Vogue

Lunes  06 de mayo 2002

Se había llevado más de media hora hablando con Berto, que cuando colgó el teléfono  estaba un poco mareado. El empresario sevillano, cuando se ponía serio, utilizaba un lenguaje tan culto que le costaba un poco seguir el hilo de la conversación. Había sido tanta la información que le había dado, que se sentía un poco incómodo.  Mayormente porque había sido incapaz de asimilarla toda.

No le pareció raro que lo llamara para que le organizara una fiestecita en su casa de la aldea almonteña. Todos los años lo hacía.  Se había convertido en una costumbre. Un clásico que había que renovar pues siempre le pedía incluir alguna novedad. En esta ocasión una performance sadomasoquista en la segunda parte del evento.

Lo que no había hecho hasta el momento, era invitar a alguien de fuera de su círculo íntimo y mucho menos a una celebridad como un político. Uno que llevaba en su programa cosas tan retrogradas como que la lucha por los derechos de los homosexuales era un negocio para algunos.

No entendía muy bien  porque le confiaba algo de tal envergadura. Habérselo follado en repetidas ocasiones,  le había servido para tener ciertos privilegios  con él. Insultarle a la cara cuando nadie los escuchaba, aunque solo fuera de broma, era uno de ellos. Sabía que esas palabras mal sonantes le daban un morbo tremendo, pues  le hacía recordar los momentos guarros que habían compartido.

No obstante, no era ningún ingenuo.  Tenía bastante claro que aquel hombre ni era su amigo, ni su colega, ni nada por el estilo… Si le permitía tales confianzas era porque le interesaba. Por mucho placer que le hubiera dado en la cama, no era para él que otro peón al que usar en sus maquinaciones. No en vano,   siempre habían acordado el pago de  un buen precio  para cada uno de aquellos polvos.

Decir que lo del invitado sorpresa lo había desconcertado, era quedarse muy corto.

Sabía que la actitud ultra conservadora de Santiago Ipurdituburu era pura hipocresía. Un papel que representaba delante de los seguidores de su partido político y que nada tenía que ver con la forma de sentir de aquel hombre.

Era tanto lo que necesitaba practicar el sexo con un buen semental que, en alguna que otra ocasión, le había suministrados migrantes ilegales africano. Individuos que, en su huida de sus ruinosas existencias, no le importaba montárselo con un tío con tal de conseguir el dinero suficiente para un pasaje para Francia.

Todos chicos jóvenes africanos que poco o nada conocían de las costumbres locales y mucho menos al presidente del partido de la oposición en una comunidad autónoma como Andalucía.

Gracias a la fugacidad que desaparecían del territorio español, unido a las gafas, pelucas y postizos que usaba para esconder su identidad en la medida de lo posible.  Santi se sentía seguro con el tremendo anonimato que conseguía en  los servicios que le prestaba. Por lo que, cuando conocía de  algún marroquí o argelino en esas circunstancias, no dudaba en ponerse en contacto con él.

A pesar de todo ello, le parecía una tremenda temeridad lo que Berto se disponía a hacer. Citarlo en su casa del Rocío para una orgía de carácter sadomasoquista, con drogas y prostitución masculina de por medio,  no era del todo seguro.  Aunque por  la pasta que había encima de la mesa, merecía la pena correr el riesgo.

A Berto se lo veía necesitado de un rato de vicio, porque todo su plan parecía de lo más disparatado. Lo conocía lo suficiente para saber que ante de emprender algo, valoraba todas las posibles complicaciones que estas pudieran tener.  

Otra cosa es que pretendiera putear a su amigo el político y sacar sus trapos sucios a la luz. Algo que no le pegaba para nada, Berto era una persona que iba por derecho y no era de pegar puñaladas traperas.

El único plan de contingencia que había ideado era que, en caso de que se diera la circunstancia de alguien sospechara quien estaba bajo la máscara,  Félix lo sacaría de la casa con la mayor urgencia e impedir con ello que su identidad quedara al  descubierto.

Le pareció una estrategia pobre y con visos de acabar peor que mal. Pero acostumbra a no hacer nada gratis y era consciente de que, si por algo no le pagaban, era por opinar.

Por más vueltas que le daba, no dejaba de parecer una idea  propia de adolescentes descerebrados.   Basar toda su seguridad en una máscara de cuero y que Santiago permaneciera en silencio absoluto, le parecía una locura. Un dislate más de la gente rica con la que acostumbraba a bregar, pero impropio de Berto.

En caso de que, sus contactos en la policía de Sevilla, no consiguieran  convencer a su homólogos de Huelva para que  hicieran la vista gorda ante lo que se cocía entre cuatro paredes, poco o nada podía hacer por evitar una redada si les daba por llamar a la puerta.

Era bastante extraño que las fuerzas del orden irrumpieran en alguna de las viviendas de la aldea y, más concretamente, en las fechas de la Romería. Pero si algo había aprendido en los últimos años es que el odio por el diferente estaba más arraigado que nunca en la cabeza de los envidiosos y los ignorantes.

Desde que el “poder rosa” irrumpiera en la sociedad y numerosas personalidades relevantes reconocieran su homosexualidad, multitud de voces  de gente que  no se veían a sí mismo  como homofóbicos se alzaron en defensa de la familia tradicional. Interpretando el acto de reconocer abiertamente con quien compartían la cama, fuera un ataque contra la infancia.  

Si algo despertaba Berto y los suyos con sus aires de libertad era el odio de este tipo de individuos. No era extraño que algunos de ellos vistieran uniforme y trabajaran para el Estado. Por lo que una simple  conversación era suficiente para que una chispa se encendiera en su pecho  y clamaran por un orden que  no estaba en ninguna ley. Un orden que solo entendían ellos y que resultaba de lo más injusto.

En caso de que la mecha prendiera, Ipurdituburu pasaría la noche en el cuartelillo y ser sorprendido en una orgía gay con drogas, no sería la mejor de las publicidades de cara a su electorado rancio. Por lo que, aunque fuera paradójico,  las mismas ideas que alentaba en sus discursos, sería las que acabarían de manera fulgurante con su carrera política.

Volvió a pensar en la pasta que ganaría y no estaba dispuesto a renunciar a ella. Tras cavilar durante unos segundos, llegó a la conclusión que, mejor que preocuparse por la caída en desgracia de aquel vago con corbata, lo que debía hacer era cubrirse sus espaldas.

 Lo último que necesitaba era ser detenido por traficar. Con sus antecedentes penales iría a prisión. Algo que le aterraba más que nada en la vida. Si existía la fobia a las cárceles, él la padecía de manera galopante.

Determinó que para ello, la cantidad de droga que llevaría sería la máxima permitida para consumo propio por número de participantes. Era algo que había hecho en otras ocasiones.  Evadiría la cárcel por tráfico de estupefacientes y todo quedaría en una amonestación por parte de las fuerzas del orden o una multa. 

Los chicos, a pesar que a los amigos de Berto les gustaban muy jóvenes, deberían tener dieciocho años al menos. Meter a un adolescente de dieciséis años, por muchas pollas que hubieran pasado por su culo,  podía ser corrupción de menores y estaba tipificado por el código penal con cinco años de perdida de libertad.

Lo peor es que no tenía ningún nuevo fichaje a la vista y últimamente no había demasiada carne fresca por el ambiente que se prestase a ello.  Los acaudalados  señoritos los querían jóvenes y con bastante experiencia, pues gustaban del sexo duro. Entre sus prácticas más predilectas, se encontraban el fisting y la doble penetración.

Lo único que tenía claro es que, por mucho que lo necesitaran,  no debían probar las drogas mientras trabajaban. Era de las pocas normas que estaba imponiendo últimamente  a sus chicos y, si no la cumplían, no volvía a contar con sus servicios.

Por nada del mundo, estaba dispuesto  acabar la fiesta en la sala de urgencia de un hospital, teniendo que dar más explicaciones de las que acostumbraba a dar.

Cuando cayó en la cuenta que no tenía ningún candidato en su agenda para llevar a la casa de Berto, se dio cuenta que una redada donde se pusiera negro sobre blanco  la vida secreta de Ipurdituburu, no perjudicaría lo más mínimo su reputación. Al contrario, le daría más renombre.

Fantaseó con la idea de pasear el culo por los distintos platós contando los trapos sucios del político ultraconservador y se vio como alguien famoso, ganando dinero a mansalva por alimentar el morbo de la audiencia.

Luego cayó en la cuenta que Santi solamente era conocido en Andalucía y  que las televisiones locales no manejaban demasiado dinero. Por lo que concluyó que lo mejor para todos es que la policía de Huelva no apareciera por casa de Berto, pues sería un mal precedente para su negocio.  

Su problema más acuciante era   encontrar unos putitos  de primera calidad y que  no fueran demasiado conocidos por el ambiente…Tendría que darse prisa pues solo le quedaban dos semanas.  

Intentas

Todo lo que puedas para escapar

Del dolor de la vida que conoces

(La vida que conoces)

Martes  18 de Marzo  1997

Estaba ansioso y muy excitado.  Apenas probó el desayuno. Dejó casi la mitad del café y apenas probó la tostada.  Ni siquiera, como hizo el día anterior, le pidió a su ayudante de cámara que acompañara el café con un poco de su leche calentita.

“The Power Rainbow” facilitaba a sus socios una especie de mayordomo que le ayudaba en todos los pormenores. Un individuo que procurara que su estancia en el lugar elegido para la reunión anual fuera de lo más grata.

Fiel a la política de Lagüe,  su maestro de ceremonia y el artífice de todas las performances que se daban cita en  aquella mansión de lujo en las afueras de Estocolmo, todo el personal que trabajaba en el edificio estaba relacionado de una manera u otra  con la industria  del cine  para adultos. Los individuos seleccionados para asistir a los miembros del selecto club se encargaban de servir las comidas, limpiar las habitaciones y demás tareas propias del servicio habitual de un hotel tradicional.

Además, como todos mercadeaban de un modo u otro con su cuerpo, se encargaban de satisfacer, en la medida que se lo requieran los huéspedes, las necesidades sexuales de estos.  

Entre los posibles candidatos que le habían ofrecido, Berto había  escogido a un cuarentón delgado, alto y con canas emergentes en sus sienes. El vivo retrato de  Cristóbal, el padre de su mejor amigo de la adolescencia, el tipo que lo desvirgó y le enseñó a disfrutar del cuerpo de otro un hombre.

Una personificación de los deseos de su juventud que estaban siempre tan presente que había terminado convirtiéndose en el prototipo de hombre que se llevaba a la cama.  

Empezar  el día chupando la polla de aquel hombre  le hacía retrotraerse a sus dieciochos años. Época de su vida en que  aquel maduro y su hermano lo convirtieron en su putita. Nunca le obligaron a hacer nada, ni participó en ningún juego sexual que no deseara con todas sus ganas. Aun así, se dejó embaucar por dos depredadores sexuales y recorrió senderos del sexo para los que aún no estaba preparado emocionalmente. 

