta y tres años? Pues muy fácil, si todas las puertas se te cierran en las caras, lo más normal es que no veas salida alguna y te deprimas. Con la moral por los suelos y sin pajolera idea de cómo sacar mi taller adelante en los próximos meses, me dirijo pensativo hacia mi coche. De repente, la estridente voz de una mujer me saca de mis atormentados pensamientos.

—¡Iván! ¡Iván!

Por la forma de gritarme está claro que me conoce, pero la verdad es que ahora mismo no se me ocurre quien pueda ser. Lo mismo es…. ¡Coño, no puede ser! ¡Es la Debo! ¿Pero no estaba viviendo en el extranjero? La verdad es que hace la pila de años que no la veo, pero la gachi sigue teniendo un buen empujón. Fue mi  primera novia y la primera chavala con la que moje el churro.  ¡Qué buenos ratos pasamos y qué reputísima era!  

Continuará en: ¡Aquellos maravillosos polvos!

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