Abril 1999
Era más de la una cuando llegué a casa. Demasiado tarde teniendo que ir a currar al día siguiente. Entré de manera sigilosa, tal como si fuera un ladrón que no quería despertar a quienes iba a robar.
Mis padres roncaban en su habitación y no se coscaron siquiera. Ya mañana me excusaría con ellos. No me gustaba mentirles, pero me sentía tan sucio por lo que realmente hacia que no veía otra opción.
Mientras me desnudaba, me busqué con los dedos el agujero del ano. Tal como suponía, lo tenía ligeramente inflamado y acariciarlo ligeramente, me producía un terrible escozor.
Me sentía igual de incomodo que cuando me penetraron por primera vez. A diferencia de aquella ocasión, no estaba enfadado conmigo mismo. Al contrario, me encontraba eufórico.
En aquel cambio en mi estado de animo, la forma de comportarse de Álvaro tenía mucho que ver. Recuerdo con pavor, que el padre de mi amigo, una vez consiguió correrse, me trató como una mierda y me hizo sentir culpable por tener un culo que despertaba su más oscuros deseos.
Mi nuevo amante, por el contrario, había hecho dotes de una empatía que no cuadraba para nada con la primera imagen que me había hecho de él. Supuse que por estar bueno hasta decir basta y comportarse de manera grosera con el tío al que se estaba follando, era un engreído de libro. ¡Qué equivocado estaba!
Aquel día aprendí a no fiarme de las primeras impresiones. Un libro no se puede juzgar por su portada y para saber si nos gusta, o no, tenemos que leer al menos unas páginas. La personalidad de Álvaro poco o nada tenía que ver con la idea que yo me había hecho en un principio de él.
Tras nuestro segundo polvo, me invitó a tenderme en la cama con él . Una vez estuve acomodado en en su costado, me apretujó suavemente entre sus brazos.
Era la primera vez que, tras alcanzar el orgasmo, el tío con el que estaba no salía corriendo o me montaba una bronca como hacía Armando. Fue una experiencia completamente nueva para mí.
Estaba tan a gusto que si no hubiera tenido que currar al día siguiente me habría quedado a dormir con él. Creo que era algo que a ninguno de los dos nos hubiera importado lo más mínimo.
Me resultaba extraño que hacía unas horas aquel hombretón que estaba de bueno que lo flipaba, me cayera mal. El concepto que había tenido de él en un primer momento fue de lo peor. Tampoco su forma de actuar, mezcla chulo de playa y actor de peli porno, ayudara demasiado.
Lo que son las cosas.
Aquella tarde, como tantas otras, había cogido el coche para ir a cazar un tío que me la chupara o me pusiera el culo en la zona de cruising de Rota. Concretamente en la playa de Punta Candor.
Era algo rutinario, sin demasiadas pretensiones. Un polvo con un desconocido o, en su defecto, algunos de los habituales que me resultaban agradables.
Un premio de consolación que no se me antojaba mucho mejor que una paja.
Sin embargo, cuando más convencido estaba que meneármela viendo una porno iba a ser más gratificante que estar con cualquiera de los que pululaban por aquel bosque, apareció Álvaro.
Aunque decir que surgió no podía estar más lejos de la realidad. Lo que sucedió realmente, me pegué un encontronazo con él. Iba tan absorto buscando a alguien que mereciera la pena, que casi me los como a él y al tío que lo acompañaba. Tropecé con ellos de la forma más torpe.
Me encantaba jactarme de mi juventud, pero siempre se me olvidaba que iba unida a una fatal inexperiencia. En situaciones como aquella, no sabía ni que decir, ni que hacer. Muerto de vergüenza, salí corriendo de allí como alma que persigue el diablo. Menos mal que mi chulazo de ojos verdes hizo alarde de su jeta de piedra y me dijo que no me fuera, que si quería podía mirar.
En un principio pensé pasar de largo, pero su voz me pareció de lo más sexy. Fue como un canto de sirena que me hizo volver la cabeza como a los pecadores que huían de Sodoma. Aunque lo hice más por curiosidad que por otra cosa, el resultado no pudo ser mejor. Me encontré con el tío más cañón que había visto en mucho tiempo.
Moreno, con barba de pocos días, unos ojos verdes que quitaban el hipo y unos labios carnosos de lo más sensuales. Mediría metro ochenta y tenía una buena forma física. Sin ser el típico musculitos de gimnasio, se le veía unos hombros, brazos y pecho bien trabajados…
Aunque todas aquellas virtudes era para hacerle la ola, lo que más me llamó la atención fue su enorme pollón. Largo, grueso y con una cabeza rojiza que parecía estar gritando: ¡Cómeme!
