Heteros curiosos pasean por la otra acera

Un trío de ensueño

Tercer episodio

Con la única intención de quitarme la depresión post-vacacional, he llamado a mi apasionado mecánico Iván para que me dé uno de esos “repasitos”… ¡Pero mira tú por donde! No habíamos empezado ni a limpiar el motor y apareció mi amigo Ramón…Quien sin pensárselo, aceptó la invitación del descarado mecánico y se unió a la puesta a punto. Al principio la situación me chocó un poco, mezclar a Iván con Ramón, era unir dos caras de mi sexualidad muy distinta. ¡Pero qué quieres que te diga! La cosa está saliendo a las mil maravillas, el brutote ha congeniado estupendamente con mi amigo y a la hora de hacerme disfrutar hay una química entre ellos que yo no hubiera esperado. Tras dos sesiones de frenético sexo. El mecánico dice algo que me deja paticolgando:

—¿Tú estás tonto, poli? ¿Cómo se va a correr el muchacho haciéndose un pajote con los dos buenos culos que hay aquí a su disposición? —Al terminar la frase se agarra uno de sus glúteos con  una mano y pega una cariñosa cachetada en uno de los de Ramón.

Mi amigo mueve la cabeza en señal de perplejidad. Si la parrafada del mecánico me ha cogido a mí fuera de juego, no quiero  ni pensar cómo ha podido sentar al pobre de Ramón.

Porque seamos francos, a todos nos atraen los heteros. No sé si porque resultan un fuerte inconquistable o por su morbosa masculinidad, tan distante  de las denotadas  y desdeñadas plumas. Mas si  algo también tenemos muy claro, es que en caso de alcanzar poner nuestra bandera en su territorio y lleguemos a tener sexo con ellos, el rol que queda libre es el de pasivo que el de activo se lo han elegido ellos.

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Por eso a mí que,  desde que empecé mi historias con estos dos, tuve muy claro que mi rol de activo se quedaba guardado en un cajón. Escuchar a Iván sugerir que su culo y el de Ramón están a mi disposición, no puede más que encender  un fuego intenso  en mi interior. Pues siendo sincero, es algo que no he soñado sólo una vez, sino cientos.

—¡Tú has lo que quieras…! Pero a mí por detrás ¡ni el pelo de una gamba! —Dice Ramón bastante serio,  en un tono bastante seco e  inhabitual en él.

—Pero, pare, ¿tú has visto lo bien que se lo pasa el “gachón” éste? ¡Eso no puede ser malo! —Las palabras del mecánico tienen un tono firme y seguro, como si hubiese hallado la piedra  filosofal.

—Ya,… ya… —Contesta Ramón poniendo cara de circunstancia —, pero la verdad es que no me atrae.

—Pues yo ya puesto pienso probar… ¡Porque a ver quién me iba a decir a mí, que me iba a gustar que me comieran er buje!

No sé si es los pocos complejos que demuestra este tío al decir las cosas  tal como las piensa o esa nobleza inherente en sus palabras, el caso es que lo que dice me llega muy adentro. Tanto que no puedo reprimir el deseo de abrazarlo y darle un tierno beso. Es solo posar mis labios sobre los suyos y mi pene empieza a tomar vida propia. Tanta, que su dureza es percibida por Iván que rompe la magia del momento con una de sus bastas ocurrencias.

—¡Mira Ramón er gachón como se ha puesto! —Dice señalando a mis partes nobles, las cuales evidencian una palpable excitación — Se ve que le ha gustado lo de “petarme” el culo.  Menos mal que lo que tiene es normalito porque una tranca tuya me da hasta “mieo”… ufff….

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—Todo se andará —Responde Ramón con cierta chulería —, porque lo mismo al descubrir nuevos horizontes, igual quieres conocer parajes mayores —Al pronunciar esto último se toca el paquete en toda su amplitud y de un modo que roza  muy de cerca lo soez.

