El mecánico me hace una visita

Un trío de ensueño

Primer episodio

Lo peor de las vacaciones es que se terminan. Y la losa de la rutina diaria nos golpea, sin dejarnos tiempo a reaccionar.

Este año, igual que otros, he vuelto a casa  un par de días antes. Principalmente por dos razones: para quitarme de en medio las aglomeraciones de última hora y para organizar mis quehaceres diarios con tiempo.

Este año, a diferencia de otros, me hacía ilusión que llegara esta fecha. Sé que con lo que voy a decir, pensarás que soy un obseso sexual o algo parecido, pero no puedo evitarlo. Pues si hay alguien en esta ajetreada vida sexual mía que tiene un hueco reservado  en ella, es mi mecánico favorito: Iván.

Como bien sabes, quien ocupa un lugar en mi corazón, y bastante grande, es mi apreciado amigo Ramón. Pero con la iglesia hemos topado, el bueno de Ramón está casado y no lo veo (ni quiero) dejando todo por estar conmigo.  Y por mucho que se empeñe él en decirme que me quiere más que a nadie en este mundo, lo nuestro es una relación furtiva y poco más.

Así que como tener sexo con Ramón es adentrarse más y más  en un lodazal de sentimientos, del cual, una vez dentro, me va a ser muy difícil salir. Pospondré todo lo que pueda nuestro próximo encuentro.  El cual, por el bien de nuestra consciencia, espero que sea más tarde que pronto.

Y como sé que la mejor manera de calmar la tentación, es mantener la cabeza ocupada (Y no me refiero a la de pensar). Esta mañana antes de salir de Sanlúcar, llamé a Iván; por si podía darme un “repasito” en el coche. «Uno o dos.  To los que tú quieras pare. Este taller está completamente a tu disposición»— fue la espontánea y simpática respuesta de Iván.

Quedó conmigo en aparecer sobre las seis de la tarde,  hora  en que cerraba el taller. No le puse ningún problema, al contrario, le pedí que, por favor,  viniera sin ducharse… A veces, llego a ser tan  morboso que hasta me doy un poco de miedo.

Tras comer me eché un poco en el sofá y puse algún canal de la TDT, el cual fue  la perfecta banda sonora para mi siesta.

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Me despierta  el timbre de la entrada. Medio adormilado salgo para a abrir la puerta. A pesar de encontrarme todavía bailando con Morfeo, es tomar consciencia de la presencia del mecánico y  la bestia de mi entrepierna vibra de la emoción.

—¿Qué pasa “pare”? —Me dice con esa simpatía y descaro suyo que le reboza a espuertas.

—Nada deseándote verte —Digo con una amplia y provocadora sonrisa.

Lo miro y su aspecto me da la consabida respuesta a la pregunta de porque deseaba estar tanto con este tío. No es que sea una estatua griega, pero el hombre tiene buen porte. Y si a eso le añadimos esa sensualidad natural  que envuelve todo su ser, ese  aspecto  brutote suyo, el cual me excita de sobremanera. Es solo verlo, envuelto en la tela azul y manchada de grasa de su mono de trabajo y mis primitivos instintos salen a pasear, pidiendo  a gritos tener sexo con aquel ejemplar de macho.

Lo que sucede a continuación me deja descolocado por completo. Lanzo mi mano para estrechar la suya y. sorprendentemente, él me la rechaza y me larga un beso en los labios, para decir a continuación:

Pare, que después de los buenos polvos que nos hemos pegao, no nos vamos andar con formalidades y protocolos…

Su beso me gusta tanto, que aprovecho la pequeña rendija  que él ha abierto para darle un pequeño muerdo. El riesgo merece la pena, pues Iván me responde introduciendo su lengua en mi boca, de una manera que hace que se me ricen los pelos de la nuca.

El atractivo brutote me demuestra ser toda pasión y ternura. Es lo que yo digo, pasa de la rudeza a lo romántico, con la misma naturalidad que un actor se quita una máscara.

Saboreo sus labios, los cuales, a pesar del olor a gasolina y grasa que desprende su cuerpo, me dejan una muy agradable sensación en la boca.

Inesperadamente, Iván me aparta.

—!Quillo, te vas a poner to pringao! Espérate que me duche y seguimos. Si a mí también me está gustando.

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¿No has tenido en algún momento de tu vida, la sensación de que te ha tocado la lotería? Pues así estoy yo ahora mismo. ¡El amigo Iván me ha dicho que le ha gustado besarme! ¡Ni en mis mejores sueños me hubiera imaginado esto!

