Descubriendo mi afición por los culos con pelos (Nueva versión mejorada)

Febrero de 1998

Antonio

Fue echar la última gota de leche y fue como si el árbitro pitara el final del partido.  La euforia se esfumó de golpe y el ánimo se  le descolgó hasta los pies, como cuando su equipo perdía por goleada.

Cuando la lujuria dejó de ser protagonista de sus pensamientos, fue consecuente con la locura que acababa de cometer. ¡Se había traído al rarito del Instituto a casa de su abuela para follárselo!

No conocía a aquel chaval de mucho. Si se le había insinuado en la ducha fue porque Carlitos, el masajista de Alcalá,  en una de las veces que se lo montó con él, le dijo que Agapito también le gustaban los rabos.  

Su  relación con el alcalareño,  no iba más allá de echar un buen polvo de vez en cuando.  Desde un primer momento, a pesar de que era unos cuantos años mayor que él, había sabido dejar las cosas claras. Lo suyo era solamente sexo, nada de besos, ni abrazos, ni cualquier otra muestra de cariño.  Él  tenía novia formal y se consideraba heterosexual al cien por cien.

Algo que al treintañero  no pareció importarle demasiado. Muy  al contrario, aquella poca disposición por el enamoramiento del pelirrojo  pareció venirle como anillo al dedo. Consideraba que lo malo de repetir con alguien, era lo posesivo que se volvían sus amantes al tercer o cuarto polvo. Estar con alguien que no quisiera nada más que pasarlo bien, era toda una novedad para él.

Él  mantenía una relación abierta  con un chico de Madrid, a quien solo podía ver muy de vez en cuando. Algún que otro fin de semana, puentes y vacaciones. Situación que, de no ser porque ambos consideraban que los sentimientos  que compartían eran  verdaderos, habrían atajado ya. Ninguno de los dos llevaba bien  lo de tener pareja en la distancia y la promiscuidad de las que ambos hacían gala, propiciaba que las infidelidades estuvieran a la orden del día.

Dado que el masajista y el pelirrojo coincidían en que la   persona que querían no podía satisfacer sus necesidades fisiológicas de manera inmediata, se desahogaban mutuamente y sin tener que soportar la loza de ningún compromiso hacia el otro.

Un consuelo que se estaba convirtiendo en una viciosa adicción. Antonio follaba bastante mejor que el madrileño y a Fany no se le pasaba ni por la cabeza lo de pegarle una mamada a su novio. Variedad sexual en la que Carlitos había aprendido a ser todo un maestro.

Como buen homosexual practicante, reconocía fácilmente las zonas erógenas de sus amantes, pues solían coincidir en muchos casos con las suyas. Si a ello se le sumaba lo bien entrenada que tenía  su boca para ser un instrumento con el que regalar placer, no era ningún dislate decir que el pelirrojo se moría de gusto al sentir sus labios posándose en su polla.

Lo conocía de muy poco tiempo, solo un  mes, pero ya había follado con él más que con nadie en toda su puta vida. Pese a que tenía novia de hacía más de cuatro años, se lo había montado poco y mal con ella. En ocasiones muy especiales,  siempre con el puto miedo de que, con lo grande que la tenía,  se terminara rompiendo el condón y la dejara preñada sin querer. Su peor pesadilla.

Supo de  Carlitos por intermediación de un compañero de gimnasio quien se lo aconsejó cuando tuvo que tratarse un pequeño tirón que le había dado en la espalda con las pesas. Llevaba unos días sin poder entrenar, el dolor cada vez iba a más y, antes que auto medicarse, prefirió ponerse en manos de un fisioterapeuta.

La consulta estaba  un poco alejado de su pueblo, pero sus tarifas eran  era bastante más económica que las de la capital y su colega le insistió en que era bastante bueno. Le aseguró que si la contractura no se la quitaba él, no lo haría ningún otro.

Por recomendación de su amigo y porque el dolor lo tenía fastidiado hasta el punto de no poder hacer ni el más mínimo esfuerzo, el masajista le hizo el favor de buscarle  un hueco a última hora.

La consulta la había acomodado en el interior de la vivienda. Había habilitado el salón  como lugar de espera  de los pacientes y uno de los dormitorios era la estancia donde los atendía.

Antonio llegó un poco antes de la hora y le pidió que esperara un poco, pues todavía no había terminado con la cita anterior.

Unos diez minutos más tarde, salió de la sala en compañía de una señora de unos sesenta años. Por lo que pudo deducir por la conversación que tuvieron , tenía problemas en las piernas y las sesiones de masaje le estaban proporcionando un buen alivio. La buena mujer solo tenía palabras de agradecimiento para el fisioterapeuta.

Nada más se despidió de ella, se dirigió a él con la más esplendorosa sonrisa.

—¿Tú debes ser el amigo de Teo?

El pelirrojo asintió con la cabeza.

—¿Qué es lo que te ocurre para que tuvieras tanta urgencia para que  te atendiera? Que conste que te voy atender, porque tu amigo, que es un buen cliente, ha insistido—Aunque sus palabras eran un reproche en toda regla, su tono de voz era tan amable que Antonio no se sintió mínimamente incomodado.

—Me ha dado un tirón en la espalda y no puedo levantar los brazos poco más pallá de la cabeza —Al decir esto escenificó torpemente el movimiento que no podía realizar.

—Me dijo Teo que estabas en el gimnasio con él. ¡Ay, cuando aprenderéis los culturistas que vuestro cuerpo tiene un límite! No podéis estar compitiendo siempre contra vosotros mismos…

Antonio se sintió un poco molesto ante la reprimenda de aquel desconocido. No solía consentir que nadie se inmiscuyera en sus asuntos, pero se lo toleró con tal de que le quitara el maldito dolor de espaldas.

Supuso que su colega le había estado contando los tremendos piques entre los chavales de gimnasio por ver quien levantaba más kilos y  le recriminaba que no se habría lesionado si no entrara en esas disputas por ver quién era más fuerte.

«En parte tiene razón, pero  este tío, por muy buen masajista que sea, no es nadie para meterse en mis cosas. A ver si no lo voy a tener que mandar a la mierda antes de tiempo», pensó a la vez que fruncía ligeramente el ceño.

Carlitos tenía la suficiente experiencia en el trato con la gente para darse cuenta al instante que su comentario, fuera por lo que fuera, no había caído nada bien al pelirrojo. Así que abandonó su táctica de caerle bien desde segundo número uno y se comenzó a comportar con él de un modo netamente profesional.

—¿Puedes hacer el favor de quitarte la camiseta? Necesito ver la lesión.

Antonio obedeció, se desprendió de la prenda de algodón  y, en unos segundos,  dejó al descubierto su hinchado tórax.  El treintañero tuvo que hacer un esfuerzo para no suspirar ante aquel pecho perfecto.

Por su profesión estaba más que acostumbrado a ver chavales musculosos y, por aquello de no traerse los vicios al trabajo, siempre procuraba mirarlos como meros pacientes.

Sin embargo,  era tal la testosterona que expelía aquel joven, que lo tenía con la libido por las nubes y tenía que hacer unos esfuerzos enorme por no coquetear con él.

Haciendo acopio de toda su profesionalidad pasó los dedos por la espalda  hasta que localizó la contractura.

—¿Es aquí dónde te duele?

—Sí —Se quejó abiertamente el pelirrojo.

—Como es obvio,  la capacidad de movimiento del musculo es menor por lo tenso y duro que está. Se trata de lo que me suponía. Un nudo en la espalda causado por fatigarla al exigirle un esfuerzo mayor  al que es capaz de soportar.

—¿Es grave?

—A simple vista, no. Eres muy joven y creo que después de un masaje, una crema antiinflamatoria y  unos buenos estiramientos,  el problema estará solucionado, mientras no hagas barbaridades.

El gesto de alivio que se dibujó en la cara del muchacho, no pasó inadvertido para Carlitos. Sin mediar palabra, lo invitó a pasar a la sala de masajes.

Nada más entrar el masajista limpió la camilla y la  cubrió con papel específico  de punta a punta.

Antonio estaba con el torso desnudo y llevaba la camiseta en la mano.  La colocó cuidadosamente en un pequeño mueble que hacia las veces de perchero y llevándose las manos a la cinturilla del chándal, le preguntó:

—¿Hace falta que me lo quite?

—Realmente no, pero a veces las cremas manchan las prendas y no es lo mismo ensuciarte el slip que unos pantalones. Así que prefiero que te tiendas solo con la prenda interior.

Cuando el treintañero vio al joven en calzoncillos, tuvo que hacer un esfuerzo enorme por no quedarse mirando la protuberancia que se marcaba bajo la ajustada prenda. «El chavalito no solo está bueno, sino que calza un 2XL», se dijo, «Ay, ¿por que no me encontraré estas cosas cuando salgo a cazar machotes ibéricos? Que yo me conozco y  como no aplique a rajatabla el refrán de la olla y la polla, termino convirtiendo el salón de masaje en un puticlub gay »

Antonio ignoraba  por completo los lujuriosos deseos del alcalareño hacia él. Por lo que se tumbó, con cuidado de no romper el papel camilla,  con la única intensión que le calmara la constante punzada que le atormentaba.

Carlitos  se echó  una pequeña cantidad de crema con base de aceite de almendras en las manos.  A continuación la extendió cuidadosamente por toda espalda, deteniéndose específicamente en la zona dañada. Conforme el cosmético se iba introduciendo en la piel, iba desprendiendo un aroma a lavanda que al pelirrojo le resultaba de lo más relajante.

Al joven culturista nunca nadie  antes lo había tocado con esa mezcla de delicadeza y vigor. Los dedos del fisioterapeuta se clavaban en su espalda de manera tan precisa que la permanente dolencia pareció difuminarse.

En un principio, notar las adiestradas manos sobre sus lumbares le produjo un enorme alivio a su dolencia. Conforme fueron tocándoles los omoplatos y los hombros las sensaciones se transformaron en otras mucho  más placenteras.

Si de normal, su novia no era muy abierta sexualmente y no le permitía determinadas  confianzas, después de que la Vane propago la historia de que había hecho una orgía en la que él participó, los momentos íntimos habían caído en picado.

Fany dejó ver que se creía las mentiras de la Debo, la otra participante de la fiesta sexual,  sobre que no había pasado nada con ella y su amiga en el local de las fiestas de Navidad, que todo era un invento de Vanesa para llamar la atención.

Sin embargo, sabía a ciencia cierta que había mucho  de cierto en la historia.   Aunque lo perdonó de cara a la galería, lo castigó  con un estricto racionamiento de sus momentos íntimos.

Si era habitual que Antonio estuviera caliente a todas horas, con aquella obligada dieta a la que lo había sometido su chica, tenía la libido a flor de piel y el más mínimo roce, dada su enorme adaptabilidad sexual, conseguía que se le pusiera el rabo duro.

Estaba  cansado de pajearse,  necesitaba urgentemente algo de sexo compartido  y se le venían a la cabeza las ideas más disparatadas. Hasta se le ocurrió proponerle a Iván, volver a meneársela mutuamente como hicieron tras la orgia. Pero le preocupaba mucho que su amigo pensara que se había vuelto parguela, aunque si se tenía que atener a lo bien que se lo pasó su colega y a la buena corrida que echó, tampoco era un machote pura cepa.

Sin saber por qué, mientras las expertas manos se deslizaban  desde su cuello y   los hombros hasta la parte baja de la  espalda, haciendo círculos de lo más gratificantes,  rememoró el momento en que su mejor amigo y él se masturbaron.

Al tiempo que Carlitos amasaba su piel y sus músculos con  la yema de los dedos, en su cabeza se escenificaba la escena en la  que su colega  y él se deleitaban acariciando la dura polla del otro  en pos del mutuo placer. Relajado como estaba, sintió  como el nabo se le iba llenando de sangre y acabó teniendo una inoportuna erección.

El masajista no entendía muy bien a que venía   la desorbitada atracción que sentía por aquel adolescente. Estaba más que acostumbrado a tocar cuerpos vigorosos de culturistas y nunca había experimentado los imprudentes e irrefrenables deseos que aquel muchacho les suscitaba.

Irreflexivamente, como si fuera una puerta que pudiera abrir sin levantar suspicacias, fue alternando los masajes terapéuticos con caricias que rozaban lo erótico.  Por lo que sabía,  era la primera vez que el chaval se tendía en una camilla de masaje y, si actuaba con astucia,  no sabría notar la diferencia.

Siempre había odiado aquellos uniformes reglamentarios que no favorecían lo más mínimo. Eran tan anchos y deformes  que parecían que estuvieran diseñados para vestir sacos de patatas.  No obstante, en aquel momento dio gracias a lo holgado que le quedaba, pues el tamaño que había alcanzado su verga, entre tanto algodón plegado podría pasar desapercibido para el joven palaciego.

