Como si no hubiera hecho otra cosa en su puñetera vida, desabrochó la hebilla de mis vaqueros y me bajó los pantalones hasta mitad de rodilla.
Durante unos intensos segundos mantuvo su cabeza, en actitud desafiante, frente a mis slips. Sus ojos clavados en la protuberancia que se marcaba bajo la tela, intentaban prolongar el momento de poner al “pájaro” en libertad.
Fue percatarse de que unas gotas de líquido pre seminal habían manchado un poco el bóxer y sus ojos no podían ocultar lo cerdo que se había puesto. Como un autómata, acercó la yema de uno de sus dedos al visible goterón y la impregnó copiosamente del pegajoso líquido.
Estuvo jugueteando con el pegajoso liquido durante unos segundos, untando y separando su anular y su índice, dejando que una pequeña película transparente se dibujara entre los dos dedos.
Cuando se cansó, me miró con unos ojos rebosantes de lujuria. Una vez comprobó que había llamado mi atención, se llevó el dedo a la boca y lo chupó como un niño una piruleta.
Mostrando una expresión de lo más perversa, tiró de la cinturilla de la prenda interior y mi churra saltó delante de su cara como si tuviera un resorte. La imagen de Manuel postrado ante mí y con mi verga enhiesta a pocos milímetros de su cara me tenía cachondo a no poder más.
Todavía no había dejado de cimbrear, cuando la atrapó con una de sus manos y la detuvo en seco. Pensé que se la iba a meter en la boca, pero en vez de eso se puso a mirarla detenidamente. Daba la sensación que estuviera viendo un cuadro en un museo.
—¡Qué polla más bonita tienes, pisha?
—Sí, muy bonita, pero una pringá comparada con el marmolillo que te acabas de meter entre pecho y espalda.
—La tuya será más pequeña, pero es mucho más bonita… —Al decir esto una sincera sonrisa se pintó en su cara.
—Sí, tienes razón. Me lo han dicho en multitud de ocasiones. Tanta que el año que viene me voy a presentar al concurso de Mr Cádiz. Dicen que uno de los requisitos es tener un ciruelo bonito. No importa que sea grande, lo que tiene que ser es bonito. Con un hermoso nabo y pedir la paz en el mundo te haces con el título…
El tonito de mis palabras tenían un “¡No te jodes!” implícito que Manuel se quedó un poco perplejo.
Cabeceó ligeramente y, sin dejar de acariciar mi churra desde la cabeza hasta el tronco, clavando su mirada en mí durante unos segundos. Aunque era obvio que tenía más mundo que la guitarra de los Rolling, durante unos segundo sacó a pasear al niño que llevaba dentro e hizo alarde de una ingenuidad que no le pegaba para nada.
Me dio un poco de ternura que se pudiera creer que decía aquello en serio. Cuando cayó en la cuenta de que estaba de coña, dijo:
—¡Tú me estas vacilando!, ¿ein?
—Un poquito sí.
Me sonrió, me sacó la lengua en señal de burla y, como si fuera un acto reflejo, la terminó pasando por todo el entorno exterior de mi capullo. No pude más que estremecerme de placer.
—¿Sabes lo que más me gusta de tu polla?
—Pues no sé —Dije más por compromiso que por curiosidad.
—La gran cantidad de piel que te cubre el prepucio, te lo tapa por completo aun en estado de erección. Es algo que lo he visto muy pocas veces y me pone un montón.
No quería admitirlo, pero me encantaba que aquel chaval me piropeara de aquella manera. Pero tenía claro que eran cosas que , con lo promiscuo que era, se las diría a más de uno.
No me cabía la menor duda de que era un bienqueao, que hacía y decía lo que fuera con tal de caer bien a la gente. Por lo que lo más lógico sería que alimentara el ego de todos los tíos a los que se tiraba, que no eran pocos. No era tan ingenuo para creerme que era alguien especial para él. Por mucho que me lo repitiera, hacía ya mucho tiempo que no me caía de un guindo.
