El pacto (Inédito)

Paquita se sienta en el bidel y  se lava contundentemente sus partes íntimas.  El agua y el jabón serán capaces de borrar cualquier huella de su reciente pecado, pero el olor a Varon Dandy, a sudor de macho y , sobre todo, a desinfectante se quedara pegado a sus papilas olfativas, permaneciendo  en su recuerdo durante muchos días.

Una reminiscencia que en las primeras ocasiones le provocaba nauseas, pero que, paulatinamente, ha aprendido a sobrellevar. Una carga más a soportar en la vida que le ha tocado en suerte.

Se repite, en un intento de convencerse a sí misma,  que aunque lo que hace es nauseabundo y nunca tendrá el perdón de Dios,  es su única opción ante una situación que la ha puesto entre la espada y la pared.

Seguramente, como le recuerda su párroco cada vez que se confiesa,   su alma pecadora ardera en el infierno hasta el fin de los tiempos, pero es un sacrificio que no le importa hacer. Escoge acabar en el infierno, que hacérselo sufrir en vida a los suyos.

Para ella lo más importante es el bienestar de sus hijos. Cinco criaturas por las que está dispuesta a todo, incluso entregar su cuerpo a un pervertido como el doctor Mendoza.

Quiere mucho a su marido. Sabe que si algún día se entera de lo que hace la matara y, de acuerdo a los preceptos sociales que ha aprendido, se lo tendrá bien merecido. Lo peor de este mundo es una mujer adúltera. Sus actos son tan deplorables que ni la excusa más sagrada la puede justificar.

La probabilidad de que su marido tan metido en sus cosas, se entere alguna vez de su infidelidad es ínfima. Sin embargo, también  sabe la vergüenza que pasaría su Quini, un guardia civil cornudo sería el cotilleo de los mentideros hasta el día del juicio final, por lo que, probablemente, el día que la descubra, con lo bruto que es, acabe con una bala en la cabeza. Como si con su muerte, pudiera amortiguar su futura humillación.

Aun así   prefiere arriesgarse, jugarse la vida a una carta, que seguir trayendo descendencia para que pasen necesidades en este mundo. Ya de niña supo lo mala que es el hambre, como arrastra a los hogares a una  tristeza y a una  ansiedad constantes.

Está agotada de seguir el axioma popular de “donde comen cuatro comen cincos”, porque es mentira. Porque el mísero sueldo de su marido ya no da para más y está harta de estirar el dinero como si fuera chicle. Un jornal llega a donde llega y no se multiplica por milagro divino como los panes y los peces.  

Hacer la compra en la plaza cada dia sale por más dinero  y los puntos que da el gobierno por ser familia numerosa, apenas llegan para llenar la olla una semana y el mes es eternamente largo. Está cansada de cocinar unos pucheros  cada vez más claros, sin apenas alimento y ver como sus hijos tiene que ir con la ropa remendada o llevar unos zapatos. Está harta de que  todos sus allegados piensen que no sabe administrarse y que no se esfuerza lo suficiente para ser la buena esposa, la buena madre y la buena cristiana que todo el mundo espera que sea.  

Tiene muy claro que bajarse las bragas ante su ginecólogo una vez al mes, no va a solucionar sus problemas económicos, pero no los empeorara.

Si al menos su marido fuera menos honesto y, al igual que hacen la inmensa mayoría de sus compañeros, sisara algo de carne  o algunos huevos de la despensa del cuartel, sus hijos podrían comer, de vez en cuando, algo diferente al  eterno menú de patatas, arroz y potaje.

Pero no, su Quini es muy honrado y es incapaz de comerse nada que no se haya ganado con el sudor de su frente. Es tan bueno, que lo de ir a misa,  algo que la mayoría de la gente de su entorno  hace por obligación, él lo hace por devoción. Su marido cree firmemente en las palabras de los Evangelios y todo lo que sale de la boca de Don Rogelio, el párroco del barrio, es ley para él.

Así que nunca baja al bar a jugar una partida de cartas, porque el de la sotana dice que es pecado, tampoco es de tomarse unos vinos con los compañeros porque el vicio denigra el alma de los hombres. Es tan recto que, lo único que lamenta de lo que está haciendo, es que solo lo podrá disfrutarlo en esta vida, pues él irá al Cielo y ella no.

Su vida se limita al rutinario patrullar, comer, dormir, mear, cagar y, las noches que la señora no está con el periodo, esperar a que los niños se duerman para, escondidos bajo la penumbra de sus sabanas en su oscura habitación, copular con ella.  

