Las travesuras de Daniel (2 de 2) Inédito

Si el sevillano estaba ya bastante fastidiado por todo lo que estaba compartiendo con aquel tío, que se quedara con el torso desnudo delante de él no ayudó lo más mínimo a relajarse. Sin poderlo evitar comenzó a estar en una tensión que no podía controlar.

El torso desnudo de Gustavo no era ninguna novedad para él. Había estado numerosas veces en la playa con él. Era bastante vanidoso y siempre se paseaba por la arena de la playa luciendo su torso al descubierto. Si a eso se le sumaba los bañadores de pantaloncitos que, sin ser provocativos en exceso, marcaban a la perfección su culito  y su paquete. No fue extraño que un sudor frio comenzara a brotar de sus manos.

No era ninguna sorpresa para él descubrir que su amigo poseía un pecho cubierto con un abundante vello rizado que lo hacía bastante agradable a la vista. Tampoco que sus hombros eran bastante portentosos. Pero no era lo mismo contemplarlo en la playa que en aquel sitio tan intimo.  Irreflexivamente, recorrió  disimuladamente su cuerpo con la mirada y cuando descubrió el bulto de su entrepierna se le aceleró el pulso.

Perdió tanto el control de sus emociones que, lo que ocurría en la pantalla, pasó a un segundo plano y, sin querer, comenzó a mirar de reojo la tienda de campaña que se alzaba en el pantalón de su colega.

No era tonto e intuía que todo aquello era una trampa de Gustavo para llevarlo a un lugar  que no sabía si quería visitar o no.  Pese a que no tenía muy claro si lo que quería era hacerse un pajote en compañía de un colega o si pretendía algo más, no podía remediar que ambas cosas le excitaran por igual.

No se podía ocultar a sí mismo  su poco interés por el sexo femenino y el hecho de que siempre que veía una porno, lo que menos le excitaba era las escenas lésbicas. Aun así,  nunca se había planteado que le pudieran gustar los hombres. Él era buena persona, no podía ser uno de esos pervertidos que adoptaban la postura de la oración para que le metieran un rabo en la boca o  en el culo.

Se había puesto tremendamente cachondo  viendo el cipote de la pantalla y el maño con el pecho desnudo a su lado no ayudaba lo más mínimo a que su polla perdiera dureza. Una cruenta batalla comenzó a fraguarse en su interior. Unos guerreros luchaban por que ganaran los conceptos teológicos que habían sembrado en su cabeza durante año,  sus antagonistas para que consiguiera triunfar el carpe díem por encima de las buenas costumbres.

Gustavo con cierto despreocupación, y como si fuera algo de lo más natural que se hace delante de un amigo,  se comenzó a sobar uno de sus pezones con una mano. Al no ver ningún gesto negativo por parte del sevillano, se puso a sobarse  el paquete con la que tenía libre con  mayor contundencia.

—¿Qué pasa, maño? ¿No tienes calor?

Una voz en su cabeza le decía a Daniel que el no era marica y  mandara a aquel tío a la mierda, pero no la escuchó.  Se decía que no tenía ningún interés en verle la polla, ni en pajearse en su compañía, pero ni él mismo se creyó sus mentiras.

Con cierto nerviosismo, permitió que sus impulsos más primarios dominaran la situación y se dejó llevar hacia donde fuera que estos lo encaminaran. Un lugar que no había pisado nunca, pero que le atraía tanto como le atemorizaba.

Sin decir palabra alguna,  pues la situación le sobrepasaba tanto que  era  incapaz de decir algo coherente sin tartamudear, se quitó la camiseta  y la echó a un lado del sofá.

El aragonés se quedó mirándolo con cierto descaro durante unos segundos y se volvió a palpar su erecta verga por encima del pantalón. En cualquier otra situación se habría abalanzado sobre él y, tras meterle mano de la manera más guarra, le habría comido la boca. No obstante, contuvo sus impulsos y esperó a que las cosas fueran desarrollándose de manera más natural.

Le encantaba aquel chaval, un cuerpo atlético bien proporcionado, ni una pizca de grasa y cada musculo en su sitio, del tamaño justo. No tenía nada de vello, lo que lo dotaba de un aspecto sumamente juvenil. Por su aspecto fornido, se veía que hacía ejercicio físico, pero no era de encerrarse en un gimnasio a pelearse con las pesas. Seguramente practicaría futbol o saldría a practicar footing.

