Tres pollas para dos rajitas

La nostalgia me pone cachondo

Episodio tres

La historia hasta ahora: Iván está de Rodríguez.  Tiene un sueño tan cachondo como extraño y se despierta tan tremendamente cachondo que se tiene que pajear un par de veces. Una antes de levantarse y otra en la ducha. Es lo que tiene ser multiorgásmico.

Al salir del banco, donde le están dando pares y nones para un préstamo que le tienen que conceder, se encuentra con Débora, una amiga de su juventud, sin querer la nostalgia se apodera de él.

El primer recuerdo que se le viene a la cabeza es el de una noche en época de vacaciones de Navidad que la Debo y la Vane se presentaron en el local que tenían para celebrar fiestas con los amigos.

Los únicos que estaban en aquel momento era Fernando, el pijo del pueblo, Antonio, un bruto bastante atractivo e Iván. Vane sin remilgos de ningún tipo propone hacer una orgia.

Como si fuera una especie de estrella del porno, la chica comienza a hacer un striptease al que se une su amiga Debora.

En un momento determinado la más atrevida de las chicas propone que si quieren ver lo que hay debajo, le deben quitar las bragas.

Sin meditarlo ni un segundo, mis dos amigos se fueron para ella. Sin preámbulos de ningún tipo, Antonio metió su mano derecha bajo las bragas de la muchacha. Fue simplemente acariciar su vello púbico y no pudo reprimir un bufido, a la vez que se mordía levemente el labio inferior.

Observé a Antonio, la verdad que a sus dieciocho años estaba hecho todo un tiarrón. No sé si porque trabajaba en el campo o era herencia genética de esa, pero tenía unas espaldas anchas y unos brazos muy fuertes. Al igual que yo, no era refinado ni nada por el estilo. Como era pelirrojo y bastante apañado, cuando íbamos a las discotecas de Sevilla las tías se le solían acercar bastante. No obstante, era abrir la boquita y el sambenito de cateto de pueblo salía relucir irremediablemente. Con lo que las gachis del mismo modo que se le acercaban, se marchaban y lo de ligar en la capital, solo lo conseguía, al final de la noche, con las tías de “saldos y oportunidades.

La verdad es que el tío tenía cara de follador nato y, a pesar de la inexperiencia que tenía por aquella época, se estaba deleitando metiendo los dedos en la caliente raja. No sé qué carajo le estaba diciendo a la Vane, que esta ponía cara de traviesa y soltaba risitas tontas.

Fernando, por su parte, se había colocado detrás de la chavala y tras refregar concienzudamente su bulto contra el culito de la chica, le bajó el sujetador y acarició levemente sus pezones. Un gritito de placer salió de los labios de nuestra amiga, que le correspondió llevando la mano a su bragueta. A continuación, roto el hielo, las manos del chaval metieron un buen magreo a los enormes pechos. No contento con tocarlos, se inclinó sobre ella , hundió la cabeza entre ellos y comenzó a acariciarlos con la lengua.

La Vane estaba mejor que en coche. Tenía un tío metiéndole los dedos en el chocho y otro chupándole las tetas, al tiempo que le metía un masaje que no se lo saltaba un guardia. 

Tan absorto estaba viendo la que estaban organizando aquellos tres, que ni me di cuenta que la Debo se había sentado a mi lado. Como si fuera lo que tocara y, dejando a un lado nuestro pasado en común, comenzó a acariciar mi pecho. Sentí como si el tiempo hubiera retrocedido y comencé a besarla de un modo que me pareció hasta un pelín cursi.

La grosera de su amiga, al ver lo tierno que nos habíamos puesto, en plan broma, regaño a mi ex:

—¡Debo cariño, déjate de milongas! Aquí hemos venido a follar, no a darnos besitos y cariñitos, ¡ni que estuviéramos rodando la “Topacio” esa de la tele!

Mi acompañante, como si las palabras de la otra chica fueran ley, se bajó el sujetador y me mostró sus pechos, tan redondos y hermosos como los recordaba. Sin poderlo evitar, me relamí el labio y enterré mi cabeza en ellos. Tras chupetearlos  de un modo salvaje, me puse a darle pequeños mordisquitos. Preso de la pasión, la empujé sobre el sofá, me tendí sobre ella y refregué el bulto  de mi entrepierna contra su coño.

Sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, busqué con la mirada a los otros tres. La Vane había comenzado a tomar la iniciativa y mientras mis amigos la acariciaban sin finuras de ningún tipo, desabrochó el cinturón de Antonio con la intención de liberar su pájaro de la prisión. Fue sacarlo fuera y no pudo reprimir una exclamación:

—¡Jo, Antoñito! ¡Vaya peazo polla que te gastas!

La verdad es que la tía tenía más razón que un santo. Me sorprendió hasta mí. Aunque sabía que se gastaba un buen mandao, pues alguna vez que otra lo había visto en bolas. No obstante, no era lo mismo verla floja y pendulona que funcionando a toda pastilla.

La observé detenidamente y no solo era grande (por lo menos veinticinco centímetros), era tan ancha como un vaso de tubo. Una cabeza que parecía la de una tortuga  y un tronco con más venas que el pescuezo de un cantao. Pensé que a  una tía no le entraba aquel bestiajo  ni de coña, que la reventaría por dentro al metérsela. Lo que es la inocencia y el poco mundo.

La Debo y yo, dejamos de hacer nuestras cositas y nos pusimos a mirar absorto el pedazo de verga de nuestro amigo. Estaba sorprendida hasta la Vane que, tras catar con su mano la mercancía, apartó suavemente a Fernando. Nos miró  con su mayor cara de zorra y se agachó ante el dueño de tamaño fenómeno de la naturaleza.

Agarró fuertemente el “manubrio” de Antonio y se puso a masajearlo, hasta que descubrió por completo el glande. Tras acariciar con la lengua la puntita, introdujo la gigantesca cabeza de flecha entre sus labios. Su gesto fue respondido por dos bufidos de mi amigo.

—¡Joder, cabrona, cómo la chupas!

Fernando, al ver con el desparpajo que la jovencita comenzaba a mamar la colosal verga, no pudo reprimirse ya más y se puso a acariciarse el paquete de un modo tan provocativo como soez.

De todos los que estábamos allí, quien menos me pegaba que participara en aquello era él. Era el clásico chaval educado y que nunca había roto un plato. Era buena persona, aunque  un poco muermo a veces. Aunque no era tímido, tampoco era tan lanzado como yo o Antonio.

Fernando era el clásico pijo de pueblo, un quiero pero no puedo. Como era alto, moreno con los ojos verdes y bien parecido, tenía bastante éxito con las chavalas, pero como tenía novia formal era un menú prohibido para tipas como la Vane, que estaba viendo el cielo abierto con la improvisada orgia de aquella noche.

La muchacha al ver su predisposición, sin dejar de chupar el gran carajo que tenía ante ella, le hizo un burdo gesto para que se uniera a la fiesta. 

El espigado muchacho, sin reflexionarlo siquiera, sacó rápidamente su erecto rabo y lo acercó a la cabeza de la chavala. Aunque el miembro viril de Fernando no era pequeño, sino todo lo contrario, desmerecía mucho junto al de  Antonio. Pero aquello no fue ningún impedimento para la calentona jovencita, que dividiendo sus atenciones entre ambos,  se pegó un atracón de pollas de los de antes.

Harto de mirar, cogí y le baje las bragas a la Debo. Me agaché ante ella, le abrí las piernas y hundí mi cabeza en su coño. Hacia un siglo que no me comía un buen chochito, pero aquello resultó ser como montar  en bicicleta: nunca se olvida del todo. Fue simplemente  pasar la lengua por la caliente raja y sentí como si hubiera nacido para hacer aquello. Como un poseso, froté, lamí y mordisqueé la salada almeja.

No debí hacerlo muy mal, porque mi ex comenzó a suspirar y a pegar quejidos. Creo que no se lo habían comido tan bien en su puñetera vida. Lo mismo me agarraba la cabeza con fuerza para que no dejara de comérselo, que clavaba los dedos en el tapizado del sofá, pidiéndome que no parara de chupárselo. Estaba claro que si cuando era mi novia era un poquito ligerita de cascos, desde que me dejó,  se había soltado el pelo de un modo tremendo. 

La Vane, al comprobar lo bien que se lo estaba pasando su amiga del alma, se sacó  la polla de Fernando de la boca y sin dejar de masturbar a Antonio, dijo:

—¿Quién de los dos quiere comerme el potorro?

La “delicada” pregunta fue respondida afirmativamente por los dos muchachos. Pero fue Fernando quien se llevó el gato al agua, pues la muy putita no estaba dispuesta a renunciar a seguir chupando la hermosa tranca de Antonio.

