Un culo para todos, cinco pollas para uno

Sexo brutal en el internado episodio 7

La historia hasta ahora: Aquellas vacaciones de Navidad, lejos del calor del hogar,  estaban cualquier cosa menos aburridas. Había descubierto que Gregorio, uno de los  guardias de seguridad del internado y el pequeño Nicolás, el pinche de cocina,  follaban a escondidas en el almacén y, de boca de mi amigo Gonzalo, estaba conociendo todos los pormenores de dos fiestas que se celebraron en el cuarto de Blas, un adinerado y engreído chico del último curso.

En la primera fiesta, el Bombilla, un chaval al que la vida solo había mostrado su cara amarga, fue obligado a mamar la polla de Blas y sus amigos, así como la de mi compañero de clase. Circunstancia que,  inexplicablemente, me excitó  más de lo que me hubiera gustado. Máxime, teniendo en cuenta el “acontecimiento” que me había llevado a estar recluido en aquel centro educativo.

No obstante, si lo acontecido en un primer momento me pareció en todo punto improcedente. Lo de Nochevieja fue mucho más retorcido, tras obligarlo a ponerse una lavativa, afeitarle los vellos del ano, el anfitrión de la fiesta le metió un pepino en el culo y le ordenó que se sentara sobre él, al tiempo que iba chupando, una tras de otra, la verga de todos los allí presente. El acto no solo era repugnante de por sí, sino que los abusos que lo acompañaban me resultaban completamente denigrantes. Como si acompañando al acto sexual con aquellas vejaciones,  ocultaran la  verdadera naturaleza  de este  y  les hiciera sentir más hombres (O menos maricas, según se vea). 

Diciembre  de 1984

Pese a que estaba aterrorizando pensando  que era yo quien, en un principio, tenía todas las papeletas para ser la victima de todo aquello. No podía dejar de sentirme excitado, el sexo ejercía sobre mí un extraño magnetismo al que no me podía resistir. Por aquel entonces, conocía muy poco el perfil hipócrita de algunos seres humanos y  me veía como una especie de bicho raro. Un bicho raro y nauseabundo  que disfrutaba imaginando a hombres compartiendo sus cuerpos.

Pero si yo me encontraba con el pene más tieso que un palo,  Gonzalo (quien supuestamente se acordaba de una vecina suya cuando el Bombilla se la mamaba) no podía disimularlo tampoco y, pese a que las camas sobre las que estábamos sentados estaban a una distancia prudencial, podía entrever que tenía una erección bastante curiosa.

Fue comprobar que mi pecado no era particular y deje de cruzar las piernas, para evitar que se viera lo abultado de mi paquete. Sin poderlo remediar, mi mirada se detenía de vez en cuando en la bragueta de mi acompañante, quien, ajeno a mis malsanos pensamientos, seguía desgranándome lo acontecido en el cuarto de Blas.

—Yo me quedé de piedra cuando me empujó y dijo que me reservara, que todavía no había llegado lo bueno. Esperé alguna pregunta por parte de sus amigos, o alguna reacción por parte del Bombilla, pero ni uno ni otro. Parecía que el único que no sabía de qué coño iba la movida era yo. ¡Me sentía el cero a la izquierda más gilipollas del mundo!

«Blas, con su habitual prepotencia, se dirigió a Fede: “¡Anda, cógete unos vasos del mueble y ponnos una copa a todos! Una fiesta sin priva, no es una fiesta.” El tío, como el perrito faldero que era, obedeció sin rechistar. Una vez nos sirvió un lingotazo a todos, se dirigió a su jefe y,  con esa voz de chupaculos que se gasta, le preguntó: “¿Al Bombilla también?”»

« “¡Por supuesto!”, contestó con cierta chulería, “Que sea una putita no quita de que no pueda pasárselo  bien, ¿no?” Al decir esto último tiró con fuerza  del cuello de Luis, obligándole a que levantara la cabeza y asintiera de un modo visible para todos. “Pero la copa al Bombilla no se la sirvas tú, que sea David quien lo haga. Vamos a poner todos un poco de nuestra parte, ¿no?”»

—¿Volvieron a drogarlo?  —La pregunta salió escopetada de mis labios, como si las palabras me quemaran en la garganta.

Gonzalo se me quedó mirando pensativo, como si hubiera dicho algo inapropiado. No obstante,  movió la cabeza en señal afirmativa, como si no diera demasiada importancia a lo que dije  y prosiguió narrándome lo sucedido. Tenía la puñetera sensación de que  relatándome  aquello no solo estaba consiguiendo limpiar  un poco su mala consciencia, sino que se estaba excitando enormemente.

—El Aguilar, con lo cuco que es, pilló al vuelo lo que quería decir su “jefe”. Se fue con mucho disimulo  para la mesilla de noche, supongo que para coger los Valium esos y le sirvió un whisky al Bombilla. Al principio no quería bebérselo, pero David con la ayuda de Rafa Castro lo forzaron a hacerlo. “No sé porque no quieres tomártelo, si te vas a relajar un montón y te vamos a poder follar de maravilla”, le decía Blas acariciándole la cabeza  tal como si fuera  un perrillo.

