El guardia se tira al pinche

Sexo brutal en el internado Episodio 1

Diciembre  de 1984

La navidad siempre había sido para mí sinónimo de alegría y de compañerismo: vacaciones, estar más tiempo con los amigos, cenar con la familia, regalos…

Aquel año su significado se trocó para mí y si doloroso fue saber que no saldría de aquel maldito internado durante las fiestas, más insoportable  fue ver como la gran mayoría de los alumnos  se marchaban a casa. De los más de quinientos alumnos que habitábamos en aquella cárcel educativa, quedamos a lo sumo treinta. De mi clase, solo Gonzalo y yo.

Gonzalo me parecía un compendio de todo lo que aborrezco en una persona: antipático, egoísta, inculto, sin sentido de humor… por lo que el refrán de “más vale solo que mal acompañado”,  con él alcanzaba su máxima significación. Así que siempre que podía le rehuía como gato al agua fría y me inventaba cien mil excusas,  con tal de no  tener que compartir mi tiempo con él.

Las únicas alegrías durante aquellos días fueron dos felicitaciones navideñas: una de mis hermanos y otra de mis primos. La de Gertrudis y Juanito, a pesar de lo impersonal de su texto (“Te deseamos una feliz navidad y próspero año nuevo”), alimentó mis esperanzas, llevándome a pensar que mis hermanos  aún me seguían queriendo  y que algún día me perdonarían.

La felicitación de la familia de mi tío Paco fue bien distinta. Era una fotografía de los cuatro hermanos, con un gorro de papa Noel y enseñando los dientes como si posaran para un anuncio de dentífrico. Estaba hecha en un estudio fotográfico, de fondo tenía  decorado con motivos navideños. Los dos pequeños se habían situado delante y los dos mayores detrás,  ¡qué guapos estaban todos!…

El reverso de la foto estaba firmado por mis tíos y mis primos,  y acompañándolo venía una misiva de puño y letra de Francisco, que si bien no era demasiado extensa, estaba escrita con el corazón:

“Querido primo, hespero que a la yegada de esta carta te encuentres bien, nosotros bien gracias a Dios.

Quiero que sepas que te hechamos mucho de menos y que digan lo que digan la jente de tu pueblo de ti, mis ermanos y mis padres te seguimos queriendo igual, pues como dice mi padre tu no tienes culpa de nada.

En febrero mi padre quiere ir a berte otra vez, si la faena me lo permite quiero acompañarlo. Tengo muchas ganas de hablar contigo.

Me a contado mi padre que estás sacando mui buenas notas y que los profesores estan muy contentos contigo. Me alegro mucho.

Sin mas te mando un fuerte beso mío y  de toda mi familia y que sepas que no te olvidamos.

Francisco.”

No sé cuántas veces releí aquella carta, nunca tanta falta de ortografía junta me había parecido tan hermosa y, es que aunque pueda sonar moña, fue lo más parecido al calor propio de la Navidad que conocí aquel año.

Pero como tres semanas dan para mucho aburrimiento, sin clases y sin zopencos a los que explicar matemáticas, las horas se me hacían más que interminables, cuando me cansaba de leer y de la compañía de Gonzalo, deambulaba por el centro.

He de reconocer que si de algo podía presumir aquel centro educativo, era de su organización. A pesar de ser las fechas que eran y de que la mayoría del personal docente estaba fuera, el internado funcionaba con una estricta normalidad. La cocina, la vigilancia, el personal de limpieza y demás, se turnaban para que los que allí nos quedábamos estuviéramos bien atendidos.

Al ser menor el número de alumnos, nuestro anonimato disminuía para las personas que estaban a nuestro cargo y todos los allí presente se  empezaron a dirigir a mí por mi nombre de pila: Pepe el extremeño.

—¡Pepe!, si estás aburrido me puedes acompañar en mi ronda por el centro, así tengo alguien con quien charlar.

—No hay problema, Gregorio. ¡Así me entretengo un rato!

Gregorio, era uno de los guardias jurados que vigilaban el recinto, era un hombre afable de unos cuarenta y largos años.  Al igual que  la mayoría de los guardias jurados que conozco, había cultivado el deporte y seguía estando en buena forma física, unos enormes bíceps y un tórax hinchado dejaban constancia de ello.

