El bosque de Sherwood

Historias de un follador enamoradizo

Episodio 4:

Viernes, 13 de julio de 2012

El fin de semana se presentaba aburrido a más no poder en  lo referente al tema sexual; y si, como me temía, las obligaciones familiares de Ramón impedirían que volviéramos a estar juntos en los meses de verano, el panorama estival  se presentaba de lo más desolador. Desde que estuve con él,  tras el partido de España- Francia, mi cuerpo se había cerrado a los placeres de la carne (Aunque él explícitamente me había dado permiso para que hiciera lo que quisiera), pero algo en mi interior me decía que no era lo correcto y había decidido no cruzar esa línea. No obstante ya se sabe: los hombres pensamos más con la entrepierna que con el corazón; y aunque sabía que lo nuestro no era una relación con todas las de la ley, en momentos en los que andaba tan caliente como aquel fin de semana, no podía evitar sentir que le estaba siendo un poco infiel. La falta de un buen “meneo” me tenía que me subía por las paredes y la decisión de pasar tres días en plan familiar en la playa, no iba a ayudar a que aquello cambiara.

El viernes por la noche fue de lo más grato. Disfrutar de la compañía de mi madre, de mis cuatro sobrinos, de mis dos hermanos y sus respectivas parejas; era algo que no hacía tan a menudo como me gustaría y que, a veces, obviaba por egoísmo. Siempre me era agradable escuchar como mi madre “filosofaba” sobre los defectos de esta vida moderna, con la única intención de meter un poco de sentido común en la cabeza de sus allegados.

—Yo lo único que digo es que mis hijos no tenían problema de obesidad de chicos, pero ellos salían a jugar  y no comían tantas porquerías como les dais a los niños hoy en día…

—Pero mamá, es que estos dos —Mi hermana señaló a sus hijos al decir esto—solo quieren jugar a la play, y de comer verduras ya ni te digo…

—Yo eso lo solucionaba llevándolos los fines de semana al campo, sin cacharritos de eso —mi madre hablaba como si tuviera en su mano la solución de todos los problemas mundiales.

—¿Cuándo no quieran verduras, también lo dejamos sin comer? —la incomodidad de mi cuñada Sofia ante los consejos “antiguos” de   mi madre era manifiesta.

—Dos días se llevó Marianito para comerse un plato de espinacas — al hablar una sonrisa de plenitud asomaba en el rostro de mi madre—. ¿Y se las comió? ¡Pues claro!, qué el hambre es muy mala miarma

Ver cómo ellos debatían sobre los temas más triviales y participar de sus discusiones,  que siempre llegaban a un terreno común, me hacían el hombre más feliz del mundo. En ratillos como aquellos, no podía evitar la falta de un ser amado a mi lado cómplice de mis palabras. En ratillos como aquellos, era en los que  más echaba de menos a Ramón.

Al día siguiente, en la playa,  mis sobrinos me dejaron acoplarme a sus juegos y aunque en parte me sentí rejuvenecer, ver como mis hermanos disfrutaban de sus hijos me recordó, de golpe y porrazo, que la sensación de ser padre era algo que yo difícilmente tendría.  Pues, por mucho que los críos me dijeran que yo era su tito preferido, el amor que ellos sentían por sus progenitores era una cosa bien distinta.

Nos tomamos una cerveza y unas tapas en un chiringuito y decidimos regresar a casa. Tras un agradable almuerzo en familia, unos optaron por volver a la playa y disfrutar del sol y  otros determinaron que no había nada mejor que una siesta fresquita en casa para hacer la digestión. Yo, de comida hasta las cejas, escogí la segunda opción.

A eso de las seis de la tarde regresé al mundo de los vivos. Me preparé un café y, mientras me lo tomaba, comprobé que salvo mi santa madre, que seguía “viendo” la película de Canal Sur entre atronadores ronquidos, el resto seguía sin dar señales de vida.

Deseché la opción de ir a la playa, pues era muy tarde. Cambiar la televisión era enfrentarse a mi progenitora que, a pesar de su sonoro sueño, me iba argumentar que la estaba viendo. Sin nada que hacer, mi mente puso a funcionar su lado más libidinoso y poco a poco empecé a darle vueltas a una idea que me iba rondando desde hacía tiempo.

