Amor en venta (Nueva versión mejorada)

Cuando la luna tanto tiempo

 Ha estado mirando hacia abajo
En los caminos descarriados

 de la ciudad descarriada

Martes  18 de Marzo  1997

Berto(Tras concluir la performance del venezolano y el coreano)

El actor  que hacía de empleado abandonaba apresuradamente  el minimalista escenario,  en su expresión se marcaba la urgencia de  salir de allí en cuanto antes.  Lo que menos deseaba en el mundo es que   la inspiración divina tocase de nuevo a Larry  Lagüe  y se viera obligado a  soportar otra cabalgada del venezolano.

Por su parte,  Viktor  Napol se volvía a poner su ropa de ejecutivo. Un orgullo arrogante se pintaba en su rostro. Consciente de que la mayoría de las miradas se posaban sobre él, intentó lucirse en aquel striptease a la inversa.   Se subió los pantalones, se metió la camisa por dentro y, tras embotonar con  cierta parsimonia la bragueta, se abrochó el cinturón.

Conforme a  los cánones del porno ejecutivo más exquisito, lucia una exquisita y cara ropa de diseño. Un traje negro con rallas azules muy finas, una camisa blanca y una corbata de fantasía en tonos azules.  Una vestimenta de la que no se había desprendido en ningún momento  a la hora de follar,  desnudando su cuerpo lo estrictamente necesario.  

Con su vanidad alimentada por la expectación que despertaba cada uno de sus movimientos,  se metió la mano en la bragueta. Con cierto exhibicionismo, se colocó la polla bien. El bulto que se le marcaba bajo la  delgada tela del pantalón, sugería que  su erección no había bajado en lo más mínimo.

A continuación se recompuso meticulosamente la vestimenta. Daba la impresión  de que aguardaba una  nueva visita y quisiera causarle una buena impresión.  Una vez comprobó que su aspecto era el idóneo, volvió a ocupar su asiento tras la mesa de su despacho.

Durante unos segundos el adonis con barba se desperezó y comenzó a hacer girar el sillón sobre el que estaba sentado, con cierta dejadez. No podía reprimir mostrar su satisfacción por lo ocurrido con el joven coreano.

Berto se preguntó cuánto había de vicio  y cuánto de representación en la dramatización sexual que acababa de presenciar. No se le quitaba de la cabeza que en aquella performance la improvisación había sido una gran protagonista y que, al actor que hacía de empleado, la dureza con la que lo habían empotrado lo había cogido un poco de sorpresa. 

En el mismo momento que el venezolano se disponía a llamar a su secretaria por el interlocutor,  en los altavoces de la pared sonó el contundente estruendo de una alarma.

Sin darle tiempo a los espectadores a asimilar lo que estaba sucediendo, dos individuos musculosos irrumpieron con violencia en escena. Una música propia de cualquier espectáculo deportivo, en el más puro estilo Lagüe, acompañó su inesperada entrada.

Por la cara de sorpresa del semental latino, estaba siendo víctima de una de las improvisaciones que tanto le gustaban al promotor del evento. El principal motivo por el cual pagaba más a sus actores que  los demás directores de la industria pornográfica, era que debían aceptar someterse a esas escenas que no entraban dentro del guion.

Los recién llegados eran bastante más altos y corpulentos que el actor porno. A Berto, por la forma de moverse,  le recordaron a los forzudos de los circos que había visto de pequeño.

Un vistazo  a los  dos hombres que parecían divertirse a sus expensas, le bastó al venezolano para descubrir que pertenecía a esa especie de individuos de los que siempre había permanecido apartado. Sujetos que rompen, achatan narices, revientan labios, arrancan dientes o destrozan rótulas sin mayores escrúpulos que él para reventar un culo.

Presumiblemente  fueran dos matones a sueldo  o, con un poco de suerte,  dos luchadores  de Pressing Catch. Dos ejemplares de machos por los que muchos de presente suspiraría , pero por  su forma animal de moverse y su desmesurada musculatura carecían  para él de atractivo alguno. Más que despertar su libido, rememoraban en él temores infantiles que creía olvidados.

Para preservar el secreto de  su identidad, cubrían su rostro con una máscara. Una del  Che Guevara y la otra de  Lenin. Ambos llevaban el mismo atuendo,   un mono gris. Estaba diseñado para recordar en la misma medida  a  la ropa de trabajo que a los uniformes de los soldados. Tenía mucho que ver con  la última  apreciación  su calzado:  unas botas militares negras de suela gruesa.

La indumentaria vanguardista cumplía su objetivo doblemente, llamaba enormemente la atención y era una provocación ideológica en toda regla.

Habían dibujado sobre ella, a modo  de collage y con colores chillones, la estrella gamada nazi, la hoz y el martillo comunista. Ambos símbolos  entremezclados de forma que el espectador no pudiera diferenciar dónde nacía uno y dónde moría el otro. Queriendo hacer ver que ambas doctrinas eran la misma cosa.

Antes de que Viktor  pudiera reaccionar mínimamente,  los dos voluminosos gigantes fueron a por él  y lo redujeron con una facilidad pasmosa, sin mediar ningún gesto o palabra previas.

Lo cogieron en volandas, arrastrando sus pies por el suelo. Daba la sensación que a pesar de su vigorosidad, el actor porno fuera un  débil pelele en sus fornidas manos.   Al llegar a una esquina del escenario, lo empujaron sobre una silla de madera y lo intentaron sentar sobre ella.  

El adonis barbudo en un principio se enfrentó  a ellos e intentó oponerse. Sin embargo, comprobó rápidamente que poco o nada tenía que hacer contra aquellas dos montañas de músculos. Por lo que tras tres o cuatro forcejeos,   consciente de que sus asaltantes lo superaban con creces, terminó rindiéndose a la voluntad de sus asaltantes.

Berto, en un principio, supuso  que todo aquello era una pantomima y que estaba pactado, en parte o por completo, al igual que el anterior numerito.

No obstante, ver como el asombro y el terror se pintaba en los ojos del venezolano, le llevó a pensar que todo aquello le había cogido tan de sorpresa a él como los espectadores. Algo más admisible  a que el semental latino hubiera aprendido a interpretar tras follarse salvajemente al joven coreano.

Tras cogerlo entre los dos por las axilas, los dos gorilas consiguieron que Viktor posara su trasero sobre el incómodo asiento. Mientras uno de ellos, el que lucía la cara de Stalin,  lo sujetaba fuertemente  por los antebrazos,  el otro lo ataba  al respaldar con una gruesa cuerda blanca.

En un principio, con la única intención de restarle movilidad,  cruzó con ella su tórax y sus extremidades superiores dibujando sobre su pecho con ella, una especie de equis. A continuación, rodeó  su cintura  y terminó haciendo un nudo marinero alrededor de sus manos.

Una vez se cercioró de que estaba debidamente atado. El Che envolvió sus tobillos con unas tiras adhesivas negras y rodeó con ella las patas de maderas. Unas cuantas vueltas de la cinta adherente, evidenciaron que tampoco podría mover los pies.

Para  Viktor aquello era un giro de ciento ochenta grados. Siempre había mostrado el rol   de  macho dominante, pero en unos segundos había pasado a ser la victima de aquellos dos  colosos enmascarados.

Incapaz de asumir el nuevo papel que se le había otorgado, seguía retorciéndose bajo sus ataduras y vociferando palabras mal sonantes. Sus esfuerzos eran en vanos, pues sus atacantes continuaban con su cometido, sin prestarle la más mínima atención. Más que una muestra de fuerza, parecía la pataleta sin sentido de un chiquillo que no conseguía salirse con la suya.  

Acto seguida,  quien llevaba la máscara del  gobernante ruso, se sacó del bolsillo delantero  un pañuelo de cuello del bolsillo y una bola negra. Esta última recordaba  por su forma a las del billar, aunque bastante más pequeña.

Como si se tratara de un mago intentando convencer a  su público que  no había ni trampa ni cartón, mostró abiertamente   a los asistentes los  dos objetos que tenía en la mano. Una vez comprobó que había captado por completo la atención de todos los presentes, miró fugazmente a su compañero.

En respuesta al casi imperceptible  gesto, el  de la mascara del Che tiró de los pelos de la nuca del actor porno, quien irreflexivamente  cedió a sus caprichos, abriendo la boca durante uno segundos. Tiempo suficiente para que Stalin encasquetara la bola de billar entre sus labios.

Tras cerciorarse de que el redondo utensilio  estaba debidamente encajado y que taponaba cualquier sonido que pudiera salir de su boca, procedió a  amordazarlo.

Durante un instante  los dos enmascarados  se jactaron de su victoria haciendo pomposos gestos. Una risotada  por parte de uno de ellos  fue el detonante para que los dos, echándose el brazo por los hombros, se pusieron frente a él y lo señalaban sin parar de carcajear.

Se notaba que eran nuevos en el negocio del porno, pues no sabían manejar la humillación para que resultara medianamente morbosa. Actuaban  con la maldad inocente de los niños cuando perpetraban una broma pesada y   se burlaban con gestos soeces del semental trajeado.

Tras una cantinela de insultos en su lengua natal, a Berto su acento le sonaba propio de algún país de la Europa del Este, comenzaron a tocarse el paquete. No había nada sexual en su actitud. Simplemente mostraban su preponderancia sobre la persona a la que estaban sometiendo a sus capricho.

Sin decoró de ningún tipo, el que iba de Stalin se metió la mano por dentro del mono y se sobó los  genitales con contundencia. Por el bulto que se le marcaba, no pareciera que estuviera ni ligeramente excitado.

A continuación, musitando un “Fuck you”, apretó la palma contra  la nariz del venezolano para que la oliera. Tal como si hubiera hecho una proeza propia de un adolescente descerabro, el otro se abrazó a él y vitorearon durante unos segundos su éxito.

Su compañero, se colocó delante de Viktor y prorrumpió  unos insultos en un inglés bastante ininteligible.  Se levantó la máscara ligeramente y, expectorando durante unos segundos para lanzar un gargajo,   le escupió en la cara. No contentó con ello,  extendió la pegajosa mucosidad por toda la parte del rostro que quedaba al descubierto.

Tras perpetrar  aquella vejación, miro al otro enmascarado con  cierta complicidad y deslizó   la cremallera del mono  desde la parte alta de su pecho hasta  dejar al descubierto su entrepierna. Sin dilación, se sacó la churra, aproximó su pelvis al tórax  de su víctima y, como si hubiera aguantado durante un buen rato las ganas de orinar, comenzó a regarlo.

Mientras el caliente liquido amarillo inundaba su rostro y su pecho,  los ojos de Viktor parecían querer explotar del asco.  Incapaz de pronunciar queja alguna, una  furia inútil reinó en su rostro y cualquier vestigio de su fortaleza se fue borrando bajo un manto de absoluta impotencia.