En aquella época, yo todavía me negaba lo evidente y no quería reconocer lo mucho que me gustaban los hombres y, pese aquello, he de confesar que el cuarentón me atraía mucho más de lo que querría admitir. Verlo embutido en su traje de faena, revolucionaba  mis hormonas juveniles de una forma tremendamente bestial.

En pocos días, de ser un completo desconocido para el amable guarda, pasé a ser alguien con quien compartir las largas y aburridas  horas de vigilancia por el centro. Entre las funciones del buen hombre, estaban las de que nadie que no estuviera autorizado entrara o saliera del centro, velar por que nadie sin los debidos permisos sacara nada de los distintos almacenes. Por lo que me contó, en más de una ocasión, habían tenido que despedir a algún empleado que otro por sisar ultramarinos, con lo que su función en el período vacacional estaba más que justificada.  

El caso es que a falta de Ignacio, de Oscar o de los otros compañeros con los que solía pasar las horas libres, Gregorio se convirtió en lo más parecido a un amigo que tuve allí jamás. Los largos paseos por el internado consiguieron que por primera vez en mucho tiempo, me sintiera unido a alguien. La diferencia de edad no hacía más que acrecentar mi admiración por aquel tipo.

Cada día, como agua de mayo,  esperaba que viniera a buscarme, que fuera el mismo rutinario  paseo no me importaba lo más mínimo, que nuestras conversaciones versaran sobre futbol, mujeres y lo “mal que estaba la cosa”, me era indiferente. Por primera vez entre aquellas cuatro paredes,  alguien me prestaba la debida atención sin esperar nada a cambio.

Aunque el buen hombre me trataba de tú a tú, de vez en cuando se le escapaba algún sermoncito:

—Ni sé, ni me importa que  has hecho para venir a parar aquí, pero lo que si debes hacer es portarte bien y dejarte de compadreo, que la mayoría de los que están aquí no son trigo limpio.

Entre los paseos rutinarios estaba ir a la cocina, allí siempre Gregorio perdía un ratillo bromeando con Nicolás, uno de los pinches, un chaval de veintidós o veintitrés años, delgado y un pelín afeminado para mi gusto. No es que fuera una locaza de manita distraída, pero había algo en su forma de hablar y comportarse que estaba lejos de la virilidad masculina. Como era tan delgaducho y tan poquita cosa, todos lo conocían por el pequeño Nicolás.

—¡Como sigas adelgazando te vas a tener que echar piedras en los bolsillos!

—¡Que exagerado eres Grego! Si todavía me sobran un par de kilos.

—¿Un par de kilos, si estás en los huesos?

—¿Sabes lo que te digo,  so mamarracho? —El  muchacho se echó las manos a la cintura, adoptando la postura de “la jarrita” y dando muestras de estar hastiado de los comentarios del vigilante, le dijo —¡A quien le tengo que gustar le gustó!

—Pues con un par de kilos más, estarías mejor — Contestó el guardia sin abandonar su tono amable característico y guiñándole un ojo.

Una morbosa y espontanea sonrisa se dibujó en la cara del   pequeño Nicolás, que contoneándose ligeramente (me dio la sensación de que andaba como si llevara tacones), se acercó al guardia y le dijo algo al oído, este tras cerciorarse que yo estaba a lo mío (de siempre me ha funcionado el estar pendiente de los demás y no parecerlo), le metió un fuerte agarrón al culo y le susurró algo al oído. Aquello que cualquiera lo pudiera tomar como una broma de colegas, a mí me sonó a algo más.

Al día siguiente, Gregorio no apareció como de costumbre para que lo acompañara en su aburrida ronda. Pregunté por él al personal del centro y me confirmaron que no estaba enfermo, que había ido a trabajar.

La posibilidad de que se hubiera cansado de mi compañía me entristeció, por lo que ni corto ni perezoso me puse a recorrer nuestro itinerario diario en pos de una explicación. Nunca me gustaron las medias tintas, si no deseaba mi compañía que me lo dijera a las claras y santas pascuas.

