Las travesuras de Daniel (1 de 2) (Inédito)

Abril 1998

Agapito

Le estaban sentando estupendamente aquello polvos previos al estudio, aunque por ello se encontraba completamente satisfecho. Como el buen niño consentido que era, a pesar de los buenos ratos que estaba pasando con Iván, como no tenía aquello que quería, se encontraba un poco deprimido.

Se podía decir que su ocasional amante era  bastante guapo, tenía buen cuerpo y era divertido a más no poder.  Unos cualidades  que ensombrecían al lado de Antonio, el  chico del que creía estar enamorado  y que se había convertido en toda una obsesión para el empollón de la clase.

Los sentimientos hacia el pelirrojo no habían surgido de forma espontánea, sino que habían germinado durante mucho tiempo, pese a que el hijo de los Ayala se negara a reconocerlo.

Un tío con un cuerpo muro musculo, con un  color de cabello tan característico y con unos ojos verdes de ensueño, solo podía despertar los deseos más libidinosos en alguien como él. Si a eso se le sumaba que era de las pocas personas en el Instituto que no se burlaba de él, no era raro que considerara que tenía con él una especie de amistad.

Al joven culturista no le costó mucho seducirlo y llevárselo a la casa de su abuela, que estaba de viaje, para echarle un buen polvo. Nunca nadie se lo había follado con esa mezcla de masculinidad y ternura como lo había hecho él. Jamás alguien se había preocupado  por si le hacían daño a la hora de penetrarlo.

Acostumbrado a como hacían uso de él los tres obreros  de su padre con los que mantenía relaciones , que alguien se preocupara por si disfrutaba o no  con el sexo, era algo insólito para él.

Por eso, pese a que cuando se despidió de él lo amenazó con darle una paliza si contaba algo, la semilla de la pasión había germinado en el solitario corazón de Agapito y llegó a creer que lo que había compartido con su compañero, distaba de ser solo sexo.

De no ser porque pensaba que podía tener una oportunidad de volver a echar un polvo  con él,  enrollándose con su mejor amigo, no habría accedido a hacer el trabajo de “Empresa e Iniciativa emprendedora” con Iván y Daniel.

Confiaba que la indiscreción del primero le llevara a contar sus escarceos sexuales a su colega del alma y el pelirrojo le pidiera de unirse a la fiesta. Montarse un trío con un chico que no le gustaba demasiado, no le parecía demasiado tributo con tal de poder volver a gozar la vigorosa polla de Antonio.

No era muy dado de regalar sus conocimientos, ni sus esfuerzos a nadie. Mucho menos a aquellos dos mindundi que se habían encargado de ningunearlo desde el primer día que pisó el Instituto.

No obstante,  haciendo alarde de su particular pragmatismo, veía lo de formar equipo con ellos  como un intercambio. Si la historia que tenía montada en su cabeza se hacía realidad, también acabaría con el período de sequía sexual que llevaba soportando desde que su prima se echó novio formal y Antonio Manuel comenzó a preparar para casarse.

En un principio,  pese a que había planificado hacérselo con los dos a la vez. Solo pudo montárselo con uno de ellos, el bocazas de Iván. Pese a que se empalmó a la primera de cambio y se dejó hacer, le aterrorizaba implicar a su amigo. Por lo que decidió no forzar demasiado las cosas y esperar a que todo cayera por su propio peso.

Menos mal que el bruto de su compañero resultó ser toda una sorpresa en el plano sexual. Caliente como una piedra al sol, no le hacía ascos a nada y, lo mejor, era capaz de eyacular copiosamente  dos o tres veces  seguidas,  sin demasiada dificultad. Era verdaderamente infatigable.

A pesar de que en ninguna de las muchas ocasiones que le había insinuado hacer un trío,  el chaval no le había prestado atención, él siguió insistiendo. Hablar de lo  mucho que le gustaría tener dos pollas para él se estaba convirtiendo en una rutina, antes y después de follar. Lo peor es que el hijo de los Ayala, se empezaba a impacientar.

