Un polvo entre matorrales (1 de 2) Inédito

Abril 1999

Apoyo mis manos en la zona lumbar de Manuel, como si quisiera meter con mis envites una porción más de mi polla en su recto. La pasión me domina y no puedo estar más cachondo. Sin embargo, me siento como el segundo plato de una comida prohibida. Sin poderlo evitar, una rabia irracional me consume y lo penetro con más ímpetu, como si el sexo duro fuera una  especie de castigo.

He de reconocer que cuando el tío me dijo que si me lo quería montar con él, le dije que sí sin pensármelo un segundo. Me parecía cantidad de morboso  follármelo después que lo hiciera el maromo de ojos verdes.

Me había puesto tan palote viendo como aquel engreído se la encasquetaba hasta los huevos, que no quería jugármela buscando alguien con quien echar un polvo en las intermediaciones de Punta Candor.

Luego estaba  lo mucho que aquel desconocido me ponía. No me había sentido tan atraído por alguien desde lo de Armando, el padre de mi amigo Samuel. Simplemente saber que iba a meterla en  el mismo sitio que él había tenido la churra, conseguía que se me acelerara el pulso.

Sin dejar de mover las caderas tras el chaval de Jerez, mi mente  empieza a rebobinar como si fuera una cinta de VHS y me lleva a los primeros momentos de aquella tarde.

Como tantas otras veces había decidido darme una vuelta por los pinares de las proximidades la playa de Punta Candor. Un lugar en el cual el cancaneo gay estaba a la orden del día y donde un tipo como yo, joven, guapote y con un físico bastante agradable, no tenía problemas porque alguien se la mamara o le pusiera el culo.

En mi caza furtiva de un tipo medianamente atractivo  que cayera bajo mis encantos me encontré con un conocido mío. Manuel, un peluquero de Jerez,  con el que me había liado dos o tres veces. El tío se la estaba chupando al hombre más guapo y varonil que había visto en mucho tiempo. Y no solo en aquel gueto de caza.

 Si eso no fuera suficiente,  con que era un moreno de ojos verdes bastante guapo, con un físico musculoso y bastante alto. El colega tenía la picha más espectacular que había visto en mi puta vida.  Una polla de las que quitan el hipo,  ancha y oscura de tamaño XL

Al verme espiarlos el chulazo del pollón me invitó a unirme a ellos. Como yo no estaba por la labor de montarme un “fiesta, fiesta, pluma, pluma gay “  al que todos los mirones y pocafaenas del lugar acudieran como moscas a la miel, opté por ver los toros desde la barrera.

Pocas veces se veía por allí un tipo que estuviera tan rico como él y mucho menos que les sudara los cojones de que lo observaran mientras follaba. Até en corto mis ganas de convertir aquel dúo en un trío y me quedé plantado al lado de ellos como un pasmarote. Para parecer más gilipollas de lo que ya era, únicamente me quedaba empezar a tomar apuntes.

No había terminado de mamársela cuando Mr Churra le pidió al peluquero que le pusiera el culo. Tal como suponía yo, aquel rabo era mucha gente para tan poca cama y el chaval de Jerez terminó desistiendo. Menos mal que estaba allí  Súper Selu con su crema del Milagrito a la que no se le resiste ni el culo más cerradito.

Un buen chorro de lubricante en la llave, otro en la cerradura y la puerta del placer quedó tan abierta como el culo de Manuel. Que por la cara que terminó poniendo, aquello le estaba gustando más que comer con los dedos.

Estaba fascinado por el espectáculo de aquella polla entrando en un agujerito tan pequeño. Lo que me demostró que la realidad siempre supera a la ficción. Entendiendo por ficción el porno gay que veía a escondidas en casa, mientras me la cascaba.

Tras unos minutos en los que me parecía que , por la fuerza con la que empujaba, le quería meter   la churra hasta la garganta,  el chulazo del pollón sacó la polla. Tiró el condón a un lado y se empezó a correr sobre las nalgas del jerezano.