Busqué y busqué, pero no lo encontré. Aunque era muy temprano para que se hubiera pasado a hacerle una visita a su amiguito el pequeño Nicolás, también me llegué por las cocinas, pero misteriosamente ni estaba él, ni estaba el pinche de cocina. Pregunté por él al cocinero, quien me contó  que había ido con Gregorio al almacén y que tardarían un poquito.

Ignoró que me hizo sospechar de aquello, en mi fuero interno aún seguía siendo bastante inocente y el sentimiento adulto de pensar lo peor de los demás todavía no había aflorado en mí. Y eso, que las circunstancias me habían  forzado  a madurar a pasos agigantados. Sin embargo, después de su inapropiado comportamiento del día anterior,  la desaparición de aquellos dos despertó mi suspicacia, de una forma que me pareció hasta  un poco pecaminosa.  

Sin pensármelo, dirigí mis pasos hacia la nave donde se guardaban los ultramarinos, al llegar allí me hallé con que el portalón estaba encajado de manera que diera la sensación de que permanecía cerrado. Sigilosamente, cada vez más seguro de lo que iba a descubrir dentro, me interné en la inmensa nave. Sin poderlo controlar, el pulso se me aceleró y una sensación parecida al pánico me abrazó.

Desde niño fui muy atrevido y, ya fuera con mi primo Francisco o por mi cuenta, siempre la curiosidad me había hecho cometer tropelías, como mínimo, arriesgadas. Sin embargo, dicen que el oficio hace maestros. Si de pequeño había conseguido siempre ver lo que hacían los demás y  sin que estos fueran consciente de mi presencia, comprobé que mi sutileza para espiar, no había hecho sino mejorar con los años.

Escondidos al final de la profunda nave, camuflados entre unas altas cajas y la penumbra de las paredes, localicé a  Gregorio y Nicolás. He de admitir que encontrar al pinche de cocina con la polla del fornido guardia en la boca, no me sorprendió lo más mínimo. Me hubiera sentido defraudado de no ser así.

Entre el alumnado circulaban historias de sexo entre algunos miembros del personal docente y no docente; historias, en la mayoría de los casos,  sin ningún fundamento que se susurraban con el único objetivo de despotricar y crear una imagen negativa de los superiores. No obstante, cuando el río suena, piedras lleva. Ante mí,  no tenía el rumor de las piedras, tenía el choque de dos enormes rocas.  

En mi afán de seguir disfrutando del morboso espectáculo, me hice uno con las sombras de aquel lugar. Me toqué la polla para constatar su dureza y  casi me suplicó que la sacara de su cautiverio, cosa que rehusé hacer pues, bajo ningún concepto, pretendía que me descubrieran.

Desde mi improvisado escondite, la  polla del cuarentón no me era visible pues me la tapaba la cabeza del muchacho, pero dadas las veces que el pinche se detenía para recuperar aire, deduje que el miembro el guardia era de proporciones más que considerables.  

Miré a mi “amigo”, permanecía con la  mirada agachada, contemplando como la boca de Nicolás se tragaba su cipote. En su rostro se apreciaba una satisfacción desmedida y   al morderse lascivamente el labio inferior, me terminó por corroborar lo que yo ya suponía: el tío estaba disfrutando de lo lindo con aquello.

La imponente figura de Gregorio, con su uniforme gris cubriéndole el tórax y dejando que el muchacho le comiese la polla, era para mí como una fantasía hecha realidad. La desmedida  virilidad que emanaba aquel hombre, me ponía tremendamente cachondo. Si el fantasma del pecado no hubiera danzado en mi consciencia, habría salido a la luz, para que me hicieran  participe de sus juegos. Más todavía sexo y culpa eran conceptos que, para mí, iban parejos.

 El pequeño Nicolás paró momentáneamente de  devorar el cipote de mi amigo,  se bajó el pantalón, se ensalivó los dedos y se los llevó al trasero. Buscó su ojete con la yema del índice y con la intención de impregnarlo del caliente fluido. Tras repetir la operación en un par de ocasiones, lo introdujo  en el estrecho agujero, al principio poco a poco y después,  al comprobar que este había dilatado lo suficiente, con mayor ímpetu.

