Con dos machos empotradores

Un trío de ensueño

Cuarto episodio

Hay días en que sería mejor no levantarse, pero gracias a Dios también hay días como el mío de hoy,  que deberían repetirse una y otra vez a lo largo de nuestra existencia.  Si me hubieran dicho esta mañana al levantarme lo que me iba a ocurrir, no hubiera dado crédito. Pero está claro que la realidad supera siempre las expectativas que nosotros tenemos de ella y si lo tener un trío con mi mecánico y mi amigo Ramón era algo que, ni en mis mejores sueños, habría sucedido. Lo que nunca habría imaginado es el hecho de que Iván me pidiera que lo penetrara. Tras un improvisado viaje en tren, en el que yo he sido el vagón central, los tres nos pegamos una ducha. Ante la observación del mecánico, de  que yo sigo sin alcanzar  el orgasmo, Ramón hace una inesperada observación:

—¿Dónde tienes el juguete que yo te regale?

Las palabras salen de la boca de Ramón con toda la naturalidad del mundo, pero no por ello, dejan de tener un significado prohibido menos contundente. Examino con el rabillo del ojo el rostro de Iván en busca de alguna reacción en él. Pues, si algo tengo claro con él,  es la poca diplomacia  del mecánico para decir las cosas. Para mi sorpresa, guarda silencio, expectante ante lo que podamos decir Ramón o yo.

—¿Por qué?—Pregunto.

—¡Para jugar al parchís! ¡No te jodes! A veces pareces bobo, Mariano —Me reprende cariñosamente Ramón.

—Pero es que…

—¿Te da corte que lo usemos delante de Iván? —Mi mutismo ante sus palabras, otorgan la razón a estas —¡Anda no seas mojigato y  sácalos de donde los tenga! ¡Veras que buen fin de fiesta!

Vuelvo a mirar a Iván, ignoro si sabe lo que pueden ser el susodicho juguetito, pero en sus ojos hay un revelador brillo de lujuria.

Mientras rebusco en mi escondite secreto, una extraña sensación me consume por dentro. Siempre había pensado que  las prácticas sexuales con mis cachivaches sexuales, era algo  tan íntimo y personal que sólo compartíamos Ramón y yo.

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Por eso, cuando sin inmutarse ha hablado de usarlos con Iván, miles de muro de confianza se han derrumbado en nuestra relación. Sin embargo, no puedo reprimir sentirme excitado ante lo que me espera, la simple imagen del mecánico y Ramón usándome como objeto sexual, hace que mi hermano pequeño empiece a alegrarse de lo hermosa que es la vida.

Cuando regreso al salón,  llevando conmigo además del enorme dildo que me regaló Ramón,  mi consolador  negro, Lenny (lo llamo así, en honor al cantante Lenny Kravitz ),  la cara de Iván es un abanico de expresiones de sorpresa. Antes de que pueda soltar los dos oscuros objetos sobre la mesa,  se abalanza sobre mí y me arrebata a Lenny. Una vez lo tiene entre sus manos, lo toquetea y lo mira, con la curiosidad propia de un niño. Para a continuación,  con un tono mezcla de sorpresa y de deseo, decir:

—¡Joder, pare, cuando creo que ya lo he visto todo contigo, me sigues sorprendiendo!

—Eso los inventos de aquí, mi amigo —Digo señalando a Ramón, cuya respuesta no se hace de esperar.

—¡Déjate de rollos! Yo te regalé el grande. Pero el “Lenny” te lo compraste tú. Así que no vayas de inocente Marianito que no cuela ¿A que no Iván?

—Inocente, inocente… lo que se dice inocente, no es. Pero  reconoce que  a nosotros nos pone  de él,  que no parezca demasiado culpable. Porque una cosa te digo, pare, lo último que pensarías de él es que le va lo que le va, porque pinta no tiene.

—¿Me lo dices o me lo cuentas? ¡Lo conozco desde el cole y me he enterado hace poco! —Aunque la voz de Ramón suena contundente, una sonrisa se deja entrever en sus labios.

