Before siesta

Historias de un follador enamoradizo

Episodio 5:

Domingo, 15 de julio de 2012

Desconozco si mi familia se tragó el rollo patatero de que me volvía temprano para que no me cogiera la caravana, pero si he de ser sincero, me daba igual. ¡Ramón me había llamado! Me contó que tenía a su mujer  y a  las niñas en la playa y, como él había tenido que trabajar, no las había podido acompañar. Dicho de otra manera: tenía todo el día para mí.

Ramón es mi amigo desde la infancia, siempre había compartido todo con él: los buenos y los malos momentos. Aunque siempre le había escondido mi vida dentro del armario, por circunstancias de la vida esta salió al descubierto hace más o menos un año y, sin planificarlo, terminamos echando un polvo.  Desde entonces, ambos hacemos todo lo posible porque aquello se vuelva a repetir. Lo malo, es que su profesión (policía) y su estado civil (casado y con hijos), no facilitaban demasiado estos encuentros.

Desde que tengo constancia de que me gustan los hombres, siempre me había sentido atraído por Ramón. La verdad es que sus cualidades no son pocas: simpático hasta decir basta, muy buena persona, no es que sea excesivamente guapo pero sí muy atractivo, metro ochenta de macho canalla y un físico que, sin ser de los clásicos musculitos de gimnasio, lo hacía apetecible cien por cien. Así que si había que renunciar a un día de playa por estar con él, ¡se renunciaba y punto!

Sé que acostarme con él no me hace la mejor persona del mundo, pues en mi contra tengo que decir que su esposa es mi amiga. Aunque acostumbrado a vivir una vida de tapadillo, ponerle los cuernos a Elena era únicamente un ladrillo más en mis problemas de conciencia. En una sociedad donde las oportunidades de ser feliz se dan con cuenta gotas, había que aprovechar cualquier ocasión que se nos presentara, porque los momentos malos vienen solos y para quedarse. Si no que me lo digan a mí, que la tristeza me había tenido dos meses de casa al trabajo y del trabajo a casa y con la única compañía de mi soledad. Así seguiría de no ser por Ramón, que no solo ha demostrado ser un excelente amante, sino el mejor amigo que se pueda tener.

Ignoro donde me llevará esta locura de relación, pero antes de ir a la deriva,  prefiero navegar en contra del viento de la mano de mi amigo.

En principio, habíamos quedado para almorzar en mi casa  No es que yo sea muy buen cocinero ni nada por el estilo, pero lo del almuerzo era una excusa como otra cualquiera para echar un buen polvo. Así que, como todo buen hijo de vecino, eché mano a los tapers de comida congelada y preparé una buena ensalada.

Con su puntualidad habitual, Ramón se presentó en mi casa. Fue verlo y creí que me quedaba sin respiración, el tío traía el uniforme de trabajo puesto, ¡me iba a dar algo! Evidentemente lo había visto antes de esa guisa, pero era la primerísima vez que podía deleitarme en contemplar sin tapujos, cómo se ceñía aquella oscura tela a su cuerpo, como la camisa le marcaba el pecho y los hombros, como bajo la hebilla del cinturón, la prominencia de su paquete despertaba mis más bajos instintos y, lo mejor de todo, su pronunciado culo, el cual se presentaba ante mí como un delicioso manjar prohibido.

Ramon5.jpg

Alargué la mano para saludarlo, pero se abrazó a mí dándome un tímido beso en los labios. “¡Joer, qué este no mi Ramón que me lo han cambiao!” —pensé sin salir de mi asombro.

Se me tuvo que quedar una cara de pasmado de las que hacen época, pues mi amigo, sin darme tiempo a replicar,  me dijo:

—¡Quillo, es que he venio directamente del curro paca, no me ha dado tiempo ni de cambiarme siquiera…

—No, si no me importa —respondí con una sonrisa, concluyéndola con un beso en sus labios.

Mi lengua, sin ninguna oposición por su parte,  entró en su boca. Jugué a acariciar sus dientes con la punta, para después terminar zigzagueando con la suya. Preso de la pasión, sus brazos rodearon mi espalda en un intento baldío de  unir nuestros cuerpos en uno; al rozar su pelvis con la mía pude sentir la dureza de su entrepierna y mi pene se puso duro como un martillo.

Tras el prolongado beso, sostuvo mi cara entre sus manos, clavó su mirada en mía, sentí como si me quisiera decir algo, pero sus labios no emitieron ningún sonido. Como si algo se hubiera roto dentro de él, apartó sus manos de mi cara y se internó en la vivienda.