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Era consecuente con que la  oportunidad de revivir aquellos momentos tan clavados en su memoria, era una rara avis. No eran muchos los maduros que ofrecían su cuerpo por dinero y pocos se parecían a su papi.  Era una oportunidad que debía aprovechar , si no quería arrepentirse cuando volviera a su rutina.

 No obstante,  el vasco que había protagonizado la orgía la noche anterior, se había colocado en el centro de sus pensamientos    y  aquel prototipo perfecto de sus fantasías sexuales había pasado a un segundo plan

Le reconcomía la desazón y estaba ansioso  por incorporarse al grupo. No tanto por la multitud de sorpresas que tenía preparada  Lagüe, sino por reencontrarse con su compatriota. De  manera particular y privada,  lo había bautizado con el apodo de “ahívalaostía”.

Le puso aquel mote porque fue el exabrupto que soltó el día anterior,  cuando al final del gang bang al que lo sometieron, Rocco Iron le regaló una inesperada lluvia dorada.

Aquella  expresión vasca fue una manifestación clara  de la nacionalidad del tipo musculoso que la profirió.  Un  insaciable individuo  que se sometió a los caprichos de la mayoría de los  presentes. Todo aquel quiso dio buena cuenta de su culo y de su boca, daba igual que fuera un socio del club, uno de sus invitados o un actor porno contratado por Lagüe.

Casi una veintena de personas, incluido él, se lo montaron con  un tipo que tenía planta de macho empotrador, pero que resultó  ser la mejor de las putas sumisas.  Si su boca parecía insaciable, su ojete era de lo más tragón. No solo devoró un dildo de notables dimensiones, sino que soportó una doble penetración de dos sementales bien dotados  con una facilidad pasmosa.

En un principio pensó, por lo entregado que estaba a todos y cada uno de los presentes que era  un montaje de Lagüe. Un profesional del sexo que, para añadir el morbo de los falsos reality, escondía su rostro tras una máscara de cuero  y  se hacía pasar por  uno de los socios o un invitado.

Sin embargo, cuando el rumano del tremendo pollón lo regó con sus meados,  no pudo ocultar su sorpresa y soltó un “ahí va la ostia” que lo puso en evidencia. Seguramente solo ante los pocos españoles que estuvieran participando en el evento sexual.

Pese a que el vasco estaba lejos del prototipo de macho maduro y empotrador que tenía idealizado, había conseguido despertar sus deseos desorbitadamente. La  oportunidad de contar con un cómplice en la vorágine sexual que iba a vivir en los próximos días le pareció de lo más sugerente.  Máxime cuando el tío  había demostrado ser una puta sumisa de lo más complaciente y no le hacía ascos a nada.

Simplemente fantasear con  que le realizaba  una doble penetración en compañía de algunos de los adonis que su anfitrión había contratado o como lo hacían participe de una lluvia dorada era suficiente para que su churra se llenara de sangre. Llevaba empalmado desde que se despertó y no se trataba del tipo de erección matutina que se esfumaba después de orinar.

El profesional del sexo  que hacía las veces de ayudante de cámara lo ayudaba a vestirse. Al bajarse el pantalón del pijama su churra saltó como un resorte delante de él, vibrante y dura como una piedra. Al comprobar su estado de excitación hizo el amago de complacerlo. No obstante, el sevillano que  no estaba por la labor de desperdiciar ni una gota de leche antes de encontrarse con el “Ahivalahostia”, le hizo un educado gesto de rechazo para que desistiera de su intento.

Estaba orgulloso del grosor de su polla. Sabía el morbo que despertaba en los demás y no perdía la oportunidad de poder presumir de ella. Para poder lucirla en condiciones, había escogido  un pantalón de cuero que se marcaba sobre su pelvis como una segunda piel, evidenciando bajo ella un cilindro de lo más deseable.  

Su  asistente personal   le ayudaba a ponerse el arnés plateado que cubría su pecho y se miraba  orgulloso al espejo de pared que tenía ante sí. Se colocó el nabo hacía el lado derecho de su muslo, marcando una sugerente protuberancia.

No encuentra respuestas a su enorme excitación por un posible reencuentro con el “Ahivalaostia” . Para más inri la parafernalia sadomasoquista lo tenía con los sentidos a flor de piel.

Una vez se calzó las botas militares, se volvió a regodear con el reflejo del espejo.  No podía estar más satisfecho con el resultado.  Su aspecto era una imitación casi perfecta del tipo enmascarado que sometió y emputeció al vasco. Si aquel cincuentón había conseguido hacerlo su esclavo, él con una polla  mucho más gorda y con el vigor de la juventud rebosando en sus venas, no tendría ningún problema.

Estuvo tentado de pedirle a su ayudante que le diera una de las máscaras de cuero para terminar de copiar completamente su aspecto,  pero rehusó a hacerlo. Mostrarse abiertamente sin tapujos, aunque fuera delante de unos tipos que desconocían completamente quien era,  le daba una libertad sin parangón. Era algo que le excitaba tanto o más que el sexo.

Se despidió de su asistente, metiéndole mano al paquete y poniéndole cara de bribón. Dejándole claro que su rechazo no tenía ninguna razón de ser.

 Le restaban todavía unos cuantos días en aquel lugar y, después de su descortés gesto, intentó congraciarse un poco con él. No quería renunciar para lo que realmente lo había escogido,  las mamadas mañaneras y el sexo antes de irse a dormir.

Abandonó la estancia que tenía designada  y tomó rumbo al montacargas que llevaba a la zona de ocio. Tenía que reconocer que el personal que trabajaba para Lagüe era de primera, habían adecuado y decorado el tosco elevador, de manera que parecía el ascensor de un hotel de lujo.

La verdad es que el tío era un verdadero genio y sin él, las reuniones de los Power Rainbos no serían lo mismo. Mentiría si dijera que no le fascinaban sus perfomances. Siempre intentaban sorprender con su originalidad.

No obstante, en aquel momento no le podía interesar menos el  espectáculo que  le tuviera preparado su maestro de ceremonia. Había dejado que la lascivia dominara sus pensamientos y en su mente solo había lugar para uno, practicarle una doble penetración al macho vasco.

Al llegar al recibidor buscó acuciantemente   al causante de sus sueños húmedos  y no lo encontró. Tampoco vio al cincuentón. Esperó un rato, supuso que se retrasaban un poco, pero finalmente no aparecieron.  Por lo que cuando vio a Lagüe anunciar de manera efectista las diversiones del día, supo que no vendrían.

No se había parado a pensarlo, pero no era el único miembro español de los Rainbow, por lo que puede que el cincuentón fuera otro  de ellos  y el “Ahivalaostia” su invitado.

El empresario suizo que lo introdujo en los Rainbow,   le contó que había oído el cotilleo de que  un militar perteneciente a la nobleza española, formaba parte del selecto grupo. Sin embargo, como hacia siempre con  todos los rumores, le dio la credibilidad que merecía.  

Era más que  habitual que algunos de los socios no disfrutaran por completo de la reunión anual y que se marcharan antes de su finalización.  Solían tratarse de personalidades muy relevantes de la vida pública para las que disponer de más de un día libre en sus apretadas agendas era todo un logro, por lo que tuvo claro que el cincuentón era alguien bastante importante. Quizás quien le comentó su amigo helvético.

Que el hombre que se había convertido en la  diana de sus deseos se hubiera marchado tan pronto, lo dejó un poco desangelado. No obstante,  se limitó a repetirse  que había muchas moras en aquel lugar y la mancha que el  vasco habían dejado  no era tan grande. Si no podía practicar una doble penetración con él, lo haría con cualquiera de los asistentes.

No  todos los actores invitados eran activos, también los había pasivos. Los culos de algunos de ellos no solo soportaban una doble penetración, sino que su culo era capaz de albergar un puño de gran tamaño.

Por muchas mentiras que se contara, lo cierto era que no haber encontrado allí a su “Ahivalaostia” había acabado de golpe y porrazo con todas los castillos de perversiones que se había montado en su cabeza. Se había encaprichado de montárselo con aquel macho sumiso y ninguno de los profesionales del sexo de los que podía disponer libremente podría suplirlo debidamente.

En el momento que el histriónico organizador les hizo pasar a la primera de las atracciones sexuales, tuvo claro que, a pesar de lo caliente que iba, se limitaría a participar como espectador.

Cuando todo lo demás falle y anhelas ser

Algo mejor de lo que eres hoy

Conozco un lugar donde puedes escapar

Domingo 19 de Mayo 2002

Odiaba ser transparente para la gente para la que trabajaba. Roberto Manrique, el dueño de la casa, pasó a su dormitorio con uno de sus invitados. Era obvio que si hubiera sido alguien de su clase, habrían guardado la compostura y hubieran buscado alguna excusa para encerrarse en el cuarto. Pero como era un simple guardia de seguridad, alguien al que pagaban un mísero sueldo, ni se molestaron en disimular lo más mínimo.

No se terminaba de acostumbrar a que la gente lo ninguneara, ni le tuviera el más mínimo respeto a alguien como él. Era de la firme convicción de que si hubiera tenido la  más mínima oportunidad, se habría comido el mundo. Podría haber llegado a ser actor, presentador, modelo… Lo que hubiera querido. En cambio,  a sus treinta y tres años, se limitaba a pasear  con un calibre treinta y ocho en la cintura y un  uniforme que  cada vez le  quedaba estrecho.

Sin querer, mientras observaba disimuladamente como la puerta se cerraba tras los dos hombres,  su mente se internó en sus años de juventud. Una época en la que era más feliz que en aquel momento. Todo el mundo en el Viso del Alcor lo conocía por el Bombocito.  Se podían contar con los dedos de la mano, fuera del entorno de familiar, que supieran que se llamaba Miguel. El apodo le venía, desde muy temprana edad,  por su éxito con las féminas.

Era alto, guapo, con un cabello negro rizado, unos grandes ojos azules y unos labios carnosos que estaban pidiendo que lo besaran. Si a todo eso se le unía su simpatía, su gracia natural y su don de gente, no era extraño que sus conquistas se amontonaran como la ropa sucia en la habitación de un adolescente.

Se acostumbró a tener una novia en cada pueblo de las cercanías y la variedad de las mujeres con las que tenía sexo, fue una placentera rutina que se convirtió en una adicción. Veía a las mujeres simplemente como el artífice de su placer. Nunca las respetó, ni las consideró sus iguales.

En el momento que sus ligues pretendían avanzar hacia una formalidad que él no pretendía de ninguna manera, finalizaba su relación. No les importaba partirles el corazón y  las abandonaba con la excusa manida, por muy verdad que fuera,  de que no eran ellas las culpables,  sino él.

Con el tiempo su promiscuidad y sus mentiras  terminaron saliendo  a la luz. Rápidamente su sinvergonzonería y su cara dura corrió como la pólvora de boca en oído. En poco tiempo, las chicas dejaron de mirarlo como un candidato a novio y comenzaron a verlo como un granuja que venía para aprovecharse de ellas.  