Era bastante guapo y rezumaba una nobleza poco común. Lo mejor, no era consciente de su gran atractivo y esa timidez despertaba su lado más tierno. Estaba un poco harto de los chulos prepotentes que por tener un buen físico y una buena polla se querían merecedores de todo, por lo que probar el reverso de la moneda le parecía de lo más suculento.

Sin ningún disimulo, recorrió su cuerpo con la mirada hasta que , al llegar a su entrepierna, se encontró con que estaba igual de empalmado que él.

—¡Hala! —Exclamó jocosamente, con el único propósito de que  su amigo se relajara  y mostrara lo que realmente sentía.

Daniel puso cara de circunstancia y esbozó una tímida sonrisa.

—Creo que  a los dos se nos ha puesto igual la pichorra—Apostilló Gustavo,  marcando morbosamente con los dedos  el cilindro de su polla por encima del pantalón.

—Lo normal, con esto —Musitó el sevillano, señalando a la pantalla e  intentando excusar torpemente la reacción de su cuerpo. 

—Eso no es nada, pues. Ahora viene lo mejor.

No sabía a qué se refería su acompañante con aquel pronóstico, pero tuvo la sensación de que si no prestaba atención al televisor  se perdería algo importante. Sin dejar de contemplar por el rabillo del ojo el abultado  paquete del aragonés, volvió a clavar la mirada en el libidinoso espectáculo.

En el televisor el falso cura regaba la cara de todas y cada una de las novicias con su esperma, daba la sensación que en la punta de su polla tuviera un geiser de leche caliente. La boca, ojos, pelo y cara de las mujeres se cubrieron de manchurrones del caliente y pegajoso líquido.

 Fue tan copiosa y tan exagerada la corrida que resultaba  de lo menos creíble. El sevillano, muy dado a cuestionarlo todo,  lo primero que pensó fue que aquello era imposible y que allí mucho efecto especial.

Como si quisiera darse un baño de realidad,  volvió a mirar de reojo la robusta barra  que se marcaba  bajo el pantaloncito de su amigo y no pudo evitar desear verla sin ninguna tela que la cubriera.

—¿Qué tal pues?—Gustavo adornó su pregunta con una sonrisa de lo más seductora. 

Actuaba con cautela, sin querer tensar la cuerda demasiado, pues no quería que se rompiera por su falta de delicadeza y su entusiasmo. Sin embargo, no desistía en su objetivo de seducirlo. Si Daniel no terminaba cayendo en sus redes, no sería por falta de  perseverancia. 

—¡Muy exagerado!— Refunfuño, pese a que no tenía un motivo real por el  que enfadarse— Me parece que hay mucha trampa y cartón  en las pelis estas. No me creo que nadie eche tanta leche.  

—No es tanta pues, co —Apostilló con cierta chulería el aragonés.

­—¿ Tú echas tanta? —Preguntó el sevillano a sabiendas de que se estaba metiendo en un terreno pantanoso. Estaba en la orilla de soltar un “no hay huevos” que encendiera el polvorín que se estaba formando alrededor de ellos dos.  

—No la misma cantidad, pero tampoco le tengo mucho que envidiarle. Los que me conocen me llaman el Toro de la Misericordia.  

Daniel seguía bastante nervioso. Tanto que pasó por alto que el maño había usado un masculino plural para referirse a los que sabían de él sexualmente. Aun así, sacó los suficientes redaños para mirarlo dándole a entender que sabía que le estaba vacilando y que no se creía  lo más mínimo lo que le estaba contando.

—­ Jódo. Cría amigos y te sacaran los ojos —El zaragozano hizo una pausa al hablar y, adoptando una actitud mitad altanera, mitad bromista, prosiguió — Si no te crees mis palabras, te lo voy  a tener que demostrar con hechos.

Antes de que su  introvertido acompañante pudiera decir nada, Gustavo se bajó los pantalones cortos hasta los tobillos  y dejó al descubierto unos ajustados calzoncillos azules que se marcaban como una segunda piel sobre su esplendorosa churra.

Si  la visión del hinchado cilindro no era suficiente  para despertar sus instintos más recónditos, las gotas de líquido pre seminal que manchaba la prenda interior a la altura de su punta lo consiguieron por completo. La seductora visión del bulto bajo la delgada tela   removió en Daniel unos deseos tan desconocidos como perturbadores.

Los ojos del sevillano se encendieron de pavor ante lo que su amigo se disponía hacer.  Le horrorizaba  un montón tener enfrentar una realidad que no le gustaba, tanto  que no pudo evitar que su cara fuera el vivo reflejo de las contradicciones que bullían en su interior.

