¡Arre, arre caballito!

Los descubrimientos de Pepito

Décimo  tercer episodio

Resumen de los descubrimientos: Pepito ha logrado salir del aburrimiento del luto, gracias a que su mamá lo ha dado permiso para  irse todo  el fin de semana a casa de su tío Paco y su tía Enriqueta.

Allí se lo está pasando chachipiruli  en compañía de su primo Francisquito. Han estado jugando un buen rato a lo de  los samuráis  y aunque únicamente ha quedado ganador una  sola  vez, lo de “participar” se le está dando de rechupete. 

Cuando Francisquito se cansó de vencer y de ver a su primo hacerse el harakiri, se tendieron a charlar de sus cosas debajo de un olivo. Tras hacerle todas  y cada una de las preguntas que traía preparada, el chavalín descubrió dos cosas, una le gustó y  la otra no tanto.  

La primera, con la que constató su teoría de  que no hay mayor fuente de sabiduría que la lectura,  era que su primo sabía tantísimas cosas del juego de los mayores porque las había leído  en un libro que su papá guardaba en secreto.

La segunda no le moló ni lo más mínimo. Francisquito, haciendo uso de su  gran sapiencia,  dedujo que a falta de ovejas buenos son perros. Por lo que su hermano podía estar jugando a lo de las “pajas” con su perrita Lassie. ¡Qué pena  le dio del pobre animalito!

Como las chicas con la que los gemelos estaban ennoviando estaban invitadas a comer. Su tía los llamó para que se pusieran guapos. ¡Qué bien se lo pasaron viendo Manziguer Z, mientras esperaban la llegada de las dos parejitas!

A Pepito las novias de los gemelos le cayeron  a las mil maravillas. Eran muy modernas y simpáticas. Aunque  una de ellas resultó  una mentirosilla de marca mayor pues  le dijo a Matiltida que estaba  muy guapa. Cuando su primita, haciendo un esfuerzo,    únicamente podía llegar  a la categoría de “distinta”.

Pero las sorpresas no se acabaron aquella tarde, lo invitaron  al cine de Mérida para ver la última película de Walt Disney: Pedro y el dragón Elliot.

Antes de entrar en la sala de butacas, los gemelos nos compraron un paquete de palomitas y una Coca-cola. Adela nos preguntó que si queríamos  alguna chuchería más  que ella nos invitaba. Mi primo y yo le dijimos que no, que con aquello teníamos bastante.

Se ve que mi tía Enriqueta le decía a mi primo lo mismo que mi mamá a mí :«Cuando vayas a casas de visita, no seas galgo jatero», un dicho castúo que venía a decir que no fuera goloso y me conformara con lo primero que me dieran.

Matildita, en cambio, como su madre no le debió decir que no fuera ni galga, ni jatera,  ni nada por el estilo, se hartó de pedir todo lo que le vino en ganas. A la hora de pedir, aquella niña parecía una monjita de la Caridad.

Le compraron  de todo. Un paquete de patatas, una bolsita de gominolas  y tres barritas de regaliz. ¡Qué niña más avariciosa! Si le hubieran vendido el puesto entero, lo hubiera envuelto con papel de regalo y un lazo para poder llevárselo a su casa. 

Como era tan cuca, llegué a pensar que comía tanto para que se le quedara pronto la ropa estrecha y su madre le tuviera que coser vestiditos nuevos cada dos por tres.

Mi único consuelo era que si seguía comiendo así, se iba a poner un montonazo de gorda y su madre,  en vez de la sección de niñas rellenitas, le iba a tener que comprar las telas en la zona de toldos y tiendas de campaña.

Ella se comportaba como si fuera  la princesa de un cuento de Disney y no más lejos de la realidad. ¡Cada día estaba más “hermosa” y redondita! Si mi tía le compraba un traje de rayas rojas , amarillas y verdes, se terminaría convirtiendo en una súper villana de mis comics: La Abominable Caseta de Feria con Patas.

Después de las chuces pasamos a la sala. Era  muchísimo  más grande que al que me solía llevar mi hermana con su novio. Tenía unos butacones beige muy bonitos y muy cómodos. En vez de las últimas filas de la esquina como se sentaba Gertru y Ángel, nos sentamos en la parte central. ¡Donde va a parar! Se veía mucho mejor.

Como éramos un montón, ocupamos prácticamente una fila completa. Ernesto se sentó junto a Marta, Francisquito y yo a su lado, a continuación lo hicieron su hermano, su novia, mi tío Paco, Matildita y mi tía Enriqueta. Matildita hizo en intento de sentarse  junto a su hermanito y a mí, pero mi tía se lo impidió diciendo:

—¡Tú te quedas aquí conmigo  que al final se terminareis peleando! ¿O acaso quieres que nos terminen llamando la atención? ¡Haz el favor y compórtate bien que eres ya una mujer!

Pocas veces había visto a mi tía tan sería y tan enfadada, pero es que mi prima se la fumaba en pipa con todo lo caprichosa que era. Como me gustaría que mi madre tuviera  conmigo la mitad de paciencia que ella  tenía  con mi prima. No que a la primera de cambio,  daba un grito huracanado y  se te helaba la sangre.

Lo peor era que como no te daba explicaciones, sabía que había hecho algo mal, pero no tenía ni pajolera idea de que se trataba exactamente. Con lo que era complicado no volver a caer en la tentación (amén), otra vez.

Las luces se apagaron en un plis plas y comenzaron a echar trocitos de películas. Pusieron tres: Los súpersabios, El señor de los anillos y una de Lucky Luke. ¡No sé cuál era más guay!

Matildita le dijo a su mamá que tenía que ir a ver las tres cuando las estrenaran. . Mi tía, al ver que hablaba a voces, la volvió a regañar y le dijo que como no se comportara no iba  a ver ni la de aquel día. Mi primito y yo nos miramos sonriendo de contentos.

Pedro y el dragon Elliot era mitad de dibujitos y mitad de personas, como el Pumuki de la tele. Contaba la historia de Pedro, un chiquillo  que se había quedado sin  padres. Trabajaba como esclavo para la   familia  Gogan, quienes  lo habían comprado  para que le hiciera todas las faenas de la casa y lo trataban “muy malamente”. 