Pero en fin, con lo que he anhelado este momento, no voy a ponerme analizar psicológicamente las circunstancias que le han llevado a hacer esto. Entre otras cosas porque me da igual. Así, que no pierdo el tiempo en monsergas y vivo el momento.

El mecánico me demuestra con sus ademanes, que recuerda perfectamente donde está el baño de mi casa, pues sin  preguntarme nada se encamina hacia él. Me quedo observándolo por detrás, el mono de trabajo le da un aspecto atractivamente morboso. Sus anchas espaldas y su trasero se marcan de una manera, que hacen que me excite de sobremanera (¡Dioooos, me estoy poniendo como una moto!).

Cuando entra en el cuarto de baño y se baja la cremallera del mono, mostrando la pelambrera negra de su pecho. El deseo visita todo mi ser, me fijo en su entrepierna y ésta está tan abultada como la mía. Tiendo mi mano hacia su paquete, pero él me la aparta suavemente.

—¡Tate quieto leñe! ¡Que traigo hoy mierda pa para un barco! —Me dice adornando sus palabras con su seductora sonrisa —.Espera que me dé una duchita y no lo vamos a pasar como a nadie le importa. Si traigo el deposito hasta arriba, pues hace como tres días que no me clavo.

Lo escucho y no doy crédito a sus palabras. No sé si me gusta a pesar de lo bruto que es, o me gusta por lo bruto que es. El caso es que cuando se desprende de su uniforme de trabajo, ante mí se muestra un ejemplar de macho como hay pocos y por el bulto que se marca bajo sus grasientos bóxer, tiene  una empalmadera de la que las que hacen época.

Una vez entra en la ducha y se quita  la negra grasa que cubre algunas partes de su cuerpo, me invita a que lo acompañe. Verlo allí de pie sobre la placa de ducha, con el agua cayéndole a borbotones sobre su cuerpo desnudo y con la polla mirando al techo, es una tentación que no se puede evitar. ¿Tú podrías?…Porque yo no.

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Me empiezo a quitar la poca ropa que tengo puesta, cuando el mecánico hace una mueca de desagrado, para terminar diciendo:

—¡Pare, el agua sale fría!

—Perdona, hombre. Yo es que en verano no caliento el agua.

—Pues como me duche con el agua así, se me va encoge la polla pa un mes.

Como no quiero que, por nada del mundo, tal cosa suceda, me vuelvo a poner la ropa. Le  pido por favor que se espere un poco  y salgo raudo al patio a encender el calentador del agua.

Apenas pongo a funcionar el aparato de gas, suena el timbre de la puerta ¿Quién será? Seguro que alguna vecina que ha visto mi coche en la puerta, y se ha pensado que mi madre ha vuelto de las vacaciones.

Entro en el cuarto de baño y en voz baja le digo a Iván:

—¡Vete duchando guapetón! Que voy a largar a la visita y a cerrar la puerta de la calle para que no nos molesten más.

Me pongo un albornoz con dos finalidades bien distinta: disimular mi endurecido pene e incomodar a la inoportuna vecina para que se largue pronto.

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La figura que diviso, a través de la cristalera de la cancela de la entrada, desde la puerta del patio, es  todo menos una vecina cotilla. A la vez que me voy acercando, mis ojos son capaces de distinguir de quien se trata: es Ramón. «¡Tierra tra-ga-me!»

Cuando me ve venir y, con la confianza que me tiene, cierra la puerta de la calle, en un claro gesto de buscar intimidad. Mi amigo viene buscando algo,  que dicho sea de paso,  a mí no me importaría darle, si fueran otras las circunstancias. Pero en este momento, todo lo que quiero es que se vaya por donde ha venido.

Mientras abro la cancela de cristales, mil ideas atormentan mi mente. Esto es como una pesadilla de la que quisiera despertar…Recuerdo que de niño, ver a un policía me daba seguridad, pero ver allí a  mi amigo con su oscuro uniforme, el cual se le marca al cuerpo como una segunda piel, lejos de tranquilizarme, hace que el corazón se me acelere cual potro desbocado.

Aunque el desasosiego se tiene que pintar en mi gesto de manera colosal, intento actuar con total naturalidad. Así que lo primero que Ramón ve de mí es una espléndida sonrisa.

—¿Que pasa artista? —Me dice alegremente, mientras se echa sobre mí para darme un beso sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Es sentir sus labios junto a los míos, su lengua bailando entre mis dientes y el resto del mundo deja de existir. Me dejo envolver por sus brazos, mientras mi cuerpo se pega al suyo, invadiendo su espacio.