­— ¿Y esa cara pues?—Preguntó desconcertado su colega.

­— No sé. Estás en tu casa y puedes hacer lo que te dé la gana. Pero me parece muy raro que te saques la polla delante de mí, así como así.

—¿Nunca te las meneado con un colega?

Daniel movió la cabeza en señal de negación.

—Hala,  ¡pues sí que estas verde!

—No sé que madurez dará hacerse una paja con un amigo —Respondió con cierta acritud, pero cuidando no ser antipático.

—Pues no te creas, se aprende muchas cosas y se adquieren unas experiencias bastante buenas cuando te la cascas con un colega —Dijo  sin dejar de sonreír en ningún momento y sobándose  descaradamente el paquete .

—¿Tú crees? —Preguntó el sevillano, rindiéndose por completo a sus encantos.

—Pues ya es hora de que te vayas estrenando. La  vida no consiste en estar debajo de las faldas de la abuela, también hay cosas prohibidas que son muy divertidas —Dicho esto se bajó el escueto bóxer y su polla saltó como un resorte. . 

El miembro viril del peludo joven, pese a que no era corto, no era tampoco demasiado largo. Lo que si tenía era una anchura considerable  y una hinchada vena lo recorría de arriba abajo, proporcionándole una vigorosidad admirable. Su cabeza violácea destacaba por su grosor del tallo y sobre ella brillaban unas gotas de precum  de lo más perturbadoras.

Al joven sevillano su visión lo trastornó de un modo que no esperaba.  Temiendo que si seguía mirando, acabaría haciendo algo de lo que se arrepentiría, volteó la cabeza y siguió viendo la pornográfica historia que seguía aconteciendo en la televisión. Una coartada absurda,  con la que solo se engañaba a sí mismo, pues, desde que había visto el nardo que brotaba de la entrepierna del maño,  las coreografías sexuales de los religiosos habían perdido  para él todo interés.

La escena en la que intentó concentrar sus cinco sentidos,  estaba protagonizada solo por dos actores,  una de las novicias con un nuevo  cura. Las características físicas de este hombre eran tan parecidas al anterior que, de no carecer de barba, alguien tan poco fisonomista como Daniel hubiera pensado que se trataba de la misma persona.

Como si fuera una repetición de las mejores jugadas de un partido de futbol, se volvieron a repetir los tópicos del primer corte. «Vaya rollo, lo mismo que antes. Si no tuviera aquí al colega sacándose brillo en la punta de la polla, pensaría que estoy Atrapado en el día de la Marmota», pensó un poco disgustado.

El jóven sevillano acostumbraba a llamar las cosas por su nombre, pero le estaba costando asimilar que el video no le excitaba ni la decima parte  de lo que sucedía a su lado. Ver de reojo como la  polla de su amigo salía y se escondía alternativamente en el torso de su mano, lo tenía como una moto. La dureza que se marcaba en su pantalón, poco o  nada tenía que ver con el sexo enlatado y mucho con el machote salido que permanecía sentado junto a él.  

El sacerdote, al contrario que el anterior actor que se limitó a dar de mamar como si su leche fuera el cuerpo de Cristo, pidió a la novicia que se quitara la ropa para follársela. Tras un precipitado striptease se quedó en braguitas, dejando al aire unas pequeñas tetas en formas de peras, tan perfectas que el único pensamiento del sevillano fue: «Con tantas operaciones estéticas, están acabando con la belleza natural»

El falso clericó comenzó a acariciar sus pechitos, primero muy suavemente. Daba la impresión que estuviera tocando una pieza de arte  delicada que, si no se trataba con sumo mimo,  en cualquier momento se pudiera terminar quebrando en mil pedazos.

Sin un aparente motivo, sus manos abandonaron la cortesía y la finura de un primer momento y  se pusieron a sobarlos enérgicamente.   La chica, ante el brusco cambio, mostró gestos de contrariedad, pero  no duraron demasiado. No había transcurrido ni unos minutos y, por lo mucho que le agradaba, se puso a gemir contundentemente.

En el momento que la actriz se quedó completamente desnuda,  los acontecimientos dieron  un giro de los más inesperado que terminó sorprendiendo a  Daniel. La monja a la que el machote vestido de cura metía mano, era un transexual que mostraba un pequeño pene dormido en su pelvis. .

Que aquel chaval hubiera tenido el atrevimiento de ponerle una película pornográfica, le chocó un montón, sin embargo que su temática no fuera heterosexual al cien por cien le dejó más que clara sus intenciones.