Separé levemente la cabeza del chocho de la Debo y contemplé como  la otra chica se acomodaba en el asiento que quedaba frente a nosotros. En un gesto cargado de vulgaridad, abrió las piernas mostrando  completamente el interior de su vulva. Fernando y Antonio al ver su falta de decoro, se limitaron a representar el papel que les había tocado. El primero se agachó ante ella y se bajó al “pilón, mientras que el otro, subiéndose a uno de los brazos del aparatoso butacón, le metió bruscamente su pollón en la boca.  

Parecía una escena de una película porno, me llevé la mano a la churra y creí el pantalón iba a terminar reventándose. ¡Estaba dura como el acero!

La Vane al sentirse observada, echó hacia atrás su negra cabellera, con la única intensión de que la Debo y yo viéramos el trozo de cipote que ese estaba tragando. Para que no tuviéramos ninguna duda, se la sacaba y se la metía de forma continuada, dejando ver el carajo de Antonio en todo su esplendor. Me dio la impresión de que estaba todavía más grande que antes. Estaba clarísimo que la  muchacha quería ser el centro de atención, quien era yo para negarle tal capricho. Así que para animarla más, le solté una de mis chorradas.

—¡Vane miarma, córtate un poquito! Con el pedazo de tranca que se gasta el colega como te dé en la campanilla, te vas a terminar asfixiando y te tendremos que llevar a urgencias a que te ponga una bombona de oxígeno.

—¡No me hagas reír, cabrón! Que entonces va a ser cuando me atragante de verdad —Dijo la Vane soltando una pequeña carcajada y volviendo a tragarse el trabuco de Antonio, quien seguía sonriendo por mi ocurrencia.

La Debo al ver que la tenía abandonada, tiró de mi cabeza para que no siguiera con la broma y me dijo en un tono casi autoritario:

—¡Déjate de gilipolleces y sique con lo que estabas haciendo, que me estaba dando mucho gustito!

—¿Te está gustando? ¡Qué perra eres! Pues a mí también me gustan que me hagan cositas —Al decir esto último,  me metí con descaro un fuerte agarrón al paquete.

—¡Po sácate la polla que te voy a pegar una mamada que lo vas a flipar en colores!

No había pasado ni un minuto y habíamos intercambiado los papeles. Yo me había sentado con las piernas abiertas y ella arrodillada entre mis piernas me pegaba un lavao de “cabeza” de película (de las del Rocco Siffredi, ¡claro está!).

Mientras mi ex se dedicaba a comerse  mi cipote de punta a cabo, apoyé mis brazos sobre el respaldar del sofá y con la cabeza echada levemente hacia atrás, me dedique a contemplar los jueguecitos sexuales de mis dos amigos con la calentorra de la Vane.

Ante mis ojos se ofrecía una pantomima de película porno, aunque no había nada  simulado y nada era en diferido, sino que todo era puro directo.

Observar como aquel extraordinario misil atravesaba, una y otra vez, los labios de la chica,  y como  Fernando le pegaba una buena comida de coño, me puso a cien por hora. Si a eso le sumábamos, la extraordinaria mamada que me estaba haciendo la Debo, tenía que hacer un  soberbio esfuerzo para no terminar corriéndome en la boca de la muchacha.  

De aquello creo que mi ex ya se había percatado y como la buena experta chupadora de pollas en que se había convertido, alternaba lo de meterse mi rabo por completo en su boca, con golpear suavemente la cabeza con la lengüita  y me succionaba los huevos cuando le parecía. Lo estaba haciendo de putísima madre, ¡para hacerle la ola!

Curiosamente, de lo que estaba viendo lo que me tenía más anonadado era el vigoroso  y descomunal cipote de Antonio. Ver como las babas de la Vane resbalaban por aquella ancha columna hasta llegar a los huevos, me excitaba un montón. Nunca me habían gustado los tíos y mucho menos las pollas, pero me entraron unas ganas locas de palparla, para ver si estaba tan dura como parecía.

La Vane harta ya de lamer y de que lamieran, puso caro de que necesitaba algo más contundente y le pidió a Fernando que le acercara el bolso.

Mi colega  despegó la cabeza de entre las piernas de la muchacha y miró a esta fijamente, como buscando una explicación a su petición.

—¡Tío!, ¿no querrás metérmela a pelo?

Oír a la Vane insinuar que allí se iba a empezar a follar ya, me puso la polla que podía picar piedras con ella. Tanto que, de un modo que rozó lo brusco, empujé la cabeza de mi ex, para que se tragara mi nabo en todo su esplendor.