Mientras terminábamos de poner la mesa, me dijo que quería cambiarse y que le diera una ropa más cómoda, circunstancia a la que yo me negué en redondo:

—Usted, señor Ramírez, se va a quedar con el uniforme puesto hasta que yo se lo diga.

—A sus órdenes —dijo en tono jocoso,  llevándose la mano a la frente y adoptando la postura marcial de firme —, hoy no tengo un “no” para usted.

Acompañamos la comida con una conversación distendida sobre la familia, el trabajo, las vacaciones… De vez en cuando, hacíamos una pequeña pausa para acariciarnos y algún pequeño beso.

—¡Oye!—impregné mis palabras de toda la amabilidad de la que era capaz —, ¿a ti qué te ha pasado que de quitarme la cara para que no te besara has pasado a ser el más besucón del mundo?

Se quedó mirándome un segundo y con total descaro me dijo:

—Es que tenía una duda: “¿Este tío besará igual de bien que la chupa?”

—¡Ya te vale Ramoncito!

 

Como si quisiera apagar mi diminuto enfado, me volvió a besar mucho más apasionadamente. A partir de aquel momento intuí que el almuerzo no concluiría del modo habitual, pues mi pícaro acompañante había decidido degustar un postre menos convencional. Mostrándome su sonrisa más golfa, me cogió de la mano y tiró de mí suavemente, al no encontrar objeción por mi parte, encaminó sus pasos hacia el dormitorio. Una vez allí me empujó suavemente sobre la cama, se sentó junto a mí y se dispuso a desvestirse.

—¡Ese no es el trato, Señor Ramírez! Usted ha dicho que estaba a mis órdenes, ¡así que haga el favor de ponerse de píe!

Siguiéndome la broma, mi amigo se levantó rápidamente  de la cama, como un si un resorte lo empujara. Al colocarse  junto a mí, casualmente, su abultado paquete quedo a la altura de mi cabeza. Circunstancia que yo aproveché para acariciar el pronunciado bulto por encima del uniforme, clavé mi mirada en la suya y le dije:

—¡Ahora estese quietecito, no se  me ponga nervioso!

Ramon

Sin dejar de masajearle sus genitales, me incorporé y comencé a desabotonarle la camisa de un modo tan teatral como sensual, descubriendo que bajo el uniforme Ramón ocultaba otro de mis fetiches sexuales: una camiseta blanca de tirantas.

Dicen que el morbo y el deseo habitan solo en nuestra mente, que cualquier estimulo externo es interpretado de acuerdo a nuestras fantasías más recónditas y lo que nos hace excitarnos no es lo que vemos, sino lo que queremos imaginar. De ser esto cierto, lo que mi mente percibía me la estaba poniendo firme como un garrote.

Me separé unos pasos de él para contemplarlo mejor. Tras soltar  instintivamente unos cuantos espontáneos; “¡Joder, joder!”, casi le supliqué que se quitara la camisa.  Ver como la tela de algodón se ceñía a su tórax como una segunda piel,  marcando su pectoral, sus hombros, su incipiente tripa…propició que mi lívido comenzara a hacer de las suyas y, en vez de pensar con el cerebro, comenzara a hacerlo con la polla.

Como un autómata, sin parar de musitar unos entrecortados “¡Joder, joder!”, me puse de cuclillas ante él y paseé mi boca por su bulto. Ignoro cuánto rato estuve regando con mi saliva su bragueta, la cual parecía querer estallar a cada muestra de cariño de mis labios. En pos de darle la libertad que se merecía, desabroché la hebilla de su cinturón, desabotoné el pantalón y bajé la cremallera. Solo una delgada tela de algodón separaban mi paladar de su erecta bestia; instintivamente clavé mi olfato en los bóxer, buscando morbosamente algún efluvio de orina ellos, pero estos únicamente olían a detergente y suavizante. Perplejo, liberé aquel cipote de toda atadura y este saltó ante mi cara como un resorte; volví a olfatearlo y su aroma emanaba limpieza, a recién duchado.   Por lo que deduje que Ramón no venía directamente del trabajo, sino que se había puesto el uniforme a consciencia para que yo lo viera, ¡el muy cabrón estaba demostrando ser casi tan morboso como yo!

Ramon 3

 

Aquel descubrimiento me puso como una moto. Sin más preámbulos chupé la cabeza de aquel cipote y tras darle unos golpecitos contra mi lengua, invité a su glande a que acariciara mi garganta. Estaba tan loco por proporcionarle placer, que puse en práctica lo que me hizo el joven de los pinares de Rota; mi empeño fue tal que, ateniéndome a los jadeos de Ramón, era incapaz de diferencia en que momento él  disfrutaba más: si cuando mamaba su nabo,  o al masturbarle con la mano ensalivada.