Cuando vació el contenido de su vejiga. Stalin guiñó un ojo al otro forzudo. Aquel gesto fue el acicate que necesitó para desnudar su torso y, al igual que su colega de fechoría, empapó con una copiosa cantidad de meados  al venezolano.

Viktor se había rendido ante la fortaleza de sus atacantes y soportaba impasible las humillaciones. Todo el vigor que emanaba unos minutos antes, había desaparecido bajo el brutal atropello del que estaba soportando.

Una vez la última gota de orín se derramó sobre él, sus opresores  se lanzaron una mirada cómplice y volvieron a esconder sus genitales bajo el uniforme de diseño. Sin florituras de ningún tipo, dieron por terminada su actuación y se marcharon.

No habían acabado de desaparecer por lo que parecía la puerta del despacho, cuando su presencia en escena  fue sustituida por Lagüe. El pornógrafo se había situado en el centro de la falsa oficina  y, a modo de jefe de pista, volvió a anunciar el siguiente número con su habitual discurso  sobreactuado.

—El mundo del sexo es una jungla. Un habita salvaje donde cada depredador tiene alguien  que está por encima de él en la cadena trofica. Alguien  capaz de someterle a sus caprichos más oscuros.

» Todos hemos visto como el jefe ha subyugado a su empleado. Cuando pagamos un sueldo por un trabajo, nos creemos poderosos ante esa persona  que está a nuestro servicio. No pocas veces desahogamos nuestro mal humor con ellos y, por mero capricho, lo humillamos con la única intención de alimentar nuestro ego.

» No obstante,  el mundo de los negocios es demasiado  voluble. Tan a merced de los mercados, de las extravagancias de dictadores dementes y movimientos extremistas de la política.  Tanto mayor es el  poder  que ostentamos, mayores son los miedos que cultivamos ante la posibilidad de perderlo.

»  Un día puedes ser un tiburón, al otro día una presa insolvente y estar a   merced de la austeridad  y tener que recortar en gastos  para poder sobrevivir —No había concluido la frase y el promotor sexual había sacado unas afiladas tijeras de su bolsillo.

 Haciendo uso de su habitual dramatismo exagerado, las acarició desde la punta  hasta  la base. Tocando su empuñadura como si fueran los testículos de un enorme falo. 

—En el siguiente juego erótico —Prosiguió sin dejar de pasar la yema de  sus dedos por la afilada punta—,cualquiera de los presentes podrá participar y el ganador podrá disfrutar del cuerpo de mi querido Viktor…

Como si fueran niños a los que le acababan de mostrar una caja de pasteles deliciosos, casi una veintena de los presentes, deseosos de intervenir en lo que se preveía una performance de lo más jugosa, dieron un paso al frente.  

—Sin embargo,  no todo son buenas noticias. Debido a unas cláusulas de su contrato y. dado que no tengo ninguna ganas  de visitar  los tribunales para pagar una cuantiosa indemnización, nuestro bellezón latino   únicamente podrá ejercer el rol de  activo. —Hizo una pausa al hablar, como si necesitará explicar los motivos de este inconveniente —. Seguramente la zorra   malfollada de su  recién estrenado manager tenga apalabrado su desfloración sexual con alguna productora y así poder sacar una pasta adicional. Algo que no tiene nada de excepcional, pero que los fan del porno gay ven como algo novedoso y único.  

»La inmensa mayoría de  los actores del porno, por mucho que sus perfectos físicos despierten nuestra libido, son personas de clase baja. Individuos  con poco escrúpulos, muy ambiciosos y con una vanidad exagerada — Su tono de voz resultaba de lo más insultante e irrespetuoso.

 Una insolencia que estaba fuera de lugar,  máxime cuando estaba rodeado de estrellas del cine para adultos. Unos individuos con un caché y prestigio  que, en la mayoría de los casos,  no veían ninguna razón para tener que soportar aquella desfachatez por su parte.

Aun así, como pagaba mejor que ningún otro productor, prefirieron callar y averiguar que pretendía encadenando tantas obviedades en su soliloquio.

—Indiscutiblemente los caza talentos de la  industria no los escoge por su coeficiente mental, ni por su saber estar, ni su educación. Los selecciona por  su belleza, sus rostros fotogénicos y sus esculturales cuerpos. Pero después hay una segunda criba en la que  se estudia si sus características físicas se adaptan más a los estereotipos de un rol u otro.

» Esto se hace en base a unos parámetros y directrices y, en un negocio que mueve tanto dinero como la pornografía, se estudia minuciosamente cada dólar que se invierte. En algunos casos hasta se utiliza complejos algoritmos para, de acuerdo a las características de los individuos, clasificarlos para un cometido u otro.

» Y aunque sé que la mayoría de los presentes no se perdería si utilizó un lenguaje técnico y rebuscado,  a groso modo la clasificación responde a unos cánones muy simples.

» Si  parecen machos salidos de un taller  mecánico con polla tamaño XL, se les coloca la etiqueta de macho alfa. Si son delgados y con rasgos delicados, su único futuro en el  porno gay pasa por  tragarse  enormes pollas por su boca y por su culo. Si son proclives a una doble penetración, tienen un futuro más que asegurado en la industria.

» Las dobles penetraciones, valga la redundancia, cotizan al doble. Si  tienes un culo tragón y eres una estrella de primera fila, tipo Juanito Rápido, todos los grandes de la industria van a querer trabajar contigo por tu número de visionados.  Si no eres demasiado ambicioso, te puedes retirar a lo grande. Con el culo destrozado, pero con muchos ceros en tu cuenta bancaria.

»Aun así, son pocos los pasivos que llegan a lo más alto. Y es que los gay, haciendo alarde de una modernidad absurda, presumimos de ser  muy liberales y transgresores,  de estar a la vanguardia de la sociedad, pero no es así. En el fondo estamos cortados por el mismo patrón machista y convencional de todos los hombres.

»Es un problema educacional, sobre todo.  Desde muy pequeños, nos han inculcado que tengamos  nuestras etiquetas de lo femenino y de lo masculino. De lo poderoso y de lo débil.

»Algo que en los últimos tiempos, en pos de una transversalidad que no termina de llegar nunca e irrita constantemente a otros tantos, está cambiando tanto en los círculos LGTBI, como en la industria pornográfica. Cada vez se ven más películas que huyen de los estereotipos de activo y pasivo, mostrando la versatilidad como la única opción posible.

»Pues no nos confundamos y llamemos a las cosas por su nombre. Muchos de los que trabajamos en la industria presumimos de ser unos artistas, creadores de fantasías y no sé cuántas bobadas más. Pero estamos atados de pies y manos, por nuestros inversores. Cualquier innovación que no sea asimilada por el público, supone millones de dólares tirados a la basura.

»No tener éxito continuado con tus producciones puede acabar cerrándote el grifo de la financiación. Con lo que se acaba cualquier posibilidad de hacer arte y de dar rienda suelta a la creatividad.

»  La industria del porno es un enorme negocio. Una vaca con una teta muy gorda de las que muchos chupan. Productores, directores, managers… En la que los actores, quienes exponen su intimidad  ante las cámaras y cara visible para el gran público, son un engranaje más, pero no el más importante. Unas  marionetas  en manos de quienes realmente se enriquecen con su esfuerzo y la venta de su privacidad.

He pasado por el torbellino del amor

Conozco todo tipo de amor

Sabado 18 de Mayo 2002

El Bomboncito (12:50 Después de la salve rociera en la casa de Berto)

Seguía todavía cachondo a más no poder. No tenía demasiadas oportunidades en su día a día de  poder tener sexo con hombres y saber que el propietario de la casa para la que estaba trabajando, era un vicioso en toda regla, le estaba daño  un morbo del quince.

Miró de nuevo a la camarera tetona. No tendría más de veinticinco años, pero ya, por su forma de mirar y contonearse, se intuía que le gustaba la carne en barra. Era obvio que no quería   un hombre para toda la vida, sino uno que estuviera bien dotado y que la empotrara bien.

Que la tía estuviera bastante buena, no cambiaba el hecho de que fuera su premio de consolación. A Miguel lo que realmente le apetecía era montárselo con aquel grupo de viciosos. Darle de mamar a todos y clavársela hasta los huevos. Físicamente le atraían menos que la rubia, pero su experiencia le decía que los maricones, por muy puta que fuera una tía, la mamaban bastante mejor y un culo apretadito, daba tanto placer como un buen coño.   

No le sorprendió lo más mínimo  que después de meterse en un cuarto para comportarse como dos adolescentes salidos, el Señor Berto y su amigo, Enrique, actuaran como si tal cosa.

Era lo que más le gustaba de los homosexuales, echaban un polvo y evitaban cualquier tipo de complicación. En el fondo, eran hombres como él, aunque tuvieran una zorra viviendo en su interior. 

Sin dejar de flirtear con la camarera cada vez que pasaba por delante de él, aprovechaba para echar una visual al grupo de amistades íntimas del propietario de la vivienda. Ocho individuos que se entremezclaban esporádicamente con el resto de invitados, pero que formaban una especie de gueto homosexual entre la flor y nata del mundo empresarial que se daban cita entre aquellas cuatro paredes.

En la  etapa en la que Mario le buscaba tíos que pagaban por acostarse con él, aprendió mucho. Se lo montó con tantos maricas y satisfizo tal variedad de perversiones, que  simplemente con mirarlos se creía capaz de averiguar sus gustos sexuales.

El primero que escudriñó en busca de sus preferencias fue a Álvaro. La timidez se pintaba en cada uno de sus gestos y aunque se le veía integrado en el grupo, poco o nada tenía que ver su forma de actuar con la mayoría de ellos.

Daba la sensación de que estuviera allí casi por obligación. En vez de querer llamar la atención constantemente como sus colegas, intentaba pasar desapercibido.

Por su experiencia sabía que estos individuos eran como frascos de esencias sin estrenar. Se mostraban como modositos, tímidos y poco entregados al vicio, pero en cuanto se destapaban sus ganas de polla de desbocaban y se convertían en la peor de las putas.

El segundo al que observó disimuladamente fue a Beltrán. Le bastó verlo hablar intentando por todos los medios no soltar plumas, para sacar conclusiones sobre al estereotipo que respondía.

Pensó que se trataba de los típicos tíos grandes con pinta de machote que a la hora de poner el culo, no gritaban por el trozo de polla que entraba si no por el que se quedaba fuera.

No lo recordaba muy bien, pero tenía la sensación   de que estuvo por la agencia de chicos de compañía buscando un jovencito. Pero lo más probable es que le fallara la memoria. No se solía equivocar en cuanto a las preferencias de los maricas y a este no le iba meterla en agujeritos estrechos. A aquel individuo de más de metro ochenta lo que realmente le molaba es que  un macho con una buena polla lo empotraran contra la pared.

Desconcertado por la contradicción entre lo que le dictaban sus instintos y  su capacidad para quedarse con la cara de la gente,  pasó a observar a otro de los participantes de la animada tertulia. En esta ocasión, la victima de su secreto escrutinio fue Borja.