Me dio mucha pena Pedro. Yo por experiencia, sabía lo que era tener una infancia triste y la mía a su lado estaba siendo un día de feria. Mi mamá Sargento al lado de Lena Gogan era un corderito y, aparte de recoger mi cuarto, lavarme los dientes, hacer los deberes y portarme requetebien, no me obligaba a hacer trabajos forzados como a él.

El niño, como no iba al colegio, ni lo dejaban ir a la calle a jugar, se terminó  inventando un amigo imaginario. Que en su caso no  fue un  spiderboy como yo, sino un dragón de color verde aguacate que se llamaba Elliot. 

Era tan grande como un camión, tenía unas alas pequeñitas y era muy simpático. Además de lanzar fuego por la boca,   tenía  el increíble poder de hacerse invisible.

Era parecido a  los súper héroes de mis comics, pero en vez de parecerse a mis primos gemelos, tenía pinta de  dinosaurio diplodocus, pero con el cuello más corto.

Con la ayuda del súper lagarto,  Pedro consiguió  escapar de la familia que lo tenía esclavizado  y se fue a un pueblo de pescadores. Allí  conocieron a una muchacha muy simpática llamada Nora. La chiquilla  y su padre eran los guardianes del faro.

Se cayeron tan bien desde el primer momento que enseguida se hicieron los mejores amigos. Como no tenía donde dormir,  el señor Lampie y su hija lo invitaron a  que se quedaran a vivir con ellos. El faro era bastante grande y tenían habitaciones de sobra.

Todos estaban muy felices y contentos hasta que les dio por aparecer a los villanos, villanísimos de la historia. Por un lado el Dr Terminus que querían  capturar a Elliot  para hacer experimentos malignos con él. Por otro los Gogan para  recuperar a  su esclavo favorito, Pedro. Al final, y sin la  ayuda de nadie del pueblo, los cuatro amigos consiguieron vencer a  todos los malos y darles un buen escarmiento.

Aunque los dibujos eran muy bonitos y los artistas trabajaban muy  requetebién, no me gustó demasiado. Se llevaron todo el rato canta que canta. Que el niño y Elliot se hacían amigos, coplita al canto. Que los malos quieren comprar el dragón a Pedro, canción que te crio… Cualquier excusa era buena para ponerse a cantar y bailar como si tuvieran el mal de San Vito.

Si al menos la música hubiera sido moderna  como la de “Grease” no me hubiera importado, podría haber bailado aunque fuera sentado. Peo eran unas coplas muy antigüitas y parecían estar echas  para niños de guardería.  La única que me gustó un poquillo fue  la que le cantaron  los malvados Gogan a Pedro cuando se escapa en una barca:

♫Tenemos un papel que dice

que él nos pertenece

compramos  legalmente 

y reclamamos que nuestro es él

Tenemos un papel aquí

Con el nombre del muchacho♫

¡Qué divertido cuando llegó Elliot en su forma invisible, volcó la barca en la que iba y  toda la familia se cayó al agua! Se pusieron choreando y menos mal que sabían nadar, porque no llevaban ni flotador. Aunque por lo tieso que llevaban el pelo y lo sucia que tenían la ropa, creo que si hubieran tenido un poquito de jabón a mano, les hubiera venido a las mil maravillas.

Al terminar la película, mi tío nos dijo:

—Familia, ya que estamos aquí en Mérida, ¿por qué no nos quedamos en un bar a tomar unas tapas? Así mi queridísima esposa no tiene que preparar de comer a estos zánganos —Al decir esto miró a sus dos hijos más pequeños —  y tiene la noche libre para dedicármela . ¿Qué me decís? Un día es un día.

Que me gustaba la frase “un día es un día”, significaba que nos saldríamos de lo normal y harìamos  algo extraordinario. Siempre solían ser cosas de lo más divertidas.

A todo el mundo le pareció una buena idea, sobre todo a mi primo Francisquito que cada vez que sonaba la palabra comida, los ojos le hacían chiribitas y se relamía los labios de contento.  Porque no tenía barba, ni le faltaba un ojo, sino podría pasar por  el hermano gemelo de Goliat, el compañero del Capitán Trueno.

¡Comía más que una lima sorda!  Después, cuando teníamos que correr mucho tiempo seguido,  se quejaba de que se asfixiaba y me pedía que paráramos un ratito.  Matemáticas pura y dura, en cada zancada suya tenía que mover el doble de peso que yo, no se iba a cansar más rápido.

—Por aquí cerca ahí un bar donde ponen unas cosas muy ricas al que podemos ir  —Propuso Fernando.

—Pues entonces no hace falta que cojamos el coche y  así nos montamos en  el caballo de San Fernando—Respondió mi tío sonriendo poniendo esa cara de papá guapo y simpático que tan bien le quedaba.  Parecía que había dicho una gracia de las buenas, pues los demás se rieron. 

Como no veía ningún caballo por ahí y también me quería reír, me fui para el padre de Francisquito y le pregunté muy bajito:

—Tito, ¿qué caballo es ese?

 Bajó la mirada, me regaló una sonrisa y me respondió:

—El caballo de San Fernando, un ratio a píe y otro andando.

A mí el chiste no me hizo mucha gracia, pero como aquel hombre era tan amable conmigo, terminé riéndome del mismo modo que lo hacían los demás.

De camino al bar, me fijé en lo muy  elegante  que íbamos todos. Mi tío y mi tía parecían unos señores de postín, mis primos y sus novias los protagonistas de un musical, Francisquito y yo los hijos de dos marqueses… Si hasta me pareció ver que a Matildita le sentaba bien su vestido. Íbamos tan guapos que hasta me dio la sensación de que la gente se nos quedaba mirando al pasar.

Mira que te mira, me di cuenta de   todos íbamos emparejados menos mi prima a la que nadie hacía compañía. Iba la pobre como los números primos acompañada por ella y por ella misma.

Como me dio un poquito de lástima que, en un día tan importante,  la estuviéramos dando de lado,  le dije a su hermano:

—¿Nos vamos con ella para que no vaya solita?

— Vale—Me dijo mi primo con su mejor cara de resignación.

