26 de Julio del 2012
Paloma se levanta empapada hasta la medula de sudor. Ha dormido completamente desnuda y ni aun así ha conseguido sofocar el calor que la invade. Ni el climatológico, ni el que persigue palpitando en su vientre implorando una sesión de sexo. Se acostó anhelando las atenciones sexuales de una compañía masculina y unas escasas horas de sueño no han mitigado ese calor que sigue bullendo en su interior.
Se lleva la mano a la entrepierna y palpa su sexo. Fue rozar su raja con sus dedos y sintió como su cuerpo palpitaba del modo más libidinoso. Si no estuviera tan cansada del sexo solitario y tuviera tanto calor, saciaría su lujuria frotando su clítoris hasta alcanzar el clímax. Pero hoy lo que necesita es alguien en su cama, alguien que la haga gritar de placer.
Anoche, como cada jueves, salió de marcha. Unas cuantas copas, unas risas, unas frívolas charlas y sentirse deseada era lo único que necesitaba para sentirse mejor. Un propósito sencillo que debería haber culminado con un atractivo chico en su cama. Un plan que lo tenía todo para ser exitoso, pero que terminó fallando pues la ley de Murphy parecía haberse aliado con los astros que, según ella, regían su destino.
El primer contratiempo fue que la mayoría de sus conocidos estaban fuera de la ciudad, pues habían iniciado las vacaciones veraniegas y los que permanecían todavía en Sevilla debían trabajar al día siguiente, por lo que, los más rezagados, decidieron que pasada la medianoche era buena hora de irse para casa.
Cuando el último de su grupo de amistades se despidió, se quedó en la única compañía de sus tremendas ganas de fiesta. Una vez se quedó sola, su único divertimento consistió a ir de bar de copas en bar de copas, anhelando encontrar alguna cara amiga que pudiera cambiar su triste rutina por un rato de ansiada felicidad.
Unas horas de búsqueda infructífera propiciaron que sus pasos la llevaran a una de las discotecas de moda de la ciudad. Un lugar con gente demasiado joven para ella y donde, detrás de un aspecto de fornida masculinidad, solo encontró a críos que creían ser ya hombres.
Tras pedirse una gin tonic, se sumergió en una casi desierta pista de baile, donde bajo la estela de centelleantes flashes y al compás de una música machacona, dio rienda suelta a su afán de exhibicionismo e intento coreografiar unos ritmos imposibles.

Pese a que a sus treinta y cuatro años seguía manteniéndose bastante bien, ni su sensual forma de moverse, ni sus torneadas formas consiguieron llamar la atención de la clientela masculina del local. Quienes parecían estar aislados de la realidad, pues se mostraban más preocupados en teclear compulsivamente la pantalla táctil de su teléfono móvil, que de prestar atención a lo que acontecía a su alrededor.
Agobiada ante tanta indiferencia, busco la ansiada felicidad aspirando una raya de coca en un mugriento baño. Una delgada línea blanca que se convirtió en una autopista hacia la locura contenida, un estado mental que le hacía sentirse una persona mejor y más capaz. Una persona que no se ponía límites ante nada ni nadie.
Un par de rayas y unas cuantas copas más fue lo que precisó para encontrar el valor para coquetear con un atractivo desconocido que , al igual que Paloma, daba muestras de estar súper pasado. Un zombi como ella, inquilino de una noche de exceso, donde la libertad de los que la habitaban, se confundía con la dependencia da las sustancias que precisaban consumir.
El chaval era bastante más joven que ella, metro ochenta de virilidad y con unos ojos negros que la sedujeron nada más mirarla. La sola presencia de aquel apuesto muchacho comenzó a despertar su deseo sexual, se puso tan cachonda que hasta incluso llegó a sopesar llevarlo a casa, convertir un polvo con él en el salvavidas de su nefasta noche, en el oasis de afecto que necesitaba en su ajetreada y solitaria existencia.
Sin embargo, una de las veces que él aproximó su rostro al suyo, un flatulento vahído al alcohol la invadió, aquel inconveniente unido a una voz trastabillada por la ebriedad, consiguieron que la poca cordura que le restaba saliera a relucir y llegó a la conclusión que aquel tipo, tan borracho como estaba, no iba a ser el buen amante que su cuerpo precisaba, por lo que desistió de seguir flirteando con él.
Drogada, bebida y frustrada por cómo se había terciado la noche, abandonó el local sin siquiera despedirse de su eventual ligue. Tambaleándose levemente llegó hasta la parada de taxis, donde se subió a uno para que su chofer la llevara a la seguridad de su hogar. Con la mente en blanco y con la mirada perdida, apoyó la cabeza en la ventanilla lateral para observar como el paisaje de la ciudad dormida circulaba ante sus casi apagados ojos.
Al entrar en su vivienda, un atosigante calor le recordó que tenía los dos aparatos de aire acondicionado de la casa averiado. El del salón se estropeó unos días antes que del dormitorio. Llamó al señor que lleva el mantenimiento de su empresa para que los mirase y este le dijo que lo que se le había ido era el compresor, que se podía reparar pero, como vulgarmente se suele decir, le iba a costar más el collar que el perro y no era ninguna garantía de que siguieran funcionando.
Ante la imposibilidad de poder arreglarlos, decidió comprarse dos aparatos nuevos con mayor número de frigorías, pero todavía no habían venido los técnicos de los grandes almacenes donde lo adquirió a instalárselo. Algo más que añadir, para que la noche terminará siendo un fracaso de lo más absoluto.
Acostarse tarde y no poder pegar ojo por el calor, han terminado convirtiendo su resaca de esta mañana en el mayor de los suplicios. Está tentada de llamar a su secretario y decirle que está enferma, pero sabe que este mes se ha buscado un par de veces esa excusa para no aparecer por la empresa y su padre le enseñó que debía predicar con el ejemplo. Por lo que, a pesar del punzante dolor que le aprieta la nuca, a pesar de lo tremendamente agotada que se encuentra, deberá afrontar su deber como directiva de pro e ir a trabajar.

Está terminando de tomarse la primera taza de café de la mañana, cuando suena el teléfono, es un número desconocido por lo que quizás se trate de un tema de negocios. Durante unos segundos considera no contestar y que dejen un mensaje, pero es de la opinión que últimamente está siendo demasiado descuidada con sus responsabilidades por lo que se ve en la obligación de responder:
—Dígame —Intenta que su voz suene enérgica, pero los abusos de la noche anterior han hecho mella en sus cuerdas vocales y acaba siendo un esfuerzo más bien vano.
—Buenos días —La voz femenina al otro lado del auricular emana positivismo y simpatía por doquier —, ¿podría hablar con la Señora Paloma Penagos?
—Soy yo —Responde con cierta desgana, pues piensa que se trata de una tele operadora que trata de venderle algo que no necesita.
—Buenos días, le llamamos del departamento de atención al cliente de “La Confección Británica”, en referencia a los aparatos de aire acondicionado que adquirió el pasado miércoles veinticuatro.
—Sí, dígame. ¿Hay algún problema con ellos?
—No se preocupe, señora, no hay ningún problema. Lo que sucede es que como sabíamos que le corría bastante prisa, hemos visto hoy un hueco en el reparto y los operarios se pueden pasar al final de la mañana a llevárselos. Por lo que necesitamos que nos confirme si habrá alguien en el domicilio a esa hora, para comunicárselo a los técnicos.
Durante unos segundos considera la opción de responderle que no habrá nadie en la vivienda pues ella tiene que salir, pero cuando sopesa estar todo el fin de semana soportando el dichoso calor, olvida los preceptos de su padre y se dice que tiene la excusa perfecta para no aparecer por la oficina. Sin ningún reparo le dice a la chica que ella estará en casa durante toda la mañana, que se pueden pasar cuando lo estimen oportuno.
Tras colgar a la amable operadora, llama a su oficina.
—Alquilocsur, buenos días.
—Buenos días, Dani. Soy Paloma, pásame con Antonio, por favor.

Unos segundos de hilo musical más tarde, la voz de su secretario le responde:
—Buenos días, Paloma.
—Buenos días, Antonio. ¿Cómo está la cosa?
—Nada particular, terminando los papeles para el impuesto de sociedades y preparando la relación de recibos de alquiler para pasarlos al cobro a los bancos…
—Yo hoy no voy a poder ir por la empresa, me han llamado de “La Confección Británica”, por lo visto los técnicos del aire acondicionado van a poder sacar un rato a lo largo de la mañana y si no lo hacen hoy, ya no pueden instalármelo hasta el lunes pues los sábados en verano no trabajan.
—… hay una remesa de pagarés que no se pueden presentar telemáticamente, que tienes que firmar para presentarla en el banco el lunes a primera hora sin falta…
—Déjamela en mi despacho y yo me paso esta tarde a firmarlo.
—De acuerdo.
—De todas maneras yo voy a estar en casa, si hay algún problema no dudes en llamarme.
—No te preocupes, hoy último viernes de julio creo que va a estar la cosa muy tranquila y no creo que pase nada que no podamos solventar.
Tras dar las gracias a su secretario, se termina el café, se toma una bebida isotónica para la resaca y se da una relajante ducha. A continuación, se pone un diminuto pijama y se tiende en el sofá, para fingir como que ve la televisión, mientras aguarda la llegada de los operarios del aire acondicionado.
Las conversaciones de los contertulios de la tele se van transformando en una nana para su extremo cansancio, cuando de repente el estridente sonido del teléfono destroza sin paliativos su momento de relax. La pantalla del móvil le revela que es su hermano Adriano. Pese a que no se lleva mal con él, es tan cansino y tiquismiquis que a veces la consigue agobiar un poco. Está tentada de no responder, pero en el último momento saca su lado más empático y lo hace.
—Dime —Su voz suena desganada a más no poder.
—Paloma, ¿cómo estás?
Está tentada de contestarle de modo jocoso que tiene un resacón de mil demonios, pero opta por ser comedida y se limita a decirle:
—Un poco agobiada por el calor, pero bien. ¿Y vosotros?
—¡No lo estamos pasando ideal! Te llamo porque mamá me ha pedido que te diga que quieres que vengas este finde a Laredo. No pongas ninguna pega que lo único que tienes que hacer es subirte a un avión y yo voy a recogerte al aeropuerto de Santander. Total, son solo unos cuarenta minutos y sabes que no me cuesta nada.

