Gonzalo tiene un secreto

Sexo brutal en el internado Episodio 2

La historia hasta ahora:  Pepe pasa su primeras navidades en el Internado. Un lugar donde todos los chicos están allí por una trastada gorda que han hecho. La de Pepe, “dejar que lo violaran” y todo el mundo en el pueblo descubriera que era un maricón al que le iban los rabos.  

Aquel lugar, lejos de corregir  su atracción por los hombres, como pensaba su familia que haría, consigue acrecentarla, pues eran muchos los rumores de que aquellas paredes encerraban mucho sexo homosexual furtivo.

Unas relaciones que todo el mundo negaba en público, pero que nadie parecía hacerle ascos en privado, como  Pepe descubrió por las malas cuando vio a su amigo Gregorio, teniendo sexo con el pinche de cocina.

Diciembre  de 1984

Aquella tarde en la ducha no pude evitar acordarme de lo que había visto en el almacén. Sin pudor alguno, dejé que mi mente recreara de nuevo a los dos hombres enzarzados en el salvaje acto carnal y mi polla comenzó a hincharse de sangre, bajo el caliente chorro de agua comencé a acariciar mi cuerpo en pos de encontrar el placer, envolví mi polla en una película de espuma y me masturbé contundentemente.

Una breve porción de tiempo después, mi cuerpo alcanzaba la cima del placer y mi uretra expulsaba varios trallazos de esperma, que se mezclaron con el agua y desaparecieron formando pequeñas espirales por el desagüe.

Conforme la satisfactoria sensación de plenitud fue abandonando mi cuerpo, me sentí apesadumbrado, el simple hecho de suponer que Gregorio fuera como mis dos violadores, despertó en mí sensaciones que fui incapaz de obviar.

Al día siguiente, era Nochebuena y había que preparar una pequeña fiesta en la sala de alumnos y debía quedarme a ayudar a mis compañeros, por lo que no tuve que inventarme ninguna excusa para no salir con él a dar la ronda.

A la hora del almuerzo, tras llegarse a la cocina para charlar con Nicolás (seguramente para  quedar para echar otro polvo), se pasó por mi mesa a saludarme:

—Pepe, mañana te tendrás que buscar tarea para no aburrirte.

—¿Y eso? —Pregunté yo con cierta desgana.

—Mañana cojo las vacaciones y viene Serafín a suplirme, con lo soso que es, no creo que le haga gracia que lo acompañes. Así que hasta que no vuelva…

—No creo que pueda entonces, por lo que me han dicho el segundo trimestre es el más duro y voy a tener poco tiempo para aburrirme.

—¡Pero que aplicado es el jodio! Ya me gustaría que mi chiquillo fuera como tú.

Me tendió generosamente la mano y me dijo:

—¡Bueno pues chaval hasta la vuelta! Y aunque ya no vengas a hacer las rondas conmigo, que sepas que en mí tienes un amigo para lo que te haga falta.

Choqué su mano con la mía,  miré el gesto afectuoso de aquel hombre y no pude más que desconfiar de su semblante. En aquel entonces, mi mundo era todavía muy estrecho y pequeño, no podía entender que lo que para mí era un trauma doloroso, para otros era mero teatro, un condimento más en los juegos del amor. El hecho de que a un hombre le gustara decir obscenidades a otro, no quería decir que le deseara ningún mal, ni que su acompañante  no disfrutara con ello, era  solo otra forma  distinta de obtener placer.

Tras la cena de Navidad, nos invitaron a Gonzalo y a mí a una fiesta privada en los cuartos de los mayores, yo decliné la invitación educadamente, cosa que no le hizo mucha gracia al promotor de la fiesta.

—¡Pero no seas pringao! —Me recalcó uno de los mayores — La fiesta va a estar d’abuten , no vamos a tener zorritas pero hay priva…

Quien organizaba la fiesta era Blas, un chico adinerado del último curso, a quien, por lo que él me había dicho las veces que lo había ayudado con las matemáticas, la nueva mujer de su padre no quería ver ni en pintura. Su progenitor,  para acallar su mala consciencia y que el rebelde adolescente  no diera más problemas de los que ya  daba, le enviaba más dinero del que pudiera necesitar.  