Hipnotizado por aquel ejemplar de macho tan poco frecuente en la selva cruisingnera de Punta Candor, me quedé a mirar cómo le mamaban la polla. Era algo inusual en mí y siempre había largado peste de la gente que lo hacía. Sin embargo en aquel momento me parecía de lo más natural.
Descubrí que el tío que estaba agachado delante de él era Manuel. Un chaval de Jerez con quien me lo había montado en alguna que otra ocasión y que, sin ser mi amigo y tal, me caía bastante bien.
Después de chuparle la polla a base de bien, el jerezano le puso el culo. Ver como aquel agujerito pequeño se tragaba aquel dolmen de carne me llevó a descubrir que los dichos populares tienen cierta base científica. En este caso, el de la paciencia y saliva del elefante con la hormiga.
Aunque en este caso particular, no fue un escupitajo. Lo que ayudó a que el ojete de Manuel se convirtiera en una especie de agujero negro, fue un poco de crema lubricante que yo le presté. En mi opinión, de no ser así, hubiera sido imposible.
No sé si por qué mi amor propio quedó demasiado herido por mi relación con Armando, o por qué me estaba volviendo un gilipollas con la piel demasiado fina. Fuera cual fuera el motivo, me indignaban las libertades que Armando se tomaba con el muchacho.
Tanto más atraído me sentía por su físico, más me repelía su forma de ser. Tanto más grosero se comportaba, más ganas de acariciarlo, besarlo y comerle la polla me entraban. Mi mente pensaba una cosa y mi cuerpo sentía otra bien distinta.
Una vez se corrió, se marchó despidiéndose escuetamente y se alejó con cierta indiferencia de nosotros. Ni siquiera volvió la cabeza hacia donde estábamos el jerezano y yo. Ni una vez tan solo.
Nada más se perdió en el horizonte Manuel lanzó la caña para ver si picaba. Me había puesto tan cachondo que terminé clavándole la polla hasta los huevos. Eso sí, parando en la casilla de salida para que me diera una buena mamada previa.
Abandoné los pinares con la sensación de que, si me volvía en encontrar otra vez con el chulazo del pollón, debía ser menos mojigato y lanzarme a la piscina. ¿Qué coño me importaba a mí que aquel tío fuera desagradable hasta decir basta personificado? Yo lo único que pretendía era echar un polvo con él y no cultivar una amistad con él de por vida.
Cada vez que pensaba la oportunidad que había perdido por mi mojigatería, me ponía de mala leche. Máxime cuando ejemplares tan bien criados como él se ponían muy pocas veces a tiro. Mucho menos en aquel sitio.
Tan ensimismado iba en mis pensamientos que no me di cuenta que el tío aquel me estaba esperando en la zona de los aparcamientos. Me abordó con su prepotencia característica, lo que no le hizo ganar ni un maldito punto conmigo, pero, contradictoriamente, tampoco aplacó mis ganas de tirármelo.
Actuando de un modo que rozaba lo insolente, inició conmigo una conversación que fue un tercer grado en toda regla. A pesar de lo verde que estaba mi capacidad psicológica de analizar a los demás, me di cuenta de lo que pasaba en realidad. Su actitud era una forma vanidosa de disimular la debilidad de lo mucho que yo le molaba, pues no paraba de meterme cuello.
Pese a que tenerlo tan cerca, con esa voz tan sexy y esa planta de macho empotrador, me ponía cachondo como una perra, no se lo puse nada fácil. En parte porque me seguía cayendo como una patá en los cohones, en parte porque me daba un poco de pánico que me diera por culo. Lo que tenía aquel tío entre medio de las piernas no era una polla normal, era una completa barbaridad…
A mi favor tenía que yo también le gustaba mogollón. Para engatusarme y terminar de seducirme, me confesó que su rol sexual no era el de activo, sino el de versátil. Por lo que mi ojete no tenía que tragar nada, si yo no quería.
Cuando me invitó a ir a su casa, pese a que me hice el duro, ya había decidido que fuera donde fuera, aquella noche follaría con él.
Una vez en su domicilio, su actitud me chocó. Al contrario de la imagen de macho duro e insensible que yo me había hecho de él, se comportó del modo más tierno del mundo conmigo. No tenía el recuerdo de que ninguno de los tíos con los que hubiera follado se hubiera comportado de un modo tan sensible conmigo.
Aunque terminé mamándole la polla, no fue por exigencia de él, sino por mi propio deseo. Tampoco se comportó de modo grosero conmigo como lo había hecho con Manuel. Iba ser cierto lo que decía, que él daba a sus amantes lo que ellos precisaban y al jerezano le molaba el sexo duro con aquellos ingredientes.
