Las gafas (Inédito)

Las lagrimas rebozan  de tus ojos cuando me miras. Lo que para ti es una muestra del dolor que te reconcome, para mi es un vano intento de  sentirme culpable por la decisión que he tomado.  ¿Acaso esperabas que siguiera aquí aguantando su presencia? No creo que seas tan ingenua, en cualquier caso una manipuladora nata metida en su papel de inocente.

Desde que me crecieron los pechos, ancharon mis caderas  y todos los cambios que lleva hacerse una mujer, no me toca. Tú, en tu fuero interno, quieres pensar que ya esta curado. Como si hubiera superado una  adicción.

Yo que, desgraciadamente, conozco mejor su perversión que tú, tengo la plena certeza de que sigue esclavo de sus más bajos instintos. Los demonios no se vencen de la noche a la mañana y mucho menos cuando no se acepta su existencia. Como le pasa él.

No quiero saber dónde, ni con quién, ni cómo está sacando  a su parte más oscura. Solo de imaginar cualquier posibilidad, se me revuelve el estómago.

De cara a la galería siempre fue   un  empresario con éxito, con una reputación intachable. Una persona  poco amiga de los excesos y que cumple  rigurosamente con sus obligaciones religiosas. Un espejo donde mirarse. Un ejemplo a seguir.

Dentro de estas cuatro paredes, aunque tú  te empecines en negarlo, su comportamiento es  el de un monstruo sin escrúpulos. La verdad está ahí. Que no lo admitas no la hace diferente.

Muchas veces me he preguntado cómo se habrá comportado en la cama contigo, si te habrá denigrado como mujer o se limitaría al sexo convencional. Podría decir que no me importa, pero, a pesar de tu equidistancia, sigues siendo mi madre y lo que te haya podido suceder me afecta de un modo que tú, con la poca empatía de la que haces alarde, creo que no eres capaz de entender.  

Sin embargo, por más cariño que te tenga, por más que me jures que no sabías nada de lo que ocurría, no te puedo dar mi perdón.

Quizás lo pueda hacer el día que el protagonista de cada una de mis pesadillas dejé de ser mi padre metiéndose en mi cama y no precisamente para darme las buenas noches o contarme un cuento para que me durmiera pronto.

No creo que nunca pueda  olvidar su  penetrante olor corporal, su aliento en mi espalda, sus palabras a mi oído contándome la multitud de cosas malas que me pasarían si contaba aquello a alguien y, sobre todo, sus manos sudadas invadiendo mi intimidad de un modo de lo más nauseabundo.

Lo peor es que, como nunca me penetró y  solo se limitó a manosearme, no existían pruebas de su delito. El día que, harta de soportar sus perversiones un día sí y otro también, lo denuncia por violarme, nadie me creyó. Mi virginidad abría la puerta de par en par a la duda razonable.

Con la demonización de la mujer como acusadora en falso por un sector de la sociedad, propició que se me juzgara más a mí que a mi padre.  Todo el mundo pensó que eran los delirios de una adolescente desequilibrada. La constante negación de mi madre a que nada de eso ocurría bajo su techo tampoco ayudó mucho a mi causa. ¿Fuiste consciente del tremendo daño que me hacías con tu actitud?

Si  eras de la firme convención  de que estaba loca, ¿por qué  nunca me llevaste a un psicólogo?  No te molestes en contestarme, yo sé la respuesta perfectamente. Tenías  miedo a que un profesional de la salud mental pudiera descubrir lo que realmente había pasado en esta casa y pusiera patas arriba el mundo perfecto que te habías empeñado en construir. Aunque supieras que era otra de las mentiras que te empeñabas en creer, como si a fuerza de repetirla se pudiera convertir en verdad.

Que lo denunciara no significó nada para él, cuando se calmaron las aguas volvió a reiniciar  sus visitas nocturnas. Solo dejó de hacerlo cuando me llegó la primera regla y me crecieron los pechos. Puede que ya no oliera a santidad y desprendiera olor a ácido úrico. ¡Maldito enfermo de mierda!

Que desistiera en su acoso, no significó que convivir bajo el mismo techo que mi padre fuera menos doloroso. No podía permanecer junto a él demasiado tiempo y evitaba su presencia todo lo que podía.

Otra vez más, no supiste ver lo que me pasaba y confundiste que me levantara de la mesa pronto para no tener que estar en su presencia, con un trastorno alimentario. Otra vez me hacías responsable  del infierno que se había convertido nuestras vidas.  ¿Tan ilusa eras o pensabas que lo éramos los demás?

De nuevo, si pensabas que sufría anorexia, perdiste una excelente oportunidad de llevarme a un profesional que tratara mi patología. Esta vez tuve claro que te importaba un pimiento. Que preferías la seguridad económica, los lujos que  te conferían ser la mujer de un señor importante como  mi padre que el bienestar de tú única hija.

No fue extraño que en el instituto acabara buscando las peores compañías. Los rebeldes, los parias, los que flirteaban con las drogas y convertían el sexo en una rutina. Unas personas que no me juzgaban, a quienes les daba igual mis historias pasadas y que me aceptaban como una más.

Me convertí en una más de ellos. Una inconformista que hacía de la promiscuidad su tarjeta de presentación, como si banalizando  con lo referente a mi libre elección sexual fuera a cambiar mis pesadillas. Tampoco mis jugueteos con las drogas llegaron a borrarlas del todo. Lo único que conseguí con todo aquello  fue bajar, aún más, mi rendimiento académico y propiciar un declive que me acercó cada vez más al borde del abismo.

Con diecisiete años entre en una clínica para mi desintoxicación. Uno de los psicólogos que me trataba se creyó mi historia. Por primera vez en la vida alguien daba veracidad a mis palabras y sentía que le importaba a alguien.

 ¿No te parece penoso que un extraño me hiciera salir del agujero en el que estaba metida y tú no movieras un dedo para sacarme de allí? ¿Tanto te merece la pena  la vida cómoda y el estatus social que estar con él te da? ¿Tan poco te importo yo?

Aquel centro no solo sirvió para curar mis adicciones, me sirvió para encontrar  por primera vez gente que se preocupaba por mi  de verdad. Unos amigos  que me hicieron más fuerte y mejor como persona.

Hoy, en mi décimo octavo cumpleaños,  he tomado la decisión de marcharme de esta casa, Del lugar que tanto sufrimiento me ha proporcionado y, como bien sabes,  no puedes hacer nada por evitarlo. Económicamente estaré bastante peor, pero quizás salir de vuestro influjo me ponga en el camino de la felicidad que tanta falta me hace y que tú, por mucho que te engañes, no tienes ni idea de lo que es.  

No merece la pena que  llores como mujer lo que no has sabido defender como madre, no vas a conseguir ablandar mi corazón. Mi única petición es que te pongas  las gafas que te he dado. Será mi regalo de despedida. Si como juras y perjuras nunca miraste para otro lado, te pueden ser de mucha utilidad.

No están graduadas, pero quizás te permitan ver  la verdad. No creo  que puedas mirar  con ellas a mi padre y no sentirte desgraciada.

Me voy, hoy pierdo a unos padres y gano todo un mundo por vivir. Espero verte alguna vez, cuando hayas aprendido a ver con lo que te quedas y aprecies lo que dejas marchar.

Me gustaría que fuera un hasta pronto, mejor que un hasta nunca. Depende de ti.

Adios…

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