La vigorosa  imagen de aquel tipo alto y musculoso soltando un trallazo tras otro sobre la zona lumbar de un chico delgadito y un poco afeminado, era de lo más perturbadora. Era  en toda regla el manido cliché sexual de David y Goliat . A pesar de ser una escena mogollón de trillada en el sexo enlatado, verla en vivo y en directo, me estaba resultando de lo más  novedoso y excitante.

Luego estaba lo mucho que me atraía  el imponente físico del tipo que ejercía el rol de  activo. Por mucho que me costara  admitirlo, me tenía completamente hipnotizado. Aquel tío poseía  un cuerpo casi perfecto y la polla más impresionante que había visto jamás.

Intentaba que su engreimiento y prepotencia le quitara puntos, pero me engañaba a mí mismo. Soy incapaz de vencer el influjo que la chulería del género masculino ejerce sobre mí, es una batalla que tengo perdida antes de empezar.

Lo miré con atención y la verdad que era guapo hasta decir basta.  Incluso con  su rostro contrayéndose  víctima de los espasmos propios del orgasmo que estaba teniendo, resultaba de lo más atractivo.  Apretando los dientes y sacando su lado animal a flote en cada uno de sus gestos, resultaba de lo más deseable.

Obviamente Manuel, ni se había corrido, ni se esperaba que lo hiciera.  Aguardaba en su postura obediente  a que aquel tío terminara de echar toda la lefa. No entendía  la  desmesurada sumisión que el chaval presentaba ante quien le había estado petando el culo a base de bien, sin ninguna delicadeza y con una total falta de empatía.

Daba la sensación de que fuera una puta que quisiera contentar a su cliente para que volviera a requerir sus servicios otro día.  Algo que, dada la circunstancias y con la indio sin gracia del mundo gay, era algo que difícilmente ocurriría. Pues la mayoría, cuando un culo o una polla dejaba de tener el cartelito de novedad, perdía todo el interés.

Me tocaba los cojones que Mr Churra tratara a  aquel muchacho  como si se tratara un juguete sexual inerte cuyo único propósito en la vida fuera darle placer a él.   Aun así,  no dije nada. Ni voy de redentor por la vida, ni  creía que fuera nadie para juzgarlo e  intentaba verle cierta lógica  a sus comportamientos, por mucho que me costara ponerme en el lugar de uno u otro.

Una vez terminó de correrse,  me dedicó una mirada y me sonrió picaronamente. Consciente de que yo lo observaba detenidamente, cogió su   polla y, como si fuera una brocha,  extendió su esencia vital por las nalgas del muchacho.  Curiosamente no había perdido un ápice de su vigor y seguía mirando al techo.

Escuchar como Manuel gemía bajo aquel estimulo, como si  le proporcionara el mejor de los placeres, me dejó claro que no era nadie para juzgar a nadie. A  pesar de mis reticencias, se lo estaba pasando de miedo.

Estaba palote a más no poder y las ganas de unirme a la fiesta, solo las superaba mi miedo al ridículo  y mi mojigatería. Cuando iba allí cambiaba de nombre, fingía ser otra persona, pero era incapaz de olvidar mi putos perjuicios y sacar mis  instintos primarios  a pasear.

Estaba inmerso en un mar de dudas y lo único que tenía claro era que estaba cachondo como una perra. Me fascinaba el Goliat de aquel dúo, pero tampoco le hacía ascos al David. Las veces que había  follado con él , siempre había sido unos buenos polvos con todos sus ingredientes. El tío, a pesar de que era un vicioso capaz de las mayor cerdadas, era de tonterías cero y bastante apañao.

Mr Churra parecía salido de una película porno de militares. Buen cuerpo, planta de machote y una polla que era todo un canto de sirenas para mí.  No querer follar con él, no  me parecía una buena opción. La pena es que el tío, por el simple hecho de estar tan macizo y tener un enorme colgajo entre las piernas, se creía la última Coca-cola del mundo.

Solo lo había visto unos minutos y tuve la sensación de que era los se creía   con el derecho tratar a sus semejantes con la  punta el pie. En este caso, quedaría mejor decir,  con la punta del nabo. ¡Qué pedazo de rabo se gastaba el gachón!