—Tampoco creo que sea para tanto — Dije en un intento de hacerle ver que no me engatusaba con su cháchara.
—A mí me encanta —Me respondió pegándole una pequeña mordidita al pellejo que cubría mi glande y tirando suavemente de él.
Antes de que pudiera decir nada, se puso a chupar la cabeza de mi polla como si fuera un helado. Levantó la mirada para interrogarme sobre si le gustaba como me lo estaba haciendo y yo moví la cabeza en señal afirmativa.
El chulazo que se lo había follado me había puesto tan cachondo y el momento en el que se lo metía hasta las rabadilla seguía tan vivo en mi mente que cualquier cosa que me hiciera ponía mis emociones a flor de piel.
—No te entretengas con florituras y chupa con ganas —Le dije entre jadeos —Estás haciéndolo de lujo.
Haciendo caso omiso de mis indicaciones, jugueteó un poco con su lengua por la parte superior, acariciándome con la punta de su paladar todos y cada uno de los rincones de la parte superior de mi verga. Si no hubiera estado tan preocupado en pasar desapercibido para los cazadores furtivos del tieso nabo, no me hubiera cohibido y habría soltado un prolongado suspiro de puro gusto que se habrían enterado hasta en la plaza del Cabildo.
No acababa de entender como había gente que, como Mr Polla, le pusieran que lo miraran mientras practicaban sexo. Lo de exhibirme mientras me hacían una mamada era algo que, lejos de darme morbo, me la agachaba. Independiente de que los tíos que me observaran tuvieran o no algún atractivo físico para mí. Porque creo que ni Manuel ni el chulazo que se lo folló hubieran invitado a unirse a ellos a algunos de los desechos de tienda que hay normalmente en Punta Candor.
A pesar de que mis jadeos eran silenciosos, el peluquero era consciente de lo muchísimo que me estaba haciendo disfrutar. Mientras me la chupaba, masajeaba mi rabo con una mano y me acariciaba las bolas con la otra. Sin embargo, hacía todo lo posible para dejar un trozo fuera.
«¿Por qué no se la mete entera en la boca? Se ha tragado la del morenazo. Dice que es muy bonita y tal, pero no le da ni la mitad de morbo que la de aquel tío.»
Como si me leyera la indignación que ardía en mi cerebro. Sin ninguna explicación aparente, repentinamente, dejó de pajearme y de tocarme los huevos. Apoyó las palmas en mis glúteos, empujó hacia delante y engulló hasta el fondo mi cipote de golpe. Callando cualquier recelo que pudiera brotar en mi interior.
No tardé ni un segundo en notar como mi capullo llegaba casi a rozar su campanilla y sus labios acariciaban los vellos de mi pubis. Fue tanta las ganas que el cabrón le puso que un escalofrío de lo más placentero me recorrió de la cabeza a los pies.
Me moría de ganas por jadear como un poseso, dar rienda suelta a la libertad que exigía mis más bajos instintos. No obstante, aquel escondrijo en medio de ninguna parte y con curiosos acechando por todos lados, no me parecía el lugar más idóneo para ello. Censuré cualquier expresión ruidosa que pidiera mi cuerpo y seguí disfrutando del momento.
No sabía muy bien si se debía a porque momentos había devorado hasta la base el enorme trabuco de Mr. Polla o porque tenía una práctica asombrosa en eso de los gargantaprofunda. Pero me daba igual que porque el muy cabrón me estaba pegando la mamada de mi vida. Se zampó mi nabo de la cabeza a la base. Regalándome con ello una sensación que me recordaba muy de cerca al acto sexual. ¡El puto mamón se las estaba apañando para follarse la boca con mi polla!
Ver como su cabeza avanzaba ante mi pelvis de un modo tan precipitado, me llevo a pensar quería que me corriera en su boca. Si me daban a elegir, prefería correrme follando un culo, pero tampoco le hacía ascos a dar un buen biberón. Lo que fuera, con tal de bajarme la calentura y quitarme de la cabeza al chulazo que me había puesto a mil por mil.
