A mí me gustan pollones (Inédito)

Noviembre 2010

Era más que obvio que había vuelto a caer víctima de mis impulsos más primarios y con mi comportamiento lo único que estaba haciendo era ratificar el popular dicho de que la cabra siempre tira al monte. O si no, ¿a qué venía el numerito surrealista que había montado con la persecución de Mr. Oso?

Todo el que conozca el ambiente gay, sabe que es de lo más habitual   que dos tíos que se acaban de conocer, no tengan remilgos para echar un buen polvo. El problema estribaba en que uno de los dos, en este caso servidor, llevaba una temporada queriendo ponerle puertas al campo y, en vez de coger línea recta, dio un rodeo de campeonato. O lo que es lo mismo, no me importó gastar más combustible para llegar a la parada de  Follilandia.

Que sí, que cómo se terciaron las cosas al final de las  vacaciones en Galicia era para quitarle las ganas al más pintao  de ir mariconeando de flor en flor. Lo peor es que ni  los resultados tan graves de mis dos nefastas  experiencias anteriores, la de los dos de Cañete y la del billar en Granada, me dejaron tan tocado como esta última. No sé si lo que pasaba era que  con la edad me había vuelto más consciente de las consecuencias de  mis actos o que lo de Pontedeume con Don Francesco, de no ser por Paloma, podría haber acabado realmente mal.

Fuera lo que fuera, me había dejado completamente destrozado. Sin embargo, ni por esas, había renunciado yo a mi ración periódica de proteína de nabo, es lo que tiene ser un adicto al sexo. Eso sí, para evitar cualquier mal rollo, huía de los raritos como los gatos del agua fría y solo follaba con conocidos o amigos de gente de confianza. ¡Ingenuo de mí! Como si en esta sociedad  no hubiera lobos con piel de cordero.

¿Qué había sucedido aquella noche para que hubiera incumplido la promesa que me hice a mí mismo de ser menos lanzado  y mucho más recatadito? Que mi Friki-amiga Irena Nomentero, me había presentado al tipo más espectacular que había visto en mucho tiempo. Un musculitos alto en el arquetipo gay de oso, que no solo es que fuera guapo a rabiar, sino que estaba para reventar de bueno. Si a eso le sumamos que el tipo, en principio, no parecía el típico imbécil que miraba a los demás con desprecio desde su pulpito, no fue extraño que me acabara haciendo un tremendo  “Tolón-tolón”.

Estaba tan ensimismado con él, que hasta me sentí un poco intimidado con su presencia. A pesar de que daba la sensación de que podía tener a cualquiera, tuve la sensación de que aquel semental peludo se sentía atraído por mí y no le hacía mucho asco lo de echar un kiki conmigo.

De no ser así, se habría marchado a la primera de cambio, en vez de ponerse a coquetear conmigo, de un modo que me puso cachondo desde el minuto cero. No es que estuviera empalmado al cien por cien, pero cuanto más tiempo pasaba con él, más me apretaban los bóxer.

Pese a que estaba loco por meterme en sus calzoncillos, no quise dárselo a entender muy fácilmente y me puse a perder el tiempo inútilmente en un absurdo demostrarle que, aunque no estuviera tan bueno como él, era mucho más listo y ocurrente. Como si la inteligencia y el ingenio tuviera alguna posibilidad de  cotizar al alza a la hora del ligoteo nocturno.

No sé si porque se cansó de mis tonterías, o porque lo único que buscaba era echar un polvo sin complicaciones, se excusó diciendo que se iba a la sauna de Nervión.

Al quedarme “compuesto y sin novio”, la cara que tuve que poner debió ser de niño al que se le pincha la pelota, pues Irena me instó  de inmediato a que me fuera con él.

Me sentí un poco mal por dejarla plantada, pero ella insistió que no le importaba. Los trenes como el osito solo pasan una vez en la vida y, o te los follas sobre la marcha o te llevas toda la vida apretando los dientes, pensando lo que pudo ser y no fue. ¡Y la vida es muy corta para andar lamentándose por indecisiones absurdas!

Me olvidé de mi shock postraumático,  de las recomendaciones de mi terapeuta sobre cómo combatir mi adicción y dejé  que la zorra que llevo dentro tomara el control de mis actos.  No perdí ni un segundo en salir tras él como una perra salida, aún así  no fui lo suficiente rápido y no llegué a tiempo.  Desde lejos vi cómo se subía a un taxi.  Por lo que no tuve más remedio que coger otro y pedirle que me llevara a la calle Céfiro, lugar donde se encontraba la sauna masculina.

Como no tenía bastante lio en la cabeza me toco un hetero curioso/calentón de taxista. Un tipo con apariencia de buena persona que, a la primera de cambio, se puso a comentar mi sexualidad  y a mostrarme una aparente erección. Fue tan poco discreto que me dio su teléfono personal para que lo llamara si necesitaba un taxi. En fin, ¡qué culpa tiene uno de ir levantando pasiones por donde pasa!