En mis ratos libres, como todo hijo de vecino, he navegado por internet en busca de oportunidades de lo prohibido. En uno de estos “cruceros” por la red, descubrí una página en la que se relacionaban todos los sitios de cruising de Andalucía. Entre los que me llamó la atención, fue uno que había cerca de mi lugar de vacaciones y por el que estaba harto de pasar con el coche sin advertir ningún movimiento de este tipo. El lugar en sí era una de las playas de Rota: Punta Candor. Por lo que decían los comentaristas del foro, era un lugar donde en verano se podía ligar prácticamente a todas horas y con un público muy variopinto. Resaltaban que, a la caída del sol, los pinares colindantes a la playa se llenaban de mucho hetero curioso. Aquella circunstancia me sedujo enormemente y concluí que, durante el verano, haría una “obligada” visita a aquel supuesto paraíso del ligoteo.

Dado que aquella tarde de sábado era tan buena como otra cualquiera, tras agenciarme unos preservativos, cogí el coche y sin decir nada en casa (ya me inventaría la excusa adecuada), me fui para la publicitada playa de Rota.

Conduje aproximadamente media hora, media hora en la que mil mariposas se dedicaron a bailar  el “Nossa nossa assim você me mata” en mis tripas. Estaba claro que el morbo de lo prohibido y lo novedoso gobernaba mi raciocinio, pero el miedo a ser descubierto en un acto tan políticamente incorrecto como buscar sexo al aire libre con un desconocido, hacía que refrenara mis impulsos y me planteara desistir en mi propósito en más de una ocasión.

En lugar de aparcar el coche en el escampado que hay antes de llegar a la zona de acceso a la playa, decidí hacerlo cerca del campo de futbol, lugar donde  mi auto pasaría completamente  desapercibido. Me asombré de la cantidad de vehículos de trabajo que había estacionados por la zona. ¡Coño,  si recuerdo que había hasta una furgoneta de la compañía telefónica Molestar!

A las siete de la tarde, el sol se acercaba a  su ocaso y la gente abandonaba la playa. A lo largo del sendero de madera que conducía a Punta Candor, me crucé con un numeroso público cargado de sombrillas, sillas y demás enseres. Era gente de lo más heterogénea: familias con niños, parejas jóvenes, pero los que más abundaban eran hombres: solos, en parejas o en grupos.

Para mi mayor estupor, era el único que iba en mi dirección y la mirada de todos los que se cruzaban conmigo se clavaba en mí, a mi parecer, de un modo inquisitorio. Intentaba disimular e ignorar todo lo que pasaba a mi alrededor, pero lo único que lograba era ponerme más nervioso y dar aún más la nota. Incluso sopesé la idea de marcharme por donde había venido, pero ya que estábamos allí: “de perdios al río”.

Al final de mi pequeño periplo me encontré una especie de caseta de maderas, donde  había varias bicis amarradas. Oteé el horizonte y en las dunas limítrofes divisé unos cuerpos desnudos tomando el sol, circunstancia que me dio a entender que el dorado astro todavía no se había marchado para algunos, por lo que me decidí a dar un paseo por la playa, a ver que  me encontraba por allí.

El reflejo del sol sobre la arena hacía que pasear por la orilla fuera de lo más fatigoso. La marea había bajado bastante y los corrales de pesca estaban casi al descubierto. Tras diez minutos, recorriendo un paraje que se me antojaba solitario, opté por dar la vuelta y volver sobre mis pasos.

Aunque en el artículo de internet mencionaba que el lugar de ligoteo era la arboleda detrás de las dunas, mi cerebro  aún seguía discutiendo con mi polla si ir para allá sería lo más acertado. Al dejar atrás la casetilla de madera, pude ver como un tipo desnudo se adentraba en el frondoso pinar de la derecha. Dado que la curiosidad pudo más que mi timidez, olvidando toda cautela, seguí sus pasos y me interné en la verde espesura.