Le llamaba mucho la atención los sarasas musculados. Querían presumir del vigor propio de los machos heterosexuales y terminaban pareciendo travestis masculinos. Con mucha testosterona recorriéndolo de los pies a la cabeza, pero sin ninguna pizca de masculinidad.

Normalmente este tipo de gente quería hacer alarde de una juventud que ya no tenían. Intentaban volver a su post adolescencia a bases de tratamientos de bellezas: peinados de jugador de futbol, cremas antiarrugas y depilaciones constantes.

Si a eso se le sumaba que en ocasiones buscaban algún cirujano que le hiciera algunos arreglitos y que   la moda que se ponían era la que usaban los hijos de sus amigos, terminaban pareciendo actrices en decadencia empeñadas en seguir siendo siempre joven.

Únicamente se lo había tenido que montar   con un gay de este tipo. Era bastante mayor, unos cincuenta años, fue un polvo de lo más irritante. Se corrió más por obligación que por necesidad.

Mientras se lo follaba le pedía que le dijera constantemente que se conservaba muy bien y que su cuerpo era mejor que el de algunos jovencitos. Tanta comedia y tanta mentira casi consigue que se le baje, menos mal que por aquella época ya tomaba  Viagra y pudo terminar bien el servicio.

Por su idea pasó la idea de reventarle el culo al marica vigoréxico, algo que no tendría ningún problema en hacer si le pagaban bien. Pero estaba tan pagado de sí mismo que consideró que no soltaría un euro por algo que podía obtener, cuando quisiera, completamente gratis. 

A continuación recorrió  disimuladamente con la  mirada el cuerpo de  Nacho. Supuso que mediría  casi dos metros, no era mal parecido y tenía aspecto de macho empotrador.  Por lo que Dedujo, Por su forma de actuar y su semblante, que le gustaba lo mismo que a él, un buen culo para petarlo. Aunque a diferencia de él, puede que le hiciera asco a los chochitos.

No entendía porque los  homosexuales que se denominaban activos, no hacían lo mismo que él y se limitaban a follar exclusivamente con tíos. Él consideraba que en la variedad estaba el saber disfrutar de la vida.

A quien no le sorprendió nada verlo allí y con aquellas compañías fue a Carmy Ordoñez. El hijo de los marqueses de Alborada. Sus muchas relaciones sentimentales eran portada  de las revistas de corazón y tema de debate en los programas de cotilleos.

Alguien que decía conocerlo, con dos copitas de más, le contó que  todos aquellos amoríos eran mentira y que al joven noble lo que le gustaba realmente, igual que a su padre, la carne que colgaba. Nunca le dio mucha credibilidad, pero estaba descubriendo que aquel tipo, estaba ebrio, pero no era un embustero.

Si era cierto lo del hijo,  lo más seguro fuera que su progenitor también culeara de estribor. No iba a ser el primer maricón casado y con hijos. Tenía constancia de ello por el buen numero de buenos padres de familia que se había follado en sus tiempos de chico de compañía. 

Con Berto y Enrique apenas perdió el tiempo. Estaba claro que aquellos dos mantenían una relación más cercana de lo comercial que de lo amoroso. La subyugación del novio de Mariano con el dueño de la casa la había interpretado muchas veces y sabía que únicamente sucedía cuando uno vendía su cuerpo.

Lo que no le quedaba muy claro  era si había dinero de por medio o simplemente la mejor coca que se podía esnifar en Sevilla. Fuera lo que fuera, aquel madurito era tan puta como él en los tiempos que hacía de chapero. De lujo y con una clientela selecta, pero chapero al fin y al cabo.

Siempre había sido de pastillas y nunca había probado el polvo blanco, por lo que , por nada en el mundo, querría estar en el pellejo de aquel madurito. Tener que tragarse una polla a cambio de una raya le parecía la mayor de las degradaciones. Una putita sumisa de manual.  

El último de los miembros del grupito le dio la sensación de ser un verso suelto. Por la forma en que le hablaban,  era un mero invitado que no pertenecía a su estatus social. La ropa que llevaba, por mucho sello de marca que tuviera, no dejaba de ser un quiero y no puedo en toda regla.

Dedujo que era la primera vez que alternaba con aquella gente tan exquisita y estirada. Si se atenía a la forma como miraba a Enrique, era el novio de la putita de Berto. Entendía perfectamente las relaciones abiertas de los homosexuales, lo suyo solo era vicio. Aun así, le daba la sensación que el veinteañero estaba en las lunas de Valencia y todavía creía que “Pretty Woman” estaba basado en hechos reales. 

Al igual que Marcelo tenía un físico portentoso, sin ningún atisbo de esa feminidad masculina que tanto le molestaba. Del mismo modo que el que fuera su amante, un halo de inocencia e ingenuidad lo envolvían, pero incapaz de esconder por completo a la zorra que llevaba dentro.

Recordó los glúteos duros del italiano y no pudo reprimir el deseo de comprobar si los de Mariano eran igual. Sabía que era arriesgado lo que pretendía hacer, pero nadie sospecharía de él una maldad así.

Aguardó a que la confluencia de público a su alrededor fuera mayor y se puso a hacer una fingida ronda. Al pasar por detrás de él pidió permiso de la manera más educada y, casi imperceptiblemente,  pasó el torso de su mano por las nalgas del novio de Enrique.

Si Mariano se dio cuenta de aquella invasión de su intimidad, no dijo nada y lo tomó como algo natural de las aglomeraciones. No fue así para Miguel, a quien un sensual escalofrío lo recorrió de la cabeza a los pies

Descubrir que aquel chico no solo se parecía a su ex amante en apariencia sino que tenía un culo igual de duro, hizo que se excitara casi automáticamente. Irreflexivamente se llevó la mano a la bragueta y notó que tenía la polla en todo su esplendor, dura como una piedra.

¿Quién va a comprar?
¿Quién quiere probar mi oferta?
¿Quién está dispuesto a pagar el precio?
¿Para un viaje al paraíso?

Viernes 10 de Mayo 2002

Beltran(20:25)

En días como aquel, odiaba haber salido del armario. Debería haber seguido llevando una doble  vida como tantos otros que conoce. Pero él ansiaba la libertad que da la sinceridad, más que ninguna cosa en el mundo.

Odiaba tener que, casi, suplicar a su ex que le cambiara el fin de semana con los niños. Nada que no se solucionara con media hora de negociaciones y  una transferencia bancaria. No obstante, como a la muy zorra le gustaba humillarlo, su primera respuesta era siempre un no rotundo. Luego al sonido de los euros iba cambiando de opinión.  

Pese a que sabía que el culpable de aquella situación era él, le costaba asimilar que la mujer a la que tanto había querido, se hubiera convertido en una maldita materialista que  solo disfrutaba expoliando su cuenta corriente.

Cualquier excusa era buena para pedirle  más dinero y, siempre que tenía que pedirle un favor en relación con el tiempo que podía pasar con sus hijos, era a fuerza de talonario.

De no ser porque concederle la victoria en cada una de las discusiones que tenía, le resultaba de lo más denigrante, no le importaría  lo más mínimo darle todo lo que pedía. Nunca había sido codicioso y siempre había pensado que la finalidad del dinero era gastarlo.

Máxime teniendo en cuenta que, en la mayoría de los casos, sus peticiones tenían que ver con la educación y las necesidades de Blanca y Damián, sus dos hijos.

No le gustaba su situación familiar, pero no le tocaba otra que resignarse. Quien la había propiciado, había sido él, con su caprichosa decisión de contarle a los cuatro vientos lo que sentía. Ni por asomo sospechó  que el precio de la libertad de expresión fuera tan caro.

Tras diez años de casado y con dos hijos pequeños, Blanca únicamente tenía seis años, decidió dejar de hacer el paripé y confesarle a su familia que no era feliz en su matrimonio. 

En su caso, la manida frase de  “no eres tú, soy yo”, se trataba  una verdad como un templo.  Amaba mucho a la  mujer con la que se había casado y su constante frustración  era que no lo satisfacía en la cama. Sus gustos sexuales eran otros.  

No olvidará nunca la cara de su familia, sobre todo la de su madre y su padre, cuando sin cortapisas de ningún tipo les dijo que era homosexual.

No era algo que hubiera descubierto después de casado, sino que fue a la tierna edad de dieciocho años.  ¿Por qué se casó entonces? Con una familia conservadora y arraigada a los valores tradicionales, intentó ir por el camino que le marcaba la sociedad. Consideró que lo de comerse un buen rabo era algo pasajero, una locura propia de la juventud e intentó llevar la vida que todos esperaban de él.  

Conoció a Carmen María  a la edad de veinticinco años, poco después de terminar sus estudios de arquitectura. Era una chica muy llamativa y voluptuosa. Vestía muy provocativa y, en un principio,  le pareció de lo más vulgar. Tanto que, en vez de su nombre de pila, le gustaban que se refirieran a ella como Samantha.

Sin embargo, que sus amistades le dijeran que la chica estaba loca por él, propició un acercamiento. Coincidieron varias veces en los locales de moda. Poco a poco, fueron entablando amistad, comprobó que no era tan superficial como parecía y, sin apenas proponérselo, comenzaron a quedar. Una tarde para tomar café, un cine, una cena y mil cosas más fueron la señal inequívoca de que estaban comenzando a tener una relación seria.  

En no más de un año se dieron el sí quiero en una iglesia de rancio abolengo de Sevilla y con un montón de invitados de postín. La boda soñada por su madre para su único hijo varón.

Durante su noviazgo, Beltrán siguió transitando lugares prohibidos. Follando con gente para la que solamente era un joven anónimo, loco por comerse una polla y que le reventaran el culo.  

Siempre  que viajaba al lado oscuro de su pasión, una vez saciaba el  hambre de placer que le reconcomía, la sensación de ser un ser sucio y deleznable le invadía. Tras esto, se prometía a sí mismo que no volvería a sucumbir más. Pero no era algo que estuviera en su mano poder cumplir.

Lo intentó, vaya que si lo intentó. Pero cuanto más lo reprimía, más caliente estaba. Había temporadas que se  tenía que masturbar hasta cinco o seis veces diarias. Ni así se le quitaban las ganas de mamar un buen rabo.  

Siempre que buscaba el placer en solitario. Por más que intentaba que sus musas fueran mujeres, la fuente de su inspiración eran hombres. Sementales bien dotados que terminaban inundando su recto con su caliente leche.

Su fantasía más recurrente era con Juan. El tío que lo instruyó en el sexo entre hombres. Un albañil cuarentón que trabajó construyendo la  nueva casa familiar. Su polla la primera que mamó, su esperma fue el primero que tragó.