¿Cuántas veces ha fornicado Quini con su mujer? Desde que el sacramento del matrimonio se lo permitió, una media de cuatro veces a la semana durante más de siete años. Pues a pesar de su inmensa práctica, todavía no ha aprendido a hacer gozar a su mujer, quien todavía no sabe lo que es un orgasmo y para quien sentir la esencia vital de su marido regar las paredes de su vagina es la única satisfacción que obtiene con el sexo.   Tampoco es culpa de Quini, a él nadie le dijo que las mujeres eran como los hombres y que también podían disfrutar a la hora de follar. Él siempre pensó que él único papel de Paquita en esos diez minutos que tanto le gustaban,  era, si estaba de Dios, el de servir de incubadora para la progenie que tanto adoraba

Cinco embarazos en seis años de matrimonio le hicieron frecuentar con asiduidad  al Dr. Mendoza. Un tipo que, aunque ella  no se percatara de ello, la miraba con descaro, de un modo que sobrepasaba lo profesional pues Paquita, a pesar de los partos que habían castigado su cuerpo, a sus veinticuatro años seguía siendo una mujer muy hermosa y bastante deseable para las mentes perversas como la del galeno quien, en más de una ocasión, se había visto en la necesidad de masturbarse fantaseando tener sexo con ella.

Lo que para el médico era un intento de flirtear, la joven madre, lo interpretó como amabilidad. Le parecía tan gentil que, poco a poco,  se fue ganando la confianza de la inocente muchacha. Alguien a quien nadie le había explicado que la gente no era más  decente  y más honesta ni por el número de títulos que colgaban en la pared, ni por el número de propiedades que tuvieran. Que bajo un disfraz de persona respetable podría esconderse la más ruin de las almas.     

El día de la primera  revisión después de su último parto, aprovechando que, como era habitual en el doctor, había mandado a su suegra fuera, le hizo una pregunta de lo más impertinente para un ginecólogo en la España de aquellos años.

—Don Amancio, ¿qué puedo hacer para no tener más hijos?

El doctor la miró muy serio, buscó en sus palabras algún resquicio de trampa y no la encontró. Así que le soltó el discurso oficial a modo de reprimenda.

—Sabes que el Estado  y la Iglesia tienen prohibido cualquier método anticonceptivo.

—Entonces, eso que he escuchado de una píldora…

—Eso que has oído no es un método anticonceptivo es un tratamiento para regular el ciclo menstrual —Dijo el médico recalcando su última frase para que no se notara que su eufemismo, no era más que una gran mentira. —No me importa cuál sea su finalidad —Respondió Paquita con un tono de voz que iba entre la furia y la desesperación —, lo único que quiero es no volver a quedarme embarazada. No quiero que mis niños pasen más necesidades de las que ya están pasando

Amancio Mendoza se recostó sobre el cómodo sillón de su despacho y miró a la guapa y delicada chica que tenía ante sí. Por mucho que lo intentaba no podía ver a una paciente, ni a una madre desesperada, solo veía una mujer hermosa con dos pechos rebosantes de leche y un culo que estaba pidiendo que lo pellizcaran.

Era consciente de que aquella jovencita estaba haciendo acopio de un enorme  valor para enfrentarse a la situación ella sola y que si no venía acompañada de su marido era porque no contaba con su bendición. Así que decidió darle un poco más cuerda para que fuera ella la que se terminara ahorcando.

—Por la amistad que nos une Paquita, haré como que no he escuchado nada y no la denunciaré a usted y a su marido a las autoridades como es mi obligación como médico.

Paquita sintió como toda su furia se apagaba y era sustituida por un terror inconmensurable. Nunca había contado con que, aquella persona que la trataba tan cortésmente, ante su primer desliz, se mostrara tan frio e insensible.

Agachó la cabeza, se replegó sobre sí misma como si quisiera hundirse en el incómodo sillón de la consulta. En pocos segundos se imaginó a su marido y a ella condenados a la cárcel y sus hijos recluidos en un orfanato.

El ginecólogo tuvo claro que, si quería jugar sus cartas y no perder la partida, aquel era el momento de actuar, ahora que su presa estaba con la guardia bajada.

Se levantó, se puso de pie junto a ella y, acariciándole los hombros de un modo que rozaban lo obsceno, le dijo con una voz de lo más melosa.