Al principio, me quedé un poco desconcertado, pues no se veía un alma; y del tío que se paseaba como su madre lo trajo al mundo ni rastro.  Incluso pensé en irme, pues  aquello me parecía una enorme pérdida de tiempo; mas unos ruidos detrás de unos matorrales me disuadieron. Observé  a través del follaje y vi que se trataba de dos fornidos hombres: para adivinar lo que estaban haciendo tampoco había que ser un premio nobel. Sin meditarlo, aceleré mi caminar para no molestarlos, y con paso firme avance a través del pequeño bosque.

cruising 2

Me sentía como la Alicia del cuento. Pues, tras aquel primer escollo, las situaciones insólitas se fueron sucediendo. Lo siguiente que hallé en mi camino fue un tío de unos cincuenta  años, en camiseta y calzoncillos,  simulando hacer ejercicios gimnásticos. Estaba tan a su rollo que ni se inmutó al verme pasar.

Unos metros más adelante, la cosa empezó a tener otro cariz. Entre los árboles se podía ver gente desnuda que bajaban de las dunas a curiosear a quienes, vestidos, transitábamos por aquellos parajes que, según pude percibir, éramos unos cuantos ya.

Hubo un momento en que el nerviosismo hizo mella en mí. Fue cuando al pasar cerca de un tipo de unos sesenta años, gordo, calvo y mal encarado; el individuo comenzó a tocarse de manera grosera sus desnudos atributos y a proferir no sé qué historia de querer preñarme. Me sentí tan mal que estuve a punto de darme la vuelta y salir del lujurioso bosque.

Menos mal que  me hizo desistir  un ejemplar de macho que vi: cuarenta y pocos años, muy peludo, con una pinta de varonil de padre y muy señor mío. Tristemente, no le debí de gustar mucho, pues ni se dignó a mirarme; actuó ante mi presencia como si fuera transparente. Pero en vez de deprimirme por mi fracaso, me agarré a una de las máximas de mi amigo JJ, él dice que en la mayoría de las ocasiones, los activos no me repelen tanto porque no les agrade físicamente, sino porque al verme la planta de machote, se piensan que soy de los que no le gusta recibir y el primer pensamiento que se les viene a la cabeza es el de “pan con pan comida de tontos”. Es lo que ocurre por no poder llevar impreso en la frente la palabra “versátil”, creo que durante la década de los setenta en San Francisco, gracias al código de los pañuelos,  los gays lo tenían más fácil.

Sin saber muy bien qué esperaba encontrar, y con el primer “no” de la tarde a mis espaldas, seguí adentrándome en aquel transitado bosque. En unos matorrales que se encontraban a mi izquierda, parecía haber más movimiento.  Así que, sin pensármelo demasiado, exploré su interior. Efectivamente estaba en lo cierto: si en el camino paralelo a las dunas pude encontrar una docena de hombres en busca de jaleo, al amparo de la  espesa vegetación, era aún mayor el número de individuos en busca de sexo fácil.

La desfachatez con la que se me insinuaban los hombres que pasaban por mi lado me empezó a agobiar. De repente, un nerviosismo impropio comenzó a atenazar mi pecho de forma desmesurada. Me comenzaron a sudar las manos, sentí que me faltaba la respiración y se me aceleró el pulso. Incapaz de dar un paso más, me recosté sobre un árbol.

Mi gesto fue mal interpretado por quienes habían hecho  de aquel pequeño bosque su territorio de caza, más de uno al pasar me disparó miradas insinuantes e incluso hubo quien se metió mano al paquete descaradamente. Sin embargo mi estado anímico no estaba para nada en aquel momento,  y los deje pasar sin fijarme siquiera en cómo eran.

Cinco minutos más tarde, recuperado ya de mi pequeño ataque de ansiedad, volví a poner todos mis sentidos en alimentar mi autoestima, buscando alguien que despertará mi  dormida libido. A escasos metros de mí, un chaval de veintipocos años, moreno, no muy alto, tampoco excesivamente delgado, algo musculado y con muchísimo vello. El muchacho, sin quitarme ojo de encima, introdujo  morbosamente su mano dentro del pequeño bañador azul que lucía, al tiempo que se chupaba un dedo de un modo netamente sensual. Al comprobar que había conseguido mi atención  se volvió  de espaldas  y, sin recato de ningún tipo, se bajó provocativamente el bañador, mostrándome parte de un apetitoso culo, lo cual hizo funcionar mis más bajos instintos.