Las reuniones en su casa para hacer el trabajo de clase llegaban a su fin y no conseguía su objetivo de volver a gozar del hinchado pollón de  Antonio. Por lo que una tristeza inconmensurable empapó sus cinco sentidos y poco a poco fue aproximándose al abismo de la depresión que tantas veces había transitado.

Desde que descubrió que le gustaban los hombres, se consideraba un pervertido y había sufrido muchísimo por ello.  Era una pesada loza que sobrellevaba porque era un secreto que solo compartía con cuatro personas los tres obreros de la finca  con los que tenía sexo y su prima.

Pese a que Nurieta  le aconsejaba que asimilara su homosexualidad con normalidad,   que lo viera con normalidad. No ayudaba para nada que Cristóbal, Esteban y Antonio, pese a ser el hijo de su patrón, lo trataran como un cacho carne que usaban para su disfrute.

No obstante, desde que se lo hizo con Antonio y posteriormente con Iván, algo había cambiado  en su interior. El trato amable que ambos le dispensaron, propició que no se viera  a sí mismo  como un bicho  raro. Algo que, por la educación que le habían dado sus padres, unas personas ultra conservadoras, religiosas, chapados a la antigua y con un montón de perjuicios, había llegado a asimilar con completa naturalidad.

Que se sintiera diferente y en su cabeza no martilleara el sentimiento de culpa, no lo hizo menos caprichoso. Repetir con el guaperas del  pelirrojo se había convertido en toda una obcecación para él, una obsesión que rozaba la enfermizo.

Estaba tan empeñado en hacer realidad  la fantasía que había construido  escena por escena en su cabeza,   que no le importaba el riesgo que suponía intentar seducir a Daniel. Su ofuscación lo cegaba y la única solución que veía  para saciar su extravagante deseo,   era la de montarse un trío con sus dos compañeros del trabajo de clase.

En su dislates pasionales, contaba con  el  bocazas de Iván, una vez probara las mieles del sexo en grupo, fuera con el cuento a su mejor amigo. Antonio. Como el buen macho caliente que era, alardearía ante él de  lo bien que se lo pasaba dándole el biberón y taladrando su culo.

Ignoraba si, al descubrir que era la putita de su amigo,  al pelirrojo le entraría un ataque de sinceridad  y le confesaría que ya había probado su boca y su ojete, o se haría el nuevo. De lo que no tenía ninguna duda es de que no se le pensaría ni un segundo y le pediría de unirse a la fiesta.

Se sentía un maestro a la hora de proporcionar placer a las personas de su mismo sexo y en su cabeza no entraba  que pudiera haber alguien que rechazara su boca o su culo. Estaba tan convencido de su éxito y había ganado tanta confianza en los últimos días, que se volvió un poco kamikaze.

Abandonó su precaución habitual para no dejar al descubierto sus inclinaciones sexuales y decidió jugárselo todo  a una misma carta, sin calibrar en ningún momento el riesgo para su vida social suponía lo que estaba haciendo.  Como el burro que con las anteojeras solo alcanza  ver lo que tienen delante de él, seducir a Daniel se convirtió en su leitmotiv aquella tarde.

Lo cierto  es que si aquel chico no fuera tan cortado y tan retraído, al primero que le hubiera metido mano habría  sido  a él, porque le gustaba bastante más que su compañero. Que sí, muy divertido y salado, pero si lo tuviera que clasificar lo haría en  la categoría de resultón, pues estaba muy lejos de sus prototipos de belleza masculina.

Aunque físicamente tenía una fisonomía parecida a la de Iván. Moreno, no demasiado alto, ni flaco, ni gordo y con un culo redondo que había mirado furtivamente  con deseo en alguna que otra ocasión. Estaban lejos de ser dos gotas de aguas idénticas.

Unos pómulos más alargados, una nariz aguileña, unos enormes ojos negros, perfilados por unas enormes pestañas y unos labios carnosos, que descansaban sobre un atractivo mentón prominente, lo hacían bastante más  agradable a la vista que su amigo.

