Follar es como montar en bicicleta

La nostalgia me pone cachondo

Episodio seís

La historia hasta ahora: Iván está de Rodríguez. Al salir del Banco se encuentra con una amiga de su juventud a la que hacía más de diez años que no veía.

Tras ponerse al día  con sus vidas, su ex  le comenta que tiene un problema con el coche que si le puede echar un vistazo. Algo a lo que el sensual mecánico se ofrece de inmediato. ¿Qué sería de los automóviles y sus dueños sin un buen repasito?

Minutos después, con su vehículo siguiéndome a corta distancia nos dirigimos hacia mi lugar de trabajo.

Aparcó la furgona fuera y tras abrir la puerta corredera del negocio, invito a Débora a que pase con su vehículo al interior.

—¡Pues sí que tienes un buen chiringuito aquí montado! —Me dice Débora, tras apearse de su automóvil  y observar detenidamente las instalaciones.

—Mi socio y yo no hemos partio aquí los cuernos, ¡y sin tenerlos!

—Se ve, se ve… —Farfulla mi amiga, a la vez que, como buena mujer que es,  sigue inspeccionado sutilmente como tengo o dejo de tener las cosas de limpias y ordenadas —.Está todo muy bien… A propósito, ¿dónde está tu socio?

—Cómo te dije. No hemos cerrado el taller en Agosto. Aunque la cosa está más flojilla que otros meses, no falta el chorreillo.  Así que él se ha cogio esta semana de vacaciones y la semana que viene me voy yo.  

— …Ah! —Exclama Débora como si aquello fuera lo que esperara de antemano.

—Bueno, espérame un momentito a que me ponga el mono de trabajo y ahora vemos que le pasa al “bicho”— Digo metiéndome en una pequeña habitación que hace  las veces de vestuario y de oficina.  

Mientras desabotonó mi camisa de rayas blancas y azules,  no puedo evitar mirarme en espejo  que cuelga sobre la pared del reducido habitáculo. Aunque solo tengo  treinta y tres años, el duro trabajo y los problemas han hecho mella en mi  rostro. Poco queda de mi  apariencia de chaval atractivo y bonachón del  que se enamoró la Debo. Sé que todavía estoy de buen ver, ni estoy demasiado gordo, ni tampoco demasiado estropeado para mi edad. ¡Muy trabajado eso sí! Pero  a las tías (y a algunos tíos) mi aspecto de macho hispano les pone cantidad y, de no estar casado, no me iban faltar agujeros donde meterla.

Una vez me quedo solo con los slips. Me recreo mirándome. La verdad es que si perdiera un poquito de tripa, estaría mejor que muchos niñatillos de gimnasio. Los músculos de mi pecho y de mis brazos son naturales, del trabajo diario. Mis piernas, duras como una roca, son de haber jugado mucho al futbol. Y mi polla lechera, es herencia genética de familia, según me contó mi padre con dos copitas de más en una boda… ¿Sería por eso que de niño, recuerdo a mi madre siempre estaba riéndose?

La puerta se abre y Débora me pilla de un modo bastante comprometido: con la mano agarrándome fuertemente el paquete. No hay que ser un Einstein para sospechar que la muchacha tiene ganas de guasa, pero es oírla hablar, se me disipa cualquier mínima  duda que pudiera albergar y llego a la conclusión de que esta tiene ganas de “carne en barra”. ¡Sí o sí!

—¡Joe tío, hay que ver en el hombre tan atractivo en  que se ha convertido el chavalillo que me hacía pasar tan buenos ratos!

Instintivamente deslizo  la mirada por el cuerpo de mi amiga de la adolescencia.  Su  vestidito de flores se marca sobre ella como una segunda piel, destacando unos enormes y redondos pechos, dejando entrever  unos muy buenos  muslos. Compruebo que sigue siendo tan delgada  como por aquel entonces. Las caderas quizás se le hayan ensanchado un poco,  pero por lo demás, al igual que hace quince años,  sigue teniendo un  muy buen empujón.

Es verla avanzar hacia mí y el calvo cabezón comienza a tomar vida. Cuando sus manos rodean mi cuello y posa sus labios en los míos, ya tengo el zolocotroco preparado para la acción.