Tiré de  su pantalón, dejando que callera hasta los tobillos;  aferré mis dos manos a su apretado trasero y lo empujé con la única intención de que su polla completara su viaje en el interior de mi boca. A pesar de que una sensación de ahogo me recordó mis límites, agarré fuertemente los peludos glúteos y dejé que aquel enhiesto sable perforara mi cavidad bucal hasta el fondo. En el momento en que creí que no podía disfrutar ya más, mi amigo comenzó a sacar y a meter su polla de mi boca al ritmo de unos acompasados movimientos de cadera, ¡fue como si Ramón me follara la boca!

Era tanto el placer que compartíamos, que únicamente dejaba descansar mis labios el tiempo suficiente para respirar y cuando las arcadas me impedían proseguir. Tenía la boca adormecida de tanto succionar, pero ni mi mente ni mi cuerpo querían que aquello finalizara. Aquel enorme nabo no cesaba de babear, inundando mi boca con un delicioso líquido pre seminal, que mezclado con mi saliva rebosaba por la comisura de mis labios. Pero  en el sexo todo tiene su fin.  Cuando su cuerpo estalló de gozo, Ramón apretó suavemente mi cabeza contra su pelvis, para evitar que me zafara sin vaciar el contenido de sus huevos en mi garganta.

Sus ojos buscaron la aceptación en los míos, encontrando como única respuesta un extasiado rostro. Me agarró las manos y tiró fuertemente para que me incorporara; una vez tuvo mi cara frente a la suya, me besó sin ningún miramiento, mezclando su saliva con la mía y los restos de su esperma.

Al tiempo que nuestras lenguas se unían en una apasionada danza, mi amigo me fue quitando la ropa, de un modo casi violento. Una vez estuve desnudo, me pegó un leve empujón y me tendió sobre la cama. Levantó mis piernas, hasta que consiguió colocarse mis nalgas frente a su rostro, acercó mi hoyo a su boca e introdujo su lengua en él. Las primeras lamidas fueron tímidas, como un gatito que probara por primera vez la leche, pero superada la cata inicial el desenfreno se apoderó de su paladar, dando como resultado un placentero y salvaje beso negro.

—¡Pajéate, mientras te lo como! —dijo, interrumpiendo brevemente lo que estaba haciendo.

Masturbarme en aquella postura era terriblemente enrevesado; me encontraba casi en volandas, pues solo mis hombros y mi cabeza sostenían mi cuerpo. Masajear mi pene en aquella posición era muy complicado… ¡pero no imposible!

Unos minutos más tarde, con la lengua de Ramón introducida levemente en mi ojete, mi mano conseguía que mi cuerpo se rindiera al placer: unos chorros de viscoso semen saltaban desde el enrojecido glande a mi abdomen, resbalando  por todo  el pecho hasta llegar al cuello.

Tras aguardar que la última gota de leche brotará de mi uretra. Mi amigo me bajo las piernas con sumo cuidado y se tendió junto a mí. Acarició  dulcemente mi mentón  y me volvió a besar cariñosamente.

Poco después me abandonó para pegarse una merecida ducha. En vez de acompañarlo, me quede recogiendo un poco el maremágnum que habíamos organizado en el cuarto.

Unos minutos más tarde  ocupé su lugar bajo el agua. Mientras dejaba que el caliente líquido  y el jabón hicieran su trabajo, una inesperada sensación de felicidad flotó en mi pecho y, sin querer, una sonrisa tonta asomó en mi rostro. Era la quinta vez que compartía sexo con mi amigo, y la primera que sentía que él se había implicado, pero tan pronto como mi imprudencia comenzó a fantasear con que aquello podía ser algo más que sexo, mi cordura me recordó que estaba casado y volví a  pisar la tierra. La realidad es tan dolorosa como cruel: un tipo casado nunca deja a su mujer por su amante, y mucho menos cuando este es un hombre.

Para mi sorpresa, al llegar a la habitación me lo encontré dormido en la cama. Comprensiblemente el cansancio después de una noche de trabajo había hecho mella en él y había caído rendido.  Verlo desnudo sobre las sabanas era una imagen tan tierna como sensual. Lo contemplé durante unos escasos segundos y  sin hacer ruido me tendí junto a él. Ramón estiró su brazo y me acercó a su pecho.

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