—¿Qué os pasa a vosotros? —Preguntó de muy mala manera cuando vio que nos aproximábamos a ella —. Sí lo que queréis es que os dé gomitas, ¡no os la pienso dar bajo ningún concepto! ¡Así que ya me podéis ir dejando tranquila o se lo digo a mamá!

Me quedé con las patas colgando y  requeté estupefacto del todo. Yo preocupándome por ella y lo único que se le ocurría pensar es que queríamos pedirle chucherías.  Me dejó más cortao que el píe de Kunta-Kinte. Como no supe que decirle, mire a mi primito. Este, con un gesto de desgana, me dio a entender que se esperaba algo así.

—Te iba a decir, conociéndola desde chiquitito como la conozco,  que lo mejor es que la dejáramos sola. Es muy desconfiada y tiene más malas pulgas que un corral de perros rabioso.  ¡No sé a quién sale! Sabes lo que te digo “Quien caga duro  y mea claro, no necesita medico ni cirujano” —Dijo mi primo bastante enfadado,  poniendo voz de persona mayor.

—Pues  otra vez que la dejen plantá, yo no pienso ir más a buscarla —Refunfuñé bastante cabreado—. ¡Está  hecha una camandulona  y por mí como si se quiere ir a la porra novecientos mil cuatrocientos millones de veces!

Al llegar al bar, se me había pasado el cabreo con Matildita y ya iba otra vez de guasa con Francisquito. Mi primito no paraba de hablar del montón de comidas  que se iba a pedir en el bar y lo ricas que iban a estar todas. No sé cómo podía tener hambre, si se había comido su paquete de palomitas y la mitad del mío.

El local al que nos había llevado nuestros primos era de lo más repipí. Estaba bastante  limpio y no había ni colillas, ni papeles por por el suelo como en el  de mi pueblo. La clientela, pese a que no iba ni la mitad de elegante y guapa que nosotros, era bastante señoritinga. Las mujeres iban peinadas con mucha laca y la mayoría de  los hombres llevaban   traje de chaquetas.

Fernando, dándose aires de hombre importante, preguntó que si nos podíamos sentar. El camarero respondió que sí y nos invitó a entrar.

Como éramos muchos, el camarero tuvo que pegar dos mesas para los mayores y a los niños nos sentó en otra. ¡No me hizo ni migajita de gracia que la cagaduroymeaclaro   se sentara a mi lado! ¡Seguro que, para presumir delante de la gente de la capital,  se pedía el plato más finolis y se ponía a hacer cosas cursis mientras se lo comía!

Cuando el camarero vino y nos preguntó que  queríamos de beber, mi primo se pidió una Mirinda de naranja y yo otra, la hermanastra gorda de Cenicienta se pidió un zumito de piña con una cañita y dos cubitos de hielo.

La verdad es que mi prima es la repanocha.  No me lo pido yo, para no quedar mal con  Francisquito y va se lo pide ella. ¡Qué coraje me daba que hiciera siempre lo que daba la real gana!

Una vez los mayores escogieron lo que querían comer, el papá de Francisquito nos acercó la carta para que eligiéramos  lo que se nos antojara. ¡Qué distinguidos e intelectuales eran en los bares de la capital, tenían hasta una lista de tapas!

En mi pueblo, en el bar del Amancio, era su hijo el que te cantaba los platos de la casa.  Como el chaval no había ido mucho al colegio te decía primero lo que se le había acabado  y después te soltaba de carrerilla  todas las tapas que tenía habitualmente, porque si no decía que se ehmarraba.

La carta del bar era muy guay.  Tenía fotos y debajo de estas ponía el nombre  del plato y  el precio. Mi primo y yo pedimos los dos lo mismo: Filete de cerdo empanado con guarnición de patatas, que era el nombre técnico que le daban a un montón de papás fritas.

 Doña Aceituna con patas,  alias la Distinta, tras ponerse muy derechita en el sillón y darse mucha, pero que mucha  importancia, dijo que le trajeran calamares en su tinta con una guarnición de arroz blanco hervido, que era igualito que el que me daba mi mamá sargento cuando me ponía malito con la barriga.

—¿ Niña, tú crees que eso te va a gustar? —Le preguntó su padre extrañado.

—Sí, tiene una pinta exquisita —Respondió Matildita poniéndose más tiesa que una alcayata y sonriendo. Enseñó muchísimo  los dientes y ponía las cejas para arriba como las malas, malísimas de los cuentos.

—Bueno, tú sabrás… —Se resignó mi tío

Mientras me tomaba mi “exquisito” refresco, me puse a mirar la mesa de los mayores, me di cuenta de una cosa muy curiosa. Los hombres se habían sentado a un lado y las mujeres al otro. Mi tío, tan simpático como siempre,  hablaba tanto con las muchachas, como con su mujer, como con sus hijos. En cambio, los gemelos apenas  intercambiaban palabras con sus novias.

Pensé en mi Gertru y Ángel, ellos se llevaban las horas en la entradilla de casa charla que te charla. Aunque mi Juanito decía que lo que hacían era pelar la pava.

Intenté imaginarme a mis primos haciendo las cosas de novios que hacía mi hermana y no podía. Ni los veía pelando la pava con Adela y Marta, ni mucho  menos encerrados en su cuarto bailando canciones de rock and roll. Únicamente los podía ver jugando a los médicos.

No sé por qué, pero me dio la sensación de que las muchachas estaban un poco desplazadas, como si mis primos las hubieran llevado allí un poco de compromiso, para quedar bien con la familia.  Pero, ¡qué  diantres sabría yo del complejo mundo de los mayores si solo tenía ocho años ! Seguro que eran figuraciones mías y a mis primos seguramente les creciera  el alíen cuando estaban a solas con ellas.

Cuando Francisquito  vio aparecer al camarero con los primeros platos, los ojos se le pusieron redondos como al Marco de los de los dibujos de la tele. Cuando vio que eran para la mesa grande y no para nosotros, refunfuñó una mijina  y se comenzó a impacientar un poco.

Mi primo que era risas y gracias a todas horas, no partía peras con nadie a la hora de comer y se lo tomaba muy en serio.

Sin embargo, el enfado no le duró mucho porque en un santiamén el camarero trajo nuestros “exquisitos” filetes empanados con patatas y la cosa negra que se había pedido la pequeña señorita Rottenmeier. ¡Qué mala pinta tenía!

