Mis amantes se hacen colegas

Un trío de ensueño

Segundo episodio

Volver de las vacaciones nos suele deprimir un poco,  la consabida rutina nos suele maltratar emocionalmente. A falta de  prescripción facultativa, este año me he auto-medicado contra la depresión pos-vacacional, dicho tratamiento tiene cuerpo de hombre: Iván, mi mecánico particular. Lo que yo no sabía es que la dosis  de macho a tomar sería el doble de la indicada en el prospecto. Pues estando casi en pleno “repasito” con el brutote del mecánico, apareció mi amigo Ramón.  Y en lugar de marcharse, acepto la descarada invitación de Iván: « Por mi te puedes quedar con nosotros… Si no le importa al amigo Mariano» . Y yo que quieres que te diga… aunque no me hacía mucha gracia la idea en un principio, al final he terminado encantado de la vida. Máxime, cuando tras un impresionante polvo, mis dos estupendos sementales me dijeron entre risas que aquello solo acababa de empezar.

Al mismo tiempo que  preparamos unas tapas y algo para beber, mi amigo Ramón no puede reprimir hacerme un comentario sobre el gañan de Iván.

—¡Es bastante salao tu amigo!

—Sí, a mi me desconcierta cada vez que abre la boca. No sé si está hablando en broma o es que no da para más…

—Se ve buena persona…

—No, no es malote, sino todo lo contrario. Un poco bruto, eso sí… De otro modo, por mucho que me gustara, no hubiera repetido con él.

—¡Está visto que hoy al  programa  “Salsa Rosa” le han adelantao la hora! — El que así habla es Iván, quien con su desparpajo habitual, interrumpe la  conversación — ¡Pero no se corten, los señores, sigan cotilleando! Pues a mí me da igual, si como decía Picasso: «Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien.»

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—¡No fue Picasso, fue Dalí! — Mi tono al rectificar a Iván es el del niño  repelente que  lo sabe todo, todo, todo….

—¡Qué más da, yo sabía que un pintor  de esos raros era!

La desfachatez con la que suelta esto, unido al hecho de que, al igual que nosotros, se encuentra con las vergüenzas al aire, le da al momento cierto aire surrealista. Los tres nos miramos y, sin decir palabra alguna, soltamos una bien merecida carcajada.

Desde que conozco a Ramón, siempre ha tenido una estrategia para romper el hielo con las nuevas amistades: contar un chiste. Lo cierto es que independiente de la calidad del chascarrillo, su objetivo de romper con una situación tensa, es alcanzado de largo.

—Mariano ¿Sabes el último?

—Depende de lo último que sea —Contestó, abriendo las puertas de par en par  a su ocurrencia.

—Tras un Congreso Europeo de Ingeniería —Ramón comienza su pequeña narración, impregnando de  teatralidad y expectación a sus palabras, con el único fin de llamar nuestra atención. Cuando comprueba que lo ha conseguido, prosigue a un ritmo calmado y enfatizando todo lo que dice —, en un restaurante alemán,  hay tres ingenieros: uno francés, otro alemán y un español. El español se dirige a los otros dos, en un perfecto y correcto alemán y les dice: ¿Qué van a tomar los señores?

Una prolongada pausa nos indica al mecánico y a mí, que el chiste ha finalizado. Medito un momento y tras captar la sutileza y el mal intencionado mensaje, no puedo reprimir sonreír por unos segundos.

Por el contrario, Iván no ha pillado el sentido de humor del policía  y durante unos segundos su rostro refleja una mueca de extrañeza.

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—¡Y ya está!¡Pues vaya porquería de chiste!—Esto último lo dice sonriendo por debajo del labio y con el único afán de mofarse de Ramón- ¡Poli, tú sigue dedicándote a meter “chorizos” en la cárcel o lo que sea que hagas! Pero, por favor, ¡No cuentes más chistes!

Mi amigo responde con un gesto burlesco al cariñoso ataque del mecánico. Después los tres nos miramos y   sonreímos.