Blas, dentro de lo que cabe, no me caía mal y de no haber estado tan triste por echar de menos, en una fiesta tan señalada, a mis padres y a mis hermanos, hubiera ido a emborracharme con ellos. Aun así, como  lo de ahogar las penas en whisky no ha sido nunca un deporte que yo haya practicado mucho, opté por excusarme  diciendo que no me encontraba bien. Mentira que era de lo más evidente.

Quien sí fue a la fiesta fue Gonzalo, quién cogió una cogorza que no se la saltaba un galgo. Al estar Gregorio de vacaciones, el tiempo libre que empleaba en dar las rondas  con él, no tuve más remedio que pasarlo con el resacoso muchacho.

—¿Cómo fue la fiesta ayer?

—No me hables, que entre los seis nos bebimos tres botellas de whisky… ¡Creo que he echado hasta la última papilla que me comí de chico!

—¿Seís? ¿Quiénes?

—Blas, Rafa Castro, Fede, David Aguilera, Luis el Bombilla  y el menda lerenda.

—¿Luis el Bombilla? —Mi extrañeza iba en aumento y es que no me cuadraba mucho que Blas lo hubiera invitado a su cuarto a emborracharse.

—Sí, Blas lo invitó a última hora —Un gesto de seriedad llenó por completo el rostro de Gonzalo.

Escuchar que Blas había invitado al Bombilla a su cuarto, me resultó de lo más raro, entre otras cosas porque no era santo de su devoción, sino todo lo contrario.

Blas era uno de los alumnos más viejos del internado, había repetido todos los cursos e, incluso con la manga ancha que se gastaba el centro para aquello, le habían dado el ultimátum de que o aprobaba aquel año o no obtendría el título de bachiller. Amenazas que creo que caían en saco roto, pues al muchacho lo único que le importaba era divertirse cuanto más mejor y  lo de obtener un papel que acreditara sus conocimientos, se la traía floja.  

Entre las cualidades de Blas estaba su simpatía, que era amigo de sus amigos, unos ojos verdes preciosos y un físico de deportista que quitaba el hipo (Esto último creo que tenía mucha importancia con la circunstancia de que no me cayera mal del todo).

Entre los defectos de aquel hermoso joven estaban la arrogancia y ese afán suyo por demostrarle a los demás que él estaba en la cúspide de la pirámide alimenticia. Si para ello tenía que devorar a algún cervatillo que otro,  como el Bombilla, se la traía al fresco. Los abusos verbales y físicos, a los que sometía Blas al desvalido muchacho, eran vox populi entre todos los miembros de aquella  cerrada sociedad educativa.

A Luis lo llamaban el Bombilla por el tamaño de su cabeza y lo rasurada que llevaba siempre esta. Su caso era bien distinto. Procedía de una familia desestructurada, una madre maltratada, no sé si  por un padre drogadicto o alcohólico, con el que después de cada paliza se volvían a arreglar y, después de un tiempo, la violencia volvía a estallar en el seno familiar, arrastrando de vez en cuando  con ella al pobre chaval.

Por lo que me contaron,  quien lo había metido allí era un tío suyo, hermano de su madre, que vivía en Canadá. El buen hombre pagaba religiosamente cada mensualidad del internado, pero en fecha tan señaladas como la Navidad y al no poder llevárselo con él, prefería que se quedará en el centro lejos del ambiente familiar.

El Bombilla era un chico apocado y debilucho que soportaba con entereza todas las adversidades que la vida le ponía delante, como si no estuviera en su mano hacer nada para impedirlo, aceptando todos sus  infortunios como si se trataran de un castigo divino. Su impopularidad entre el alumnado era tan grande, que hasta los novatos de primer curso lo mirábamos como un bicho raro.