Lo cierto y verdad es que le apetece ir a la casa vacacional de la familia, echa de menos los veranos en la playa de la Salvé, los paseos por el pueblo, las charlas con su madre… Sin embargo, desde que murió su padre y desde que su hermano mayor Iyán gestiona la herencia materna junto con la parte que le correspondió a él, no se siente a gusto entre los suyos. Oír al arrogante y soberbio primogénito de la familia haciendo constantemente alarde de todo su poder, le crispa los nervios y se ve incapaz de poder fingir lo contrario.
De nunca había congeniado con él, pues es el clásico individuo que está acostumbrado a salirse con la suya y a que todo el mundo haga su voluntad sin rechistar. Como Paloma no es de bailarle el agua a nadie, siempre han chocado. Si a eso se le suma que ella ha pasado la treintena y no tiene pensamientos de casarse, que tiene una vida libertina donde los novios le duran lo que a un niño un dulce, las constantes y descaradas críticas de Iyán hacia sus elecciones personales no hacen más que recrudecer una situación que cada vez es más tensa y que lo único que consigue es disgustar a su madre.
Dado que no le apetece nada de pegarse un ajetreado viaje para terminar entrando en trifulcas absurdas y que no benefician a nadie, rehúsa amablemente la invitación de su hermano excusándose en que tiene muchos y muy importantes asuntos que resolver durante el fin de semana.
—Ya le dije a mamá que no ibas a querer venir, pero ella insistió en que te llamara.
—De verdad, chiqui, que tengo mucho jaleo este finde. Pero dile a mami que en cuanto pueda sacar un rato subo para casa y estoy unos cuantos días con ella. A todo eso, ¿que tal lo estáis pasando? Seguro que genial…
Unas cuantas protocolarias frases después cuelga el teléfono. Le sabe mal mentir a su hermano, pues realmente tiene ganas de ver a su familia, pero las desavenencias con Iyán son muy grandes y no está dispuesta a que su misógino hermano la vuelva a tratar como si fuera basura, por el hecho de ser mujer y no vivir su vida bajo los rancios preceptos que a él le gustarían.

Se tiende en el sofá y deja que la soñolencia la acompañe, al tiempo que su mente intenta digerir los contenidos televisivos mañaneros. Sin poderlo remediar, cierra los ojos y se queda dormida.
******
Fran y Robert llevan siendo amigos toda una vida. Ambos nacieron en Coria del Rio, fueron al mismo colegio, se echaron novias al mismo tiempo y desde hace un par de años hasta trabajan juntos. Se conocen tan bien y hay tanta complicidad entre ellos, que a veces, y de broma, se refieren el uno al otro como “su novio”, aunque entre los dos nunca ha habido nunca nada sexual, pues si algo tienen bastante claro el uno del otro es que le gustan las mujeres más que comer con los dedos.
Aunque ambos se sacaron el título de técnico electricista, Robert consiguió rápidamente un puesto en “La Confección Británica” y pese a que sus labores en un principio eran las funciones de mantenimiento, una restructuración en la plantilla hizo que terminará como técnico-repartidor de los electrodomésticos al domicilio de los clientes. Una labor bastante dura, con un horario bastante fastidioso y que está lejos de aquello para lo que se preparó.
Fran, por su parte, se colocó en una empresa de instalaciones eléctricas. En el período del “boom inmobiliario” tuvo una época de mucho trabajo y muy bien pagado. Durante unos años de bonanza desmedida su tren de vida estaba lejos de ser el que le correspondería por su rango salarial a un electricista. Para dar a los suyos y a él mismo, todo aquello que creía que se merecían, hipotecó su vida a largo plazo con un leitmotiv basado en un vive ahora y paga en eternos plazos.
La crisis financiera hizo su aparición y las constructoras cesaron de solicitar los servicios de la firma que lo empleaba. La gran mayoría de ellas dejaron de abonar las cuantiosas facturas pendientes por lo que, casi de un día para otro, los beneficios de la pequeña empresa se transformaron en enormes pérdidas. Situación que llevó a sus dueños a despedir a la mayoría de la plantilla. Con un subsidio de desempleo que no alcanzaba para pagar sus inmensas y cuantiosas deudas, se vio obligado a malvender la casa de la playa y a aceptar cualquier tipo de empleo por precario que fuera para poder ir sobreviviendo.

Cuando el compañero de su amigo Robert se jubiló, este vio la oportunidad ideal para sacarlo de la mala situación económica en que se encontraba. Consiguió mover los hilos con su jefe directo, y tras convencerlo de que Fran era la persona idónea para el puesto, pasó a ocupar la vacante libre. Algo por lo que estará eternamente agradecido, pues pese a que la jornada laboral es larga y el sueldo no es para tirar cohetes, está bastante bien para los tiempos que corren. El compañerismo que hay entre ellos hace la tarea más agradable y, aunque no paran de faenar, las horas se le pasan volando la mayoría de las veces.
Hoy, la última entrega la tienen en el centro de Sevilla, un lugar donde normalmente no solo el tráfico es agobiante, sino que aparcar se convierte en una tarea que roza lo imposible. La suerte es que es el último viernes de julio y aunque es hora punta, se puede transitar fácilmente por la ciudad pues parece que un gran número de los vecinos de la zona han aprovechado el fin de semana para disfrutar de las costas cercanas y el número de vehículos circulando es bastante menor de lo habitual.
Su jefe les pidió esta mañana, casi como con un favor personal, que dejaran instalado sin falta dos aparatos de aire acondicionado, aunque tuvieran que prolongar un poco su jornada laboral. Como el hombre se porta bien con ellos, no se han podido negar. De todos modos es la última tarea que deberán hacer hasta el lunes y la afronta con la alegría que da el terminar.
—¿Robert, por qué tenía tanto interés el Jaime en que dejáramos esto listo hoy? —Pregunta Fran mientras aparca el camión en doble fila para bajar las cajas.
—Por lo visto es una titi muy pija que está en el taco y que es muy buena clienta… También me parece que su hermano tiene algunos negocios con ella.
—Quillo, ¡lo que yo te diga!, que este puto mundo está montado de una manera que quien no tiene padrino no se bautiza.
En la calle hace un sol de justicia, faenar a esta temperatura es una tarea de lo más dura y el sudor que mana de los poros de la frente de ambos hombres es una muestra de ello. Con ayuda de una carretilla, bajan las dos enorme cajas y una vez la colocan en la calzada, Fran busca un aparcamiento para el vehículo, pues según le ha dicho su amigo, los aparatos son un modelo nuevo y su instalación es un poco más complicada de lo normal, por lo que tendrán que hacerla entre los dos sino quieren tardar más de lo necesario.

Robert llama al porterillo del piso de Paloma. El primer timbrazo no tiene respuesta, aguarda el tiempo prudencial y vuelve a pulsar el botón del audífono de nuevo. Está considerando que no hay nadie en el domicilio cuando, al tercer aviso, le responde una voz femenina apagada y soñolienta.
—¿Siiii?
—Buenos días, ¿la señora Paloma Penagos? Somos los técnicos de “La Confección Británica” y venimos a instalarle sus dos aparatos de aire acondicionado.
Unos segundos de silencio y la mujer, con una voz más contundente, le responde:
–¡Ah, sí!… Id, por favor, para la puerta del garaje que hay en la puerta lateral del edificio… Os abro y los podéis subir por el montacargas que es bastante más cómodo que el ascensor.
Una vez Paloma le abre la puerta, Robert espera que su amigo Fran vuelva de aparcar el pequeño camión de reparto.
—¡Quillo, enseguida va a poder hacer uno esto en otro mes que no sea Julio! He aparcado en primera fila y la mar de cerquita —Al ver el espacioso garaje, en cuyo interior están estacionados varios coches de alta gama, un mohín de fastidio se pinta en su cara pues los bienes materiales caros siempre han tenido para él un alto valor y ahora, más que nunca, sabe que tiene que prescindir de la inmensa mayoría de ellos, por lo que añade con un tono bastante despectivo —Pues sí que la titi esta está en el taco: cochera en pleno centro, montacargas y seguro que uno de esos carros es el suyo… ¡Qué suerte tienen algunos y nosotros aquí sudando como cerdos para ganarnos un sueldo con el que no llegas ni a final de mes!
Robert, en un intento de quitarle importancia a las protestas de su amigo, hace caso omiso a su comentario y se limita a ayudarle meter la enorme caja en el ascensor de materiales.
Sabe que aunque no se queje, todavía echa de menos la vida de pequeños lujos que se pudo dar años atrás. Está tan resentido con todo lo que le pasó con la maldita crisis que ni ha vuelto a pisar el pueblo costero donde tenía su casa de vacaciones. Para él la nostalgia de aquellos buenos tiempos se ha terminado convirtiendo en el peor de los suplicios y no poder volver a darle esa vida a su familia le hacen sentirse un fracasado.
Casi en un absoluto silencio marca el botón de la cuarta planta y al constatar que a su compañero se le ha puesto “cara de lunes”, opta por hacer una broma intentando conseguir que cambie su fruncido ceño por una sonrisa.
—Pues tío, nada más coloquemos esto nos vamos para el queli —Se mete mano al paquete de manera grosera y añade — Hoy estoy de un caliente que me salgo. Esta tarde me voy a ir para la parienta y le voy a dar un tute que le va a salir leche hasta por las orejas.