En el tercer y último paseo de los movimientos circulares desde la cintura hasta los hombros, un pensamiento de lo más perverso comenzó a tener protagonismo en su cabeza. Por más veces que se decía que era una locura, no conseguía vencer la tentación que aquel cuerpo semidesnudo suponía para él.

Paseó las manos por su zona lumbar y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no terminar masajeando de forma contundente sus glúteos. Aquel culo respingón, redondo y, en apariencia, tan duro, se le antojaba un manjar  lo más apetitoso y  cuanto más lo observaba, mayor era la sensación de que le gritaba, “¡Pellizcame!”

Aun así, transgredió levemente todas las normas éticas de su profesión y rozó con sus muñecas la cinturilla de sus calzoncillos. Disimuladamente se llevó la mano a la entrepierna y comprobó lo duro que tenía el cipote. Hacía tiempo que un tío no lo ponía tan cachondo. Incluso estuvo tentado de sacársela y pajearse ante la maravillosa visión del vigoroso cuerpo del pelirrojo.

Pese a que podía dar por terminado el masaje, prefirió tener una cortesía con el diablo. Cuando la lujuria se apoderaba de su raciocinio era muy proclive a quemarse en las llamas de su propio infierno y, sin pensar mínimamente en las consecuencias,  se atrevió a coquetear con el peligro.

—¡Date la vuelta, por favor!— Le pidió con la única intención de volver a contemplar el enorme bulto que se marcaba bajo los slips y tener una inspiración para el buen pajote que se pensaba hacer cuando se marchara.

—¿Y eso?—Pese a que por su tono de voz parecía que la petición de su masajista le incordiaba, nada más lejos de la realidad. En realidad le consumía la vergüenza y la preocupación   por no  tener una explicación sencilla para la tremenda erección que mostraría al girarse.

—Te voy a dar un masaje en el pecho.

—¿A qué viene eso? Si lo que me duele es la espalda —Volvió a protestar, sin ninguna acritud.

—El cuerpo posee una simetría  fisioterapéutica que repercute en la cinética traumatológica.  Si  te realizo un masaje en el anverso  y no hago lo mismo con el reverso, los resultados no pueden ser los deseados y hasta puedes llegar a sentirte mal. —Improvisó Carlitos, rezando porque la ignorancia y la inocencia del muchacho congeniaran lo suficiente  con la trola que le acababa de meter.  

—¿Tan mal como para que me vuelva a doler la espalda?

—Sí, los chakras de la espalda no se contrarrestan  con los del pecho mediante una buena sesión de masoterapía, la molestia puede volver con más fuerza e  inclusive volverse crónica—Siguió inventando el masajista con la seguridad de que aquel chaval desconocía tanto los términos técnicos de su profesión que le podría contar que la tierra era plana y se lo creería.  

—Si entra dentro del mismo precio que me dijiste, no tengo ningún problema por contrarrestar los chakras esos.

—Sí es el dinero lo que te preocupa, no te va a costar ni un céntimo más, pero no tardes en darte la vuelta que se te van a enfriar los chakras.

—Es que no sé cómo decirlo,  pero es que  mientras me dabas el masaje en la espalda, me ha ocurrido una cosa  que no sé si será normal—Las palabras del pelirrojo trastabillaban tanto por los nervios, que a su acompañante le costó un poco seguirlas.

—¿Cuál? Si se te ha quedado dormida la pierna, estás en el sitio idóneo para ponerle un despertador en condiciones —Bromeó el treintañero intentando que el chaval se sintiera a gusto.

—No, peor… Me he relajado tanto y me  ha dado tanto gusto el masaje que he terminado cogiendo un empalme del quince —No había terminado de hablar y se dio la vuelta en la camilla mostrando su palpitante verga bajo la delgada tela azul. Había aumentado tanto de tamaño que parecía que su capullo  quisiera brotar  como la cabeza de una tortuga por la cinturilla de los slips.

Los ojos de Carlitos parecían que quisieran salirse  de sus cuencas ante el libidinoso e inesperado espectáculo que le estaba brindando el chaval. En su constante viaje por las colinas de la homosexualidad, había oteado cipotes de todos los tamaños y formas, por lo que era  bastante difícil de sorprender.

Lo que aquel muchacho tenía entre medio de las piernas era una rara avis. Por lo que había podido comprobar, los culturistas recurrían  a ciclos de esteroides para aumentar su musculatura que, en la mayoría de los casos, disminuían su vigor sexual. El joven palaciego no solo tenía una musculatura voluminosa, sino que entre las piernas tenía una tranca enorme con una erección de lo más vigorosa. El alcalareño hacía tiempo que no  veía una churra de aquel tamaño y tan dura.

Hasta aquel momento, sus pretensiones con el pelirrojo se habían limitado a  pegarse un buen lote visual . Su cuerpo sería una imagen que grabaría en su subconsciente para inspirar sus vicios onanistas.   Pero fue ver lo cachondo que se encontraba porque simplemente había acariciado de manera sugerente su espalda  y el deseo por querer comerse el pastel que tenía delante comenzó a consumirle.

Sin reflexionarlo lo más mínimo,  lanzó la caña para comprobar hasta donde llegaba la predisposición de Antonio. Su  experiencia le había demostrado que con un buen cebo podía hacer   posible que  se tragara el anzuelo hasta el heterosexual con más pedigrí.

—¡Madre del amor hermoso! No me extraña que te doliera la espalda, si llevas más peso en la entrepierna que mi sobrino en la mochila del colegio.

Aunque sacó levemente su lado femenino para insinuar ligeramente sus preferencias, intentó al mismo tiempo no ser demasiado exagerado. El chaval, a pesar de la tremenda erección que lucía, daba la sensación de que nunca se había paseado por la otra acera. Lo último que necesitaba era, después de lo insólita de la ocasión, era terminar espantándolo por una memez.

Antonio se sonrojó ante el comentario de aquel tipo. La diferencia de edad entre ellos hacía que lo viera como alguien a quien tuviera que respetar. Sin embargo, pese a la ingenuidad propia de su edad, sabía de sobra cuando las miradas a su entrepierna eran de sorpresa y cuando de admiración.

Sin querer volvió a recordar la mano de Iván en su polla y notó como la verga cimbreaba bajo los escuetos slips. Sin saber por qué no le pareció mala idea que aquel tipo lo masturbara.

Caliente como estaba, llegó a la conclusión de que si le tocaba la polla igual  de bien que la espalda, iba a salir de allí  con menos leche en los huevos y habiendo disfrutado de la mejor paja que le habían hecho nunca. Así que, decidió lanzar el anzuelo y  pensó que  la mejor manera para ello sería ir bajándose poco a poco los calzoncillos para que su nabo saliera de su encierro.

Carlitos, mucho más puesto que el pelirrojo en el arte de la seducción, le dejó hacer con ciertas condescendía.   Le daba un inmenso morbo que alguien tan joven se le insinuara de una manera tan tosca, pero no pensaba ponérselo fácil. Era de los que consideraba que para que la recompensa se valorara, debía haber un esfuerzo previo.

El treintañero gustaba tanto de los preliminares, como del sexo en sí.  Le resultaba de lo más gratificante ver, aun con cierta timidez, el pelirrojo iba dejando  al descubierto la pértiga que brotaba de su pelvis. Intentaba ser sutil, pero estaba resultando de lo más descarado.

Con un aparente desinterés a la explicita  provocación de su paciente, el fisioterapeuta comenzó a masajear sus hombros con total naturalidad. Estaba nervioso porque nunca antes había tenido sexo en el trabajo e ignoraba las repercusiones que  tendrían aquella violación de los códigos éticos de su profesión. No obstante, miraba la rojiza cabeza que asomaba por la cinturilla de la prenda interior y la locución latina “carpe diem” se hizo dueña de su voluntad. 

Una vez realizó los movimientos circulares en los hombros pasó al centro del tórax. En este ocasión sus manos se pasearon por aquella voluptuosa zona trazando  pequeños círculos desde la base del pecho hasta el pezón. Fue posar sus dedos sobre aquella sensual parte de la anatomía de Antonio y, al notar los latidos apresurados de su corazón, un escalofrío lo recorrió de arriba abajo.

Fue tal la conexión  que sintió con el joven culturista, que estuvo tentado de  abandonar tanta parsimonia en los preliminares y lanzarse de cabeza al abismo de la lujuria  Sin embargo, amante de tomarse su tiempo para cada cosa, siguió con lo que había ideado desde que supo  de su tremenda erección.

Conteniendo sus perversos impulsos, siguió con el masaje de la parte frontal con total naturalidad. En la medida que le permitía concentrarse la serpiente que brotaba de la entrepierna del chaval. Cuanto más la miraba, más deliciosa le parecía y mayor era el empeño que tenía que poner para no sucumbir a sus encantos. Estaba tan excitado que el nabo le dolía de lo dura que la tenía.

En su protocolario viaje por su tórax,   la  siguiente parada fue la zona abdominal. En un intento de estirar más la cuerda, Carlitos se echó una pequeña cantidad de crema de almendras en los dedos y la fue extendiendo suavemente por los músculos de la barriga. De nuevo volvió a mezclar la técnica terapeuta con las caricias estimulantes y, tal como si fuera dibujando surcos sobre él, sus dedos se deslizaron sobre el duro vientre.

Antonio creía que de un momento a otro le iba a dar un sincopé. Si estimulante había sido cuando le había trabajado la espalda, las manos del fisioterapeuta sobre su pecho lo tenían con el pulso apresurado  y  con la sensación de que el corazón  se le iba a salir del pecho de  un momento a otro.

Tenía sentimientos encontrados en lo referente a que el tío se  decidiera hacerle un buen trabajito en el nabo. Lo deseaba porque quería experimentar como unas manos tan expertas le sacaban hasta la última gota de leche. Lo temía, porque no sabía dónde podía acabar su aventura. No era lo mismo que un colega, en el que se podía confiar, te hiciera un pajote a que  lo hiciera un medio carroza como aquel.

Los nervios se apoderaron de él hasta el punto  que hasta comenzó a dudar de que a aquel tío, a pesar de su comentario y sus miradas insinuantes al bulto de su entrepierna, le fueran los rabos o no. Al fin y al cabo tan poco tenía pinta de marica.

No obstante, aunque no supiera encadenar dos pensamientos coherentes, la calentura no se le bajaba. Estaba tan necesitado de un poco de sexo compartido y  las manos de aquel tío lo ponían tan tremendamente cachondo que no sopesó, ni lo más mínimo,  que lo de sacarse la punta del cipote por encima de la cinturilla del slip sería una locura en toda regla.

Para más inri, el  masajista parecía que, después de la sorpresa inicial, había perdido todo el interés por la bestia caliente de su entrepierna. Llevaba minutos mostrándole con todo descaro el babeante glande y él,  como si allí no pasara nada,   se limitaba a seguir con su trabajo sin prestarle la más mínima atención.

Si confiaba en que su  problema acabaría cuando su churra fuera bajando de tamaño, parecía que era algo que no iba a suceder de inmediato. La contundente fricción de los dedos de Carlitos sobre su barriga seguían despertando sus deseos más libidinosos y  a  cada segundo que pasaba se encontraba más cachondo.

Las manos de Carlitos le proporcionaban unas sensaciones de lo más lujuriosas y, si en algún momento había tenido algún reparo porque un hombre le metiera mano, se había vuelto de lo más transigente. Anhelaba que el masaje prosiguiera descendiendo por debajo de  su cintura y notar en su verga esas caricias que lo tenían completamente pletórico.  

Para su sorpresa,  cuando concluyó de realizar  los movimientos circulares en la zona abdominal. Tiró fuertemente de sus slips para abajo y, sin darle tiempo a reaccionar, su nabo saltó hacía arriba como si lo empujara un resorte.

El alcalareño tras devorarlo  con la mirada durante unos segundos, volvió a actuar con el mismo desdén que hasta aquel momento y comenzó a pellizcar suavemente la cintura y la zona de la pelvis del pelirrojo, desatendiendo por completo el mástil de carne que se erguía provocante a escasos centímetros de él.

Disimuladamente la observó de manera más detenida. Sus ojos la recorrieron como si fuera a hacer una instantánea. Una imagen que intentaría retener en su cabeza por mucho tiempo.

 Sin lugar a dudas, aquella polla de piel clara era una de las más imponentes que había visto en mucho tiempo. No solo tenía un largo  y anchura bastante considerable, sino que unas hinchadas venas moradas recorrían su tronco. Aunque lo que más llamó su atención era su hermosa  cabeza rojiza que babeaba liquido pre seminal sin parar. Completaban el apetitoso cuadro unos huevos enormes rodeados por una pelusilla pajiza. Era tan abundante que su escroto recordaba a un nido de pájaros.