Me recordó a  los mojones que eché cuando me pegué un lote de comer orozuz en el cumpleaños del Richar. Entre eso y el arroz de hospital, yo lo habría bautizado como Calamares al Punto de Diarrea. Aunque no creo que se hubieran vendido muchos platos.

Como supuso su padre, aquello  no le gustaba a Matildita ni un poquito siquiera. Sin embargo,  como no estaba dispuesta a reconocer su error, comenzó a comérselo. Cada vez que se llevaba el tenedor a la boca  se le ponía más mala cara que a un mulo mojao.

Francisquito y yo, que  nos dimos cuenta de la poca gracia que su “exquisito” plato le hacía a la princesa caprichosa, nos hicimos señas y nos sonreímos por debajo del labio.  Incapaces de perder la más mínima oportunidad de tocarle las narices a la Abominable Tienda de Campaña con Patas, comenzamos a degustar nuestra tapa de la manera más exagerada.

—¡Mmmm, qué rico está el filete, Pepito! —Dijo mi primo abriendo la boca y  enseñándome un trozo de filete a medio masticar.

—¿El filete solo? Las patatas también están de rechupete… ¡Están crujientes, crujientes! —Recalqué yo cogiendo una y  masticándola de  manera exagerada.

—¡No he probado una comida tan rica en mi vida!

—¡Qué lote de comer nos estamos pegando, primito! —Recalqué lamiéndome el labio superior — Es que nuestro plato de filetes con patatas es todo un manjar de reyes. Está de lo más exquisito.

—¡Efquizitizimo! —Añadió Francisquito, sin dejar de masticar el trozo de filete que tenía en la boca.

Cuando la reina de corazones se cansó de que nos regocijáramos a su costa, puso cara de decir “¡Qué le corten la cabeza!”, y  gritó:

—¡Papá, los niños no me dejan en paz !

Nosotros pusimos nuestra mejor cara de inocentes  y la jugada  terminó con nuestra prima comiendo en la mesa de los mayores. Samuráis extremeños uno, reina de calamares  en su tinta cero. Pero no nos podíamos confiar lo más mínimo, pues todavía quedaba mucho partido y el marcador se podía volver en nuestra contra.

Aunque lo que más me gustó fue cuando mi prima dijo que la cosa negra que se había pedido no le gustaba y su padre le dijo:

—Pues otra cosa no hay, habértelo pensado antes de pedirlo.

—Es que tengo hambre.

—Pues comételo. No estaba tan rico. Además por una noche que no comas, no te va a pasar nada. Así te sirve de escarmiento para otra vez.

Mi primita miró a su madre en busca de su protección, pero mi tía no dijo nada y, como si no quisiera darle importancia a lo ocurrido, siguió charlando con Adela y Marta.

Aquella noche aprendí una cosa, que mi tío, a pesar de que era muy simpático y amable, cuando se tenía que poner sargento, lo hacía mucho mejor que mi madre. No le hacía falta ni gritar. Solo necesitaba ponerse serio y levantar las cejas, para saber que tenías que obedecer de inmediato. Sí o sí.

Nos volvimos para Villanueva muy tarde, tan tarde que ni mi primito ni yo teníamos ganas de  mucha charla. Estaba tan agotado que ni siquiera me volvió a repetir lo bueno que estaban los filetes en aquel bar.

 Fue montarnos en el Range Rover de Fernando y las persianitas de los ojos se me empezaron a bajar y todo se puso de color negro túnel…

********

Era una noche cerrada y fría.  Los vecinos de Don Benito estaban en su casa viendo en  la televisión el programa de “Un, dos, tres”.

Como todos los dombenitenses estaban pendientes de cuantos ríos de España podían decir por veinticinco pesetas, Roser y Jordi que eran novios y residente en Lleida,  las calles del pueblo  estaban solitarias, muy pero que muy solitarias.

 En su ronda nocturna el niño araña no encontró ningún malvado al que combatir. Supuso que todos  se habían tomado la noche libre en su carrera delictiva  y  estarían viendo  si la pareja de novios residentes en Zaragoza se llevaba el apartamento en Torrevieja  Alicante o una calabaza.

Como combatir el crimen sin tener villanos a lo que atizar, era bastante aburrido, decidió volver para su casa. Al día siguiente tenía examen de Naturales a primera hora y todavía le quedaba una pregunta por aprenderse.

 En el momento que estaba a punto de recoger las telarañas y dar su jornada de súper vigilante por concluida, vio aparecer a lo lejos   un automóvil  grande y negro de la marca Mercedes. Conforme se fue acercando, reconoció la matricula: era el cochazo del padre del Rafita. Ver pasear el  vehículo a esas horas de la noche,  le dio muy mala espina a Pepito Parker y su sentido chivato se puso a funcionar como loco. Estaba claro que allí había  gato encerrado, por lo que tendría que dejar lo de estudiar  para otro momento y ponerse a investigar. 

Aquel hombre no le caía muy simpático pero que él supiera,  no era ningún villano. Ser pijo y darse aires de grandeza no eran ningún delito, como mucho era motivo para que los vecinas envidiosas y cotillas hablaran mal de ti en la cola del pescado o de la fruta.

¿Qué hacía que no estaba viendo el “Un, dos tres”?¿Qué tramaba dando vueltas por el pueblo a tan altas horas de la noche? “Seguro que nada bueno”, pensó. Así que, haciendo uso de sus poderes arácnidos, lo siguió sigilosamente, saltando de tejado en tejado y de azotea en azotea.

Al llegar a la Plaza de España, el coche paró justo en   frente de la parroquia de Santiago,  donde se podía ver la silueta de  tres niños esperándolo. Con la cautela  propia de una araña y escondiéndose tras los árboles,  nuestro héroe se fue aproximando al   el vehículo  para ver quiénes podían ser los cómplices de Don Rafael.

Conforme  que se fue acercando, su visión arácnida, a pesar de la oscuridad reinante,  le descubrió la identidad de los tres sospechosos. Se trataban de su hermano Juanito y sus dos mejores amigos: Oscar y Javier. «¿Qué demonios estaban haciendo en aquel lugar tan apartado y perdiéndose el mejor concurso de la tele?», se preguntó mientras fundía  con las sombras del parque.