Fuera como fuera, la teoría del origen de las especies parecía haberse cebado con el pobre Luis, lo de la selección natural había hecho estragos en su existencia y lo de seguir vivo era meramente circunstancial. Pues en su corta existencia, había tenido que sufrir ya lo que otros tardan una vida.

—¿Y cómo es que consintió ir ? —Seguí insistiendo, pues me daba en la nariz que mi compañero de clase me estaba ocultando algo.

—¡Y yo que sé!  —Dijo bastante enfadado y haciendo bastante aspavientos con las manos —Si tanto interés tienes en saberlo, ¿por qué no se lo preguntas tú a él?

Tuve la sensación de haber hurgado en algo que no debía y, haciendo uso de mis  sobradas dotes diplomáticas, no volví a tocar el tema.

En los días siguientes,  Gonzalo y yo pasamos juntos bastantes más horas. Sin querer,  surgió la amistad entre nosotros y a tener cierta confianza él uno con el otro. La verdad es que aunque su sentido del humor era nulo, ni era tan antipático, ni tan engreído, ni tan inculto como yo pensaba que era. Como todo ser humano tenía su lado amable, solo que había que tomarse su tiempo para encontrarlo.

En Nochevieja,  al igual que en Nochebuena, Blas montó otra fiesta en su cuarto, aunque esta vez no me invitó siquiera. En un principio pensé que era debido al desplante que le hice la vez anterior, aunque la realidad era bien distinta.

Ninguneado por Blas y sus amigos, ver las felicitaciones navideñas alivió muy poco mi tristeza. Pese a que las lágrimas no rebozaron de  mis pupilas, recibí el año nuevo sintiéndome la persona más infeliz del universo. Con Gonzalo en la susodicha fiesta, pasé la primera  noche del año con la peor de las compañías: una apesadumbrada soledad.  

Al día siguiente, mi compañero  tardó en aparecer por los alrededores del patio y cuando lo hizo traía cara de haberse bebido toda la reserva de whisky de la reina Isabel II de Inglaterra. Por su semblante y su forma de moverse, supuse que Eustaquio, el señor que se encargaba de limpiar las habitaciones,  lo había sacado a la fuerza de la cama y seguía aún dormido, tanto que caminaba  con la misma soltura de  los zombis del video de Michael Jackson.

En su deambular sin rumbo y con la mirada perdida, casi tropezó conmigo, me saludó muy escuetamente y siguió andando como si tal cosa.

—¿Qué te pasa Gonzalo? ¿Tú también me vas a dar de lado?

Cabeceó perplejo, resopló brevemente y tras hacer ademán de espabilarse, me respondió con una voz ronca y resacosa a más no poder:

—Nadie te dio de lado, recuerdas que fuiste tú el que no quisiste venir en Nochebuena.

—No me encontraba bien…

—¡Síii!… ¡Y yo me follo tres veces to los días a la Brooke Shields! ¡No jodas! ¡No te apetecía venir y echaste esa excusa!

Agaché la cabeza, dándole a entender que tenía razón. Mi silencio y la resaca consiguieron sacar la parte más desagradable de Gonzalo, quien  prosiguió arremetiendo sin descanso contra mí. Me sentí como si fuera el culpable del hambre en el mundo.

—¿Qué querías? ¿Qué te suplicara de nuevo para que fueras a su fiesta? ¡Tío!, que Blas es del último curso y si el internado no estuviera más vacío que un concierto de los Pecos, ni siquiera se habrían acordado de nosotros… Que por mucho que lo hayas ayudado con la matemáticas, si no eres legal con él al final va a terminar pasando de ti…

—Pero es que… no me apetecía beber —Musité un poco acobardado ante el terrible cabreo que se había pillado mi compañero.

—Pues podía haber venido y haber estado de tranqui… ¡Y no hubiera pasado nada!

—¿Se ha cabreado Blas conmigo?

—Un poco… pero como sabes que eres un buen colega y tal,  no te lo ha tenido muy en cuenta —El tono de voz de mi compañero se volvió más amable —Pero ten cuidao  y otra vez que te inviten, le dices que sí, ¡aunque no tengas la polla para farolillos!