—Pues no te hagas ilusiones,  poli, que tampoco sé yo si me va a gustar —Por primera vez desde que lo conozco, la voz de Iván suena dubitativa, como si lo que se propone hacer le diera vergüenza y tuviera que justificarse con nosotros por algún extraño código moral particular.

—Pues probamos y si no te gusta lo dejamos —Digo yo pasándole cariñosamente la mano por una de sus mejillas.

—Sí…Pues la verdad, es que me da bastante curiosidad.

Mientras nos secamos, un extraño silencio se hace entre los tres. Sólo nos comunicamos con abrazos, besos y caricias. Hay un momento en que Ramón me agarra fuertemente por la nuca y clava su boca en la mía, de un modo que hasta me resulta un poco violento. Una vez acaba con el salvaje muerdo, sus ojos buscan la complicidad de los míos. ¿Se sentirá mal por negarme lo que Iván se dispone a darme? Sea como sea, en su beso no ha habido sólo pasión.

Salimos del baño en dirección al salón, el cual  está siendo el escenario de nuestra improvisada orgía.  Una vez allí, me abrazo a Iván y, bajo la atenta mirada de mi amigo Ramón,  comienzo a darle un desenfrenado muerdo. Mi amigo, a tenor de como aumenta de tamaño su vergajo, está disfrutando de lo lindo con el espectáculo.

—¿Cómo me tengo que poner?—Dice Iván, rompiendo su extenso silencio.

—De ninguna manera en especial —Le contesto, mirándolo a los ojos e intentando tranquilizarlo —Déjate llevar… Si no puede ser… No pa-sa na-da. ¿Cómo es lo que tú dices? ¿O aquí disfrutamos todos o no disfrutamos ninguno?

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Mis palabras se ven que calan en el mecánico y, sin decir palabra, une sus labios a los míos, de una manera tal que se me antoja hasta tierna.

Al mismo tiempo que nuestras salivas se mezclan, un agradable sabor amargo inunda mi paladar. Los labios de Iván tienen un efecto en mí más satisfactorio del que pudiera imaginar. Me besa con una pasión  tan desmedida y se entrega de tal  manera, que creo que hasta hay algo de romanticismo en ello.

Sin dejar de besar al mecánico, busco con el rabillo del ojo a mi amado Ramón. Disfruta del espectáculo, mientras se acaricia muy delicadamente su entrepierna, donde una bestia palpitante, comienza a salir de su corto letargo. Observo su mirada, posee un  brillo que dota a su gesto de una perturbadora complacencia.

Atrapo el rostro de Iván entre las palmas de mis manos, aparto mi boca de la suya y clavo mi mirada en sus grandes ojos negros. No sé explicar que sensación me transmiten, pero algo dentro de mí me impulsa a volver a besarlo,  en un principio, de forma delicada para culminar  envueltos en un torrente de frenética pasión.

Los besos, caricias y abrazos dan lugar a que nuestras manos busquen las zonas erógenas del otro, un leve toque en una tetilla, una pequeña cachetada en los glúteos, son la antesala de un merecido sexo oral. Es ver, como el mecánico se agacha ante mí y mi polla empieza a palpitar de deseo.

Desconozco si el descarado de Iván ha efectuado antes una mamada, pero su torpeza y falta de sensibilidad, me hacen sospechar que no. Al no abrir la boca lo suficiente, araña en un par de ocasiones mi glande con sus dientes.  Hasta Ramón, se da cuenta de ello y le dice:

—Tú, de motores sabrás mucho, pero lo que es de comerte una polla ni pajolera idea.

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Sin dar tiempo a reaccionar al mecánico, mi amigo se agacha junto  él y cogiendo mi polla,comienza una especie de clase práctica. Escucho lo que mi amigo dice y no doy crédito, sus palabras imprimen una poco común normalidad a lo que está contando y  no pueden por más que dejarme atónito.

—¡Quillo! ¿A ti, por donde te gusta que te pasen la lengua? —La pregunta de Ramón está impregnada de su amabilidad característica.