Nunca olvidara como aquel cipote gordo le reventó el culo. Fue doloroso, pero a la vez muy placentero. Aquel tío no solo follaba de puta madre, sino que, a pesar de lo maltratado que estaba por la vida, mantenía un buen físico para sus cuarenta y largos años.

Era moreno, con la calvicie asomando en su frente. Unas betas de canas grises adornaban sus sienes, impregnando el atractivo de la madurez en él. Unos grandes ojos verdes y unos labios carnosos eran  los rasgos que más destacaban  de su rostro.

Poseía un cuerpo fornido, fruto del trabajo físico. Un tórax peludo, con unas tetas hinchadas  y un poco de tripa cervecera lo convertían en un macho de lo más deseable.

Aunque lo que más le encantaba del albañil era su rabo. Duro y ancho con una  venas hinchadas  que lo recorrían del prepucio a los huevos.

¡Cuánto disfrutaba Beltrán acariciando sus grandes huevos mientras se tragaba el caliente sable!

Los siguientes días, al concluir su jornada laboral, se hacía el remolón para salir de la casa. Esperaba a que sus compañeros se marcharan y, una vez comprobaban que estaban solos, se ponían a   follar como posesos.

Su amante, a pesar de que estaba casado, siempre andada muy caliente. Incapaz de reconocer que estaba loco por la boquita y el culito del muchacho, se excusaba diciendo que su esposa era muy fría en la cama.  Cada día le echaba dos polvos uno en la boca y otro en el culo.

A pesar de que cada vez que estaba a solas, ya fuera en la ducha o en su habitación, se masturbaba pensando en las cosas que hacía con el albañil. No tenía demasiado asimilado su sexualidad. Lo consideraba en parte un juego, en parte una fase de su juventud.

Se acostumbró tanto a aquellos momentos de lujuria que incluso llegó a creer que estaba enamorado de él. Algo que cambió, cuando descubrió que Juan no era especial. Que lo que le gustaba, más que comer con los dedos, era ser la putita de tíos con planta de machos.

Del mismo modo que descubrió su amor por las vergas, conoció su debilidad por el sexo grupal. No sabe muy bien cómo sucedió, si Juan  se lo contó a sus compañeros o realmente, tal como parecía,  una tarde los sorprendieron.

La puerta de la habitación del que iba a ser el dormitorio de sus padres, se abrió de pronto  y tras ellas irrumpieron el grupo de trabajadores. La situación no podía ser más embarazosa.  Beltrán estaba agachado delante del cuarentón, con la polla en la boca. Los cinco hombres que formaban el resto de la cuadrilla, en vez de alarmarse ante que uno de sus compañeros se lo estuviera montando con el hijo de su jefe, comenzaron a jalearlos como si fuera una especie de competición.

Tampoco a su amante parecía que aquello le cogiera por sorpresa, al contrario. Con cierta dejadez y chulería al mismo tiempo, los invitó a que se unieran a lo que él llamo la “fiesta”.

No había asimilado todavía que le gustaran las pollas y se le estaba poniendo en bandeja ser la putita de media docenas de unos tíos que rezumaban virilidad por los cuatro costados. Una oportunidad, que como bien le demostraron el paso de los años, hizo bien en no desaprovechar.

En un primer momento, le pareció una locura y estuvo tentado de rehusar. No obstante fue observando uno por uno a los albañiles y, aunque ninguno era un adonis, a todos le veía el suficiente atractivo como para echar un  buen polvo. Se sentía como un niño en una pastelería al que sus padres le dejaban escoger  todos los pasteles.

Estaba nervioso cuando los cinco individuos, tocándose los genitales de manera soez por encima del pantalón, se fueron aproximando a él. Buscó la complicidad en la mirada de Juan y este movió la cabeza afirmativamente.

La aprobación del hombre que lo había desvirgado le dio la seguridad que precisaba. En el momento que tocó la primera de las pollas y comenzó a pajearla, su intranquilidad desapareció para dejar paso a una lujuria desmedida.

Una por una, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, fue lamiendo los vibrantes nardos de los trabajadores. Escuchar los gruñidos y palabras mal sonantes que salían de su boca, le impulsó a chupar con más ganas. Siempre controlando que ninguno de ellos se corriera demasiado pronto.

En el momento que consideró que su boca había colmado su apetito de polla,  le hizo un gesto a Juan para que se colocara a su espalda y lo penetrara.

En poco más de media hora, como si fuera un curtido profesional del sexo,  los cinco hombres alcanzaron la cumbre del placer. A unos  mientras se la mamaba, otros destrozando su culito con salvajes embestidas. Todos alcanzaron el orgasmo de un modo y forma  que no encontraban en casa con su mujer o con su novia. Ninguno consideró que estuviera haciendo algo que no debía.

Una vez el ultimo de ellos se corrió y mientras se vestían para volver a sus casas, se hicieron la  firme promesa de guardar silencio sobre lo que allí había ocurrido. Lo que sucede en la obra, se quedaba en la obra.

Aquel día aprendió que si había algo que le gustaba más y le dejaba más saciado que el  sexo, era ser el centro de atención de unos sementales calientes. Que todos ansiaran llenar su boca y su culo con sus cipotes le hacía sentirse alguien especial. Le emocionaba sentirse deseado de aquel modo. Lo volvía loco tener tantas pollas a su disposición.

Aquello duró el tiempo que tardó en construirse  la nueva vivienda familiar. Algo que a sus padres se le estaba haciendo eterno, pero él no quería que concluyera de ninguna de las maneras.  Era una gozada para él, cada tarde cuando los demás trabajadores se marchaban reunirse con su cuadrilla de albañiles  en un lugar apartado de la casa. Ser su putita era el personaje que mejor se le daba interpretar.

Sin embargo, todo llega a su fin. La tarde  que supo que su padre les pagaría el finiquito al día siguiente, se despidió de sus seis machos empotradores  con una orgia por todo lo alto.  Sacó a pasear toda la lujuria y el vicio que albergaba en su interior con la única intención de que ninguno de los participantes la olvidara.

Con algunos, sobre todo con Juan, siguió quedando para echar un polvo, no obstante sus pajas mentales y su no aceptación de la realidad que le había tocado vivir, dio como resultado que sus encuentros fueran cada vez menos frecuentes, hasta que con el tiempo,  dejaron de producirse.

Una vez se echó novia, siguió buscando machos. Lo hacía a través de páginas de contactos, en zonas de cruising o en saunas masculinas. A pesar de lo arriesgado que era para él, le sorprendía lo fácil que era encontrar a alguien dispuesto a echar un polvo con él.

Ninguno de  los hombres con los que estaba no significaban nada para él. No se comportaba de modo desagradable con ellos e incluso intentaba ser simpático con ellos. Pero esta circunstancia no quitaba que los considerara meros objetos con los que saciar su apetito de pollas. Siempre que las circunstancias lo permitían,  evitaba que le dieran sus nombres. Prefería que siguieran siendo seres  anónimos a los que  no le uniera nada.

Tras la boda, aunque de manera menos habitual, siguió buscando hombres maduros que saciaran sus ganas de una polla gorda y dura. Algo que cada vez le resultaba más difícil pues ya poco quedaba en él de aquel joven alto y delgado que tanto encandilaba a los cuarentones.

A los tres años  de su casamiento, nació su primera hija, Blanca. Creyó que aquella responsabilidad y vivencia tan hermosa le haría poder mantener sus perversos impulsos bajo control. Pero no fue así, a la primera ocasión, como el peor de los adictos, recaía otra vez y con más fuerza si cabe.

Lo peor era que había engordado y los hombres que se volvían locos por los jovencitos ya no lo veían apetecible. En más de una ocasión, cruzó el charco de la perversión, pero no hubo ningún pez que quisiera caer en su red.

Bajo su baremo de exigencias y probó a estar con tipos que no respondían a sus cánones de belleza. Como  no le resultaban mínimamente atractivo, el sexo con ellos no calmaba su hambre de macho.

La frustración que le embargaba en aquellos encuentros fallidos fue un acicate más para dejar su doble vida definitivamente. Con apenas treinta años, se sentía un viejo al que daban de lado  los hombres que despertaban su libido.

Durante meses, quizás porque pensara que sus tiempos de  ejercer putita de maduros habían pasado, contuvo a la bestia que le exigía olvidar toda precaución y salir a  buscar a hombres. Se refugió en su mujer, su hija, su familia, su trabajo, su vida cotidiana…

Una realidad que debía colmarlo de felicidad, pero por la que transitaba como si fuera una especie de condena

Apenas Blanca contaba dos años, cuando  vino al mundo Damián. Una nueva responsabilidad que lo confundió más. Se debatía entre lo que la gente esperaba de él y lo que él realmente necesitaba.

Dedicarle muestras de cariño a su mujer y comportarse como el padre entregado y atento que su entorno social exigía que fuera,  cada vez le resultaba más molesto. Lo que  peor llevaba era meterse en la cama con su esposa y tener que cumplir con el rito marital… La mayoría de las veces, por mucho empeño que Carmen María pusiera, no conseguía empalmar.  Se sentía una mujer frígida a la que se le acababan las excusas.

Sin darse cuenta entró en un espiral de depresión. Si no hizo ninguna locura  propia de los suicidas, fue porque quería demasiado a sus dos hijos. Llegado un momento era lo único que le daba fuerza para levantarse cada día y enfrentarse a la mierda de vida que, según él, le había tocado vivir.

Con la finalidad de anestesiar la tristeza que le invadía comenzó a beber, a trasnochar, a cometer errores propios de principiantes en la gestión del negocio familiar… A descender hacia un abismo que cada vez gritaba su decadencia con más fuerza.

Fue por aquella época cuando comenzó  a desinhibirse de la culpa que lo asfixiaba, a tomar menos precauciones  y a despreocuparse un poco de que algún conocido lo viera y sacara su doble vida a relucir. Estaba cansado de vivir una mentira y únicamente ansiaba ser deseado por otro hombre. Como si fuera un nuevo mercado en el que poder ligar con los ejemplares de macho que tanto le ponían,   frecuentaba el ambiente nocturno gay en un intento de calmar el hambre de verga que le consumía por dentro.

Apetito que, en la mayoría de los casos, únicamente conseguía saciar entre las cuatro paredes de   un cuarto oscuro. Se  convertía en un trozo de carne para un desconocido al que la mayoría de las veces ni llegaba  a distinguir bien.

En aquel desastroso momento de su vida fue cuando conoció a Nacho.  Un tipo que comenzó siendo su amante y terminó convirtiéndose en uno de sus mejores amigos.

Era un par de años más joven que él, por lo que no respondía para nada al prototipo de hombre maduro que lo volvía loco.  Sin embargo,  lo envolvía  un halo de masculinidad que le atrajo desde un primer momento.

Si a eso se le sumaba que poseía  un porte elegante propio de la gente con clase, unos seductores ojos azules a los que no se pudo resistir y una picarona sonrisa  que dejaba entrever lo vicioso que podía llegar a ser en la cama. No fue raro que se quedara prendado de él desde el minuto cero.