No sé qué tiempo pasamos besándonos, restregando nuestros cuerpos en una desmedida danza. Pero es que cuando tengo a Ramón ante mí, lugar, tiempo y espacio pierden completamente su sentido.

—¡Pare, por lo que  veo que no perdonas ningún gremio!DnzibqJWsAAIRda

El que así habla es mi mecánico, quien,  con una toalla liada a la cintura, nos observa desde la puerta del patio. Me aparto suavemente de mi amigo, lo observo en busca de una reacción. Decir «No es lo que parece», no creo que sea solución alguna. Sé que teníamos un pacto: « Yo sigo con mi vida, tú sigues con la tuya…». Pero el momento es demasiado  fuerte, tanto que roza lo irreal.  Me quedo petrificado en espera de la primera reacción de Ramón.

—Perdona Mariano —Dice con un gesto de desánimo –.No sabias que estabas ocupado.

Me quedo callado y dejo que mis ojos hablen por mí. No sé si con esto que acaba de descubrir, le estoy ocasionando algún daño a mi querido Ramón. Pero te puedo asegurar que es lo último que quiero.

Al ver lo apesadumbrado que estoy, me coge por la barbilla y me dice:

—¡Quillo, no te preocupes! Si la culpa es mía que te he querido dar la sorpresa.

—Pues creo que la “sorpresa” te la he dado yo —Digo yo con una apagada voz y moviendo la cabeza levemente.

—No importa hombre, así que me yo  largo y nos vemos otro día — Dice dándome un leve beso en los labios.

—¡No hace falta que te marches, pare! —Dice Iván con ese tono campechano suyo. Para decir algo a  continuación, que tanto a Ramón como a mí, nos deja un poco descolocado —. Por mi te puedes quedar con nosotros… Si no le importa al amigo Mariano.

La tesitura en la que me acaba de poner el  cabrón del mecánico, con ese descaro desmedido suyo, hace que desee que esto sea un mal sueño y que suene un  estridente despertador por algún sitio. Dado que tengo  la pelota en mi tejado, algo tendré que hacer.

Miro a Ramón, su mirada me refleja una total complacencia ante la desorbitada proposición de Iván. No sé cómo puede acabar esto, pero sé que con un “no” por mi parte puedo perder a dos de los hombres con los que más disfruto: Iván, el cual es toda pasión para mí y Ramón, quien tiene una buena suite en el hotel de mi corazón.

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Así que me rindo ante lo sugerente del momento y olvido el peligro emocional que encierra. Me dejo embaucar por el   sugerente momento de sexo entre “mis” dos hombres y encogiéndome de hombros, digo:

—Bueno, por mi vale. Vosotros sabréis que es lo que se hacen…

Es salir la aprobación de mis labios y Ramón me atrae poderosamente ante su cuerpo. Sus brazos envuelven mi cuerpo, mientras su boca se posa en la mía para iniciar un apasionado beso…

Beso que es interrumpido por Iván que nos dice:

—¿Hay sitio para alguno más?

Ramón alarga su brazo y lo invita a unirse a nosotros. Poco después los tres nos abrazamos para sumergirnos en un desmedido beso. Si a eso, le sumamos que al mecánico se le ha caído la toalla al suelo, ocasionando con ello que su dura herramienta se roce al unísono con la entrepierna de Ramón y la mía. El cumulo de sensaciones que me invaden no tienen parangón.

En el momento que más desinhibido  estoy, Ramón se aparta de nosotros súbitamente y dice, en un tono picaresco.

—¡Se me está ocurriendo una idea!

Sin dejarnos reaccionar, nos dice que lo acompañemos al salón. Iván me mira buscando alguna explicación, pero como debo tener la misma cara de pasmo que él. Sin pensárselo dos veces, le pregunta a Ramón:

—¿Qué se te ha ocurrio poli?

Sin decir palabra, Ramón se sienta en el sofá, abre las piernas mostrando morbosamente su entrepierna y nos dice:

—Si no os importa, para ir entrando en materia, me gustaría ver como lo hacéis vosotros.

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La seguridad con la que mi amigo ha cargado sus palabras, hace que el mecánico y yo nos miremos extrañados.

Pero como lo que voy a hacer a continuación, no es nada nuevo para Ramón y el mecánico ha sido quien lo ha motivado. Dejo aparcados mis perjuicios en una esquina de mi contradictoria mente y me dejo llevar por los acontecimientos.