—Por aquí —Al decir esto, Iván pasa su dedo índice la parte baja de mi  glande.

—Pues ahí es por donde tú tienes que pasar la lengua —No ha terminado de decir esto aún, cuando mi amigo saca su lengua y la pasa por la zona indicada por el mecánico, provocando que yo pegue un prolongado suspiro —.Ves como a él también le gusta.

Observo como el rostro del mecánico atiende todas y cada una de las palabras de Ramón, por momentos me recuerdan a un profesor con su, muy aplicado, alumno.

La improvisada clase se asemeja  a la formula  didáctica conocida por método demostrativo. El docente, in situ, muestra al alumno los procedimientos a seguir y éste a continuación los emula. Esto, en cristiano y en el tema que nos atañe, se traduce en que Ramón me chupa inicialmente la polla y a continuación Iván, en base a sus indicaciones, hace lo mismo. ¡Vivan los buenos profesores!

La maestría y dominio que demuestra Ramón de como ejecutar una buena mamada  me sorprende bastante, pero no menos que la rapidez con la que aprende Iván. Mi nabo es mimado con  todas las variantes del sexo oral. Hay un momento en que cesan las explicaciones y la boca de los dos hombres se lanzan de manera trepidante a chupar mi erecto miembro. Mientras Ramón me chupa los huevos, el mecánico se traga mi verga en todo su dimensión, para al poco intercambiar papeles.¡ Ni en mi mejor sueño, hubiera llegado a imaginar que me pudiera suceder algo así!ELDCcOnW4AA1BEn

 

De pronto Iván se saca mi polla de la boca, la coge con dos dedos y se la muestra a Ramón.

—¿Esto está ya, pare?

Al asentir mi amigo a la inusual pregunta, el mecánico se levanta y se pone de rodillas sobre el sofá, como si fuera el siguiente paso en un procedimiento a seguir. Es simplemente verlo postrarse mostrando su trasero de tan evocadora forma y mi ya endurecido miembro comienza a vibrar espontáneamente…

Me agacho tras él y comienzo a acariciar los rizados y negros vellos de sus glúteos. No puedo evitar hundir mi nariz en su peluda raja, al instante un agradable y fuerte aroma invade mis sentidos.  Ignoro si los machos tienen un olor característico, pero si existe, no hay lugar a dudas es éste.

Delicadamente aparto la maraña de pelos que impiden el paso de mi lengua hacia el caliente agujero. Introduzco, intentando dosificar el placer, la punta de mi paladar. La primera vez puse tanta pasión en ello que Iván no pudo evitar correrse. Es tal el cuidado que pongo en cada una de mis lamidas, que el mecánico se da cuenta y rompe el casi hermético silencio con una de sus espontaneas parrafadas:

—No te preocupes, Mariano, puedes darle con ganas, ya he vaciao el deposito dos veces y no me voy a correr tan pronto como la otra vez.

Reprimo una carcajada y lanzo una pequeña visual a Ramón en pos de su complicidad. Lo que descubren mis ojos, hace que el fuego que bulle en mí, se encienda aún más: de pie con las piernas abiertas, cual coloso de Rodas, mi amigo masajea su vergajo, mientras con la otra mano se acaricia su peludo pectoral. Usando como combustible el calor de mi interior, hundo  con toda la ferocidad que puedo mi lengua en el peludo culo.

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De mi mente he borrado todo  temor a que el descarado mecánico pueda alcanzar el orgasmo, pues si así sucediera, dispongo de otro hombre  para saciar mis ansias.

Al poco, mi saliva impregna la entrada del virginal orificio. Mi lengua chupa de manera desmedida el caliente agujero, de los labios de Iván se escapan unos alargados suspiros. De improviso, siento algo entre medio de mis piernas: Es Ramón, que se acomoda entre ellas para, acto seguido, introducirse mi nabo en la boca. Es sentir sus labios alrededor de mi glande y una furiosa lujuria se apodera de mí, dando como resultado un bestial beso negro, del cual es víctima  el mecánico.