A pesar del pequeño “desencuentro” humorístico entre mis  dos amantes. Mientras devoramos la improvisada merienda, sucede algo que ni en mis mejores sueños creería que podía suceder: Iván y Ramón hacen buenas migas. Y prueba palpable de ello es la distendida conversación que entablan. Hay tanta complicidad entre ambos que por un instante, en vez de sentirme la guinda del pastel, me siento el tercero en discordia. Bueno, no tanto, porque el tema principal de la conversación soy yo.

—….si a mí me dicen que iba a disfrutar tanto haciéndolo con un tío hace un par de años, no me lo creo —Quien así habla es Ramón.

—A mí me pasó lo mismo, pero es que aquí el “colega”, con la cara de no haber roto un plato que tiene, es un monstruo en la cama. ¿A ti te ha comio er mojino? —Ramón asiente ante la pregunta de Iván — Entonces no hace falta que te diga na…. ¡Joer, a mí me lo ha hecho y cada vez que me acuerdo me pongo palote! ¡Fíjate, pare, na ma que de pensarlo! — Al decir esto último el mecánico, señala su entrepierna donde se puede apreciar como su vigoroso martillo empieza  a endurecerse.

—Pues si quieres ahora cuando terminemos con el “piscolabis”, nos lo puede comer a los dos —Dice Ramón con una naturalidad que me sorprende hasta mí. Si la cara dura se transmitiera por un virus, pensaría que Iván  se la había contagiado.

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—Algo tendré que decir yo al respecto — Mi voz aunque intenta sonar enfadada, no puede ocultar lo mucho que aquello me agrada.

—¡Anda ya! ¡Si estas deseando! —Me contesta, gesticulando mucho y en tono burlesco mi querido Ramón.

Lo que me encuentro al volver de la cocina, es una escena tan excitante como surrealista: mis dos acompañantes  de rodillas sobre el sofá y sacando  su pompis hacia fuera. Iván le tiene el brazo echado sobre los hombros a Ramón, este le cuenta algo al mecánico, quien está “descojonado” de risa.

Una vez perciben mi presencia, los dos atractivos machotes dejan las bromas y se pone muy serio. Se miran, en el plan de “se lo dices tú, se lo digo yo” y, después de una discusión silenciosa, Ramón se dirige a mí con una encantadora sonrisa:

—Marianito, aquí el amigo Iván y yo tenemos una pequeña discrepancia. Él dice que su culo te gusta más y yo insisto en que  es el mío. Así que nos hemos hecho una pequeña apuesta…

Tras poner la cara de mayor perplejidad que tengo, respiro hondo y digo con una voz ronca y apagada:

—¿Estáis hablando en serio? —Cuando veo como al unísono mueven la cabeza, mientras se abrazan riendo, continuo diciendo —.Pues a Iván lo puedo entender, pero tú me conoces mejor que la madre que me ha pario y sabes que, ante este tipo de decisiones, yo suelo ser un poco salomónico…

—Pues pare te conviene elegir a uno. ¡No te vas a arrepentir! —Argumenta Iván con su natural descaro.

Practicar sexo con Ramón, siempre es una sorpresa agradable. Pero la complicidad que está empezando a tener con el mecánico me está desbordando. Los miro y una sensación de extraña felicidad me invade por completo. Parecen dos enormes niños, cuya única preocupación es pasarlo bien conmigo. Así que dejo aparcado mis absurdos perjuicios y me dejo llevar.

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No sé si te ha pasado alguna vez, pero en este preciso instante, me siento como una marioneta movida por los hilos del destino. No es que nadie me esté obligando a hacer nada, ni mucho menos. Pero el momento me supera de largo. Podía optar por recapacitar fríamente lo que está pasando y detener los acontecimientos antes de que se complique más la cosa. Mi reacción es completamente opuesta, en vez de apagar el fuego, hecho más leña.

—Pues no voy a tener más remedio que comprobar el género minuciosamente —Mi voz está repleta de una total sorna.