La voz de su cabeza le seguía gritando que se marchara de allí, pero él se negó a escucharla. Por el rabillo del ojo volvió a mirar la brillante cabeza que se asomaba por el torso de la mano de su colega y notó como su rabo pujaba por salir de su encierro.

Gustavo esperaba aquel preciso instante como agua de Mayo, lanzó una visual a su presa y esperó su reacción. Al comprobar que estaba más nervioso que enfadado. Volvió a tensar la cuerda, como si le diera morbo comprobar hasta donde era capaz de aguantar.

—¿No te la sacas? Te van a doler los huevos pues. ¡Hala, no seas pringado y date un buen meneo! ¡Te lo está pidiendo el cuerpo!

A Daniel el detector de mentiras a sí mismo le funcionaba estupendamente y mucho mejor el de trenes que no se pueden dejar pasar cuando no se tiene nada que perder. Aunque solía cuestionar mucho que los demás decidieran por él, se le daba mejor no tener que dar explicaciones de sus actos a nadie.

Desde que el maño se sacó la polla había tomado la firme determinación que probaría todo lo prohibido que le ofreciera,  sin ningún límite. No obstante, sabía lo prepotente y pagado de si mismo que era su coleguilla, por lo que, como no le importaba darle el gusto de hacerle creer que se plegaba a sus caprichos, le hizo hacer creer que le obedecía y  se bajó el pantalón.

El aragonés tragó saliva al descubrir el tamaño del paquete que se marcaba bajo la prenda interior de su acompañante. Los bañadores anchos que usaba no dejaban adivinar el buen rabo que se intuía bajo la delgada tela de algodón. «No es la de  Romualdo, pero el inocentito calza bien y no anda cojo lo más mínimo», pensó satisfecho, evitando por todos los medios  relamerse ante su visión.

Con cierta timidez su recién estrenado colega se fue desprendiendo de los slips y, tal como intuía, un increíble pollón, erecto y apuntando hacia el techo se descubrió ante sus ojos. Debía medir unos veinte centímetros,  no era tan gordo como el suyo, pero tampoco era delgado.  Lo que más llamaba la atención eran los  grandes cojones oscuros que colgaban de él.

Durante unos segundos los dos chavales se miraron y sus ojos se hundieron en la complicidad para mantener una conversación silenciosa. Hablaron del deseo, de pasiones prohibidas y de pasiones secretas. Se dijeron tanto en tan poco tiempo que cualquier perjuicio que hubiera florecido entre ellos, se marchitó de inmediato.

Tras aquello el sevillano, perdida la vergüenza inicial  a mostrar su desnudez, se cogió los huevos y comenzó a tocárselos de manera morbosa, mientras se masturbaba.

A Gustavo la situación le tenía excitado   y desbordado por igual. Había confirmado sus sospechas de que al sevillano le iban las pollas como a él , pero, a diferencia de él que ya había catado un buen número de ellas,  no daba la impresión de tener mucha experiencia. Por lo que sabía que tenía que ir con mucho tacto, si no quería que en vez de enrollarse con él, saliera huyendo despavorido.

Aunque Daniel  estaba bueno, era guapo y tenía una buena tranca, no era el hombre de sus sueños. Pero en los quince días que le tocaba estar en la playa, era lo único que tenía a mano. Si no se lo montaba bien y no conseguía llevarlo a su terreno, significarían dos semanas de sequía sexual, pues acompañando a su abuela no se le iban a presentar demasiadas posibilidades.

 Para no agobiarlo demasiado, hizo como que no daba demasiada importancia a que se estuviera pajeando al lado de él y volvió, al igual que su acompañante, a centrar los cinco sentidos en la historia de sexo enlatado que seguía su curso por mucho que ellos se hubieran desentendido de ella.

La polla de la chica trans ya había dejado de estar dormida y poco o nada tenía que ver con el pequeño apéndice de un principio. Lo que en un primer momento  se mostró al espectador como un gusano encogido y diminuto,  se había transformado en un cipote de notable dimensiones. El párroco se había colocado de rodilla tras de ella y  devoraba su culo como si se tratara del mejor de los manjares. La cámara alternaba la paja que la monja se hacía con el espectacular beso negro que le estaban propinando.