Una vez en la casa de los vapores, tardé un poco en encontrarlo. No obstante, una vez lo hice, tampoco perdimos demasiado el tiempo. Tras un primer intercambio de fluidos y tocamientos en la sauna húmeda, nos fuimos a la zona de las duchas, donde le terminé haciendo una de las mejores mamadas que había hecho en mucho, pero que mucho tiempo.  

Con el rostro maquillado por la esencia vital de Ramón,  y después de tres meses encerrando mis excesos bajo siete candados, me volví a sentir nuevamente vivo, como si la única forma de realizarme como persona fuera a través de darle riendas sueltas a mi sexualidad.  La pesadilla de lo sucedido en Galicia era todavía una pesada y terrorífica losa que mermaba mi libertad y, aunque algunos recuerdos todavía me hacían estremecer, sentí , que después de aquel pequeño gran paso,  su carga era más llevadera.

Levanté la mirada y, a pesar de que tras eyacular se me había pasado momentáneamente la calentura, lo seguía viendo súper potable y súper follable. Con lo que la mamada no es que me hubiera sabido a poco, sino que me sentía como un alcohólico en una cata de vinos.  Aún no me había abandonado la sensación del orgasmo y ya estaba imaginando hacer más cositas cochinas con él.

Como ninguno de los dos tenía dieciocho años, ni pastillitas azules con las que poner tieso el pirindolo con mayor facilidad, tras la ducha le propuse que si me acompañaba al jacuzzi. Si nos relajábamos un poquito, no creo que tardáramos mucho rato en tener otra vez ganas de guarrindongeo. De camino, charlaríamos un poquillo. Con la cabeza ya menos cargada de gilipolleces y miedos absurdos, indagaría un poco  e intentaría ver si detrás de aquella casi perfecta fachada, había habitaciones que merecía visitar o todo era pura apariencia.

Ramón me miró con sus enormes ojos verdes, me mostró una dentadura casi perfecta y, haciendo un gesto con la mano, me invitó a que subiera las escaleras contiguas que conducían a la piscina, dando a entender que me seguiría.

Su reacción, aunque era la que esperaba, no dejó de sorprenderme. Lo normal en un sitio de follisqueo como la sauna es que la gente eché un polvo, descansé un rato y, si aún sigue con ganas de jarana, busque alguna presa nueva a quien echarle el diente, no es habitual volver a repetir con el mismo tío.  

Aunque me sentía halagado, tampoco era tan inocente para pensar que aquel tipo había visto en mí algo especial. Si accedió a mi petición es porque todavía lo que se dice follar, follar no lo habíamos hecho y porque aquella noche en el local había menos público que en un concierto de Vanila Ice.

La verdad es que después de echar un señor polvo, un baño de burbujas resultaba de lo más reconfortante y más si tienes un maromo en condiciones al lado. Tras colgar las toallas en las diminutas perchas de la entrada, me fui metiendo  en la piscina.

El agua estaba bastante caliente y emanaba una densa cortina de vapor que cubría la superficie de sus aguas. Desde fuera, apenas se podía ver el interior de la inmensa bañera y  daba la impresión de que  hubiera una pequeña capa de niebla que te aislaba del exterior.  

El jacuzzi estaba completamente vacío, peo tampoco me importaba mucho. Ya había conseguido mi premio sexual y, si la cosa se terciaba como suponía, sería para más de un polvo. Iba a coger la revancha aquella noche y todas las canitas al aire que había estado reprimiendo durante tres largos meses, las iba a soltar de golpe y porrazo. Me sentía como el goloso que abandona de un día para otro una estricta dieta.

Me acomodé en una de las esquinas, mientras me deleitaba viendo a mi osito bajar los escalones de entrada de la piscina. Su porte y su forma de moverse me recordaban a los hombres de mi pueblo, virilidad y masculinidad por los cuatro costados. Ver como su polla se movía como un péndulo entre sus piernas era un espectáculo no dignos para cardiacos.

Su  físico era  casi perfecto, musculado, varonil, peludo y, a diferencia de muchos tíos de gimnasio, no tenía un abdomen excesivamente marcado que le diera ese aire artificioso y poco varonil de los modelos de pasarela. Es una característica que me gusta muy poco, cuando me he ido con un tío así, por estar con un Kent, me ha hecho sentir  complejo de Barbie.

Con solo mirar a mi ocasional ligue, cualquiera podía deducir que era de los que  se pasaba las horas muertas  entrenando duro en el gimnasio. Tanto era así que, a diferencia de las mayorías de las musculocas que pululaban por el ambiente y que tenían complejo de presentador de las noticias,  no solo gastaba su tiempo en entrenar la parte que más se veía (brazos, pecho y espalda), sino que no se olvidaba de ejercitar las piernas.   El cabrón tenía unos glúteos, muslos y gemelos muy bien trabajados, tan duros que con solo verlos ya te ponías cachondo.