Me agacho ante los dos hermosos traseros, los cuales mis ocasionales amantes mueven de manera impúdica. Poso una mano en cada uno de ellos, es sentir la dureza de ambos bajo mis dedos y mi polla empieza a despertarse de su corto letargo.

Cuando argumenté lo de la solución salomónico, no lo dije por salir del paso, sino porque es realmente lo que siento. Tanto quien  me hace el amor, como quien me da los “repasitos”, me gustan físicamente por igual, pero como ignoro qué demonios se traen entre manos. Elijo a Ramón, en quien confío  más y de lejos.

Coloco mis dos manos sobre el trasero de Ramón, y con el mismo tono efusivo que Penélope Cruz dijo aquello de  ¡Pedroooo!, en la entrega de los Òscar.  Yo me dejo caer con un: “¡Raaamón!

Aún no he acabado de apartar con los dedos, los pelos que pueblan su orificio. Cuando veo que Iván se  incorpora ante Ramón, blandiendo su ya erguida verga ante el rostro de éste. Lo que acontece a reglón seguido, me deja patidifuso: mi amigo comienza a chupar el nabo del mecánico.

A pesar de que ardo en deseos de lamer el peludo ano que tengo ante mí. La perplejidad me ha agarrado tan fuerte que no puedo apartar los ojos de la cabeza de mi amado Ramón, quien de una manera natural se introduce la herramienta de Iván en la boca. En principio, posa sus labios sobre el rojizo glande, impregnándolo de  su caliente saliva, la cual fluye por todo el tronco hasta los huevos. Observo como sus pómulos se contraen, succionando la cabeza del esplendoroso mástil de carne. Una vez se la introduce hasta el fondo, la saca de golpe y me dice:

—¿Marianito, tú no tienes nada que hacer? ¿O te vas a quedar toda la tarde ahí mirando?

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La afectuosa reprimenda de Ramón, hace que salga de mi ensimismamiento y a pesar de que el voyerismo nos proporcione un agradable placer, yo en el sexo, como en los deportes, prefiero practicarlos, a ser un mero espectador.

Sin dejar de mira por el rabillo del ojo el excitante y sorprendente espectáculo, hundo mi lengua en la rugosa y caliente hendidura. Es únicamente rozar mi paladar sobre la sensible piel y de los labios de mi amigo salen unos prolongados suspiros.

A cada lametada que doy, un agradable sabor amargo impregna mis papilas gustativas. Entregado como estoy al disfrute, agarro fuertemente los peludos glúteos y hundo mi lengua hasta el fondo del ardiente orificio. Lo debo estar haciendo muy bien, pues Ramón se ha sacado la polla de Iván de la boca y me azuza con palabras soeces, que  viniendo de sus labios, me resultan hasta hermosas.

Hay un momento en el que dejo de oír su voz, interpreto que el mecánico lo ha callado, dándole otro uso a su boca. Aunque la curiosidad me reconcome, no estoy dispuesto a sacar mi cabeza de donde la tengo. Es tanto lo que estoy disfrutando, que me siento como si estuviera en un sueño del cual no quiero despertar.

Hundo mi nariz en el pliegue intermedio de los peludos glúteos, apenas empiezo a disfrutar de los efluvios de mi potente macho, cuando éste me hace un gesto, indicándome que me retire.

Al poco, cambia de postura, dejando a mi alcance su enorme e enhiesta porra. Veintitrés centímetros de carne palpitante, pavoneándose ante mi mirada. No me hago de rogar  e introduzco el enorme trozo de virilidad entre mis labios.

Mientras disfruto del delicioso sabor del miembro de Ramón, el brutote del mecánico baja del sofá y se agacha tras de mí. Una vez allí, empieza a acariciar mi culo. Un placer inmenso me invade al sentir como sus encallados dedos pasean por mis posaderas, deteniéndose en la parte central y buscando la deseada grieta.