Aquella noche el pub gay que acostumbraba visitar en busca de su ración de polla está más vacío de habitual. Las cuatro maricas locas de siempre y algún que otro tío con los que no se lo montaría ni borracho.

Mientras se debatía si pedir una copa más o largarse con viento fresco, lo vio aparecer por la puerta. Su atractivo porte masculino propició que los pocos tíos que pululaban por el local clavaran su mirada en él de manera descarada.

Quizás porque estaba demasiado bebido, se acomodó en uno de los bancos de la barra y, en el momento que pasó frente a él, lo persiguió con la mirada. Había despertado tanto su libido, que solo le quedó jadear como una perra salida.

Había descubierto que el alcohol le desinhibía. Con un par de copas de más no tenía reparo alguno  en quedarse observando fijamente a los hombres que le gustaba. Normalmente  no le hacían demasiado caso. Su  prototipo de hombre iba buscando a  gente más joven. Para aquellos tíos follar con un jovencito era un bálsamo de juventud.

Para su sorpresa, el tipo atractivo que acababa de entrar, en vez de ignorarlo se sentó a su lado y le alargó la mano diciendo:

—Me llamo Nacho, ¿y tú?

El gesto de atrevimiento por parte del fornido treintañero, lo sobrepasó. Tanto que se quedó en silencio, pero su perplejidad fue tan enorme que no le soltó la mano.

—¿No tienes nombre? —Le preguntó sacando a relucir una  esplendorosa sonrisa que lo terminó de seducir por completo.

—Sí, me llamo Beltrán.

Era la primera vez que decía su verdadero nombre a un completo desconocido en un sitio de ambiente gay.   Siempre decía uno falso, como si aquel gesto pudiera salvaguardar su intimidad.

A pesar de que había echado muy buenos polvos y que en más de una ocasión había conseguido conectar con sus ocasionales amantes. Siempre había intentado no repetir con ninguno de ellos.  Nunca alguien lo había embelesado del modo que el ejemplar de macho que tenía junto a él.

—Oye, no me importa que me toques. Es más, creo que me pone un montó. Pero, ¿me puedes devolver la mano?  Es la única mano derecha que tengo y soy un negado con la izquierda.

Su reacción, propia de un adolescente, fue soltarla de pronto  y ruborizarse.

—Perdona.

—Lo haré con una condición.

—¿Cual?

—Que me dejes que te invite a una copa y me acompañes a los bancos del reservado de arriba.

—Hecho.

Pese a que los dos estaban loco por meterse mano, se comportaron como dos completos remilgados. Reprimieron sus más bajos instintos  y, olvidándose de donde estaban, sacaron a  pasear  los mejores modales que le habían inculcado a lo largo de su estricta y costeada educación.

Pasaron más de una hora charlando. Al principio las  banalidades  eran las protagonistas de sus diálogos, pero poco a poco, aunque no se conocían nada, la chispa de la confianza fue prendiendo entre ellos

Casi sin darse cuenta, los temas personales fueron el centro de su conversación. Supo que Nacho, al igual que él, provenía de una familia acomodada. Sin embargo, a diferencia de él, estaba fuera del armario y no tenía ningún complejo por sus preferencias sexuales.  Incluso le dio la sensación de que estaba orgulloso de ser como era.

No se sentía tan cerca de alguien desde que estuvo con Juan. Se encontraba tan a gusto que, por primera vez, le confesaba a alguien  con quien ligaba  que era casado y lo mal que lo estaba pasando por estar atrapado en una mentira.

Su recién estrenado amigo se compadeció de él levemente y le preguntó que si podía hacer algo para ayudarlo.

—Llévame al cuarto oscuro y échame el polvo que hace tiempo necesito que me echen.

— Me pones un montón y estoy loco por follar contigo, pero hay un problema.

—¿Cual?

—No me gusta el cuarto oscuro, mejor vente a mi casa. Lo pasaremos mejor. ¿Qué me dices?

—Sí.

No lo sabía, pero con aquella afirmación estaba dando un paso hacia su nueva vida. Una vida en la que descubriría quien lo apreciaba de verdad y en la que las grandes mentiras sobre quien era no tendrían cabida. El precio de la sinceridad.

Nacho pasó el torso de su mano por su mejilla, lo miró fijamente y, como si fuera lo más natural del mundo lo besó.

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Miercoles  08 de mayo 2002

Gato(18:15)

No le hacía demasiada gracia follar con condón, por muy finos que fueran. Tenía la sensación de que su  polla perdía sensibilidad y, sobre todo, le quitaba todo el morbo. Sin embargo, prefería no correr riesgos innecesarios al probar el  culito de una putita nueva. ¡ A saber con quién habrían podido estar!

La joven promesa del sexo por dinero había llegado a él por recomendación de Ramiro, un policía al que tenía untado y que se pirraba por los culitos jóvenes. A cambio de no meterlo en el talego por pillarlo haciendo la calle , se lo había follado en un par de ocasiones y el muchacho había demostrado ser todo un experto para su corta edad.

Quedaron en una de los locales nocturnos que regentaba . Hasta las nueve no aparecía nadie del personal y con media hora larga tendría suficiente tiempo para saber si lo que le había contado el policía corrupto era cierto o una exageración propia de alguien que follaba poco y mal.

Le daba la sensación que al madero, por mucho que se las diera de semental rompebragas,  no la metía sin pagar como no fuera con la gorda de su mujer. Con lo que cualquier cosa que se tiraba  era un monstruo en la cama para él .

El chapero llegó un cuarto hora más tarde de la hora señalada y ni siquiera se excusó por la tardanza. Se le veía ligeramente nervioso, pero había  una dejadez implícita en su talante que dejaba claro que la opinión que los demás se pudieran hacer de él, le traía sin cuidado.

Se presentó escuetamente. Le dijo que se llamaba Jonathan  y le preguntó que donde lo harían. A Félix no le sorprendió lo más mínimo que fuera al grano y no perdiera el tiempo, es más prefería a la gente tan directa que a las que le daban cincuenta mil vueltas a las cosas para no llegar a ninguna parte.

Lo  hizo pasar a una oficina que había al final de un pasillo y que quedaba lejos de la zona por la que normalmente transitaba el público.

Observó su figura mientras caminaba detrás de él. No era demasiado alto y lo que sí, era muy delgado. Un culillo escurrido y una estrecha cintura que harían las delicias de sus clientes, si el chaval sabía portarse en la cama.

Nada más cerrar la puerta. El joven chapero le metió mano al paquete y comenzó a endurecer su polla bajo la yema de sus dedos de un modo tan pasional como mecánico.

A pesar de su juventud, no aparentaba siquiera los dieciocho años. El chaval conocía bien su oficio. Nada más comprobó que había conseguido medianamente excitarlo, se agachó ante él y le desabrochó la bragueta con cierta presteza.

Una vez sacó la polla del Gato de su encierro, comenzó a mamarla. Primero con cierta delicadeza, como si quisiera degustar primeramente su sabor, después más tarde con cierta rudeza. Hasta que su glande tropezó con su campanilla.

Lo hacía de puta madre, comprendió entonces porque Ramiro estaba tan pillado por aquel niñato. Seguramente no se la hubieran comido tan bien en su puta vida.

Cuando consideró que estaba bastante dura para que se la metiera por el ojete, se bajó el pantalón y apoyó sobre la mesa del escritorio abriendo el culo en una provocativa invitación a que se la metiera.  

El jovencito tenía un trasero  redondo y duro, sin ningún puto pelo. «Si su culo es tan tragón como parece, los amigos de Berto lo van a flipar», pensó mientras se ponía el preservativo.

Colocó la cabeza de flecha en la caliente entrada, se echó un escupitajo que extendió por todo el tronco y fue empujando poco a poco sus caderas.

Como sospechaba estaba bien estrenado, no tuvo que trabajárselo mucho para meterla hasta los huevos. Aunque el muy cabrón gemía y se quejaba como si lo estuvieran desvirgando, su estocada apenas le hacía daño. Erra más que obvio que en aquella “plaza” habían “toreado” muchos “diestros”.

—Deja de fingir. No soy ninguno de los viejos salidos con los que follas y a los que se la tenga que poner duro con tu supuesta inexperiencia —Le dijo con cierta condescendía y con bastante rudeza —. ¡Saca la puta que llevas dentro y demuéstrame todo lo que sabes hacer.

El joven chapero le pidió con un gesto que dejara de cabalgarlo y echándose un poco hacia delante sacó la larga verga del Gato de su ojete.

—¡Con que esa tenemos!—La voz del joven chapero se impregnó de cierta chulería —¿Quieres que te mate de gusto? ¡Siéntate en el butacón y lo vas a flipar.

Félix, desde que heredó los negocios de Amancio, tenía asumido el papel de macho alfa y se había desacostumbrado a recibir órdenes. Y mucho menos de un jovencito que mamaba pollas y ponía el culo por unos euros.  No obstante  su descaro le recordó al muchacho que un día fue y  le concedió el beneficio de la duda.

Jonathan, sin mediar palabra y haciendo alarde de cierta agilidad,    se acuclilló sobre su regazo. En unos segundos dirigió su cipote hacia la entrada de su culo y, con una facilidad pasmosa, el pequeño agujero se lo tragó hasta la base.

En el momento que estuvo acomodado, se comenzó de manera vertical, con la única intención de  poner la polla del Gato lo más dura posible. Una vez lo consiguió, se puso a contraer y dilatar los músculos de sus esfínteres alrededor del sable de carne que lo atravesaba.

Aunque aquella práctica era de sobras conocida por Félix, le sorprendió que una putita tan joven supiera efectuarla. Preso de la lujuria, soltó una grosería:

—¡Jo, cabrón!¡Qué bien lo haces!

—¿Te gusta, papi? —Preguntó el chaval, volviéndose a meter en su papel de inocente sumiso.

—Mucho—Respondió el treintañero entre jadeos.  

El Gato solía tardar mucho más en correrse y si le pagaban por ello, adecuaba su eyaculación al tiempo de la tarifa acordada. No obstante, el postulante había demostrado poseer habilidades suficientes  y decidió que era momento de dar por terminada la “prueba física”  y pasar a la entrevista de trabajo.  

—¡Muévete más deprisa, que me quiero correr ya! —Le dijo de un modo tan impersonal que pareciera que estuviera pidiendo un café en un bar.

El chico, acostumbrado a satisfacer al dedillo  los caprichos de los hombres con los que follaba, se apresuró a hacer lo que le pedían y, sin dejar de oprimir entre las paredes de su recto el carajo de su amante, comenzó a trotar sobre él de manera trepidante.

En el rostro del muchacho se dibujaba un placer desmedido. Sin embargo, Félix no pudo discernir si era fruto de una fantástica interpretación o de lo que realmente sentía.