La puerta del copiloto del coche se abrió y de su interior surgió una fantasmal figura  envuelta en mullidas pieles. Su alargada y tétrica   sombra fue cubriendo el rostro de los tres chavales, hasta taparlos por completo.

Al principio,  no la reconoció, pues traía la cabeza escondida bajo  la capucha del abrigo, pero en cuanto descubrió su rostro, vio su barbilla alargada y su nariz prominente, supo de quien se trataba.   No era otra que  la madre del Rafita,  Cruela Pastora De Ville, la señoritinga  más criticona y envidiosa del mundo mundial.

Si el marido le caía como un tirón de orejas, la mamá de su archienemigo era para él como la punzada que le daba la barriga cuando tenía diarreas.   Al menos la barriguita con un par de manzanillas y poleos se le ponía bien, lo de aquella señora repelente no tenía ningún remedio.

 La mujer se dirigió a Juanito y sus amigos, con ademanes propios de la gente que se da importancia y con una voz  que parecía salida de una cueva, digna de una  malvada de película, les preguntó:

—¿Me traéis mis perritos?

Los tres amigos movieron la cabeza en señal afirmativa y le enseñaron un saco del que salían unos ladridos. La  infame dama se acercó, lo abrió  y comprobó  su interior.

—¡Solo tres perros! —Gritó muy, pero que muy enfadada —. ¿Cómo diablos me voy a hacer un abrigo de piel con solo tres perros? Con eso no hay pellejo suficiente  ni para hacerle uno a la Nancy. ¿No veis que yo soy bien alta y bien hermosa? ¡Sois unos inútiles de marca cara!

Juanito y sus amigos, con todo lo valiente que eran, se echaron a temblar . El joven niño araña nunca había visto a los tres niños tan aterrados. Él también lo estaría si supiera hasta donde era capaz de llegar la  pérfida Cruela.

—Maña.. na le … trae.. remos… más —Dijo Oscar con una voz que apenas le salía del cuerpo.

—¡Mañana, mañana!—La mujer, a la vez que hablaba, comenzó a dar vueltas alrededor de los  asustados chicos. — Eso me dijeron ayer. Que hoy tendría perros suficientes para confeccionar un abrigo de piel como lo de las artistas de la tele. ¡Mañana, mañana! ¡Cruela Pastora De Ville no puede esperar  ni un segundo más para estar a la moda!

Aquella mujer tan metomentodo siempre le había dado un poquito de miedo a Pepito Parker si a eso se le sumaba que en  mitad de  aquel parque tan oscuro, su voz resonaba todavía más terrorífica de lo normal,  no era raro que nuestro protagonista notara como se le aflojaba la vegija. De no ser por la valentía que le infería sus poderes, el espectacular niño araña se había hecho pipi encima.

Le entraron ganas de intervenir y taparle la boca con una ración de tela de araña. No obstante, antes de actuar,  quería descubrir lo que se estaba tramando allí. Cruella era muy desagradable y le caía muy mal a todo el mundo, pero no era ninguna villana al uso.

Ya bastante mala fama le daba el Don Benito Bugle, para que atacara a una inocente sin motivo. Máxime si era la mujer de un funcionario del Ayuntamiento.

La criticona y presumida señora se puso delante de Javier y, una vez lo obligó a que la mirara a la cara, le lanzó una pregunta con su voz tétrica:

—¿Cuántas partidas de pajas has jugado hoy?

—Do…ce

—¿Y tú? —En esta ocasión clavaba su mirada fulminadora en Oscar.

—Treee…ceee

Se fue para Juanito, lo cogió por la barbilla y sin tener que  preguntarle  siquiera nada, con una voz que parecía que iba a salir llorando de un momento a otro, le dijo:

—¡Dieeecioocho!

La presumida y cotilla  mujer se quedó callada un ratito, pues se puso a contar con sus huesudos y alargados dedos:

—¡Cuarenta y cinco partidas y solo me traéis tres perros! —Gritó, levantando las manos de modo iracundo ante los tres aterrorizados chiquillos.

El increíble chaval  araña descubrió dos cosas: Que allí se cocía una villanía muy, muy gorda y que Pastora sería muy elegante y metementodo, pero las matemáticas no se le daban nada de  bien. Los tres muchachos habían jugado cuarenta y tres partidas, no cuarenta y cinco como dijo ella.

Mucho presumir, mucho criticar a la gente, pero no sabía ni sumar tres números. Pepito no quería ni pensar el desastre que sería multiplicando por dos cifras que era muchísimo más complicado.

Seguro que, al igual que su hijo, sacó los estudios primarios copiándose en los exámenes. Como decía su mamá sargento: “Dichosa la rama que al tronco sale”.

Dado que los tres chiquillos se quedaron mudos como tumbas profundas,  Cruela Pastora De Ville  volvió a preguntar, esta vez gritando más y levantando mucho más las manos:

—¿Cómo es que habiendo jugado cuarenta y cinco veces y solo me traéis tres escuchimizados perros?

—Por… que … cuando… terminamos de jugar… se nos escapan —Respondió Oscar tras mirar a sus dos amigos.

 Con lo valiente que era enfrentándose al Rafita y a su secuaz Pepón, aquel niño estaba tan aterrorizada ante la presencia de la malvada de las pieles, que parecía que fuera a hacerse caca encima de un momento a otro.

—¡Sois unos verdaderos inútiles! ¿Hace falta que os recuerde lo que os pasara si no hacéis lo que os pido? —Hizo una pausa para respirar y lanzó un grito huracanado —.¡Rafael ven aquí de inmediato! ¡Date prisa!

Don Rafael, como el buen calzonazos que todo el mundo decía  que era, obedeció a su dominante esposa y se bajó del coche de inmediato. Al pobre hombre, su mujer lo había obligado a ponerse un uniforme de chofer, con gorra de visera y todo. Como decía la mamá Sargento de Pepito: “ Las pamplinas de la gente pudiente”.

—¡Aligera, que parece que vienes pisando huevos! —Le volvió a insistir la marimandona de Pastora de Ville.

—¿Qué quieres? —Respondió de muy malas ganas cuando llegó donde estaba su esposa con los tres muchachos.