—Eso tú, Robert, que no tienes niños. Yo con los dos enanos rondando por ahí, ni follar en condiciones puedo. Solo por las noche y cuando no se viene la mayor a la cama con nosotros porque dice ha tenido una pesadilla. ¡Si hasta nos ha pillado un par de veces en plena faena!
—¡Vaya manera de cortarte el rollo!
—Ya te digo, que me clavo menos que la alcayata del almanaque.
—¡Ya será menos, peaso cabrón! —Su respuesta al comentario jocoso de su compañero, está adornada con una sonrisa condescendiente.
—Que sí hombre, que tengo el nabo con los dedos marcaos como cuando era un chaval…
La puerta del ascensor se abre y la inadecuada conversación llega a su fin, del mismo modo que empezó.
Cuando ambos hombres llegan al descansillo que hay ante la entrada de la puerta de Paloma, adoptan una actitud solemne y llaman al timbre de la puerta.
Su aparente formalidad contrasta con la actitud desenfadada con la que los recibe la dueña de la casa. Vestida con un pijamita compuesto por un ajustado top que cubre mínimamente sus pechos, dejando su barriga al aire y un pantaloncito diminuto que muestra unos torneados muslos. Los dos hombres al ver la atractiva chica rubia se quedan un poco cortados, no solo por la indumentaria que lleva puesta para atenderlos, sino porque es la voluptuosidad personificada. La dueña del piso tendrá más o menos la misma edad de ellos, es delgada, tiene unos pechos grandes, un vientre plano y su pequeño cuerpo está repleto de seductoras curvas. Por unos segundos Fran y Robert se sienten abrumados ante tanta sensualidad y tienen la sensación de que por allí ha pasado un gato que les ha comido la lengua.
Sobrepasada la sorpresa inicial es Robert quien, envolviendo su timidez con un saber estar inusual en él, rompe el hielo de tan insólita situación.
—Buenas tardes, usted nos dirá en qué lugar de la casa deberemos instalarlos.
Paloma hace un educado mohín de asentimiento y con un gesto los invita a pasar.
En cuanto introducen las cajas en el interior de la vivienda, la atractiva treintañera cierra la puerta. Antes de que los operarios puedan decir una palabra, les invita a seguirla con la actitud propia de las que están acostumbradas a dar órdenes.
Una vez llegan al salón les dice:
—Uno viene aquí —Dice señalando un hueco de la pared en cuyo interior está el aparato averiado —El otro va en el dormitorio.

Robert sigue a la mujer, mientras su compañero se queda desembalando los dos aparatos de aire. Al entrar en la habitación, la cama evidencia la terrible noche de insomnio que se ha vivido en ella. La mujer, que todavía no se ha despabilado del todo, se da cuenta y se excusa con el operario como buenamente puede.
—Perdonen el desorden, pero esta noche no he dormido nada con la maldita calor y me he pasado toda la mañana tendida en el sofá.
—No se preocupe. Espacio suficiente para trabajar es lo único que precisamos.
—Los viejos me dijeron el vendedor que se los llevabais vosotros
—No hay problema —Responde Robert a la vez que analiza el hueco en el que está colocado el aire antiguo —Además veo que hay espacio suficiente, el aparato nuevo es un pelín más pequeño.
La amabilidad que emana el operario al dirigirse a ella, hace que por primera vez Paloma se fije en él. No es muy alto, aproximadamente uno setenta y cinco, aunque tiene un poco de tripa no está gordo y embutido en la ropa de trabajo tiene un aspecto viril a más no poder. Si a todo eso se le suma que el tío no es feo, unos ojos negros llenos de nobleza y un cabello azabache que, al igual que su descuidada barba de dos días, lo dotan de una palpable masculinidad, es irremediable que, por unos segundos, la muchacha se sienta atraída por él y termine imaginando como sería tenerlo dentro de ella.
La saca de su ensimismamiento un fuerte vozarrón del otro técnico llamando a su compañero para que traiga uno de los aparatos al dormitorio.
A los pocos segundos, Fran entra con una de las cajas en la carretilla. La coloca en el suelo y se pone a desembalarlo. Irreflexivamente la chica posa su mirada sobre el fornido treintañero. Aunque es menos guapo que su compañero, no está falto de atractivo. Es más o menos de la misma altura, un poco más robusto y voluminoso. Aunque lo más reseñable de su rostro son sus labios carnosos y sus ojos claros, está casi pelado al cero y luce unas pequeñas entradas que junto con su nariz porrona le dan un aspecto de macho rudo. Al observar sus rudas y encallecidas manos no pudo evitar fantasear con lo que se sentiría al ser acariciadas por ellas.
Al darse cuenta de lo inadecuado de sus pensamientos, desvía preocupada la mirada y les dice en un tono casi ceremonioso:
—Estaré en la cocina, si os hago falta para algo nada más que tenéis que llamarme.
Nada más que abandona el dormitorio, y una vez considera que está lo suficientemente lejos para no oírlo, Fran se acerca a Robert y, tocándose el bulto de la entrepierna descaradamente, le susurra al oído:
—Crees tú que la gachi esta nos pueda hacer falta para algo.
Su compañero de trabajo lo mira, cabecea contrariado y le responde en el mismo tono jocoso que él:
—¡Anda, ya te vale!

—Pero, ¿tú has visto cómo está la tía? Si está que cruje de buena…
—Sí, hombre no estoy ciego.
—A mí se me pone a tiro y me la cepillo.
—Muchas películas pornos me parece que has visto tú. ¿Tú crees que una tía con clase como esa se va a fijar en dos ceporros como nosotros? Anda, déjate de mamoneo y aligera que cuanto antes terminemos, ante nos vamos.
******
Paloma está preparando el almuerzo, los técnicos de “La Confección Inglesa” se han presentado cerca de las dos de la tarde, por lo que se ha llevado toda la mañana durmiendo en el sofá. Mientras corta la verdura, vuelve a fantasear con tener sexo con los dos individuos que le están instalando los aparatos de aire acondicionado.
Está dejando tanto volar la imaginación que hasta se pone un poco cachonda. « ¡Joder, cada día estoy más salida y no perdono ni uno!», se recrimina mientras se relame el labio e intenta borrar los pecaminosos pensamientos de su mente. Fantasías que se niegan a irse, como si estuvieran empeñadas en convertirse en algo real.
Tras prepararse una ensalada y sazonar debidamente para la plancha unos filetes de pechuga de pollo, encamina sus pasos al salón. Por lo que puede deducir, mientras ella ha preparado el almuerzo, ya le han dejado instalado el aparato del dormitorio, pues se disponen a colocar el correspondiente al salón. Intentando pasar desapercibida, no hace ningún ruido y se pone a observar cómo trabajan silenciosamente.
No son el prototipo de belleza que venden en la publicidad y en las revistas de moda, no tienen nada que ver con los metrosexuales que se lleva a la cama normalmente, pese a esto, o quizás por ello, cuanto más los mira, más aumenta su atracción hacia los dos fornidos tipos. De siempre ha tenido la convicción de que los uniformes de trabajo incrementan la hombría de quien los lleva y, en el caso de estos dos, su teoría no puede estar más acertada.
Los observa trabajar, al usar las herramientas y mover el electrodoméstico a lo largo de la sala, sus músculos se tensan bajo el ajado uniforme, sus rostros se contraen en una brutal mueca por el esfuerzo, todos sus movimientos emanan una virilidad que alimentan su libido de un modo brutal. La excitación que la embarga al mirarlos es tal, que se queda completamente extasiada en la entrada del salón, como parada en el tiempo.
Está tan sumida en degustar las feromonas que desprenden la actividad que se desarrolla en el salón de su casa, que no se percata que Fran ha girado la cabeza hacia donde está ella y le dedica toda su atención. Los ojos del hombre se clavan en la mujer y la recorren sin pudor de abajo arriba, hasta que se encuentran con los suyos, enfrentándose ambos en un desvergonzado duelo para demostrar quién de los dos tiene la situación bajo control.