Sin un trabajo fijo, sin estudios y únicamente con la tarjeta de presentación de su físico, el abanico de chicas a la que podía aspirar se fue reduciendo. El amplió sus gustos y haciendo gala al dicho de “ninguna mujer es fea por donde mea”, siguió paseando su churra por todas las rajas que se lo permitieron. Que no fueron pocas pues era caballo de buena boca.

Con veinticinco años comenzó a sentir que la llama de su atractivo se apagaba. En sus propias palabras, «estaba un poco reventao».   Concluyó que para   reavivarla debía cuidar más  su aspecto físico y   comenzó a ir  a un gimnasio.

Al principio, lo hizo más por obligación que por devoción. Sin embargo, aquello de levantar pesas entre gente, en su mayoría, tan egocéntricos como él,  le llevó a creerse otra vez alguien importante.  Bastaron unos pocos meses de entrenamiento, proteínas y fármacos ilegales para que sus bíceps, su espalda y su pecho aumentaran de tamaño de una manera considerable.

Cuando alguien le preguntaba sobre su asombrosa evolución. Él contaba siempre la misma milonga: « Es que tengo muy buena genética».

No tardó en congeniar con   unos cuantos levantadores de pesas  de su misma edad y comenzó a salir de fiestas con ellos.  Con sus nuevas amistades, amplió el radio de acción de sus noches de ligoteo a la capital sevillana. En sus bares y discotecas de moda  ninguna chica conocía lo canalla que era y solo veían a un chico de pueblo con un buen físico.

Entre su renovado círculo de amigos contaba con  algún que otro segurata de discoteca. Ser su colega   le sirvió  para entrar por la cara en los garitos de moda y   para encontrar un trabajo. El empleo de portero de los locales nocturnos  le venía como anillo al dedo.

Que le pagaran  por lucir su hermosa  percha delante de todas las chicas que accedían al local, era más de lo que podía haber llegado a soñar alguna vez. Si encima, de vez en cuando, podía sacar su mala leche a pasear y demostrarle  a cuatro borrachos impertinente quien tenía los cojones mejor puestos, estaba que se salía de contento.   

Meterse en el mundo de la noche sacó a relucir su lado más perverso y vicioso. Se acostumbró, cuando terminaba su jornada laboral a altas horas de la madrugada,  a irse de fiesta con la gente que frecuentaba a los after. Para aguantar la marcha,  no era raro verlo consumir  grandes cantidades de alcohol y alguna que otra sustancia prohibida.

Había fines de semana que solo dormía unas cuantas horas. Para poder seguir el ritmo, al igual que mucha gente que trabajaba en la noche, recurrió a la química. En su caso un par de anfetas era lo que lo mantenía despierto.

Para un hombre como él para quien las mujeres eran tres agujeros donde meterla que tenían una cabeza que hablaba sin parar, la diversión no existía  sin su dosis adecuada de lujuria.   Empujado por el viento del descontrol, acabó, en más ocasiones de las que hubiera deseado, teniendo sexo  con quien menos esperaba.

Comenzó su camino a la perversión, haciendo  un trío con un colega y una tía que le molaba a los dos,  otro día participó en  un  cinco para una con una chica que habían perdido tanto los papeles que no le importó montárselo con todo el grupo de amigos…

Poco a poco fue avanzando en una vorágine de la que ni quería, ni podía escapar. Aquellos excesos se volvieron tan habituales que comenzó a verlo como algo normal.  Follar se había vuelto en una peligrosa adicción para él… Lo peor es que tenía otras y bastantes más caras.

En el momento que su sueldo no le permitía salir de marcha, sin endeudarse más de lo que ya estaba.  Mario, un colega le propuso ganar un dinero extra de la forma más fácil. Lo único que tenía  hacer un trio con una ricachona madurita  que pagaba muy bien  por montárselo con tíos jóvenes.

Pesaban tanto sus número rojos que ni siquiera  preguntó la edad de la señora que contrataba sus servicios.

Una pastilla  bajo la lengua le dio la suficiente energía e imaginación  para poder tirarse a aquella mujer que, por muy bien peinada y maquillada que fuera,  podía ser su abuela.  Lo peor fue cuando la madurita, mientras se metía un enorme consolador por el coño,  les pidió que se lo montaran entre ellos.

En un principio, se quedó completamente perplejo. No sabía de dónde carajo se había sacado aquel vejestorio que a él le fueran los tíos. Él no era maricón. Miró a Mario y no mostraba ningún enfado ante la petición de la vieja. Al contrario, parecía estar deseando.  

Ver como aquel tío, fuerte y varonil apoyaba su mano sobre su hombro y aproximaba su rostro al suyo, lo puso con los cinco sentidos a flor de piel. Al contrario de lo que esperaba, su contacto no le repugnaba lo más mínimo y su excitación no bajaba en lo más mínimo.

Sin demasiado esfuerzo,  terminó besándose y pajeándose con su colega. Nunca supo que pesó más en su decisión, si los efectos de las anfetas que se había tomado o que una parte muy recóndita de él nunca le había hecho ascos al sexo gay. Lo que sí tuvo claro desde un primer momento, por la forma de comportarse,  fue que no era la primera vez que su colega hacia una cosa como aquella.

Una vez dejaron medianamente satisfecha a la insaciable señora,   Mario le propuso irse a dormir a su casa. La excusa fue que se ahorraba tener que  ir a su  pueblo y  podría descansar un poco más.

Aunque se comportó como la mosca que quedaba atrapada en la tela de la araña, sabía muy bien a lo que iba. Aquel tío no se iba a conformar con un beso y un pajote.  Fue su primera experiencia homosexual completa y descubrió que le daba el mismo placer follarse el culo de un tío que un chocho. Además, le habían pegado la mejor mamada de su vida.

Tras su formidable estreno, su compañero de trabajo le propuso montárselo con hombres mayores.  Pagaban bastante más y no solían tener tanto aguante como las tías. En un principio dijo que no, no obstante su hambre de pasta no tenia parangón y aquel dinero se le antojaba muy fácil de ganar.   

—Vale, pero por el culo, omio,  ni un pelo de gamba—Fue su última  y tajante respuesta.

—No te preocupes. No sabes en el mundillo gay como están de cotizados los activos con planta de macho como tú.

Lo que empezó siendo una especie de estipendio extra, se convirtió en su principal fuente de ingresos. Había semanas que llegaba a tener hasta dos clientes al día.  Mario era quien le buscaba los contactos. Era una especie de proxeneta. Aunque no le cobraba ningún tipo de porcentaje, simplemente se contentaba con, de vez en cuando,  probar gratis la mercancía.

Pese a que no era un trabajo del que presumir con los colegas, se sentía bastante bien.  Que le pagaran por clavarla hasta los huevos, le proporcionaba un morboso placer.

Sus clientes quedaban tan satisfechos que, rápidamente, sus amigos querían corroborar si era cierta su fama de macho empotrador. Estaba tan solicitado que, más de una vez, para poder atender  todos los culos y bocas que querían disfrutar de su rabo, tuvo que renunciar a trabajar una noche en la puerta de un local de moda.

Sus clientes respondían todos casi a un mismo perfil. Hombres de más de cuarenta años, con una buena situación económica, en la mayoría de los casos dentro del armario y  no les importaba pagar  a un tío bueno que salir a la aventura por los tugurios del ambiente.

En aquel momento loco de su vida fue cuando conoció a Marcelo. Un magnate  italiano propietario de una cadena de hoteles que se quedó prendado de él nada más que lo vio. Fue tal posesivo el enamoramiento del cuarentón que hasta le llegó a prohibir que fuera con otros hombres.

Dedicarse en exclusiva a él no le importaba,  pues no le faltaba de nada. Buena ropa, dinero, drogas… Todo lo que se le apetecía estaba a su alcance. Solo tenía que satisfacer el insaciable apetito sexual de su amante, cosa que no le importaba lo más mínimo.

Marcelo tenía un buen físico, bastante atractivo y tenía un don de gente poco común. Si a eso se le sumaba que el tío la chupaba como nadie y que su culito, paradójicamente, era tan estrechito como tragón. No fue nada  extraño que el visueño, aunque no entraba en su código de macho, comenzara a sentir también algo por él. Lo que comenzó siendo un puro fingimiento, se convirtió en una realidad a la que no esperaba nunca saludar.   

Sin embargo, los caprichos de Marcelo solían  tener una fecha de caducidad muy corta y con la misma fugacidad que Miguel  se convirtió en el centro de  su atención, dejó de interesarse por él. Su “noviazgo” no llegó a durar ni los dos o tres meses propios de la fase del enamoramiento.

Desahuciado por un tipo que, aunque le costara reconocérselo a sí mismo, llegó a importarle, la frustración se apoderó de él. Intentó  volver  a ser portero de los garitos nocturnos en los que había trabajado, pero gente más joven habían ocupado su lugar.

Como pollo sin cabeza, se gastó la pasta que había ahorrado de sus días con Marcelo en fiestas. Mujeres, drogas, alcohol… Todos los vicios que el dinero  podía comprar.

Su cuenta no tardó en quedarse a cero. Consecuente con que lo único que le quedaba para poder seguir con su tren de vida, era volver a dar polla a los contactos de Mario, lo llamó. Suponiendo que seguramente había cambiado de número porque no le cogía el teléfono, se presentó en su casa.

La cara de sorpresa de su follamigo no pudo ser mayor.

—¿Qué te pasa a ti? —Le preguntó de muy malos modos, nada más abrir la puerta.

—Hola, omio. Yo también me alegro de verte —El tono del Bomboncito era jocoso. En un intento vano de arrancarle una sonrisa —¿No me vas  a invitar a entrar?  

—¿Qué quieres? —Le increpó haciéndole un gesto para que pasara al interior —¿Ya se ha cansado de ti el Peperoni? Por lo que se ve no eres tan Bomboncito como presumes ser, pues el último le duró le duró un par de semanas más…

Po no ha nacio todavía el  maricón  que se canse de que yo lo empotre —Lo interrumpió con cierta chulería, dándole a entender que se estaba pasando de la raya.

—Entonces, ¿qué?…

Amoave, que estaba harto de  follándome todos los días el mismo culo. Sus amigos, tan estirados, tan tiquismiquis, tan pegiguera…¡Puaff! ¡Me tenían hasta los cojones! Lo peor, por querer quedar bien, hacía lo mismo que ello y creo que me he terminado hamburguesando  un poco. 

En otras circunstancias,  como había hecho siempre, Mario hubiera corregido a Miguel y le hubiera gastado la broma de que dejara de pegarle patadas al diccionario, pero ni el momento idóneo, ni le apetecía bromear.  Era tan enorme el despecho hacia quien había sido su amante tantas veces, que  ni una de  sus constantes meteduras de patas gramaticales le sacaron una tímida sonrisa.

No fue  consciente de lo colgado que había estado de aquel tío  hasta que, de buenas a primera, pasó de él y desapareció de su vida por completo.  Necesitó una cuantas noches  de fiesta y un buen número de polvos para ganarse su confianza, pero una sola traición fu suficiente para perderla. 