Hay un momento que la boca de Ramón me proporciona un  desmedido placer tan intenso que, como puedo, intento sacar mi polla de entre sus labios. Él interpreta perfectamente mi gesto y aparta la boca y del mismo modo que se acopló entre mis extremidades bajas, sale de entre ellas.

El ano de Iván emana un calor fuera de lo común,  parece estar preparado para ser profanado.  Aparto mi boca de él y poso uno de mis dedos sobre la rugosa y poblada piel, de manera intuitiva el pequeño orificio, ante mi pequeño empuje, hace el amago de quererse abrir.

—Ramón, ¿me acercas el bote de lubricante?

Con los dedos impregnados del gelatinoso líquido, comienzo a internar mi dedo a través del esfínter de Iván, quien no puede contener un pequeño quejido.

—Tranquilo. Si te duele, lo dejamos.

—No te preocupes, pare. El gusto que me da es más bueno que el dolor.

—De todas maneras, ¡relájate! ¡Estás muy tenso!

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Como si mis palabras fueran el aliciente requerido por el mecánico, siento como la puerta, del aún estrecho orificio, se abre para dejar paso a mi índice. Mientras termino de introducir mi dedo, lanzo una mirada al tercero en discordia. Ramón masajea su enorme cipote con una mano, mientras que con la otra juega morbosamente con una de sus tetillas. Ver como la lujuria y el deseo campan por su mirada, hace que mi polla vibre de un modo salvaje.

Con una suave precisión, consigo masajear la próstata de Iván. Este lanza un enorme bufido, para a continuación terminar a voz y en grito diciendo:

—¡Joder, Mariano, como me tocas el ano!

Tanto Ramón como yo reprimimos una carcajada ante el patético pareado. Soy consciente de que no lo ha dicho en broma, sino que el pobre no da más de sí. Así, que lo doy un suave pescozón en uno de sus glúteos y le digo en tono jocoso:

—¡Déjate de poesías y relájate que ahora viene lo bueno!

Lo bueno, como yo lo llamo, es que paso a introducirle dos dedos, al principio el musculo parece no ceder, pero la paciencia es la madre de las ciencias y al poco se adapta a las nuevas dimensiones.

Una vez considero que está lo suficientemente dilatado, para albergar algo de mayor envergadura. Detengo mi tarea por un momento, tras destrozar el envoltorio de un preservativo (seguro que los que diseñan estos envases, no han probado a abrirlos con los dedos llenos de lubricante), envuelvo a mi polla con el delgado látex y la coloco en la poblada entrada.

Atravieso la manifiesta barrera con una facilidad pasmosa. Aún que pega un pequeño respingo por el dolor, Iván se encuentra lo suficientemente relajado y dilatado para albergar en su interior mi endurecido trozo de carne. Al mismo tiempo que un prolongado suspiro del mecánico llena el aire, una sensación de plenitud invade todos mis sentidos. ¿Cuántas veces he deseado esto? ¿Cuántas veces me sentí como un vulgar recipiente de placer, al cual el mecánico venía a beber para calmar su sed?  Fueran cuantas fueran, el momento hace que las borre por completo de mi mente y disfrute, sin reservas, del placer que me proporciona entrar en el cuerpo de mi deseado y añorado Iván.

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Por la forma de plegarse su cuerpo al mío, intuyo que ambos estamos disfrutando en la misma medida. Considero que si ha habido un momento doloroso, ya ha pasado su tiempo. Así, que sin pensármelo, muevo mis caderas con frenesí y ayudo a mi ocasional amante para que pegue su espalda a mi tórax. Abrazo fuertemente su pecho, jugando con sus peludas tetillas. Uno mi boca a su oreja y, en un tono netamente sensual, le digo:

—¿Te está gustando, cariño?

—Sí… ja…más pensé que esto …ufff… estu..viera tan bueno…aghh

Ante la evidente muestra de satisfacción, busco la complicidad de Ramón. Como es habitual en él, vuelve a sorprenderme. Se ha puesto un profiláctico y echa sobre él un chorreón de gel lubricante.