Cuando pasamos a su dormitorio y me la chupó, no recordaba que me la hubieran mamado así nunca. No obstante, lo más inaudito de la noche fue que me pidiera que le comiera el culo. No lo había hecho nunca, pues era algo que no me llamaba la atención. Sin embargo, con él se me antojó la cosa más morbosa del mundo. Mientras chupaba aquel agujero caliente y peludo, se me puso el nabo duro como una piedra
Ignoro si Álvaro se dio cuenta de que no había practicado en mi puñetera vida un beso negro. Si se percató de ello, hizo alarde de una discreción que no le pegaba para nada y no mencionó en ningún momento a mi inexperiencia. Simplemente me animó diciendo que se lo estaba comiendo de puta madre.
Una vez le prepare el ano, me lo follé. De nuevo, volví a fliparlo con aquel chulazo empotrador. Al tío le gustaba que se lo follaran duro por lo que, al igual que él, me metí en el papel de macho revientaculos y me puse a darle caña de la buena. Fue una follada salvaje en toda regla.
Tan caliente como iba, terminé corriéndome más pronto de lo que me hubiera gustado. En el mismo momento que yo echaba la última gota, el alcanzó también el orgasmo.
Tras un momento tierno, con piquito y todo, me dijo:
—¿Te ha gustado? Pues ahora, cuando descansemos un poco, es mi turno.
Se me tuvo que poner la cara de otro que no era yo. Pues su reacción fue reírse sinvergonzonamente y decirme.
—No te pensaras que te vas a ir sin que yo pruebe ese culico tan estupendo y duro que te gastas, acho.
Me sentía como una mosca. Una mosca torpe e ingenua que se había metido hasta el corral de la casa de la araña. Lo peor era que no tenía ni puñetera idea de cómo salir de allí.
—¡No pongas esa cara! No te he engañado. Te dije que era versátil. Pues esto va asin, primero yo hago de pasivo y ahora me toca hacer de activo. ¿No me digas que eres virgen? Porque es que entonces, acho, me ha tocado la lotería.
Puse los ojos en blanco y cabeceé ligeramente. No tenía claro si me dejaría empotrar por él o no. De lo que no había ninguna duda que aquel tío tenía mucha labia y era capaz de venderle champú a un calvo. Una jeta de cuidado, dura como el cemento y que se le había metido entre ceja y ceja metérmela hasta los huevos.
Volví a mover la cabeza en señal de perplejidad. No daba crédito al tremendo morro que le estaba echando aquel tío. Hasta llegué a pensar que aquello de ponerse tierno y romántico había sido una treta, para manipularme. Que su única y primera intención conmigo había sido la de terminar empotrándome, igual que a Manuel.
—Anda, acho, no seas desaborido y di algo. ¿O se te ha comido la lengua el gato?
Permanecí en silencio, como petrificado. Bajé la vista disimuladamente y miré su rabo. Su polla estaba en posición siesta y aun así era más grande que la mayoría de las pollas que me habían follado. Lo que más pánico me daba era su grosor. Era casi tan ancha como un vaso de tubo.
No pude evitar acordarme de, cuando de pequeño, iba al campo de mis tíos y mis primos y yo nos entreteníamos viendo la churra de los caballos. Tan larga, tan oscura y oscilando como un péndulo.
Pese a que estaba aterrorizado por lo que Álvaro pretendía hacerme y para lo que yo, de todas todas, tenía un no rotundo, se me vino a la cabeza una gilipollez de las mías.
No había follado con un ser humano, lo había hecho con un centauro. Aunque, a diferencia de los animales mitológicos que tenían las extremidades de un caballo, la única parte que Álvaro tenía de equino era la que surgía entre medio de las piernas.
Irreflexivamente me llevé la mano al culo y toqueteé mi pequeño agujerito. Por más vueltas que le daba, aquello no cabía allí ni de coña. Ni por mucha paciencia, ni por mucha saliva que se pusiera en el asador. Como decía mi abuelo paterno: «Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible».
—Como no es cuestión de que te pongas a padecer, acho. Mientras te lo piensas y no te lo piensas, podemos tomarnos algo de beber.
Seguramente porque era más joven que él, daba la sensación de no tener en cuenta mi opinión para nada y me trataba con cierta condescendía. Una condescendencia que tocaba tan de cerca el ninguneo, que me irritaba.