Nadó hacia la esquina en la que yo me encontraba, se puso frente a mí, empujó suavemente contra mí su pelvis, enredó sus manos en mi cintura y aproximó sus labios a los míos. Un segundo después nuestras bocas se fundían en un efusivo beso. Su paladar tenía un gusto entre amargo y dulce, tan agradable que te empujaba a seguir besándolo.

Me pareció todo muy tierno, demasiado. Una parte de mí quería creer que aquel tipo era diferente al resto de la gente que pululaban por el ambiente, pero en el fondo sabía que era otra alma perdida, insatisfecha con su realidad y que simplemente buscaba un poco de compañía que le hiciera sentirse especial por un momento. Esto último, por la forma de tocarme y de enredar su lengua con la mía, creo que era algo que precisaba en cantidades industriales.

En el fondo no me quejaba de su actitud conmigo. Era  la primera vez que probaba el sabor de sus labios y, no sé si porque estaba completamente absorto por lo mucho que me ponía aquel tío o porque por primera vez en mucho tiempo me estaba soltando el pelo, disfruté de aquella falsa muestra de cariño, como muy pocas veces lo había hecho.

Notar como su polla se iba endureciendo de manera progresiva al frotarse con la mía, fue el estímulo suficiente para, casi sin darme cuenta, volviera a tener la churra más dura que un quinceañero.

En el momento que nuestras lenguas dejaron de danzar al ritmo del más puro reggaetón, Ramón se sentó a mi lado y me echó el brazo por los hombros de una manera que me agradó tanto, que me acurruqué sobre él. Por unos segundos, me sentí  tan vulnerable como un colegial en plena edad del pavo.

—¡Qué suerte que te decidieras a venir! —Dijo, abriendo sus ojos desmesuradamente y mostrando una tímida sonrisa. 

—¿Por qué?

—Porque creí que no te decidías. Lo mismo me comías con la mirada que  te cerrabas en banda. En un principio, creí que eras un mojigato estrecho o un calienta pollas, pero he visto que no eres ninguna de las dos cosas y que te gusta el sexo casi tanto como a mí.  

—¿ Casi tanto? Me gusta más —Dije con una sonrisa picarona mientras metía la mano debajo del agua y le agarraba fuertemente, el grueso falo.

—¡Guau! —Dijo estremeciéndose ante mi contacto.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio, como si no necesitáramos nada para comunicarnos. Rompí el agradable silencio con una pregunta que, viniendo de mí, sonaba un poco bobalicona.

 —¿Tanto se notaba que me gustabas?

—Un poquillo —Dijo regalándome un gesto de generosa complicidad.  

—Creí que los años había aprendido a disimular cuando alguien me gusta, pero  ya veo que no es así.

Llevé la mano que tenía acariciando su rabo a su pecho, jugueteé con sus vellos y apreté entre mis dedos una de sus tetillas. El soltó un quejido seco y volví a buscar sus labios. Nos besamos, con mucha más pasión que la primera vez y, tras restregarnos como si no hubiera un mañana, interrumpimos en seco nuestro mutuo intercambio de saliva.  

Sonreímos y nos estuvimos mirando unos segundos como si Cupido hubiera sobrevolado por aquella piscina y nos hubiera vuelto idiotas con una de sus flechitas.  La situación me pareció de lo más absurda y peligrosa. En la sauna lo mejor es follar y guardar la ropa, en este caso la toalla. Sin darme la oportunidad de soltar una parida de las mías, me cogió la cara entre sus manazas y me preguntó:

—¿Tienes novio?

—No, sino no estaría aquí, estaría follando con él.

—No es tan obvio. Mucha de la gente que viene por aquí tiene novio o novia y usa esto para echar una canita…

—Pues sí, que quieres que te diga si tienes más razón que un santo, hijo mío. Aunque te aseguro que  no es mi caso, en el ambiente del mariconeo tan propenso a  la infidelidad   el que no es promiscuo vuela.

—Yo todavía no he visto ninguno volar.

—Pues si aquí no hay ningún aeropuerto, lo más seguro es que sean todos más putas que la  María Martillo.

Me miró, cabeceó y sonrió por debajo del labio.

—¡Qué salao eres!

—Sí, cuando me muera, en vez de incinerarme, me van a partir a trocitos y me pondrán en los bares de tapa para que la gente, con lo salao que soy, se pegue sus buenos lotes de cerveza —Dije sacándole la lengua para seguir con la broma —¡Mucho mejor que el bacalao!

