Una que vale por tres (Inédito)

La vida es traicionera como una navaja bandolera. En el momento que más seguro te encuentras en el pequeño palacio de cristal que  te has construido a base de trabajo y esfuerzo,  cuando crees que has alcanzado ese punto entre tranquilidad y felicidad que crees merecerte, viene ella y te quita todo lo que más quieres de un día para otro.  

Siempre me había considerado un hombre fuerte, alguien capaz de soportar  todos los desmanes de la vida. Sin embargo, la realidad se ha encargado de recordarme que, cuando las adversidades me superan, me pongo a llorar como el más débil de los mortales.

No obstante, cada cosa tiene su tiempo y cuando se me han acabado las lágrimas,  la desesperación me ha hecho buscar venganza por lo sucedido.  

Sé que lo que estoy haciendo no me  va a devolver nada de lo que me ha sido arrebatado tan vilmente, aun así no creo que me arrepienta. Es más, creo que lo haría otra vez si las circunstancias se volvieran a dar.

Mientras limpio minuciosamente   la sangre del móvil del abogado defensor de mi yerno. ¡Maldito hijo de puta! No me puedo quitar la cara de terror de aquel hombre cuando le clavé el cuchillo carnicero en el estómago. Suerte que estaba amarrado y amordazado, porque ni estoy tan ágil como hace unos años, ni sé quién pudiera haber escuchado sus gritos de dolor mientras retorcía el filo del arma blanca en sus intestinos.

No paré  de taladrar sus tripas, hasta que comprobé que, sin lugar a dudas,  estaba muerto.  

En mi juventud, por mi trabajo, tuve que matar muchos terneros, corderos y cerdos. Nunca sentí placer a tener que sesgar la vida de un animal. Sin embargo, hoy, cuando he visto los ojos de aquel mercenario de las leyes pidiéndome clemencia, he gozado casi como con el sexo.  En una época que  no era tan viejo, claro está.

En el momento que me pongo a buscar el número de mi yerno en los contactos del móvil de mi víctima, mi mente  retrocede en el tiempo, al principio del cúmulo de desastres de los últimos meses. A los acontecimientos nefastos que me  han traído hasta aquí.  

El cáncer de mi mujer fue como un mazazo para el mundo perfecto que me había montado para mi jubilación. Fue una noticia repentina y, según nos dijeron los médicos, estaba tan avanzado que lo único que se podía hacer era conseguir que sus últimos días fueran lo menos doloroso posible. Cuidados paliativos lo llamaban, porque lo de sedarla para que no sintiera demasiado dolor y dejar que se muriera lentamente, se ve que debía sonar demasiado mal.

Estaba tan centrado en aliviar los últimos días de su madre, que  no  me di  cuenta de la tragedia añadida que estaba viviendo mi pequeña por aquellos días. Aunque me repito a mí mismo que poco o nada pudiera haber hecho para evitar el desastre en que se había convertido su existencia, el sentimiento de culpa es como una enorme loza que ni me ha dejado, ni me deja respirar con tranquilidad.

En otras circunstancias habría sabido ver entre líneas, descubrir que en sus ojos no solo había tristeza por lo que ocurría en el hospital, sino que eran fruto de  un tremendo dolor por lo que tenía que soportar en su hogar.

¿Qué coño iba a sospechar  yo que su marido era un canalla sin piedad que se dedicaba a maltratarla un día sí y otro también? Nunca me había gustado Alfonso y siempre había sido de la opinión de que Elisa se merecía algo mejor, pero de ahí a que, el muy cabrón, se dedicara a atizarla sin ningún motivo, iba un mundo.

Siempre había considerado una pequeña tragedia que no pudiera darme un nieto. No obstante, con el giro que han ido cogiendo los acontecimientos, no tengo más que alegrarme, porque cuidar de él habría sido una excusa para no encontrar el suficiente valor para hacer lo que hay que hacer.

Por lo que pude saber los maltratos habían existido siempre, aquel ser miserable se aprovechaba de lo buena y noble que era mi niña, primero consiguiendo que llegara a creer que, por no poder quedarse embarazada,  era una inútil total. Conforme fue allanando el terreno y vio que no había ningún impedimento para seguir con su ciclo de vejaciones, se dedicó a humillarla constantemente, y por cualquier cosa, cada vez que él tenía un mal día. Que solía ser una vez cada veinticuatro horas, siete días a la semana.

Por lo que se ve, los golpes y las bofetadas no comenzaron hasta que su madre enfermó. El muy cabrón  sabía  que yo iba a estar dedicado en cuerpo y alma a Isabel y su esposa, para  no preocuparme, se guardaría su sufrimiento para ella. Lo peor es que, tras el doloroso adiós a su madre, los maltratos no pararon, sino que fueron a más.

Un día, mi niña no pudo callarse más su dolor  y, con un ojo morado y el labio reventado, me confesó todo  el infierno en vida que aquel mal nacido le estaba haciendo soportar. 

En el momento que dejó de llorar y se calmó un poco, le dije que lo que tenía que hacer era quedarse en casa   conmigo y denunciarlo ante las autoridades.

Ahí empezó el segundo calvario de Elisa. Tuvo que aprender a sobreponerse al miedo de que en cualquier momento se presentara en mi casa, pues aunque se dictaminó una orden de alejamiento, ella sabía que su marido no era mucho de cumplir las normas y era consciente de lo que le solía pasar a muchas mujeres en su situación.