Lo malo es que la imagen de su cuerpo se había instalado en mi cabeza y seguía conduciendo mis sensaciones, pisando el acelerador cada vez más fuerte. No sé por qué jodida pájara mental fantaseaba con que él tío del pollón se pajeaba mientras veía como yo taladraba la garganta del jerezano.
En un momento determinado, seguramente porque percibió que me iba a correr a la de tres, dejó de mamarme la verga. Como se ve que no estaba dispuesto a dejar de seguir saboreando mi nabo y sus alrededores, se puso a chuparme los huevos como un poseso. Pocas veces me habían comido los cojones con tantas ganas.
Una vez se cansó, volvió a perforarse la cavidad bucal con mi nabo. Aquel tío, pese a que yo tenía la mente en otro cuerpo, se estaba volcando en darme placer y mi cuerpo se lo estaba agradeciendo de lo lindo. Cada vez me acercaba más al orgasmo y las ganas de eyacular se estaban convirtiendo en una verdadera necesidad.
Cuando más había desechado ya la posibilidad de empotrarlo y me había conformado con echarle toda la leche en su boca, se paró en seco y me dijo:
—¡No te vayas a correr tan pronto! Quiero que me folles. ¡Vete a saber tú cuando te trinco otra vez!
Aquella afirmación me dejó con las piernas colgando. Estuve tentado de preguntarle si no le seguía doliendo el culo después del pedazo de empotramiento que le había pegado el otro , pero estaba tan cachondo y ansiaba tanto metérsela hasta los huevos, que no dije nada. Lo último que necesitaba es que con tanta delicadeza por mi parte se lo pensara mejor y me dejara con las ganas.
Manuel estaba más que acostumbrado a que se lo follaran por aquellos parajes, por lo que dejé que fuera él quien tomara la iniciativa y se acomodara como mejor pudiera en el interior de nuestro pequeño escondite. Se apoyó sobre uno de los arboles que nos rodeaban. Sin pudor de ningún tipo y casi de forma mecánica, se bajó el pantaloncito hasta los tobillos y, mientras yo me ponía el pertinente condón, me pidió un poco de crema lubricante.
En vez de prestarle el bote como él esperaba que hiciera, me la eché en los dedos y le hice un gesto para darle a entender que sería yo quien se la untaría. Pese a que me repetí mil veces que era para cerciorarme si le hacía dañó y ser más cuidadoso a la hora de penetrarlo, en realidad quería comprobar cómo de irritado le había dejado Mr. Polla el ojete. No me entraba en la cabeza que una cosa tan enorme pudiera entrar en un agujerito tan pequeño sin dejar destrozos a su paso.
Tal como suponía, estaba un poco inflamado y la piel, al contacto con el lubricante, resultaba un tanto gelatinosa. Introduje el índice sin problema, por lo que a los pocos segundos añadí el anular. Como comprobé que el pequeño orificio seguía expandiéndose sin demasiada dificultad, terminé metiéndole tres dedos de una estacada.
Por muy abierto que lo hubiera dejado el cacho cipote que se había metido entre pecho y espalda, Manuel tuvo que notar una punzada de dolor. Al mismo tiempo que se mordía el labio inferior de puro gusto, me dio un suave manotazo en la mano para que sacara los dedos y me hizo una señal para que me colocara detrás de él.
—¡Déjate de mamoneos y métemela ya!
Me daba un morbo que te cagas, taladrarle el culo con los dedos, pero tampoco estaba por la labor de hacerle una brutalidad al jerezano. Así que acaté su orden sin rechistar y, apuntando con mi polla entre medio de sus nalgas, empujé suavemente las caderas con la única intención de no ocasionarle más daño del que ya le podía haber hecho con mi disparatado experimento.
Aquella delicadeza, después del enorme carajo que había tenido en su interior, no pareció ser lo que esperaba el jerezano. El muy cerdo seguía teniendo ganas de sexo del duro. Sin darme a tiempo a reaccionar, empujó para atrás y se la clavo de golpe hasta los huevos. Fue tan brusco que hasta me dolió un poco.