Conforme más jugueteaba con su ano, más abierto parecía este y, si en un principio, metió uno solo, transcurrido un escaso minuto eran tres dedos los que atravesaban su recto.

Tanto más placer se suministraba el joven pinche con aquella auto penetración, más hacia disfrutar a mi compañero de “rondas”,  hubo un momento que este  fue tan inmenso, que el fornido vigilante no tuvo más remedio que apartar su cabeza de su polla.

—¡Maricón para que me vas a hacer correr! —La voz de Grego sonaba violenta, como si la hubiera desnudado de esa amabilidad de la que hacía gala ante todos y que tanto me gustaba.

—Eso era lo que buscabas, ¿no?

—Sí, pero me quiero correr follándome ese coñito estrecho que tienes.

La naturalidad con la que hablaban aquellos dos dejaba claro que no era la primera vez que lo hacían, pero no le presté demasiada atención, pues tenía puesto todos los sentidos en averiguar cuál era el  tamaño de churra  el guardia de seguridad.

Una vez la chola de Nicolás dejo de cubrir su entrepierna, mis ojos se pudieron deleitar con el miembro viril  que “calzaba” Gregorio. Impregnado de babas como estaba,  los tenues rayos de luz que caían sobre él le daban un aspecto brillante y majestuoso.  A pesar de la distancia, pude comprobar que, sin ser una polla tamaño gigante, su largo y grosor eran más que considerables. Aun así, lo que más me llamó la atención era su cabeza morada y redonda, la cual pedía a gritos que la chuparan cual cucurucho de helado.

El pinche  se puso de pie,  se bajó el pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos, apoyó su delgado cuerpo sobre una pila de cajas de conservas, sacó el culo hacia  fuera provocativamente y con un gesto invitó al guardia a que lo penetrara.

—¡Chaval, cada vez tienes el culo más escurrio! ¡Como sigas adelgazando más,  un día de estos te voy a reventar por dentro!

El muchacho no dijo nada, simplemente miró al cuarentón y le regaló una sonrisa traviesa, como si las abruptas palabras le agradaran. El vigilante escupió un lapo sobre su erecto carajo y sin miramientos de ningún tipo, taladró con él, el ya dilatado agujero. 

Pese a la preparación previa, como suponía, aquella porra de carne era demasiado ancha y la poca delicadeza con la que el hombre embestía contra el pequeño Nicolás,  dieron como resultado unos dolorosos quejidos que, lejos de excitarme, me pusieron los bellos de puntas.

El robusto hombre al oír los gritos de Nicolás, en vez de preocuparse por si le hacía daño, empezó a proferir insultos a cada cual más soez y de mal gusto:

—…¡Chilla putita!, sí yo sé que en el fondo cuanto más chillas más te gusta…¡Te voy a poner el culo que no te vas a poder sentar en un mes!…

Irremediablemente escuchar al que creía mi amigo hablar con tan poca delicadeza, trajo a mi memoria la sombra de los dos de Cañete, tan amables en un principio, tan salvajes cuando me negué a sus caprichos… ¿Sería Gregorio,  al igual que ellos, otro lobo con piel de cordero? La posible respuesta hizo que me estremeciera compungido.

Aquel nefasto pensamiento apagó mi libido por completo, con lo que no disfruté,  todo lo que debiera,   de la visión del duro y peludo trasero del vigilante, al  encogerse e hincharse cada vez que arremetía contra el delgado pinche. La fuerza que el robusto macho insuflaba a sus caderas parecía no tener fin y si  la voz de Nicolás sonaba acongojada en un principio,   conforme su recto se  fue adaptando al grosor  de aquel mástil de carne y sangre, sus grititos se transformaron en suspiros de placer.

Un rato después de la garganta del voluminoso guardia escapaba un grito de satisfacción, al tiempo que bruscamente paraba su  cuerpo en seco. Agarró fuertemente las caderas del chico y lo apretó contra su cuerpo, evidenciado con ello que estaba depositando todo el jugo de sus cojones en los esfínteres del delgado muchacho.

Dado que allí no había más tela que cortar y que una vez se recuperaran del salvaje orgasmo me podrían descubrir, decidí irme de allí haciendo gala de las mismas argucias con las que entré.  

Continuará en: Gonzalo tiene un secreto

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