Fernando tras colocarse el “gorrito pa el nene”, se sentó en el butacón e invitó a la chavala que se sentara sobre él. Ella, ni corta ni perezosa, se  colocó en su regazo, ensalivo sus dedos y se los llevó al coño, acto seguido se metió la polla de golpe.

Dado que en aquella postura le era muy difícil seguir chupándosela al otro chaval, como no estaba dispuesta a dejar de saltar sobre el pedazo de polla que tenía ensartado en el coño, terminó diciendo: 

—¡Antonio, vete al sofá con el Iván y que la Debo se la chupe a los dos!

Su amiga, al oír aquello, no dejó que Antonio tomara asiento y se abalanzó como una perra en celo sobre el monumental pollón. Dado que no estaba dispuesto a prescindir del calor de aquellos fogosos labios, me coloqué junto a Antonio y  de un modo tal que ella tuviera acceso también a mi pene.

—Debo, estás de suerte hoy —Le dije mostrándole mi churra cabezona como si fuera un trofeo —en la frutería  los nabos estaban de oferta y te vas a comer dos por el precio de uno.

Mi ex sonrió levemente, se posicionó entre los dos y fue alternando las mamadas de una polla con otra, como si llevara toda la vida haciendo aquello. Mientras chupaba la tranca de uno, pajeaba al otro a consciencia.

El instante era libidinoso al cien por cien, Antonio y yo no solo estábamos disfrutando de sexo oral del bueno, sino que a escasa distancia teníamos un espectáculo de lo más estimulante. Ver saltar a la Vane sobre la pértiga de Fernando, al ritmo de sus desmedidos gemidos, propiciaba que nuestras vergas se llenaran de sangre y se hincharan a más no poder.

Sin embargo, las emociones estaban lejos de llegar a su fin. La Debo, en un gesto completamente espontaneo y movida por el fuego de la pasión, acercó mi glande al de Antonio y se puso a pasar la lengua al unísono sobre ellos.

Fue notar el contacto del cipote de mi amigo y una salvaje sensación de placer recorrió todo mi cuerpo. Nunca anteriormente había sentido algo parecido.  Las entendederas se me nublaron, deje de ser Iván Izquierdo y me transformé en el hombre Polla (“Carajo-man”, para los amigos).

Busqué la mirada de Antonio y este me guiñó un ojo. Por su gesto, pude comprender que también se lo estaba pasando dabuten. Mientras la chavala  jugaba a chocar nuestras pichas  y las lamía, un sentimiento extraño y que no sabía que significaba me invadió.

Observé detenidamente al muchacho  que tenía junto a mí, tan corpulento y vigoroso, que me pareció sumamente atractivo, diría que hasta guapo. Al cruzarse nuestras miradas, él me sonrió de un modo que me pareció hasta sensual. Sin quererlo algo había surgido entre los dos.  Si  ambos no hubiéramos pensado que darse un pico con otro tío era una mariconada de las gordas, lo hubiéramos terminado haciendo.  

No contenta con refregar una polla con otra, mi antigua novia hizo algo cuanto menos inesperado: Levantó sus tetas, colocó ambos penes en su canalillo y comenzó a restregarlos, como si los estuviera masturbando. En la medida de sus posibilidades, iba acercando su lengua a los enrojecidos capullos, los cuales, a cada roce,  se hinchaban aún más.

La postura era cantidad de complicada, al poner una churra junto a la otra, mi cuerpo y el de Antonio se acercaron de un modo bastante incómodo. Tórax contra tórax, invadiendo cada uno por completo el espacio vital del otro. Para suavizar la situación,  eché un brazo por encima de los hombros a mi colega, quien me respondió con un guiño de complicidad.  

El momento tenía un morbazo de tres pares de narices. No solo era el gustazo de tener el “manubrio” entre medio de dos buenas domingas, percibir la dureza del cipote de mi amigo también me estaba resultando de lo más placentero. Antonio no parecía estar nada disgustado con la postura, es más, creo que disfrutaba mogollón cada  vez que, sutilmente, rozábamos la piel del uno con la del otro.

Nos sacaron de nuestro libidinoso ensimismamiento, unos escandalosos jadeos.

—¡Meee corrrooo! —dijo Fernando.

Al escuchar aquello, la Vane dejo de cabalgar sobre la polla de nuestro amigo y, con un ademán bastante vulgar, se sacó el erecto mástil de su raja.

Continuará en: Una orgia con un final inesperado.

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