El poderoso morbo de la dominación

Sexo brutal en el internado episodio 8

La historia hasta ahora: Aquellas vacaciones de Navidad, lejos del calor del hogar,  estaban cualquier cosa menos aburridas. Había descubierto que Gregorio, uno de los  guardias de seguridad del internado y el pequeño Nicolás, el pinche de cocina,  follaban a escondidas en el almacén y, de boca de mi amigo Gonzalo, estaba conociendo todos los pormenores de dos fiestas que se celebraron en el cuarto de Blas, un adinerado y engreído chico del último curso.

En la primera fiesta, el Bombilla, un chaval al que la vida solo había mostrado su cara amarga, fue obligado a mamar la polla de Blas y sus amigos, así como la de mi compañero de clase. Circunstancia que,  inexplicablemente, me excitó  más de lo que me hubiera gustado. Máxime, teniendo en cuenta el “acontecimiento” que me había llevado a estar recluido en aquel centro educativo.

No obstante, si lo acontecido en un primer momento me pareció en todo punto improcedente. Lo de Nochevieja fue mucho más retorcido, tras obligarlo a ponerse una lavativa, afeitarle los vellos del ano, el anfitrión de la fiesta le metió un pepino en el culo y le ordenó que se sentara sobre él, al tiempo que iba chupando, una tras de otra, la verga de todos los allí presente. El acto no solo era repugnante de por sí, sino que los abusos que lo acompañaban me resultaban completamente denigrantes. Como si acompañando al acto sexual con aquellas vejaciones,  ocultaran la  verdadera naturaleza  de este  y  les hiciera sentir más hombres (O menos maricas, según se vea).

Tras meterle un pepino por el culo, empiezan a follarselo por turnos. Lo que en un principio parece una vejación en todo tipo, tiene excitado al Bombillas, lo que llamó mi atención pues el trato al que lo sometían aquellos chicos no podía ser más denigrante.  

No sé qué me excitaba más, la desorbitada pasión de la que Gonzalo impregnaba sus palabras o imaginar a mis compañeros de internado teniendo sexo de manera tan salvaje. Aunque, ni por asomo, me hubiera gustado estar en el lugar del Bombilla, pues los abusos a los que lo estaban sometiendo me parecía denigrantes a más no poder, no podía negar la fuerte atracción física que sentía hacia Blas, sus ojos verdes me volvían loco.  Fue saber del secreto que albergaba David bajo su pantalón y crecieron en mi interior unas ganas locas de comprobarlo de primera mano. Sin apartar la mirada de mi acompañante, seguí meciéndome entre la efusividad de sus palabras y mis fantasías particulares. 

—Su boca y su culo se tragaban los dos cipotes hasta los huevos. Como daba la sensación de que aquello más que fastidiarle, le gustaba mogollón. Blas cogió la nariz de Luis, le tapo las fosas nasales con los dedos y empujo fuertemente su pelvis contra su  cara,  tras unos segundos así, en los que creí que el Bombilla se asfixiaba, lo soltó y lo dejó  respirar. Una vez consideró que había recuperado el resuello, volvió a repetir lo mismo en varias ocasiones.

«Al ver que Aguilar de seguir así se iba a terminar corriendo. Su “jefe” le pidió que le dejara ocupar su sitio. Al retirarse dejo a la vista el agujero del culo de Luis y se le había puesto así —junto los dedos anular e índice de sus manos, formando un redondel con ellos parecido a al ancho de una pelota de tenis. Como tuve que poner cara de que me parecía muy exagerado, se excusó diciendo —¡No te miento! ¡Tú no  sabes el  buen pedazo de carajo que se gasta David! »

Le hice una señal con la cabeza, dándole a entender que me creía lo que me estaba contando. Sinceramente, lo que ocurría, es que estaba ansioso por saber hasta donde habían llegado y no tenía ganas de  ponerme a discutir por nimiedades.