Aunque me debería importar un pimiento lo que aquellos dos hicieran o dejaran de hacer.  No podía evitar sentirme molesto por cómo se había comportado  con el jerezano. Increpándole como si, por el hecho de haber accedido a tener sexo con él, tuviera que satisfacer todos sus caprichos. Como si fuera una puta a la que hubiera pagado para ello.

Desde que descubrí mis preferencias sexuales, intento ser permisivo con la gente y siempre aplico la máxima de que cada uno es cada uno y sus cadaunidades. Sin embargo, aquella particularidad del chulazo me estaba tocando un poquito, mucho, los cojones. Quizás porque me recordara en cierta medida, a Amador, el padre de mi mejor amigo. El tío que me desvirgó.

Sin embargo, por más alarde de arrogancia que hiciera y por  muy borde que fuera su comportamiento, no disminuía  la atracción animal que ejercía sobre mí. Echar un polvo con él se estaba convirtiendo en  una necesidad de lo más acuciante. Dejar pasar un tren de los que pasa solo una vez, me estaba costando un huevo.

Tras correrse sobre las nalgas de Manuel, el chulazo  se puso a limpiarse  la cabeza de la polla con un pañuelito de papel. La imagen de una de sus enormes manos sujetando aquel troncho, mientras que con la otra borraba las huellas del sexo de su glande me pareció de lo más estimulante.

La uretra me pareció la boca de una brillante cabeza y verla escupir  las ultimas gotas de esperma sobre la blanca celulosa, volvió a alimentar mi libido de un modo que cada vez me tenía más sorprendido. No recordaba haber estado tan excitado en mucho tiempo.

Estaba loco por  agacharme ante él y  lamer la cabeza de aquella churra, devorar aquellas últimas gotas que se me antojaban como maná caído del cielo. Si no  me hubiera importado tanto  lo que aquellos dos pudieran pensar de mí, me habría hincado de rodillas  y habría saboreado su esperma.

Sin embargo, los piropos de la gente y los espejos habían alimentado tanto mi vanidad que, por ser guapo,  había llegado a creerme alguien especial. Un tipo con carisma y  clase que no podía ponerle el culo así como así a un tipo como aquel.  Desaprovechando con mi egocentrismo  una oportunidad que se me antojaba única.

 ¿Cómo coño me podía gustar tanto un tío que hacía alarde de superioridad por su rol de activo? ¿No pasé ya bastante con Armando y sus complejos de macho rompeculos?  No sabía por qué,  pero los supuestos heteros empotradores tenían un atractivo añadido para mí.

Aunque no me terminaba de gustar que me dominaran y me trataran despectivamente. Lo asimilaba como algo que venía en el lote con aquel tipo de individuos.  Muy a mi pesar, los machos de pura cepa me  producen un tremendo morbo.

Una vez dejó su churra como una patena,  impulsó el pompis hacia atrás y escondió como pudo la boa constrictor en sus calzoncillos. Todavía seguía  tan empalmado, que le costó abotonarse su bragueta. No tuve que ser muy disimulado a la hora de mirarlo pues, mientras se terminaba de vestir, me guiñó un ojo de forma descarada. Como dando a entender que me había salvado en aquella ocasión, pero que ya  me daría lo mío en otro momento.

Incapaz de mantener el tipo, desvié la mirada  con desagrado. Puse mi mejor cara de  pocos amigos,  en un intento vano  de darle a entender que no tenía nada que hacer conmigo. Ignoro si captó mi mensaje, pues se limitó a terminarse de vestir, se compuso la ropa lo mejor que pudo  y, con un escueto adiós, se despidió de nosotros.

No pude evitar quedarme mirándolo mientras se alejaba de nosotros. El tío estaba un taco de fuerte. Una espalda ancha, unas piernas trabajadas y un culo que se marcaba bajo sus pantalones estrechos era una buena muestra del mucho deporte que hacía.