Quizás porque se le ocurrió sobre la marcha y no era muy dado a improvisar, decidió repetir con él la misma táctica que le funcionó el primer día con Iván. Si, por algún motivo, el chaval protestaba le respondería con cara de bobo  y haciéndole ver que estaba exagerando en sus conclusiones. Una excusa que traía preparada el primer día, pero que no le fue necesario usar.

Se sentó a su lado,  invadiendo su espacio vital de  un modo que le resultó incomodo hasta para él. En un principio disimuló haciéndole ver que le corregía algo en la pantalla del ordenador, pero no cesó en su objetivo de rozar su cuerpo con el suyo.   

Una vez comprobó que no que no había ninguna reacción negativa por apocado adolescente, continuo pegando su pierna  más a la suya .   Sentir el fuerte muslo de aquel muchacho junto a el suyo,  dio como resultado que Agapito tuviera una leve erección. Llevaba unos pantalones blancos tan ceñidos que, si su compañero hubiera bajado la mirada, hubiera visto como había aumentado el bulto de su entrepierna. nes.

Daniel ni siquiera pestañeó y prosiguió atendiendo a las explicaciones que le daba sobre lo que se veía en el monitor.  El hijo de los Ayala  sospechaba  de que, a pesar de lo reservado que aquel chaval parecía ser, no tenía un pelo de tonto. No tenía ninguna duda de que ya se había dado cuenta de sus perversas intenciones y suponía que su comportamiento inocente, no era otra cosa que una flagrante invitación para siguiera aumentando el nivel de su juego de seducción.  

Sin  apartar la mirada de los gráficos de la pantalla   y señalando de manera especificativa con el índice de la  mano izquierda, fue dejando resbalar la derecha sobre su muslo  hasta que llegó a rozar con la yema de los dedos la pierna que tenía al lado . De nuevo no encontró ningún impedimento por parte de su acompañante,   por lo que  consideró que se había levantado la veda de caza y decidió aproximarse su mano hacia su entrepierna   para atrapar la suculenta pieza que se escondía bajo su cintura.

Estuvo tentado de lanzarle una mirada de complicidad  , pero temía que, con lo tímido que era, no supiera afrontar que quien le estaba metiendo mano era  un tío y  siguió fingiendo. Sopesó mejor  darle su tiempo para que el mismo afrontara la realidad de lo que estaba pasando, sin ningún tipo de sobresalto. 

En el momento que su mano alcanzó la zona de su pelvis, constató para su sorpresa que tenía una erección de caballo. Por lo que sobó con contundencia la palpitante protuberancia.  En  el mismo instante que sus dedos acariciaban con más fuerza  el abultado paquete, se percató de que Iván estaba al tanto de lo que sucedía por debajo de la mesa. 

Como temía que el bocachancla de su recién estrenado amante dijera una frase de las suyas y le espantara a su presa, dijo algo que le dejara claro la puerta de la lujuria se había abierto de par en par para montar un trío de los buenos.

—¡Jo, cómo de dura se la ha puesto a Daniel nada más que se la he tocado un poquito!

Daniel

Desde hacía unos días se olía que  el Pajarito y su colega se traían algo entre manos, pues había demasiada complicidad entre ellos. Lo que no podía imaginar, ni en sus conclusiones más perversas era que se hubieran liado. Pese a que desde lo de Gustavo, tenía claro que a cualquiera podían gustarle los rabos y no tenía que ser descaradamente afeminado, no le cuadraba demasiado el hijo de los Ayala dentro de esa clasificación y mucho menos Iván. Aunque no terminaba de ver  a su amigo comiéndose una polla o poniendo el culo. Por lo que supuso que  se habían repartido los roles y no había alternancias de estos, del mismo modo que pasó con él y el maño.

Aunque sus verdaderas  preferencias sexuales era un secreto que encerraba tan profundamente que no se atrevía a compartirlo con el espejo. Aun así, tenía claro que los tíos que le ponían estaban en el encaste de Iván, varoniles y con pinta de machote.