Su ano, como si fuera una ventosa, aprisionó entre sus paredes el miembro viril de Félix, al tiempo que resbalaba sobre él como si fuera la barra de un Tiovivo.

El jovencito era un diamante por pulir que estaba llevando a un amante tan experimentado como el Gato al séptimo cielo con una facilidad vertiginosa. Unos jadeos compulsivos por parte del proxeneta fueron la señal inequívoca de que el esfuerzo había merecido la pena.

A pesar del envoltorio de látex, notó el caliente geiser que brotaba de la punta de la verga de Félix. Estaba tan cómodo con aquel tío que le hubiera gustado que no hubiera tomado precauciones y que lo hubiera preñado. No obstante, estaba acostumbrado a que sus deseos, cuando cobraba por el sexo, valieran menos que nada.

Intentando no mostrar ninguna debilidad, cuando fue consecuente con que su acompañante se había terminado de correr, se levantó de manera mecánica y se comenzó a vestir. En su rostro asomaba una frialdad propia de un tipo duro. Le gustaba que los demás se llevaran esa imagen de él.

La expresión de felicidad que da el sexo no se había borrado de la cara del Gato, cuando Jonathan le lanzó una pregunta de lo más directa:

—¿He pasado la prueba?

—Sabes follar. Ramiro ya me había dicho  que eras muy bueno en la cama.  Pero eso no quiere decir que estés preparado para satisfacer a mi clientela—Respondió Félix mientras libraba su erecta polla del látex que la oprimía y lanzaba el preservativo a una pequeña papelera que  había junto a la mesa de la pequeña oficina—. Como deberías saber, los que recurren a mí son la creme de la creme. Gente muy selecta y exigente.

El joven chapero, a pesar de su natural insolencia,  prefirió permanecer en silencio y aguardó a lo que el Gato le tuviera que decir.

Era consciente de sus carencias.  Había abandonado los estudios muy pronto y tampoco es que hubiera cultivado una buena educación. Su primera reacción fue concluir en que no había estado a la altura de lo que se le exigía.

Consideraba aquello una oportunidad de oro, todo el mundo  en el negocio sabía que los chicos del Gato ganaban bastante más dinero  y trabajaban mucho menos. Irreflexivamente la expresión de tipo duro se borró de su rostro y dio paso a la desilusión.

—Además del numerito que me has hecho, ¿qué sabes hacer? —Preguntó Félix con cierta desidia.

—A veces me meto un consolador enorme que tiene un cincuentón con el que follo de vez en cuando.

—¿De qué tamaño?

—Yo que sé, puede ser casi como mi antebrazo.

Félix, al descubrir lo puta que era el chaval que tenía delante, no pudo reprimir una sonrisa que rozaba lo perverso. Su actitud descolocó un poco a Jonathan.

—¿Te han hecho alguna vez la doble penetración?

—Unas cuantas. Una pareja de cuarentones me pagan un buen dinero por tragarme sus dos pollas a la vez.  Mi culo dilata muy bien y, si no están muy salvajes ese día , apenas me duele.

El treintañero cabeceó levemente y con cierta chulería le dijo:

— ¿Cómo me dijiste que te llamaba?

—Jonathan.

—Me tienes que dar el nombre completo  y el  número de DNI.

—¿Para qué?

—Para que te pases por la clínica lo antes posible  y te hagan las pruebas pertinentes. Necesito saber si tienes algún bicho o  estás sano. En la fiesta a la que vas a ir se folla sin condón y lo último que necesito es que uno de mis chicos le pegue una ETS a  uno de mis clientes —Hizo una pausa al hablar y añadió —Por cierto, estoy buscando otro chaval como tú. Jovencito y muy puta. ¿Conoces alguno?

—Sí, mi colega Cristian.

Conozco todo tipo de amor
Mejor lejos que ellos
Si quieres la emoción del amor
He pasado por el molino del amor

Martes  18 de Marzo  1997

Berto(Tras concluir el soliloquio de presentación de Lagüe)

Los socios del club eran consecuente con lo mucho que a Larry le gustaba el sonido de su voz. Sus introducciones solían ser largas y grandilocuentes, pero nunca aburridas. Sin embargo a diferencia de otras ocasiones el pornógrafo se estaba alargando en exceso y su soliloquio empezaba a rozar lo soporífero, a ser todo un fastidio, pues no cesaba de contar una obviedad tras otra. 

Todos los allí presentes desconocían lo que le pasaba realmente por la cabeza del pornógrafo, pero no había ninguna palabra de más  en su discurso y todas  tenían un certero  propósito, humillar a la estrella porno venezolana.

Un objetivo conseguido de sobra pues desde que, atado y amordazado como estaba, escucho la primera frase del que fuera su mentor, supo que cada dardo envenenado que salía de su boca iba dirigido a él.  Sin poderlo evitar el pánico se apoderó  de él y aguardaba impasible el castigo por haberlo traicionado.

Viktor  llegó a Estados Unidos con su mujer y su hijo, como tantos muchos emigrantes, huyendo de la pobreza,   con una mano delante y otra detrás. Le habían vendido la América del norte como la tierra  de la abundancia y  la miseria que les había tocado vivir les había empujado a hipotecar su futuro a las mafias encargadas de introducirlos ilegalmente en el país.

La patria   de las oportunidades que se encontraron, poco o nada tenía que ver con la que le habían vendido. Su ilegalidad solo le permitía acceso  a trabajos que los nacionales rechazaban y  cobrando un  salario precario con el que a duras penas cualquier estadounidense podría sobrevivir.

Su principal fuente de ingresos era hacer pequeñas reparaciones en el hogar o trabajos  de mantenimiento en el jardín. Labores que se le daban bastante bien y que le permitían llevar un sueldo a casa.

 Un físico atractivo y una  enorme falta de escrúpulos le hicieron acabar en la cama de alguna de las señoras maduras para las que trabajaba. Aunque ninguna de aquellas mujeres guardaban ningún parecido con la  “desesperada” Eva Langoria y  Viktor poco o nada tenía que ver con el tímido y guapo jardinero, el sexo que les regalaba les quitaba la “desesperación”.

Las primeras veces, como las drogas, no les cobró nada. Pero cuando quisieron repetir, puso precio a la oportunidad de  disfrutar de lo que tenía entre las piernas. En poco tiempo, su portentosa verga le comenzó a rentar más beneficios que los trabajos caseros.

Sus excelentes habilidades en la cama se propagaron por el boca a boca entre los vecinos del barrio. Al principio, solo eran féminas los que, con la excusa de una avería en su vivienda, intercambiaban dinero por sexo.

Se hizo tan popular  su capacidad de hacer gozar que los homosexuales de la zona no tardaron en querer disfrutar de un macho como él.

Quien se encargó de romper el hielo,  fue un setentón podrido de dinero que, sin cortapisas de ningún tipo, le ofreció  una cuantiosa suma  para poder gozar de su potente verga.

Al principio lo de montárselo con un tío le asqueó y lo   rechazo, pero el madurito no estaba dispuesto a renunciar a su rabo y continuó perseverando.  Raro era el día que no lo llamaba, subiendo la apuesta y prometiendo una discreción absoluta.

En vez de mandarlo a la mierda, sucumbió  a la codicia y comenzó a sopesar su proposición.   Calmó su rabia de macho ofendido con la excusa de que debía pagar el alquiler,  de que la comida y los pañales cada vez estaban más caros… Cuando el dinero que le ofrecía era más de lo que podría ganar en un mes duro de trabajo, aceptó la inmoral propuesta.

Estaba tan avergonzado por lo que se disponía a hacer que,  pese a la gran confianza que le unía  a su esposa, concluyó en no decirle nada.  No tenía por qué compartir con ellas las mierdas de volverse maricón por dinero, sería mucho mejor compensarla a  batalla vencida con un bonito vestido.

Quedó una mañana con él, en el horario habitual  que se citaba  con las mujeres. Estaba intranquilo. Temía que,  por la nula atracción que aquel tipo despertaba en él, no pudiera empalmar. Después del mal trago que estaba pasando, si no se le ponía dura,  no le pagaría su dinero.

Aquel día comenzó a ejercitar una técnica que, a lo largo de su carrera como actor porno, nunca le falló. Si en un principio el hombre que tenía delante no despertaba su libido, buscaba en él cualquier nimiedad en su físico  que pudiera despertar su morbo.

En el caso de Alfred, el millonario con el que perdió su virginidad homosexual, le llamó la atención sus labios. Unos labios gordos y carnosos  propios de una putita golosa.  Fantasear con que aquel maduro devoraba su polla hasta la base con aquella delicada boquita, lo puso como una moto.

Fue atravesar el portal y el sesentón le metió mano al paquete, para su sorpresa, descubrió una formidable erección. Simplemente imaginar que se la mamaba, había conseguido que se le pusiera dura como una roca.

—¡Ay, madre del amor hermoso! —Dijo en un perfecto castellano—¡It’s a wonderful cock!

A continuación, consecuente con que Viktor no entendía demasiado el inglés, siguió chapurreando alguna que otra palabra en la lengua natal del venezolano.  Tenía claro que  estaba pagando un montón de dólares por disfrutar de su verga, pero  si conseguía que el joven se sintiera cómodo, todo sería mucho más agradable y menos frio.

 Lo peor fue que  su español era muy pobre, cuatro palabras que le había enseñado un cubano con el que tuvo un breve romance en su juventud. Su discurso resultó tan incoherente y forzado, que lo único que logró fue irritar levemente  al semental latino.

Estuvo tentado de besarlo, pero prefirió empezar con buen píe. Sabía que los hetero practicante consideraban una mariconada lo de juntar sus labios con otro hombre. En cambio, lo de poner la polla a su completa  disposición, era algo que deberían ver como  como algo de lo más varonil.  

Una incongruencia ante la que el rico californiano,  que se había acostado con unos cuantos activos casados, no podía más que reírse.

Do you have a drink? — Le preguntó mostrándole un vaso y señalando con la mano el mueble bar repleto de bebidas alcohólicas de todo tipo.

Viktor negó con la cabeza, dejando claro con ello  que no quería prolongar más de lo necesario su estancia en casa de Alfred.

—¡Oh, my God!¡ ¡Qué cabrón! You just want fucking 

Sin pensárselo ni un segundo, adoptó una pose de lo más afeminada  y le hizo un gesto para que lo siguiera al dormitorio.

El sesentón gustaba rodearse de todo tipo de lujos  y se notaba en cada detalle de su vivienda. El pasillo que conducía a su habitación, estaba plagado de opulentos adornos  que rozaban la excentricidad.

Su anfitrión carecía de mesura a la hora de decorar y al venezolano las engalanadas  paredes le parecían un derroche innecesario.  Tanto dinero mal gastado le pareció insultante. Con lo que costaba cualquiera de aquellas pinturas,  una familia podía vivir holgadamente durante un buen tiempo.