Lo fácil para Paloma hubiera sido desviar la mirada, bajar la cabeza y darse la media vuelta ninguneando al operario en su afán de seducirla, pero en vez de eso le mantiene el pulso. La tensión sexual que surge entre los dos a los pocos segundos se puede cortar con un cuchillo, por un momento ignoran la presencia del su compañero y el calvete, de forma descarada e impúdica, se lleva la mano a la entrepierna y aprieta burdamente su paquete. La respuesta de la atrevida mujer es la de morderse libidinosamente el labio, dejando que el deseo que la desborda gobierne por completo cada punto de su expresión facial.
Robert no da crédito a lo que ve, el bombón rubio está coqueteando con su amigo y este se le está insinuando sin ningún reparo. Lo morboso de la situación propicia que su pene se despierte y comience a palpitar levemente dentro de su ropa interior, irreflexivamente lleva la mano a su paquete y agarra con fuerza su aparato genital.
Paloma divide su atención entre los dos machos que tiene ante ella, no es la primera vez que se enfrenta a un trío, pero en las muchas otras ocasiones tenía la coartada de estar desinhibida por unas cuantas copas sazonadas con alguna raya de coca. Hoy está resacosa, muy salida y la poca sensatez que le resta no puede batallar con las enormes ganas de sexo que bullen en su interior. Sin meditarlo ni un segundo decide que hoy va a follar con los dos machos que tiene delante de ella, por lo que avanza hacia ellos con un caminar sigiloso y cautivador como el de un felino.
Los dos operarios se miran atónito, no necesitan intercambiar ninguna palabra entre ellos para saber que les acaba de tocar la lotería. Aunque no han participado nunca juntos en un trío, ni en una orgia, ni en nada parecido, hay tantas horas de confidencias entre ellos que no tienen ningún reparo en compartir una tía tan espectacular como la que tienen delante, pues esas ocasiones se presentan muy pocas veces en la vida y saben que hay que aprovecharlas.
La mujer una vez llega a ellos, le pasa la mano por el pecho a ambos mientras los mira seductoramente y mordiéndose morbosamente el labio inferior. Los dos hombres al sentir los dedos de Paloma acariciarlos no pueden evitar lanzarse una mirada de complicidad y resoplar a la vez que se hacen un guiño de sorpresa.
Aquel gesto es la batería que necesita Paloma para dejar que sus dedos resbalen por su abdomen hasta llegar a su entrepierna. Aprieta fuertemente el aparato genital de ambos y jadea levemente, dejando que en su rostro asome una mueca de libidinosa satisfacción.
Sin embargo, su satisfacción no es completa, pues algo debe estar haciendo mal pues los dos no están igual de excitados. La polla de Robert, al contrario de la de su amigo que está empalmado a más no poder , simplemente tiene una leve erección. Por lo que decide que deberá esmerarse más con él, si quiere disfrutar del trio de la manera que espera.

Mientras ella acaricia golosamente sus paquetes, una de las manos de Fran va a parar a uno de sus pechos y lo comienza a magrear contundentemente. El otro operario, que todavía no sale de su asombro, al ver las libertades que se toma su compañero con su clienta y, aparcando las posibles reticencias ante las consecuencias que sus actos puedan tener, se concentra en vivir un momento que le parece irrepetible. Inevitablemente una de sus manos va a parar a las nalgas de Paloma, es sentir la dureza y firmeza de esta bajo sus dedos e irremediablemente su pene se comienza a llenar de sangre, consiguiendo que a los pocos segundos llegue a estar tan duro como una piedra. Por lo que la mujer, consigue su objetivo de tener para ella dos pollas súper duras, sin tener que mover un músculo.
En unos breves instantes el deseo crea un vínculo de complicidad entre los dos hombres y la mujer, quienes sin intercambiar palabras se sumergen en la vorágine del sexo. Los labios de Robert buscan los de Paloma, quien le da un ligero muerdo para reclamar los de su amigo, cuando las bocas de la empresaria y el electricista calvete se tocan saltan las chispas y sus lenguas comienzan a bailar frenéticamente, como si quisieran fundirse.
Paloma, sin dejar de magrear los paquetes de ambos, pega su cuerpo al de Fran. Como una gata en celo, restriega sus senos contra el sudado tórax, mientras le pega pequeñas e indoloras dentelladas en los labios. El operario, a pesar de que tiene sexo de manera regular con su mujer, quizás por estar atrapado en la cárcel de la monotonía, hacía tiempo que no se sentía tan deseado y eso lo pone tremendamente cachondo.
Por unos segundos, Robert se siente desplazado, como si estuviera de más. La chica se da cuenta de ello y le pide, mediante un gesto y con una naturalidad pasmosa, que se una a la pequeña fiesta. En un primer momento está tentado de rechazar aquel ataque contra su hombría, pero la forma determinante con la que su amigo tira de él acaba con cualquier oposición y acaban uniéndose a un lujurioso beso a tres.

A Fran le da un poco de asco notar los labios de su amigo cerca de los suyos, pero lleva tanto tiempo sin disfrutar de una sesión de sexo guarro que lo acepta como el pequeño peaje que debe pagar por estar con un pivón como Paloma.
Robert siempre había tenido curiosidad por saber que se sentía al besar a otro tío, pero era un deseo tan secreto que ni siquiera se lo confesaba a sí mismo. Que haya sido Fran quien haya tomado la iniciativa para ello, le quita cualquier problema de conciencia ante él y tener que darle explicaciones. Le cuesta admitirlo, pero la saliva de su amigo sobre sus labios ha propiciado que la verga se le ponga aún más dura. Está tentado de alargar la mano hacia el paquete de su colega y comprobar si su nabo es tan grande como parece el bulto que se marca en su pantalón, pero se queda con las ganas, pues es un puente que no encuentra la valentía para cruzar.
Paloma está disfrutando de lo lindo con la situación, es de la teoría que todas las personas encierran un bisexual en su interior. Algo que la experiencia le ha demostrado con sus eventuales novios, quienes, en más de una ocasión, terminaban declarándose heterosexuales curiosos (Maricones en contrato de formación según la particular forma de ver las cosas de su amigo JJ).
Sin embargo, a diferencia de los rudos machos que besan sus labios, sus ligues no hacían alarde de una masculinidad y virilidad tan abrumadora, eran prototipos de niños guapos con muchas horas de gimnasio a cuestas y demasiado tiempo mirándose al el espejo. Por lo que para despertar la curiosidad por el sexo gay en ellos, fue siempre de lo más fácil.
Tensar la cuerda y jugar con las reacciones de los dos recios machos ante lo que ella les propone, le está produciendo más placer que el propio sexo en sí. Sabe que si quiere que se lo monten entre ellos, se lo va tener que currar, sin embargo es consecuente con que la recompensa merece la pena.
Saca soezmente su lengua fuera y fuerza a que la de los dos hombres se una a la suya, al ver que no se niegan y ambos acceden a sus caprichos sin rechistar, se siente como si hubiera ganado una batalla. Aunque también es consciente de que todavía le queda mucha guerra que pelear para poder jactarse de su victoria en el malicioso plan que ha comenzado a elucubrar.
Sentirse triunfadora la pone más caliente aún y, con una facilidad más que pasmosa, saca estrepitosamente los miembros viriles de ambos hombres fuera de sus pantalones.

Tal como suponía ambos están bien dotados, pero aunque la polla de Robert no es pequeña, pues posee un largo y anchura más que respetable. Lo que tiene Fran entre medio de las piernas es para hacerle la ola, aunque tiene una altura similar a la de su compañero de trabajo, es bastante más gordo y si a eso se le añade la vena ancha que recorre todo su tronco, no es extraño que a Paloma le termine pareciendo de lo más apetecible.
Súbitamente, deja de besar a los hombres y acerca sus labios al erecto mástil para devorarlo, sin embargo el olor a sudor y orín que emana hacen que se le quiten todas las ganas de saborear aquella golosina sexual.
Levanta la cara con cierto fastidio y Robert, quien se ha dado cuenta de lo ocurrido, con el descaro que lo caracteriza, le dice:
—¿Qué quieres mujer? Llevamos todo el día currando, no querrás que huela a flores de la Toja.
Paloma cabecea levemente y, con absoluta naturalidad, le responde:
—Nada que no se quite con una ducha, ¿no?
Los dos amigos intercambian una mirada de perplejidad y, tras conversación tan pequeña como silenciosa, acceden de buenas ganas a la proposición de la mujer.
Sin protocolos de ningún tipo, los hace pasar al baño, un habitáculo bastante espacioso donde además de los habituales accesorios: el tocador, el inodoro, el mueble para las toallas, la ducha… se puede ver, ocupando prácticamente la parte frontal una pequeña bañera de hidromasaje.
Fran al verla da un codazo a su colega y le sonríe picaronamente. Paloma percibe el gesto, arquea las cejas astutamente y, tras darle una toalla a cada uno para que se duchen, pone a funcionar el pequeño “yacuzzi”, mientras observa detenidamente como los dos hombres se despojan de su uniforme de trabajo.
Hay poco de striptease en el modo en que los dos atractivos individuos se desprenden de sus ropas. Robert lo hace despacio, con un poco de reparo de desnudarse delante de una desconocida y máxime en el estado de excitación que se encuentra, al contrario que su compañero que se quita en un santiamén hasta la última prenda y se mete rápidamente en la ducha, sin importarle lo más mínimo tener la polla mirando al techo, ni que su mejor amigo lo esté observando disimuladamente.
Los cuerpos de ambos, tal como pensaba Paloma, están lejos de ser los prototipos que se pueden ver en un gimnasio. Aunque hay muy poca grasa en sus cuerpos y casi toda ella acumulada en el entorno del abdomen, ninguno de los dos muestran la estereotipada musculación de los chicos de anuncio. En cambio, su ancho pecho, sus voluminosos brazos y sus fornidas piernas están lejos de ser la de unos blanditos. Si a eso se le suma que ambos son bastante peludos y tienen unos buenos culos. La muchacha no deja de relamerse ante su inesperada conquista matutina y sus ganas de follar con ellos no puede ser mayor.
Se arrodilla junto a la bañera, mete una mano en el agua para comprobar su temperatura y deja que su mirada se deslice, sin ningún pudor, por el cuerpo del operario calvete mientras este se termina de desprender de toda la ropa.