—¡Iván! ¡Eres más bruto que una mula! —Grito al percibir como sin lubricación, ni dilatación alguna, intenta meter dolorosamente un dedo en el interior de mi esfínter.

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—¡Quillo! ¡A ver si te vas a cargar el invento! —Dice Ramón con cierta guasa.

—Perdona Mariano —Contesta  un poco preocupado Iván —¿No te habré hecho daño?

—No, pero será mejor que vaya por el kit “folla seguro y contento” —Le contesto, a  la vez que me pongo de píe.

Unos minutos después vuelvo con dos cajas de preservativos y un bote de crema dilatadora. Si pensaba que aquella pequeña pausa iba a enfriar un poco el erotismo del momento, no podía estar más equivocado. En mi ausencia, Ramón e Iván se han puesto a pegarse un majestuoso morreo, mientras sus manos acarician la polla del otro. Me dan ganas de carraspear y romper el apasionado momento, en cambio, hago un gesto pidiendo permiso y me coloco entre los dos, iniciando con ello un beso a tres bocas tan placentero como complejo.

No sé cómo, pero hay un momento en que cambio los labios de mis dos buenos machos, por las tetillas de Ramón. Adornadas  como están por una suave selva de vellos, se presentan como dos duras prominencias ante mis dedos y mis labios.

El circuito por el cuerpo de Ramón acaba en la montaña de su entrepierna. Observo fugazmente su capullo morado y, sin dilación, me introduzco todo el esplendoroso miembro en mi cavidad bucal. Unas débiles lágrimas escapan de mis ojos, pero no hay ninguna tristeza en mí. No sé qué será la felicidad completa, pero en la mía no deberían faltar momentos como este.

Iván vuelve a agacharse junto a mí, por el ruido que hace, sospecho que se está echando lubricante en los dedos. Segundos después mis sospechas se confirman, al sentir el contacto del gelatinoso líquido contra mi ano.

—Mariano, si te hago daño me lo dices… —Las palabras de Iván, del mismo modo que todo en  él,  están cargadas de una ruda nobleza.

Me saco de la boca  momentáneamente la vigorosa bestia de Ramón y le digo:

—No te preocupes, con la crema seguro que no me haces daño.

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La verdad es que el mecánico siempre ha sido muy considerado, no sé donde habita la ternura dentro del cuerpo de aquel brutote. Pero las dos veces que hemos practicado sexo, su forma de tratarme, fue  tan pasional como delicada.

Al mismo tiempo que envuelvo el carajo de Ramón entre los pliegues de mis labios, siento como suavemente el anular de Iván traspasa, poco a poco, la entrada de mis esfínteres. Un pequeño dolor recorre mis entrañas, pero sobrepasado el primer anillo, esta sensación se vuelve agradable.  El mecánico comprueba satisfactoriamente como mi agujero acoge plenamente su dedo, por lo cual,  considerando que mi hoyo está preparado para albergar algo más, introduce dos dedos al unísono, provocando en mi un inmenso placer.

Si pudiera detener el tiempo en este momento lo haría, pues si no fuera suficiente con la satisfacción que me produce el mecánico con el trepidante mete y saca de sus dedos, le tengo que sumar el gozo de saborear la masculinidad de la porra de Ramón.

Es tanto el frenesí del momento que unas gotas de líquido pre seminal escapan de mi erecto pene. Por un momento estoy a punto de sucumbir a tocarlo para extraer, por completo, el jugo de mis testículos. Pero no quiero acabar precipitadamente con un momento, que sabe Dios, cuando podrá volver a repetirse. Si es que alguna vez lo hace.

De repente, los rudos dedos de Iván dejan de horadar en mi interior. Lo siguiente que escucho es la voz de Ramón, que a modo de advertencia le dice:

—¡Quillo, esos no que son los míos!

—¿Qué son distintos?  —Pregunta atónito el atractivo gañan, quien tiene una caja de preservativos en la mano.

—Son más anchos y si te los pone te van a molestar.