Simplemente sentir sus labios rozar con los míos y es como si las agujas del reloj hubieran caminado hacia atrás. Llevándome a otro tiempo,  donde éramos  bastante más jóvenes, más inocentes y nuestras preocupaciones eran más insustanciales.

Hundo mi lengua entre sus dientes y aprieto mi tórax desnudo contra sus senos. Bajo mis manos por su espalda, hasta llegar a su culo. Las apretadas nalgas están pidiendo a gritos que le pegue un buen agarrón, ¿quién soy yo para negárselo?  Es notar la tersa piel bajo mis dedos y mi polla vibra bajo la delgada tela de algodón.

Tras unos cuantos besos, magreos y mamoneos varios, me aparto suavemente de ella y, sin decir esta boca es mía, me visto. Débora se queda atónita ante mi reacción.

—¿Qué pasa no te apetece?

—¡No ni na!Le respondo negando con la cabeza y acomodando bien la polla bajo el mono de trabajo —. Lo que pasa es que voy a cerrar la puerta, no vaya a ser que le dé a algún  inoportuno cliente por venir, nos coja en plena “faena” y salgamos mañana en el yutube ese de los cojones.

Unos minuto más tarde, con la cancela echada y el pertinente cartel de vuelvo una hora colocado en la puerta, vuelvo a irrumpir de nuevo en la pequeña habitación. Con la misma rapidez que me puse el mono de trabajo, me desprendo de él. Llevando como único atuendo los escuetos calzoncillos, me abalanzo sobre mi amiga, del mismo modo que lo haría una bestia en celo.

Como  después de tanto tiempo no quiero causarle mala impresión, intento ser fino  y en vez de follármela a saco (que es como me pide el cuerpo que lo haga), le doy un poquito de vidilla.

Lo primero que hago es besarla en los labios, primero delicadamente, para poco a poco ir aumentando la pasión. En un acto reflejo, mis manos vuelven a terminar pegadas a su culo. Es percibir la dureza de sus nalgas y me es imposible seguir siendo refinado, irreflexivamente pego mi paquete a su pelvis y comienzo a pasar mi lengua por su cuello. Ella, al notar el calor de mi boca, se estremece como un cachorrillo ante los mimos de su madre.

Paseo mis dedos por toda su espalda hasta llegar a sus hombros. Una vez allí, bajo suavemente las tirantas de su vestido, para después ir desnudando por completo su torso. Meticulosamente voy cubriendo de besos su cuello, sus hombros, su escote… Agarro sus senos entre mis manos y las empiezo a masajear con sumo cuidado.  Me basta solo presionar su piel, para descubrir que sus formas y tamaño responden en gran medida al trabajo de un cirujano, pues su textura es diferente a las naturales. Aun así, su tacto me resulta bastante agradable.

Preso de la pasión, libero sus pechos de su encorsetado encierro y paseo mis labios por sus firmes pezones, como un bebe hambriento. Toco cada centímetro de la delicada piel con sumo cuidado, como si se tratara de algo frágil que mi brusca torpeza pudiera romper.

Débora, que no para de suspirar y de decirme entrecortadamente lo bien que lo estoy haciendo, pasea sus manos   por mi cabeza, jugando con mis cabellos y  haciendo ondas con ellos entre sus dedos.

Sigo lamiendo las exquisitas redondeces y  como ardo en deseos de verla desnuda, empujo su vestido hacia abajo. Cuando este toca sus rodillas,  me separo levemente de ella y me recreo en su cuerpo durante un instante.

Contemplarla únicamente con unas pequeñas braguitas de color malva, hace que la lujuria y los malos pensamientos se apoderen de mi mente. Pese a que su cuerpo está lejos de los perfectos modelos mediatizados, he de reconocer que sigue teniendo un polvazo y de los buenos.

Débora, para evitar que el vestido se le manche, lo coloca  en una de las perchas que tenemos en un improvisado armario. No sé si porque se me ha pasado la calentura inicial o porque realmente hace mucha calor dentro de esta puta habitación, pero me comienzo a sentir  un pelín incómodo.  