—Blas adoptó la mismita postura que Aguilar, se echó un lapo en la punta de la polla y lo  penetró de golpe. Tuvo que ser un pelín bestia, porque miré la cara de Luis y estaba apretando fuertemente los dientes del dolor. Como estaba claro que lo de darle de mamar a la vez que se lo follaban, le había dado mucho morbo al jefecillo del grupo, le pidió a Fede que le metiera el cipote en la boca.

«El perrito faldero intento hacer aquello de taparle la nariz, para que se asfixiara un poco. Pero estaba claro que es más torpe que un   guardagujas y  no tenía ni puta idea de cómo  carajo se hacía aquello. Blas, viendo que le iba a hacer daño de verdad, lo tuvo que llamar al orden diciendo: “¡Deja esas cosas para los que sabemos! ¡Tú limítate a darle de comer polla, no vaya a ser que te cargues el muñeco!”»

«Sin querer se me escapó una risita, lo que propició que Fede, sin dejar de mover la pelvis delante del rostro del Bombilla, se volviera hacia donde yo estaba y me dedicara una mirada de “yatecogeré” tipo Chuck Norris.  ¡Yo no sé qué coño le hecho para que me tenga tanta inquina! »

La pregunta de Gonzalo se quedó sin respuesta, porque yo estaba más interesado en saber lo que había pasado que en sus batallas territoriales  en el grupito de Blas.  Le hice un gesto condescendiente y le insté a que prosiguiera con su historia, la cual me tenía excitado e intrigado por igual.

—No le hice mucho caso y seguí contemplando cómo le daban caña al Bombilla. Con ambos empujando en  cada extremo de él y del modo que lo estaban haciendo, tuve la sensación de que iban a terminar espachurrándolo de un momento a otro. Observé la cara de Blas, parecía que estuviera en el séptimo cielo. De vez en cuando cerraba los ojos y sonreía por debajo del labio. Para mí que aquello le gustaba más de lo que quería reconocer, pues estaba que se moría de gusto.

«De buenas a primera comenzó a mover el culo como los perritos, a sacarla y meterla del culo con mucha rapidez. Por los gestos que hacía me pareció que se iba a correr de un momento a otro  y no podía estar más en lo cierto. Agarró fuertemente la cintura de Luis, se paró en seco y comenzó a gemir como un poseso,  no había que ser muy listo para saber que le estaba echando to el yeso en el boquete. »

«El servilismo de Fede hacia su “jefe” no dejaba de sorprenderme  ¡En mi vida había visto antes un chupaculos así! No solo se quedó mirándolo fijamente mientras se corría, tal como si fuera una de las  putas maravillas esas del mundo, el muy capullo dejó hasta de darle polla al Bombilla. Porque sé que es machote como yo, sino me pensaría que el muy gilipollas está  completamente enamorao de él. ¡Porque  hace unas cosas que pa que!»

«Una vez Blas se recuperó un poco, le hizo una señal a su perro fiel para que ocupara su sitio  y otra a Castro para que  fuera él quien continuara dando el bibí a Luis. Automáticamente Rafa metió la churra en la boca de este y Fede, antes de seguir dándole caña de lomo, se dispuso a limpiar su ojete con una servilleta de papel. Sin embargo, su “jefe” que vio venir sus intenciones lo detuvo diciendo: “¡Eso no se limpia! Que la leche sirve de lubricante!”»

No me podía creer lo que estaba escuchando. Aunque en aquella época todavía el SIDA era una enfermedad aún desconocida por muchos y a la que se conocía por el cáncer de los gays. Ya,  en aquel entonces, circulaban teorías que la principal causa del contagio era la inoculación de semen en el recto durante la práctica del sexo anal.  El hecho de que el adinerado y engreído cabecilla del grupo propusiera a uno de sus compañeros que usara su esperma como lubricante, me parecía un despropósito sin sentido. No obstante, era tan enorme mi malsana curiosidad por saber todo lo sucedido entre aquellas cuatro paredes que proseguí escuchando con atención a mi peculiar cronista y no hice ningún comentario sobre lo que pensaba al respecto.