Sin embargo, no todo en él  virtudes. Hasta su forma de andar era arrogante, poseía ese halo marcial de los que están acostumbrado a mandar por su profesión.  No tenía ni pajolera idea de cuál podía ser su oficio, pero si me hubiera dicho que era policía o guardia civil, no se lo hubiera discutido lo más mínimo.

Me lo imaginé vestido con los estrechos uniformes de los agentes de las fuerzas del orden. Con esos pantalones ajustados, marcando paquete y culo por igual. Sentí como la polla, que no había dejado de estar dura en ningún momento, palpitaba irreflexivamente dentro de mis calzoncillos.

Di el espectáculo por concluido cuando lo vi cómo se perdía en el horizonte,  por lo que decidí largarme también. Sin decir nada y simplemente con el gesto de  una mano entreabierta, me despedí de mi amigo jerezano.

Aquel pedazo de cabrón engreído me había puesto tan cachondo que, o buscaba rápido con quien desahogarme, o me terminaría yendo para casa con un tremendo dolor de huevos. La alternativa de hacerme  una paja entre los matorrales mientras veía como otros se lo montaban , ni se me pasaba  por la cabeza.

—¿Te vas a marchar así? —Me preguntó mientras se terminaba de limpiar con cierta indiferencia  la abundante corrida que Mr Polla le había extendido por toda la zona lumbar . El muy descarado señaló  con la mano que tenía libre a mi abultado paquete. Estaba tan excitado que no podía disimular lo empalmado que iba.

—¡¿Te has quedado con ganas?!—Dije bastante extrañado, suponiendo que después de la tremenda cabalgada que le habían metido, su culo y su boca habrían quedado saciados de polla para una  buena temporada.

—Rubito, ¿tú tienes dudas de que me gustas una jarta? ¿O he desaprovechado yo una oportunidad para montármelo contigo?— Mientras contestaba a mi pregunta con dos, por falta de una, caminaba  hacia mí de manera insinuante — Sacarle brillo a tu polla es lo que le hace falta a la tarde para que sea casi perfecta.

En vez de marcharme como había pensado en un primer momento, me quedé a verlas venir.  De todos modos, el chulazo moreno me había puesto tan cachondo que no le hacía ascos a una buena mamada, viniera de quien viniera.

Con el ego alimentado por sus piropos, le vacilé un poquito y acariciándome  la picha por encima del pantalón le pregunté:

—¿Casi? ¿Y qué es lo que le hace falta para que sea perfecta del todo?

Se acercó todo lo que pudo a mí, sustituyó con su mano a la mía y me sobó el paquete descaradamente. A continuación, acercó sus labios a mi oído  y muy suavecito me susurró:

—¡Que me la claves hasta los huevos como tú sabes que me gusta!

La sensualidad de sus palabras, unidas al roce de sus dedos sobre mi nabo, propició que una especie de escalofrío me recorriera de la cabeza a los pies.  

Evidentemente  aquel chaval no tenía ya la categoría de carne fresca para mí,  en más de un sentido. Había perdido el encanto de novedad porque ya  me lo había tirado varias veces y el morbo de saber Tampoco, como bien había podido comprobar, mi cipote no iba a  ser el primero al que le sacaba brillo aquella tarde.

No obstante, sin ninguna explicación lógica,  me daba un morbo que te cagas pensar que  me pegara una mamada la misma boca que se había comido la tranca del tío que tanto me ponía.

Durante unos intensos segundos le dejé hacer  sin ningún problema.  Sus dedos marcaban el contorno de mi verga, como si fuera una barra que escondiera bajo mis pantalones.

A pesar de lo cachondo que me tenía con sus caricias, no sentía ni una pizca de atracción hacia la persona del jerezano. Su cara, su cuerpo,  su culo, su culo no despertaba un deseo especial en mí.

En mi mente solo había lugar para el sexo rápido y sin complicaciones. Por lo que  Manuel me parecía tan bueno o más, que cualquier otro que me pudiera encontrar en aquel bosque de perversión. Máxime cuando el mejor semental al que podía aspirar, se había marchado ya con viento fresco.