Fran, tras enjabonarse concienzudamente y aclarar la espuma bajo el agua de la ducha, cede su sitio a Robert. Mientras se seca, y al comprobar que la chica no le quita ojo de encima, comienza a pasar libidinosamente una de sus manos por su pecho, por su barriga, hasta llegar a su pelvis, donde coge su herramienta sexual y la comienza a acariciar con morboso brío, como si se estuviera masturbando.
Paloma está tentada de caer bajo sus influjos, pero desde que ha visto lo fascinado que ambos se han quedado al ver la bañera de burbujas una impulsiva travesura se ha aparcado obsesivamente en su pensamiento, por lo que si cede a sus instintos y se va para él para hacerle la mamada que su cuerpo le pide realizar, no va a poder hacer realidad su pecaminosa fantasía. Así que adopta una actitud mitad bobalicona, mitad picara y le responde.
—No seas egoísta y no quieras empezar la fiesta sin tu amigo. Además, he pensado que en el “yacuzzi” nos lo podemos pasar mucho mejor.
—¿Cabremos los tres? —Pregunta Fran si dejar de presionar su miembro viril entre los dedos.
—Por supuesto, un poco apretados, pero creo que es mejor así —Al terminar de responderle, la mujer se pone de píe casi de un salto y se quita la parte de arriba del pijama, dejando al aire unos hermosos pechos redondos y firmes que se convierten en una tentación para el caliente operario.
Robert que se estaba tomando su tiempo en ducharse, al ver cómo se va acelerando los acontecimientos fuera y temiendo quedarse sin su parte de trozo del pastel, se enjuaga el jabón rápidamente, coge la toalla que le dio Paloma y se da toda la prisa que puede en secarse los pies para no resbalarse.
Pese a que sabe que está rompiendo no sabe cuántas normas éticas y laborales no puede evitar sentirse en un momento que no puede dejar pasar, no tanto por el pedazo de tía que está hecha Paloma, sino por compartir sexo con su amigo del alma. Sin pensarlo, acelera sus pasos en dirección al “yacuzzi”.
Aun así Fran le ha cogido la delantera, se ha ido para la dueña de la casa y, tras ponerle las manos en la cintura, la está besando apasionadamente. Transcurridos unos segundos y al ver que su compañero no se acopla a ellos dos, le hace una señal para que lo haga.

El gesto Fran y la naturalidad con la que lo invita a participar en otro beso a tres, hace que se enciendan multitud de alarmas en su interior. Tiene claro que la chica está buena para rabiar, pero es que lo de antes ha sido algo muy gay y a su amigo, a quien siempre había considerado macho cien por cien, aquello parece traerle sin cuidado. Lo peor de todo es que a él, no es que únicamente no le haya desagradado aquel viaje por su lado homosexual, es que le ha excitado un montón. No se atreve a pensar que se deba a que se siente atraído por su colega, le gusta creer que porque se trata de algo novedoso y que se sale de la monotonía tan propia de las relaciones de pareja a las que su mujer lo tiene acostumbrado.
Sin embargo, tiene muy claro que el cimbrear de su polla no responde a estar con aquel monumento de mujer, tiene claro que lo que más le excita es estar cerca de Fran, sentir su aliento mezclándose con el suyo, mientras su mano aprieta con fuerza su nuca. Sin poder evitarlo, vuelve a lanzar una visual al erecto miembro viril de su compañero y, para su sorpresa, no le desagrada lo más mínimo.
Pese a que está tentado de negarse, aquel balancearse por ese tentador abismo le pone más de lo que él quiere reconocer, avanza con paso firme y se une a ellos. Al principio con cierta cautela, pero al ver como Fran le echa un brazo por los hombros, formando una especie de círculo, deja de preocuparse por lo moral o no de lo que está haciendo y se dedica a vivir un momento que difícilmente considera pueda volver a repetirse.
Si la primera vez que se besó con su compañero y Paloma estaba más preocupado en analizar los motivos por los que se encontraba haciendo aquello, en esta segunda ocasión deja sus perjuicios fuera y, al igual que Fran, se vuelca en disfrutar al máximo de lo que hace.
A Paloma la facilidad con la que los dos viriles repartidores están cayendo en su trampa la tiene ensimismada, durante unos segundos llega a pensar que han mantenido previamente relaciones, sin embargo las dudas que ha demostrado tener el segundo para unírseles no tienen nada de fingido y solo un buen actor podría disimularlas. Así, como tiene claro que no tiene a Robert de Niro delante, llega a la conclusión de que si alguno de los dos ha tenido algo con hombres antes ha sido el calvete. Cosa que por otro lado le parece la mar de lógica, pues es de los dos quien tiene pinta de gustarle guarrear más que a un tonto un lápiz.
Fran nunca ha sido un ligón, pero tiene mucho mundo recorrido y sabe reconocer a una viciosa cuando la tiene delante. Piensa que la acaudalada señorita de los cojones, como toda la gente de dinero, es una pervertida de marca mayor. Desde el primer momento que se les insinuado a su colega y a él, se ha dado cuenta la tía ha ido buscando un rollo gay entre ellos dos. Por eso no ha puesto ninguna pega al beso y si tiene que cogerle la churra a su amigo se la va a coger, como si tiene que hacerle una paja. Hace tanto tiempo que no echa una cana al aire y ni está con un monumento de mujer como ella, así que de ningún modo va a dejar pasar, y por unas minucias de nada, lo que considera una oportunidad de oro.

Además es de la absoluta convicción de que ni él ni Robert van a volverse bujarrones, por comerse la boca o masturbarse mutuamente. Si lo van hacer es para poder follarse el fabuloso pibón que se les ha puesto a tiro, lo que no tiene muy claro si su colega, con lo suyo que es para estas cosas, se va a volver un mojigato y van a tener que dejar pasar la extraordinaria ocasión que se les ha presentado.
Mientras sus cuerpos y sus lenguas se entrelazan, el deseo y la pasión se hacen más poderoso. Paloma no puede reprimir el hambre de sexo que crece en su interior, libera una de sus manos y la lleva al miembro viril de Fran y lo comienza a masturbar suavemente. El calvete, por su parte, le quita la mano que le tiene echada por los hombros a la chica y agarra uno de sus pechos. Le mete un magreo tan contundente que la mujer no puede evitar separar sus labios de los de ellos y ponerse a jadear como una perra en celo. Si este prólogo al placer no fuera suficiente, Robert mete la mano bajo su ropa y empieza a acariciar magistralmente con su dedo índice la raja de sus glúteos.
De un modo casi violento, la atractiva rubia, se zafa de sus dos acompañantes y con una generosa sonrisa en los labios les dice:
—¿Bueno, queréis probar las burbujas relajantes o no?
Los dos treintañeros, quienes todavía no asimilan que una mujer sea la que lleve la batuta en el tema sexual, asienten con la cabeza. Esperan que la chica se termine de desvestir y la siguen al interior de la bañera de hidromasaje.
Aunque la indumentaria de Paloma dejaba poco lugar a la imaginación, verla completamente desnuda es otra cosa bien distinta. Robert, quien en un principio tenía sus dudas en tener sexo con una clienta por los posibles problemas que le pudiera acarrear, al ver la aparente dureza de nalgas y sus firmes pechos vibrar a cada paso que da, no puede alegrarse más de la loca decisión que ha tomado. Si a eso se le suma que su coño completamente depilado recuerda el de una jovencita, las ganas por hacer suya aquel pedazo de hembra no pueden ser mayor.
No obstante, por mucho que le atraiga la chica, lo que realmente le motiva, por mucho que le pese, es compartir sexo a tres con su compañero. Simplemente imaginar como el nabo duro y gordo de Robert profana la raja de Paloma y su miembro viril parece tomar vida propia.

La bañera es pequeña, pero caben los tres perfectamente. La chica se sienta en la parte central, Fran lo hace a la izquierda y su compañero a la derecha. El primero en echar un brazo por encima de Paloma y buscar sus labios, es Robert, quien parece haber abandonado todo el recato de un principio y deja fluir con naturalidad la pasión que bulle en su interior.
La muchacha, sin dejar de besar al fornido moreno, mete las manos bajo el burbujeante líquido y se pone a masturbar a ambos hombres al unísono. El calvete pone una mano sobre su rodilla y la sube sigilosamente por su muslo hasta llegar a su sexo. No puede evitar gemir de placer, al notar como los rudos dedos se abren paso a través de los labios de su vulva y acarician su clítoris.
Hacía tiempo que no la tocaban de ese modo tan brusco y siente como un agradable escalofrió recorre su espalda. Sin embargo, por mucho que le ponga los ademanes bastos de los operarios, no está dispuesta a dejar que sean ellos quien tome la iniciativa en todo momento y vuelve a detenerlos en seco.
Aunque intenta evitar que se noté que no está de todo contenta por como trascurren las cosas, su forma de comportarse lo hace de lo más evidente. Deja de besar a Fran y saca los dedos del otro hombre del interior de su coño. Los dos tipos siguen un poco desconcertados por cómo lleva la situación y cómo se comportar, pero parece no importarle, pues se limitan a hacer lo que les pide, sin poner objeción alguna:
—¡Levantaos, por favor! Que ahora que estáis bien limpios, no me va importar comeros la polla.
Cuando los dos hombres se ponen de píe, Paloma se arrodilla sobre el suelo de la bañera. Está a punto de llevar a cabo la fantasía que se vino a la mente cuando los vio desnudarse, teme que le puedan poner alguna pega, pero considera que no tiene nada que perder y prefiere correr el riesgo.