La escena que las palabras de mi amigo dibujaron en mi cabeza, era absolutamente desagradable.  Era asombrosa la nitidez con la que podía ver la imagen del  desvalido  y desnudo chaval sentado en el suelo, con un pepino insertado en la cavidad anal  y siendo obligado a tomarse un lingotazo con ansiolíticos por los dos compinches del engreído niñato.   Me encontraba  tan metido en la historia, que hasta podía oír a los otros, burlándose y riéndose del pobre muchacho al tiempo que trivializaban lo que estaba ocurriendo,  mientras bebían un trago de whisky. Todo me sonaba terroríficamente familiar, pero el hecho de que el miembro viril del Bombilla estuviera erecto, me recordaba que a pesar del maltrato, a pesar de los insultos, había una parte de él que estaba disfrutando con  todo aquello. ¿Por qué será tan difícil de entender la naturaleza humana?

—Una vez se tomó hasta la última gota del vaso, Blas le pidió que se pusiera de rodillas sobre el banco. No sé si por que las putas pastillas ya le habían hecho efecto, o porque eran demasiadas emociones, me pareció que se había mareado un poquillo. No es que de normal  tenga cara de estar muy espabilao, pero lo noté más ido de lo habitual en él.

«Fue simplemente adoptar la postura del perrito y nuestro anfitrión comenzó a pasarle la mano por el lomo, tal como si fuera un cachorrillo. La pasividad con la que Luis afrontaba todo me tenía descolocado. ¡Yo me hubiera revuelto como una bestia, antes de dejar que me trataran como una mierda! Sin embargo, hay estaba él  menda con la churra más tiesa que un garrote. Si es que mi padre tiene razón cuando dice: “Tiene que haber gente pa to.”»

«Cuando se cansó de sobarle la espalda, se puso a magrearle el culo. Las caricias fueron alternándose con  fuertes y sonoras cachetadas, que no sé si le harían mucho o poco daño, pero que tenían que “picarle” mogollón. Observé  detenidamente la cara del Bombilla, no solo parecía que no le doliera mucho, sino que se mordía el labio inferior, como si aquello, en el fondo, le diera un poquillo de gustirrinín. ¡El muy cabrón no soltó ni siquiera un gritillo de esos de marica! »

«Entre golpe y golpe, cogió y le saco el pepino de un tirón. Cuando lo tuvo fuera por completo, nos hizo una señal para que nos acercáramos a ver como se le había quedado el ojete. ¡Aquello no era un culo, era la boca del metro! Blas acarició con la yema de los dedos su enrojecido borde y  le metió dos dedos de golpe, de un modo bastante brusco. Al comprobar que entraban sin dificultad, los sacó e introdujo los cuatro de una vez. Me fije en su expresión: los ojos parecían que se le fueran a salir de las cuencas, se mordía con fuerza el labio inferior y sonreía maliciosamente al contemplar cómo sus dedos entraban y salían  de aquel orificio. ¡No lo había visto pasárselo tan de puta madre nunca!» La idea de que un lugar tan estrecho como un recto, pudiera albergar casi por completo una mano, despertó mi lívido de un modo brutal y el hecho de que  ya no ocultara mi erección, no la hacía esta menos dolorosa. A pesar de lo escabroso de lo sucedido entre mis compañeros de internado, no podía apartar la mirada de mi acompañante y me dejaba mecer por sus palabras de un modo absolutamente obsceno. Si había una porción de mi intelecto que repudiaba aquel acto,  estaba escondida bajo mantos de lujuria y no salía al exterior. Ignoro si en ello tenían que ver mis revolucionadas hormonas, o la inconsciencia de la juventud. El caso es que no analizaba lo que realmente había ocurrido, simplemente buscaba en todo aquello lo escabroso y lo prohibido.

—Cuando Blas se hartó de estar pimpam, pimpam, metiéndole los dedos. Le pidió a Fede  que le metiera la churra, el perrito faldero se colocó detrás y se la metió sin ponerle pega alguna. ¡Fue tan emocionante que hasta empezamos a jalearlo y todo!  Estábamos tan entusiasmados que Blas nos tuvo que llamar al orden:  “¿¡Queréis bajad la voz!?,  porque como venga Serafín para acá, se nos va a cortar todo el puto  rollo .”

«Como si sus palabras fueran la puta ley, nos metimos la lengua donde no da el sol  y nos pusimos a mirar cómo le petaban el culo al Bombilla. El cabrón de Fede, al sentirse el centro de todas las miradas, se dejó querer y empezó un salvaje mete saca  que parecía que estaba rodando una peli porno de  esas. Lo agarró por la cintura y le metió el chorizo hasta la etiqueta. Por la cara que ponía y los suspiros que soltaba, lo de petar un culo le estaba molando mogollón. »

«Me acerqué para ver con mayor precisión como lo penetraba y, tal como pensaba, se la estaba metiendo hasta los huevos. Curioseé la polla del Bombilla y seguía mirando al techo. Cada vez tenía más claro que no era la primera vez que le partían el culo, pues cuanta más porción de cipote le entraba, más se mordisqueaba el labio y más cara de estar pasándoselo deabuten ponía.»

