¡Que le den por culo al año 2020! (Inédito)

No mola para nada el veinte veinte. Aunque si por mí fuera le cambiaría el nombre por el del año de estar encerraditos. Porque, ¡vaya tela!

Si me ha quedado una cosa clara con esto del Covid, es que los mayores no lo saben todo como yo pensaba que sucedía y se han equivocado más que Mario Vaquerizo con las preguntas del Pasabalabra. Así que no venga ninguno ahora a hacerse el listo que es muy fácil saber la respuesta después de que la dice el presentador.

Después de las navidades ya sabíamos que el bichito andaba por China  haciendo de las suyas. Pero como estaba tan lejos  y pensábamos que  los chinos eran más tontos que nosotros no le préstamos demasiada atención.

Si hasta el señor ese que sale por televisión hablando de los infectados y de los muertos que ha habido, dijo  al principio que solamente e iba a ver unos cuantos casos aislados y ese hombre sabe tela de pandemias y virus. Mi hermana Gertru, que se lee todo lo que ponen en Facebook y  sabe mucho de todo, dice que estuvo trabajando en África, salvando a los niños de las enfermedades raras. Así que digo yo, que algo más  del corona sabrá que los señores y señoras que van a pegarse gritos a los programas de tertulia.

Sin embargo la distancia no fue ningún problema para el bichito que que se subió a los aviones, barcos y trenes para llegar a nuestro país.

Cuando se enteraron que estaba por aquí, las únicas cosas que nos dijeron que teníamos que hacer para contagiarnos fueron cuatros: que nos saludáramos con los codos, nos laváramos muchos veces las manos, que tosiéramos en el hombro y que nos pusiéramos retiraditos unos de otros.  Para mí que no tenían ni pajolera idea y nos dieron las mismas indicaciones que dan para los resfriados pero  este bicho es mucho más malo que tener moquitos y un poquito  fiebre.

De buenas a primeras, mucha gente se empezó a poner malita y en los hospitales no daban abasto con todos ellos por lo que, como  no sabían muy bien cómo luchar contra el virus,  nos encerraron en casa como si estuviéramos castigados Mi hermano Juanito que es muy español y le gusta mucho la libertad, decía que estábamos de arresto domiciliario.

La verdad es que yo, como mi mamá sargento no me dejaba salir mucho a jugar, no lo noté demasiado. Lo que si eché de menos fue ir al cole, porque las clases por el ordenador cuando llevas un rato y no puedes levantar la mano diciendo que sabes la respuesta antes que ningún otro niño, se hacen un pelín pesadas.

Otra cosa que eché en falta, como no eran de primera necesidad para la gran mayoría de la gente, fueron mis comics. Menos mal que mi padre, como le gustan mucho las series y las películas, se dio de alta en un canal de pago y me he pegado un lote de ver dibujitos animados que no se lo salta un guardia. Pero también se aburre uno de estar todo el día pegado a la tele como un pasmarote.

Estuvimos mucho tiempo encerrados, sin poder pasear, sin poder ir a ver a mi primo Francisquito y solamente podíamos salir a comprar, tirar la basura o sacar el perro. Esto último mi Juanito y mi Gertru se peleaban por hacerlo. Creo que mi Lassie nunca ha hecho tantas veces pipi y caca como en esos meses. La pobre veía aparecer a mis hermanos y le entraba las siete cosas porque lo usaban para poder hablar con sus amigos y  lo de pasear al pobrecito animal para que se desfogara corriendo de un lado para otro,  nada de nada.

No veíamos a ninguno de los vecinos. Mi madre decía que la calle parecía un cementerio de vacío que estaba y únicamente lo saludábamos cuando salíamos al balcón a tocar las palmas para darle las gracias a  los sanitarios. A ver cuando Marvel se decide a sacar  un comic del súper enfermero y la súper médico salvando a toda la gente que se ponía malita  con el Covid. ¡Yo seguro que me lo compraba y me lo leía hasta aprendérmelo de memoría!

Como mi padre no podía ir al bar, mi mamá no podía ir a charlar con las vecinas, mi hermana no podía pelar la pava con su novio y mi hermano no podía salir con sus amigos a donde quieran que fueran. Se aburrían un montón y les daba  por ponerse a discutir. La trifulca más grande era cuando a todos le daba por querer saber quién tenía la culpa de lo que nos estaba pasando.

Mi madre, como le gustaba tanto las cosas de la Iglesia y los curas, decía que lo del bicho era un castigo del Señor porque el mundo estaba yendo a una deriva pecaminosa y que la sociedad era un antro de perversión pues la gente había perdido sus principios humanitaria.

Mi padre, que tenía un compañero de trabajo que tenía un cuñado que lo sabía de todo, culpaba del virus a los chinos. Por lo visto, según decía aquel hombre,  lo habían creado en el laboratorio para destruir al resto de la humanidad. Yo no sabía quien era ese señor que le contaba esas cosas a mi papá, pero en cuanto terminara el confinamiento quería que me lo presentara, pues sus historias eran todavía más diver que las de los X-men. Eso sí, como había tantos orientales  de por medio, más que un comic de súper héroes sería un manga.

Mi hermana, que es muy comunista y bolivariana, decía que esto era una respuesta de la madre naturaleza por todo el daño que se le estaba haciendo y que se estaba vengando con el dichoso virus.  Que el hombre llevaba muchos años maltratando a la tierra y que la ambición del capitalismo desmedido del último lustro la estaba destrozando. Después mezclaba el tocino con la velocidad y se ponía a quejarse de la globalización, de las desigualdades sociales, del feminismo, del racismo… En fin, que la coleta se le hacía un lío y, si no la parabas a tiempo, te metía un discursito de una hora diciendo cosas  como el heteropatriarcado, la cosificación,  los micromachismos, la sororidad,  el androcentrismo… ¡Qué palabras más raras, no sé dónde las habrá aprendido, pero algunas no vienen ni en el diccionario!