—¿Qué voy a querer? Pues que le vuelvas a enseñar las instantánea que hiciste con la cámara de fotos último modelo que nos compramos en nuestra última visita a Paris.

El hombre se abrió los botones de la chaqueta y sacó un sobre del bolsillo de su interior. Era un sobre negro, como los que usaban los espías.  En su interior había unas cuantas fotos que mostró a los muchachos, quienes al verla pusieron una cara de tener más miedo que once viejas en una noche de tormenta.

Cuando la cotilla  Pastora supo que tenía la completa atención de los chicos les dijo:

—¿Qué creéis  que dirían vuestros padres si supierais que jugáis a tan nauseabundo juego? —De nuevo la madre de Rafita  se puso a dar vueltas alrededor de ellos como si fuera una especie de sargento y los chiquillos unos reclutas ineptos —¡Nada bueno! Así que o mañana me traen perros suficientes para hacerme un abrigo largo y gordo, o Don Rafael se verá obligado a remitir anónimamente las fotos a vuestros papás. ¡Ja, ja, ja!

—Pero es que yo siempre juego con la misma perra —Argumentó Juanito con una voz muy bajita.

—¿Con cual?

—Con Lassie, la perrita de mi hermano.

Fue escuchar el nombre de su perrita y al intrépido Spider-boy le entraron las siete cosas por el cuerpo. En cambio, a su recién estrenada némesis,  Cruela Pastora De Ville aquello la puso muy contenta, pues se inclinó delante de Juanito y con una voz melosa le dijo:

—¿Es esa perrita  tan preciosa y que tiene un pelo tan suave que te dan unas ganas de acariciarlo sin parar?

—Sí- Musitó el hermano del niño araña.

—Pues la quiero, no sabes lo bien que voy a lucir su pelaje en mi abrigo. ¡Ja, ja, ja! Ya sabes…

****

—¡Pepito, despierta! ¡Qué ya hemos llegado! —La voz de Fernando me sacó de mi sueño, que estaba resultando ser la más  horrible de las pesadilla.

—El pobre con el lote de comer que se ha pegado y todo el día bregando de arriba para abajo, ha sido montarse en el coche y quedarse como un bendito —Dijo Marta a la vez que ayudaba a mi primo a sacarme del Range Rover.

Como seguía todavía medio dormido, Fernando me cogió en brazos, me subió a la habitación, me ayudo a cambiarme y me metí en la cama. Iba tan cansado que ni les pedí a mi primo y a su novia que me doblaran bien la ropa para que no se me arrugara mucho.

Curiosamente, fue tenderme en la cama y se me quitaron las ganas de seguir durmiendo. Solo de pensar que cuando cerrara los ojos iba a seguir viendo a la mamá del Rafita y me entraban las siete cosas por el cuerpo.  

Cuando Francisquito entró en la habitación, se extrañó mucho al verme  aún despierto.

—¿Cómo es que aun estás así, si mi hermano me ha dicho que estabas como un tronco?

Me quedé callado un ratito, pensé que si le contaba a mi primo el sueño tan súper heroico que había tenido lo más seguro es que  no lo entendiera y se echara a reír.

 Como no quería que me tomara por un pringado, ni tenía ganas de enfadarme con él, le eché una mentirijilla. Total que más daba un embuste más o menos, si cuando fuera grande me iba hacer ateo y no tendría que ir al infierno por pecar.

—Me duele un poco la tripa…

—Es que no hemos pegado un atracón de comer —Sonrió y se llevó las manos a la barriga. La tenía tan hinchada y redonda  que daba la sensación que se había tragado una sandía con cascara y todo.

 Al ver que tenía cara de tristón, me preguntó:

—¿Quieres que le diga a mi madre que te haga una menta poleo?

Como no quería molestar a mi tía, le dije que no era para tanto y  que se me estaba pasando el dolor. Me di la vuelta para que se creyera que me estaba quedando dormido. La verdad es que estaba tan agotado que, aunque intenté no cerrar los ojos  para no volver a tener pesadillas, al final el cansancio me rindió.

A la mañana siguiente, su mamá vino a despertarnos a las ocho de la mañana. Era domingo y había que ir a misa de diez, al principio me hice un poco el remolón, pero cuando vi que mi primo favorito se levantaba sin protestar, hice lo mismo para no poner el mingo. Que no sabía lo que era exactamente, pero era lo que mi mamá me tenía prohibido que hiciera cuando iba de visitas a la casa de la gente.

Si algo me gustaba de ir a la iglesia, era lo arregladito y guapo que se ponía todo el mundo. Mi tía llevaba un traje color amarillo azafrán con el que parecía una estrella de cine, mi tío un traje gris de entretiempo con el que estaba muy elegante, mi primo Francisquito llevaba un traje azul marino, mi prima un traje naranja que la hacía muy “distinta” y yo mi pantalón beige de los domingos, perfectamente conjuntado con una camisa blanca.

¡Qué  guapo iba con la raya al lado  que me había hecho en el pelo y cuánto olía la colonia buena que me había echado!

Como los gemelos se quedaron en la granja porque tenían que trabajar,   el tito Paco cogió el Range Rover para llevarnos al pueblo. Fue subirme al  coche y me pareció oír un bramido parecido a los que daba Pepe Potamo.

—¡Mamá, Pepito apesta a colonia!

¿Cómo aquella niña podía decir aquello? Si llevaba puesta una de las caras, caras, que olía a fragancia de cuero amaderado. Me la compró mi hermana Gertru en la droguería de la Amparo. Dice mi madre que esa mujer todo las cosas que vende en su tienda son  de primerísima calidad.

Mi tía Enriqueta se volvió para detrás, miró a la princesa cagaduroymeaclaro  con cara de sargento enfadada y le dijo:

—¿Y tú no apestas a nada? Porque te recuerdo que del bote que te compré por Semana Santa, solo te queda una mijina de nada. Así que si no quieres olerlo te tapas la nariz… Y vosotros —Añadió señalándonos con el dedo a Francisquito y a mí —a ver si es posible que se comportéis y no os tenga que reñir en misa, que si no es por una cosa, es por otra y  nunca  tenemos la fiesta en paz.