«A  la primera indicación de su “amo”, el perro dejo de follarse al Bombilla y cedió  su puesto a Rafa Castro. Este se tomó su tiempo en sacarse la churra, tras pajearse para ponérsela todavía más dura, se la metió de golpe. Fue tan bestial la forma en que se lo folló, que de los labios de Luis se escaparon unos pequeños quejidos. “¡Calla perra, que como me toques muchos los cojones, te hostieo y vas a chillar de verdad!”, le dijo sin parar de moverse  y pegándole una fuerte y sonora cachetada en las nalgas»

«Yo no sé a ti, pero a mí Rafa Castro me da muy mala espina. No me parece que sea un tío legal. Mira que Fede no me cae bien, pues todavía pienso que el otro es peor. Yo tengo la jodida sensación que si se junta con Blas y los demás, es para tener una excusa para hacer todas las cosas que hace. ¡Yo quisiera que hubieras visto la cara que se le ponía al tío cada vez que golpeaba con la mano los glúteos de Luis! Para mí que le daba más gusto hacerle daño, que follárselo.»

»El siguiente en mojar la croqueta fui yo —Gonzalo se detuvo un momento, como si estuviera esperando una reacción negativa por mi parte, al no verse contrariado prosiguió con su historia —.Aunque yo ya había estado a alguna que otra chavala de mi pueblo, nunca la había metido en un culo.

—¿Y qué tal? ¿Es muy diferente? — El tono de mi pregunta no podía ser más malintencionado.  

—No  está  del todo mal, pero donde se ponga un buen  coño que se quiten to los culos de los maricones—Sus palabras me siguieron sonando más a justificación que a otra cosa, por el bulto de su pantalón era más que obvio que estaba disfrutando  tanto contándomelo,  como yo oyéndolo —. Pero a falta de pan,  buenas son tortas. La verdad es que fue colocársela en la entrada del agujero y casi se me cuela dentro. Entre el pepino y las dos pollas que le habían metido, se lo habían dejado bastante bien dilatado y muy, muy caliente.

«Lo penetré y comencé a moverme del mismo modo que lo habían hecho los otros dos (yo no iba a ser menos).  No tuve que hacerlo muy mal, pues Blas se me quedó mirando y movió la cabeza, a la vez que hacia un gesto de aprobación con el labio. Saber que al tío más guay del último curso le gustaba verme como petaba un culo, me puso como una moto y comencé a moverme de un modo más cañero todavía. »

«En el momento que más emocionado estaba, Blas me echó el brazo por encima y le tuve que dejar mi lugar a David Aguilar. Aunque no me hizo mucha gracia, sabía que las reglas las marcaba él y, si queríamos que las cosas salieran como Dios manda, debíamos hacer  en todo momento lo que él nos dijera. Mientras mi sustituto se colocaba a la retaguardia del Luís, vi como nuestro anfitrión le susurraba algo al oído. Ambos se miraron y sonrieron muy maliciosamente, por lo que me dio muy mala espina»

«Acto seguido, Aguilar colocó dos cojines en el suelo y le pidió a Luis que colocara sus rodillas sobre ellos. Una vez el chaval lo hizo, David abrió las piernas ampliamente, apoyó su pelvis en la zona lumbar del Bombilla, se cogió el pollón que tiene como si fuera una especie de cable o de goma de regar y se lo metió en el culo desde arriba. Al principio, creí que no le entraba pero ya se sabe: “Con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga”. No sé porque, a David le costó más trabajo meterle el cipote que a Blas el pepino. Yo creo que era por el ángulo, pero una vez pasó la punta, el resto entró todo de corrido.»

«Era todo un espectáculo ver como esa polla gorda y grande entraba y salía de aquel ojete.  Desde la distancia que me encontraba,  se veía con la misma claridad de una película de la tele. Ver con la aparente facilidad que se deslizaba y como el agujero se abría a su paso, me tenía como una moto. Estaba tan caliente que, entre sorbo y sorbo de whisky, me pegaba  algún que otro  achuchón a la polla y esta no podía estar más dura. »

«No sé si por la postura, o por el tamaño del garrote con el cual lo estaban taladrando, el caso era que la primera vez que el Bombilla gemía tal como la perra que era. Aquello pareció molestarle a nuestro anfitrión, quien se colocó delante de él  y cogiéndolo por la barbilla comenzó a abofetearle diciéndole: “Por lo visto te gustan las pollas gordas, ¿no?  ¡Eres más puta de lo que me imaginaba! Pues, ¿sabes lo que voy a hacer para no escuchar tus gimoteos’” »

«Luis con los mofletes colorao  como un tomate (Le había propinado por lo menos tres buenas tortas) y con los ojos brillantes como si fuera a salir llorando, movió la cabeza en señal negativa. Blas, sin decir nada, se sacó el rabo y se lo hizo tragar de golpe. »

Continuará en : El poderoso morbo de la dominación

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