Durante unos segundos se vio a sí mismo como otro capricho más  de aquel tipo. Por como despilfarraba el dinero, la cantidad que le iba a pagar a él era una  minúscula gota de agua en su particular océano de abundancia.

El dormitorio, al contrario de lo que esperaba, estaba decorado muy sobriamente. Una cama grande en el centro, un galán donde colgaba un traje y una mesita de noche. Alumbrado generosamente por una gran lámpara de seis brazos  que colgaba del techo, carecía del clásico mobiliario  y, curiosamente,  no había en él ningún espejo.

Aquel detalle despertó la suspicacia de Viktor. En sus siguientes visitas  descubriría que Alfred llevaba muy mal lo de envejecer y no necesitaba que ningún reflejo evocara  como el tiempo se había encargado de erosionar la juventud de su cuerpo.

Suficiente recordatorio era  la cara de repulsión contenida con la que  lo miraban los hombres a los que pagaba por tener sexo con él, para también tener que darse asco a sí mismo.

—Mi macho man—Le dijo mientras acariciaba el pecho del semental latino — ¡Desnudo tú para mi!

El venezolano estaba deseando salir de aquel brete en cuanto antes y llevarse la pasta.  Pero para ello tenía que tener la verga bien dura y  tuvo la sensación de que no era así. Disimuladamente se  metió manó al paquete y notó que  había perdido algo de vigor. Seguramente  aquel tipo no querría pagarle si no la tenía en todo su esplendor.

Volvió a fantasear con la boca  de Alfred tragándosela hasta los huevos. Aquellos labios gordos y carnosos le daban tanto morbo que no preciso tocarse para saber  que su miembro viril volvía a estar hinchado de sangre.

No se había desabrochado aun los botones de la bragueta y se podía comprobar como su abultado  mástil de carne pugnaba por salir al exterior.

—¡Oh, my God! —Fueron las únicas palabras que Alfred dijo antes de agacharse ante ella y metérsela en la boca, tras masajearla durante unos segundos.

A Viktor le dio un poco de asco que lo que él consideraba un vejestorio le chupara el nabo. Pero únicamente necesito cerrar los ojos durante unos segundos para ignorar  quien realmente devoraba su verga e imaginarse que lo hacía alguien que realmente le excitaba.

Poco a poco su cuerpo fue descendiendo hacia los lodos del placer. Ni un minuto más tarde, tuvo que reconocer que el ricachón era todo un experto en el sexo oral, entregado, sumiso y muy vicioso.  Estaba tan entregado que debió hacer un gran esfuerzo para no terminar en la boca. Había pactado   con él que, si no tenían sexo completo, solo recibiría  la mitad de lo convenido.

Volvió a pensar en el montón de cosas caras que podía comprar con toda la pasta que le daría y se detuvo en seco. Ya que pasaba el mal trago,  no estaba dispuesto a ninguno de los  dólares que le habían prometido.

—¿Qué pasó mi Macho man?

—¿No querías que te diera por culo? Si sigues mamando  me voy a correr y no va a poder ser.

—Sí, me dijeron que eras a single-bullet shooter.

Viktor, quizás porque se relacionaba mayormente con hispanos, seguía sin entender muy bien el inglés y no supo que lo que le había dicho fue que era hombre de un solo polvo.

Sin embargo, como estaba deseoso de follarse a aquel tipo y largarse de allí, ni siquiera cuestionó el significado de las palabras con las que se había referido a él. Con tal de que le pagara, como si quería llamarlo Cenicienta, Blancanieves o Lobo Feroz.

Sin mediar palabra, el hombre le dio un condón y con un gesto le pidió que se lo pusiera.

Sin ningún pudor, se bajó el pantalón y mostró un culo redondo, bastante fofo. Era de piel blanca y sin ningún pelo. Se echó un poco de saliva en la mano y la extendió por su agujero.

—¡Hurt me, mi Macho man! —Le ordenó haciendo uso de una voz más aguda de la habitual en él.

Viktor no se sentía mínimamente atraído por aquel tipo y estuvo a punto de marcharse con su dignidad casi intacta. Volvió a pensar en todo el dinero que ganaría por metérsela y  la ambición se convirtió en deseo, hasta el punto que su  churra cimbreó ansiosa.

Se enfundó el preservativo y cerró los ojos levemente.   Intentando borrar de su mente la imagen del ajado cuerpo  que se disponía a profanar con su vibrante verga.

Posó la palma de una de sus manos sobre la zona lumbar y con la otra dirigió su miembro viril hacia el interior del agujero. Una vez comprobó que estaba bien encauzado, empujó despacio. Poco a poco fue metiendo su enorme polla por el estrecho pasillo.

Conforme su cuerpo se fue olvidando de lo mucho  de lo que a su mente le asqueaba lo que estaba haciendo, sus pensamientos se fueron adormeciendo y se fue entregando a la lujuria.

Era la primera vez que practicaba el sexo anal.  Nunca se atrevió a pedírselo a su mujer y las veces que se lo insinuó a otras con las que estuvo, por muy viciosas que fueran,  le decían que lo que él tenía entre medio de las piernas no les iba a entrar por  ahí de ninguna manera.

Estaba comprobando de primera mano que aquella parte de la anatomía humana, al contrario de lo que le habían repetido una y otra vez,  si estaba preparada para albergar su cipote dentro. Lo peor, conforme más se dejaba embaucar por los pecaminosos pensamientos que lo embargaban, más gozaba del presente.

Acostumbrado a follarse coños, las sensaciones que experimentaba eran bastante diferentes y novedosas para él.   El calor de aquellas paredes estrechas aprisionando su cipote lo tenía excitado a más no poder.

Volvió a cerrar los ojos y cualquier pensamiento racional desapareció de su cabeza. Apretó fuertemente las caderas de Alfred con las manos y comenzó a follárselo de manera trepidante. Dejando que  los gemidos del sesentón y los chasquidos de sus huevos contra su perineo fueran la banda sonora de su cabalgar.

El rico californiano soportaba las salvajes embestidas como podía. Su culo había soportado  pollones de mayor calibre, pero  hacía tiempo que no se lo montaba con un macho empotrador como él y estaba bastante desentrenado.

Pese a que se había preparado para la ocasión.  Ser penetrado por aquel bruto poco o nada tenía que ver con los dildos que se había metido por el  ojete, por muy enormes que estos fueran. Sin embargo que lo estuvieran destrozando por dentro, no quería decir que no lo estuviera disfrutando

Viktor se lo estaba pasando tan bien que  ya no tenía prisas por acabar, al contrario, estaba alargando el acto sexual todo lo que podía. Aun así su cuerpo había comenzado a correr hacia la meta del orgasmo y por mucho que intentaba prolongar el placer que estaba sintiendo, este llegó a su culmén.  

—¡Me corro, cabrón! Toma toda la leche —Dijo en el preciso instante que alcanzaba el paroxismo. 

Durante unos segundos los espasmos se apoderaron de su cuerpo y una sensación de enorme bienestar lo embargó, hasta que una bofetada de cruda realidad le hizo poner los pies en el suelo.

Ser consecuente con que se había follado a un tío, consiguió que una sensación de asco se plantara en la boca de su estómago. Tan   intensa que estuvo tentado de salir corriendo de allí, pues creía que iba a vomitar.

No obstante, cuando Alfred le pagó por sus servicios, el brillo del dinero le hizo olvidar su orgullo de macho herido. Cuando le dijo que si no le importaría que lo llamara para volver a repetir , las palabras que salieron de su boca fueron:

—Nada más que tiene que marcar mi teléfono, patrón. Pagando la tarifa, tendrá siempre usted mi verga a su disposición.

A diferencia de lo presuponía, tener sexo con un hombre le resultó de lo más placentero. Si a eso se le añadía los trescientos dólares, que le había dado, la rabia que en un primer momento rugió en su pecho por caer tan bajo, enmudeció y se convirtió en júbilo.

Avergonzando, no le contó nada a su mujer. Creyó que lo que lo de montárselo con un tío sería solo una única vez.  Cuando le dio el dinero, se sinceró con ella  y le dijo de donde procedía. Ella no le hizo ningún reproche, ni siquiera mostró un gesto de sorpresa o desagradado. Sin dejar de contar los billetes, le preguntó si el señor Alfred le podía presentar a otros hombres como él.

En poco tiempo su  capacidad de saber hacer disfrutar tanto a las féminas como a los varones, transcendió de aquel barrio. Poco a poco, se fue haciendo una cartera de clientes. El trabajo de manitas se convirtió en una especie de tapadera y su actividad  su principal fue el sexo.

Descubrió que cada vez eran más los hombres que solicitaban sus servicios.  En su mayoría empresarios adinerados que no tenían tiempo de estar ligando en antros de mala muerte y hacían del sexo una transacción comercial más.

Los rumores de un joven latino que follaba como los dioses pronto llego a los oídos de  Larry Lagüe. Por lo que,  en su encomienda constante de encontrar nuevos valores para la industria,  contrató sus servicios a modo de casting. Si no servía para el porno, si su fama era merecida,  al menos echaría  un buen polvo.

El venezolano no le defraudó en lo más mínimo.  Quedó tan maravillado con su forma de follar que, sin preámbulos de ningún tipo, le  contó a que se dedicaba  y le  ofreció rodar su primera escena.

Viktor no aceptó de inmediato. Follar con desconocidos en la intimidad de su casa no era lo mismo que grabar una película que podrían ver sus más allegados al conectarse a Internet.

 Había venido a los Estados Unidos en busca de prosperidad, no a arrastrar por el  fango la poca  dignidad  que le quedaba a su familia. Él sabía perfectamente que no era marica, que hacía aquello por dinero, pero sabía que la gente no lo entendería así.

Sin embargo, la promesa de un contrato de trabajo legal fue un canto de sirenas al que no pudo resistirse. La probabilidad de que cuajara como actor y seguir rodando con los estudios de L.L.Men, le habría la puerta de par en par para poder obtener la nacionalidad estadounidense.

Dejar de ser un ilegal en aquella tierra era más de lo que se había atrevido a soñar. Sopesó los pro y los contra y  llegó a la conclusión que no había peor vergüenza y humillación que tener que regresar con su familia a Venezuela después de haber saboreado una vida mejor.

Supo conectar con Lagüe desde un primer momento. Ese aire de chulo de barrio y cierto don de gente, supieron embelesar al pornógrafo.  Las simpatías que despertó en él fueron más que suficientes para que este se encargara de refinar su imagen para que se encontrara un hueco en la industria pornográfica.

Hizo todo lo posible para que sus características físicas destacaran y fuera alguien diferente entre el montón de chicos guapos que trabajaban en el cine para adultos. Tenía claro que si quería conseguir tener otro porno star en plantilla, debía ofrecer un producto único.