Sus brazos se atenazaron a mi cintura y de nuevo mi pelvis quedó comprimida contra la suya.

—¡Qué bueno estás, cabrón! —Le dije a la vez que acariciaba sus bíceps de manera desmedida.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? ¡Qué creído te lo tienes! —Le dije dándole un suave golpe en el hombro.

—Hombre, más que engreído, soy objetivo pues me lo ha ratificado un jurado —Me respondió con cierta sorna.

—¿Y eso?

—Me presente al certamen de Mr. Oso en el día del orgullo en Madrid y quedé el tercero, por lo que creo que debo gustar bastante al personal. Para el año que viene me quiero presentar aquí en Sevilla, al Guadalquibear. Pero antes  tengo que ganar unos kilos de músculo pues todavía no estoy como a mí me gustaría.

—Pues nada, hijo mío, a seguir poniéndote cachas en el gimnasio para que todo el mundo te diga cuando pasas lo requeté buenísimos que estás

—¿Te molesta?

—Para nada, lo que pasa que las personas normales de a pie, los que a la madre naturaleza y la genética no se han portado tan bien como contigo,   para que nos digan cosas bonitas, no tenemos más remedio que visitar a nuestras abuelitas y aquí el caballero, porque lo vale, puede y se lo merece, se sube a una pasarela para que lo jaleen. ¡Ole tus huevos!

—No todo son cosas bonitas las que tengo que escuchar.

—Sí, pobre niño rico, seguro que algún envidioso que otro te dice que eres muy feo.

—No te burles de mí que me da mucho corte.

—Sí, tú tienes que ser de un tímido que te cagas. ¡Me gustaría verte en esos saraos que tú te metes!

—La verdad es que no me puedo quejar de la vida que llevo.

—Chueca es mucho Chueca.

—¡Ya te digo! Pero cuando frecuentas un poco los sitios de moda, al final es como todo, un barrio grande donde todo el mundo se conoce.

—Sí, pero reconocerás no es lo mismo encontrarse con los tíos buenos que salen en la tele y tal, que con los cuatro pijos con aires de importancia que hay por aquí. Esa gente confunde tener estilo con ponerse ropa cara y de marca encima. La mona aunque se vista de seda…

—Sin ánimo de ser chauvinista, porque haya nacido en Madrid, tengo que reconocer que llevas razón. Aunque he de admitir que el carácter provinciano de Sevilla tiene su encanto.

«¿Carácter provinciano de Sevilla?  ¡La madre que parió al que no quería ser chauvinista!» —Pensé, mientras me aguantaba la risa.

La verdad es que, desde chiquitito, siempre he sabido manipular a la gente como me da la gana y solo necesito dar con la frase adecuada, para que la gente saque su verdadero rostro a relucir. Si tenía mis sospechas sobre que no era oro todo lo que relucía con el tiarrón que tenía al lado, acababan de desaparecer en aquel momento.

Con el Osito de los Madriles, únicamente precisé decir lo de “cuatro pijos con aire de importancia”, para que mostrara la diva que llevaba dentro. No era el engreído al uso, pero también tenía sus pajaritos revoloteando en la cabeza y yo, entre chapoteo y magreo, estaba dispuesto a poner negro sobre blanco. Todo fuera por romper un poco el molde de tanta perfección como emanaba, dejarme de imaginar enamoramientos absurdos e ir a lo práctico: echar un buen polvo con un tío macizo. 

Así que, ya puestos, seguí metiéndole los dedos, para comprobar cuantos cursos de bocachancla se había hecho y con qué nota había sacado el examen final.

—Hijo mío, si tú a los miarmas de los sevillanos los llama provincianos, a mí que soy de la Extremadura profunda, de esa a donde no llega ni el tren, ¿cómo me catalogas?

—¿No te cansas de bromear? —Me preguntó regalándome un leve piquito.

—No, yo también venía pa artista como tú, lo que pasa que como no estoy tan bueno y como  ni canto, ni bailo, me dedico a hacer el payaso que es lo que mejor se me da.

—Negativo. Yo he comprobado que hay una cosa que se te da mucho mejor —Empapó sus palabras de morbo y  clavó  las yemas de sus dedos en mis glúteos de un modo que rozó lo doloroso.

—Sí, pero como el muchacho tiene tanto mundo, seguro que ha conocido infinidad de tipos que la maman mucho mejor que yo.

—Mucho, mucho mejor no te creas… ¡La mamas del carajo!

—Mamar y carajo en la misma frase me pone súper cachondo —Le respondí metiéndole mano a la polla que con tanta charla había perdido prácticamente toda su dureza, todavía seguía estando bastante apetecible.

—Pues no mamas porque no quieres.

—¿Aquí? ¿En medio de todo el mundo? —Dije yo no porque me diera vergüenza, sino porque me daba cierto apuro que pudiera venir alguno de los chicos que trabajaban allí y nos llamara la atención, pues era algo que estaba prohibido explícitamente en el jacuzzi.