La posibilidad de ver, por primera vez,  una penetración  entre dos personas con polla, propició que la curiosidad en Daniel se adentrara en el sendero de la lujuria.  Su excitación había llegado a un punto tal que estaba pletórico. Relajó  las barreras de sus perjuicios y, sin calibrar lo que pudiera pensar Gustavo,  lanzó una mirada descarada a su polla

Por primera vez en toda la tarde, llegó a la conclusión  que aquella tarde perdería su virginidad y que su primera experiencia sexual sería con un tío.

—¿Te mola mi rabo ? —Le preguntó al comprobar que no perdía detalle de la fastuosa paja que se estaba haciendo.

El sevillano no supo que responder y simplemente se limitó a encogerse de hombros con cierta condescendía.

—¿No sabes?

Daniel volvió a poner cara de circunstancia. No sabía si simplemente despertaba su curiosidad, aunque había  bastante miedo a reconocer abiertamente que podía ser maricón.

— Si quieres salir de dudas pues, lo único que tienes que hacer es tocarla—Le dijo el maño mostrándole su polla como si fuera un manjar de lo más exquisito.

La  invitación de Gustavo le sorprendió. Estaba claro que el momento de los fingimientos había acabado. No le importó lo más mínimo, ya había decidido saber si las emociones que sentía cuando estaba  con Iván, al que idolatraba, eran sentimientos de amistad o atracción física. Además aquel chaval le recordaba tanto a su mejor amigo, que sería fácil imaginar que con quien estaba era con él.

Sin pensárselo ni un segundo, alargó la mano que tenía libre hacia el ancho tallo. En un principio le pareció agradable al tacto su dureza, después lo que le sorprendió fue el calor tan reconfortante que emanaba.

—Hala —Gruño alegremente el aragonés al sentir las tenues caricias  sobre su rabo.

Sin dejar de pajearse, siguió deslizando las yemas de sus dedos por el miembro viril de su acompañante. Como explorador que se  internaba en un terreno inhóspito, recorrió el hinchado tronco, paseó su dedo índice por el interior del glande, por sus pliegues y, por último, atrapó sus potentes huevos. Los magreó con contundencia. Tras esto, como si le diera calambre, apartó fulminantemente la mano.

En la pantalla el cura había cambiado el culo de la monja, por su polla y le estaba pegando una espectacular mamada. Que un tío con un aspecto tan varonil como aquel se tragara un pollón como  aquel lo puso como una moto y aceleró el ritmo de su masturbación.

Por primera vez la posibilidad de envolver con sus labios la verga de su colega, no le dio asco, sino que probar su sabor se convirtió en una acuciante necesidad.

Inesperadamente, Gustavo se giró hacia  él,  lo miró detenidamente y le dijo:

—He decidido que seas tú  el primero en recibir el placer. Eres un chico excelente  y me da, co, que todavía no te han pegado una buena mamada.

Sin darle tiempo a reaccionar, se agachó dejando su cabeza a la altura de su pelvis y se metió el palpitante mástil en su boca, sin ni siquiera contar con su aprobación.  Pasó su lengua por todo el glande, presionando contra la pared interna del prepucio.

Al sevillano lo embargaron un cumulo de sensaciones tan desconocidas como satisfactorias. Tras estremecerse en un primer momento, se puso a jadear como un poseso.  Sin embargo, del mismo modo que la boca del aragonés comenzó a proporcionarle placer, dejó de hacerlo.  

—¿Por qué te paras? —Refunfuñó Daniel.

—Porque no quiero que te corras, co. No sin antes que me la comas tú a mí.

El muchacho se quedó un poco sorprendido ante el descaro de su colega e, incluso,  estuvo tentado a decirle que no le iba a chupar la polla. Sin embargo, algo había cambiado en su interior aquella tarde, pues algo  que hasta aquel momento le resultaba de lo más asqueroso, había pasado a algo que no le importaría probar.

Se había despertado su curiosidad de tal manera que, la única pega que puso fue:

—Yo no sé hacerlo.

—Por eso no te preocupes, co. Has dado con un buen profesor.  Yo te iré diciendo lo que tienes que hacer,  va ser pues como unas practicas esas de tu instituto. ¿Venga pues?

Daniel no se tomó la molestia de responder, estaba tan nervioso que sabía que  cualquier cosa que pudiera decir no cambiaría el hecho de lo que iba a suceder. Simplemente se limitó a agacharse ante él y agarró el grueso cipote con una de sus manos. Constató su dureza, lo olisqueó un poco, abrió los labios y dejó que el proyectil de carne se adentrara en su boca.