Me lo negaba una y otra vez, pero el chaval de Jerez simplemente estaba siendo un recipiente donde vaciar mi lujuria.  Me había parecido injusto que  Mr Nabo lo hubiera usado como un juguete, pero yo no me estaba comportando mucho mejor. Era las tortas a falta de pan que, por culpa de mi mojigatería, podía disfrutar.

Me estaba comportando como el mayor de los gilipollas. Cuando había tenido al lado al tipo que se lo había follado, había pasado de sus insinuaciones. Había sido marcharse y me sentía como si hubiera perdido la oportunidad de mi vida. Así que dejé volar mi imaginación y construí la fantasía de que era el chulazo moreno quien me metía mano al paquete.

No obstante, aunque fuera solo un sucedáneo para mis deseos sabía lo vicioso y atrevido que podía llegar a ser el  peluquero. Temiendo que   en cualquier momento me sacaba la churra y se pusiera a mamármela delante de todo el que pasara por allí,  lo invité a buscar un sitio más tranquilo.

En medio de ninguna parte como estábamos, en cualquier momento podría pasar alguien y, aunque ya me empezaba a acostumbrar a prestar la misma atención  a los mirones que el oye llover, tampoco me ponía demasiado lo  de ir dando el espectáculo. Sobre todo porque seguía obsesionado con Armando y me aterrorizaba, ignoro por qué paja mental mía, me viera liado con otro tío.

Era curioso, lo arraigada que estaba en mi interior  la no relación de pareja  que tuve  con el padre de mi mejor amigo. Fui yo quien, llegado a un punto en que el sexo con él me hacía sentirme más mal que bien, decidió que  no follaría más con él. Pero me había encaprichado tanto de lo que me daba, que  me costaba hacerme a la idea de que no volvería a sentir  jamás su polla en mi boca o en mi culo. 

Tenía  clavada en piedra cada una de las ocasiones en las que habíamos follado. La primera vez que le comí la polla, cuando me desvirgó, la noche que pasamos juntos…

El tío es un monstruo en la cama.  Todo un macho empotrador y me daba placer como nadie ha sabido hacerlo después. Chuparle la picha hasta sacarle la leche o sentirlo dentro era de las mejores sensaciones que había sentido.

Sin embargo, en el otro lado de la balanza estaban  sus desaires y su ninguneo. Ese querer hacerme carga con la cruz de sus remordimientos por ser homosexual. Llegando hasta el punto que me creía el culpable por sacar a relucir sus más bajos instintos. Como si el único maricón de los dos fuera yo y él fuera un infante inocente al que yo llevara por el mal camino.

Mientras que lo  más bonito que me decía era puto maricón, se le olvidaba añadir en su coctel de insultos  los que les correspondían a él. Era más viejo que  yo y tenía un pasado más amplio que él mío. Yo no había sido el primer tío con quien él había estado y poco o nada tenía yo que ver con las tardes en que, dando en casa la  excusa de que se había tenido que quedar más tarde en el trabajo, se había pasado por Punta Candor en busca de un maricón con el que aplacar su calentura.

No llevaba bien lo de ser un viandante de la acera de enfrente y era algo de lo que me sentía tan avergonzado, que me estaba apartando un poco de la gente que quería. No obstante, si algo tenía claro es que por sucio que me sintiera y grande fueran mis problemas de consciencia, no iba a ser un amargado con una doble vida como él.

Estaba tan caliente y tenía tantas ganas de sexo que ni sumergirme en las malos recuerdos que no se querían marchar, hicieron que mi polla perdiera un ápice de  dureza. La tenía tan tiesa que hasta casi me dolía. En aquel momento, por mucho que me empeñaba en lo contrario,  solo podía ver a Manuel como alguien con quien desahogarme.

El Jerezano parecía conocerse aquellos parajes mucho mejor que yo. En un par de minutos me llevó a un lugar bastante apartado del tránsito  y  donde el follaje se encargaba de escondernos de manera que podíamos vigilar si se acercaba alguien. Había que aproximarse demasiado  para descubrir que  tras aquellas ramas y arbustos había dos tíos montándoselo.

