Una orgía con un final inesperado

La nostalgia me pone cachondo

Episodio cuatro

La historia hasta ahora: Iván está de Rodríguez.  Tiene un sueño tan cachondo como extraño y se despierta tan tremendamente cachondo que se tiene que pajear un par de veces.

Al salir del banco, donde le están dando pares y nones para un préstamo que le tienen que conceder, se encuentra con Débora, una amiga de su juventud, sin querer la nostalgia se apodera de él.

El primer recuerdo que se le viene a la cabeza fue en la orgía que, junto con su amiga Vanesa, Antonio y Fernando montaron en un local que tenían alquilados para las fiestas de Navidad. Aunque en un principio era un todos contra todos, Débora se lo montó con Antonio y él, mientras que su amiga se dedicó a follar con Fernando hasta que consiguió que se corriera.

Sin dedicar  siquiera una mirada al muchacho que hasta unos breves segundos la había estado penetrando, se dirigió a donde estábamos nosotros y agachándose junto a la Debo, se dispuso a acompañarla en su sensual juego.

—¡Debo tía, déjame una! ¿No querra las dos pa ti sola? —No había concluido de decir aquello y ya había sacado mi churra de su acogedor encierro. Sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a chuparla como una posesa.

Pese a que ya no había necesidad de estar uno tan pegado con el otro, continué  con el brazo echado por los hombros a Antonio. Él, por su parte,  pasó su mano por mi cintura y me  volvió a sonreír pícaramente.

La Vane era un poquillo más bestia mamándola que su amiga. No solo se la tragaba entera y jugaba con los huevos al mismo tiempo, sino que cuando se cansaba lamía el capullo como si fuera un helado. Miré a mi compañero, quien  parecía estar en el séptimo cielo y le dije:

—¡Vaya tute que nos están metiendo pare! Yo no sé tú, pero yo llevo ya un rato aguantándome pa no correrme.

Antonio no me respondió, simplemente lanzó un largo bufido, saco el nabo de la boca de la chica y echándose levemente hacia atrás para no mancharla, apretó su verga. Segundos después, de la cabeza de esta brotaba un tremendo chorro de leche. Irremediablemente, algunas gotas fueron  a parar al pelo de la muchacha, quien, al percatarse de ello, hizo un leve gesto de fastidio.

Mientras  se recuperaba de la brutal corrida y aguardaba que su respiración volviera a la normalidad, sus dedos apretaron fuertemente mi cintura. Nos miramos con una sonrisa cómplice, agachamos la mirada y ambos nos pusimos a contemplar a Vane, que seguía con sus labios pegados al falo de mi entrepierna y succionándolo como si le fuera la vida en ello.

Segundos más tarde, ya no había una única boca mimando mi polla. La Debo, al comprobar que Antonio no tenía la picha para más “farolillos”, se había unido a la “fiesta” y se dedicó a pasear la lengua por los pelos de mis huevos, mientras su compañera mamaba  fuertemente mi capullo.

Entre las dos me estaban matando de gusto. Un placer inconmensurable recorrió mi cuerpo. Sin poderlo evitar, me corrí. A diferencia de Antonio, no pude recular para detrás y toda mi esperma fue a parar por completo a la boca de la Vane. 

Durante un instante me sentí mal por lo que había hecho, hasta estuve tentado de pedir perdón por lo ocurrido, pero al ver lo que aquella tía hizo a continuación, comprendí que no había motivos para disculparse.  

La Vane,  en un gesto grotesco, sacó la lengua mostrando a todos el blanco grumo que descansaba sobre esta y, sin dar tiempo a reaccionar a su amiga, la besó compartiendo con ella el fruto de mis cojones. Miré a mis amigos, aquel momento lésbico los había dejado tan atónitos como a mí.

El espontaneo muerdo llegó a su fin, tan súbitamente como se inició. Las calenturientas chavalas al ver que, tanto Fernando como Antonio, se habían subido el pantalón, supusieron que allí no había más tela que cortar. Del mismo modo impersonal que comenzó la orgía, la dieron por concluida.

—¿Dónde está el baño? —Preguntó la Debo, cubriendo escuetamente sus pechos con el pequeño sujetador.

—Al fondo a la derecha —Le respondió Fernando, quien ya se había vestido por completo

—¿Te ha entrao ganas de mear ahora? —La voz de la Vane sonó más desagradable de lo habitual.

—¡Qué mear ni qué coño! ¿Tú has visto cómo tengo el pelo? —Señaló el mechón de pelo sobre el que había caído las gotas de esperma.

—¡Anda tonta no te lo quites! Si la Cameron Díaz en “Algo pasa con Mary” decía que eso era fijador.