Miró a su amante, oyó el fuerte gemido que dio, palpó fuertemente su cintura, olisqueó el  fuerte aroma que emanaba su cuerpo y degusto la punta de su verga. Su sabor era fuerte  y penetrante, pero no le disgustó. Buscó la mirada de su amigo y le preguntó:

—¿Que tengo que hacer?

—A mi, co, me gusta que, antes de comérmela, me la pongan dura.  Me la meneas   un poco y después me la mamas.

El sevillano no entendía porque le decía aquello. Él  la veía  ya bastante tiesa,  pero  no quiso discutir y comenzó a acariciarlo muy suavemente.

No habían pasado ni unos segundos masturbando el ancho falo, cuando comprobó lo equivocado que estaba en su estimación, se puso más hinchado  y más duro aún. Tanto que le dio la impresión que había aumentado de tamaño.

—Ahora besuquéala un poco, huele la carne.

Fue sentir la boca de su amigo cerca y la  churra de Gustavo palpitó como si tuviera vida propia. Solicitó, Daniel, la cubrió de besos de arriba abajo y la olfateó desde la cabeza hasta los cojones. Se llevó la mano a la polla y, tal como suponía, aquello no le asqueaba lo más mínimo, pues su erección parecía más potente.

—¡Hala! ¡Qué bien lo haces! Ahora comienzas a comer tal cual y no te olvides de ir bajándome suavemente el  pellejo con la boca.

El sevillano atendió a las indicaciones de Gustavo y se la fue tragando descapullándolo. Al descubrir el glande, pudo saborear los restos de líquido pre seminal que había en la piel. Su gusto entre salado  y amargo le resultó de lo más suculento. Por lo que, goloso,  terminó rebuscando si había más con la punta de la lengua.

—¡Joder, cabrón! Menos mal que no sabías—Gruñó entre jadeos su amante —Sigue tal como lo estás haciendo, saborea la cabeza, masturba un poco, luego come los huevos…Ve aumentando la intensidad a medida que avanzas…

Aquellas fueron las últimas indicaciones de Gustavo a su amigo. Pues el muchacho parecía que hubiera nacido para hacer aquello. Con una maestría impropia de su inexperiencia, disfrutó del nabo que tenía ante sí como si fuera el mejor de los manjares y le proporcionó el mayor de los placeres.

Daba la sensación que hubiera hecho aquello toda su vida, pues alternó el sexo oral con las caricias manuales y el aragonés tuvo que reconocer que hacía tiempo que no se la chupaban así. Solo en un par de ocasiones le rozó levemente con los dientes. Pero nada que no fuera habitual en los novatos.  

Para Daniel era de lo más excitante y disfrutaba como un enano con aquel sable de carne en la boca. A  diferencia de lo que suponía, le estaba resultando muy cómodo, pues se la podía tragar entera sin tener arcadas. El único problema era que tenía que abrir la boca mucho, pero tampoco le molestaba demasiado.

Cuando se cansaba de chupar el vibrante nardo, le pasaba la lengua por los huevos. Los lamía con tanta pasión que los bufidos de placer brotaban cada vez con más fuerza de la boca de su amante.  Se encontraba tan a gusto y relajado que hasta se ponía a jugar con ellos en el interior de su boca.

El aragonés estaba como en el séptimo cielo, aquel chaval  tan tímido estaba resultando ser toda una caja de sorpresa. Por momentos dudaba si era la primera vez que se comía una polla, pero no tenía pinta de ser buen actor. Llegó a la conclusión de que había abierto una caja que encerraba demasiados truenos y estaba disfrutando de la tormenta al completo.

De buenas a primeras, como si estuviera ansioso por proporcionarles un orgasmo al maño, se metió la polla a saco en la boca y aumentó el ritmo de la mamada de manera notoria.  

Gustavo presintiendo que se iba a correr, le pidió entre jadeos que parara un poco, pero Daniel hizo caso omiso.

Un minuto más tarde un estallido de esperma regaba el interior de la  boca del sevillano. Para sorpresa de Gustavo,  sin hacer ningún mohín extraño, se tragó hasta la última gota  como si fuera maná caído del cielo.

Su acompañante tiró de él y lo besó. Durante unos intensos segundos sus labios se unieron, compartiendo los restos de semen que todavía quedaba en su boca.

—Ves como no te mentía, co, echo mucha leche.

—El semental de la Rigoborza -Bromeó, dándole un piquito.

—Hala, tú te tienes que correr todavía.

—Estoy loco por saber cómo la mamas.

—Tengo pensado otra cosa mejor.

Daniel movió extrañado la cabeza.

—Me gustaría que me follaras, ¿quieres?

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