—Es verdad, pare,  es que  lo que tú tienes por polla,  ni los mulos de mi pueblo.

—¡No es para tanto! —Responde Ramón con un atisbo de falsa modestia.

—Por cierto, ¿tú a Mariano se la metes o únicamente se limita a mamártela?

A pesar de que no quiero parar de chupar la polla de Ramón, la imprudente pregunta del mecánico hace que no pueda contener una carcajada, por lo cual no tengo más remedio que sacarme el caliente trozo de carne de la boca.

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Ramón está a punto de  dar una  respuesta a la indiscreta pregunta, pero ahoga ésta en su garganta, al percibir que yo me vuelvo para contestarle.

—No, a mí no me la mete. ¡Qué va!…  La caja de preservativos de su talla la tengo por si me quedo sin globos en la fiesta de cumpleaños, ¡no te digo! —Mis sarcásticas palabras aunque acompañadas de una sonrisa, no dejan de tener cierta chulería.

—¿Entonces…? Sí…—El gesto de Iván se mueve entre la incredulidad y la sorpresa.

—Si quieres verlo, lo único que tienes que hacer es abrirle un poco el camino —Le digo, cargando mis palabras de una morbosa sensualidad.

Los ojos del descarado mecánico parecen querer salirse de sus cuencas ante mi provocación. Sin dilación alguna, saca un preservativo de su envase y envuelve su herramienta con él. Cuando me quiero dar cuenta, siento como el caliente mástil intenta derribar las defensas de mi recto, pero sin éxito. Sin dejar de saborear el venoso tronco del carajo que tengo ante mí, alargo la mano hacia la polla de Iván y la pongo en la dirección correcta. Este al sentir como un pequeño camino se abre ante él, empuja suavemente hasta terminar de introducirlo.

¿Cuántas veces había soñado esto de sentirme atravesado por dos pollas a la vez?  Pero lo que nunca pude llegar a imaginar que estas serían las de Iván y Ramón, quienes  respectivamente para mí, representan la pasión y el amor que tanta  falta le hacen a mi vida.

Una vez el mecánico, comprueba que su miembro entra con facilidad en mi esfínter, empieza a embestir contra mí como si estuviera poseído.

Yo, por mi parte, me dejo llevar por sus acompasados envites y sigo chupando el enorme carajo de Ramón preso de una ferviente pasión.

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Sentir como el mecánico conduce su verga a través de mis esfínteres, me hace recordar lo bien que practica el sexo el endiablado brutote. Si a eso le sumamos  el agradable efecto que me produce el tener el miembro de Ramón ocupando mi cavidad bucal en toda su dimensión. No sé cómo se estará en la gloria, pero debe ser algo muy parecido.

La sincronización de los tres cuerpos, asemeja nuestros movimientos a una extraña maquinaria, de la que yo soy su engranaje central, soportando todo el placer que mis dos buenos machos me quieren dar.

De repente Ramón, hace un gesto a Iván. Con la cabeza entre sus piernas, apenas puedo visualizarlo. Sea lo que sea que le haya indicado. El mecánico deja de penetrarme. A continuación, Ramón aparta suavemente mi cabeza de su cipote y se levanta.

—¿Dónde echo esto, pare? —Mme dice Iván mostrándome el condón que se acaba de quitar.

—En el cenicero, ya después lo limpio —Mientras  contesto, observo a Ramón, quien ya se ha puesto un  preservativo y se echa un buen chorro de lubricante sobre él. Por lo que se ve, es la hora del cambio de turno.

Ver sentado a Iván con las piernas abiertas y la polla mirando al techo, se me antoja de lo más delicioso. Y es que el follar es como  el rascar… todo es empezar.

Me inclino ante sus potentes piernas, mientras lo hago  no pierdo la ocasión de acariciar con avidez sus peludos muslos. Busco la mirada de Iván, el brillo de sus nobles ojos me dice que está disfrutando del momento tanto como yo. Agacha la mirada, se muerde el labio levemente, a la vez que  abre más sus piernas, mostrándome con mayor exactitud el manjar de su entrepierna. Accediendo a su silenciosa petición, cubro su cabezona polla con el calor de mis labios.