Antes de que pueda siquiera asentir o negarme a lo que se propone hacer, Ramón se coloca tras de mí y, de una forma que se me antoja falta de delicadeza, introduce su vergajo en mi esfínter. Dilatado como estoy, el vigoroso mástil atraviesa mi recto sin dificultad.

Ramón permanece inmóvil y aprovecha la inercia de mis movimientos de cadera para penetrarme con más intensidad.

Si JJ estuviera aquí,  seguro que me preguntaría: «¿Qué tal sienta ser la loncha de jamón del Sándwich?» Yo callaría, pero mi silencio le otorgaría la respuesta.

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Con una mano acaricio el pecho de Iván, el cual parece explotar de la emoción, con la otra toco el trasero de Ramón, como si quisiera que su cuerpo se uniera al mío de forma simbiótica. «¿Por qué será el sexo tan bueno?»

Sumido como estoy, en el suave traqueteo, no percibo que la respiración de Iván se vuelve más agitada. Agitación que culmina con un pequeño grito de Iván:

—¡Joer pare! ¡Qué gusto! ¡Aggg….!

Ante la clara evidencia de que había alcanzado el éxtasis, me salgo de su cuerpo y Ramón hace lo tanto conmigo. Iván tras zafarse de mi abrazo, se vuelve y nos muestra la tremenda mancha blanca que empapa sus dedos y la parte alta de su pelvis.

—¡Me he corrio como una perra! ¡Y sin tocarme siquiera!

Observo detenidamente su cara de niño malo, en sus negros ojos hay un brillo que nunca he visto. Si sus palabras dicen lo bien que lo ha pasado, su mirada no hace más que corroborar esta afirmación.

No puedo evitar darle un beso, al poco se nos une Ramón. Por enésima vez, nuestros cuerpos vuelven a unirse como si fueran engranajes de una misma pieza. Mientras nos acariciamos, besamos y rosamos nuestra piel, Iván comparte con nosotros los efluvios de su cuerpo. Al poco, tanto mi amigo como yo, estamos impregnados de la pegajosa sustancia.

—¡Quillo, estás hecho un toro! —Dice jocosamente Ramón —. Nos has puesto perdido a los dos.

—Si es que os gusta más un roce que una dinamo—Responde el mecánico sonriendo satisfactoriamente.

—Pues me parece que no va a haber más remedio que ducharse otra vez —Digo pasando mi mano a lo largo de la espalda de ambos.

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Bajo la ducha, mientras nuestra piel se limpia de las huellas del placer, nuestros cuerpos se entrelazan en un rimero de caricias. Nos besamos mecidos por un sentimiento, amalgama de deseo, lujuria y también, porque no decirlo, de cariño.

Hay un momento, en el que mis dos acompañantes se besan olvidándose un poco de mi presencia. Los observo  y la imagen de dos machos como ello se me antoja enternecedora y perturbadora por igual. Mas, apenas puedo disfrutar del espectáculo, pues Ramón tira suavemente de mí para que me una a ellos en un asombroso beso a tres.

El placentero momento, es interrumpido (¡cómo no!) por Iván, que de repente aparta sus labios de los de Ramón y de los míos, para decir con absoluta perplejidad:

—Pero al final, Mariano… ¿Tú no te has corrio?

Lo miro, hay tan poco recato en sus palabras como nobleza en su mirada. Le toco la mejilla dulcemente y le digo en un tono tranquilizador:

—No te preocupes, me lo he pasado estupendamente. ¡Mejor que en mucho tiempo!

—¡Eso como va se! Poli, ¿se te ocurre algo para que aquí al compadre no le duelan después los huevos?

En el rostro de Ramón se pinta un gesto que roza lo maquiavélico, tras quedarse unos segundos pensando, lanza una espontánea pregunta:

—¿Dónde tienes el juguete que yo te regale?

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Concluirá en: Con dos machos empotradores.

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