El alcalareño se debatía  entre  prolongar el momento un poco más o lanzarse de cabeza a chupar aquella maravilla de la naturaleza. Por lo que, sin querer bajó la guardia, aproximó descuidadamente  sus manos a el enorme nardo e, hipnotizado por su vigor, tuvo lugar un pequeño contacto.

 El roce de sus dedos con el palpitante miembro fue muy leve, pero bastó para que un escalofrío tan potente como un chispazo lo recorriera  de la cabeza a los pies.  

Carlos estaba  abrumado por la química que había surgido entre aquel chaval y él. Nunca nadie más joven que él, habían despertado en él esos irrefrenables deseos. Era todo tan insólito  y había tanta complacencia por parte de su acompañante, que hasta dudó sobre quien de los dos estaba seduciendo al otro.

Pese a sus incertidumbre, ignoraba hasta donde pensaba llegar el pelirrojo. Antes de meterle mano a la polla, levantó la mirada buscando su aprobación y no tardó en encontrarla en el brillo sus ojos verdes.

El júbilo y la pasión se habían adueñado  de su voluntad, hasta el punto de que estuvo tentado de reptar por su cuerpo y buscar el sabor de sus labios. Sin embargo, era consecuente con lo mucho que  a los machos pura cepa le desagradaban aquellas muestras de cariño y optó por hacer lo que más le gustaba a ellos, comportarse como una maricona hambrienta de nabo.

Antonio se cuestionó por un segundo lo que estaba haciendo. No tenía muy claro lo que estaba haciendo. Ignoraba  si aquel tipo guardaría su secreto, si querría que lo pajeara también como hizo con Iván, si dejaría de ser macho  por dejarse tocar por un marica… Un montón de preguntas se amontonaron en su cabeza y para ninguna tenía una respuesta lógica.

Era congruente con que aquel calentón podría cambiar su vida por completo. La imagen de su novia acabando con su relación para siempre, su familia echándole la bronca, sus amigos dándole de lado, sus compañeros de clases y la gente del pueblo cotilleando sobre él, pasaron por su cabeza como escenas inconexas de una película.

Le aterraba las consecuencias que podían tener sus actos, pero la lujuria se había apoderado de su raciocinio de modo tal que era incapaz de dar marcha atrás.  Además estaba el añadido de que aquel hombre había despertado en él unas sensaciones desconocidas para él  y, si salía de aquella habitación sin haber sentido  sus manos en su polla, se podría arrepentir de ello durante toda su vida.

Confiaba que aquel tío,  por aquello que tenía  como medio de vida un negocio al público,  no se iría de la lengua y le contaría a nadie que le había hecho una paja. Desconocía si aquel tipo era discreto o iba contando su vida a los cuatro vientos, pero prefirió agarrarse a la incertidumbre de su silencio para no cerrar la puerta a sus más bajas pasiones. Su único objetivo en aquel momento era  vaciar sus huevos de leche. Ya daría los capotazos que hiciera falta cuando los toros salieran a la plaza.

Ignoraba hasta que punto su  hombría se vería mermada por  tener sexo con un hombre.   Aunque era de la firme convicción que ni en lo más mínimo, tenía claro que no era una batallita de la que presumir..

Lo de Iván, como a  él le gustaba decir para quitarle importancia,  no se trató de ninguna mariconada, sino una paja con la churra de un colega. Lo que se disponía afrontar, por la experiencia de su acompañante, se preveía como algo mucho más fuerte. Máxime cuando el individuo con el que se lo iba a montar era más viejo que él y que, seguramente, le marcaría el paso en todo momento.

Las yemas de los dedos de Carlitos se posaron sobre el firme tronco de la polla de manera delicada, como si a pesar de su vigor el vibrante dolmen de carne y sangre se pudiera romper a la menor brusquedad.  Mientras acariciaba fugazmente su virilidad, buscó la más mínima contrariedad en el rostro de Antonio y, si se atenía a la mueca de placer que se dibujaba en él, no le estaba desagradando para nada en absoluto.

Con la misma parsimonia que había caracterizado sus caricias en todo momento, recorrió el vibrante falo  hasta llegar a su parte inferior.  Acarició muy suavemente sus hinchados testículos, jugueteando con la abundante pelusilla que la cubría. Volvió a trepar por el venoso nardo remedando con sus dedos dos pequeñas piernas.

 Al llegar  al capullo hizo círculos con ellos sobre él hasta impregnarlos  con el pegajoso liquido pre seminal que no paraba de brotar de la uretra.   Se llevó los dedos a la nariz, los olfateó profundamente y culminó chupándolos  como si se tratara del más suculento de los manjares.

Sin darle tiempo a reaccionar al pelirrojo, agarró su erecto cincel con su mano derecha y comenzó a masturbarlo muy despacio. Automáticamente, unos gemidos se escaparon de la boca del chaval. Lo volvió a mirar, se mordió sensualmente el labio inferior, acercó su cabeza a su entrepierna y comenzó a lamerle los testículos.

Mientras paseaba su lengua por su escroto, se deleitó mirando el cipote del muchacho. Veinticinco centímetros de masculinidad con una grosor poco habitual y una dureza prodigiosa.   Lo aprisionó fuertemente entre sus dedos y siguió chupando la bolsa de sus huevos.

Antonio estaba completamente fuera de sí. Lo que aquel tío le estaba haciendo nada tenía que ver  con nada que había experimentado antes. Si la paja con  Iván le agradó, no era comparable. Lo que le hacía sentir la boca de aquel tipo no se parecía  ni a  las tímidas mamadas que había conseguido robarle a su novia, ni a cuando se la mamaron a dúo los putones verbeneros de la Debo y la Vane.

Daba la sensación de que el masajista  sabía dónde tocarle y cómo para proporcionarle  el mayor placer. Si en algún momento había dudado en dejarse hacer, ese pensamiento se borró de su mente de inmediato. Sin reservas de ningún tipo, se entregó por completo a todas las perversiones desconocidas que le quisiera ofrecer.

Fue notar la puta de su lengua sobre su babeante glande y un satisfactorio escalofrío le recorrió la espalda. En el momento que el treintañero fue envolviendo su enorme cipote con sus labios y se lo tragó hasta atragantarse, supo que el sexo que había tenido hasta el momento había sido de lo más banal y que le quedaba mucho que aprender todavía. Lo mejor era que parecía haber encontrado un buen maestro.

No entendía muy por qué una sensación de plenitud y satisfacción hinchió  su pecho. Desde que notó que se había empalmado en presencia del alcalareño, había estado con los nervios a flor de piel, pero a partir de aquel momento, como si lo peor hubiera pasado,  comenzó a relajarse.

Irreflexivamente le empujó en la nuca para que se tragara una mayor porción de su virilidad, era algo que había visto hacer en alguna que otra película porno y presupuso que no le molestaría a su acompañante.

A Carlitos le bastó con escucharlo gemir como un poseso cuando paseó  su lengua desde su escroto hasta su glande, para descubrir que era la primera vez que le comían la polla de aquel modo al pelirrojo. La verdad es que con un miembro como el suyo, muy pocos y pocas podían tragarse al completo aquel proyectil de virilidad.

En el momento que los jadeos comenzaron a ser más compulsos y   Como no deseaba que la inexperiencia del pelirrojo diera como resultado una corrida demasiado apresurada en su boca. Se detuvo en seco

—¡No te pares, sigue!

—No te enfades, chavalote, que voy a seguir ahora. ¿O tienes prisa?

—No.

—Yo, tampoco tengo prisa, ni nadie quien me la meta —Al decir esto último, se encaramó ligeramente entre sus piernas apoyando las manos entre sus muslos. Mientras se incorporaba levemente, le sonrió picaronamente a la vez que volvía agarrar el hermoso nardo anaranjado, para concluir diciendo jocosamente —No obstante, creo que eso último es algo que puede tener solución.

Antonio volvió a quedarse impactado ante el descaro del treintañero. Si en un principio sus deseos pasaban porque le hiciera un buen pajote, se había encontrado el añadido de la mamada.  Sin embargo, por lo que había insinuado, hay no acababa todo, también quería que le petara el culo.

Viendo alguna que otra película porno, la posibilidad de metérsela a una tía por detrás, le había puesto cachondo y le resultaba de lo más sugerente. Pero era algo que, dentro de su relación de pareja, sabía que nunca iba a ocurrir pues Fany era muy tradicional para esas cosas. Lo de que se la mamara aunque fuera solo un poquito, fue toda una victoria para él.

Tenía muy claro que los tíos, por muy guapos que fueran, no le atraían lo más mínimo. Alguna vez se había quedado mirando algún tío en el gimnasio, más por envida que por otra cosa.  Se consideraba machote al cien por cien.  Si su amigo Iván y él se hicieron una paja mutua, fue más por jugar y curiosidad que por deseo. A él solo le gustaban los coñitos y las buenas tetas.

Luego estaba la diferencia de edad. Por un lado le atraía la idea de montárselo con alguien más experimentado, pero por otro le preocupaba un poco que por ignorancia hiciera cosas de las que se arrepentiría después.

Aquel tío no le atraía en absoluto y no se había fijado si tenía un buen culo o no. La  idea de taladrarle el ojete con su polla, aparte de un disparate, era una imagen que no terminaba de componerse en su mente.  No le repugnaba lo más mínimo, pero no era lo que tenía en mente cuando salió de casa para darse un masaje. Pese a que no se imaginaba dándole caña,  su polla  seguía mirando al cielo y no perdía ni un ápice de su dureza.

Carlitos se percató desde un primer momento del desconcierto del chico. Dado que consideraba que el hielo no solo estaba roto, sino que, por lo caliente que estaban los dos, se había fundido por completo. Decidió que era momento de dejarse de gilipolleces y comenzar a llamar a los cosas por su nombre.

—¿He dicho algo malo? —Dijo incorporándose, para estar a su altura y tener una conversación de tú a tú.

—No.

—¿Entonces a que viene esa cara de pasmo, chavalote? ¿Acaso no sabías a que te atenías en el momento en que te metí mano a la polla?

Antonio  guardó silencio durante un momento. Aquel mariconazo le estaba vacilando y  si no fuera porque estaba más salido que el pico de una plancha, le habría pegado dos buenas hostias.  Si había accedido a que un desconocido lo pajeara y le comiera la polla no era porque le atrajeran mínimamente las personas de su mismo sexo, era porque necesitaba vaciar urgentemente sus huevos de leche.

Aquella tarde había descubierto que la boca de aquel tío sabía trabajarse su nabo bastante bien,  mucho mejor que todas las chavalas con las que había podido estar. Así que si tenía un buen culo, puede que clavársela le diera casi tanto gusto como un chochete. Puesto  que se había arriesgado demasiado dejándose meter mano, no estaba dispuesto irse a su casa sin correrse. Miró fijamente al masajista y le dijo:

—¿Tú quieres que te la meta?

—¿Acaso tú no quieres?

El pelirrojo se quedó pensativo durante unos segundos y, tras tener claro que no tenía nada que perder, le respondió con cierta chulería:  

—No sé, si tienes un culo que merece la pena a lo mejor sí. ¡Enséñamelo y ya te digo!

Aquella insólita petición del joven culturista, cogió por sorpresa a Carlitos. En un principio se imaginó aquel chaval como alguien  más cortado. Soportó el enorme magreo que le metió sin decir esta boca es mía, aunque con una erección del quince.   Aquella  proposición por su parte rompió cualquier imagen de joven inocente e ingenuo que se hubiera creado de él.

Su primera reacción fue mandarlo a la mierda por referirse a él  como un objeto de usar y tirar. No obstante volvió a mirar lo que tenía entre medio de las piernas y  pensó que no podía rechazar a un ejemplar como el suyo, por lo que concluyó que  sería algo mutuo.

Desinhibido como estaba ante la permisividad de Antonio, se olvidó de que estaba en su salón de masaje, aparcó la persona comedida que solía ser siempre que se encontraba allí y sacó la perra viciosa que llevaba dentro.

Lo miró fijamente, de modo vacilante y haciendo un mohín sarcástico le preguntó:

—¿Y si no te gusta mi culito, chavalote? ¿Te vas a ir con esto así para tu casa? ¡Qué pena! —Al decir esto último volvió a agarrar su cipote como si fuera el mango de algún utensilio. Una vez lo tuvo cubierto con la palma de la mano, lo apretó hasta sacar un quejido de los labios del pelirrojo.

El muchacho tenía claro que aquel tipo era mucho más listo que él y tenía bastante más mundo recorrido.  Era más que obvio que le estaba vacilando a base de bien,   una razón más para darle una ración especial  del rico  cipote de los Palacios.