Los dos operarios colocan sus erectas vergas a ambos flancos de su rostro, como si fueran dos pequeñas lanzas dispuestas a atravesar sus mejillas. Las atrapa a ambas con sus manos y las acerca a sus labios, al principio se limita simplemente a pegar unas pequeñas chupaditas sobre su glande, más tarde recorre con su lengua los pequeños pliegues del interior del prepucio y finalmente se mete los hermosos capullos hasta casi tragarse el tallo, todo eso alternando los favores de su boca entre un nabo y el otro.
Una vez considera que tiene a ambos comiendo de su mano, la mujer da un paso más en su fantasía de sacar el lado bisexual de los dos operarios. Acerca una churra a la otra, comienza a rozar sus cabezas entre sí y, a continuación, intenta chuparlas las dos al mismo tiempo. Levanta la mirada para valorar la reacción de ambos y lo que ve no deja de sorprenderle. En el rostro de Fran se pinta una maliciosa sonrisa de satisfacción, mientras la expresión de Robert denota sorpresa a la vez que en sus ojos muestran manifiestamente el lisonjero brillo de la lujuria. Más que complacida ante como se va terciando los acontecimientos, prosigue con la singular mamada.
Incapaz de tragarse el gordo falo de Fran, junto con el de su amigo. Coloca uno junto al otro, mete su cabeza entre ambos y comienza a pegarle pequeñas mordiditas a sus testículos. Alza la vista de nuevo y percibe que la distancia entre ambos es mínima. El uno invade el espacio vital del otro de un modo acosador, por un momento la mujer creen que están a un milímetro de darse un beso. Cada vez tiene más claro que estos dos mantienen virgen su lado homosexual, por lo que sabe que si quiere embaucarlos del modo que ha imaginado, no va tener más remedio que trabajárselo duro, lo que supondrá una recompensa mayor.
Una traviesa y perversa idea asalta su mente de nuevo. Sin pensárselo, decide llevarla a cabo. Con una mano junta ambas vergas, mientras que la otra la apoya en la zona lumbar de Fran, a quien considera con menos perjuicios de los dos, y empuja hacia delante. Poco a poco, el rostro del calvete se va aproximando al de Robert, libera a los falos del agarre de su puño y presiona con este en la cintura del otro operario. En principio, únicamente se dan un pequeño piquito, pero la tensión sexual termina enmarañando sus sentidos y sucumben a un pasional beso en el que da la sensación de que quisieran devorarse mutuamente.
Contemplar como los dos hombres acceden a hacer realidad sus deseos, ponen a Paloma tremendamente cachonda. Atrapa los dos mástiles de su entrepierna con una mano y comienza a masturbarlos, frotando el uno con el otro. La mano que la queda libre la lleva a su sexo, está tan mojada que sus dedos se impregnan rápidamente de sus flujos vaginales.
Robert siempre había tenido a su colega en un pedestal. Su forma de abordar las cosas le encantaba, pues el modo en que a él le gustaría hacerlo, pero nunca se atrevió. Era descarado cuando la situación lo requerría, plantaba cara a quien se pasaba con él, cuando le gustaba una chica se le insinuaba y nunca se negaba a una buena juerga. Hoy, mientras sus lenguas danzan la una con la otra apasionadamente, llega a la conclusión de que siempre, en el fondo, se había sentido atraído por él y que, en su pequeña cobardía, siempre se lo había negado. Sentir como sus penes friccionan entre sí, al tiempo que sus bocas casi se sueldan en un pasional muerdo es algo que cree haber estado esperando mucho tiempo y se entrega por completo a ello.

Fran nunca había besado a un tío, a lo más que había llegado era a dejarse hacer una mamada por un compañero marica que tuvo una vez en el trabajo. De siempre había pensado que darse un muerdo con un tío debía ser lo más repugnante del mundo, sin embargo, la rubia lo tiene tan cachondo que no le ha importado comerse la boca con su mejor amigo, lo más sorprendente de todo es que le está gustado una barbaridad. Aun así, temeroso ante la desconocida parte de sí a la que se está enfrentando, aparta fulminantemente los labios de su colega y, rápidamente, adopta una postura fría e impersonal.
Por mucho que disfrute de este polvo, por mucho que le agrade comerse la boca con Robert, sigue teniendo perjuicios y no sabe si estos, después de lo que está sucediendo entre ellos, le permitirán seguir mirando a la cara a su mejor colega. Por lo que decide llevar la iniciativa y, por muy buena que esté la tía, no le va dejar manipularlos más del modo que lo está haciendo.
Tras acabar con el beso del mismo modo súbito con que se inició. Fran quita la mano de la mujer de su polla, se dirige a ella en un tono que roza lo grosero y le dice:
—Veo que te gustan muchos los jueguecitos, pero ya me estoy cansando de tantos preámbulos y me gustaría meterla hasta los huevos.
La rubia se queda un poco desconcertada ante la beligerancia en las palabras del calvete, está tentada de contestarle una fresca, pero considera que parte de la culpa de su rebote la tiene ella por forzar tanto las cosas. Como está loca por sentir aquel enorme trozo de carne dentro de su caliente gruta, se levanta y en un tono casi imperativo les dice:
—Pues nos secamos bien y nos vamos a mi dormitorio. Así compruebo que tal funciona el aparato de aire acondicionado que me habéis instalado. Mientras se secan, Robert no se quita de la cabeza la salida de tono de su compañero y cree que el responsable es él por haberse entregado tanto en el fantástico muerdo que se han propinado.

Durante unos segundos baja la cabeza avergonzado, como si hubiera cruzado una puerta prohibida y esta le llevara a perder una amistad que tanto valora. Se siente tan culpable que su expresión es de completa pesadumbre.
Fran lanza un breve vistazo a la entrepierna de su colega, la dureza que presentaba su polla instantes antes ha desaparecido por completo de manera fulminante. Como cree que su terquedad es quien ha propiciado aquello y no quiere que la confianza que los une se vea perjudicada. Le echa un brazo por los hombros, acerca su boca a su odio y le susurra:
—¿Tú has hecho alguna vez una doble penetración?
Robert arquea las cejas un poco confundido y niega con la cabeza.
—Yo tampoco, pero me parece que nos vamos a estrenar.
Paloma ignora que está cuchicheando el calvete a su compañero, pero por la forma de mirarla sabe que están hablando de ella. Ser el centro de atención y sentirse deseada es de las cosas que más le ponen en el mundo, por eso se limita a sonreír por lo bajini, mientras que se dice: « Pues si esto os ha gustado, lo próximo os va encantar»
Robert hunde la cabeza entre las piernas de la dueña de la casa, quien se encuentra completamente despatarrada sobre la cama, y comienza a lamer su almeja. Sin más dilación llega a su clítoris y pasa la puntita de la lengua por él. Lo saborea, deleitándose en el sabor que deja en su paladar . Un par de dedos le ayudan en su cometido, la chica se encuentra tremendamente empapada. A un ritmo casi vertiginoso los mete y saca e de la caliente gruta, mientras sigue chupando el rosado botón. Agarra sus nalgas con las manos para poder apretarlo bien contra su cara. Al ver que puede llegar más lejos, degusta sus jugos, juega con sus pliegues internos. La fuerza con la que la rubia aprieta su nuca aumenta considerablemente, por lo que supone que ha alcanzado su primer orgasmo. Circunstancia que no hacen disminuir sus ganas de sexo pues, por los jadeos de su colega, le sigue mamando la verga con las mismas energías que antes de correrse.

Tanto Fran como él tenían en mente otra cosa cuando acompañaron a Paloma a su habitación: Follar con ella. No obstante, nada más que han entrado en su cuarto, la mujer ha vuelto a tomar la iniciativa y se ha tendido sobre el desordenado lecho, desoyendo sus deseos. Tras abrirse impúdicamente de piernas, le ha ordenado con un tono grosero que le coma el coño e, imperiosamente, le ha pedido a su colega que le meta la polla en la boca.
Levanta ligeramente la mirada y la imagen del martillo sexual de su amigo acoplándose a las paredes de la cavidad bucal de la chica le parece de lo más morboso que ha visto en mucho tiempo, tanto que nota como su verga palpita como si tuviera vida propia.
Le gustaría no tener que reprimir sus ganas de mirar como el gordo carajo de su amigo entra y sale de la boca de la atractiva rubia, le gustaría no haber descubierto esa parte de él que había permanecido oculta hasta hoy, le gustaría no excitarse con el pensamiento prohibido de mamarle el nabo a su amigo…
Está tan excitado con la idea de tragarse la tranca de su amigo que tiene que hacer un esfuerzo enorme por no correrse, sin ni siquiera tocarse.
Pese a que está disfrutando introduciendo su lengua en la caliente cueva de la treintañera y que tiene muy claro que le gustan las mujeres. Hoy, y por culpa de la viciosa ricachona, ha traspasado una frontera que nunca pensó llegaría a cruzar: besar a otro hombre. Le ha gustado tanto que, hundido en la vorágine sexual de un trío con su mejor amigo, ha dejado que su mente se alimente con fantasías que hasta ahora creía irrealizables. La simple idea le repele, pero al mismo tiempo que su lengua saborea la caliente raja, no puede dejar de fantasear con mamar el erecto sable de Robert.
Lo peor, porque al igual que mucha gente, su única formación teórica sobre el sexo proviene del cine porno y su deseo del sexo oral, como ha visto infinidad de veces practicar a los actores, únicamente parece poder culminar con el sabor del semen de Robert en su boca. Algo que le asquea del mismo modo que le da un morbo impensable. Solo pensar en paladear la esencia vital de su colega y el nabo le cimbrea como si tuviera vida propia.
Fran está gozando una barbaridad con la colosal mamada que le está metiendo la rubita, se puede decir que es de las mejores que le han dado en su vida. Aun así, no consigue ni relajarse, ni concentrarse del todo. Hasta hace un rato no tenía ningún problema con comerse la boca con su colega, incluso no le hubiera puesto pega en hacerse una paja mutua para deleite de la chica si el premio era tirársela. Sin embargo, desde que ella casi los empujó a besarse y, muy a su pesar, descubrió que aquello le gustaba más que comer con los dedos, lo de tener que masturbarlo le preocupa bastante más, sobre todo porque pueda constatar que tocar un rabo también le ponga y descubra que no es tan macho de pura cepa como él suponía. Sabe a ciencia cierta que no es gay, pero ha disfrutado tanto con el muerdo con su colega que no le importaría repetir. Por lo que la idea de que sea bisexual comienza a martillear en su cabeza como un martillo sobre un gong.