A pesar de que estaba por la discreción, no pude reprimir un quejido seco. Seguramente, si hubiéramos tenido alguien deambulando cerca, habría podido oírlo con nitidez. Por suerte, no fue así.
—¡Ahora muévete tú, pisha! ¿No querrás que yo lo haga todo? —Dijo con total descaro y sin darme tiempo a reaccionar. Sentir mi polla dentro de un culo tan caliente como el suyo no era algo que me pasara todos los días y era algo que tenía que asimilar poco a poco.
Los músculos de su recto aprisionando mi recto me tenían en el séptimo cielo, así que no replique a su grosero comentario. Simplemente me limité a empujar las caderas todas mis fuerzas. En unos segundos me acoplé de tal manera que lo enculaba sin la más mínima dificultad.
El ojete de aquel chaval, pese a que estaba bastante vapuleado, aprisionaba mi polla entre sus paredes y la fricción de mi verga con sus esfínteres me tenía al borde de la locura . Era obvio que Manuel disfrutaba con que se lo follaran y no lo podía disimular, pues hacia gozar a los tíos con los que se lo montaba de la misma manera.
Sin pensármelo, insuflé más energía a mis embestidas, lo que propició que Manuel comenzara a jadear como un poseso.
Como no quería que nadie nos interrumpiera, llevé una de mis manos a su boca y se la tapé, ordenándole:
—¡Cállate, maricón! ¿O quieres que se presente aquí un batallón de mirones? ¡Déjame que disfrute de un poco de intimidad!
Con sus gritos apaciguado por la improvisada mordaza, seguí empujando mi cuerpo sobre el suyo. No soy un tío que me corra a la primera de cambio, pero la imagen de Mr Polla petándole el culo no se me quitaba de la cabeza y cada vez estaba más presente. Mi calentura iba en crescendo.
—¿Te queda mucho para correrte? —Le pregunté con una voz entrecortada.
—Ya me he corrido —Zafándose de la mano que le impedía hablar.
Irreflexivamente toqué su polla. Efectivamente, estaba babeante de leche.
—No te lo creías, ¿ein?
No le contesté y seguí empujando mi pelvis con más brio, como si buscara escalar a lo más alto del placer con cada envite.
—No te vayas a correr en mi culo —Me dijo con cierta ansiedad, a la vez que empujaba para atrás para sacarse mi churra de su recto.
Mientras se agachaba ante mí, me desprendí del condón y seguí pajeándome. Ver como sacaba la lengua para que soltará sobre ella mi leche calentita, me puso con los sentidos a flor de piel y, en el momento que sentí que llegaba al orgasmo, acerque mi capullo a su boca para echarle mi esencia vital. El resultado fue que cuatro o cinco trallazos de esperma inundaron la lengua, cara y ojos del jerezano.
En aquel momento el mundo dejó de existir para mí y bufé como un toro, sin importarme quien nos pudiera descubrir.
Víctima de los espasmos propios al momento después del paroxismo, miré a Manuel tragarse la inmensa corrida a la vez que intentaba llevarse a la boca los restos que manchaban las otras partes de su rostro. Verlo lamerse los dedos como si fuera un cachorrito hambriento, alimentó más aún el cerdo vicioso que habitaba en mi interior.
Aquel chaval, aunque nunca llegaría nada con él, me caía bien. Por eso, cuando mi cuerpo descendía de la montaña rusa que había sido el sexo con él y mis primeros pensamientos fueron para el chulazo de ojos verdes que se lo había follado, sentí como si lo traicionara.
Continuara…

Hola cómo va? Hace mucho que no escribes. Todo bien? Estoy deseando conocer cómo sigue la vida de pajarito😜 Un saludo
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Hola, Pablo. La cosa va bien, de vacaciones. Sigo escribiendo y volveré con cosas nuevas en Septiembre.
Un abrazo
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