Cabeceó levemente, con cierta fanfarronería,  se echó un poco para atrás en la camilla, con la única intención de  que la pértiga de su entrepierna se mostrara más ostensible y respondió cargando sus palabras de cierta prepotencia.

—Ni, mijita.  Yo no me salgo de aquí sin que me saques toda la leche.   Si no me mola tu culo, me pegas buena mamada y tan amigos.

—Entonces, dado que en las dos alternativas me agradan y  ninguno de los dos va a salir perdiendo. Salgamos de duda y comprobemos si mi culito pasa tu exigente examen.

Sin pudor de algún tipo, se levantó y se puso a contonear las caderas como si estuviera haciendo   una especie de baile de Striptease. Se veía tan patético en aquel papel femenino que tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no carcajear. Aguantándose la risa como pudo, se fue bajando muy despacio el pantalón, para después hacer lo mismo con la prenda interior.

Un deseo desconocido prendió en el interior del pelirrojo al ver aquel trasero redondito y completamente afeitado. Si en algún momento había albergado dudas sobre si montárselo con él o no, se disiparon por completo. Aquel tío tenía un pedazo de culo y cuanto más lo miraba, más tenía la sensación de que le estaba diciendo fóllame.

Se puso tan cachondo con la visión de aquellos perfectos glúteos que  en su mente solo quedó lugar para un pensamiento : clavársela hasta los huevos y preñarlo con una buena ración de leche.  

Irreflexivamente se llevó la mano a la polla, la atrapó desde la base y, como si tal cosa,  se puso a pajearse ante la visión del trasero desnudo del treintañero. Daba la sensación de que quisiera ponérsela lo más dura posible antes de metérsela.

Ante tan descarado gesto, el masajista sacó a pasear su sarcasmo:

—Veo que, tal como suponía, eres heterosexual al cien por cien.

—Tengo novia desde hace mucho tiempo y me gusta más un coño que a un tonto un lápiz —Contestó el chaval, que no había captado para nada las mal intencionadas palabras de Carlitos.

—Está  claro que mi culo ha pasado los requisitos de calidad necesario, así que no  voy a ser imbécil y preguntarte si me quieres follar .Anda, chavalote,  acompáñame a mi cuarto. Tengo una cama de matrimonio y allí nos lo vamos a poder montar de putísima madre.

Antonio se subió los slips y se tapó la polla como pudo con él. En ningún momento se cuestionó nada, simplemente  se limitó a hacer lo  que aquel individuo le ordenaba  y anduvo tras sus pasos como una cría tras su madre.

Carlitos, consiente del poder de seducción que tenía sobre el muchacho,  no se había vuelto a cubrir el culo  y , disimuladamente, se llevaba la mano a él. Hacía como que se lo rascaba, cuando lo que hacía  era mostrar el ojete con la única intención de provocar a su presa.

Al llegar a su dormitorio, le pidió que se sentara en la cama y se arrodilló ante él para mamársela un poco. Su propósito era preparársela con sus labios para que  su erección fuera completa. Mas fue posar su boca sobre el babeante glande y  comprobó que no hacía falta, el chaval tenía dura la polla como una piedra.

Tras saborear durante unos breves segundos el firme falo.  No prosiguió por temor a que sí se explayaba demasiado  terminará corriéndose en su boca inesperadamente.  Se levantó y se puso a  buscar algo en un cajón de uno de los muebles que había en el cuarto.

Mientras se untaba un poco de crema lubricante en el ano, lanzó un preservativo al chaval para que se lo pusiera. Su respuesta fue para el masajista un verdadero jarro de agua fría.

—¡Jo, que me tengo que poner un gorrito! —Refunfuñó el joven culturista.

—No querrás hacérmelo a pelo, ¿no?

—¿Por qué no? Tampoco te vas a quedar preñao —Al ver es gesto de contrariedad en la cara del masajista, el adolescente intentó excusarse —No los soporto,  me aprieta un montón, me duele y termina agachándoseme.

El treintañero estuvo tentado de explicarle que el sexo entre hombres tenía otros peligros distintos a un embarazo no deseado, pero ni era mucho de ir dando lecciones a la gente y consideraba que ya la había enseñado bastantes cosas por un día.

Sopeso lo de pegarle una mamada y obviar el sexo completo, pero miró al dolmen que brotaba de su pelvis y la posibilidad de no tenerlo en su interior no tenía lugar en su cabeza a en su cabeza. Por lo que decidió que practicaría el sexo anal sin profiláctico de por medio.

Se auto convenció de que aquel tío tan inexperto no podía tener ningún tipo de enfermedad venérea, que seguramente  estaría sano como él y no le pasaría nada por no tomar precauciones.

En absoluto silencio, cogió una ingente cantidad de lubricante y la extendió a lo largo y ancho del descomunal cipote. Un quejido de placer brotó de los labios del pelirrojo al que aquel gesto lo cogió de improviso.  Sin darle a tiempo a reaccionar, se sentó de espaldas a él y, dirigiendo su erecto cipote a la entrada de su ojete,  comenzó a clavárselo.

—No te muevas, chavalote —Le dijo al notar que hizo el amago de empujar —Esto que tú tienes entre las piernas no entra tan fácilmente, deja que sea yo quien vaya marcando  el terreno  y una vez el terreno esté explorado, te podrás mover como te dé la gana. Pero estate quietecito, hasta que yo diga.  

Antonio no entendió muy bien que quería decir aquel tío con tanta palabrería, lo único que tenía claro era que se tenía que dejar hacer. Cosa que no le importaba lo más mínimo, pues el profesional era  el masajista y él estaba allí  de becario haciendo las prácticas.

Al notar como la punta de su miembro viril se internaba en el estrecho orificio, una sensación desconocida y tremendamente agradable lo embargó. El treintañero se estaba tomando su tiempo e ir introduciendo, poco a poco, el lacerante sable de carne en el ojete y notar como su cipote se iba deslizando a través de sus esfínteres lo tenía completamente fuera de sí.

Lo que comenzó siendo una punzada de dolor constante, se volvió intermitente  e iba remitiendo poco a poco, por lo que  el culo del masajista se iba tragando cada vez  mayor porción de la enorme churra. Hacía mucho tiempo que un tío tan bien dotado no se lo follaba y, aunque estaba disfrutando como un enano de cada segundo, sabía que terminaría con el culo destrozado. Un peaje que no le importaría pagar con tal de traspasar esa frontera de placer.

En el momento que sintió que la pelvis del pelirrojo hacía de tope, supo que su orificio anal había sido capaz de engullirlo  por completo. Pese a que todavía estaba un poco molesto, comenzó a moverse de arriba abajo, con el único propósito de que su recto se fuera adaptando a las dimensiones de la inusual verga.

Un minuto más tarde,  consideró que su culo había dilatado lo suficiente para que el muchacho fuera quien marcara el ritmo.

Se levantó y colocándose  a cuatro patas sobre la cama, le dijo:

—¡Chavalote, es tu turno! Antonio  estaba un poco desconcertado, no sabía muy bien cómo debía actuar. Como  todo buen adolescente empajillado, conocía más la teoría que la práctica del sexo y, en su caso, no porque lo hubiera leído en ningún libro, sino por la multitud de películas porno que había visto. 

Se posicionó tras el masajista y, durante unos segundos,  se deleitó contemplándole el culo. Tan lampiño, tan redondo le parecía de lo más apetecible, tanto que su nabo vibró irreflexivamente. Llevó uno de sus dedos al caliente ojete y, como un niño que prueba la textura de un pastel a escondidas, lo clavó en él.

Comprobar que se deslizaba a su interior con una pasmosa facilidad, le brindó la  seguridad que le faltaba para hacer lo que tenía en mente. Sin pensárselo ni un segundo, apuntó con la cabeza de su cipote a lo que se le antojaba como  una herida abierta al final de la espalda del treintañero y empujó sin ninguna delicadeza.

Siempre había sido de la opinión de que las pollas como las suyas no podían entrar por un orificio tan pequeño, que lo de las películas tenía mucho de efecto especial y bastante preparación. Pero la realidad le estaba demostrando lo equivocado, aquel culo se comenzó a tragar su verga como si se tratara de un agujero negro. Preso de la euforia, con un envite más enérgico, la metió hasta que los huevos hicieron de tope.

Si había disfrutado cuando Carlitos se lo había ido clavando   para dilatar su recto, más lo estaba haciendo ahora. Una vez consiguió marcar una postura en la que la polla no se desviara por la fricción y se terminara saliendo,  comenzó a marcar el ritmo de sus caderas.  Al principio la metía y la sacaba de manera acompasada, en un segundo momento empujaba para mantenerla unos instantes en el interior del caliente agujero  y al final la dejaba fuera una pequeña porción de tiempo para, en el momento que contemplaba como el ojete se cerraba involuntariamente,  volverla a meter con más brío.

Carlitos estaba disfrutando con un enano con siete Blancanieves. No recordaba cuando se lo follaron con tantas ganas y nunca con un miembro viril de aquellas dimensiones. Era muy inusual que un tío con un buen carajo, supiera proporcionar placer con él de aquel modo. El chico, a pesar de su inexperiencia, estaba siendo todo un macho empotrador. Un semental que lo tenía al borde del orgasmo e implorando al mismo tiempo no llegar a él.

Al menos veinte minutos más tarde, cuando creía que iba a desfallecer de tanto placer,  una de las manos  del chico, para su sorpresa buscó  su polla y comenzó a masturbarlo. En el mismo momento que su cuerpo alcanzaba el orgasmo gracias a sus caricias, escuchó un gutural «Me corro» a sus espaldas y sus esfínteres se llenaron de una copiosa cantidad de caliente esperma.

Cuando se corrió en su interior, tuvo  la morbosa sensación de estar paseando por una cornisa estrecha y poder caer en cualquier momento al vacío.   Unas emociones que  a un amante del riesgo como él propició  que disfrutara con  cada segundo de aquel polvo, como si fueran los últimos de  su vida.

Tras el estallido sexual, el mundo pareció detenerse para los dos. Carlitos estaba más que acostumbrado al sexo con aquellos heterosexuales de ocasión como a él les gustaba llamarlo. Presumían de ser muy machos, pero no perdían la oportunidad de follarse un culo con pelos. Por su experiencia, sabía que después de correrse la culpa les corroía y apenas se despedían.

Volvió la cabeza levemente hacia atrás, para contemplar como la pasión y el deseo se borraba de sopetón de la cara de su recién estrenado amante. Insólitamente se encontró con una sonrisa y una cara de completa satisfacción.

—¡Joder, tío, ha sido brutal! —Dijo echándose la mano a la frente y resoplando al tiempo que movía la cabeza en señal de sorpresa.

—¿Te gustaría repetir?

Pos claro, pero otro día que hoy mea dejao listo de papeles.

El masajista no salía de su asombro, aquel joven semental no solo se la traía al pairo sus problemas de consciencia, sino que le estaba sugiriendo quedar para otro día.

La idea de reincidir con el pelirrojo le parecía de lo más sugerente. Indicar el camino a un macho con tantas cualidades para el vicio  como Antonio era una golosina a la que no podía renunciar. El muchacho tenía potencial y,  en unas manos tan putas como las suyas, podría llegar a ser todo un macho empotrador.

Así que, rompió la regla no escrita dentro de su pareja, de no volver a quedar con alguien con quien hubieras follado.

—Este es mi  número de teléfono particular, por si te apetece quedar otro día —Dijo dándole una tarjeta—¿Me vas a llamar?

—No ni na —Fue la escueta respuesta del muchacho que guardó el pequeño papel en un compartimento secreto de su cartera.

Aquel encuentro, fue el primero de muchos.  Pues era obvio que la química entre los dos era enorme. El masajista se quedó un poco pillado con el chaval. De no ser porque Antonio todavía seguía creyendo que ser heterosexual era una virtud de la que presumir,  habría mandado al madrileño a cazar gamusinos a la Conchinchina  y habría intentado empezar una relación con él.

También estaba el problema de la dichosa diferencia de edad. Tener sexo con un tío  más joven era todo un chute de adrenalina y un subidón para su ego.  Sin embargo, a sus treinta años y tres años  consideraba que todavía le quedaban muchas pollas que mamar   y  no se veía compartiendo su vida con un chaval que todavía, cuando estaba aburrido, se entretenía reventándose  las espinillas de la nariz.

A partir de aquel día, cuando Carlitos tenía ganas de polla y Antonio de  reventar un culo,  se llamaban para quedar y echar un polvo.

Lo que suponían sería algo esporádico, se convirtió en algo más frecuente de lo que a ambos le gustaría. Era de lo más habitual que Antonio, tras dejar a su novia en casa, cogiera  la moto y pusiera rumbo a Alcalá, concretamente a la casa del masajista.