—No te pongas tan digno, me las ha chupado en la ducha.

—Pero no había nadie y allí se controla mucho mejor que aquí, quién entra y quién sale. Además los chavales de la sauna, nos pueden reñir.

—No hay problema, son colegas míos y como mucho, si los coge muy hasta los huevos, nos dirán que lo dejemos.

—Pues si tú dices que no pasa nada y te pone que te vean, no voy  a ser yo quien te corte el rollo.  

—¿A qué esperamos entonces? —Dijo subiéndose en el borde de la piscina, de manera que su grueso pollón quedaba justo en frente de mi boca —  Si viene alguien que se muera de envidia…

—O se una a la fiesta si nos gusta.

—¿Te van los tríos?

—Depende, soy de los que le gusta comerse el primer plato solo y si, por casualidad, hay un segundo plato, no me importa compartirlo. Me gustan los experimentos gastronómicos.

—Y a lo que hemos hecho en la ducha, ¿cómo le llamas?

—Un piquislabis.

—¡Ya te vale, so cabrón! Tú lo que tienes ganas de seguir comiéndome la polla —Dijo sacando la lengua por la comisura de sus labios en plan burlón , al tiempo que se tocaba los huevos  y se apretaba la polla en un gesto de lo más morboso.

—Yo siempre.

Abrió las piernas en una clara invitación a que le comiera la polla.

—¿Me quieres sacar otra vez la leche?

—No, prefiero que esta vez me la saques tú a mí —Dije para dejarle claro que no simplemente era pasivo.

Al principio se quedó un poco cortado, pero ni corto ni perezoso se metió en el agua y con un gesto me invitó a que me sentara en el borde de la piscina.

—Pues ponte ahí,  que te voy a devolver la mamada. A ver qué te parece cómo practico una felación.  

Me disponía a seguir sus indicaciones, cuando veo que en la piscina se mete un habitual de la sauna que me cae como una patada en los cojones y que puede llegar a ser tan irritante como escuchar siete veces seguidas el villancico de “El Tamborilero”.

Se trataba de  Frederico Dosantos, una momia de metro cincuenta de origen portugués  y  con más años que Matusalén. Tuvo sus años de gloria vociferando basura en la radio  local sevillana contra la gente que no tenía la misma ideología que él. Era un señor que tenía un buen número de seguidores entre la gente de misa diaria, los analfabetos frustrados y los taxistas con el síndrome del cuñado.

Si el enano saltarín se hubiera limitado a crear cizañas entre los distintos grupos políticos su programa no hubiera dado tanto asco como daba a los que no lo escuchábamos, pero fiel al negocio mediático fue dándole a su público lo que pedía en pos de más audiencia.

Primero atacó a las feministas  porque iban en contra de la institución familiar, después a los emigrantes porque venían a quitarles el pan a los españoles… No había ningún colectivo minoritario contra el que no escupiera bilis en su programa radiofónico donde vestía de noticias falsedades propagandísticas con el único afán de crear cizaña en una sociedad sevillana que hasta la afinidad por una de sus muchas vírgenes, la dividía.

Frederico sembraba vientos en sus programas radiofónicos y al final terminó recolectando tempestades. Pues hizo daño a un montón de personas con sus palabras y llegado el momento estos se lo hicieron pagar.

Un día la policía hizo una redada en una de las fiestas de mi amigo el Gato, una orgía en la que la droga y los arneses, como mandaba los cánones en todo lo que este chaval organizaba, circulaban a una velocidad vertiginosa. Si a eso se le sumaba que había profesionales del sexo entre ellos, no fue raro  que los más de veinticinco participantes pasaran la noche en el cuartelillo de la policía.

Aquella detención, de no encontrarse habituales del mundillo de la farándula habría pasado inadvertida para la gente de píe.  Máxime cuando uno de los participantes de aquella fiesta salvaje gay era el azote de los homosexuales en las ondas: Frederico Dosantos. Se había creado tantos enemigos con sus soliloquios ante el micrófono que la noticia saltó de las redes sociales a las tertulias del corazón e incluso a las portadas de algunos periódicos con los que se había enemistado de manera más que evidente.

Después de aquello calló en desgracia y nadie quería contar con sus servicios, por lo que dio su carrera mediática por terminada y se limitó a vivir de las rentas.

Como todo el mundo sabía ya del píe que cojeaba, era lo más normal  del mundo encontrárselo en la sauna o en el Ítaca, para desgracia del ambiente gay.

El tío, quizás porque se crea todavía alguien importante, no era de los que se limitaban a mirar cuando veía a alguien exhibiéndose en la sauna, sino que tenía tan alto concepto de sí mismo que se creía que si alguien se ponía a practicar cochinerias delante de él, era para provocarlo.