—¡Tía, qué malage te pones después de follar! ¡Anda échame una mano, porfa!, que tú te das más maña que yo para estas cosas…

Minutos después volvieron del servicio, por su aspecto nadie diría que habían participado en una pequeña bacanal. Fernando, al verlas llegar al salón, se despidió de ella con dos fríos besos en la cara y se marchó como alma que lleva el diablo.

Antonio y yo nos servimos un cubata, las dos chavalas se tomaron uno a medias, pues no querían llegar demasiado tarde a casa. Un cuarto de hora más tarde, ambas se despidieron dando un efusivo pico a cada uno.

Fue quedarnos solo y no pude reprimir hacerle un comentario a mi acompañante:

—¡Joder pare! ¡Vaya manera de follar!

—Eso es sacarle punta al lápiz  y lo demás es tontería.

—La verdad, es que estas dos son más putas que las gallinas…

—Pues yo me echaba otro —Dijo Antonio tocándose el paquete de manera provocativa.

—Pues si te quieres hacer un pajote, ¡por mí no te cortes!

—¿Me acompañas? —Al decirme aquello, me mostró su mejor sonrisa de golfo.

No le respondí nada, simplemente me lleve la mano a la portañuela y,  sin titubear, saqué mi calvo cabezón fuera. No estaba erecto del todo, pero ya comenzaba a dar muestras de excitación.

Antonio, clavando su mirada en mi entrepierna, imitó mi gesto. Su pene, al igual que el mío, estaba a media asta.

Nos sentamos en el sofá y comenzamos a masturbarnos, como si tal cosa. Era tal la  poca importancia que le dábamos a aquello, que seguimos dando pequeños sorbos a nuestras copas.

El cubata llegó a su fin y los dos seguíamos tocando la zambomba. Inesperadamente, Antonio me echó el brazo por los hombros. No sé por qué carajo no le dije nada y simplemente me limité a sonreírle como un imbécil. De nuevo, me entraron ganas de darle  un pico, pero me pareció una mariconada de tomo y lomo, por lo que me limite a rozar mi antebrazo con el suyo al mismo tiempo que me masturbaba.

Posé mi mirada en el cipote de mi amigo, si la primera vez que lo vi me llamó la atención, en aquel momento me pareció descomunal. No sé de dónde coño saque el valor para hacer aquello, ni por qué lo hice. Alargué mi mano izquierda hasta su polla y tímidamente rocé uno de mis dedos por su punta.

—Si quieres tocarla, lo puedes hacer. Somos colegas y no pasa nada. Además, ¿quién coño se va a enterar? —Al decir esto me sonrió  y me guiñó un ojo con plena complicidad.

Sus palabras eran el permiso que yo necesitaba para agarrar aquel asombroso cipote en toda su dimensión. Mi amigo al ver con las ganas que me apropiaba de su “manubrio”, apartó la mano y me dejó hacer. Sentir la dureza bajo mis dedos, propició que la apretara con fuerza y dio como resultado que Antonio comenzara a gemir de placer. 

De repente, sentí como su mano tocaba mi pierna y de allí avanzaba hasta mi pene. Como un niño curioso paseo un dedo por el capullo de mi verga y comprobó que esté desprendía líquido pre seminal. En un acto irreflexivo, extendió el pegajoso líquido entre sus dedos y comenzó a pajearme. Era la primera vez que nos  hacíamos  una paja con la churra de otro y nos estaba gustando a los dos.

Ninguno de los dos dijimos ni mu. Sin embargo, era evidente que a los dos lo estábamos pasando de puta madre. Es más, si no hubiera tenido la jodida sensación de que estábamos haciendo algo incorrecto, hasta me habría agachado para probar a que sabía su polla.

Unos minutos de sube y baja más tarde, nuestros cipotes volvieron a vomitar una buena ración de esperma. Durante unos instantes, una sensación enormemente satisfactoria me abrazó, pero a la vez que el placer se diluía, una extraña sensación de culpa me embargó.

  

—¡Iván, no vayas a contar esto a nadie! ¿Ein?

—¡Tú estás loco! La gente se entera de esto y un rollo entre colegas lo convierten en mariconeo…

—Sí, porque eso es lo que ha sido: un rollo entre colegas, ¡a nosotros nos gustan las tías!

No sé si porque realmente nos creímos nuestras palabras a pies juntillas, o porque así nos lo pedía el cuerpo, terminamos dándonos un cariñoso abrazo. Aprovechando que tenía  su cabeza pegada a la mía, Antonio me susurró una  cosa al oído.

—¡Oye Iván! ¿Te ha gustado?

—Sí, una jarta

—Pues si quieres nos podemos pegar un “repasito” otro día…

—Mientras tengamos el local alquilado… Por mí no hay problema.

Continuará en: Ser una cabrona no compensa

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