—¡Tenías que haber visto  la cara de asco que puso Fede! Sin embargo, por no hacerle de menos a su “amo” la metió y se pringó la churra con toa la lefa. El cabrón del Blas al ver que su “perrito” no estaba muy satisfecho con lo que estaba haciendo, le echó el brazo por los hombros y, aproximando su boca a la oreja de este, le dijo: “¿A qué entra mejor así?”.

«Fue pasarle la mano por el “lomo” y a Federiquito le entró una risa tonta. Si minutos antes estaba empujando sin apenas ganas, fue ver que tenía toda la atención de su idolatrado “jefe” y empezó a animarse de un modo bestial. Se entusiasmó tanto, que a la vez que le daba palpelo  a Luis, le atizaba algún que otro azote en los glúteos.»

«Por su parte, Rafa Castro seguía follándose la boca del Bombilla, ¡y te digo follándose, porque era lo que estaba haciendo!  Le sacaba y le  metía el nabo en la boca a una velocidad asombrosa, haciendo que las babas le brotaran por la comisura de la boca. Parecía que lo quisiera ahogar con la polla, pues apretaba fuertemente su cabeza para que no se zafara. ¡Era brutal!  Observé la cara de ambos y tanto el que daba caña, como el que daba el bibi tenían cara de estar pasándoselo de putísima madre.  Y es que se estaban pegando un lote de follar que no se lo saltaba un guardia. »

«Unos minutos después, Fede se paró en seco y tras gritar: “¡Me coooorroo!”  Empezó a moverse como si le dieran convulsiones, ¡qué tío más exagerado! ¡Parecía la niña del exorcista, solo le faltó decir aquello de “¿Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?”—Al decir esto, imito la voz del personaje de ficción de manera caricaturesca —. Para mí, que todo lo hizo para llamar la atención de su “amo”, porque si todo el tiempo que estuvo moviéndose estuvo echando leche en el boquete del Bombilla, el hijo de puta es un toro. ¡Los cuernos no se los tiene que buscar porque ya los tiene!»

«De nuevo, como si fuera un director de orquesta, Blas volvió a cambiar la gente de lugar. Rafa pasó a la parte de atrás y fue mi turno para que me la mamara. La verdad es que estaba deseando, primero porque andaba muy caliente y todo el rato que había estado viendo  como se lo beneficiaban entre todos, lo único que había conseguido era ponerme más palote. Así que, sin preámbulos de ningún tipo, le metí la churra en la boca. Es solo acordarme y ¡mira cómo se me pone! —Al decir esto último, Gonzalo cogió y señaló con sus dedos el bulto que se le marcaba bajo el pantalón, mostrándome una más que evidente erección.»

No sé lo que pretendía mi compañero de clase con aquello, si su intención era calentarme, lo estaba consiguiendo. Sin embargo, a pesar de que su narración me tenía cachondo a más no poder, tenía muy claro que no debía atravesar ese puente con él.  Primero, porque su forma de ver la sexualidad entre hombres, a pesar de mi más que notoria ignorancia del mundo gay, no me terminaba de convencer. Segundo, porque me seguía sin fiar de nadie y si daba píe a un encuentro íntimo, el secreto que tanto me había empeñado por esconder sería vox populi. Así que encerré mis instintos primarios bajo siete candados y continué oyendo su historia, como si tal cosa.

—Fue sentir sus labios alrededor de mi polla y un escalofrío me recorrió la espalda. Está mal que lo diga, pero el tío lo hace de puta madre. Tiene una boca que está mogollón de caliente. Solo tenía que cerrar los ojos para imaginar que la estaba metiendo en el coñito de una zorrita. Si a eso le sumábamos la fuerza con la que se la estaba metiendo  Castro, quien se había puesto a trincárselo como a los conejos y dándole una fuerte soba en el culo a la vez. No era difícil que terminara poniéndome cachondo, tanto   que tenía que hacer enormes esfuerzos para no correrme en su boca. Sabía que  si no lo hacía en el culo como todo quisqui, Blas se iba a enfadar y su “perrito” ya tendría un motivo para burlarse de mí. Así que en vez de pensar en mi vecinita, me puse a pensar en un examen de matemáticas…