Lo peor es que no entendía la palabra “no” y se volvía más pegajoso que la corrida de “Algo pasa con Mary”, así que me quede quietecito para evitar tener que cabrearme porque un ancianito asqueroso me toque el culo sin mi permiso.

Sé que por ley de vida, todos tenemos que llegar a viejos. Pero hay señores mayores y luego están los tipos como Frederico que se creen que por estar en una sauna tienen derecho a manosearte sin tu consentimiento.

Le hice un mohín a Mr. Oso, para que viera que no es que hubiera ropa tendida, es que en frente de nosotros teníamos aireándose el  refajo de la abuela junto a su colección de bragas de cuello vuelto, por lo que, de momento, me quedaría sin saber si Ramón la mamaba igual que besaba.

—La ley de Murphy —Me espetó, colocándose a mi lado con un gesto desangelado.

—No te preocupes, este cuando vea que no hay tema, se remoja un poco los guevis y se va. 

—Eso espero, porque no me ha cortado el rollo, sino lo siguiente.

Durante unos segundos se alzó un muro de silencio entre ambos. Dado a que no estaba dispuesto que una lapa con arrugas me reventara el plan sexual de la noche, rebusqué en mi interior alguna ocurrencia con la que romper el hielo.

—¿Estudias o trabajas? —Le pregunté poniendo mi mejor cara de imbécil.

El osito levantó el entrecejo, me miró encogiendo levemente la barbilla y, tras cabecear levemente, me dijo:

—¡Tú eres más cabrón de lo que pareces! Si quieres que te cuente cosas de mí, solo tienes que pedirlo.

Evidentemente, mi intención con soltar aquella bobada no era ver un episodio de “Esta es su vida”, sino provocarle alguna que otra risa. No obstante,  si al maromo que tenía al lado se la ponía gorda compartir sus experiencias con los demás, yo encantado de la vida. Cuanto más grueso se le pusiera el rabo, mejor polvo íbamos a echar. Así que puse cara de que me interesaba muchísimo cualquier cosa que pudiera soltar por su boquita y lo invité a iniciar su soliloquio.

—Te preguntaras que hace un tío como yo sin pareja.

Asentí con la cabeza del modo más hipócrita. No me preocupaba su vida amorosa lo más mínimo, mi único interés en él pasaba porque folláramos como descosidos y punto. Sin embargo, no sé si porque soy muy buen actor o porque le traía sin cuidado lo que yo opinara, mi ocasional ligue no se percató de ello.

—Sí,  la verdad es que es bastante  raro que un tío atractivo, con buen físico y demás, no tenga pareja —El tono de su voz era propio de aquellos especímenes que están encantado de conocerse —. Lo que pasa es que he salido recientemente de una relación y he decidido tomarme una especie de año sabático, en lo que a relaciones sentimentales se refiere.

Por unos segundos, me sentí como si me estuviera concediendo el lujo de compartir el aire que él respiraba y estuve tentado, por muy macizo que estuviera, de mandarle a barrer un desierto o a cazar gamusinos (a gusto del consumidor).

Sin embargo, observé detenidamente sus ojos verdes y sentí que, a pesar de que parecía que se estaba pegando el rollo, lo único que deseaba era que alguien lo escuchara para poder desahogarse. Por unos momentos me sentí un camarero al que un cliente, con dos copas de más y bien entrada la noche, confundía con un terapeuta.

No sé si porque, a pesar de los pesares, seguía con ganas de echar un polvo con él o porque me había tocado la fibra sensible, le puse mi mejor cara de querer oír su historia y en esta ocasión estaba siendo completamente sincero..

La verdad es que el tío no solo era atractivo por fuera, sino que, a pesar de los pesares, parecía legal. No sé si por qué me daba miedo poder llegar a enamorarme de alguien así o porque todavía lo de Galicia no lo había superado tal como yo pensaba, el caso es que en ningún momento pensé que sintiera por mí una atracción más allá de un polvo. O dos.

La escena era propia de una película de Woody Allen, un desconocido confesando a otro sus avatares amorosos, con la banda sonora de fondo del “gluglú” de los inyectores de aire y el constante borbotar de los chorros de la fuente de agua.

Que la atmosfera no fuera lo más idónea para un intercambio de confidencias, no fue ningún impedimento para mi acompañante que, adoptando una postura de lo más solemne, comenzó con su pequeño mitin.  Me hizo gracia que, para darle más apariencia de secreto a lo que me estaba contando, bajo el tono de voz hasta el punto que tuve que hacer un pequeño esfuerzo para poder oír con nitidez lo  que me decía.

—He tenido novio hasta este verano. Íbamos en serio, vivíamos juntos y todo desde el invierno pasado.