Desde el momento en que Paloma les sugirió ir a su cuarto a follar, al calvete no se le ha quitado una obscena idea de la cabeza: hacerle una doble penetración. No solo por lo extraordinariamente guarra que le parece la postura ni porque sea una de sus fantasías mas recurrentes, sino por notar el rabo de su amigo cerca del suyo del mismo modo que cuando el putón rubio los ha estado pajeando con la polla del uno pegado a la del otro. Aunque le cueste admitirlo ha sido la leche en bote. Lo único que lamenta es que fuera tan breve, porque estaba gozando tanto con sentir aquel miembro duro rozarse con el suyo que, de haberlo prolongado unos minutos más, se hubiera terminando corriéndose sin remisión.
Baja la mirada y se encuentra a Robert chupándole la vulva, pone tanta pasión en lo que hace que la mujer no para de agitarse de puro gusto. En un momento determinado, su compañero alza la vista en pos de contemplar como la chica devora su ancho mástil sexual y, sin poderlo remediar, los curiosos ojos de ambos se encuentran y conversan durante unos segundos. Se conocen tan bien que no precisan intercambiar palabra alguna para averiguar que los dos se están cuestionando su hombría, pues ansían repetir lo del beso.
Durante toda su vida, una de sus máximas ha sido la de coger al toro por los cuernos y enfrentarse a los problemas de frente. Confirma que entre su amigo de toda la vida y él ha surgido una especie de atracción sexual está siendo uno de las verdades que más esfuerzo le está costando asumir, sobre todo por las consecuencias que ello pueda acarrear en su día a día. No obstante, en los últimos años lo ha pasado muy mal, ha aprendido que las cosas buenas de las vida son escasas y que hay que aprovechar las oportunidades cuando se presenta, por lo que se dice: « ¡Pero qué coño, solo se vive una vez! »
Sin dar ninguna explicación, saca su nabo de la boca de Paloma y se desliza hasta los pies de la cama. Tira suavemente de los pelos de la nuca de su amigo, acerca sus labios hasta la entrepierna de la mujer, lame morbosa y levemente la parte superior del sexo de esta, aprieta las mejillas de su atónito compañero entre sus dedos y le da un muerdo de película.

Tras unos cuantos besos con los que parece ambas bocas se quisieran fundir la una con la otra, el calvete se abraza efusivamente al atractivo moreno y pega todo lo que puede su cuerpo al suyo. Cuando se quieren dar cuenta están retozando en el suelo de la habitación como dos adolescentes.
Robert que no entiende para nada el modo de proceder de su colega, no puede evitar excitarse al notar como su duro cuerpo arremete contra el suyo y su miembro viril se aplasta contra el suyo, mientras sus lenguas se atenazan en una vorágine de pasión. No tiene ni zorra idea de qué les impulsa a a hacer lo que hace, pero lo está pasando tan bien que no va ser él quien le ponga pegas a un momento tan incomprensible como satisfactorio.
Si su amigo está sorprendido ante la impulsiva reacción de Fran, la mujer no lo está menos. Sabe que ella con su proceder es la que ha incitado la situación, pero no por ello deja de parecerle menos insólita. De ser el árbitro, ha pasado a ser un jugador más en la partida. Se siente satisfecha por el modo en que ha conseguido manipularlos, pero no puede evitar sentirse un poco fastidiada por pasar a un segundo plano, pues los dos hombres parecen estar más interesados en conocerse carnalmente que en tener sexo con ella y eso era algo que no entraba en las reglas del juego que ella había impuesto.
Como de ningún modo está dispuesta a perder su protagonismo, comienza a idear algo donde los chicos no puedan prescindir de ella. Sin meditarlo ni un segundo se baja de la cama, se coloca detrás de los dos fornidos operarios y, como un gato en celo, se abalanza sobre las nalgas de Robert, primero las acaricia copiosamente y después acerca sus labios a su ano, para terminar propinándole un beso negro con todas las de la ley.
El operario, tras superar el asombro inicial de sentir un húmedo apéndice rozar su peludo y oscuro agujero, no puede reprimir un quejido de placer. Señal que Paloma interpreta como positiva y prosigue devorando el pequeño orificio con mayor ímpetu si cabe.
Cuando Fran descubre lo que la mujer le está haciendo a su amigo, separa sus labios de los de él y le dice, en un tono jocoso:
—¡Cabrón! ¿También te va a gustar que te coman el culo? ¡Quillo, a que va a resultar que eres redondo!
Robert, un poco sorprendido por la actitud permisiva de su amigo y sin dejar de gemir, asiente con la cabeza.

—Pues si a ti te gusta que eres tan macho como yo, ¿por qué no a mí? Anda, guapa, cómemelo a mi también…
Instantes después, ambos hombres están arrodillados, el uno junto al otro, en el cabecero de la cama y la mujer juguetea con sus culos. Primero se agacha ante el de Fran y lo chupa golosamente, mientras acaricia las nalgas del otro. En el momento en que el calvete siente la caliente lengua lamer su ojete, no puede evitar decir:
—¡Joder, tío, lo que me he estado perdiendo hasta ahora! Sí sé que esto está tan bueno, me hubiera hecho socio del club este antes que del Betis.
El jocoso comentario sirve para suavizar una situación que se estaba volviendo tensa para los tres. Los dos hombres por estar vadeando una orilla donde su hombría se iba desvaneciendo cada vez más y la mujer por sentirse un poco ninguneada, pues parece haber más feeling entre ellos que con ella.
Una vez considera que ya ha calentado demasiado la popa del calvete, decide hacer lo mismo con la del moreno. Mientras saborea el peludo agujero, lleva las manos al culo de Fran y comienza a tontear con sus dedos por su mojado orificio haciendo ademán de meter sus dedos en él. En el momento que se dispone a introducir su apéndice en el virginal ojete, el hombre le coge la mano y la detiene en seco, diciendole en un tono empapado de soberbia:
—¡No, preciosa, eso no! Una cosa es que me lo comas y otra cosa bien distinta es que me convierta en una putita sumisa para ti.
Por unos momentos, Paloma se siente la persona más torpe del mundo pues está claro que ha escogido para aquel juego al eslabón fuerte de la cadena. Contrariada por la negativa del recio individuo, se le quitan las ganas de seguir besando sus retaguardias y, como no está dispuesta a renunciar a la fiesta, sale de la cama para buscar una caja de preservativos en un mueble. Una vez la localiza, se la muestra a los hombres y, en un tono optimista propio de una presentadora del tele tienda, les pregunta:
—¿Quién de los dos quiere ser el primero en usarlos?

Los dos treintañeros intercambian una silenciosa mirada de complicidad, en la que deciden que será Robert quien primero empotre a la escultura rubia. Fran tiene claro que aquella tía va a ser la que va llevar las riendas y, de un modo u otro, va a tratar al que se folle de forma sumisa. Así que, después del encontronazo previo, prefiere que sea su colega quien se la empotre primero.
La mujer dispone que el operario moreno se siente al filo de la cama, le pone el condón, coloca el duro poste en la entrada de su caliente gruta y, una vez considera que está bien posicionado, comienza a cabalgarlo.
—¡Súbete a la cama, por favor! — Dice dirigiéndose a Fran que se ha quedado un poco apartado.
El calvete no se hace esperar y se coloca al lado de ellos, una vez está a su alcance, Paloma agarra su herramienta sexual y se pone a chupar su glande con viveza.
La pasividad con la que los dos operarios han ido obedeciendo sus órdenes la tiene ensimismada, se comportan y actúan de un modo sumiso, pero sin dejar de mostrar ese lado rudo que tanto le gusta de ellos. Le da la sensación de estar domando a dos potros salvajes que se niegan a ser montados, ceden a su voluntad si les da lo que le piden, pero es consecuente que, ante cualquier contratiempo, se pueden revelar enérgicamente. Ese posible riesgo hace que el sexo con ello sea aún más delicioso y placentero.
De todos modos, ambos le parecen dos personas de ley y, aunque son para ella dos completos desconocidos, le suscitan confianza Curiosamente, no ha necesitado ni de drogas, ni del alcohol para desinhibirse y comportarse como la zorra que es. Desde el primer momento se ha sentido deseada y que hayan caído en su jueguecito del modo que lo han hecho, la tienen de lo más excitada. Sin dejar de trotar sobre la pelvis de Robert, se mete el carajo de su compañero en la boca hasta que llega a rozar su garganta.