Estoy tentado de dar un discurso y hacerles reflexionar respecto a sus ideas preconcebidas, respecto a como debe de ser y actuar un homosexual, pero como estoy ansioso porque ambos hagan de mí su  juguete sexual, tiendo por callarme y les lanzo una sugerente mirada.Do7Sp2oUYAAA4GY

Es curiosa, la forma de afrontar el ser humano su sexualidad. Primero disfrazamos una necesidad fisiológica de  tradicionales sentimientos. Después intentamos hacer de las relaciones con nuestra pareja, un termómetro de nuestra estabilidad emocional. El  paso siguiente lo podemos dar fuera o dentro de nuestra relación, siempre buscando un salir de la rutina. En  los casos que optamos por explorar nuevas formas de sexualidad con nuestra pareja, los descubrimientos se convierten en una especie de subasta en la que el acto sexual alcanza la mejor apuesta. Con esta metáfora del “no va más”, intentamos a un tiempo, calmar nuestra lujuria y satisfacer los deseos del otro.

En mi caso, “el otro” eran dos: mi mecánico y mi mejor amigo. Éste último había demostrado, en más de una ocasión, ser un yacimiento de ideas nuevas para afrontar el acto sexual. Hacer el amor con él, siempre era descubrir algo nuevo. En este preciso momento se dispone a utilizar mi cuerpo como receptáculo de unos juguetes sexuales, los cuales, en  las anteriores sesiones con Ramón, me hicieron llegar a la cúspide del placer. Ahora, por si aquello me pudiera parecer poco, tengo el añadido del morboso de Iván.

Me pongo de rodillas sobre el suelo, sacando de manera lasciva mi culo hacia atrás. La postura que adopto puede recordar a la sumisión, pero ni en mi mente, ni en la de los dos hombres que me acompañan hay lugar para una relación que no sea entre iguales. Aunque yo sea el que pliego mi cuerpo a sus deseos, no hay nada humillante en mi forma de actuar, al contrario, si ha surgido el lujurioso juego, ha sido para satisfacer mis aún no saciados deseos.

Mientras Ramón embadurna de manera copiosa a “Lenny”, los dedos de Iván lubrican mi expectante agujero, para a continuación juguetear con ellos en mi interior.

—¡Joer, pare, pues sí que estás caliente; te has tragado dos dedos de golpe!

Sonrío ante la burda observación de Iván, vuelvo la cabeza y lo miro. Hay tanta testosterona bullendo bajo su piel que se le perdona todo.

En un silencio absoluto, Ramón se agacha ante él. Sus dedos desocupan mi recto, para posteriormente ser ocupados por el trozo de plástico negro.

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Un cumulo de sensaciones placenteras invade mis sentidos, al mismo tiempo que el duro objeto profana mis entrañas. Una vez acomodado entre las paredes de mi esfínter, Ramón comienza a sacarlo y meterlo, cada vez de manera más frenética.

De la misma manera que comienza, termina. Dejando mi cuerpo a la puerta del placer. Antes de que el musculo anal se cierre. Otro extraño objeto ocupa el hueco dejado por “Lenny”. Con curiosidad, alargo la mano hacia él. No hay duda, es el consolador con la parte superior torcida que me regalo Ramón.  A pesar de lo dilatado que estoy, siento una pizca de dolor, el cual es maquillado por el inmenso placer que alcanzo.

—“Artista”, incorpórate un poco y siéntate sobre él. Creo que así te gustará más —Dice Ramón tirando de mi cintura y terminando de ensartar el enorme juguete sexual en mi recto, al ponerme en cuclillas sobre él.

Tanto Iván como Ramónse levantan y se colocan de pie ante mí. Poco después, ambos  flanquean mi cara con sus enhiestos mástiles, los cuales me recuerdan a espadas preparadas para la contienda.

A pesar de lo incomodo de la postura, alargo mis manos hacia ellos (un incomparable placer se apodera de mi ser) y primero a uno después al otro, les regalo una porción del placer que emana de mi boca.

Levanto mi mirada en pos de su complicidad, pero me encuentro con que mis dos amantes se encuentran enfrascados en un apasionado beso. Su visión hace que mi cuerpo vibre de la emoción, siento como la excitación abre un poco más el paso al  gigantesco dildo.