Que aquel tipo, más grande que un trinquete y, aparentemente, con un pasaporte con más sellos que el de Willy Fog, le diera importancia a un noviazgo  de unos meses, me terminó por constatar lo efímera y pueril que  eran las relaciones de pareja en el submundo gay.

—¿Qué ha pasado entonces? ¿Cuernos? —Le pregunté en un intento de que se sintiera todavía m

—No, teníamos una relación abierta, pero yo nunca me tome la libertad de irme con otro y, por lo que yo sé, él tampoco. Tú sabes que el mundo del ambiente homosexual es muy pequeño. Si hubiera sacado los pies del plato, alguna loca envidiosa, con tal de mal meter, me hubiera venido con el cuento y eso nunca pasó.

—¿Entonces qué?

—No seas impaciente, guapo —Al decir esto acercó su cara a la mía y me dio un piquito —. Si no te cuento las cosas con detalle, no lo vas a entender.

—No me subestimes…

—¿Quiere usted hacer el favor de escuchar y no interrumpirme más? —Su pregunta fue acompañada por una sonrisa y con un suave deslizar de su mano por mi rodilla, hasta llegar a mi polla, la cual, con tanto charla que te charla, estaba en servicios mínimos.

Asentí con la cabeza, aunque no me importaba demasiado la causa de su ruptura con su ex, tampoco tenía otra cosa mejor que hacer mientras el pulpo sexagenario no se marchara por donde había venido. Así que escuché resignado toda su perorata y me lo tomé como mi buena acción del día.

Diez minutos más tarde ya me sabía de carrerilla lo guapo, inteligente y la buena situación económica del anterior novio del osito. Aunque él se empeñara en negarlo, un brillo de tristeza en su mirada lo delataba. Ramón seguía enamorado de aquel cincuentón madrileño y, aunque todavía no me había contado que había llevado la relación al traste, ya intuía algo.

Cuando llegó a la parte de la convivencia, su conversación me pareció más aburrida que un concierto de José Luis Perales. Me dieron ganas de marcharme y llamar a mi barco Libertad, pero recordé lo importante que puede ser que alguien te escuche y me quedé con él, escuchando lo maravilloso y nefasto que era la vez su ex.

 ¿Por qué la gente intenta justificar sus errores delante de desconocidos? Evidentemente, cuando una relación falla es culpa de los dos implicados, uno o los dos se hartan de la situación y no hacen nada porque el otro se termine marchando. Como decía mi madre, dos no pelean si uno no quiere.

—El problema que tenía con Damián era que, aunque él pretendía ir de moderno y tal, tenía muchos traumas por superar. Lo de salir del armario le costó un mundo y, siempre que las circunstancias se lo permitían, ocultaba su homosexualidad.

—Que era de los que pensaban que el maricón no era él, sino su novio —Apostillé por hacer un poco más amena el muermo de charla que me estaba dando Mr. Oso.

—Más o menos —Sonrió levemente —. Aunque su rollo era más que tenía una especie de competición entre nosotros, como si intentará compensar la diferencia de edad con otras cosas. Se gastaba un dineral en ropa, pasaba más horas que yo en el gimnasio, tomaba anabolizantes… Cualquier cosa que le hiciera parecer a los ojos de los demás que era mejor que yo.

«Cuando íbamos a los locales de ambiente de Chueca, estaba obsesionado con que la gente lo mirara. Lo que era muy contradictorio, pues a la vez quería pasar desapercibido. ¡No sé todo  era muy extraño! ¡Hasta que llegó al punto de hacerse insoportable!

—Las relaciones de pareja son siempre complejas y si a eso le sumas la diferencia de edad, se hacen más complejas aún.

—Pero es que a mí me gustan mayores.

En aquel momento vi como el más mayor de los tres que estábamos en la piscina, ante la falta de espectáculo que mirar, se ponía la toalla y se marchaba con viento fresco. Momento que yo aproveché para meterle más picante a la conversación, para así concluir con la interminable chapa que me estaba metiendo Ramón.

—A mí más que mayores, me gustan grandes —Puse las palmas de mis manos una en frente de la otra para evidenciar a que me refería con ello —Pollones que me duela la mandíbula de metérmelos en la boca.  

Mi cambio de registro cogió al osito con el paso cambiado. Giró la cabeza hacia el otro lado del jacuzzi. Fue cerciorarse que volvíamos a estar solos, para darse cuenta que era el momento de dejarse de monsergas y optar por algo más pragmático.

Se abalanzó sobre mí, pegó su pelvis a la mía y, agarrando mi cara entre sus manazas, me metió la lengua hasta la campanilla. Por unos segundos, por la forma tan bestial que tuvo de taponarme la boca, creí que perdía el resuello.

Alargó una de sus manos a mis genitales y comenzó a masajearlos contundentemente. Ni que decir tiene que, en un santiamén, me puse paloalto. He de reconocer que la simple idea de tener sexo con aquel macho empotrador me tenía con la libido a flor de piel.