No le atraía lo más mínimo Agapito. No había congeniado nunca con él y le resultaba chocante que hiciera constantemente alarde de su poder adquisitivo. No obstante, fue sentir el calor de su cuerpo cerca  y emociones no olvidadas se apoderaron  de él, excitándose como hacia tiempo que no lo hacía.. Un dejá vu dominó sus  cinco sentidos y los recuerdos no olvidados volvieron a bullir en su interior como si el ayer no terminara nunca.

Agosto 1997

Como cada año, su abuela Remedios, la madre de su padre, lo invitaba a pasar unos días en  el apartamento que tenía en la Playa de la Victoria. Desde que falleció su abuelo, como no era muy amiga de la soledad, siempre procuraba tener alguno de sus nietos mayores con ella. Aquel año, a él le había tocado la primera quincena de agosto.

Para Daniel estar en compañía de una señora mayor no es que fuera la ilusión de su vida, pero lo enfrentaba como un ejercicio de solidaridad con sus semejantes e intentaba que tanto ella como él disfrutaran de su tiempo juntos.

Durante aquellos días, gozaba de poder ir  y venir donde le apeteciera. Una libertad que no disfrutaba cuando estaba con sus padres, bastante más estrictos que la anciana.  La única condición que ella le ponía es que a las doce debía estar en casa.

La pobre mujer había oído unas cuantas historias de personas que habían fallecido sin ninguna compañía y  estaba obsesionada con la fatídica  idea de que se podía poner gravemente enferma de madrugada, por lo que, si a la Parca se le ocurría visitarla, quería tener con ella a alguno de los suyos.  

Para Daniel aquel toque de queda no suponía ningún  problema y algunas noches incluso volvía a casa más temprano de la hora límite. Era un chico que no era mucho de trasnochar en los Palacios y mucho menos en una ambiente de playa, donde las amistades que tenía se podían contar con los dedos de la mano y la mayoría por intermediación de su abuela.

No era raro que  Remedios estuviera  encantada con la compañía de su nieto que no solo era solicito con ella, sino que, a diferencia de la gran mayoría de otros miembros de su familia,  no se aburría con las historias de su juventud que le solía contar.

Curiosamente el chaval prestaba tanta atención  a los relatos de la anciana que, tal como si fuera un folletín al uso, se interesaba  por lo que le había deparado la vida a las personas que compartieron con ella sus años mozos.

Aquel año, en sus largas estancias en la orilla playa  tomando el sol, había hecho amistad con Matilde, una señora de Aragón que estaba en su misma situación  y que, al igual que ella, se había traído a su nieto para no estar sola.

Del mismo modo que las dos mujeres congeniaron, los jóvenes lo hicieron. Gustavo, que así se llamaba el muchacho, era bastante divertido y para Daniel fue todo  un oasis de juventud, entre tanta conversación con señores y señoras mayores.

Le recordaba mucho a su mejor amigo, Iván, no solo era dicharachero y se reía hasta de su sombra  como él. Sino que físicamente se parecía bastante. Moreno, no demasiado alto, de cuerpo atlético y bastante velludo para lo joven que era. Al igual que su colega, no era demasiado guapo, pero lo suplía con la simpatía natural  que emanaba tanto al hablar, como en cada uno de sus gestos.

Más de una tarde, después de volver de la playa,  las ancianas, como los apartamentos estaban relativamente cerca, las pasaban juntas viendo la televisión y, sobre todo, charlando de sus cosas. Dejando que los programas concursos fueran la banda sonora de sus prolongadas conversaciones.

Ese era el momento que los chicos aprovechaban para ir al piso que se quedaba vacío para jugar a la play o ver una película.

Una de las veces  que Remedios invitó a su amiga a su casa, Gustavo y su nieto se fueron al apartamento  de Matilde. Daniel notó al  aragonés bastante tensoy menos bromista de lo normal. Supuso  que en la conversación de teléfono que tenía diariamente con su familia y   habría discutido con su padre, del que nunca hablaba bien y con el que se llevaba fatal. Fiel a la discreción que lo caracterizaba,  no preguntó y aguardó  que fuera él quien, si tenía la necesidad de desahogarse, fuera quien se lo contara.