No protesté. Pensé que mientras me traía la copa, se me ocurriría alguna genialidad con la que salir de allí sin tener que pagar prenda . Una excusa inteligente que no me hiciera quedar mal para podernos ver otro día. Me lo había pasado tan bien con él, que lo de no repetir, era algo que ni cotizaba.
—¿Qué quieres beber, José Luis? —Me dijo desde lo que supuse sería la cocina. Pues no tenía ni pajolera idea de como estaba distribuida su casa. Íbamos con tantas ganas de meternos mano que pasamos directamente al dormitorio.
Dado que tenía que conducir y que, en aquella época, con una cerveza me creía el Rey del Mambo, le dije que un refresco o un zumo. Me trajo una bebida isotónica, supuse que era lo único que tenía que no tenía alcohol.
—¿No te estarás cogiendo un berrinche? —Me preguntó mientras me daba la lata de refresco y un vaso.
Negué con la cabeza, pero mis ojos y mi ceño fruncido decían otra cosa.
—¡Vamos a ver, zagal! —Su tono condescendiente me empezaba a tocar los cojones—¿Tú tienes cara de espabilao y tontico del todo no eres? ¿De verdad pensabas que un tío como yo se iba a conformar con qué me dieras por culo? Soy de los que lo quieren todo o nada.
No dije nada. Simplemente me limité a clavar mis ojos en su entrepierna. En esta ocasión no tuve que ser nada discreto pues en menos cero, se percató de mi mirada. Como si su rabo fuera la última Coca-cola del universo, se tocó la punta con cierta chulería y mucho morbo.
Aunque aparentemente pudiera parecer que se la estaba rascando, no había que ser muy listo para darse cuenta que se la estaba poniéndosela dura con cierto disimulo. No había que ser muy detallista para notar que su tamaño iba aumentando por segundos.
A pesar de que la bebida estaba helada, las manos, incluso con la que agarraba el vaso, no me paraban de sudar. Intentaba aparentar tranquilidad y sosiego que no se notara para nada los nervios que me reconcomían por dentro. No obstante, el niñato torpe que habitaba dentro de mí, se encargó que mis propósitos cayeran en saco roto.
Álvaro me sonrió con cara de satisfacción. A continuación, se mordió el labio inferior seductoramente. La seguridad que emanaba de su semblante, dejó claro que sabía que era plastilina entre sus manos.
En mi interior bullían sentimientos contradictorios que no paraban de confundirme y me impedían tomar las decisiones debidamente.
Una parte de mí estaba aterrorizada por el suplicio que sería albergar en mi interior un trozo de carne como aquel, mientras que mi parte más viciosa me pedía que no dejara pasar una oportunidad como aquella. ¿Qué significaba un poco de dolor ante el inmenso placer que me iba a proporcionar?
Álvaro, consciente con la increíble atracción que ejercía sobre mí, se pasó la mano por la polla como si se rascara los huevos y la bestia de su entrepierna comenzó a cimbrear levemente. Que estuviéramos en pelota picada no ayudaba en lo más mínimo a rebajar la tensión que flotaba en el ambiente.
Pese a no estar empalmado del todo. su rabo se me antojaba de lo más sensual. De nuevo el deseo de tocarlo, de besarlo, de chuparlo… se convirtió en una necesidad acuciante. Pegué un sorbo de la bebida refrescante, como si con ella pudiera aplacar la calentura que explotaba en mi interior. Pero ningún líquido podía calmar la sed de cipote que me reconcomía por dentro.
Sin dejar de tocarse la polla, Álvaro comenzó a hablar con la misma tranquilidad que si estuviera en la barra de un bar. Su naturalidad propició que por unos segundos me olvidará que estábamos desnudos y que mi churra, a pesar de los pesares, fuera aumentando paulatinamente de tamaño.
—¿Sabes lo que más gracia me hace de nuestra forma de ligar, acho?
Hasta aquel momento, no sé por qué paja mental mía, suponía que el tío estaba casado y que, como el padre de mi amigo, estaba en Punta Candor echando una canita al aire. Por lo que no me cuadraba ni lo más mínimo que metiera a un gay como yo en su club de amigos y dijera nosotros.
Perplejo como estaba ante su arrollador carácter y su forma de actuar, me limité a mover la cabeza negativamente y a encoger ligeramente los hombres. No tenía ni pajolera idea de donde quería llevar la conversación.
—Que primero follamos y después nos conocemos. Conticoneso tampoco pareces muy preguntón, ni curioso.
Tuve que poner cara de “Quécarajomestáscontando” porque en vez de esperar a que yo dijera nada, como si aquello fuera un juicio sumarísimo, siguió soltándome la charla como si fuera su alegato final.