—¿Debo suponer por la cara que has puesto que Quini no sabe nada?

—Sí —Respondió de manera apagada.

—No te preocupes, mis labios estarán sellados si tú te portas bien conmigo.

A pesar de su ingenuidad y de su educación católica, Paquita cogió al vuelo la insinuación de Amancio. Le daba nauseas solo de pensar que otro hombre que no fuera su Quini profanara el santuario de su cuerpo, pero también sabía que si se negaba, aquel hombre podría hacer que acabara con sus huesos en la cárcel.  ¿Cómo podía haber sido tan imbécil y confiar en él? Estaba claro que se había dejado engañar por sus  aires de persona culta y educada y no había visto que tras aquella fachada había un verdadero y completo mal nacido. Pensó en sus hijos pasando necesidades en un hospicio e hizo acopio de todo el valor que pudo.

—¿Qué es lo que quiere que haga para que me consiga las pastillas? —Preguntó con una voz que rozaba lo desafiante.

La primera vez que aquel hombre desahogó sus perversos deseos con ella, fue incapaz  de dejar que su Quini la tocara en una semana,  cuando se le acabaron las excusas y volvió a penetrarla el recuerdo del baboso doctor estuvo muy presente.

En el instante que notaba la respiración de su marido pegándose a ella y le bajaba las bragas para penetrarla, no podía evitar pensar  en Mendoza. Sin embargo, el temor a que su marido descubriera lo que había pasado era más fuerte, se tragó sus lágrimas y se sobrepuso al momento, ahogando la rabia en su pecho pues la alternativa era aún peor.   

A pesar de que una tristeza muy grande la embargaba por dentro, saber que no traería una boca más que mantener a una casa donde a duras penas podían subsistir los que ya vivían en ella, le parecía suficiente consuelo para soportar el tremendo sacrificio que estaba realizando.

No obstante, el frasco de pastillas no era eterno y llegó un momento que se agotó, recordándole que  sus posibilidades de quedar embarazada volverían a aumentar si dejaba de tomarlas. Así que volvió a coger  cita con el doctor. En esta ocasión, dejó al frágil cervatillo en casa y le mostró al galeno la fiera que llevaba dentro.

—Me quedan píldoras para apenas una semana.

—¿Y qué quieres que yo haga? ¿Me has visto cara acaso de laboratorio?

—No, pero sé que usted las puede recetar, ¿para qué dijo que servían? Ah, sí, para regular el ciclo menstrual.

Amancio se quedó mirando a la joven ama de casa de forma desafiante. Una persona de su categoría no podía permitir que alguien de baja estopa, le hablara como un igual. Sin embargo, sabía que tampoco se podía permitir un escándalo. La línea que había traspasado era muy peligrosa  y, aunque tenía todas la cartas guardadas en la manga, no podía dejar que su prestigio profesional se viera en entredicho.

—Si se las recetó, debe ser con la aprobación del cabeza de familia.

De nuevo la voluntad de Paquita se volvió pequeña y casi estuvo a punto de desistir en su empeño por conseguir las pastillas anticonceptivas. Pero recordó el catálogo de  groserías que el doctor le dijo mientras la poseía y llegó a la conclusión de que aquel pervertido la deseaba de una manera que no podía controlar. Decidió jugar bien sus naipes, porque no se podía permitir el lujo de perder la partida.

Adoptó la pose de la chica ingenua e inocente que el doctor veía en ella y con una voz de lo más cándida le dijo:

—Don Amancio usted sabe que yo soy una buena cristiana, que creo en todos los preceptos de nuestro Señor, pero como todo miembro del rebaño de Dios, también me desbocó y sucumbo a los pecados de la carne…

Aquella retahíla de culpa pareció que fuera lo que el lujurioso galeno necesitaba para excitarse y con la mente nublada por el deseo volvió a  lanzarse de nuevo a la piscina, sin siquiera comprobar si el agua le cubría.  Desabotonándose la bata se fue para la mujer y, una vez estuvo de pie al lado de ella, le mostró insinuante  la tremenda erección que escondía debajo de sus pantalones, en un intento inútil de levantar algo de pasión en la joven madre.

Paquita se dejó hacer como la primera vez. Le repugnaba que aquel tipo la tocara, pero sabía que si él lo notaba. Su ración de píldoras llegaría a su fin. Lo único bueno de todo aquello es que, al igual que la primera vez y todas las que le siguieron, fue breve. Tardaban más los prolegómenos que la cabalgada que terminaba siendo una eyaculación precoz de manual.