Esbocé una sonrisa ante la ocurrencia de Gonzalo. El tío había pasado de no confiar en mí ni lo más mínimo, a entregarse por completo en lo que me estaba contando. Aunque intentaba disfrazar su experiencia homosexual de cualquier cosa, sus palabras no conseguían enmascarar el hecho de que había disfrutado plenamente. Por mucho que se justificara, argumentando que lo hacía por no ganarse la enemistad de los del último curso y de que pensaba en chicas cuando practicaba el sexo con el pobre Luis, la verdad se mostraba como algo bien distinto y la erección que se marcaba en su entrepierna era buena muestra de ello.

—…, pero ni examen, ¡ni sus muertos!  Rafa Castro le estaba pegando unos empellones tela de fuerte y cada vez que se la metía, le daba un buen bofetón en las nalgas, lo que propiciaba que el Bombilla se tragara mi verga hasta los huevos. Sentir el fuego de su garganta alrededor de mi capullo me tenía a más de mil. Mi suerte fue que Castro con tanto mete y saca  daba muestras de estar tan a punto de caramelo como yo. De buenas a primera, agarró firmemente la cintura de Luis, aplastó su pelvis contra el  trasero  de este y gritó: “¡Te voy a preñar perra!

«La embestida final tuvo que ser dolorosa, pues el Bombilla se sacó mi porra de la boca y gimoteó levemente como una nena. Blas al darse cuenta de ello, me hizo un gesto para que se la volviera a meter en la boca. Como no se la pude introducir por las buenas, tuve que forzarlo un poco, lo que le provoco unas leves arcadas. No sé porque, pero saber que alguien estaba a merced de  mi voluntad, me puso como una moto y casi estuve a punto de echarle toa la leche en la boca. »

«Una vez terminó de correrse Rafa, nuestro anfitrión me ordenó que ocupara su sitio. Sin pensármelo ni un segundo, cambie mi posición y David Aguilar ocupó mi lugar. ¿No ves to lo caliente que iba? Pues fue verle la junta de culata al Bombilla y se me quitaron toa las ganas de metérsela. ¡Era la cosa más asquerosa que había visto en mi puta vida! Tenía el agujero que le rebozaba de  lefa, ¡si hasta algún que otro goterón había caído al suelo!»

«Me quedé parado sin saber qué hacer, tenía a todos los demás pendiente de mí y de David, quien ya le había metido todo el mandingo en los morros. Así que hice de tripas corazón y la metí en aquella especie de Blandiblu que parecía ser el ano del Bombilla, cerré los ojos, pensé en las tetas de la Brigitte Nielsen y se la colé entera de un empujón.  »

«Aunque al principio me dio un poco de cosita, meterla en un sitio tan pegajoso, he de reconocer que Blas tenía razón y el esperma servía de lubricante y entraba bastante mejor. Como el que no quiere la cosa, me empezó a entrar un gustirrinín de tres pares de cojones y cuando me quise dar cuenta, le estaba echando to el queso en el agujero. »

«Dado que ya no quedaba nadie para darle el biberón a Luis. Blas le pidió a Aguilar que se tendiese en el suelo, una vez lo hizo. Levantó a la “putita” del suelo y cogiéndolo por la barbilla le dijo: “¿Te gustaría montar en el Tiovivo?” El Bombilla, sin decir esta boca es mía,  se sentó sobre el carajo de David y comenzó a simular que  lo estuviera cabalgando. A los pocos minutos, por los gemidos que profería David, supimos que le estaba echando la leche dentro.» 

«Como si lo tuviera ensayado previamente, Luis se levantó y sin decir nada a nadie se fue para el baño. Esta vez temiendo que le hicieran la misma putada de la fiesta anterior, cerró por dentro.»

Gonzalo prosiguió contándome que sucedió a continuación con una absoluta  naturalidad, como si lo que me acababa de narrar no tuviera ninguna importancia y poniendo al mismo nivel anécdotas graciosas, y  propias de la adolescencia, con la barbarie de lo acontecido en las fiestas de Blas.