Voy alternando mis labios con mi mano, el miembro de Ramón (debido a sus dimensiones) me es más complicado introducirlo en mi boca por completo, pero, tomando mi campanilla como tope, le dejo horadar todo lo que puedo mi cavidad bucal. Intento introducir, sin éxito, las dos vergas en mi boca. Solo rozar una con otra,  arranca a mis amantes  sendos suspiros de placer.

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Acaricio los hermosos huevos de Ramón, mientras impregno de saliva el nabo de Iván. De arriba a abajo, de abajo a arriba, regalándole un frenético viaje hasta las puertas de mi garganta.

Una vez me canso de saborear la herramienta del mecánico, vuelvo a mamar el vergajo de Ramón. Su delicioso sabor se me antoja demasiado familiar. Paso la lengua por la parte baja del glande, para a continuación introducirme el duro miembro hasta el límite de mis posibilidades. Una pequeña arcada me da la señal de alarma. Aun así, insisto un poco más. Una segunda arcada y unas pequeñas lágrimas me hacen abandonar. Aunque no por ello, dejo de acariciarla entre mis labios. Primero más despacio, para subir poco a poco el ritmo, como si buscara en ello que mi amigo alcanzara el orgasmo.

—¡Para, para cabrón! ¡No me quiero correr todavía! —Al decir esto, me quita el delicioso manjar de la boca y se agarra el glande, como si evitara con ello derramar el sensual maná.

Ante la reacción de Ramón, dedico todas mis atenciones a Iván. Agarro fuertemente sus glúteos con mis manos, los empujo e introduzco por completo su polla de golpe en mi boca. Un bestial rugido de placer, escapa de sus labios. La potencia que imprimo en mis manos, hacen que el movimiento de pelvis del mecánico, recuerden a una brutal follada. Es tanta la pasión que inculco a cada uno de los pliegues de aquel venoso mástil, que al poco Iván, de un modo que hasta podía parecer violento, tira de mi cabeza para atrás.

—¡Nunca te había visto tan caliente, pare! Se ve que tener el cacharro ese dentro,  te está gustando más de lo que parece!

Mi silencio otorga validez a su afirmación, miro a mis dos amantes reclamando algo más de placer. Ramón me pasa la mano por la barbilla y me dice:

—El caso es que el caballero sigue sin correrse —Durante unos minutos se queda pensativo, reanudando el hilo de la conversación con una petición al mecánico —¿Iván, ves el espejo que esta sobre la pared?  Ayúdame a descolgarlo.

La perplejidad visita mi rostro para quedarse un rato. No sé qué se traerá en mente Ramón con el espejo, pero como soy conocedor de que nada que diga o haga lo va a hacer cambiar de idea, me callo y disfruto del momento. Y para hacer la espera más placentera, empujo un pelín más para adentro al consolador que tengo alojado en mis entrañas.

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Estoy tan jodidamente caliente que al verlos descolgar el espejo de la pared, tal cual  dos operarios cualquiera, no puedo evitar que una excitante sensación cabalgue por mi médula espinal.

Colocan el espejo, levemente inclinado  tras de mí, justamente debajo de mis nalgas. Vuelvo la cabeza hacia atrás y la imagen que me devuelve el cristal es de lo más impactante: mi culo mancillado por el enorme dildo, el cual lo ha penetrado hasta la base. La visión es perturbadoramente excitante.

Ramón hace un gesto con los labios y pega un pequeño empujoncito al negro cacharro. Un doloroso placer invade mis entrañas.

—“Artista”, ¿Sabes que me gustaría hacer ahora? —Al hacer su pregunta pasa sus manos por mi pecho, para acabar agarrando fuertemente mi polla entre sus dedos.

—No… sé… —Contesto con un inaudible hilo de voz.

—Sustituir con mi porra la que tienes dentro. ¿Quieres?

No contestó nada, simplemente busco su cuello y coloco un beso en él. A continuación, nuestros fogosos labios se unen de forma desmedida.

Tras la silenciosa aprobación, Ramón se  separa poco a poco de mí  y dice algo  tan impropio de él, que me descoloca un poco:

—¡Iván!, ¿quieres ver como se le queda a Mariano el culo de abierto cuando se le saca el “tranco” este?

Los ojos del mecánico parece que quieren salirse de sus cuencas. En su rostro se deja ver una mueca de lascivia y expectación.