—Paso de jugar a la play, co —Le dijo en el momento que Daniel se disponía a enchufar el video juego.

—¿Qué hacemos entonces? ¿Vemos una película?

—Sí, pero  no una del Chicknorris o el Rocky que tú me pones siempre , sino una que tengo por aquí guardada —Dijo sacando un DVD de debajo del sofá, a la vez que mostraba una sonrisa maliciosa.

Se quedó un poco descolocado ante la proposición de Gustavo, no era tonto y sabía que lo que le estaba ofreciendo era ver una película porno. Había visto unas cuantas, pero nunca acompañado. Siempre aprovechando que se quedaba solo en casa. Por lo que, con lo reservado que era con el sexo, le parecía toda una transgresión a su intimidad y a su forma de ver las cosas.

—¿Quieres que veamos una película guarra? —Preguntó sospechando al cien por cien  la respuesta

—Sí. ¿Y eso pues? —Le respondió Gustavo mientras metía  enérgicamente   el disco en el aparato reproductor.

Daniel se quedó sin palabras con la replicarle. No quería quedar como un ñoño delante de un chaval que, pese a que le caía de maravilla, solo conocía de unos días. Así que se limitó a torcer el gesto, como dando a entender que podía hacer lo que quisiera.

—¿Tiro pues?

—Vale, si te mola a ti, estás en tu casa.

Gustavo hizo caso omiso del tono agrio con que su colega le respondió y   cogió  el mando a distancia. Como un autómata le  le dio al botón del play. No había comenzado todavía la película y fue bajando el volumen casi a la mitad de lo que lo escuchaban habitualmente.

—Las paredes son de papel y no quiero que los vecinos  de al lado le vayan a mi  yaya con el cuento —Se excusó, mientras se acomodaba en el sofá colocando la pierna derecha sobre él en forma de uve  y la otra colgando.

Aquel descaro y dejadez  por su parte consiguió que en el rostro del sevillano se pintara una mueca de incomodidad,  algo que,   de manera consciente o no, no prestó la más mínima atención.

La película que había escogido para la ocasión  era italiana. Tenía por título “Perversión  bajo los hábitos” y  tras unos títulos de crédito que se presentaba  a los miembros del reparto con flashes de escenas en las que participaban, la cámara se paraba ante un gran portalón de madera que se abría de par en par, para terminar internando  al espectador en lo que parecía el decorado de un convento convencional.

La historia  comenzaba con una novicia rezando en una habitación sobria en la que el único mobiliario existente era  un camastro, un crucifijo en la pared y una mesita de noche. En un momento determinado la cámara hacía un zoom sobre la tapa del mueble y mostraba sobre él, un candelabro con una vela encendida y junto a él, en posición horizontal y apagada,  otra de color negro más ancha. 

La mujer una vez acabó el ritual litúrgico,  se despojó de la cofia y descubrió bajo ella un cabello corto, casi con aspecto masculino.  Se desprendió del escapulario y a continuación se quitó el cinturón de lana, para quitarse la túnica. El ritmo al que se desnudaba era parsimonioso,  si la banda escogida por los cineastas  no hubieran sido unos cantos gregorianos, sus movimientos podrían haber recordado a los de una bailarina de striptease.

Su ropa interior era una corta bata de dormir, casi transparente que marcaba de manera contundente  sus enormes pechos y sus curvas. Una vez se hubo despojado de los hábitos eclesiástico se tendió en la cama , y, como si estuviera poseída por algunos de los demonios en los que creía, se puso a restregarse la palma de la mano por la entrepierna. Unos minutos más tarde, tras humedecerlo un poco con la saliva de sus labios, cogió el pequeño cirio negro  que estaba sobre la mesita  y se lo metió en el coño.