Aunque  fuera guapo, estuviera bueno y follara del carajo, era solo un aprovechado para quien el concepto de la amistad pasaba por su propio beneficio y solo  buscaba su propio interés. Ser consecuente con la verdadera personalidad del quien se había vuelto el centro de su vida, fue el  pequeño paso que necesitaba dar para que  todo su amor se convirtiera en el peor de los odios.

—¿Y a mí que me cuentas?

—No sé, omio, podíamos volver a las antiguas andadas—Dijo tocándose el paquete de forma provocativa en un intento vano de excitarlo.

—¡Un mojón! Yo voy a estar aquí para cuando a ti te salga del nabo.

—¿No somos amigos?

—Tú no tienes amigos, nada más que te preocupas por ti mismo… Aparte lo he dejado. Tengo novia.

—¿Tú novia? No me hagas reír —El Bomboncito está vez se acarició con la palma de la mano todo el paquete y se mordió el labio.

Mario estuvo tentado de decirle que él no era más macho que él, que follarse a un tío no era nada heterosexual. Sin embargo  conocía de la mala hostia que se gastaba cuando se le ponía el espejo a la cara  y no le apetecía lo más mínimo tener una bronca en su propia casa.  Así que lo miró despectivamente y  simplemente le dijo:

—¡Márchate! ¡No te quiero volver a ver en la puta vida!

Miguel al verlo tan enfadado, supo que la batalla estaba perdida. Sin despedirse siquiera, agachó la cabeza con cierta resignación y   se marchó.

Aquel desplante por parte del tío que había enculado tantas veces, dejó su ego maltrecho. Una puñalada en su amor propio que muy pocas veces había sentido. Estaba acostumbrando a salirse con la suya y que todo el mundo bailara al son que él tocara. Pero no pensaba suplicarle, máxime ahora que parecía que había vuelto al “buen camino”.

Sin sus contactos, probó a  seguir trabajando como chapero   en las agencias  que se ofrecían azafatos, modelos y chicos de compañía. Eufemismo que intentaban ocultar su verdadero negocio, la prostitución masculina.

Las exigencias de los tipos que dirigían aquella empresa, le parecieron que se inmiscuían en su vida privada. Tuvo que posar con poca ropa y desnudo, para el book que le daban a ver a sus clientes. Un ataque a su anonimato que tenía que soportar si quería no prescindir de lo que se había convertido en su única fuente de ingresos.

No entendía muy bien, si él estaba sano, porque se tenía que hacer cada cierto tiempo unos análisis por si tenía enfermedades de transmisión sexual. Lo peor era la abstinencia que tenía que soportar  los días previos. Una de las exigencias que aquellos estirados habían puesto en su  contrato era que no podía consumir ningún tipo de sustancias prohibidas.

Un año fue suficiente   para saber que no tenía futuro en aquella agencia.  Entre las muchas cosas que no soportaba estaba  la selección por parte de los tíos que iban a pagar por tener sexo con ellos. En la mayoría de los casos lo hacían a través de fotos, pero algunas veces,  más de las que le hubiera gustado, se pasaban por la agencia para ver de cerca la mercancía. Como si fuera un caballo en una feria de ganado.

En las ocasiones que esto ocurría, el encargado hacía pasar a los chicos que estaban disponibles a  un salón. Una vez en él, se los presentaba uno a uno al cliente o posibles clientes, pues no era raro que fueran en grupos.  Muchos de los que frecuentaban la agencia, a  diferencia de los contactos de Mario que  pedían y daban discreción, se comportaban como si vivieran en un día del orgullo gay eterno.

Cuando pronunciaba  su nombre, el chico en cuestión daba un  paso al frente. Su “representante”  enumeraba sus especialidades en la cama y  características  de su carácter, en la mayoría de los casos respondían más a estereotipos que a la realidad.  Se sentía  como si estuviera en un mercado de esclavos en el que los terratenientes fueran a pujar por el más fornido y sano.

No era extraño que algunos de aquellos compradores de placer, como si fueran los dientes de los caballos,  pidieran ver el tamaño de sus genitales.  Algo  a lo que, si eran clientes habituales, su jefe no ponía ningún impedimento. Bajarse los pantalones delante de un desconocido a cambio de nada, le resultaba de lo más humillante.

Otras de las cosas que no sobrellevaba bien era que lo estafaran. Sabía, de su etapa en solitario, cuanto se abonaba de media por cada servicio y le indignaba  que los propietarios de la agencia, solo por servir de intermediarios, se llevaran mayor porcentaje que él   de las ganancias.

Si a eso se le sumaba que ya carecía del anonimato de cuando trabajaba con Mario y, le producía verdadero pavor,  que en cualquier momento pudiera aparecer alguno de los sarasas  de su pueblo por la agencia.  Que se corriera el “falso” rumor por El Viso de que era gay, le preocupaba bastante. No era lo mismo que la gente tuviera el  mal concepto  de que eras un sinvergüenza que solo buscaba aprovecharse de las mujeres a que dijeran que culeabas de estribor.

Pese a ello,  la verdadera razón de peso para dejar aquel trabajo fue que el no hacía mariconadas. Uno de los dueños de la agencia, como había tenido algunas quejas de los clientes, le puso el ultimátum de que practicaba una mamada cuando se lo pidieran o tendrían que dejar el trabajo. Como sabía que de ahí a poner el culo había un paso, decidió bajar varios escalones en sus pretensiones económicas, hizo los cursillos para guardia jurado y  buscó trabajo en una agencia de vigilancia.

El periodo de abstinencia fue un verdadero infierno, pero  consiguió dejar las drogas casi  por completo y centrarse de lleno en su  trabajo.  Cuando ya se consideró preparado para seguir disfrutando de las locuras de la noche. Se olvidó de los vicios de la capital y volvió  a salir de fiestas por las discotecas de los pueblos colindantes al suyo.  Durante un tiempo dejó aparcado el sexo homosexual y  se limitó a follarse a todo chochito caliente que se le ponía a tiro.

Pero, ¿qué sería de las cabras si no tuvieran monte al que volver para pastar a sus anchas? Un cuchicheo entre unos compañeros sobre una zona de cruising cerca del Hospital militar, despertó  su  deseo por empotrar a un marica. Echaba de menos meterla en un culito estrecho y no tardó en aparecer por la zona.

No esperaba que le fuera tan fácil conseguir sexo. Solo tuvo que aparcar su moto en una zona medianamente visible y no tardaron en aparecer candidatos para tragarse su polla, ya fuera por la boca o por el culo. Lo mejor,  todo el mundo iba a tiro echo y apenas se precisaba intercambiar algunas palabras sobre los gustos de cada uno para meterse en faena.

Aquel desenfreno que los gays mostraban al aire libre despertó un sabor por lo prohibido que desconocía que tuviera. Follarse a un tío mientras otro u otros miraban le ponía enormemente. Aun así, le seguían preocupando que alguien lo reconociera. Siempre que podía, intentaba buscar un lugar apartado.

Pese a que seguía considerando heterosexual de pura cepa y seguía follando con mujeres cada vez que se le presentaba la ocasión. Su apetito de morbo era infinito y una vez o dos en semana iba a que un tío le comiera la polla o le pusiera el culo.

Volvió a trabajar en la noche, como apoyo a los porteros de los locales de moda. Fue en esta época  en la que supo de la existencia del Abuelo y el Gato. Su negocio era más oscuro que la agencia de chicos de compañía para la que estuvo trabajando, pero por lo que escuchaba entre sus compañeros pagaba bastante mejor.

—A mí porque el culo de un tío me da mucho asco, si no me apuntaba al carro, —Le puntualizó su colega —, son trescientos euros por una noche. ¿Cuántos servicios tienes tú que hacer para ganar eso?  De buenas ganas se lo proponía, pero es que ni siquiera voy a poder empalmar…

—Siempre te queda la Viagra, macho —Bromeó Miguel.

Aunque no se fiaba mucho ni del Abuelo, ni de su ayudante. Estuvo tentado de ofrecerle sus servicios, el olor del dinero siempre despertaba sus más bajos instintos. Sin embargo, recordó lo mal que lo pasó cuando dejó de consumir y la simple idea de pasar de nuevo  por aquel infierno le hizo desistir.

En cuanto tuvo ocasión, para evitar la tentación, le pidió a su encargado que lo quitara de aquellos servicios nocturnos. Prefería hacer centros comerciales, fábricas y demás que tener que enfrentarse a unos excesos que lo atraían como la miel a las moscas. No todos los días se levantaba con la suficiente voluntad para mantenerse sobrio y eran demasiadas los cantos de sirenas que sonaban en los locales nocturnos.

Cuando aceptó el trabajo en la aldea del Rocío, no sabía que se iba a encontrar con uno de los clientes de la agencia de contactos en la que estuvo trabajando. Algo que descubrió en el mismo momento que su jefe le presento al Sr. Manrique.

 Lo recordaba perfectamente  de una visita a la agencia. Estuvo decantándose entre él y Fabio, un italiano treintañero, bastante castigado por la vida, pero con un nabo de mayores dimensiones que el suyo. Evidentemente él lo había olvidado, nadie retiene en mente a las personas que rechazas.

Observó los invitados de la casa  y todos parecían gente “normal”. Solo el grupito de íntimos de Roberto Manrique parecía culear de estribor. Aun así, no era nada  que no se viera en cualquier hermandad  del Rocío. Era de la opinión que las procesiones eclesiásticas y las plumas iban intrínsecamente unidas.

Pese a que uno de ellos era una musculoca a quien le salía la maricona que llevaba dentro hasta por las orejas, el resto se comportaban con educación e intentaban pasar desapercibidos.  Por eso le había chocado tanto el atrevimiento del dueño de la casa. Aprovechó que la gente estaba pendiente de la actuación del coro Rociero, para meterse con uno de sus amigos en su cuarto privado. Como no tenía muy claro si iban a meterse una raya o a pegarse un polvo rápido, se cercioró de que nadie lo veía y acercó la oreja a la puerta. A pesar del jaleo que había fuera pudo escuchar los jadeos de uno de ellos y los improperios que le soltaba al otro.

—¡Chupa, chupa, maricón, ordéñame!

Súbitamente  en su mente se construyó la escena de lo que podía estar ocurriendo dentro de la habitación y la excitación se apoderó de él. Irreflexivamente se llevó la mano a la bragueta y notó que su polla había subido enormemente de tamaño. Pugnando por salir fuera del pantalón. Se la colocó bien y, a continuación, la acarició contundentemente.

Los suspiros que provenían del interior lo ponían, más y más cachondo. Estuvo tentado de llamar y unirse a la fiesta, pero recordó que aquel tío lo había rechazado una vez, por lo que prefirió no arriesgarse a que lo hiciera de nuevo.

—¡Menéatela, maricón, quiero que te corras cuando te suelte la leche en toda la boca!