En uno de los momentos que sus ojos buscan el rostro del hombre que la está penetrando, ve que no pierde detalle de la mamada, es más, cree vislumbrar cierto deseo en sus ojos. Impudorosamente, se saca la herramienta sexual de su compañero de la boca y se la muestra como si le ofreciera el mejor de los manjares.
Robert se avergüenza un poco ante lo que la tipa que se está follando ha terminado haciendo. Opina que seguramente la culpa la tenga él por no saber disimular sus deseos, pero una cosa es el “dicho” y otra el “hecho”. Pese a que lo que más anhela es envolver el pollón de su amigo con los labios, no se ve capaz por mucho que la viciosa rubia se lo ponga delante de los morros.
Como si se quisiera vengar por su desfachatado gesto, agarra sus nalgas entre las manos, para su exquisito trotar y comienza a mover la pelvis con furia, como si intentara penetrarla del modo más doloroso. Aquel vengativo gesto es interpretado mal por la mujer, quien supone que su proposición lo ha calentado y acerca más la verga a su rostro, tanto que hasta puede oler el aroma que desprende.
Fran no es virgen en eso de que un tío le coma la polla, sabe que los labios de un hombre pueden llegar a superar a los de una mujer. Saben dónde tocarte y cómo en cada momento. A pesar de que lo desea con todas sus fuerzas, no sabe si es buena idea dejar que su amigo se la mame. Sin embargo, es ver como le da caña a la rubita desde el instante que su nabo descansa a escasos milímetros de su rostro y encuentra el valor que necesita para empujar sus caderas contra su rostro.
Al primer empellón su erecta tranca choca contra uno de los mofletes y tiene la sensación de que su colega no está por la labor de chuparle nada, pero la fuerza con la que se está follando a la chica le deja claro que simplemente ha tenido mala puntería, que su amigo está deseando practicar el sexo oral con él.
El segundo intento parece tener éxito y atraviesa como un ariete la puerta de sus labios. Al principio, le araña levemente la piel de su verga con los dientes y piensa que es por la inexperiencia, por lo que no le dice nada. Se limita a dar otro empujón y a taponar la boca de su amigo con su ancho cipote.

Robert no da crédito a lo que está sucediendo: tiene un carajo en la boca y, si no fuera porque casi lo está axfisiando, no le desagradaría lo más mínimo. Si su aroma ya lo puso como una moto, su sabor lo deja casi al borde de la locura.
Incapaz de dominar la situación con las manos en el culo de Paloma, la libera y deja esta que sea la que lo siga cabalgando. Para con la palma de una mano las embestidas de Fran contra su cara y atrapando sus huevos con la otra, toma el control del rigido falo. Acomoda el enorme apéndice sexual en su cavidad bucal y una vez consigue respirar con facilidad. Hace memoria de las veces que se la han mamado e intenta imitar lo que le hicieron.
Al principio se limita a chupar la parte superior, como si fuera una especie de helado, degustando su fuerte sabor. Tímidamente, busca con la mirada al calvete, su expresión denota que está disfrutando con lo que le hace tanto como él. Así que deja de cuestionarse si lo que hace está bien o mal, olvida cualquier cosa de su vida que este fuera de esa habitación pierde sentido y solo le importa el extraordinario momento sexual que está viviendo. Sin dudarlo se la traga hasta donde puede y comienza a mover su cabeza de modo frenético, consiguiendo que su amigo suelte un entrecortado: «¡ Qué bien la chupas, cabrón!», que, en cierta medida, le hace sentirse orgulloso de lo que está haciendo.
Paloma no puede estar más satisfecha con el modo en que se ha ido desarrollando su pérfido plan. El sexo con los dos operarios está siendo del mejor que ha disfrutado en mucho tiempo y si a eso se le suma como los ha mangoneado para que terminen haciendo su voluntad, no puede evitar estar pletórica.
Ver al moreno como se traga el nabo de su amigo la tiene súper cachonda, pero sabe que si sigue moviéndose del modo que lo está haciendo sobre él va a alcanzar el orgasmo y como no quiere que la fiesta se acabe sin tenerlos a los dos al mismo tiempo en su interior, se quita de encima de él y le dice:
—Anda, Chiqui, párate un poquito que le vas a terminar sacando la leche y quiero que me folle.

El calvete no pone ningún reparo cuando la rubia le dice que se tienda en la cama, lo estaba pasando de guinda con la mamada que le estaba metiendo su compañero, pero no quería correrse sin follársela. Es más le gustaría hacerlo dentro de su chochito y aunque no le hace mucha gracia lo de ponerse un condón, pues piensa que el sexo es un océano donde debe sumergirse sin cortapisas para disfrutar de él, sabe que cuando se va con desconocidas lo mejor es no correr riesgos.
Paloma, desde que vio la buena polla que se gastaba, estaba deseando ser ensartada por ella. Es notarla dentro de su vientre y puede comprobar que su extraordinario grosor, tal como suponía, la convierte en una inusual fuente de placer. Una vez la acomoda en su interior, y sin parar de jadear como una posesa, comienza a cabalgarlo como si le fuera la vida en ello.
Confirmar que aquel cipote cumple sus expectativas, no consiguen borrar sus deseos de una doble penetración así que, disminuye el ritmo con el que trota sobre Fran y se dirige al otro hombre quien se está pajeando observando el caliente espectáculo.
—¡Oye tú, deja de meneártela y ponte un condón que me vas a follar!
A Robert la imperativa propuesta de la mujer lo coge fuera de juego. En un principio entiende que quiere volver a cambiar de pareja, sin embargo al ver el frenético modo en que se mueve se da cuenta de lo que quiere realmente: quiere que se la meta por el culo. Nunca antes ha penetrado a nadie por ese sitio y era como una asignatura pendiente. Se pone el preservativo y piensa que el día de hoy no se le va olvidar nunca.
Sin dilación, se coloca detrás de la grupa de la mujer y prueba atravesar con su verga el estrecho orificio, en un primer intento no consigue nada y lo único que consigue es que su polla choque con la de Fran (Algo que le excita de sobremanera). En la segunda ocasión, y ayudado por la chica, consigue su cometido.
Las paredes del estrecho agujero se ciñen contra su herramienta sexual y las sensaciones que le invaden le parecen completamente nuevas. Si a eso se le suma lo cercana que está la virilidad de su mejor amigo, decir que su mente y su cuerpo está al borde del éxtasis no es ninguna exageración.
Fran sabe que no va a aguantar mucho más sin eyacular, pero aunque su mente quiere prolongar el momento al máximo, su cuerpo se niega a ello y sabe que más pronto que tarde va terminar corriéndose sin remedio.
Aunque no es una variedad sexual que Paloma haya probado mucho, la doble penetración le resulta de lo más gratificante y cuando el mástil de Robert ha invadido su recto ha conseguido su tercer orgasmo de la mañana. Por la forma de acoplarse estos dos a ella, cree que pronto alcanzará el cuarto. Sin poderlo remediar, se pone a jadear de manera compulsiva.

A Robert el cumulo de experiencias nuevas de hoy lo tienen extasiado, como si fuera una especie de libidinoso maratón, mueve trepidantemente sus caderas, como si intentara meter con cada empellón más porción de su rabo en el interior del estrecho orificio. Irremediablemente siente como el placer lo abraza y eyacula sin remedio. Con su mente sumida en el culmen sexual oye como Fran grita: «¡ Me coooorrooo! »
*****
Tras el tremendo polvo se han quedado unos cinco minutos embelesados en uno al lado del otro. Los saca de su sopor el sonido de un móvil que parece venir del salón. Fran lo reconoce como el suyo y sale corriendo para cogerlo.
Un momento más tarde entra en la habitación diciendo:
—¡ Quillo, era la parienta! Le he dicho que todavía no hemos terminado de trabajar que nos queda un rato, así que espabila.
—¿Qué hora es? —Pregunta Robert saliendo levemente de su letargo.
—Las tres y media, ¡así que aligera! Que todavía queda por colocar el aire del salón.
—¡Joder, pues sí que es tarde!
—Se nos ha pasado el tiempo follando —Dice Paloma en un intento de destensar la situación.
—Sí, la verdad que sí. ¡Pero que me quiten lo bailao! —Le responde Fran con una generosa sonrisa.
—¡Ya te digo! —Concluye Robert.
—Lo malo es que nos vamos a quedar sin comer, porque entre una cosa, y en el mes de Julio, no vamos a encontrar ningún sitio abierto.
—Por eso no preocuparos —Interviene la dueña de la casa —Mientras vosotros termináis de instalar el aparato de aire, yo os preparo algo de comer.
Si en algún momento los dos hombres habían tenido alguna duda sobre la calidad personal de la rubia, aquel cordial gesto le dejan claro que el tremendo polvo con ella no les va a ocasionar ningún problema laboral. Fran se va para ella, la coge por la cintura y le dice:
—Estupendo, si todo lo haces tan bien, debes cocinar de maravilla.
—No te creas, solo se hacer cuatro cosas… Pero me salen bien.
Pocos minutos después los tres están vestidos y han vuelto a sus labores como si allí no hubiera pasado nada.
Mientras busca algo en la despensa que les pueda preparar rápido, Paloma se da cuenta de que ha echado uno de los mejores polvos de su vida y ni siquiera sabe cómo se llaman los dos tipos. Sin reflexionar siquiera lo surrealista de lo que se dispone hacer, se va para el salón y, adoptando una actitud casi protocolaria, les dice:
—Hola, me llamo Paloma. ¿Cómo os llamáis vosotros?
Los dos hombres se la quedan mirando raro, sin saber a qué viene aquello. Cuando es consciente de la tontería que acaba de hacer, los tres se miran entre sí y se echan a reír.

FIN
2 comentarios sobre “¡ Ofú, qué calor! (Versión completa)”