Al mismo tiempo que hago disfrutar a mi apasionado mecánico de las delicias del sexo oral, tras de mí,  Ramón comprueba de motus propio lo dilatado que he quedado tras la intensa follada. Al no ver ningún impedimento, coloca su enorme porra a las puertas de mi recto y empuja su cabeza  hacia mi interior.

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Disfruto del dolor causado por la irrupción del inmenso misil en el pozo de mi esfínter. Sobrepasado el primer momento, la molesta sensación se convierte en el mejor de los placeres. Una vez acomoda su verga, Ramón se empieza a mover con ímpetu. Es tanto el gozo que me está regalando, que de vez en cuando tengo que sacarme la polla de Iván de la boca y lanzar unos merecidos quejidos de satisfacción.

Sorprendentemente, siento la  mano del mecánico pasando a través de mi perineo:

—¡Hasta los huevos pare! ¡Pues sí que dilata el culo del “gachón” este! —Dice al comprobar que mi amigo me ha metido su enorme cipote hasta su base.

—¡Quillo, déjate de “mamoneo” que nos desconcentras! —Contesta Ramón dándole un cariñoso manotazo en la mano, sin interrumpir su sensual movimiento de caderas.

Yo por mi parte, no puedo contener una pequeña carcajada, por  cual me tengo que sacar su polla de la boca. ¡Si lo que no se le ocurra a Iván!

Con su miembro posado en uno de mis cachetes. Levanto  momentáneamente la mirada y busco su rostro. Éste reboza nobleza y golfería por igual. Es como un niño travieso por el que no puedes de dejar de sentir cariño.¡ Hasta me podría enamorar de él ! Si no lo estuviera ya de Ramón.

Vuelvo a meterme de nuevo su apetitosa y caliente herramienta en la boca y me dejo llevar por los movimientos de Ramón contra mis glúteos.

Tanto frenesí pongo en mis labios que unos minutos después Iván me tira de la cabeza hacia detrás y agarrándose el miembro de forma compulsiva, deja caer unos calientes chorros de leche sobre mi rostro. El rosado capullo sigue goteando esperma, mientras la mancha blanca resbala por uno de mis pómulos.

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Ramón al ver como el mecánico llega al clímax, acelera el ritmo y tras unas cuantas salvajes envestidas,  saca su polla de mi esfínter y arrojando descuidadamente el condón al suelo, derrama su esperma sobre mi zona lumbar.

—¡Mariano, creo que no vas a tener más remedio que ducharte otra vez! —Me dice Ramón tras recuperarse un poco del tremendo polvo que acaba de echar.

—Pues sí, porque estáis hechos unos gorrinos los dos —Aa la vez que digo esto sonrío pícaramente.

Poco después bajo el agua de la ducha,  intentando compartir entre los tres el estrecho espacio, nos fundimos en un apasionado abrazo.

Al mismo tiempo que fundo mis labios con los de Ramón, Iván acaricia sensualmente mi espalda. De repente, el mecánico interrumpe el fogoso beso, diciendo algo en su tono característico:

—¡Oye Mariano! ¿Tú no te has corrido?

—No te preocupes, ahora lo acaricio yo mientras se masturba —Contesta Ramón despreocupadamente.

Iván guarda unos segundos de silencio y,  tras hacer unos extraños gestos, suelta algo que nos deja a Ramón y a mí  atónitos.

—¿Tú estás tonto poli? ¿Cómo se va a correr el muchacho haciéndose un pajote con los dos buenos culos que hay aquí a su disposición? —Al terminar la frase se agarra fuertemente uno de sus glúteos con  una mano y pega una cariñosa cachetada en uno de los de Ramón.ENHt1mhWsAE8dfV

Continuará en: Heteros curiosos pasean por la otra acera

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