Tan brusca y repentinamente como acercó sus labios a los míos, los apartó  para comenzar a mordisquearme el cuello.

—¡Vaya como te has puesto! —Me dijo susurrándome al oído en un tono morboso cien por cien —. ¿De qué estábamos hablando hasta que apareció el abuelito?

—No sé, creo que estábamos hablando de que yo me iba a subir al bordillo de la piscina y me ibas a pegar una buena mamada.

El osito me miro, encogió el mentón y la nariz levemente, cabeceó varias veces, para terminar diciéndome:

—No suena mal.

—¿Me subo entonces?

—¡Ya estás tardando!

El margen de la piscina de burbuja era bastante estrecho, por lo que apenas pude apoyar la zona lumbar y el pompis sobre ella. Pese a que la postura era bastante incomoda, pues tuve que hacer un poco de malabarismo para no caerme al agua, fue ver colocarse al semental del osito en medio de mis piernas y no pude evitar que el pulso se me acelerara como un quinceañero jugando a la Play.  

Una vez estuvo entre mis dos muslos, levantó la mirada y me regaló una sonrisa picarona, para agarrar a continuación mi polla. Durante unos segundos estuvo mirándola, como si quisiera hacerle una foto, la masajeó como queriendo calibrar su tamaño y su dureza durante unos segundos, después de los cuales acercó su cabeza a mi ingle y terminó metiéndose mi tieso nardo en la boca.

No sé si por las ganas que tenía de tener sexo sin coacciones estúpidas o porque aquel tío me gustaba a rabiar, el caso es que fue sentir su paladar, tan húmedo y caliente, envolver mi virilidad y no pude evitar suspirar de placer.

En un primer lugar succionó mi capullo con fuerza, pero de manera suave. Cuando se cansó comenzó a pasar su lengua, muy despacito, muy despacito, por los pliegues del glande.

Al bajar la mirada y encontrarme aquel voluminoso macho con la cabeza agachada ante mi pelvis y chupándome la polla de manera tan delicada, la sensación de bienestar que me embargó fue tremenda.

Me sentía como un obeso devorando una bandeja de pasteles, tras meses de haber hecho una dieta estúpida que no le había servido de nada. Si hay algo con lo que me sienta plenamente realizado, es con mi libertad sexual. Algo por lo que había luchado desde mi adolescencia y, que por circunstancias de la vida, me había negado durante unos meses por culpa de unos mal nacidos.

En aquel momento no me había importado las comidas sosas que había digerido, y sin muchas ganas, en los últimos meses, porque aquella noche me iba a comer la guinda del pastel. Una guinda que como follara como practicaba el sexo oral, iba a ser uno de los mejores polvos de mi vida.

Ramón no parecía tener ninguna prisa en tragarse mi nabo, si no se llevó diez minutos pegándole pequeñas mordiditas y lamiendo el tronco, muy despacio, hasta llegar a los huevos, los cuales se metió de manera meticulosa en la boca. Primero uno, después el otro y al final los dos a la vez.

Una vez allí, posó su lengua en mi perineo y, poco a poco, fue avanzando hasta mi hoyito que, irreflexivamente, comenzó a palpitar ante el húmedo contacto.

Pensé que aquel tío, aunque no le hiciera asco a comerse una polla, lo que realmente le gustaba era meterla en caliente. La forma que tenía de devorarme el ojete era magistral. Hacia círculos con la lengua alrededor de toda la superficie y, una vez lo dejaba impregnado con su caliente saliva, le pegaba pequeños mordisquitos.

El placer era tan intenso que tuve que cerrar los ojos y dejarme llevar. Estaba tan desinhibido, a pesar de estar practicando el sexo a la vista de todos, que me puse a gemir y a pegar grititos como una mala pécora.

Ramón, consciente de que me estaba haciendo gozar de la mejor manera, comenzó a lamer mis glúteos, mi ano, mis testículos, mi polla a un ritmo trepidante. Tan frenético y gratificante que comenzó a acercarme peligrosamente a la frontera del orgasmo.

Abrí los ojos para decirle que parara, cuando vi alguien que nos observaba tras los balaustres de piedra que separaban el jacuzzi del pasillo.

Por un momento me sentí incomodo pues, con las putas nubes de vapor, no conseguía distinguir quien era. Temiendo que se tratara del abuelito pulpo de antes, le pedí a Ramón con un gesto que parara.  

El osito dejó lo que estaba haciendo de malas ganas, miró al individuo que estaba tras la reja de piedra durante unos segundos, para terminar diciendo:

—¿Qué pasa, tío? ¡Qué de tiempo sin verte!

Un comentario sobre “A mí me gustan pollones (Inédito)

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