Aquella tarde su ginecólogo le ofreció un pacto, ella iría cada mes a visitarlo y él le daría medicación anticonceptiva para ese período de tiempo. Para evitar levantar la suspicacias de sus allegados, se les diría que a raíz del último embarazo su capacidad de engendrar había mermado enormemente y el doctor, para que pudiera volver a tener descendencia, la había prescrito unos fármacos.   La España de las velas y los rezos, era tan  ignorante como confiada, por lo que aquellas mentiras, viniendo de una persona con estudios como el doctor,  se convirtieron en verdades que nadie de su entorno cuestionó. Una falacia  que hacía que su marido y su familia la miraran como una pobre enferma, a la que todos se esmeraban por hacerle la vida más fácil.

Al salir de la consulta, saluda a su suegra quien la espera en la puerta. La pobre mujer se acerca a ella y la coge del brazo, tras despedirse de la enfermera y de los otros pacientes, salen del modesto dispensario:

 —¿Cómo ha ido la cosa? —Pregunta la señora mayor en un tono que sin ser bajo, pretende ser confidencial.

—Igual que siempre, suegra. La cosa va muy despacio, pero va mejor.

—¡Ay, hija mía! ¡El suplicio que tienes que pasar de enseñarle todos los meses tus partes a un desconocido!

—No es un desconocido, es un médico y para él ve una mujer desnuda es igual que ver un cuadro.

—¡Sí, el de la maja desnuda! Mi Quini se tenía que conformar con los cinco que ya tiene y no hacerte pasar a ti por este suplicio.

—Sí, pero ya sabe usted como es su hijo… Se quedó prendado con la película de “La gran familia” y hasta que no los supere no va a parar.

—Es mi hijo, muy bueno y muy santo. Pero tan burro como todos los hombres, si tuvieran ellos que parir, no harían tantos niños.

—Ya le digo, suegra, pero es lo que nos ha tocado vivir.

—Y no nos quejemos, que las hay peores que ni mi Manuel, ni mi Quini son de los que lo arreglan todo con una paliza. Mi marido, ni porque una vez no le tuve  la comida a su hora, me ha puesto nunca una mano encima. Pero tú tranquila que si no puedes tener más niños, tampoco se acaba el mundo que ya tienes cinco.

Paquita mira a su suegra, en momentos como este, está tentada de contarle que su verdadero suplicio es traer hijos al mundo, pero recuerda su pecado y se traga cualquier confidencia que crea puede compartir con la madre de su marido. Así que aprieta su mano fuertemente y le sonríe, aunque cada vez sea algo que le cueste  un mayor esfuerzo.

Paquita sabe que su ración de pastillas tiene fecha de caducidad, pues más pronto que tarde aquel mal nacido se cansará de ella, pues sus turgentes pechos y su juventud no serán algo eterno Tal vez para entonces, los mayores ya estén en edad de trabajar y puedan traer algunas pesetas a casa. . Sin embargo, prefiere no preocuparse por ello, vivir un día tras otro, no pensar en lo que le deparará el destino  y cruzar ese río cuando le toque en suerte.

4 comentarios sobre “El pacto (Inédito)

  1. Hola d. Machi:
    Dice Pepito que Vd le recuerda a Almudena Grandes. Pepito es muy fans suyo y sabe que Vd hace pinitos en alguna emisora de radio. Puede ser, desde luego tienen en común el humor y el mismo “cariño” por los hijos de puta de este país, que son una fuente inagotable.
    Excelente d. Machi

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    1. Hola mis niños:
      La verdad es que es todo un lujo que me comparéis con la gran Almudena. Yo creo que el único parecido entre ambos es que no nos gusta que se cierre una parte tan oculta de la historia de España y ambos traemos historias de esa época que los fachas de este país se empeñan en olvidar como la canción: ♫ no me acuerdo, no me acuerdo
      Y si no me acuerdo no paso
      Eso no paso♫
      Pues sí, pasó ella le puso los cuernos a su novio y en España hay cientos de miles de muertos en las cunetas.
      En cuanto a los pinitos en la radio, llevo mucho tiempo ya. Lo que pasa es que hasta ahora no he podido meter la patita, hay mucho nivel y mi forma de escribir está a años luz de los que allí participan.
      Muchas gracias por la felicitación. Facebook que chivato es!!!
      Un beso y nos seguimos leyendo
      Almudenito Pequeño.

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