La forma de advertirme de Gonzalo me escamó muchísimo, sin pensármelo demasiado cuestioné sus palabras:

—¿Por qué narices dices que tenga cuidao?

—Porque te puede pasar lo de al Bombilla.

—¿Y qué le ha pasado al Bombilla? —Mi pregunta fue un disparo certero que mi compañero no supo encajar y me contestó dubitativamente.

—Nada… ¡Después nos vemos que tengo prisa!

Me dejó con un palmo de narices, de nuevo el hablar de lo que había sucedido en la fiesta con nuestro desafortunado compañero, había sido como si hubiera apretado un resorte en él y salió huyendo de mí. Cosa que parecía preferir, antes de enfrentarse a lo que fuera que hubiere ocurrido en el cuarto de Blas.

No sé si por curiosidad malsana, o porque me preocupaba realmente, fui en busca del Bombilla, con quien no había hablado en mi  puta vida, por lo que no tenía ni zorra idea de cómo entrarle. Lo localicé en su habitación, sentado sobre su cama, leyendo un comic de ciencia ficción para adultos, al verme aparecer hizo ademán de esconderlo,  ya que aquel tipo de lecturas donde salían mujeres desnudas estaban terminantemente prohibido por los profesores. Al comprobar  que  “simplemente” era yo, puso cara de extrañado,  hecho a un lado la revista  y de muy malas maneras me preguntó:  

—¿Qué quieres pringao? ¿Ya te has cansado de hacer de vigilantito?

No entendí su reacción y menos la furia que volcó sobre mí. Sentí como si  toda la rabia acumulada de las vejaciones que había sufrido, la dirigiera hacía mí. Más me armé de valor y adoptando una postura casi solemne, le dije:

—¿Qué  te ha pasado en la fiesta de Blas?

Al principio se quedó sorprendido, pero una vez asimiló mi pregunta, volvió a fruncir el ceño y  poniendo su cara  de estar enfadado con el mundo,  me gritó con la misma antipatía que me recibió:

—¿A ti qué carajo te importa? ¡Vete de aquí, enano!

Hice como el que me marchaba y al poco volví sobre mis pasos, con la intención de seguir insistiendo, más la imagen que me encontré me rompió todos los esquemas: Luis lloraba desconsolado, con la cabeza  metida entre las piernas y adoptando una postura que se asimilaba a la fetal. Lo sentí tan desvalido y vulnerable, que decidí meterme mis preguntas por donde amarga los pepinos y marcharme de allí.

Cada vez tenía más claro que aquello era una especie de cárcel, donde el pez grande se comía al chico y el miedo a las consecuencias era superior a la autoridad del profesorado. De haber visto una oportunidad de acercarme a Luis, lo habría hecho pero no se le puede prestar ayuda a quien no quiere y, mucho menos, a quien se cree que la única razón de existir  de los más débiles es  para tratarlos como mierdas.

No le  volví a sacar el tema a coalición  con Gonzalo, era mi única compañía en aquellos mustios días y no quería enfadarlo.  Además estaba demasiado triste como para pasar todo el tiempo  con los libros  y, por consiguiente,  dándole vueltas al molondro, pues echaba tanto de menos mi familia que ni siquiera me podía concentrar debidamente  en la lectura.

Una tarde, tonteando por el patio, vimos como Blas y su corte de chupaculos acorralaban al Bombilla. Si bien el chaval se había portado conmigo de puta pena, no pude más que indignarme ante la actitud intimidatoria de aquellos cuatro imbéciles.

—¿Eso es lo que tú crees que me va a pasar a mí, si no les bailo el agua a esos imbéciles?

Gonzalo me miró pensativo y haciendo un mohín con los labios, negó con la cabeza.

—¿Entonces qué?

—Algo mucho peor —sentenció.

—¿Cómo de peor?

—No vas a parar hasta que te lo cuente, ¿ein? —No dije nada pero mi gesto era clarividente de que pensaba seguir insistiendo—¿Puedo confiar en ti?

—Por supuesto.

Continuará en : Una partida de strip-poker

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