—Normalmente cuando traigo a un tío a mi casa, les falta tiempo para preguntarme si tengo pareja o a qué me dedico. Pero tú no has hecho nada de eso.
—¿Para qué? ¿Me vas a contar la verdad? Todo el mundo en el ambiente mete unas trolas que te cagas —Dije de manera cortante. Me tocaba los cojones que me trataran como un niñato al que hay que explicarle todo.
Arqueó un poco las cejas y cabeceó ligeramente. Sin dejar de tocarse la punta de la polla, me dijo de forma contundente.
—Eres muy joven para que te hayan escacharao tan fuerte el corazón. ¿Qué te ha pasao, acho, para que estés tan resentido? Ha tenido que ser muy gordo…
No me gustaba para nada que desconocidos se entrometieran en mi vida. Estuve tentado de decirle que le importaba un carajo mi vida, vestirme y salir de allí corriendo. No le debía nada a aquel tipo por mucho que me atrajera y por muy bueno que estuviera. Sin embargo, a pesar de su chulería, me infundía cierta confianza.
No sé por qué, quizás porque suponía que no lo iba a ver más y me traía sin cuidado si hacía juicios de valor sobre mí o no. Abrí el tarro de las esencias y le conté a grandes rasgos mi historia con Armando. Era la primera vez que confesaba mis sentimientos a alguien y fue de lo más terapéutico.
—¡Joder, acho! Yo creí que los cabrones con denominación de origen solo se daban en mi pueblo.
—¿De dónde eres? —Pregunté curioso.
—Soy caravaqueño — Tuve que poner cara de “quémestascontado” porque enseguida se apresuró a terminar de explicarse —.Nací en Caravaca de la Cruz, un pueblo de Murcia.
»Un lugar con una fuerte tradición cristiana. La gente, incluso la de tu edad, es temerosa de Dios. Al igual que todos los meapilas son unos reprimidos para quienes el peor pecado es el sexo. Como podrás suponer no es el mejor lugar del mundo para ser homosexual.
—No creo que haya ninguno donde sea bueno ser maricón. Por mucho que se hable del poder rosa.
—Bueno, en España, ya ha dejado de ser delito. Hay países donde te pueden condenar a muerte porque te gusten los rabos y los culitos apretaditos.
—Una cosa es lo que digan las leyes y otra como la gente actúe. Que no te puedan meter en la cárcel no te salva de palizas de hijos de puta nazis o de que la gente que quieres te trate como un apestado.
—¿Pero, acho, tú no me habías dicho que seguías dentro del armario?
—Sí.
—Pues por como hablas parece que hubieras vivido en primera persona las palizas y el desprecio.
—No sabes el cague que me da que unos hijos de puta me puedan pegar una paliza o que mi familia tenga que pasar vergüenza por ser como soy. Ese es el motivo por el cual no le he contado a nadie mis preferencias sexuales.
—Pues yo, nada más que decidí ingresar en el ejército, fue lo primero que hice, confesarle a mi familia que me gustaban los hombres.
De golpe y porrazo me acababa de enterar de dos cosas: era gay veinticuatro siete y su profesión era la de militar. Si ya no albergaba duda alguna sobre que el murciano era el morbo personificado, imaginarlo con su uniforme puesto propició que, como si tuviera voluntad propia, mi polla cimbreara levemente.
Álvaro se dio cuenta y con su particular descaro me dijo:
—Te ponen los uniformes, ¿no? ¡Qué cabroncete estás hecho!
Sin dejarme tiempo a reaccionar se vino para mí, anudó sus manos a mi cuello y me dio un muerdo de lo más pasional.
Lo de besar a alguien no era algo que hiciera muchas veces, pero tenía que reconocer que era algo que me ponía mucho. La forma y modo como la lengua de aquel tío se enredaba con la mía, conseguía que la lujuria bullera en mi interior de forma desenfrenada.
Sentir aquel cuerpo vigoroso y la dureza de su entrepierna aprisionando contra mí. Fue lo único que necesitó mi verga para ponerse dura como una piedra.
Me deje llevar tanto que, durante un momento, se me olvidó lo que me aterraba que me penetrara. La magia se rompió de golpe y porrazo, cuando noté como sus dedos, de modo furtivo, buscaron mi hoyito.
Irreflexivamente le quite la mano con cierta violencia.
—¿Pero por qué eres tan esaborío? ¿No habíamos quedado en que ahora era mi turno?
—Pero, ¡qué cara más dura tienes! —Dije sonriendo ante su enorme desfachatez —.Tú me dijiste que me ibas a poner el culo, lo otro no entraba en el contrato. Lo de que es mi turno te lo has sacado de la manga.