—Debo, si no quieres que  yo empiece a sua como un cerdo y esto termine oliendo a ou de tigre,  mejor no salimos fuera…

Débora me mira de arriba abajo y se sonríe. Sé que mis modales son un tanto burdos y puedo ser un poco bruto a veces, pero no soy imbécil. Está claro que a esta tía le sigo poniendo como en mi adolescencia y nuestro reencuentro está siendo tan excitante para ella, como lo es para mí.

—¿Quieres hacerlo en el taller?

—Sí, ¿te apetece?

—Mucho. ¡No sabes el morbo que me da hacerlo en un sitio como este!

Me coge la mano y nos dirigimos al taller. Aunque en la nave también hace calor, al ser el techo más alto y estar mejor ventilado, la temperatura es  bastante más soportable que en el la oficina.

Pese a la limpieza, el local emana un olor a carburante y grasa bastante fuerte. Por un momento tengo la sensación de que mi amiga, acostumbrada a los lujos de su nueva vida, se va a “rajar” y me va a dejar con la miel en los labios. Busco en su mirada alguna  objeción y me encuentro algo bien distinto: está aspirando fuertemente, como si el olor del taller fuera afrodisiaco, como si se tratara de un aliciente sexual más.

Si ya verla únicamente con las minúsculas braguitas y los zapatos, me tenía como una moto. Comprobar que de lo que yo dispongo  es lo que ella quiere, me embrutece de un modo bestial y siento como mi polla lucha por salirse de su pequeño cautiverio de algodón. 

Solo hay dos coches en la pequeña nave, el suyo y uno  negro que  está a medio reparar, el cual descansa  a media altura sobre un elevador azul en la parte opuesta del local. Por lo que el único punto de apoyo es su vehículo.

Me acerco a ella por detrás y le doy un beso en el cuello, al tiempo que le rozo el paquete por sus nalgas.

—¿A qué vamos a estar mejor aquí? —Le digo con cierta guasa.

Mi acompañante suelta una risita tonta, a la vez que contonea su  cintura para rozarse mejor con la herramienta de mi entrepierna. Mi única respuesta es llevar mis manos a su estrecha cintura y empujarla levemente hacia atrás.

Mis encallados dedos resbalan hasta rozar el filo de la prenda interior, juego con el pequeño hilo purpura durante unos segundos y después introduzco mi mano bajo la delgada tela que cubre su sexo.

Es rozar la rasurada vagina y siento el fuego que emana de ella. Me dejo llevar por la pasión y froto mi índice contra los labios mayores. Irremediablemente, un pequeño bufido escapa de los labios de mi amiga.

Débora alarga una mano hacia su zona lumbar y mete como puede la mano dentro de mis calzoncillos. Al tocar la cabeza de mi cipote, sus dedos se impregnan de líquido pre seminal y juguetea haciendo círculos con él sobre mi glande. Poco después, de un modo casi salvaje, me quita  la prenda interior y agarra el babeante mástil en toda su extensión. Cuando siente como mi dedo índice se introduce en sus mojados labios interiores, aprisiona con más fuerza  mi verga entre sus dedos.

Tengo el calvo cabezón tieso como un palo y su rajita está húmeda a más no poder. Así que me dejo de prolegómenos y la subo al capot de su  coche. Una vez allí, la desnudo por completo y, de un modo bastante rudo,  le pido que se abra de piernas.

Mi ex adopta la postura requerida y abre el interior de su sexo con los dedos, mostrando de manera impúdica el interior de este. Preso de la lujuria, me agacho ante ella y acerco la nariz al húmedo chochito. Al principio, olisqueo como si quisiera absorber los efluvios que emanan de él, después aparto sus dedos, abro delicadamente los labios mayores y hundo mi lengua en la sonrosada cueva.

Al principio, temiendo hacerle daño, voy con sumo cuidado e intento no ser muy bruto. Sin embargo, cuando compruebo que está gozando como una perra, dejo todo los remilgos a un lado y le pego una comia de coño como Dios manda. Ella al sentir como mi lengua se abre paso hasta el rígido botón, aplasta mi cabeza contra su pelvis con la única intención de que  termine el trabajo que he empezado y no lo deje a medias.