Mi amigo vuelve a colocar el espejo en una posición que me permita a mí observar lo que se propone mostrar a Iván.

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Divido  por igual  mis miradas entre los rostros de mis dos amantes y la parte baja de mi espalda. Una vez Ramón extrae el enorme objeto, lo que se refleja en el cristal… ¡No tiene desperdicio!

Por unos segundos mi profanado ano muestra una inusual apariencia: su diámetro es bastante más ancho de lo habitual, roza de cerca la anchura del consolador que ha albergado en su interior. A pesar de que presenta un  aspecto enrojecido, como si estuviera irritado y dolorido, no siento molestias de ningún tipo. Pero lo más excitante, que hace que mi corazón de manera desmedida, es como se contrae y cierra, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

Ramón, en un acto reflejo, introduce tres de sus dedos en mi esfínter. Es solo sentir como  realiza un dactilar masaje a mi zona prostática y de mi glande brotan unas gotas de espeso líquido pre seminal.

—¡Jo, pare, se le ha puesto el culo como el bebedero un pato!

—¡Calla, so bestia! —Dice Ramón, pegándole una suave colleja en la cabeza a Iván.

—Si es que es verdad, lo tiene “tela” de abierto —Insiste el mecánico, como si en vez de constatar lo evidente, estuviera descubriendo la piedra filosofal.

—¡Iván, cállate porfa, que matas al morbo! —Mi voz suena calmada, como si fuera una súplica. Intento parecer enfadado, pero en realidad estoy reprimiendo unas risas. Al igual que le pasa a Ramón.

—¡Vale pare!, pero como lo tienes ahora mismo, te caben dos pollas. —Sentencia  el mecánico sin ningún miramiento.

La contundencia y escasa doblez de la afirmación del brutote de Iván, hace que un gesto de suspicacia visite el rostro de Ramón, quien tras quedarse unos momentos pensativos, dice:

—¡Muchas películas ves tú últimamente!  ¡Y te puedo asegurar que no son “Bob Esponja”, ni  “Dora la exploradora”!

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El sarcasmo de mi amigo es respondido con una pequeña carcajada tanto por parte de Iván, como por mi parte.

A continuación se levanta, rebusca un par de preservativos y mientras se coloca uno, da otro al mecánico.

—¡Toma, tenlo por ahí! Si yo veo que se puede, te aviso.

Al oír las palabras de mi amigo, algo tiembla en mi interior. Estoy tentado de negarme, pero la idea me parece exquisitamente tentadora. Por otro lado, sé que ni Ramón, ni Iván; me harán daño.

Mi amigo se tiende  sobre el suelo, su  firme vergajo parece una especie de Mulhacén en la cordillera de su entrepierna. Se coge el cipote de manera indecorosa y me pide que me siente sobre él.

El enorme miembro, lubricado y dilatado como estoy, entra con una facilidad pasmosa. En unos segundos, mi recto lo devora por completo. Sendos quejidos salen de nuestras bocas. A la vez que cabalgo sobre Ramón, como si se tratase de un  potro, intento observar la reacción del mecánico. No tiene desperdicio, sus ojos arden de lujuria, se muerde el labio y de manera refleja hace un remedo de masturbación. Su  erecta polla se me antoja de lo más deliciosa.

Le hago un gesto mudo para que se acerque,  una vez se encuentra a mi alcance y sin dejar de moverme sobre el “trankazo” de Ramón. Me meto su polla de golpe en la boca. Sentir como su glande choca contra mi campanilla, hace que mi polla comience a lanzar líquido pre seminal de forma desmedida. Es tan espeso, que podría parecer que estoy eyaculando.

Por momentos me parece estar soñando, me siento como si estuviera batiendo una especie de record mundial sexual. Donde todo vale y los perjuicios morales se quedan en la puerta. Saboreo de manera laboriosa el exquisito manjar que tengo en mi boca, mientras dejo que el rígido mástil explore mi interior.

Siento como Ramón intenta introducir, un dedo por la parte baja de mi dilatado agujero. Al poco, el intento se convierte en una prueba superada.

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—¿Cómo estas mi vida? —Me pregunta Ramón con una voz   apagada y a la vez encendida de ternura.