Supuso que quien así hablaba era Roberto, por lo que simplemente imaginar al  otro tío que tenía planta de macho empotrador  tragando polla y siendo tratado como una perra, se la puso todavía más dura. Sabía que lo único que conseguiría con pegar la oreja a la puerta sería un recalentón, pero no le importaba.

—¿Te gusta mi leche, no? ¡Qué pedazo de maricón eres!

Aquella aseveración le dejó claro que la fiesta se había acabado en el interior y que era el momento de abandonar el lugar. No quería que le llamaran la atención por fisgonear donde no debía. El curro no era gran cosa, pero no quería perderlo.  Se tapó como pudo la erección y aguardó a que se le bajara mientras realizaba una especie de ronda fingida.

Se escondió tras un pequeño coro de invitados y observó pasar a Roberto. A los pocos minutos, con actitud despreocupada, pasó  el tío que le había sacado la leche. No tenía ni chispa de planta de gay, por lo que concluyó que a aquel tipo no le iban aquellas cosas y que lo había hecho por dinero.

No sabía porque pero se sintió aliviado. Si hubiera seguido cobrando por follar, seguramente hubiera acabado denigrándose del mismo modo  y él, como buen machote que era, lo único que le gustaba poner al servicio de los maricones era su polla. Ni su boca ni su culo.

Disimuladamente se la volvió a tocar otra vez, afortunadamente había bajado de tamaño. Con unos pantalones ajustados como aquellos, no había manera de ocultar una erección como la suya.  A lo mejor un pichicorto  puede que lo hiciera, pero no un tío tan bien dotado como él. Miró a la camarera rubia. Tenía dos buenas tetas y un buen culo.  Estaba para que le dieran lo suyo. Si se la trabajaba un poquito, hasta podría terminar aquella noche montándoselo con ella.

Ve adentro de ti, para encontrar tu mejor inspiración
Tus sueños abrirán la puerta
(Abrirán la puerta)

Martes  18 de Marzo  1997

La estancia que el equipo de atrezo había preparado  le recordaba a su lugar de trabajo. La habían decorado como si fuera el despacho de un ejecutivo, de forma elegante, pero haciendo gala de ese  minimalismo vanguardista tan de moda en los círculos elitistas.   Las paredes estaban cubiertas  con unas sabanas de satén blanco. Cumpliendo con un  doble cometido, darle más vistosidad a las derruidas paredes y  añadirle cierto aire onírico.

No se había colocado ningún  adorno sobre las paredes, despojando la habitación de cualquier  objeto que insuflara algún rasgo personal de quien lo  frecuentaba. Al contrario, todo parecía muy frio y generalista.  No era nada casual.

Se había hecho con la única intención de que el pequeño habitáculo no pudiera ser ubicado en ningún lugar concreto del mundo. Así, fuera cual fuera la procedencia del espectador, pudiera sentirse  identificado con aquella oficina. .

Como único mobiliario una librería repleta de sobrios volúmenes con su lomo desnudo de palabras, que recordaban a tratados mercantiles, económicos o legislativos.

En el centro de la sala una amplia mesa rectangular con multitud de  papeles sobre ella. La persona encargada de colocarlos los había ordenado de manera que era  visible cierto caos en el modo en el  que estaban dispuestos. Sobre ella, acorde con la escueta decoración,  un lapicero, una especie intercomunicador telefónico, una calculadora y un portátil.

 En su parte frontal habían colocado dos sillas con un respaldar  de cuero marrón para las visitas    y en la parte interior, donde se debía sentar el jefe,  un cómodo butacón ergonómico tapizado en el mismo material y color.

En el momento que los miembros del club y sus invitados escudriñaban el escenario intentado averiguar que les había preparado su maestro de ceremonias. El silencio fue roto por los primeros compases del “You make me feel” de Sylvester. Dando paso a  Lagüe que  hizo su triunfal entrada.

Su atuendo era masculino, un traje de chaqueta negro propio de un presentador de los Oscar. Sin embargo era o era tanta la feminidad que rezumaba cada uno de sus gestos  que a Berto le recordó a Julie Andrews en “Víctor o Victoria”. Su corbata parecía salida de un cuadro impresionista y se había maquillado en consonancia a los llamativos colores de esta.

Durante unos segundos el famoso pornógrafo, con su particular estilo histriónico, realizó  una  breve presentación de la performance que tenían preparada.

—Queridos míos —En el mismo momento que comenzó a hablar, la música dejó de sonar —. Todos hemos tenido un empleado con potencial, pero al que su pereza le hace ineficiente. Chicos en los que brillaba por su ausencia el sentido de la responsabilidad y del trabajo bien hecho. Más de una vez nos hubiera gustado castigarlo con algo que no hubiera sido un simple y humillante  despido —Levantó las manos ceremoniosamente   y con cierta teatralidad, exclamó —Bienvenidos al lugar donde esa fantasía se convierte en realidad. Bienvenidos a   mi “Brithis Discipline”.

Aquel tipo, aunque carecía de simpatía implicita, le hacía cierta gracia a Berto. Tenía un físico aviejado y lucía una homosexualidad exótica, a caballo entre diseñador de moda y peluquero con pedigrí. Vestía ropajes caros y estrafalarios que lo dotaban de cierto glamour y, al mismo tiempo,  no te dejaban olvidar que  era un viejo patético, por mucho que él se negara en reconocerlo. Un Peter Pan que, aunque hacía alarde de excesivas plumas, nunca había conseguido volar con ellas al País de Nuncajamás.

Por otro lado, algo que no se le podía negar al sesentón, era su exquisito gusto por lo caro  y su buena capacidad de  saber manejar al público. En el momento que comprobó que había cautivado la atención de los presentes, se hizo a un lado elegantemente hizo una señal casi inapreciable a sus subalternos que sirvió como pistoletazo de salida para el comienzo del espectáculo que había preparado.

No tardó ni unos segundos en aparecer  perfectamente trajeado uno de los actores porno que participaban de aquel evento. Un adonis moreno de metro noventa, delgado y  con cada musculo de su cuerpo convenientemente  marcado.

Su aspecto varonil,   su porte vigoroso, sus ojos  verdes y una barba de tres días eran unos añadidos más que suficiente para convertirlo en alguien  visualmente de lo  más atractivo. Con aquella indumentaria y escrupulosamente maqueado, a Berto se le hacía aún más deseable.

Su nombre artístico era Viktor Palerm, un actor venezolano bastante prolífico, había protagonizado multitud de las películas de la factoría de Lagüe. Recordaba haberlo visto por allí el día anterior, concretamente fue de los primeros  que se lo monto con el   “Ahivalaostia”. Lo cabalgó de un modo salvaje y el espectáculo que brindó fue de lo más excitante,  pero tenía que reconocer que aquel  semental se lucía mejor en las escenas cuerpo a cuerpo que en las de sexo grupal.

En más de una ocasión se había pajeado viendo una de sus películas. Verlo tan de cerca y a su alcance, propició que un escalofrío le recorriera la espalda. Aquel tío respondía casi  al cien por cien a los s cánones masculinos que le gustaba llevarse a la cama. Quizás en unos años, cuando la madurez asomara en su rostro, sería el hombre perfecto.

El elegante individuo, consciente de que tenía público, se regodeó con cierta altanería en cada uno de sus movimientos. Se comportó como si estuviera posando ante un fotógrafo, aunque su motivación para  moverse no eran los piropos exagerados del artista gráfico, sino la mirada lascivas de los Power Rainbow.  

Consciente de que su presencia contaba con la atención de todos los presentes,  adoptó  una postura casi marcial y    avanzó en dirección a la mesa.

Se  sentó  y comenzó a fingir que repasaba los informes que tenía sobre ella, de un modo de lo menos creíble.  Aquel tío tendría un cuerpo envidiable y podría llegar a ser las delicias de muchos en la cama,  pero las dotes dramáticas no era una de sus cualidades.   Berto tuvo la sensación de estar viendo a un colegial de primaria en su representación de fin de curso.

El empresario sevillano se vio reflejado  en la situación, una que había vivido en más de una ocasión. Intuía  que la escena que se iba a representar era una de sus mayores fantasías, someter  sexualmente a uno de sus empleados en su hábitat de trabajo. Algo que por aquello de “Donde tengas la olla, no metas la polla”, era una puerta que se había prohibido tácitamente no abrir. Pero imaginar ser protagonista de  aquella realidad imposible, le producía un tremendo morbo.

No transcurrió ni un minuto y él fornido individuo mostró un enorme enfado al leer algo en los papeles que tenía ante sí. Con un rostro pintado por la furia, pulsó una tecla del intercomunicador  para pedirle a su secretaria, con una acritud manifiesta, que hiciera venir a un tal Clark a su despacho. Una voz femenina, presumiblemente grabada, le respondió afirmativamente a cada una de sus peticiones.

No había desaparecido la ira de la expresión  del jefe cuando su subordinado abrió la puerta.  Tras pedir,  con una voz  apagada, permiso para entrar, se internó muy despacio en la estancia. Su postura era la de la subyugación personificada. Con  la cabeza bajada y  mostrando una actitud de resignación absoluta  hacia cualquier reproche o bronca que tuviera que soportar.

Para realizar el papel de empleado, se había escogido a un actor de nacionalidad coreana. Era muy joven, bastante delgado y no muy alto. Poseía unos rasgos delicados que rozaban lo femenino de muy cerca. Vestía un traje elegante de color negro, pero al lado de Viktor se veía tan pequeño que  parecía un crío en su primer baile.

Berto, en su xenofobia educacional,  era incapaz de distinguir entre los distintos tipos de asiáticos. Además, era una raza que, junto con la árabe, no despertaba ningún tipo de atracción en él.

En algunos de sus viajes de negocio por Europa, cuando al final del día había acabado en una sauna. Coincidió  allí con turistas chinos, japoneses o coreanos. El morbo de lo desconocido propició que acabara teniendo sexo en más de una ocasión con alguno de  ellos.

En ninguna de ellas, el resultado estuvo a la altura de  sus expectativas, pues no encontró en sus circunstanciales amantes esa masculinidad que tanto le fascinaba.

Tras aquellos fracasos, borró a los orientales de su dieta sexual. «Prefiero que me folle un moro a liarme con una geisha con polla», sentenció en su último intento.  

Aun así,  sabía que Viktor era un hábil empotrador y gustaba de dominar a sus parejas sexuales, por lo que estaba garantizado el morbo de ver  como un lobo devoraba a un pequeño cervatillo. No en vano, Lagüe había bautizado a la performance con el nombre de English Discipline.

El fornido venezolano invitó al oriental a sentarse frente a él, en su modo de actuar había más chulería y arrogancia que cortesía. El chico coreano demostró poseer  mejores dotes interpretativas que él y, simplemente en su forma de sentarse,  como queriéndose plegar sobre su cuerpo, dio a entender a su pequeño público  lo mucho que le aterraba la situación.

El inglés del macho empotrador era bastante ininteligible, aun así se pudo deducir que no estaba nada contento con el informe que le había preparado. Comenzó hablando enfadado, prosiguió gritando enérgicamente y  terminó lanzándole despectivamente los papeles a la cara. El pequeño coreano aguantó la enorme humillación lo mejor que pudo   y evitó no salir llorando que era lo que  realmente le pedía su cuerpo.