Endurezco mi lengua todo lo que puedo y comienzo a golpear con ella el clítoris. La pequeña gruta palpita ante mis labios, impregnándolos de un sabor semi amargo. Débora no para de gemir y de pegar grititos, señal  que yo interpreto como  que se lo estoy haciendo pasar de vicio.   

Ella, apoyada sobre el capo del coche, disfruta pasivamente de cada uno de los lametones le infrinjo. Únicamente levanta la pelvis levemente para facilitar mejor mi acceso a la carnosa grieta.

Estoy como poseído, hacía tiempo que no me comía un coño con tantas ganas. Estar con esta mujer de nuevo, después de tanto tiempo, es como tocar el cielo con los dedos. Una asignatura pendiente que creo, por cómo suspira y se estremece, estoy aprobando con nota.

Pongo tanto empeño en  cada movimiento de mi lengua que Débora termina alcanzando el orgasmo sumida en unos guturales quejidos de satisfacción. Con lo que queda claro que eran mutuas  las ganas de pillar al otro por banda. El sabor que  su sexo deja en mi paladar me tiene fascinado, como si hubiera alcanzado una meta,  pero con ganas de  seguir corriendo la maratón.

Sin dejar de contemplarla, me incorporo. Le sonrío picaronamente y me meto mano al paquete de forma provocativa.  Ella se lleva la mano al chocho, se mete un dedo  en su interior  y a continuación lo chupa golosamente. Sin pensármelo, me desprendo de los slips y los arrojo sobre el capot de coche. Sin pudor de ningún tipo le muestro mi erecta y babeante polla. Débora vuelve a relamerse el dedo, yo le respondo con una picaresca sonrisa y señalando a mi entrepierna con el dedo, le digo:

—Debo, esta  que está aquí, quiere saber si la sigues chupando igual de bien que antes.

Mi exnovia no puede evitar sonreír ante mi ocurrencia y dejándose llevar por la confianza que ha nacido de nuevo entre nosotros, me sigue la broma.

—Lo siento Iván, ya no la chupo como entonces —Hace una pausa al hablar, haciéndose la interesante y prosigue con cierta chulería —, ¡ahora lo hago mucho mejor!

Envuelta en una arrogante seguridad la mujer se acuclilla ante mí. Coge mi herramienta entre los dedos y, tras observarla detenidamente durante un breve instante, pasa la lengua por el gordo capullo, tal como si se tratara de un cono de helado. Al sentir el húmedo contacto contra mi glande, no puedo reprimir que de mi boca salga  un rotundo “¡Hostias!”

Débora, animada por mi espontanea exclamación, procede a chuparla con más ahínco. Primero pasa delicadamente la lengua por los pliegues de la rosada piel del capullo, para a continuación tragársela por completo. Es sentir como mi glande roza el final de su garganta y emito dos amplios quejidos de placer.

Momentáneamente, y no sé por qué carajo, se viene a mi cabeza el recuerdo de Mariano. Quizás porque ha sido la última persona que me ha chupado la polla de un modo tan espectacular. Está claro que mi amiga sabe mamarla como Dios manda pero, aunque dicen que las comparaciones son odiosas, su manera de hacerlo es muy diferente de cómo lo hace mi amigo  el “maestrito”. Seguramente porque al ser hombre, sabe mucho mejor cuales son mis zonas erógenas, de  qué modo tocarlas   y  llevarme con ello  a lo más alto del placer.

Tan abruptamente como el recuerdo aparece, se esfuma. Siento como labios de la voluptuosa mujer que me acompañan  tocan mi “trompeta”  y me dejo llevar por la música, que dicho sea de paso, ¡no está nada mal!

Es tanto el mimo que pone en su boca que,  a pesar de haberme corrido dos veces esta mañana, presiento que voy a eyacular otra vez. Dado que no  sé si en mis huevos hay munición para dos asaltos más, aparto amablemente su cabeza de mi polla. Después de tanto tiempo,  lo que quiero es oírla gritar de placer cuando se la meta hasta los huevos.

Sin necesidad de intercambiar palabra alguna, Débora sabe perfectamente cuales son mis deseos. Tras  sonreírme, me hace  un gesto con la mano para que la espere. Abre la puerta del coche, busca algo en el bolso y me lo da: es un preservativo.