Como si fuera una especie de código no escrito, me masajeé el paquete soezmente, el chaval respondió con un gesto similar y,  como si del ritual de una bestia en celo se tratase, avanzó  despacio hacia donde me encontraba. Una vez estuvo a mi altura, buscando en mi mirada una especie de aprobación, me metió mano al paquete y se encontró con mi  polla, que estaba dura como una piedra.

Sin mediar palabra, apretó la protuberancia de mi entrepierna y, tirando de ella como si se tratara de una especie de correa, me llevó a unos arbustos que nos servirían de escondite de las miradas de los otros “cazadores” de la zona. En silencio, se agachó, desabrochó mi cinturón, sacó mi nabo fuera y comenzó a chuparlo.

Los labios de mi silencioso acompañante parecían tocados por la gracia divina. Hacía tiempo que no me practicaban una mamada con tanta dedicación y maestría. No solo me succionaba el capullo a las mil maravillas,  sino que de vez en cuando pasaba la lengua por los pliegues del prepucio y cuando ya creía que no me podía hacer gozar más, se la volvía a tragar entera desde la cabeza hasta la base.

En el momento que más enfrascado estaba mi acompañante en aderezar mi cipote con sus jugos bucales, un tipo con barba oscura, de unos cincuenta años y vistiendo ropa de deportista, pasó corriendo a nuestro lado como si tal cosa. Ante lo incomodo de la situación, hice ademán de sacar mi pene de la boca del jovencito, pero este con total desparpajo me dijo:

—No te preocupe, ziempre está por aquí. Viene a ver polla.

Yo estaba que no salía de mi asombro y el muchacho, sin alterarse lo más mínimo,  prosiguió chupando y esta vez, dado que mi pajarito se había aflojado un poco por la impresión, con mucho más ímpetu y empeño. El chaval, pese a su juventud, demostraba un dominio del sexo oral que ya quisieran para sí mucha gente de mi edad.

Supongo que empezó a cansarse un poco, pues se puso a alternar su boca con la mano, la cual ensalivaba previamente. Al comprobar que yo no daba indicios de correrme, me miró directamente a los ojos y me lanzó una descarada pregunta:

—¿Tiene condón?

Asombrado, simplemente moví la cabeza afirmativamente.

—¿Quiere follarme?  —me dijo sin titubear.

Unos instantes después, el atrevido muchacho usaba su propia saliva como lubricante;  con lo que creo que no hace falta que diga cuál fue mi respuesta.

Se apoyó sobre un árbol cercano, encorvó la espalda hacia atrás y, de un modo que me pareció tan soez como morboso, abrió sus glúteos con las manos mostrándome la dirección que debía seguir mi polla. Aproximé mi pene al peludo orificio, acaricié con su cabeza la entrada e intenté introducirlo dentro de él con suavidad; pero no hizo falta: el chaval empujó un poco para atrás sus glúteos y su ano absorbió la tiesa estaca, como si de un agujero negro galáctico se tratase. Olvidando toda gentileza, se la clavé de golpe hasta el fondo y de sus labios escapó un gemido entrecortado. Sacando mi parte más salvaje, agarré fuertemente su cintura y se la introduje hasta los huevos.

Como si de un pistón se tratara, mi cipote salía y entraba en su ano de una manera vertiginosa, mi entrecortada respiración se mezclaba con los placenteros quejidos del muchacho quien, para facilitar la cabalgada, plegaba cuanto podía su espalda. Sin dejar de arremeter contra él, acerqué mi mano a su entrepierna para tocar su polla, la cual estaba dura y babeante. Impregné mis dedos con el líquido pre seminal y se los introduje en la boca, la respuesta del sumiso muchacho fue succionarlos muy despacio, como si se recreara en ello.

Nuestros jadeos atrajeron a más de uno de los transeúntes de aquella arboleda, quienes buscando sacar tajada del espontaneo polvo, intentaron  unirse a la fiesta acercándose a nosotros y acariciándose el bulto de forma provocativa.