El pelirrojo consideraba aquellos encuentros furtivos como un complemento a su sexualidad. Pese a que se decía que solamente le gustaban las tías, no le hacía ascos a un culo y una boca como la del alcalareño. Cuantas más variedades sexuales añadía su amante, más adicto se volvía a sus encuentros y más disfrutaba con ellos.  

Sin embargo, el grifo  del sexo igual que se abrió, se cerró.

El  novio de Carlitos, lo invitó a pasar una semana en Madrid. Al pelirrojo  no le quedó más remedio que prescindir, durante aquel breve espacio de tiempo,  de sus mamadas, de su culo tragoncete y de las muchas cosas que aquel cerdo vicioso le enseñaba cada vez que se lo montaban juntos. Le costaba admitirlo, pero que se fuera a hacer guarradas con otro, lo puso un poco celoso.

Que coincidiera que su abuela  se fuera de viaje también durante aquella semana y la posibilidad de tener a su disposición la vivienda de la anciana, propicio que una idea perversa se fuera fraguando en la cabeza. Un plan en el que estaba muy presente una charla post polvo con Carlitos.

—Al salón  vienen mucha gente de tu pueblo.

—Allí no hay nadie que sepa dar masajes tan buenos como los tuyos.

—Como los que yo doy sí —Le dijo agarrando el bulto de la entrepierna de Antonio con toda la mano, como si fuera un racimo de uva en una parra.

—Sí, pero no me refería a esos “masajes”.

—¡Claro, tonto! Aunque de especialistas en  dar “estos”,—Volvió a cogerle la polla por encima del pantalón — habrá unos cuantos como en todas partes. Pero llevas razón, seguro que no tan buenos como los míos.

La sonrisa picarona de Carlitos lo descolocó un poco. Salvo las  tres o cuatro mariquitas con excesiva pluma que había en su pueblo, no conocía nadie en Los Palacios que fuera como él.

—En mi pueblo no hay ninguno como tú.

—Chavalote, ¿me estás diciendo que en tu pueblo no hay maricones? ¡Mira que me remango!…

—No, hombre, maricones hay. Lo que pasa que no los hay como tú.

—¿Y cómo soy yo?

—Un tío al que le gustan los nabos para reventar y no se comporten como una maricona.

—¿Me estás llamando hetera? —Dijo Carlitos levantándose del sofá y poniéndose las manos en la cintura en forma de jarra —Mira que yo cuando me lo propongo me sale  muy bien el maricón, la maricona y el mariconazo.

Antonio, no sabía muy bien que era eso de hetera, pero no pudo evitar reírse con la teatralidad de su amante. No solo follaba como un descosido con él, sino que era capaz de sacarle una sonrisa.

Lo mejor es que estaba tan a gusto con él que sentía que podía mostrarse tal como era, sin tapujos y sin remilgos de ningún tipo. No le censuraba que fuera tan caliente, ni tan cerdo, ni se burlaba de  su dicción, como era habitual que hiciera  la mayoría de las tías que conocía fuera del pueblo.

—No seas carajote,  hombre—Le dijo cogiéndole la mano para restregarla sobre el paquete que ya se le  estaba poniéndose duro otra vez — No me refiero a eso. Lo que quiero decir que contigo se puede salir a tomar una cerveza sin que la gente se quede mirando por lo hortera que eres.

—¡Ah, sí es porque no soy hortera, por ahí te vas a salvar! ¡Porque a maricón no me gana nadie! —Carlitos al ver que estaba descolocando demasiado al pelirrojo, abandono su histrionismo y adoptando una pose más sería le dijo —Fuera de bromas, sé lo que quieres decir. Pero seguro que alguno ahí. Los armarios existen en todas partes y hay gente que está muy calentita al fondo con las mantas. Lo que no quiere decir que le gusten menos las pollas que a las locas conocidas.

—Yo no conozco ninguno —Respondió Antonio con cierta seguridad, pese a que no había entendido demasiado  bien que tenían que ver con el mariconeo    las mantas y los armarios.

—¿Tú estudiabas en el Almudeine?

—Sí, ¿por?

—¿Conoces a un tal Agapito Ayala?

—Sí.

—Pues ese tío es de los míos.

Antonio se quedó un poco extrañado, Aga era bastante raro, pero de ahí a que le gustaran los rabos, había un mundo.

—¿Por qué dices eso?—Preguntó enfadado pues tenía la sensación de que el masajista le estaba vacilando.

—Porque vino dos o tres veces a que le diera un masaje y por la forma de comportarse y tal, me di cuenta que el muchacho era viandante de mi acera.

—¡Sí!, por tres ratitos que estuviste con él ya te diste cuenta de que era marica. ¿Hizo algo fuera de lo normal o qué?

—No hizo nada, pero los gay tenemos un sexto sentido para saber quiénes culea de estribor y quién no.

Pa ti la perra gorda.

Pese a que le hizo creer a Carlitos que no se tragaba para nada su disparatada teoría. La idea de que Agapito fuera homosexual no se le quitaba de la cabeza y despertó una curiosidad de lo más enfermiza en él.

Descubrir si las sospechas del alcalareño tenían algo de cierto se convirtió en una obsesión. Durante las siguientes semanas, cada vez que se cruzaba con Agapito por los pasillos, lo observaba con atención muy disimuladamente.

Sus ademanes no tenían ningún vestigio de feminidad, ni parecía tener ningún interés por las personas de su mismo sexo. Solamente en una ocasión, cuando el Pajarito creía que no estaba pendiente de él, se percató de que le había mirado disimuladamente el paquete.

Comenzó a fraguarse en su cabeza  la   morbosa idea de poder empotrar al hijo de una de las familias de riquitos del pueblo. En su afán de averiguar si  el estrambótico chaval “culeaba de estribor” o no, se puso  a espiarlo de un modo que rozaba el acoso.

 La semana previa a que Carlitos se fuera con su novio, intentó pillarlo en los vestuarios  para comprobar que,  aunque  fuera de manera tímida, si  se quedaba mirando la churra de alguno de su   compañeros.  Pero se quedó sin averiguar si esto sucedía o no,   porque no coincidió con él.  

Había ignorado tanto aquel chaval, que no había caído en la cuenta de que para evitar las burlas y las bromas de sus compañeros, evitaba no coincidir con ellos. Siempre se quedaba rezagado y  esperaba a que todos se marcharan para entrar a ducharse.

Desde que supo que en la misma semana que Carlitos estaría en Madrid, tendría la casa de su abuela a su entera disposición, una perversa idea comenzó a pasear por su cabeza.  Si al hijo de los Ayala le iban los ciruelos iba a probar el suyo a base de bien. Así mataría dos pájaros de un tiro: confirmaría las sospechas de Carlitos y conseguiría echar un polvo a pesar de la ausencia de su amante.

Aprovecharía después de la clase de Gimnasia,  para intentar seducir a Aga en las duchas  y montárselo con él en casa de su abuela.  Un riesgo que no le importaba correr con tal de no  tener que prescindir, durante siete largos días,  de  su ración de culo apretadito.

En caso de que, como suponía, Carlitos estuviera equivocado. Con decirle a Agapito que era una broma entre colegas, la cosa no tendría más trascendencia, ni habría que dar más explicaciones ¿Quién sospecharía que a un tío como él le pudieran ir los maricas? Tampoco es que la gente del Instituto fuera  a dar mucha validez a la palabra de un pijo empollón al que todo el mundo ninguneaba.

En el caso hipotético que terminara cayendo en sus redes, había preparado toda la parafernalia necesaria para montárselo con él. Una toalla tenderla en la cama o en el sofá, crema de las manos para que sirviera de lubricante y hasta se había agenciado un par de condones. Aunque esto último no lo utilizaría al no ser que Aga se negara en redondo a que se la metiera a pelo.

 « Con Carlitos siempre follo a pelo y nunca me ha pasao na, ¿por qué me va a pasar con el pringao este?», fue el argumento que se dio a sí mismo para auto convencerse de no practicar sexo con protección.    

A pesar de su aparente seguridad, cuando entro en los vestuarios y encontró al Pajarito cambiándose, los nervios lo reconcomían por dentro. Nunca había hecho nada parecido y, aunque el masajista llevara razón, no sabía  si el muchacho habría cruzado ya la acera o seguía siendo virgen aún. .

Ser él quien, para variar, fuera el más experimentado, alimentaba su vanidad de un modo de lo más morboso. Fue simplemente imaginarse estrenando el culo del rarito y tuvo una pequeña erección.

Le bastaron un par de bromas para metérselo  en el saco. Para su sorpresa, Aga no era la primera polla que se comía. Ya en casa de su abuela, comprobó que tampoco era la primera vez que su culo se tragaba una zanahoria, aunque por lo que llegó a sospechar, ninguna  tan grande como la suya.

Una enorme curiosidad por saber quién se lo estaba montando con él, le reconcomía por dentro. Tanto que estuvo tentado de preguntárselo, sin embargo,  optó por la discreción y permanecer en la ignorancia. No quería ningún tipo de familiaridad con él  y tampoco que indagara en su relación con el alcalareño. 

Tenía que reconocer que el hijo de los Ayala estaba hecho una puta de marca mayor.  La chupaba como un experto y su culo era de lo más tragón.  Si con Carlitos se dejaba llevar, con el Pajarito quien había marcado las pautas en todo momento había sido él y la diferencia le había resultado de lo más satisfactoria.

Tuvo la sensación de haber echado uno de los mejores polvos de su vida con él, pero no repetiría. Era demasiado arriesgado. En el pueblo había más cotillas que tomates.  Gente sin vida propia que su único hobby era inmiscuirse en la vida de los demás, como si fuera un derecho adquirido.

Mientras se ponía los slips no pudo evitar acordarse  de su novia, Fany y  se dijo que era un cabronazo con ella. ¿Cómo si no hubiera soportado bastante ya con la historia de la Debo y la Vane?  ¿Qué haría si se enteraba que se había follado al friki del Pajarito?

—¡Vístete rapidito que vamos que nos vamos! —El tono en el que se dirigió a Agapito fue bastante grosero.

Sabía que se estaba comportando como un verdadero cretino con él, pero estaba tan enfadado que no podía evitarlo.  

Durante unos segundos se repitió a sí mismo que el Pajarito había sido el culpable de que hubieran follado. Que si él no se hubiera prestado a ello no habría engañado a su novia. Pero era poco de mentirse a sí mismo y supo que si alguien era responsable de lo sucedido era él  y su puta manía de no saber tener la churra dentro de los pantalones.

Tenía claro que aquel chaval tenía tanto que perder como él ,  más, si se corría la voz de   lo que habían compartido entre aquellas cuatro paredes. Aun así, la posibilidad de que Fany se enterara de algo lo aterrorizó y sus inseguridades se apoderaron de sus actos.

 Al despedirse de él, en vez de las consabidas frases de lo bien que lo habían pasado y que tendrían que repetir, las palabras que salieron de su boca fueron bien distintas.

—Como se te ocurra contarle esto a alguien, te parto la crisma.

Aquel cambio de actitud sorprendió al Pajarito quien, con el terror pintado en su rostro, se limitó a decir.

—No, no… tenlo por seguro. 

Volvió a sentirse mal consigo mismo, aquel chico bastante aguantaba en el Instituto para que tener que soportar sus mierdas. Aun así, no se disculpó. Tenía la sensación que si mostraba el menor atisbo de sensibilidad con un tipo como él, su hombría mermaría.

 Abril 1998

Iván

¡Lo que nos complicamos la vida  a veces para meterla en caliente! Tienes muchos huevos que para follarme el culito de Agapito, me hiciera cuatro veces el trayecto de la finca de sus padres al pueblo, dos de ida y dos de vuelta.

Tanto jaleo y ajetreo únicamente para que mi compañero, Daniel, no sospechara  lo más mínimo de que estaba jilvanando  al rarito de la clase.  

Me daba mucho miedo que, a pesar de ser fiel a la Ley de Cristo (él que da es más listo),  mi colega pensara que me había vuelto  un poco maricón.

Que seguía siendo igual de machote yo lo tenía la mar de claro,  pues a mí los tíos no me gustaban ni siquiera una mijilla.  Cuando la metía en el culo calentito y estrechito  del Pajarito, me ponía a pensar en tías. Gachís con las tetas muy gordas y un coño muy abierto.

Sabía  que era echarle mucha imaginación. Agapito se parecía a las tías del Play-boy  con el que yo me pajeaba, lo que un huevo a un melón, en lo redondito del culo. Sin embargo,  me daba tanto gusto con su boquita y con su ojete, que ya algunas pajas me las hacía pensando que le metía el Calvo Cabezón hasta los huevos.¡Dios bendito, cómo me ponía aquel agujerito!