La determinación de mi amiga me sorprende y no sé qué decir que no suene inapropiado.

—¿Por qué esa cara? ¿No quieres follarme acaso?

—¡Por supuesto! Pero es que no me lo esperaba, es como si supieras lo que estoy pensando.

—¡Qué me vas a contar a estas alturas!  —Dice moviendo la cabeza condescendientemente —Todos los tíos sois iguales. Si no folláis, pensáis que no habéis tenido sexo.

Está claro que Débora con los años no ha perdido carácter. Su franqueza me deja perplejo y sin argumentos. Así que procedo a darle un beso, más cariñoso que apasionado. A continuación, procedo a  enfundar mi martillo de carne con el condón.

—¿Dónde le hacemos? —Le pregunto con cierta timidez, pues no quiero sonar de nuevo como un macho egoísta.

—Creo que la mejor manera es que yo me apoye sobre uno de los laterales del coche y tú me penetres por detrás. ¡Encima del capot no me atrevo!

Una vez adopta la postura, una maliciosa idea roza mi mente. Evidentemente Débora cuando me ha dicho de penetrarla por detrás no se refería al sexo anal, ¡pero qué coño! ¡El no ya lo tengo!

Sin consultarle nada, acercó dos de mis dedos a su vagina y los impregno de sus efluvios. A continuación,  lubrico  su ano con ellos y, antes de introducir nada, espero un gesto de disconformidad  por parte de mi amiga. Débora me da la callada por respuesta. Considerando que no hay ninguna objeción por su parte, procedo a meter uno de mis dedos.

La facilidad con la que mi índice entra, me da a entender que aquel agujero ha sido utilizado anteriormente. Sin pensármelo introduzco dos dedos a la vez, de su boca solo salen unos leves bufidos de satisfacción.

Sin querer, una a una se van cumpliendo todas mis fantasías. Envuelto en los más calenturientos pensamientos, escupo abundantemente en la palma de mi mano y refriego el caliente líquido contra el plástico que envuelve mi pene. Repito la operación un par de veces, hasta que considero que  ya está debidamente lubricado.

Con sumo cuidado coloco mi herramienta sexual en el ano de mi amiga. Empujo suavemente, mi ex ayuda en todo lo que puede contoneando su cuerpo del modo más adecuado  y mi polla se va abriendo  paso a través de su esfínter. Muy despacito, poco a poco,  voy introduciéndola, poso mis manos en su vientre, pego un leve envite y busco su boca con la mía. En el mismo momento que siento como mi pene se clava en su culo hasta la base, nuestros labios se unen en un más que  apasionado beso.

Un inmensurable placer recorre mi cuerpo de pies a cabeza. Siento que por momentos el  resto del mundo deja de existir, que ella y yo somos el centro de todo. Al tiempo que mis caderas se mueven frenéticamente tras ellas, dejamos que nuestras lenguas sigan danzando su lujuriosa danza. No sé si es la pasión del momento, o que en mi interior se están removiendo sentimientos que creía olvidado. El caso, es que me siento tan a gusto con ella como cuando era un chaval y comenzaba a conocer de su mano los beneficios carnales.

Sin detener el salvaje mete y saca, llevo mis manos a su abdomen, recorro con mis dedos la tersa piel y subo hasta sus pechos. Agarro estos entre mis dedos y, sin estrujarlos, los magreo a conciencia.

Débora, por su parte, tiene la mano en su entrepierna y, al compás de mis movimientos de caderas, se masturba frenéticamente.

Estoy tan a gusto y disfrutando tanto, que intento prolongar el momento todo lo que puedo. Pero mi mente desea una cosa y mi cuerpo otra, del mismo modo impetuoso que mi pelvis inició la espectacular cabalgada, la detiene. Saco mi polla de la caliente gruta, la liberó de su cárcel del látex y tras  unas breves sacudidas me corro sobre sus nalgas.

Con el calvo cabezón escupiendo aun los últimos trallazos, me abrazo  cariñosamente a mi ex por detrás. Por la forma de estremecerme, creo que está alcanzando su segundo orgasmo. Como un tonto enamorado, vuelvo a buscar sus labios y le regalo un muy afectuoso beso.

FIN

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