En un principio, le pagó un preparador físico para que puliera el diamante en bruto que tenía por cuerpo. Toda su musculatura era natural, producto del trabajo diario, por lo que quedaba muy lejos con la  hinchada complexión habitual de los actores del porno gay, muy dados recurrir a anabolizantes y demás para conseguir sus objetivos.

Cuando su apariencia respondía a los cánones establecidos por la industria,  lo puso en contacto con el mejor estudio de tatuajes de California para que le mostrara sus diseños más actuales.

Viktor escogió un dragón de tonos verde  que dispuso que recorriera toda su espalda  y  acabara escupiendo fuego rojo en la parte superior su abdomen.

El último paso fue un estilista que supiera sacar su lado más atractivo, sin afeminarlo lo más mínimo.

El productor de cine  se repetía una y otra vez que hacía todo aquello porque era una inversión,  pero se engañaba a sí mismo. Cuando “probó la mercancía” quedó fascinado y, aunque era más de encaprichamientos que de enamoramientos, se había quedado un poco prendado del modo que aquel macho latino se movía en la cama.

Aunque no le faltaban jóvenes apuestos que le hicieran gritar de placer.  Hacía mucho tiempo que  un tío no ponía tantas ganas a la hora de follárselo. 

Larry fue una especie de mecenas para él. Fue quien se encargó personalmente  de que fuera participando en producciones  cada vez más importante. El joven venezolano se iba adaptando bien a las pautas de las grabaciones  y no necesitaba recurrir a las pastillas azules para mantener la polla dura las largas horas de rodaje.

Llegado el momento,  le ofreció un papel protagonista. Fue tan grande su éxito que no esperó a rodar una segunda película para contratarlo en  exclusiva el máximo de tiempo que ofrecía la industria del porno gay, tres años.

El nombre artístico de Viktor Palerm se lo puso Lagüe. No tardó en convertirse en una de las mayores estrellas de la factoría de L.L. Men. Tanto que otras compañías intentaron ficharlo, pero se encontraron con que su mecenas se había agenciado el monopolio de su trabajo.  

Aun así, tres años pasan muy rápido y antes de que su acuerdo firmado con los estudios de Larry llegara a su fin, aparecieron buitres carroñeros de la industria que doblaron la oferta.

A pesar de las promesas con las que regaron su vanidad, su única intención era exprimir hasta la última gota  la fama del venezolano. Una vez sacaran una buena tajada, abandonarlo a su suerte tal  muñeco roto.  No les importaba ni como persona, ni como actor. Era un filón que había que aprovechar antes de que se pasara de moda.

Si de algo pecaba  Viktor era de una ambición desmedida, fue la que le empujó a acostarse con hombres por dinero y la que propició que comenzara a trabajar en el porno gay. También fue la causante de sus primeros problemas con el estudio L.L.men y ninguna cantidad, por desorbitada que fuera, que le ofrecieran por sus horas de rodaje, le parecería suficiente.

Se acostumbró a un alto tren de vida y  cada vez precisaba más dinero para mantenerlo. No decía nada, pero se notaba en sus ganas de trabajar. Comenzó a usar la Viagra para mantener dura su polla en los rodajes y no fue porque se estuviera haciendo viejo.

Solo fue necesario que un vendedor de humo, a espaldas de su jefe  ofreciera   un porcentaje mayor de las ganancias de las producciones en las que participaba, para que, como el perfecto Judas que demostró ser, aceptara.   

El sonido del dinero hizo que se olvidara de  todos los favores  que Lagüe le  había hecho, de las noches de sexo que habían compartido sin dinero de por medio y se comportó de la manera más mezquina con él.

Meses antes de finalizar su contrato, ya tenía cerrado las negociaciones con otra productora. Todo sin comunicarle nada a  Larry quien era ajeno a todas aquellas artimañas y, dado tanto el gran éxito como la alta estima que le tenía,  confiaba en renovar por otros tres años más  con él

Su nuevo manager tenía muchos planes para él. La verdad que demasiados. En un principio,  tenía previsto hacerlo compartir escenas con grandes estrellas del porno de otros estudios, con las que por culpa de su contrato con los L.L.Men no había tenido ocasión de tener sexo delante de la pantalla y, mediante sonoras exclusivas, subir su cuenta de resultados.

Aunque la interacción con aquellas celebridades del porno le iba acarrear desorbitados beneficios, no era nada comparado con lo que le supondría perder su virginidad anal delante de una cámara. Alimentarían el morbo de su público con una adecuada publicidad y, si se cumplían las expectativas, la escena en la que era enculado por primera vez tendría millones de visitas.

Tras el estreno inicial,   seguirían exprimiendo la gallina de los huevos de oro y su culo sería taladrado por las pollas más colosales de la industria.  Todo un espectáculo que serviría de fantasía para  los amantes del onanismo y de las perversiones más variadas.

Viktor, como el  buen macho empotrador que era, nunca había incluido esa parte de su cuerpo en el menú sexual que ofrecía a cambio de dinero. Con su pene le daba lo mismo taladrar un coño que un culo, pero poner su ojete para que un macho empotrador hiciera uso de él, le resultaba algo tan humillante como  lacerante. Pues  sabía que no solo su orgullo de macho saldría  dañado.

De nuevo la ambición se convirtió en el centro de sus pensamientos. Pensó en  las cifras monetarias con muchos ceros que le habían prometido, para terminar concluyendo  que   valdrían la pena la degradación  y el dolor  que iba sufrir.

Estaba tan absorto por todo el dinero que iba a ganar de más, que se olvidó de unas de las máximas que le enseñó su padre, “Nadie regala nada sin pedir algo a cambio”.  

Su nuevo manager al mismo tiempo que lo agasajaba, planificaba como rentabilizar   al máximo la mina de diamantes que tenía en la punta de su polla y en el fondo de su culito estrecho. Sabía que cuantas más escenas rodara de pasivo, más bajaría su caché como activo y que una vez la imagen de su culo destrozado por un enorme pollón dejara de ser novedad, su cotización bajaría muchos enteros.

Tenía muy claro que debería apurar al máximo las horas de rodaje y dosificar de manera inteligente sus apariciones, para prolongar al máximo su vida útil en la pantalla.  

Aun así, sabía que en un año, a los sumo dos, el nombre que, con tanto esmero, Lagüe había creado para él en la industria se difuminaría. Su futuro pasaría por producciones de más bajo presupuesto,  de las que no  cobraría porcentaje alguno, sino  solo por escena realizada. De ganar los  doce mil dólares por escena que cobraba en el momento, pasaría a tener que conformarse con unos escasos quinientos.

No obstante, los secretos y las mentiras tienen una vida muy corta. Alguien tan bien relacionado como el pornógrafo gay, no tardó que alguien le informara de la traición de su pupilo. En un principio, por el enorme  cariño que le tenía, pensó en advertirlo sobre la maldad del individuo con quien se iba a asociar.

Pero soliviantado por la persona que  le fue con el cotilleo, se dejó cegar por la rabia y solo pudo pensar en la puñalada trapera que le había perpetrado.  Como le gustaba decir a él, sacó lo peor de la mujer despechada que llevaba dentro  y  guardó silencio. Esperando el momento adecuado  para devolverle  con creces todo el daño que le había causado.

No le echó en cara su ingratitud, ni le pidió explicaciones por la misma. Conocía de sus defectos y tenía claro que había sido “ Por cuánto” y no “ por qué”.

Lo que peor llevaba era que sabía que se había comportado excelentemente con él, tanto en el terreno profesional como en el personal y no estaba teniendo en cuenta nada de eso. ¿Cómo podía haber estado tan ciego?  A Viktor solo le importaba una cosa, su beneficio personal, por lo que él se comportaría del mismo modo.

Pese a que su simple presencia le producía arcadas, se limitó a controlar la rabia que bullía en su interior y se comportaba con absoluta naturalidad.

Bromeaba con él, le preguntaba por la familia y. como solía hacer, se tomaban alguna copa juntos después del rodaje. Supo enmascarar sus ansias de venganza tras sonrisas fingidas y palabras falsas.

Lo que si evitó, por todos los medios, fue irse a la cama con él. Algo para lo que no tuvo que esforzarse demasiado. Descubrió que, para Viktor, practicar el sexo con él era una transacción comercial más. Un suplemento que, si podía evitar dar, tampoco le importaba demasiado. 

En ese afán suyo de ocultarle su sed de venganza,  le llegó a pedir su opinión sobre los eventos que estaba preparando para la reunión anual de los Rainbow Power. Lugar donde llevaría a cabo su vendetta personal y que significaría  el fin de su amistad.

Al igual que todos los años a los actores porno se les hacía firmar un contrato en los que se incluía una cláusula de confidencialidad y una  cuantiosa indemnización por posibles accidentes.

Si alguno de los actores pretendía sacar tajada contando a los medios algo de lo que allí sucedía,  el descredito del amarillismo caería sobre la televisión, periódico o cadena de radio que se atreviera a propagar sus palabras. Además de enfrentarse a una cuantiosa demanda  por difamación que, ante la falta de pruebas de sus aseveraciones, deberían pagar.

Además, si por los muchos desmadres que se daban en aquellas fiestas, alguno acabara lesionado o herido. Su seguro los indemnizaría con una suma acorde  a la gravedad del  accidente sufrido.

En las anteriores ocasiones, Viktor al igual que todos los actores de la factoría de Larry quienes únicamente actuaban como  activos, incluían la prohibición para que ningún miembro del club se viera en el derecho de obligarlos a adoptar el rol de pasivo. Con esto dejaba su culo fuera del alcance de los poderosos Rainbow, pues no se podía comprar a lo que no se le ponía precio. 

Sin embargo, quizás porque el sonido del ritmo del dinero hacía bailar sus pensamientos sin pensar en las consecuencias o influenciado por su nuevo manager, a la hora de firmar el acuerdo por escrito estipuló, para dejarse penetrar,  la cantidad de dos millones de euros.

A Lagüe que fijara una indemnización monetaria tan cuantiosa para dejarse dar por culo, no le sorprendió, se podía decir que incluso le agradó. « Quien es puta para poner la polla, al final termina siéndolo para poner el culo», se dijo para sus adentros.

 Le satisfacía pensar que  si uno  de los miembros de la sociedad secreta se quería dar  el capricho  y pagar la indemnización por penetrarlo,  el sabor de su venganza sería  doblemente delicioso. Simplemente bastaba con que se le encaprichara meterla en su culito, para la mayoría de los que se citaban allí, aquella cifra era calderilla.

No solo disfrutaría de humillar a su Judas particular delante de sus compañeros tal y como tenía planeado, sino que gozaría de ver como le rompían el culo por primera vez. No sería lo mismo en una escena con todo preparado y ejecutado por un profesional del sexo.  que en manos de la improvisación. Si encima se le añadía que de aquella cifra de seis ceros Larry se llevaría su comisión, su plan no podía ser más perfecto.

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Continuará en : Qué sabe nadie

5 comentarios sobre “Amor en venta (Nueva versión mejorada)

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