La escena de la impía masturbación alcanzaba su culmen cuando otra monja entraba en la estancia y la descubría dándose placer. En un principio la mujer le recriminaba lo que estaba haciendo, pero al final la zalamería de su compañera la sedujo y termina marcándose con ella un numerito bollo de lo más exagerado.  

El joven aragonés lanzó una visual al paquete de su acompañante y, al igual que el suyo, apenas había aumentado de tamaño  por lo que sus nervios se apaciguaron un poco. «Creo que no me he confundido con el sevillano, este es de los míos. Si no hay polla de por medio, no se pone cachondo », pensó satisfecho.

Sin querer rememoró su primera vez con un tío. Ángel, un vecino de su barrio bastante bruto y muy salido. Un chico que trabajaba en un taller mecánico y . a pesar de tener dos años más que él, llegó a congeniar de una manera como no lo había hecho con ninguno de sus compañeros.

Cogió la costumbre de ir por su lugar de trabajo a última hora de la tarde para charlar con él. Su padre ya se había marchado y tras terminar la jornada laboral se tomaban una cerveza mientras charlaban.

Fue tanta la confianza que cogió con él,  que era capaz de hablar de todos los temas, el más recurrente el del sexo.

Un día Ángel cerró  las puertas del garaje y  mientras bebían, le mostró una revista porno. Lo que en principio iba a ser una paja entre amigos terminó con la boca del mecánico en su verga y con Gustavo tragándose el enorme sable de su amigo hasta sacarle la leche.

Fue recordar como aquel ancho y largo cipote desvirgó su culito virgen y el muchacho notó como su polla crecía dentro de los pantalones. Sin querer volvió a mirar de reojo a su recién estrenado amigo y las ganas de tener sexo con él fueron más acuciantes.

La segunda escena mostraba a seis novicias escuchando la misa de un párroco. El cura, a pesar de su atuendo, dejaba ver unas espaldas anchas y unas manos grandes que lo dotaban de un aspecto de lo más varonil. Moreno con una barba corta y con un porte vigoroso, tenía encandilada a las monjitas que lo miraban como si fuera una bendición caída del cielo.

Durante el sermón la cámara se paraba de vez en cuando en los rostros de las chicas y estas, ante la visión del portentoso semental, se mordían el labio, mostrando una inusual excitación para el ritual eclesiástico.   

Concluida la misa,  las hermanas de la congregación se colocaron en fila india ante el religioso esperando  recibir el cuerpo de Cristo en sus labios. El comportamiento de las mujeres ataviadas con los ceremoniosos hábitos y mostrando una aptitud que rozaba lo obsceno, eran la viva imagen del oxímoron de la virgen puta.  

La que ocupaba la primera posición, se agachó ante el viril sacerdote para que le comenzara el ritual de darle la hostia consagrada. El robusto individuo puso delicadamente la oblea en la lengua de la chica. Una vez la chica se la tragó, siguió hurgando con su dedo entre sus labios de un modo de lo más sensual, mientras con la otra mano se metía mano al paquete.  A pesar de los anchos ropajes, la cámara fue capaz de captar  una erección bastante evidente.

Ante la mirada de estupefacción de las otras cinco monjas, el párroco se levantó la sotana y, al no llevar ropa interior, una polla de grandes dimensiones quedó a escasos centímetros de los labios de la novicia que permanecía agachada ante él.

La joven se quedó sobrecogida ante la viril visión. Durante unos segundos permaneció ensimismada ante el falo que brotaba de la entrepierna del padre. Era de piel oscura, con un capullo brillante y a su tronco hinchado lo  recorrían una gruesas venas violáceas.

Al ver aquel miembro viril en la pantalla,  Gustavo miró disimuladamente  a su amigo por sí, como suponía, había llegado a excitarse ante la visión de aquel pollón. Daniel pese a que cada vez estaba más incómodo, mostraba un semblante impasible,   como si temiera que su sinceridad le hiciera quedar mal con él.

En la pantalla la polla se aproximaba más a los  labios de la mujer. Daba la sensación que el sacerdote se la ofreciera  como si fuera maná caído del cielo. La religiosa la besó de forma casi ceremoniosa  y, tras acariciarla delicadamente desde la cabeza hasta la parte baja del tallo, se la fue metiendo poco a poco en la boca.