Me sentí ultrajado por sus miradas, intenté abstraerme todo lo que pude de quienes me rodeaban y proseguí moviendo las caderas a un ritmo vertiginoso; circunstancia que parecía que agradaba bastante al muchacho el cual, en vez de avergonzarse como yo ante las inesperadas visitas, empezó a darles vidilla, retrasmitiendo  entre jadeos las mejores jugadas del partido:

—¡Como folla ernota, tiene la polla dura como un martillo!

Ante la predisposición del jovencito, algunos de los “cazadores” en vez de marcharse por donde habían venido, se aproximaron y comenzaron a masturbarse a escasos metros de donde nos encontrábamos.

Ignorando por completo a todos y cada uno de los que disfrutaban del espontaneo espectáculo, proseguí introduciendo  bruscamente mi verga en el interior de aquel caliente esfínter. Inculcando todo el ritmo y potencia que pude a mis caderas. Cuando mi cuerpo mostró síntomas de que se iba a vaciar, mi compañero sexual se percató de ello y sacándose mi polla, se agachó ante mí.

—¡Eshame la lesshe en la cara! —sus palabras, más que como una orden, sonaron como una súplica.

Desnudé mi verga del traje de látex y proseguí masturbándome ante su rostro. Poco después, un estrepitoso bufido llenaba  el aire. Mi cuerpo se estremeció al tiempo que de la punta de mi verga brotaba un pequeño “geiser” blanco, que fue a parar a uno de los pómulos  del muchacho.

La morbosa imagen de mi esperma resbalando por su rostro, desde su mejilla hasta su cuello, sirvió de inspiración a uno de los tipos que nos rodeaban y, sin consultar al muchacho, terminó su paja sobre su cara. Aquello pareció agradarle, pues mientras el desconocido pintaba uno de sus cachetes de blanco, su mano tocó la zambomba hasta que concluyó derramándose sobre la vegetación que nos rodeaba.

Le ofrecí un pañuelo para que se limpiara, pero rehusó a él diciendo:

—No, ahora me baño en la playa mejó.

No había concluido de borrar de mi cuerpo los rastros de aquel salvaje polvo y el calenturiento jovencito, con el rostro maquillado de blanco, se perdía corriendo hacía las dunas en busca de un baño de agua salada. No sé si llevaba en mente seguir vagando por aquellos andurriales o no, pero para mí la tarde sexual al aire libre había llegado a su fin. Recogí los pañuelitos, preservativos y demás basura en una bolsita que llevaba preparada para tal menester y dirigí mis pasos hacia la salida.

En el momento que me encontraba soltando la bolsita en una de las papeleras contiguas a un banco, sonó mi móvil: era Ramón. “¿Qué coño querrá?”pensé. Sin prestarle atención rechacé la llamada, ya lo llamaría más tarde.

Conduciendo hacia Sanlúcar no me pude quitar a mi amigo de la cabeza; y durante todo el trayecto un tintineante sentimiento de culpa martilleó mi cerebro. Nada más me apeé del vehículo, marqué su número.

—¿Sí? —su voz me sonaba demasiado apagada, por lo que pensé  que podía haber tenido algún problema.

— Tú madre bien, ¿no?

—Sí, ahí anda la pobre…Bueno, eso es lo que no hace: andar —el chiste fue demasiado  forzado incluso para Ramón. Guardó silencio unos segundos y reinició la conversación con brío —.Yo Marianito te llamaba para hacerte una proposición indecente…

—¡Dime, Robert Redford!

—Como sabes mañana estoy libre de familia y de curro… Si te da igual pasar el domingo en el pueblo que en la playa, podemos comer juntos.

—¡Vale! —contesté sin pensarlo ni un segundo.

2 comentarios sobre “El bosque de Sherwood

  1. Hola, espero que no llevéis muy mal lo de estar en la cola de mamarla, ahora nuestra selección tendrá que ver si hay habitación en la Venta el Nabo. Leo Messi y Cristiano están por allí, por lo que lo mismo no hay sitio.
    Bueno, me alegro de que se hayáis suscritos, pues ahora vais a tener un contrato en exclusiva con este blog. O lo que es lo mismo “Los descubrimientos de Pepito” solo se podrán leer en esta página.
    Gracias por estar ahí, sois los mejores.

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