En un momento determinado miramos el reloj,  caímos en la cuenta que se aproximaba la hora de almorzar y nos fuimos al comedor.

—Tío de lo que te he contado ni mu.

—No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.

—¿Tu secreto está a salvo conmigo? —Dijo Gonzalo imitando un tono de voz ridículo —¡Qué novelero estás hecho! Con que no digas una puta palabra tengo bastante.

 Sonreí ante su broma y puse mi mano derecha delante de él en señal de buena amistad.

—¡Choca esos cinco, cabrón! —Me dijo echándome una mano por los hombros —Eres un empollón de mierda, pero no eres mala gente. Me alegro de que seas mi amigo.

—Yo también, a pesar de que seas un antipático descerebrado.

—¿De verdad pensabas eso de mí?

—Y cosas mucho peores, —Dije sarcásticamente —pero démonos prisa que no llegamos y no nos van a poner de comer. 

Tras el almuerzo, me fui a mi cuarto a leer un poco. Intenté meterme de lleno en las palabras que tenía ante mí y no lo conseguí. Ni siquiera la atrapante trama conseguía apartar de mis pensamientos los crueles actos que había conocido su existencia aquella tarde.

Una a una todas las acciones inmundas perpetrados en el cuarto de Blas tomaron vida en mi pensamiento cómo si se tratara de una película. Inexplicablemente,  el bulto de mi entrepierna comenzó a ponerse rígido y, en unos pocos segundos, se encontraba completamente en erección.

Sin poderlo evitar, me abandoné a los brazos de la lujuria y me acaricié contundentemente el miembro viril.  Tras frotármelo por encima del pantalón durante unos intensos y breves instantes, decidí que era hora de sacarlo fuera y terminar la jugada.

Cerré la puerta, me bajé el pantalón y me masturbé contundentemente. Las imágenes de los compañeros del último curso abusando sexualmente del Bombilla, me acompañaron durante todo el tiempo en aquel viaje de ida hacia el placer. No  pensé, como otras tantas veces,  en Gregorio compartiendo su cuerpo con el Pequeño Nicolás, ni siquiera en los rituales nocturnos de Oscar, que por aquella época eran mi mayor fijación y quien  mejor despertaba mi libido. Mi mente imaginaba a David y a Blas, la enorme polla de uno, el enorme atractivo del otro.

Una vez eyaculé, me sentí como si me hubieran exorcizado, como si hubieran sacado todos los demonios de mi cuerpo. De estar ávido de sexo, había pasado a sentirme sucio por haber tenido aquellos pecaminosos pensamientos. ¿Cómo me podía excitar ante el dolor ajeno, después de lo que me había pasado? En mi ignorancia desconocía la respuesta a aquella pregunta y solo podía sentirme mal.

Con los años descubriría que lo que yo únicamente era capaz de asimilar como algo impropio, estaba en la naturaleza de las personas. Que hay gente a la que tener poder sobre otra persona le excita una barbaridad, que cuanto más sórdida es una fantasía sexual más despierta nuestra lívido. En perspectiva, al analizar los hechos a la única conclusión que soy capaz de llegar es que el deseo de lo prohibido pesó bastante más que el deseo de ayudar al prójimo, en este caso al Bombilla.

Aun así, una vez me limpié y borré cualquier rastro de lujuria de mi raciocinio, centré mis pensamientos  en el Bombilla. ¿Cómo podía estar excitado ante el cumulo de barbaridades de las que estaba siendo víctima? Ya por aquel entonces sabía que el ser humano era raro y que sus reacciones pocas veces tienen que ver con la lógica. Sabía que había hecho una promesa a Gonzalo y que no debía decir nada de lo que me había contado. No obstante, tampoco me negaba a abrirle los brazos al Bombilla, con quien me unía más de lo que estaba dispuesto a admitir. No sabía cómo, pero tenía claro que tenía que buscar un acercamiento y solidarizarme con él.

FIN

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