Si me llegan a decir que hacer un trabajo con el empollón de la clase iba a ser tan divertido y que le iba a sacar punta al lápiz tantas veces, me apunto mucho antes.

A pesar de que me estaba haciendo más kilómetros  con la bicicleta que Induráin, estaba más contento que una perdiz con mi nuevo descubrimiento sexual y no tenía ni el  más mínimo sentimiento de culpa. Entre otras cosas porque  no consideraba que le estuviera poniendo los cuernos  a Eva.

Para mí follar con aquel chaval era  un simple desahogo sexual,  tal como si me estuviera haciendo una pajote y eso no era serle infiel . Porque si por cada vez me la meneara, le saliera un pitón, la pobre  de mi novia iba a tener una cornamenta que ni el padre de Bambi.

Las circunstancias que me habían llevado a encularme al rarito de la escuela taller, un día sí y otro también, ha sido el bajo rendimiento del grupo de alumnos en la  asignatura “Empresa e iniciativa emprendedora”.

Una materia que, además de complicada y aburrida, nadie creía que nos serviría  para nada cuando saliéramos del instituto de formación y, por tanto, todo el mundo había terminado cogiéndole un asco de cojones. Servidor, con lo práctico que suelo ser, de los que más.

El profesor, temiendo fundirse a toda la clase y ganarse de paso que el alumnado se acordara de sus ancestros, tuvo la genial idea de poner un trabajo para subir nota en el examen final. Así, premiaría el esfuerzo de los alumnos que tuvieran interés en sacarse el curso y suspender solo aquellos que optaran por tirarse al palo. Para hacerlo más ameno y que fomentar el trabajo en equipo, dispuso que se realizara por grupo de tres.

Mi colega del alma Daniel y yo, dado que nadie quería emparejarse con él, lo hicimos con Agapito Ayala. El  único hijo de una de las familias más pudientes del pueblo, un chaval dos años mayor que nosotros a quienes sus padres, ante su fracaso en el Instituto de BOUP, lo pusieron  a estudiar un oficio como si fuera una especie de castigo.

La verdad es que el menda se presentaba a un concurso de rarito y se llevaba todos los premios. Lo peor, tenía el mismo sentido de humor que una sardina a la plancha y  se tomaba las bromas muy a pecho, por lo que los compañeros aprovechaban para darle más caña todavía.

Si a eso se le sumaba que  tenía acceso a caprichos caros que nosotros  ni de coña podíamos pensar en tener, que vestía ropa de marca para venir al Instituto o que era el que más nota sacaba de la clase en todas las materias. No era extraño que despertara odio y antipatías de todo tipo. La envidia es un deporte nacional que se practica a todas las edades.

Uno de los lujos que se podía  permitir por estar sus padres en el taco, era tener lo último en tecnología de la época: un ordenador con procesador de texto, una impresora y hasta un modem de conexión a Internet.

Por lo que, si queríamos que nuestro trabajo tuviera una presentación impecable, teníamos que  trasladarnos a su casa. Al encontrarse a  las afueras de Los Palacios, no teníamos más remedio que hacerlo en bicicleta, pues ni los padres de Daniel ni los míos, se podían permitir comprarnos una moto.

Mi colega y yo  considerábamos aquello un marrón de mucho cuidado, pero no nos quedaba otra si queríamos aprobar la asignatura de Empresa, aunque fuera con un cinco raspado y poder  sacar el título en junio. Algo impepinable, para optar  a hacer las prácticas en verano.

Lo que yo ignoraba es que en una tarde que se preveía tan aburrida como una carrera de caracoles, iba a terminar pasándomelo tan de puta madre. No tenía ni puñetera idea que al empollón la mamara tan bien ni  que a  su culo le gustara ser explorado por pollas largas y duras.  Es más, por lo que pude comprobar, era todo un profesional  en aquello de tragarse sables de carne por ambos agujeros de su cuerpo. ¡A saber con quién habría hecho las practicas!

Todo comenzó con el muy cabrón poniéndome la mano en la pierna y, no contento con despertar al monstruo de mi entrepierna, continuó hasta que me puso  más caliente que las pistolas de Harry el sucio.

Por lo que pude deducir, el muy maricón se quería liar conmigo delante de Daniel y montar unas fantasías animadas de ayer hoy. No obstante, como yo conozco a mi colega  y lo cortao que es para hablar de todo lo que está por debajo de la cintura, le dije que se dejara de mamoneo.

—¿Qué pasa? —Me preguntó con un susurro.

—Que si quieres un trío vas a tener que poner un disco de los Panchos, que si esperas que mi colega se una a nosotros lo único que vas a conseguir es que nos llevemos  la bronca.  

—¿Tan chungo es?

—Creo que no se hace ni pajas —Concluí.

El Pajarito estuvo tentado de quitar la mano de mi paquete, pero yo se la restregué con más fuerza.

No  estaba dispuesto a quedarme con el nabo mirando al techo, con un dolor de huevos de campeonato y con una curiosidad capaz de matar a una docena de gatos, por lo que decidí quitarme a mi colega de encima como fuera.

A la más mínima oportunidad,  despiste a mi amigo y me fui para casa de Agapito. Donde, tras correrme en su boca, me puse un condón y se la metí hasta los huevos. Dos polvos mejor que uno, cortesía de Iván Izquierdo.

Una vez le eché toda la leche, la situación se volvió un poco tensa para mí. No asimilaba muy bien que acabara de montármelo con un tío. Sin saber ni que decir ni que hacer,  di por terminada la película  y me apresuré  a salir pitando de allí.

Sin embargo, como me temía, el Avis molliculi me  tenía preparado una escena post créditos.

—¿Te ha gustado? —Me preguntó desafiante. No se había subido  los pantalones y seguía tocándose descaradamente el agujero del culo. Tuve la impresión de que  se deleitaba  comprobando  lo abierto que se lo había dejado. ¡ Más que el bebeero  de un pato!

—Sí —Musité —, ¿y a ti?

—Mucho, me has dejado el ano completamente dilatado —Me respondió pronunciando cada palabra muy despacito, como si le costara trabajo pensar lo que tenía que decir —.Se nota que has follado poco, pero aprendes  muy rápido. Pocas veces me la han metido con tantas ganas como tú. ¡Eres más bruto que un arado con seis mulos! —Detuvo levemente su discurso para  guiñarme el ojo y prosiguió —, pero eres un encanto!

Me dejó un poco descolocado la poca vergüenza y desfachatez  de la que hacía gala aquel tío.  Desde que lo conocía lo había considerado un pringado incapaz de hilar una conversación que no tuviera que ver con los estudios y estaba demostrando ser todo  un jeta que hasta se atrevía a piropearme sin pudor alguno.

Me dio la sensación de que estaba delante de una especie de súper héroe con una identidad secreta. De cara a la gente del pueblo era el tímido y estudioso Agapito Parker, pero, cuando nadie lo vigilaba, aprovechaba para convertirse  en Spider Maricón. Todo gran culo conlleva una buena dosis diaria de carajositran.

Volví a cabecear, pero esta vez, antes de que dijera nada, tomé las riendas de la conversación.

—¿Por qué dices que follo poco, pare?— Le pregunté poniendo cara de que me estaba tocando de los tres el más largo.

Mi forma de abordarlo lo cogió con el paso cambiado. Aun así, no estaba en modo pringado y  supo darme la réplica al segundo.  

—Hombre, si hacemos caso a los rumores que corren por el pueblo, desde Navidades no te clavas. Y conociendo lo puritana que es  la hija de los Escobar, no te imagino yo montando muchas fiestas sexuales con ella.

Que sacara a coalición la fiesta con la Debo y la Vane, me pareció muy mezquino por su parte  y si a eso se le sumaba el tono irónico que uso para hablar de Eva, estaba haciendo méritos para que le diera dos buenas hostias. Pero como me lo acababa de pasar tan bien con él, le di el beneficio de la duda y lo deje terminar lo que tuviera que decir.  

—Te pongas como te pongas, hacer una cosa cada cuatro meses, no es ninguna asiduidad.

No sé qué cara tuve que poner,  si de preocupación o de enfado, pero antes  de que pudiera decir esta boca es mía, volvió a tomar la palabra y dijo algo que me tranquilizó bastante.  

—Pero no temas, yo no le voy a ir con el cuento a nadie como la calentorra de la Vane.  Sé que con tu novia, como con todas las estrechas del pueblo, nada de nada y si no me voy de la lengua podremos volver a repetir. Así que cuento con que,   alguna vez que otra,  de las que Eva te deje a punto de caramelo,  vas a venir a que te dé lo tuyo. Mi boca y mi culo nunca tienen un no para un machito tan caliente como tú.

La  pasmosa tranquilidad con la aquel chaval, al que hasta horas antes tenía por un gilipollas que no sabía nada de la vida, hablaba del sexo me tenía con la mandíbula colgando.

—¿Me estás diciendo que podemos hacerlo cada vez que me dé la gana? —Irreflexivamente me metí mano al paquete y me lo sobé durante unos segundos. Dejando claro con mi comportamiento que no me importaba lo más mínimo volver a darle una buena ración de polla.  

—No, no te confundas. Por mucho que me gusten los rabos, no soy la putita de nadie. Te estoy diciendo que lo podemos hacer siempre que nos apetezca a los dos —Me respondió cargando sus palabras de cierta soberbia, a la vez que terminaba de subirse el pantalón pues aun lo tenía por los tobillos —Y, siempre que seas discreto, hasta puedes invitar a un amigo.  Te recuerdo que tengo dos agujeros disponibles…

Lo de  darle por el mojino  mientras  un colega le daba el biberón me pareció muy morboso, pero también una locura como la copa de un pino. Entre otras cosas porque los cuatro tíos con los que más confianza tenía, no me los veía follando con un marica.

Si le iba a Antonio con el rollo de que me había tirado a un tío, después de la paja  mutua que nos hicimos, me podía retirar la palabra por maricón reincidente.  

Fernando, desde que le puso los cuernos, Carmen lo había metido en la secta de los Maiztostao   y lo tenía todo el día rezo parriba rezo pabajo. Por lo que  no estaría mucho por la labor y lo más fino que me podría decir es que iba a arder en el infierno por sodomita.

Mi hermano Riscardo, por muy de sangre caliente que fuera  (creo que por aquella época se la meneaba más que yo),  no me lo veía  dándole de mamar al Pajarito, ni abriéndole el boquete trasero.

Si con los tres anteriores, veía posibilidades nulas, con Daniel mucho menos. Conociendo lo  formal que era y la vergüenza que le daba todo,  no me lo imaginaba ni viendo una película porno.

Como no veía posibilidades ninguna para su descarada petición sobre añadir más gente a la fiesta,  hice que como que no me interesaba lo que me vendía  e intenté encauzar la conversación hacia donde a mí me interesaba, poder volver a meterla en caliente.

—Bueno, perdona, di por hecho  que se entendía  que tú también tenías que tener ganas… ¿Mañana también estás solo?

—Sí,  como todos los días. A las tres y media se va la señora que nos cuida la casa, mi madre no regresa hasta las ocho y mi padre hay días que ni lo veo. Entre los negocios y las horas que le dedica después del trabajo a la golfa de su secretaria, no tiene tiempo para su familia.

Pasé de puntillas sobre lo que dijo de que su viejo estaba liado con su ayudante  y concentré mis cincos sentidos en las horas que la casa estaba disponible. Lo de que tenía libre solo hasta las ocho me dio un poco de palo.

 Eran las siete y media ya, por lo pese a que seguía más caliente que el sobaco de un panadero, lo de un tercero rapidito lo descarté de ipso facto.  No  fuera  a ser  que su madre se adelantara un poquillo y nos pillara en pleno jolgorio. Tras quedarme un momento pensativo, le pregunté:

—¿Qué te parece si mañana quedamos para hacer el trabajo a las seis?

—¿No te apetece hacerlo mañana? —Preguntó bastante defraudado.

—¡No, ni na! Lo que pasa es que prefiero quedar antes contigo, a las cuatro por ejemplo y después quedar con Daniel. Primero porque mi colega no  tiene un pelo de tonto  y no se va a tragar dos días que me he dejado la carpeta, segundo porque si se alarga la cosa no es lo mismo que tu madre nos pille estudiando que haciendo otras cosas.

El Pajarito frunció el ceño levemente y se sonrió

—Así también, una vez nos desahoguemos,  nos podremos concentrar mejor en el trabajo—Proseguí volviendo a palparme la polla  de forma descarada—, que como estemos todo el tiempo  pensando en el dale que te pego de después, nos va salir un churro de tres pares…

—No me parece mal planteamiento. Mejor ponernos con los gráficos y demás ya relajaditos, que pensando en otras cosas—Dijo alargando su mano hacia mi paquete y haciendo un mohín de aprobación al comprobar que, nada más por hablar de guarradas, se había vuelto a poner dura.