No obstante, Alfonso no incumplió nunca la orden de alejamiento,   quizás porque sus planes para destrozar a su mujer fueran por otros derroteros bien distintos.

Pese a que el Juzgado de Violencia sobre la mujer se mostró todo lo colaboracionista que pudo para aclarecer la causa de Elisa. El maldito canalla de su marido se nos había anticipado  e iba dos pasos por delante nuestra. Se había encargado de montar una historia paralela, con el único propósito de desacreditar la reputación y la palabra de mi niña. 

No solo se pagó un abogado carroñero capaz de hacer cualquier cosa con tal de demostrar la inocencia de su cliente, sino que se buscó una amiga de Elisa  que, no sé si porque se la estaba tirando a sus espaldas o por dinero, declaró ante el tribunal que le había comentado que lo iba a denunciar falsamente para sacarle todo el dinero posible.

No sé si porque mi hija enmudeció al no poder soportar aquella traición por parte de la que consideraba una persona digna de su confianza , o porque el rumor interesado  de las denuncias falsas por violencia machista por una parte de la sociedad habían tenido su eco en la persona encargada de juzgarla, el caso es que el Tribunal dio por válidas las pruebas presentada por su marido, declaro la causa  contra Alfonso sobreseída y condenó a mi niña por un delito leve por acusación y denuncia falsa.

Pesé a que no iría a prisión, aquella multa de tres meses de cárcel sumió a Elisa en una profunda depresión. Dediqué mi vida a estar pendiente de ella, aun así, no fui capaz de parar el enorme alud que se sobrevenía sobre nuestras vidas.

Un día noté  que tardaba mucho en salir del baño, por lo que me decidí ir en su búsqueda, tras gritar su nombre durante  unos interminables minutos y no hallar respuesta, tiré la puerta abajo.

Lo que me encontré en el interior, me rompió el alma. Mi niña, incapaz de soportar la última humillación a que la había sometido su marido, se cortó las venas.

Llamé todo lo rápido que pude al 061, pero los servicios de emergencia poco o nada pudieron hacer para que mi pequeña se quedara conmigo.

Jamás olvidare la imagen de su cuerpo sumergido en la bañera, su cabeza hundida sobre sus hombros como si fuera un muñeco roto y sus muñecas de la que manaban dos pequeños ríos de sangre que teñían el agua de rojo.

No había salido del duelo por mi mujer y me tuve que enfrentar al suyo. Estaba preparado para que Isabel, por la mala salud que había tenido siempre, me abandonara, pero nunca me había mentalizado a la pérdida del faro del mi esperanza.  Con la ilusión por vivir rota, quise buscar justicia para aquella innombrable atrocidad.  

Tenía un conocido abogado que siempre me había echado una mano con temas legales y tal, una persona de confianza que me desaconsejó que no llevara el tema ante los tribunales porque sería solo  un desperdicio de dinero y  de tiempo.

La impotencia por no poder hacerle pagar al miserable de su marido su crimen, casi me vuelve loco. Me obsesioné tanto con que aquel hijo de la gran puta no se fuera de rositas que en mi mente se comenzó a fraguar un plan propio de una película americana.

Contraté a un detective privado para que vigilara a la secretaria del abogado. El tío, tal como me dijeron, era de los que no hacía pregunta y su ética era inversamente proporcional a las horas que sus clientes decidieran pagar por su trabajo.

Cuando supe de los horarios y tardes libres de su ayudante. Contacté con Bartolo, un conocido de mi juventud con un pasado bastante turbio. Tras contarle mi problema, le pregunté que si conocía a alguien que se dedicara a secuestrar personas.

—¿Qué es lo que quieres hacer con el abogado? ­—Me preguntó dejando claro que tenía los contactos adecuados y que lo que pedía era factible.

Ni llegué a ver a los dos tipos que contraté y todo fue a través de mi amigo. Una de las tardes que libraba la secretaria, lo redujeron y me lo dejaron amordazado y atado a una silla según lo convenido.

No sabía que pudiera disfrutar tanto con el dolor humano, no sé si es porque la sed de venganza me ha vuelto loco o porque cuando te lo quitan todo y no tienes nada que perder, todo te da igual.

Con el cadáver aún caliente del abogado, le pongo un mensaje de WhatsApp a Alfonso.

“Hay problemas con el padre de Elisa. Pasaros tú y Amaia urgente por el despacho”.

Diez minutos más tarde recibo un mensaje:

“Ok, Salimos para allá”.

Una vez recibo el mensaje reviso mi escopeta de caza semiautomática de caza y compruebo que estén los cinco cartuchos en el cargador.

Los quince minutos de espera se me hacen eterno. Me estoy poniendo hasta un poquito nervioso. En el momento que los veo entrar por la cámara de vigilancia, juntos y como si fueran pareja, apunto a la puerta de entrada y antes que se puedan dar cuenta disparo sobre ellos.

La chica muere en el acto. Mi yerno no, por lo que tengo que rematarlo con una bala en la cabeza. Sé que la policía no tardará mucho en llegar. Probablemente pase mis últimos días en la cárcel. Pero he hecho justicia cobrándome una vida por otra. Una que valía por tres.

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