La mamá de Francisquito puso cara de estar hasta las narices de nuestras peleas, y con razón. Mire a Matildita, después a su hermano, no nos dijimos nada.  Los tres entendimos que si no queríamos mosquear más a su madre deberíamos portarnos como tres niños buenos todo el tiempo que pudiéramos, por lo menos hasta que  nos sacaran el “Scalextric”. Después ya se vería…

A la parroquia que íbamos se llamaba de Nuestra Señora de la Asunción, era muy grande y según nos dijo Matildita  su profesor le había explicado que fue construida en el siglo XVI y era del estilo arquitectónico  herreriano, igual que el Monasterio del Escorial.

Ni mi primo, ni yo entendíamos  muy bien que quería decir con tanta palabrería, pero como no nos queríamos pelear, pusimos cara de que nos interesaba mucho lo que nos estaba contando y le dijimos a todo que sí. Lo que la puso requeté contenta.

En el fondo no era malvada del todo, simplemente que necesitaba constantemente que le estuvieran prestando atención. ¡Cómo para vivir en mi casa!, que cuando únicamente se acordaban de que existía era a la hora de comer, ducharme, irme a la cama y cuando hacia una trastada.

Mi madre solía llevarme a la Iglesia de Santiago de mi pueblo.  Al igual  que aquella  tenía  un campanario, las paredes de piedra muy alta, los muros muy anchos y un portalón muy grande en medio con una estatua de un santo encima, por lo que  probablemente sería del mismo estilo arquitectónico. Eso sí, la de mi pueblo era bastante más bonita y más vistosa que la de Villanueva. ¡Dónde va a parar!

Aunque yo sabía que la iglesia, como todo lo de Don Benito, era mejor que la de Villanueva, había una cosa en la que la de Nuestra Señora de la Asunción le ganaba a la de Santiago: la decoración del interior.

No es que la mía no tuviera cuadros de vírgenes con el niño Jesús, ni de santos a los que los estaban matando por ser Cristiano.  Lo que sucedía es que los de aquella parroquia eran muchísimo más bonitos que los de la mi pueblo. Si tenía hasta estatuas como las que sacan en los pasos de Semana Santa. Había una que era de la Virgen de los Dolores a la que mi tía Enriqueta decía que le tenía mucha devoción.

Después de la visita turística, mi tío nos avisó de que la misa iba a dar comienzo y nos pidió que fuéramos a sentarnos en el banco junto a ellos.

Tras un rato bueno  de “hijos míos esto” “hijos míos lo otro”, el cura de la iglesia nos mandó a rezar. Como yo me sabía la música, pero no la letra,  me limitaba a mover la boca. Cuando llegaba el momento de responder al señor de la sotana, gritaba fuerte  “Amen” y “te alabamos señor” que era de lo  único que me acordaba.

Mi primo Francisquito, que era más listo que el hambre, se dio cuenta de que estaba rezando en playback  y también se puso  a hacer lo mismo. Tuve que dejar de mirarlo y todo, porque como me entrara la risa en misa, nos podíamos ganar una bronca de las gordas.  Como se enfadaran mis tíos, nos dejaban sin jugar al “Scalextric” hasta que volviéramos de la mili.  

De vuelta a la granja la madre de Francisquito nos dijo que nos habíamos portado los tres muy bien, que así tenía que ser siempre. A lo que mi tío añadió que los dos hermanos se llevaban de normal como el perro y el gato, pero que cuando iba yo era bastante peor.

—¡Tito, entonces no me vas a traer más! —Dije muy preocupado, pues me dio la sensación de que la culpa de todas las peleas las tenía yo.

—¡No, chiquillo, no! Tú tienes que jugar como todos los niños y no estar encerrado en casa. Así que  siempre que no esté muy embarbascao,  iré a buscarte para que te vengas con tus primos. 

Fue escuchar aquello y me puse tan contento que le di un beso a mi tita, otro a Matildita y otro a Francisquito. A mi tío no se lo di porque no quería molestarlo mientras conducía. Se lo debía.

El resto del camino, mi tía  estaba tan contenta con que los gemelos tuvieran novias que se llevó todo el tiempo hablando de ellas. Que si “Adela esto”, que si “Marta lo otro”… Parecía que le hubieran dado cuerda y mi tío, como hacía mi papá con mi mamá, se limitaba a  mover la cabeza afirmativamente y decirle que sí a todo.

Cuando llegamos a la granja, le dije a mi primo que subiéramos a cambiarnos para no manchar la ropa nueva y, una vez lo hicimos, no fuimos a jugar a Mazinger Z. Para poder jugar al Scalextric teníamos que esperar que los gemelos volvieran de trabajar en el campo, pues eran ellos quienes nos  montaban las pistas de carreras.   

Francisquito era el niño más guay del mundo, a pesar de que era más grande que yo y estábamos en su granja, me dejó ser dos veces Mazinger Z y él fue los robots malos del Dr Infierno y del Barón Dashler. ¡Qué chulí nos lo pasamos! Lo mejor era cuando gritábamos: “¡Puños fuera!” y el otro se caía al suelo.

Llevábamos un ratito  bueno jugando cuando Ernesto y Fernando  aparecieron por la granja, nos saludaron con la mano y se metieron en el garaje con la furgoneta.

—¡Qué bien! Ya vamos a estar jugando al Scalextric.

—No todavía falta un ratito —Respondió mi primo con una voz bastante mustia.

—¡Ah, tenemos que esperar que se duchen! ¿No?

—Sí y lo más seguro que se pongan a jugar también a los médicos.

No sé qué cara tuve que poner porque mi primo dejó de estar tristón y con una sonrisa de pillín en la cara me preguntó:

—¿Quieres que vayamos a espiarlos?

—¿Y por dónde nos colamos?

—¡Botarate, por donde mismo entramos para ver a mi padre hacerse la “masticación”. ¿ O acaso te crees que el garaje es como Galerías Preciados que  tiene ochocientas mil novecientas veintidós puertas para entrar?

Mi mamá nunca me había llevado a Badajoz a ver aquellos grandes almacenes,  por lo que no sabía si lo que me estaba contando era verdad o una exageración propia de los villanovenses. Pero como en aquel momento lo que más me interesaba era otra cosa,  para no meter la pata, ni siquiera hice una pregunta pequeñita.