—Entonces a las cuatro mañana.

—Por mí estupendo, a ver si la segunda vez nos sale igual que la primera…

—Mejor, te voy a dejar que no te vas a poder sentar en una semana.

—¡Promesas, promesas! —Al decirme esto adoptó una pose casi femenina, que no me hizo demasiada gracia,  pero que no impidió que me marchara para casa deseando que llegara la tarde siguiente para volver a darle por el  buje.  

La novedad de follar con alguien que no me dijera no aprietes tan fuerte y no me toques ahí que me duele, me parecía una completa novedad. Las pocas tías con las que me lo había montado, no sé si porque era muy bruto o porque eran más delicadas que la cascara de un huevo, todas ellas me habían soltado la misma monserga.

Aunque lo que me tenía más embelesado era tener sexo con alguien que le gustaba tanto la jarana como a mí y con quien las posibilidades de experimentar me parecían infinitas.  Estaba tan distraído pensando en la fiesta del día siguiente que Eva, cuando fui a verla aquella tarde noche, se dio cuenta:

—¿Qué te pasa, niño? Estás como ausente, hoy no me has echado un piropo y ni siquiera has hecho un chiste de los tuyos.

—Nada —Mentí —, estoy bastante preocupado con el trabajo que nos ha mandado el profe de Empresa y no tengo la cabeza donde tengo que tenerla.

—Si no quieres vernos estos días, no pasa nada.

—Y una mierda. El único ratito que tengo para estar contigo, lo voy a desperdiciar. Ya lo recuperaré levantándome más temprano por la mañana. Como diría mi hermano: «A quien se ayuda, Dios madruga»

Mi chica sonrió ante aquella muestra de zalamería  y me dio un tierno piquito en los labios. Sin lengua ni nada, no fuera a ser que me acostumbrara a lo bueno y le pidiera más.

Que fuera algo muy leve y sin contenido erótico, no quitó que se me pusiera el nabo como un garrote. Nada más regresé a casa, con la excusa de que me estaba cagando, me metí en el baño a meneármela como un mono titi.  

Mi inspiración comenzó siendo las tetas y el culo de mi novia, para terminar pensando en lo bien que la comía Agapito y lo mucho que tragaba su culo. Me corrí imaginando que se la metía hasta que los cojones hacían de tope.

Una vez terminé de echar toda la leche, aquel ataque de sinceridad de mis instintos sobre lo mucho que me ponía meterla en un culo con pelos, me dejó más descolocado que un americano teniéndose que comer un plato de caracoles.  

Al día siguiente llegué a Villa Pájarocalentón puntual como un reloj. Aparqué la bici en un lugar que no fuera visible desde la carretera y caminé con extrema precaución en dirección a la casa.  El  pueblo de los Palacios y Villafranca era muy pequeño y nunca pasaba nada, por lo que  todo el mundo llevaba al dedillo lo que hacía cada  uno  de sus vecinos y sus cadaunidades.  Por lo que me preocupaba que   algún conocido de la escuela pudiera pasar y extrañarse de que yo estuviera allí sin Daniel.

Aunque me decía  para tranquilizarme que no pasaba nada porque ninguno de los que lo conocían sospechaba que al chaval de los Ayala le fueran los rabos largos y duros, prefería que nadie sumara nueve más uno y se llevara una.

Me consolaba también diciéndome que  los  que se lo habían beneficiado, si eran de nuestro entorno, tampoco iban a ir con el cuento por ahí.  No sé por qué, sospechaba  que no eran chavales de nuestra edad sino íos mayores, presumiblemente casados y no les quedaría otra que ser discretos. Ellos tenían bastante más que perder que nosotros, si se llegaba a saber.

Aun así, como no me fiaba de  los arremates que le pudieran dar al personal, ni lo chungo que pueden  llegar a ser, extremé las precauciones. Todo  para evitar que cualquier vecino de mi pueblo   sacara conclusiones por muy descabelladas que estas pudieran parecer.  

Había quedado  con Daniel a las seis menos cuarto, como se tardaba más o menos un cuarto de hora en llegar desde la finca de los Ayala a la puerta del Ayuntamiento, disponía de  hora y media para disfrutar de la boca y el culo de Agapito.

Iba tan caliente  pensando en lo bien que me lo iba a pasar que,  nada más lo vi esperándome en la puerta, el Calvo Cabezón, como si fuera un soldado dispuesto a la batalla, tomo la posición de firme. Se puso tan tieso que me dio la sensación  de que quería salirse  por la parte superior del calzoncillo . «Tranquilo, pare y   no te impacientes. Si te portas bien, te voy a llevar de paseo a un par de abujerito mu calentito’  », le dije como si mi nabo pudiera  entender el andaluz  a la perfección.  

No sé por qué, se me vino a la cabeza esa escena  de las películas ñoñas americana  en la que mujer espera al marido que regrese del trabajo en la puerta de su casa.

El Pajarito me invitó muy educadamente a pasar  al recibidor. No había acabado de cerrar la puerta tras de sí y se me quedó mirando con cara bobalicona, como si esperara que yo le diera un beso o tuviera un gesto cariñoso.

Sabía  que el chaval estaba más solo que Bambi en el día del padre, pero yo estaba allí únicamente por dos cosas: darle un biberón y meterle un supositorio carajinal hasta que le saliera la leche por las orejas. Dos actos que poco o nada tenían que ver con el romanticismo. Así que para evitar que se hiciera ilusiones o algo por el estilo le dije:

—¿Pare, tú sabes que tengo novia?

—Yo no soy celoso —Me respondió con una sonrisa típica de las malas de telenovela venezolana.

—No me importa lo que tú seas, pa mí como si quieres ser astronauta. Lo único que me interesa de ti es esa boquita y ese culito tan rico que tienes.

—¡Qué borde eres!

—No, lo que soy es sincero.

—¡Y tan sincero! —Replicó  a la vez que hacía un mohín de desagrado y me sacaba la lengua de manera divertida.

—No te mosquees, lo único que pretendo es dejar las cosas claras para que no haya confusiones.  Esto que tenemos tú y yo  es un intercambio puro y duro, tú me sacas la leche y yo te hago  de guía turístico.

—¿Guía turístico?

—Guía turístico, sí. Te pongo mirando pa la Meca, pa Pamplona, pa Gelves… a gusto del consumidor.

Mi tontería consiguió su objetivo, suavizar la situación y sacarle una sonrisa al hijo de los Ayala.  No sé por qué, pero fue comprobar la cara de indiferencia con la que me miró y constaté que mis temores sobre que aquel chaval se quedara colgado de mí, no podían estar más infundados.

Si el Pajarito follaba conmigo era porque estaba tan caliente como yo. Algo que me dio más seguridad, por lo que me sentí menos cohibido y con más libertad para actuar como yo realmente era.

—Tío, traigo  muchas ganas de repetir —Al decir esto me cogí el paquete, en un claro gesto de mostrarle lo empalmado que estaba —, si hasta me la he cascado pensando en ese culito tan estrechito y tragón que tienes. Me gusta montármelo contigo, pero sin complicaciones de ningún tipo.

El Pajarito se quedó pensativo durante unos segundos, apretó los labios y, tras mover varias veces la cabeza en señal de negación, dijo:

—Iván,  follas de puta madre,  pero de ahí a que te pienses que busco un romance contigo hay un mundo.  Me gusta que seas tan franco, yo lo voy a ser también contigo.  Estás lejos del prototipo de tío que me gusta. Ni estás demasiado fuerte, ni eres muy guapo que digamos , ni tu polla es tamaño XL. Lo único que me interesa de ti es tu polla, como te mueves cuando me la metes y que seas capaz de correrte más de una vez seguida…

—¡Pues sí está todo claro! Subamos a tu cuarto a follar que se nos va la hora y media que tenemos.

—¡Joder, tío! Lo tienes hasta cronometrado.

Me  volví a meter mano al bulto y  le dije:

—Vengo tan caliente que seguro que soy capaz de correrme tres veces. ¿Te puedo  echar el tercer polvo en la oreja? Si no te has quedado mudo, no creo que te quedes sordo.

Agapito sonrió ante mi capacidad de decir tonterías con total desfachatez. Sin embargo, cuando me disponía a subir a su cuarto, me paró y me dijo:

—Me gustaría dejar claro una cosa.

—¿Qué? —Pregunté más escamado  que un gato en una exhibición canina.  

—No me vuelvas  a poner mirando para Gelves hoy, que  me puedo aburrir.

—Pues no te preocupes,  pare, yo te enseño hoy la Giralda, la Torre del Oro, la Plaza de la Maestranza… ¡Será por sitios bonitos en Sevilla!

—¡Anda, que ya te vale! —Me dijo dándome un golpe en el hombro, satisfecho porque le había seguido la broma.  

Como ya tenía más confianza y  sabía lo que tenía que hacer. Al entrar en su habitación, sin que me dijera nada, me desabroché el pantalón, saqué el Calvo Cabezón a tomar el aire y me senté en la cama.

Agapito me miró, volvió a sonreír. Creo que mi poca vergüenza y mi descaro  le agradaba. Pues, siguiendo con la guasa, se puso muy serio y me preguntó:

—¿Qué le pasa a tu polla, que se ha puesto tan tiesa?

—No, lo sé, pregúntaselo a ella. Últimamente no hablamos demasiado. Pero la pobre es un poquita dura de oído, si le quieres decir algo, no vas a tener más remedio que acercarte.

Sin darme tiempo a recapacitar se agachó ante mí, cogió mi picha con dos dedos y se puso a mirarla.  Su forma de actuar me recordó a mi madre, cuando de pequeño me miraba la cabeza por si tenía piojos.

Aquel modo tan escrupuloso de mirar mi aparato, me mosqueó un poco. Estuve tentado de decirle algo, pero por temor a cagarla,  me mordí la lengua. No fuera que por soltar una de las mías me quedara sin mi ración de boquita y culito de aquella tarde.

Lo estuvo examinando por lo menos durante treinta segundos, instantes que se me hicieron eterno. Estaba ansioso porque se metiera mi cipote en la boca y me pegara un lavado de cabeza tan formidable como el de la tarde anterior.

Aunque en un principio creí que la miraba buscando algo, después me percaté de que se deleitaba observándola. Hasta hubo un momento que se mordió libidinosamente el labio y todo.

Era la primera vez que estaba con alguien que reconocía sin pudor que le gustaba lo que yo  tenía entre medio de las piernas.  Lejos de molestarme, alimentó mi ego  y me puso más caliente si cabe.

Me dio la sensación  que Agapito no tenía ninguna prisa porque me corriera y quería tomarse su tiempo. Me irrité un poco, pues mis hormonas estaban disparadas y únicamente deseaba repetir el gustazo que había sentido la primera vez. No obstante, en cuanto me di cuenta  que todo era para prolongar el momento de placer el máximo posible, me relajé y disfruté.

Lo primera novedad estuvo que, en vez de comenzar a chupar como si no hubiera un mañana, posó su lengua sobre mi capullo. Inevitablemente, noté como un agradable escalofrío, similar a un chispazo eléctrico, me recorría desde el culo hasta el cogote. Mi  única respuesta  ante la novedosa sensación, fue soltar  un brutal suspiro.

La pequeña conversación entre su lengua y mi Calvo Cabezón concluyo con la boca de Agapito rodeando mi glande y succionándolo como si fuera un cucurucho de helado. A pesar de que no era la primera vez que me hacía aquella maravilla con su lengua, creí que me corría al instante.

La  novedad estaba en que, sin dejar de chupar mi capullo, se puso a tocarme los huevos. Los acariciaba delicadamente, calibrando  su forma y tamaño,   como si fuera las cuentas de un Rosario. Por el tiempo que le dedicó, le dio lugar  al menos de anunciar un misterio o dos.  

Estuve a punto de decirle que si seguía “soplando” de aquella manera, el trombón  no solo iba a soltar las primeras notas sino que  iba terminar cantando la canción completa. Pero preferí  disfrutar el momento, no interferir en el buen trabajito que me estaba haciendo mi amigo el colibrí  y guardar la patochada para otro momento menos pornográfico.

Sin dejar de tocar el solo de trompeta y acariciarme los testículos, mi saxofonista  favorito metió la mano bajo mi camiseta y buscó mis tetillas.

En un primer momento no me agrado demasiado, no quería mariconeo de ningún tipo y lo único de mi cuerpo que ponía a su disposición era mi cipote con sus dos cojones. Yo estaba allí única y exclusivamente  para reventarle el culo y darle un biberón de leche calentita.