Aquella pequeña muestra de fragilidad sirvió de acicate a su empleador que, en lugar de dar por terminada la bronca, se sintió legitimado para seguir gritándole. En su cara se dibujó la satisfacción que le producía seguir arañando la dignidad de alguien que consideraba  tan débil como un cachorrito herido.

Se levantó y caminó con ímpetu hacia el otro lado de la mesa. Una vez estuvo frente al joven coreano, apartó con cierta violencia el sillón en el que estaba sentado. Dejando con su empujón  un pequeño pasillo  entre los dos muebles para poder moverse por él  con amplitud.

Del mismo modo que una fiera que rodea a la presa que se dispone a dar caza,  comenzó a circular  acechante alrededor de él. El semblante de Viktor era  de lo más intimidador, apretaba los dientes y golpeaba simultáneamente los nudillos de una de sus manos contra la palma de la otra. Su ceño fruncido y su actitud amenazante tuvieron todo el tiempo al  pequeño asiático con la cabeza mirando al suelo. Mostraba una conducta de lo más sumisa  y con las manos cruzadas contra su pecho, daba la sensación que implorara la ayuda del cielo.

—¿Sabes cuánto dinero me has hecho perder con tu ineptitud? ¡Tú que vas a saber! Un incompetente que se lleva todo el puto día mirando su celular en espera de que algún idiota le wasapee una bobada. ¿Acaso crees que la empresa puede permitirse pagarte un  salario para eso?

De la boca del anodino muchacho no salió palabra alguna, simplemente  se limitó a negar con la cabeza. La respuesta no gustó al apuesto hispano, quien se colocó frente a él, apoyó la palma de sus manos en el respaldar de su asiento y, colocando su cara frente a la suya, se puso  a vociferarle en pleno rostro. 

—¿No, qué? —Vociferó con cierta chulería — ¿Me estás negando  que no te entregas al cien por cien a tu trabajo, sino que te centras más en lo que te comentaron por las redes sociales?

El chico no musitó siquiera una palabra, simplemente se limitó a soportar los cientos de partículas de salían que brotaban  de la boca de su jefe y rociaban su cara como si fuera un aspersor.

La siguiente ignominia que se le ocurrió al  venezolano fue tirarle fuertemente  de la corbata hasta que la sensación de ahogo hiciera que se levantara del asiento. En el  preciso instante que tuvo los ojos frente a los suyos, aflojó suavemente , esperó que estuviera a una distancia prudencial  y  le escupió en la cara sin miramiento de ningún tipo.  

El chico, al contrario de lo que él deseaba que hiciera,  no abrió la boca para tragársela  y el denso fluido  resbaló por su rostro,  hasta que  unas gotas terminaron chocando con la punta de su reluciente zapato.

—¡Mira lo que has hecho, inútil!  —Gritó Viktor, al tiempo que hacía unos aspavientos que, de exagerados que eran, resultaron de lo menos creíbles— Sabes el tiempo que mi asistente se ha llevado limpiándolos para que estuvieran relucientes,  pues ahora los vas a volver a dejar impecables.  

El chico coreano, con una actitud de lo más dócil, se agachó a los pies de su jefe y, como si no tuviera otro modo de borrar su saliva de los zapatos, comenzó a darle lengüetazos.

A Berto la escena le trajo a la memoria la imagen de su asistente, Marcos, un chico delgado de unos veintitantos años, tan eficiente como tímido. No tenía ni idea de si le gustaba la carne, el pescado o estaba a dieta. Era tan insulso como el oriental, aunque sin una gota de la feminidad que el actor emanaba por cada uno de sus poros.

Sin querer,  llegó a imaginar estar con él en una tesitura como la que estaba observando y  se sintió  que era el protagonista de la escena. Sin pudor de ningún tipo,  se llevó la mano al paquete y comenzó a masajearlo por encima del pantalón para constatar su dureza. El tejido se  marcaba tanto sobre su piel, que en unos segundos una tremenda erección se pintó bajo el fino cuero.

A pesar de lo descarado de su gesto, ninguno de los asistentes se percató de ello. Todas las miradas estaban puestas en la pareja de actores. Concretamente en Viktor. El atractivo latino se tocaba  descaradamente el voluminoso bulto que pujaba por salir de su bragueta, mientras se relamía observando como su ayudante daba lustre a sus zapatos con la lengua.

Sin justificación alguna, de un modo casi mecánico, el joven asiático trepó por sus piernas con  cierta parsimonia. Una vez tuvo  la cabeza frente al abultado paquete se puso a chupar la zona de la bragueta por encima del pantalón, marcando  con un pequeño reguero de babas los bordes del enorme cilindro.

Unos segundos más tarde, el venezolano se desabrochaba el cinturón, desabotonaba la portañuela y sacaba al exterior una punzante daga de carne  de color oscuro. En  su parte superior, reinaba una enorme y brillante cabeza morada.   

La polla del venezolano era ancha, bastante larga y con unos enormes huevos  flotando bajo su tallo. Lo que más llamaba la atención del viril falo era el  intenso color moreno de su piel y dos hinchadas venas que recorrían su tronco. Su forma asimétrica  recordaban a las raíces de una planta internándose en la tierra.

Atrapó su cipote con la mano y cruzó la cara de su acompañante con ella. Un golpe en cada mejilla,   como si fuera un guante con el que un caballero retara a otro para un duelo a muerte.

Después, de forma violenta, agarró los cabellos de la nuca del coreano y, dirigiendo su verga hacia el centro de su rostro, se la encasquetó bruscamente entre los labios. Un quejido seco fue la única respuesta del joven asiático.

El sevillano, pese a que sabía que toda aquella parafernalia de la dominación era   tan  falso como las lágrimas de una plañidera, no podía reprimir lo mucho que le ponía.  Volvió a imaginar a Marcos, con su gorda polla clavada entre los labios, rozando la campanilla con su glande.

A pesar de que su empleado no le atraía físicamente lo más mínimo, notó como su nabo se llenaba de sangre solo con fantasear con  un momento que sabría que nunca se haría realidad.

Contemplar cómo,  mientras la enorme verga atravesaba su cavidad bucal,  los rasgados ojos del muchacho parecía que quisieran salirse de sus órbitas y la sensación de ahogo se pintaba en su rostro, lo tenía con el pulso acelerado y con los sentidos a flor de piel. 

De vez en cuando una queja de dolor brotaba de los labios del chico y era apagada fulminantemente por una cachetada de su jefe quien, apretando los dientes, le decía:

—¡Calla, putita! ¡No te quejes que va a ser peor!

En un momento determinado, el venezolano dejó de mover las caderas delante del rostro del muchacho  y sacó su cipote de entre sus labios.  Durante unos segundos, consciente de que estaba siendo observado por los Rainbow, lo mostró orgulloso. Presumió de la potencia  sexual que le había regalado la madre naturaleza  del mismo modo que un pescador de una presa recién arrebatada al medio marino.

A su erección perfecta había que añadirle una brillante película de saliva que conseguía que aquel hermoso carajo se convirtiera en algo aún más seductor.   No fue extraño que Berto, al igual que muchos de los espectadores, sintiera unos irrefrenables deseos de envolverla entre sus labios y regalarle una soberana mamada.  

Viktor adoptó  una actitud insolente y tiró  de la corbata del actor que hacía las veces de su empleado. El jovencito volvió a hacer alarde de sus buenas dotes interpretativas y dejó que una expresión de pánico inundara su rostro. Se metía tanto en su papel, que Berto llegó a sospechar que todo estaba siendo una improvisación por parte de Lagüe y que el asiático desconocía la naturaleza violenta de la escena sexual.  

—La mamas muy mal. Peor que la más barata de las putas. Pero aun así, chupas  mucho mejor de lo que preparas los informes —Le dijo mientras lo obligaba que abandonara la posición de rodillas —. No creo que pueda correrme en tu boquita, así que tendré que calmarme la calentura con ese culito tuyo. Esperemos que sí, porque si no es así,  no me servirás para nada y ordenaré que te den la carta de despido.

El inglés del venezolano era muy simple y su dicción no muy buena, por lo que  no era complicado entender las amenazas a su subalterno.  Ninguno de sus acompañantes hizo un comentario incomodado por aquel abuso de poder tan fragante. Era obvio que todos tenían asimilado que el dinero y la posición social eran prerrogativas para conseguir el sexo que se quisiera, como se deseara.

Estuvo tentado de soltar una crítica a la falta de tacto del guionista, pero se  recordó que todo era un teatrillo sin la menor trascendencia y pasó del tema.   Una escenificación que, por más que le chocase, despertaba su libido descomunalmente. Volvió  a palpar la bestia de su entrepierna y la notó tan dura que  tuvo la sensación de que  quisiera traspasar la delgada piel de cuero negro.

A pesar de la negativa del coreano y de sus palabras de súplica, Viktor lo vapuleó como un pelele con la intención de desnudarlo. Primero  le quitó el pantalón y, cuando descubrió que llevaba un suspensorio, que dejaba al desnudo sus glúteos. No pudo evitar exclamar:

—¡Pero qué sorpresa!  ¡La mariconcita viene  preparada para que la emputezca!

 Lo empujó contra la mesa y se puso a observar su  pequeñito y redondo culo. Su actitud era la de una fiera que se disponía a devorar a su presa. Sin mediar palabras,  se agachó tras de él, acercó su boca a su rasurado agujero  y le propinó un beso negro.

Si algo le gustaba a Berto era que le comieran el culo. Notar una lengua húmeda paseándose por su ojete, conseguía ponerle los sentidos a flor de piel. Sin embargo, no era algo que pidiera habitualmente a sus amantes.

Practicar aquella variedad sexual siempre le traía a la memoria los momentos vividos con Cristóbal y, sin querer, volvía a comportarse como el chico desvalido e inocente al que introdujeron en las perversiones homosexuales a pasos agigantados.

Un muchacho que, aunque era mayor de edad, todavía no había alcanzado la madurez mental para discernir  qué prácticas sexuales las hacía guiado por su libre albedrio  o cuáles se veía empujado a realizar por culpa de sus dos amantes y las vorágines de emociones que le forzaban a vivir.  Un mundo de perversiones tan desconocidas para él, como atrayentes.

Ver como aquel  titán musculoso devoraba el culillo del oriental, lo trasladó a la casa de verano del padre de su amigo. Cuando el atractivo cuarentón y su hermano lo trataban como una putita pasiva. un mundo de perversiones que le resultaban tan desconocidas como atrayentes.

Durante el tiempo que duro su romance sexual con aquellos dos hombres, siempre repetía el mismo ritual. En un primer momento,  él  se tragaba el sable de uno y  el otro preparaba su retaguardia para ser taladrada sin compasión de ningún tipo.

Los dos hermanos eran unos expertos en prepararle el ano con la lengua. Presumían de una falsa heterosexualidad diciendo  que era como practicar el cunnilingus. Que su ojete era como un coño, pero sin clítoris. 