Luego estaba mi hermano, que va  a su rollo y solo quiere libertad,  decía que el virus no existía y que todo era una conspiración del gobierno totalitario. Que lo único que buscaban era crearnos la necesidad de la vacuna para inyectarnos un chip para poder controlarnos. ¡Valiente tonto! Cuatro multas le han puesto ya por ir por la calle sin mascarilla y por mucho “habeas corpus” que diga, me parece que no va a tener más remedio que apoquinar un euro tras otro.

Por último, como no,  me encontraba yo que, aunque no había estudiado demasiado de esas cosas de mayores, pensaba que esto era un virus como el de la gripe Española y que cada cierto se repetía.  El profe, en una de las explicaciones on line que nos dio,  nos dijo que mató a más de cincuenta millones de personas a principios del siglo pasado. Pero como nadie me echaba cuenta, no podía entrar en las discusiones sin que me dijeran el consabido: «¡Cállate Pepito, que tú de estas cosas no tienes ni idea! »

Lo más curioso  de todo es que sin ir al colegio y con lo aburrida que eran las clases por Internet. Este año he aprendido un par de cosas la mar de importantes.

La primera es que las  personas, por muy listos que seamos y por mucho dinero que tengamos, no tenemos el control de la naturaleza, que puede venir un bicho pequeñito  y liar la marimorena. Se han puesto enferma personas mayores, personas jóvenes, personas con mucho dinero, personas pobres, personas que no eran muy conocidas, personas muy famosas. ¡Fíjate que se han puesto malitos hasta los presidentes de Brasil, Reino Unido y los Estados Unidos!

La segunda es que  aunque estemos en una situación peligrosa y haya gente que esté haciendo sacrificios para salvar vidas, siempre hay unos cuantos individuos que nada más piensan en sus intereses y sus caprichos, como si estos fueran la cosa más importante del mundo.  El ridículo tan grande que hicieron el Rafita y su grupo de amigos de Extremadura, gritando libertad  y agitando la bandera de España por las calles del centro de Don Benito. Total porque no los dejaban ir al centro comercial.

Después de estar un tiempo encerraditos, conforme los contagios fueron bajando, fuimos pasando de fase. Parecía que estábamos jugando a un video juego y, si hacías las cosas bien, te dejaban pasar de un nivel a otro. Cuanta mayor era el número, más cosas te dejaban hacer y al pasar la cuatro, llegamos a la nueva normalidad. Que es una cosa que consiste en que tenemos que para salir a la calle nos tenemos que poner la mascarilla, debemos permanecer  a metro y medio de distancia de las personas que no convivan en la misma casa  y lavarnos las manos cuatro o cinco veces al día. Se nos está quedando una piel súper limpia, tersa y suave con tanto gel hidroalcohilico.   

La verdad es que ha sido un año muy raro, no ha habido Semana Santa, ni Romería , ni Feria del pueblo, no han estrenado ninguna película de súper héroes  y, por lo que he escuchado por ahí, este año Papá Noel y los Reyes magos van a venir a la casa por Skype. En fin, todo sea porque no se pongan más gente malita y más abuelitos se vayan al cielo antes de tiempo. Lo que peor he llevado ha sido lo de la Primera Comunión. No porque yo crea mucho en los angelitos, el Señor y la Virgen, sino por los regalos. Como han limitado el número de personas que podían ir a las celebraciones solo pudieron asistir la familia de mi tito Paco y la de mi tía Elvira. ¡Qué alegría me dio verlos a todos, sobre todo a mis primitos! Como los niños somos asintomáticos de eso, nos dejaron jugar toda la tarde. Eso sí, sin macharnos demasiado la ropa.

Otra cosa que he descubierto en este año extra largo. Ha sido que  el bicho como es invisible, no se puede matar a  pisotones y lo único que dice que nos puede proteger de él es una vacuna. Yo ya se la he pedido a Papá Noel y a los Reyes Magos a ver quien me la trae antes. Pero para mí que ellos no se dedican mucho a estas cosas y que, aunque ya la están poniendo en Inglaterra, me parece que falta todavía un poquito.

Luego están los que no se la quieren poner, porque no está suficientemente probada. Los mismos que no se quieren poner las mascarillas porque no sirve para nada y que esto más tarde o más temprano lo vamos a tener que coger todo. No sé, pensaran que cuando lo pillen, los va a tocar un hada madrina y ni a ellos ni a sus familia les va a pasar algo malo.

En fin espero que los mayores se aclaren pronto, porque tiene mandanga la cosa, con el trabajito que me había costado aprender a  compartir los juguetes,  me dicen ahora que, por culpa del coronavirus,  no puedo hacerlo.

Fíjate como tiene que ser la cosa que,  después de tomarnos las uvas para celebrar la entrada del nuevo año, mi madre que es muy religiosa y no dice palabrotas, ni nada por el estilo,  al brindar con el champán dijo muy sería:  ¡Que le den mucho por culo al año dos mil veinte! Nos tuvimos que reír todos.

En fin, esperemos que el veinte veintiuno mole un poquito más, porque  de tanto jugar a la Nintendo se me va a poner la cara de los Ungrybird. ¡Ah, antes de terminar! De parte de Machi (y mía también):  ¡Feliz año a todos y que el 2021 sea el final de esta pesadilla!

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