Sin embargo, fue sentir el roce de sus dedos por mis aureolas y una sensación de lo más placentera me embargó. En el momento que se puso a pellizcarme, muy suavemente, los pezones, creí que me iba a dar algo. Tuve que hacer un pequeño esfuerzo para no terminar corriéndome en su boca.   

Agapito estaba hecho una puta con todas sus letras, sabía dónde tocarme y cómo. Nunca pensé que aquel tipo desgarbado y delgaducho del que todo el mundo se burlaba, pudiera llegar a ser un maestro en el arte de proporcionar placer.  Y lo era. ¡Vaya que si lo era!

El Pajarito se tuvo que coscar  de que si seguía haciendo aquello, el árbitro, en forma de leche calentita, iba a pitar el final del primer tiempo. Así que se levantó y  con paso firme se dirigió a la mesita de noche que estaba junto a nosotros. Tras localizar el bote de lubricante y los preservativos en el cajón donde los tenía escondidos, los saco y los puso a mi lado.

Aquella pequeña interrupción no me molestó lo más mínimo, intuí  que  después de la deliciosa mamada, vendría una buena follada. Supuse que lo de aquella tarde sería una repetición del día anterior, el menú habitual.  ¡Qué equivocado estaba! El polvo que me iban a regalar era digno de la carta de los mejores restaurantes.

En el momento que se volvió a colocar entre medio de mis piernas, ya había construido en mi mente  el momento de atravesarlo con mi nabo. Fue simplemente aproximar sus labios al Calvo Cabezón y  el bruto que habitaba en mí tomó el mando de la situación.

Sin ninguna explicación aparente, aparte de la furiosa calentura que me dominaba,   empujé su nuca con mi mano derecha  para que se tragara mi cipote hasta el fondo. Sentir como sus labios tocaban mi pubis y mis huevos, al tiempo que la cabeza de mi polla rozaba su garganta, termino por ponerme completamente fuera de mí.

Sin dejar de darle rabo del bueno, me encorve lo suficiente para poder alcanzar su culo  con la mano. La verdad es que si no pensabas que delante tenía una polla como una olla, podías imaginar que estabas con una gachí. ¡Qué redondito y durito lo tenía el cabrón!  Tras masajearlo poderosamente por encima del pantalón, le insté con un gesto a que se lo bajara.

El Pajarito sin dejar de  tragarse mi cipote hasta los pelos negros, se buscó las trazas  para desabrocharse el cinturón  y poco a poco me dejó su trasero al aire. Volví a acariciarle las nalgas, las tenía preciosas y suaves, casi como las de  una tía.

Seguí sopándole  el trasera , hasta que localice el abujerito . Fue rozar el caliente orificio  con la punta de mis dedos y mis vellos se pusieron de punta, al tiempo que una placentera sensación recorría todo mi cuerpo. Me puso tan caliente que tuve que hacer un  tremendo esfuerzo por no sacársela de la boca, ponerlo en pompas y metérsela de golpe  hasta los cojones.

Intenté meter un dedo en aquel lujurioso volcán, pero estaba bastante seco y tuve la sensación de que le podía hacer daño. Busqué el gel, me eché unas gotas sobre los dedos y los volví a posar sobre su ojete. Fue necesaria simplemente aquella escasa cantidad, para que mi dedo se resbalara hacia el interior de  su recto con suma facilidad.

Nunca había experimentado aquello. La fricción de mi dedo entrando y saliendo del caliente orificio, me tenía con la sensibilidad a flor de piel. Si a eso se le sumaba la estupenda mamada que me estaba proporcionando, no fue extraño que sintiera que iba a terminar eyaculando de un segundo a otro. Por primera vez en mi vida, estaba prolongando tanto el momento del orgasmo y experimentar esas sensaciones desconocidas me tenían con los ojitos vueltos.

Hice un gesto a mi compañero, avisándole de que iba a correrme, para que se quitara. Sin embargo, Agapito volvió a sorprenderme  y me demostró que podía ser mucho más putísima de lo que yo pudiera llegar a imaginar.

El muy mamón, no solo no dejó de chuparla mientras mi Calvo Cabezón escupía cantidades industriales de esperma, sino que se tragó hasta la última gota. Por las ganas con la que devoró mi leche calentita, tuve  la sensación de que no había almorzado bastante y  se había quedado con hambre.

No me había recuperado todavía, cuando mi compañero de clase me  dijo algo  más propio de  Spider Maricón que de Agapito Parker:  

—¡Joder, tío! ¡Hacía tiempo que  no tomaba un bibí tan rico! —Dijo mientras se relamía los restos de semen que resbalaban por la comisura de sus labios. ¿Dónde se metía el chico apocado que yo conocía del colegio cuando hacía y decía esas cosas?

Aunque me daba igual si los tíos que se lo habían hecho con él, echaban un esperma menos sabroso que el mío. Me tome aquello como un cumplido y, entrando en su juego de a ver quién era más descarado de los dos, le dije:

—Pues  te quedan dos porciones todavía por degustar. Espérate un poco que me recupere  un poco y seguimos. Si quieres, para que no se te repita mucho la leche calentita a palo seco, te traes un poquito Cola-Cao o de Nesquik. ¡Verás cómo te gusta más!

Agapito sonrió y me guiño un ojo. Antes de que pudiera decirle una de mis burradas, me preguntó que si quería  una cerveza mientras renovaba fuerzas. Unos minutos más tarde, pese a que no teníamos nada en común simplemente el sexo,   conversamos tranquilamente  como dos colegas de nuestras cosas.

Me costaba no mirar a aquel chaval como a un bicho raro, pero la fuerza de la costumbre pesaba mucho. Nos parecíamos el uno al otro lo que un huevo kínder  a una tableta de turrón, pero  que fuéramos  tan diferentes no era impedimento para  que pudiera tener una charla  amigable con él.

Eso sí, aunque estaba deseando ponerlo a cuatro patas y metérsela hasta el fondo, no asimilaba que a un chaval que no parecía marica lo más mínimo, le pudiera gustar los rabos. Fue lo  mismo  que dijo Eva cuando a su idolatrado George Michael lo cogieron de mariconeo en los servicios públicos. ¡Las sorpresas que te da la vida!…

Fue terminarme la cerveza y ya volvía a tener ganas de jarana. Agapito se percató de ello y, quitándome la botella de la mano, me preguntó:

—¿Te ha gustado meterme el dedo en el ano?

—Sí, pero prefiero meter otra cosa —Dije de nuevo agarrando mi bulto con una mano y mostrándoselo provocativamente.

—Cuando puedes hacer dos cosas, no tienes por qué elegir entre una u otra.

No había terminado de hablar y ya estaba de rodillas sobre la cama, mostrándome un culito redondo y suave que me estaba pidiendo a gritos que se la metiera hasta los huevos. No obstante, como lo de follar es cosa de dos y el muchachito tenía ganas de que le abriera el culo con el dedo, esa fue la parte de mi anatomía que utilicé para darle gusto.

Posé tímidamente el dedo sobre aquel ojal oscuro, todavía estaba pringado del gel y pasó sin demasiado esfuerzo. Fue ver que se lo tragaba al completo con facilidad y por mi mente pasó un pensamiento de lo más sucio: «¡Quién dice uno, dice dos!»

Comprobar que aquel orificio comía el doble con facilidad, me empujó a meter un tercero. Aunque consiguió entrar también  con un poco más de trabajo. No pareció gustarle demasiado  a mi compañero de “fatigas”. Por primera vez en toda la tarde uso la palabra  que más corta el rollo: no.

—No,  no te emociones y vayas a seguir metiendo más, ya  mi ano ha llegado su límite y no quiero que me causes unas fisura. ¡Qué tú eres muy bruto y eres capaz de quererme meter el puño!

El muy cabrón era más listo que el hambre y  me acababa de leer el pensamiento, con razón sacaba tan buenas notas. En aquel momento ignoraba lo que era una fisura, pero entendí perfectamente que si no lo cuidaba con esmero, se acabaría rompiendo el juguete.

Una vez  consideré que aquel agujero estaba suficientemente dilatado, cogí un condón  y me dispuse a ponerle el uniforme de las fuerzas penetradoras al Calvo Cabezón.

Agapito volteó la cabeza y me miró.  Cuando vio me encaminaba a metérsela, me paró en seco y me dijo:

—¡Espera, hoy vamos a cambiar de postura!

Dado que el experto era él y yo estaba allí haciendo las primeras prácticas, no  puse ninguna objeción. Obediente me senté en el borde de la cama como me pidió y aguardé a que él  se sentara sobre mí.  

Al principio le costó dirigirla a su destino. Incluso  en un par de ocasiones se salió. Una vez consiguió ensartarse el ojete con mi martillo pilón,   sin ninguna dificultad, fue entrando  hasta lo más profundo de su vientre.

Al intentar clavársela más al fondo aún y ver que era incapaz de hacerlo, me di cuenta de lo que estaba pasando. Quien me estaba follando a mí era él. En un primer momento me incomodó no tener yo la vara de mando de la situación, sin embargo, una vez comprobé lo satisfactorio que era dejarse hacer, me sentí más a gusto que en brazos.

Aquel chaval era un portento en los estudios y también a la hora de echar un polvo.  Sacaba sobresalientes en todas las materias del Instituto. Pero si fuera yo  quien lo tuviera que calificar  en la asignatura de Prácticas de Mamología y Sodomía, le pondría una matrícula de honor sin pensarlo. El tío se lo curraba un montón.

Sin darme tiempo a reaccionar, se fue introduciendo mi verga muy despacito, de manera que yo sentía como iba deslizándose centímetro a centímetro en su interior, consiguiendo que me retorciera de satisfacción. Un placer como no había sentido jamás y que hacía que cada vez estuviera más cachondo.

Cuando ya la tuvo dentro del todo, comenzó a levantarse muy lentamente y a bajar de la misma manera. Me ponía al borde del orgasmo y, cuando lo conseguía, relajaba sus movimientos de manera que no llegara a eyacular.

Estuvimos así por lo menos veinte minutos, el tío me puso como diez veces a punto de caramelo. Pero a la décima, no sé si porque estaba cansado o porque ya le fue imposible apaciguar la lluvia de leche de mis cojones, me corrí.

Irreflexivamente, lo abracé en el momento de correrme, pero en cuanto caí  en la cuenta que era un tío y no una tía, lo separé de mí como si tuviera la peste. Fue todo tan breve, que no creo que ni se diera cuenta.

Una vez me recuperé, miré el reloj, me terminé de vestir y le dije que nos veíamos en un ratillo.

Él se quedó mirándome con una cara extraña, su gesto mostraba que se había quedado satisfecho con la increíble follada que me había metido, sin embargo en sus ojos asomaba un pelín de tristeza.

Al día siguiente, lo vi un poco distraído, por lo que supuse que se debía a que el día anterior lo había dejado un poco alicaído. Que estuviera con la cabeza en otro sitio, no quito que volviéramos a echarnos dos polvos como dos carretas. Es lo que pasa cuando tienes a las hormonas en constante revolución que cualquier excusa es motivo para usar Nívea y meterla en caliente.  

Sin embargo, su aparente despiste no se debía a lo que yo pensaba. El muy hijo de puta no tenía bastante con mi polla y, tal como me insinuó la segunda tarde, estaba deseando el  dos por uno. Una polla para la boca y otra en el mojino

Que yo le hubiera dicho que no, le importó un pimiento. Como el buen niño mimado que era, estaba acostumbrado a salirse con la suya siempre y se la sudaba la opinión de los demás.

Me percaté  de sus intenciones cuando al cuarto día,  con las piernas todavía temblando de la enorme follada que le había pegado, noté que tenía la misma mirada lujuriosa con la que me recibió. Por lo que no había que ser un Séneca para deducir que, a pesar de la ración doble de leche, el muchacho seguía caliente como pico de la plancha.

Nada más  llegar con Daniel para seguir haciendo el puñetero trabajo, se sentó al lado de mi colega para ayudarle.

He de admitir que al principio  no presté demasiada atención y supuse que tendría que supervisar su trabajo.  Sin embargo,  conforme vi que transcurría más tiempo al lado de él, me cosqué un poco. Le lancé una pequeña visual y noté que mi amigo estaba bastante nervioso, por lo encogido de su mentón diría que estaba a punto de sudar la gota gorda.

Busqué con la mirada donde estaba posada la mano de Agapito y, tal como suponía, se encontraba sobre la bragueta de mi amigo. Moví la cabeza perplejo y, antes de que pudiera decir nada, el  muy cerdo del empollón soltó una de sus descaradas frases:

—¡Jo, cómo de dura se la ha puesto a Daniel nada más que se la he tocado un poquito!

Continuará en: “Las travesuras de Daniel”.

6 comentarios sobre “Descubriendo mi afición por los culos con pelos (Nueva versión mejorada)

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