Las reminiscencias de lo vivido con aquellos dos hombres, despertaban sentimientos contradictorios en él. Por un lado se sentía mal por haberse dejado usar de aquel modo tan denigrante, por otro nunca había disfrutado tanto con el sexo como en aquella época de su vida.

Nunca jamás volvió a tener dos sementales tan obsesionados con tener sexo con él.  Unos machos insaciables que aprovechaban cualquier  momento libre para compartir su irrefrenable lujuria con él.    Irreflexivamente, se llevó la mano al paquete y palpó que era acero puro.

No obstante, si algo había aprendido con el paso de los años, había sido que  jamás se volvería a dejar manipular. Podría actuar como activo, pasivo, lo que le viniese en ganas, pero siempre sería quien tendría el control. No volvería a ser el esclavo sexual de nadie, por mucho que le atrajese.

Viktor, tras introducir  un dedo  en el ensalivado orificio y comprobar que entraba con holgura, se levantó. Se posicionó detrás del joven coreano, colocó su polla en la entrada de su ano, apuntó su violáceo glande hacia la entrada  y empujó.  Con determinación,  fue clavando su masculinidad en el aparente estrecho agujero. En unos segundos,  con una pasmosa facilidad, el recto del empleado había conseguido tragarse  el punzante trozo de carne hasta la base.

No dejaba de sorprenderle a Berto, por muchas veces que lo  viera y lo experimentara,  lo rápidamente que dilataban algunos. El muchacho, a pesar de que se quejaba efusivamente y daba a entender con sus gritos  de que le estuvieran ocasionando un dolor insoportable, había conseguido que su ano devorara los veinte centímetros de verga del venezolano de una sola estocada.

Una proeza nada baladí y solo factible  para ojetes muy tragón.

Le encantaba ver como el actor que hacía de ejecutivo dominaba a su empleado y lo sometía a las más bajas vejaciones, mientras no paraba de proferirle insultos. En esta ocasión, había dejado de chapurrear en inglés y vociferaba los propios de su Venezuela natal. Puede porque hubiera olvidado sus diálogos o posiblemente hubiera dejado de actuar.

Verlo empujar sus caderas con tanta ímpetu, como si quisiera sacarle la polla por la boca, resultaba un espectáculo tan brutal como excitante.

A pesar de que nunca había forzado a nadie, ni se veía capaz de un ultraje semejante.  Aquellos teatrillos donde el sometido comenzaba diciendo que no y después terminaba disfrutando como la mayor de las putas, alimentaban su libido de un modo enfermizo.

Miró a su alrededor, buscando la complicidad de alguno de los miembros de los Rainbow,  pero fue un intento frustrado. Todos estaban ensimismado con aquel símil de violación. Pudo comprobar que los pocos  que no ocultaban su rostro tras una máscara, se relamían perversamente ante la salvajada que se desplegaba ante sus ojos.

Volvió a centrar sus  cinco sentidos en el lujurioso espectáculo que tenía ante sí. Hasta el momento todo había sido una representación  bastante ligera del poder del jefe sobre su subalterno, pero desde que la polla de Viktor  salió a flote la brutalidad se había convertido en protagonista absoluta.

A Naked Chinese Model

Sin disminuir el brío con que cabalgaba al afeminado oriental, el venezolano comenzó a darle cachetadas en los glúteos. Lo trataba del mismo modo que a una  jaca a la que tuviera que azuzar para que aligerara el paso.  Los chasquidos de la palma de la mano contra el delicado trasero se convirtieron para los espectadores en una banda sonora tan estimulante como sobrecogedora.

Berto tenía emociones encontradas. La solidaridad para con sus semejantes le decía que nadie merecía ser vilipendiado de aquel modo. Su apetito por lo prohibido le gritaba que aquel mariconazo se merecía todo lo que le estaba pasando por inepto.

Ver  aquel trabuco oscuro profanar el centro de las nalgas del pequeño coreano, mientras Viktor le pegaba una soba en el trasero, lo tenía, al igual que a todos los presentes, con los sentidos a flor de piel.

Entregado como estaba al acto sexual, la trepidación se apoderó de los movimientos del semental latino. Irreflexivamente,  su cuerpo se metió de lleno en una escalada hacia el placer. A  nadie le extrañó que, a continuación,  sacara la polla del agujero, soltará un quejido sordo y terminara corriéndose copiosamente en la zona lumbar del asiático.

Durante unos segundos unos trallazos de blanca leche no pararon de brotar de la punta del moreno cipote . Sin miramiento de ningún tipo, en un inglés bastante elemental, le pidió que le terminara de limpiar la polla al joven coreano. Quien no puso ninguna pega, se agachó ante él y borró con su boca los restos de esperma que quedaban en él.

Una vez borró cualquier gota del pegajoso líquido del babeante sable, se vistió rápidamente y sin mediar palabra se marchó.

Todo lo que necesitas es tu propia imaginación

Así que úsala, para eso es lo que ella sirve

(Para eso es lo que ella sirve)

Domingo 19 de Mayo 2002

Mi chico me dio un abrazo fraternal y esperó que al autobús partiera para regresar a la casa de Berto. Durante el trayecto de la casa a la parada me preguntó cuatro o cinco veces que como lo había pasado  y, por mucho que yo le decía que estupendamente, él volvía a insistir.

En cada ocasión usaba unas palabras distintas. Como si una distinta combinación lingüística fuera a obtener un resultado diferente que “’Muy bien”, “Estupendamente”, “Genial” o cualquier sinónimo parecido.  

Desde muy  pequeño  fui consecuente con la poca credibilidad de  mis mentiras. Era incapaz de engatusar a nadie, pues no sonaba para nada convincente.

Lo peor era que, a pesar de vivir una farsa constante, no había avanzado demasiado en lo de saber ocultar la verdad. Mis respuestas no convencían en absoluto a mi ex, quien demostraba una manifiesta desconfianza a la sinceridad de mis palabras.  

Me hubiera gustado sentir  que me lo había pasado bien,  que  mi dicha era completa con la simple presencia de la persona que amaba. Pero nada más lejos de la realidad. Toda la velada había tenido  un aire  muy extraño y la balanza se decantaba hacía las sensaciones negativas.

Lo más nefasto de todo era que me echaba la culpa a mí. Desde que empezamos nuestra relación de pareja siempre tenía a mi chico en exclusiva y pocas veces o ninguna lo tenía que compartir con alguien. Achacaba mi desasosiego a no poder haber disfrutado de su presencia al cien por cien.

Aunque, a pesar de los muchos árboles que me tapaban el bosque, sabía que había más.

Los amigos de Enrique me habían decepcionado. No es que hubiera tenido demasiadas expectativas con ellos, pues estaba más preocupado en caerles bien que en lo contrario. Por lo que ni había sopesado la idea de que el desencantado pudiera llegar a  ser yo.

No es que  fueran unos cretinos al cien por cien, pero tampoco habían hecho méritos suficiente  para que quisiera irme con ellos a una isla desierta. Ni siquiera para quedar con ellos para tomarme un simple café. Desconocían la palabra empatía y el único prójimo que parecía preocuparles era aquella persona que veían cada vez que se ponían delante de un espejo.  

Mi chico me comentó que con quien más afinidad podía tener era con Álvaro. Estaba en lo cierto. Por lo visto, al igual que yo,  era bastante aficionado al mundo cofrade. Por lo que me contó, estaba muy metido en los pormenores y casuística de las hermandades.  En  otras circunstancias habría intentado entablar conversación con él  e intercambiar pareceres, pero ni estaba lo suficientemente cómodo , ni me pareció el sitio adecuado.

Tenía los mismos estudios que yo, pero a diferencia de mí que tenía un trabajo de mala muerte con un sueldo de mierda, era el director financiero de la empresa familiar, una cadena hotelera con sucursales por toda Andalucía, el Levante valenciano y la costa catalana.

Pese a que, del mismo modo que sus amigos, presumía constantemente de su estatus social. Tuve la sensación de que era bastante más sensato y educado que la mayoría de ellos. Me recordó, quedándose al margen de las conversaciones del grupo, a mi amigo Jaime. En el caso de Álvaro,  creo que más por pereza que por timidez. 

Beltrán un cuarentón ancho de espaldas y con cierta tripa que, por su forma de vestir y comportarse, no tenía complejo alguno por sus kilos de más. Se  comportaba como un galán de película del que se quedaban prendados todos con sus encanto.

 En el  fondo no se le veía mala persona del todo. Un pobre infeliz que se creía importante por tener un montón de ceros en su cuenta corriente.   Si no hiciera  un constante alarde de ello, sería hasta soportable.

Me observaba con lascivia, como queriéndome seducir. Cuando se cansaba de devorarme con la mirada, dedicaba una mirada de desprecio a Enrique.

Era tan descarado y nos hacía tanto de menos a los dos que  me sentía incómodo. No me hubiera extrañado que, en cualquier momento, como quien no quiere la cosa,  me hubiera preguntado qué había visto en Enrique que no tuviera él.

 Un practicante  más del pecado capital por excelencia de los españoles, la envidia.

Nacho era el clásico tío que se creía un poco  como el  vino, que los años le hacían aumentar el valor de su atractivo.  Un aforismo que poco o nada tenía que ver con su realidad. Pese a que poseía un cuerpo vigoroso y todo él  emanaba una enorme masculinidad, era  obvio que había tenido tiempos mejores. Pese a que poseía unos rasgos bastante agradables, se le veía bastante aviejado y cansado. 

Lo que más llamaba la atención de él era sus hermosos y grandes ojos azules. No obstante, cuando te fijabas con atención en ellos, los veías como aletargados en el tiempo. La culpa la tenían unas enormes ojeras que  conseguían que estos transmitieran el cansancio propio de las personas mayores.

Por lo que pude deducir de las conversaciones que escuché había nacido en el país Vasco. Sus amigos lo apodaban cariñosamente el  etarra arrepentido. Su familia era dueña de una cadena alimenticia. Su madre, durante una temporada que pasaron en Sevilla por motivos de trabajo, quedó enamorada de la ciudad y decidieron trasladarse definitivamente antes de que los hijos estuvieran en edad escolar.

Dada las lorzas que adornaban su cintura, era  obvio que no le engordaba el aire. Supuse que le pasaba lo mismo que a mí, que  era una amante de la buena gastronomía y la gula le perdía. El problema estribaba en que él parecía haber olvidado el camino al gimnasio y no era consecuente con que pagar la cuota mensual de este no te hacía estar en forma, ni estar delgado.

No obstante, si hubiera un premio a la soberbia se lo llevaría Borja. No hizo falta que indagara lo más mínimo sobre sus negocios pues  él mismo  se encargó de referírmelos una y otra vez  en cuanto tuvo ocasión. Contó unos  veinte chistes con Simuggle, nombre de la cadena de grandes almacenes de la que su familia era propietaria, ninguno tuvo gracia.