La cámara, por si el espectador no había evidenciado las enormes dimensiones del colosal cipote, hizo un zooms sobre este.  Un primer plano del enorme miembro viril entrando en la boca de la monja consiguió que Gustavo se llevara la mano a la entrepierna para constatar la dureza de su miembro viril.

El cura tiró fuertemente de la cofia para atrás y dejó la cabeza al descubierto de la chica. La muchacha tenía el pelo bastante corto y apenas estaba maquillada, por lo que no hacía gala de esa exagerada feminidad tan común en el porno. Tampoco debajo de los hábitos se adivinaban los pechos enormes que mandaban los cánones.

Hasta el momento permanecía vestida, por lo que, echándole un poco de imaginación,  podía parecer que era un chico el que se la estaba mamando. Aquella ambigüedad fue uno de los motivos que habían llevado al maño a escoger aquella película y comprobar si era verdad lo que intuía de  su recién estrenado amigo sevillano. 

—¿Te mola? —Preguntó su acompañante, al tiempo que se sobaba el muslo, posando su mano muy cerca de su entrepierna.  

—Sí, no está mal —Respondió tímidamente su compañero. Quien a cada momento estaba más agobiado pues se sentía atrapado como una mosca en la miel.

Una voz en su interior le decía que se marchara de allí, que con amigos como aquel era mejor la soledad. Sin embargo, el terreno pantanoso que estaba pisando le parecía tan peligroso que le daba hasta morbo seguir internándose en él.

No habían pasado ni dos minutos la novicia tragándose la enorme y dura tranca del cura, cuando este hizo un gesto a las otras cinco chicas para que se aproximaran. La cámara hizo un zoom en el hinchado miembro viril y daba la sensación que sus dimensiones hubieran aumentando.

Una a una, las religiosas  se fueron agachando delante del portentoso hombre que, conforme colocaban su boca delante de su verga,  las despojaba de su tocado y las invitaba a probar el mástil que surgía de su pelvis.

La imagen de aquel coloso con la sotana, paseando su nabo entre las bocas de las seis novicias era tan perturbadora como impía.

Todas las hermanas lucían un corte masculino y a bote pronto en aquella escena, pese a ser una película heterosexual, la feminidad brillaba por su ausencia.  El protagonista absoluto era el mástil hinchado del sacerdote y, salvo que a los hetero le gustara fantasear con estar en el lugar del  párroco, aquello rozaba peligrosamente la escena de una orgia gay.

Consciente de que su acompañante lo estaba mirando por el rabillo del ojo, Gustavo comenzó a palparse tímidamente  con la palma de la mano el bulto de su entrepierna. No quería arriesgar demasiado de golpe, pero tampoco quería hacerlo de manera tan solapada que no se diera cuenta de sus intenciones.  

Daniel no había podido evitar excitarse también. El cipote al que todas las jóvenes monjas  bendecían con sus labios, le parecía el más enorme que había visto nunca. No era consciente de su atracción por los hombres, pero ver aquella verga en un primer plano lo tenía como una moto y si no hubiera tenido tantos correctivos educacionales,  se habría dicho a sí mismo que le hubiera gustado ser una más de las novicias. Pero los perjuicios pesaban más que sus deseos y ese pensamiento no germinó en su mente.

Llegado a ese punto. Como si formara parte de un plan debidamente calculado,  Gustavo se tiró del cuello de la camiseta   de algodón y tras resoplar exageradamente,  exclamó:

­-¡ Qué calorina hace, co! ¡Me voy  a quitar esto a la voz de ya!

6 comentarios sobre “Las travesuras de Daniel (1 de 2) (Inédito)

    1. Hay continuidad, está publicado dos capítulo más y en un mes (estoy con ello ahora) volveré a retomar la historia. Se llaman concretamente «Perversiones de las partes nobles» y » A falta de pan buenas son calabazas». Gracias por leer

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