—¡En el séptimo cielo! Contrariamente a lo que puedas pensar, no me duele.

Mis palabras sirven de pistoletazo de salida para que Ramón se lance y, en pocos segundos, son dos dedos los que le hacen compañía a su polla en el interior de mi esfínter.

Siento el roce de sus dedos con las paredes de mi cavidad anal, roce que es acrecentado por la presión que ejerce su cipote contra las mismas. Pero, sorprendentemente, el estrecho agujero parece tener sitio para más.

—¡Vete preparando quillo! Esto ya está a punto de caramelo.

Al oír esto, Iván aparta su deliciosa polla de mis labios. Tras ponerse un “chubasquero”, se pone a horcajadas tras de mí y  prueba a introducir su miembro en el horadado túnel. El primer y segundo intento, son en vanos. Pero el tercero (el de la “vencida”), obtiene su fruto.

Cuando los dos cinceles de carne taladran al unísono mis entrañas, no hay dolor en ninguna de las células de mi ser, solo placer, un absoluto e increíble placer.  Los bufidos de los dos tremendos machos acompañan mi respirar. Me encuentro como si flotara, como si mi cuerpo fuera a estallar incapaz de contener el gozo que bulle en mi interior… Ensartado, como estoy, por las dos tremendas vergas, un cumulo de sensaciones nuevas invade mis sentidos. Como si todo el sexo vivido hasta el momento, solo fuera la antesala de lo que ha de venir.

De repente un ruido me distrae, de manera refleja, intento concentrarme en lo que estoy haciendo. El ruido toma forma de notas musicales.

♫♫♫

Tengo  una sonrisa  para  regalarte 

♫♫♫

Tengo  mil cartas de amor 

♫♫♫

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Es mi móvil. Es  la sintonía que tengo para las llamadas de JJ. ¿Qué carajo querrá ahora? ¡Pues no lo voy a coger!

♫ ♫ Tengo una sonrisa para regalarte

         tengo mil cartas de amor

          y tengo todo el tiempo que perdí, sin ver el sol …♫♫  

Hago caso omiso de la llamada e intento abrazar a Ramón, pero este se diluye cuando voy a tocarlo. Busco con mis manos a Iván, pero solo me encuentro con unas sábanas y un mullido colchón. Tardo unos segundos en volver a la realidad y comprender que todo ha sido un sueño. Mi mente trata de asimilar, de malas ganas, que  todo aquello que para mí era una realidad palpable, había sido solo un etéreo sueño.

Mientras mis pensamientos y mi actos, tratan de adaptarse al   apesadumbrado momento. Una sensación contradictoria toma fuerza en mi interior. Por un lado me siento desangelado porque todo ha sido un mundo creado por mi subconsciente.  Por otra parte, me siento aliviado de no tener que cargar con la  pesada culpa de no poder mirar al hombre que quiero  a la cara, después de haber dado rienda a mis más bajos instintos. Pues seamos francos, lo mejor del sexo es que siempre nos queden puertas que abrir, campos que recorrer y pasadizos que atravesar. Si todo es previsible, casi pierde la gracia.

POM! POM!

La rotundidad con la que JJ (supongo) aporrea la puerta, me saca de mis cavilaciones. Aún mecido por los brazos de Morfeo, me levanto  y camino hacia la entrada como un autómata.

POM! POM!

—¡Ya va! ¡Ya va! —Mi voz es lánguida como ella sola.

—¿Qué pasa contigo? ¿Tú que has venido a la playa a dormir? —Es abrir la puerta y JJ lanza sus preguntas en plan ametralladora. Su tono de voz  hace volver a la parte de mí que seguía en el mundo de los sueños.

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—Me encuentro muy bien. No me ha dolido el estómago en toda la noche —Espeto de forma rotunda.

—¡Ay perdona! No me acordaba —Sus palabras pierden la arrogancia inicial y se torna en un envoltorio más amable — ¿Cómo estás? ¿Cómo has pasado la noche?

—Regular, estoy reventado porque me he llevado toda la noche soñando —Respondo contado una verdad a medias.

—Pues, hijo mío, por lo que se ve el sueño no ha sido muy desagradable —Dice en tono jocoso y señalando mi abultada entrepierna.