Nada más comprobamos que no había nadie por los alrededores, el peluquero me volvió meter mano al bulto de la bragueta y, dado que no le había hecho ascos a ello las otras veces que nos habíamos enrollado, buscó mis labios para que nos diéramos un muerdo. Algo a lo que yo respondí de una manera que se podía entender como afectuosa.

En realidad, por muy guarro y estúpido que pudiera parecer, mi verdadero propósito era buscar si aún quedaba  algún resquicio del sabor de la polla del chulazo de ojos azules  en su boca. Más no fue así.  

No era muy amigo de irme morreando con todo el que me liaba, pues a saber que se habían metido en la boca antes. Sin embargo con Manuel, era diferente.

Su mirada simplona y su sonrisa inocente le daban un aire de perrito abandonado que despertaba mi lado más tierno, por lo que no me importaba compartir con él un poco de cariño.

Era obvio que los sentimientos   que nos unían eran solo una mentira compartida. Un espejismo alimentado por nuestra sed de compañía y  por las ganas que ambos teníamos de terminar corriéndonos como escocidos.

Intercambiar saliva con aquel chico me resultaba  bastante grato, máxime si dejaba volar la imaginación y fantaseaba con la  hermosa tranca que había estado mamando. Me ponía tan palote solo de pensarlo, que cuando nuestras lenguas se enredaban parecía que nunca quisieran dejar de bailar.

Su aliento, a diferencia de otros tíos con los que había morreado, me resultaba bastante agradable. Tenía un sabor   fresco, como si se acabara de comer un caramelo de menta. Aunque en este caso lo que había devorado hasta las manillas, había sido un  cucurucho de caliente nabo.

En el fondo,  lo que ocurría es que intentaba disfrazar mi necesidad de cariño con un polvo rápido. Por lo que en aquel tío, que era noble como él solo, encontraba una especie de admirador incondicional. Pese a que nada me ataba con él, tenía la certeza de  nunca me fallaría.

No habíamos finalizado la danza conjunta de nuestras lenguas, cuando el peluquero ya había vuelto a llevar su mano a mi entrepierna. Una vez comprobó lo empalmado que iba, se puso  a marcar   con sus dedos el cilindro de mi polla en la tela  de mi pantalón   y la acariciaba con la yema de los dedos desde su copa hasta su tronco.

La capacidad  que el jerezano  tenía para ponerme cachondo no era comparable con nada. Era el típico tío que, aunque no  tuviera un físico de los que me volviera loco, conseguía que mis polvos con él tuvieran un no sé qué que los hacia especiales.

Sabía muy bien dónde tocarme y cómo. El muy cabrón  elevaba mi libido al infinito y más allá. Era un vicioso que no le hacía ascos a nada y que se entregaba sin reservas de ningún tipo.   

Con cierta delicadeza, fuer apartando sus labios de los míos, para descender su boca por mi mejilla hasta el cuello. Me pegó unas suaves mordiditas en la antesala de mi tórax y, serpenteando su cara por mi pecho hasta mi cintura, se fue agachando poco a poco. Hasta colocarse de rodillas, de un modo que me resulto casi imperceptible.

No dejaba de ser peculiar que, aunque fuera él quien llevara la batuta en todo momento, me hiciera  creer   que replegaba su voluntad a mis deseos. Aquella supuesta actitud permisiva alimentaba  gratificantemente mis lascivia  y engordaba  mi ego, hasta el punto que, me llegaba a creer alguien especial para él.  

Aquel muchacho se comportaba de un modo complejo conmigo. A ratos parecía que únicamente le importaba por el sexo y se volcaba en disfrutar de mi cuerpo como la peor de las putas. En otros momentos, se mostraba como alguien que lo único que buscaba en mí era un poco de afecto y esa ambivalencia me daba un poco de miedo.  Aunque me caía bien, me costaba empatizar con sus extremismos.

Por lo que pude comprobar, aquella tarde había sacado su yo más vicioso a pasear. Sin ningún pudor, se había comportado como una verdadera puta. Lejos de estar saciado por  el lote de mamar  que se había pegado y  la monstruosa enculada que la habían propinado, seguía caliente como una perra y con mucha ganas de polla.

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