En un santiamén,  nos transformamos en agentes 007 y nos metimos en una especie de tubos que conectaban el exterior con el garaje, exactamente la misma maniobra que cuando vimos a mi tío hacerse la masticación.

Una vez accedimos a nuestro escondite secreto, nos instalamos en nuestro puesto de vigilancia. Los gemelos ya tenían la camisa quitada, con todos los músculos que tenían y lo fuerte que estaban, me recordaron al   Capitán América y a Ojo de Halcón que sin uniformes eran idénticos el uno al otro.

Una vez se quedaron en cuerichis  del todo vimos que tenían ya los pizarrines grandes, se hicieron un poquito la respiración del boca a boca y  se fueron para la ducha. Allí, no sé por qué, se empezaron a enjabonar el uno al otro, parándose mucho en el pechito, la cosita y el culito. Fernando le refregó la esponja tanto por el  agujerito a Ernesto que llegué a pensar  que se lo iba dejar tan brillante como un diamante.

En el momento que  se cansaron de lavarse y de hacerse el boca a boca de vez en cuando, se secaron el uno al otro con la toalla. ¡Qué guay tenía que ser tener un hermano gemelo, tenía que ser parecido a estar mirándote en el espejo todo el rato!

Una vez terminaron, sin ponerse calzoncillos ni nada, se fueron   para donde estaban unos barriles que servían para almacenar aceitunas. Fernando se colocó sobre uno de ellos, tras comprobar que estaba bien seguro y que no se iba a caer, invitó a su hermano que se sentara sobre él.

Ernesto se sentó de cara a él. Supuse que fue porque el ejercicio que iban a hacer era muy fatigoso y,  en caso de que  la faltara la respiración, su hermano no tuviera problemas para hacerle  el boca a boca. Aunque al principio parecía que le costaba trabajo situarse y estuvo un poco que  si sí, que si no. Al final se terminó sentando a las mil maravillas.

Tuve la sensación que  lo que le pasaba es que era tan cagueta como yo. Le daba miedo  que el barril no fuera a soportar el peso de los dos y se partiera.  Una  vez se dio cuenta de que no pasaba nada y  se apoyó en los hombros de Fernando y  empezó a moverse como si estuviera montado en un caballito de la feria.

La verdad es que era como si estuviera paseándose en un tío vivo. ¡Arre, arre, caballito! A Fernando, que era el que estaba debajo, aquello no debía hacerle mucha gracia pues de vez en cuando soltaba alguna picardía de las gordas. Cosa que a Ernesto le traía sin cuidado,  porque seguía sube y baja, baja y sube como si le hubieran dado cuerda.

En un momento determinado se levantó, yo pensé que era para darle a su hermano la revancha, pero me equivoqué. El muy egoísta se sentó al revés y siguió otra vez dale que te pego. Por más que su hermano decía palabrotas (como lo escuchara mi tía le iba a lavar la boca con lejía), Ernesto seguía como si estuviera en los cacharritos de le feria. Estaba más contento con su caballito que si se lo hubieran traído los Reyes Magos.

Su hermano, con una voz que parecía que se estuviera asfixiando, dijo algo de salir a correr y pegó un grito muy raro. Ernesto, como si fuera lo que tocara hacer,  se cogió la pilila y con una rapidez asombrosa terminó sacándose los virus. Por un momento dejaron de jugar al caballito y se quedaron muy quietecitos, muy quietecitos. Me dieron ganas de decir: ¡Un dos tres, pollito Ingles!, pero como estaba ejerciendo de Agente Secreto me quedé con las ganas.  

¡Qué bueno era Fernando! Con la paliza que le había pegado su hermano y el pobre no era rencoroso con él. Le daba besitos en la cara y le decía que lo quería mucho. Después, no sé quién de los dos se empezaría a asfixiar, pues se llevaron un ratito largo haciéndose la respiración boca a boca.

Mientras los gemelos se volvieron a duchar otra vez ¡Qué limpios y aseados que eran! Francisquito y yo abandonamos nuestro lugar de vigilancia y salimos del garaje sin ser descubierto. Una vez estuvimos debajo de la sombra de nuestro árbol favorito, mi primo, con cara de haberse salido con la suya, me dijo:

—¡No ves!, llevaba razón. No importa que  los gemelos tengan novias, ellos siguen jugando a los médicos.

Negué con la cabeza, dándole a entender que no estaba de acuerdo con él.

—¿Por qué dices que no? ¿No lo acabas de ver?

Aunque Francisquito era mi primo favorito y, para una vez que nos veíamos no me quería pelear con él, no podía darle la razón como a los locos. Así que, al igual que hacía él, puse cara de persona mayor sabelotodo y le dije mi opinión:

—Porque creo que es otro juego.

—¿Otro juego?

—Sí, tú me contaste que el juego de los médicos tenía tres fases:

El boca a boca, tomar la temperatura y sacar los virus.

—Sí, pero los virus se podían sacar de dos formas…

—Con la toma de temperatura y poniendo un supositorio —Me apresuré a completar lo que mi primo estaba diciendo, para que se diera cuenta lo atento que había estado a todo lo que me había explicado y lo bien que me lo había aprendido.

—¡Correcto! —Respondió moviendo la cabeza afirmativamente. 

—Pues los gemelos hoy, aunque han hecho el boca a boca,  no se han tomado la temperatura y se han sacado los virus de una forma muy rara: jugando al caballito.

Mi primo me miró como si hubiera dicho una cosa muy importante, se quedó pensativo unos segundos y después,  con esa voz de persona mayor que se le ponía de vez en cuando, me dijo:

—Llevas razón, lo mismo hay otro juego que se puede practicar entre los hombres que se llama “el caballito”. Seguro que en el libro de mi padre viene, pero como es tan gordo no me ha dado tiempo de leerlo entero.

Me gustó mucho que Francisquito, a diferencia de mis hermanos, tuviera en cuenta mi opinión. Sin embargo, como vimos que los gemelos se acercaban, cambiamos la conversación por otro  tema muchísimo más interesante: Convencer a sus hermanos para que nos montaran el “Scalextric”, en cuanto antes mejor.

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