—¡Déjate de “coñas”, que he tenido una pesadilla muy mala!- Miento para no tener que aguantar sus chanzas.

—Sí, lo que tú digas. A mí que en vez de con Freddy Krueger, los que te han visitado a ti han sido Brent Everett y sus amigos.

—¡Para ti la perra gorda! —Digo de forma cortante para evitar que siga con sus bromas.

—Bueno, ¿te duele el estómago o no te duele?

—Un poco, pero nada que no se me quite yendo al baño.

—Bueno, pues mientras tú tienes tu momento “All- bran” y te duchas. Guillermito y yo vamos a ir cogiendo las cosas para la playa, que si no nos damos prisa, nos quitan los mejores sitios de las “calitas”.  Si no estamos en la habitación es que estamos desayunando en el bar de la esquina —La rapidez de sus palabras me dejan perplejo, no sé cómo se puede levantar con tanta energía por la mañana. A veces pienso que funciona con pilas alcalinas.

Tan rápidamente como entra, se va.No he terminado de cerrar la puerta, cuando se vuelve y me dice en un tono jocoso:

—Por cierto, pégate la ducha con agua fría. Que visto lo visto, como no te desahogues, ¡cualquiera te aguanta hoy  a ti!

Con una sonrisa en la cara, fruto de la desvergüenza de mi amigo, cierro la puerta tras de mí. De nuevo me invade la sensación de extraño vacío, ¿por qué carajo tendremos que despertar de los sueños?

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Epilogo 1

En un pueblo de Sevilla, Iván despierta. Se lleva la mano a la entrepierna y nota que ésta está dura a más no poder. Es lo que suele pasar cuando tienes sueños eróticos. Normalmente no recuerda nunca lo que ha soñado, pero hoy es distinto. Recuerda cada uno de los momentos del sueño como si los hubiera vivido. Vuelve a tocarse la polla, está tan tiesa que hasta le duele.

Si tuviera a su mujer con él,  intentaría echarle un polvo, pero esta está en la playa. (Desventajas de estar de “Rodriguez”).

Sin pensarlo, libera a la bestia de su entrepierna de la prisión de sus gayumbos. Aprieta suavemente la piel que cubre la cabeza del inhiesto mástil y comienza a friccionarla de arriba a abajo y de abajo a arriba.

Mientras se abandona a los placeres del “amor propio”, su mente se llena de las imágenes y sensaciones vividas en la tierra de los sueños. Piensa en Mariano, en cómo pasa sus labios por su entrepierna y por su culo, en esa lengua rugosa que tanto placer le da.

Hasta se atreve a rememorar el instante de como éste lo penetró, de una manera tan delicada como vigorosa. Con este último pensamiento, su glande  escupe varios trallazos de semen que van a parar sobre su abdomen, creando en su ombligo un pequeño lago blanco. 

Mientras limpia  su cuerpo  con una toallita húmeda. Un pensamiento asalta su mente: 

¿Existirá el poli del sueño?

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Epílogo 2

Ramón se despierta con un frío sudor empapando todo su cuerpo. Lanza una rápida visual a su esposa, pero ésta parece dormida. Se levanta rápido e intentando no hacer ruido. Cuando llega al baño, observa detenidamente su rostro y un desconsolado horror campa a sus anchas por él. 

¿Tan colgado está de Mariano que termina soñando con él? Pues parece que sí, pero lo que no termina de entender es: ¿Qué coño hacia el mecánico en el sueño? ¿Existiría de verdad? ¿O ha sido producto de su subconsciente?

 Fuera como fuera, el sueño había sido de lo más placentero. Sin embargo, al despertar de él, la simple idea de que pudiera haber hablado en sueños (como es costumbre en él), hizo que un terror atenazara su pecho. Pues, ¿qué haría si su mujer se enterara de su relación con Mariano?….

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FIN

4 comentarios sobre “Con dos machos empotradores

    1. Gracias, mis queridos gallegos.
      Ahora me estoy acordando mucho de vosotros porque estoy escribiendo otro episodio más ambientado en Villa del Combarro. Tardaré un poco en publicarlo, pero estoy en ello.
      Un beso muy fuerte y que pronto el puto bicho acabe KO (o haya una vacuna) y podaís explorar este mundo de nuevo.

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