Era un claro ejemplo de lo negativo de los extremos. Sus  amigos parecían mayores de lo que en realidad eran por no cuidar lo más mínimo su dieta   y  quitar de su día  a día el ejercicio físico. En cambio él, obsesionado con estar delgado como un adolescente de dieciocho años, lucía una delgadez desmesurada que  marcaba de manera exagerada sus pómulos y lo aviejaba. No creo que tuviera más de treinta y cinco, pero parecía mayor de cuarenta.

Aun así lucía un físico bastante portentoso, sin una gota de grasa y musculado. Un ancho tórax, unos brazos fuertes, unas abdominales marcadas y un culo respingón lo convertían en el tipo de prototipo que triunfaba en el ambiente gay.   Se le notaba que pasaba bastantes horas en el gimnasio y estaba orgulloso de ello.

En mi opinión, era más de pincharse esteroides que de entrenar duro, con lo que lo de “men sana in corpore sano” era una máxima que poco o nada tenía que ver con su filosofía deportiva.  

Si su querer el centro de atención se hubiera limitado a ponerse dos tallas más pequeñas de camiseta para marcar músculos, lo hubiera soportado.  La vanidad es un pecado capital que sobrellevo bastante  bien. Pero no era así. Alguien en algún momento de su vida le tuvo que decir que sacar plumas era divertido  y no paraba de comportarse  como una mariquita histriónica.  Hacía gala de un  afán de protagonismo tal  que JJ a su lado era un mero postulante , pues él  se llevaba todos los Oscar.    

Luego estaba Carmy Ordoñez. Un tipo que se quedó enormemente sorprendido porque desconocía quien era él y su familia. Enrique no me comentó nada al respecto  y no lo puse en la relación de temas que me había preparado para no quedar como un paleto con sus exquisitas amistades. Un punto negativo para mí. Él que me ha separado toda la vida de las Matrículas de Honor.

 A pesar de que no paraba de sonreír, como si todo el tiempo tuviera el objetivo de una cámara clavado en él  y tuviera que salir guapísimo en cada foto,  noté que estaba bastante tirante conmigo por no haberme quedado maravillado con su presencia.

Por lo visto su madre era una duquesa y su padre un torero  bastante famosos. Rara era la semana que la revistas del corazón no le dedicaban una portada a sus supuestos amoríos. Unos romances que me parecieron tan mentira como todas las novias del Ricky Martin, Miguel Bosé y Luis Miguel. Si estaba con aquella plebe, sería porque tendría más predilección por el contenido de los calzoncillos ajustados que el de las braguitas de encaje.

Aunque me pareció el más simpático y guapo de todos. Me dio la sensación de que le gustaba despertar la lujuria en los demás y que muy pocas ocasiones alguien le había dicho que no, cuando se le había insinuado. No sé qué hubiera hecho yo, si no hubiera estado con Enrique. He de admitir que tenía un magnetismo especial que lo hacía irresistible. No obstante, conociendo mi colección de pajas mentales, seguramente le  habría dicho que no.

La gente tan guapa y tan perfecta siempre me ha dado  la sensación  de que forman parte de otro universo al mío. Por lo que habría pensado que se quería echar unas risas haciéndome creer que le gustaba  y le habría negado la oportunidad de ser su bufón particular.

Quien más me defraudó fue Berto. Enrique me había comentado tantísimas cosas buenas de él  que, sin querer, lo había idealizado un poco. Su comportamiento conmigo poco o nada tenía que ver con la imagen que mi chico me había transmitido de él.

Hasta donde llegaban mis conocimientos, fue él quien insistió para que visitara a su casa. Mi ex estaba dudoso de que yo pudiera encajar bien entre aquella gente tan exquisita. No soy mucho de congeniar con aquellos que tengo pocas cosas en común y mi don de gente estaba tan verde que se la terminó comiendo un borrico.

Su preocupación porque lo dejara en ridículo era tan evidente  que no paró de recalcarme que me pusiera la ropa de marca cara que me había comprado con mi primer sueldo.  Quería que   fuera bien vestido y no desentonara demasiado con sus amigos.

No me cuadraba  ni lo más mínimo que, después de convencer a Enrique para que me llevara, intentara ridiculizarme desde el minuto uno.  Había tanta altanería y desprecio implícito  en su modo tan gentil de dirigirse hacia mí, que resultaba hasta insultante. En momentos como aquellos, me hubiera gustado  tener el don de palabras que tiene JJ  para poner educadamente a los indeseables en su sitio.

Tuve la sensación de que me estaba haciendo un examen de admisión, como una especie de prueba de fraternidad universitaria. Menos mal que, sin que lo supiera mi chico,  me había preparado todos los temas que él  me dijo que se podían tratar  y pude salir airoso de la prueba. En caso contrario, podría haber   quedado como un cateto harto de sopa.

Por más que me lo preguntaba, no encontraba ninguna explicación para su aparente ira hacia mí.

“No sé Enrique, con lo sencillo y noble que es. Qué demonios hace con esta gente. No le pega para nada.”, me dije alimentando con este comentario mi ingenuidad frente a mi ex. Cuanto más tiempo avanzaba nuestra relación, más lejos estaba de conocer quien realmente era. Nunca se quitaba la máscara, ni dejaba de actuar.  Por lo que no he llegado a saber si  a quien creía conocer era  a su  Dr Jekyll  o a su  Mr. Hyde.

Me volví a comportar como un verdadero gilipollas y  excusé su comportamiento  diciéndome que , al igual que yo, se sentiría  acomplejado por ser de pueblo e intentara acoplarse en mayor o menor medida  con la gente de la capital. Como la única gente que conocía allí eran los del ambiente de la noche y sus clientes,  era preferible que hiciera migas con los segundos.

Nunca pensé que fuera por ambición. Nunca pensé que fuera por soberbia.

Al principio del día, como era la novedad del lugar,  se comportaron súper simpáticos conmigo y no pararon de darme conversación. Pero no tardó en pasarme lo mismo que a las canciones del verano.  Cuando la escuchas por primera vez, la tarareas todo el rato, después te das cuenta de la simpleza de su letra y sus notas, para terminar poniendo otra emisora cuando estás hasta el gorro de escucharla a todas horas.    

Llegado el último momento, dado que no podían cambiar de dial y estaba muy feo decirme que me fuera, los amigos de Enrique cambiaron completamente de actitud. Se guardaron sus risas y halagos para terminar sacando unas uñas afiladas en forma de preguntas. De ser la persona preferida del momento,  pasé a ser  sometido a un  tercer grado de un modo que rozaba un acoso.

Como tampoco cumplí y expectativas a la hora de alimentar su sed de cotilleos, conforme fue adentrándose la tarde, comenzaron a pasar de mí como de la machacona canción. Ninguno dijo nada explícitamente, pero con su actitud  me dieron a entender que allí ya no pintaba nada y que cuanto antes me fuera mejor.

Si algo tenían todos en común es que  eran unos putos clasistas valoraban a la gente por su estatus social y lo de ser buena persona resultaba de lo más irrelevante. Pese a mis esfuerzos, no conseguí integrarme lo más mínimo. 

Con la idea de que los gansos no se transforman en cisnes, si carecen de una cuenta bancaria de muchas cifras, me subí al autobús. Conforme iba dejando la parada detrás la figura en el horizonte de mi chico se iba haciendo menor  y  mayor mi desilusión por un día que había previsto como estupendo.

Aunque me dolía no contar con su presencia y alejarme de él me desgarraba por dentro, una parte de mí se sentía satisfecha porque la jornada hubiera llegado a su fin. Durante todo el tiempo que estuve en la casa del Rocío me sentí como un actor que interpretaba un guion escrito, con un  personaje que no le gustaba lo más mínimo y con él que no me encontraba a gusto.

Deseaba pensar   que había sido una buena idea venir a la aldea, pero  una voz en mi cabeza me gritaba que lo único que había hecho ere estropearle  el día a mi chico. Estaba más preocupado de que yo lo dejara en evidencia con mi poco saber estar que en disfrutar de los acontecimientos. Se  perdió hasta el concierto Rociero de Villamanrique.

Se le veía tenso  durante toda la tarde, como si temiera que  en cualquier momento  pudiera decir una bobada y lo pudiera poner en un aprieto.

Menos mal que fue empalmando los vasitos de vino fino con seven up y comenzó a pasar un poco de mí. Tuve la sensación de que llegó a estar tan desinhibido que le daba  igual lo que yo pudiera decir o hacer delante de aquel grupo tan selecto. Sin quererlo, embriagado por el alcohol, me estaba ninguneando. A mí, llegado a aquel punto, me daba casi igual.

Aunque lo que más me molestó, aparte de su poca fe en mí, fue que se dejara llevar por lo que pensaran aquel club de mariquitas ricas. Como si fuera un niño educado en un colegio de los de uniforme, se veía incapaz de tener una idea contraría al rebaño y dejaba que el colectivo pensara por él.

 ¿Qué había de  la fuerte personalidad que presumía tener? No solo les reía los chistes sin gracia a Borja, sino que parecía estar  más que cómodo al lado de un individuo que hacía alarde de forma pomposa de su feminidad. ¿Dónde estaba ese asco que decía que le daba la gente con plumas?

Sin quererlo evitar me acorde de nuestro “pierdeaceite” particular, Rafi y del peor momento de nuestra relación.  He de reconocer que, de no tener la certeza de que mi ex cumpliría su promesa de que,  por lo mucho que me quería, no sacaría más los pies del plato,  me hubiera sentido un poco celoso.

La noche en la casa del Rocío se presentaba larga  y la tentación tenía las piernas muy cortas. Sobre todo con tanto homosexual suelto y  el alcohol circulando sin ton ni son.

En mi pequeño ataque de inseguridades, pensé en  Carmy. Era uno de los tíos más guapos que había visto en mucho tiempo. Si a eso se le sumaba que era famoso y demás, era obvio que  no le faltarían pretendientes para montárselo con él.  Por lo que mi chico, por muy maravilloso que me pudiera parecer a mí, poco o nada tenía que hacer con él.  

Sin embargo, por muy mal pensado que yo fuera y por muy exigente que fuera con las amistades de Enrique, aquella gente, además de por el postureo, habían ido al Rocío a divertirse. Si me tenía que atener a la cantidad de vasos de rebujito que  se habían tomado, se lo debían estar pasando de puta madre.

Me dio un poco de coraje  no poder quedarme a pasar la noche, pero visto lo visto, me sentí aliviado. Creía conocer a mi chico, pero aquella faceta suya, al igual que me pasó con lo de  Rafi, no me cuadraba con el concepto que yo me había construido de él.

Como el autobús iba medio vacío y bastante en silencio, decidí pegarme una pequeña cabezada y dejar de darle vueltas  a lo sucedido. Seguramente, agotado como estaba de tanto ajetreo, estaba sacando conclusiones erróneas. Después de un sueñecito, seguro que terminaba viéndolo todo menos gris.

La belleza está donde la encuentres

No solo donde liberas tus deseos

Continuará en : Amor en venta

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