Lanzo una visual a Iván, lo que captan mis ojos me recuerda porque me gusta tanto, no es que sea excesivamente guapo, no es que tenga un físico de escándalo, pero las sumas de las partes hacen de él un hombre estremecedoramente apetecible.

Ver ante mí a ese peludo y fornido macho y con su polla mirando al cielo, hace que el corazón me palpite de manera estrepitosa.

A la vez que me voy acercando a él, un extraño nerviosismo se apodera de mí y es que no es fácil liarse con otro delante del hombre que quieres.

Por un momento, estoy tentado de negarme al extraño experimento  propuesto por Ramón, pero su imagen,  metro ochenta de fornido macho, sentado en el sofá, con las piernas abiertas de manera seductora y sobándose los muslos, hace que envuelva la cautela entre trozos del deseo,  que a borbotones, resuma mi cuerpo. Tras este virtual acto, dejo toda precaución,  aparcada en un rincón de mi mente.

Una vez estoy frente al mecánico, mis manos se agarran suavemente a su cuello y acercan sus labios a los míos. Esta vez  y sin ningún impedimento, la boca de Iván me impregna de toda su esencia. Mientras me dejo llevar por el ritmo de la lengua del descarado mecánico, miro por el rabillo del ojo a mi amigo Ramón. Sus ojos brillan de lujuria, mientras de manera descompensada se masajea las rodillas. Cuando es consciente de que lo estoy mirando, se muerde el labio de manera sensual, como intentando, con ello encender la pasión que me nace dentro.

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Sin dejar de besarme, las manos de Iván se han abierto paso bajo la tela del pequeño pantalón que llevo puesto e intentan tocar mi trasero en todo su esplendor. Cuando me quiero dar cuenta, me ha dejado desnudo y sus dedos se pasean por la raja de mis glúteos, en pos de mi agujero.

Es tocar con sus rudas yemas mi hoyo y de la boca del mecánico sale un bufido de placer. Deja de besarme por un segundo y dice con ese desparpajo suyo:

—¡Jo, pare, hace tanto tiempo que ya no me acordaba lo rico que estabas!

Busco con la mirada a Ramón, quien, ante la  ocurrencia de mi acompañante, sonríe pícaramente y asiente con la cabeza, mientras deja que su rostro se empape de la lujuria del momento.

Como si el gesto de mi amigo-amante fuera el pistoletazo de salida que precisaba para lanzarme de cabeza a la piscina del sexo, separo mi boca de la de  Iván, hundiendo  a continuación mi cara  en el peludo pecho del mecánico, para terminar  con un paseo de  mis labios entre la maraña del negro vello  rizado.

Es pasar la lengua por sus oscuros pezones y de la boca de mi ocasional amante sale un placentero quejido.  Mientras restriego mi cara por su pecho y por su abdomen, mi mano derecha agarra su polla. Es sentir aquel martillo de carne entre mis dedos y una placentera sensación inunda todo mi ser.

Me agacho ante él y observó detenidamente aquella ardiente herramienta, no es que sea un pollón como el de mi amigo Ramón, pero gorda y cabezona como es, tiene su gracia. Sin pensármelo más, introduzco aquel vigoroso trozo de carne entre mis labios. Tras tragarla por completo hasta la base, me la saco y prosigo pasando mi  lengüita por los pliegues del glande.

—¡Jo-der tío,  de lujo ufff, co-mo sabes …ufff… lo que más me gusta!

Entregado como estoy al sexo oral, me olvido por completo de Ramón. No soy consciente de que se ha levantado, hasta que siento su presencia a mi lado. Sin decir esta boca es mía, y de una manera casi brusca, empuja mi cabeza contra la cintura de Iván,  consiguiendo con ello que su nabo choque contra mi campanilla, lo cual me ocasiona  unas leves, pero intensas  arcadas.

Cuando las manos de mi amigo dejan de ejercer presión sobre mi nuca, un pequeño río de babas impregna el miembro viril del mecánico, quien no ha parado de jadear, casi escandalosamente, durante todo el  breve lapso de tiempo.

Busco con la mirada a Ramón, éste se ha quitado la camisa del uniforme y sus manos desabrochan la ancha hebilla de su cinturón.

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Cuando me quiero dar cuenta, su enorme carajo está a escasos centímetros de mí.

Compare estás hecho un mulo y no lo digo por lo fuerte!

El comentario del gañan del mecánico quita sensualidad al momento y tanto Ramón como yo no podemos evitar  soltar una carcajada.

Pero si la  divertida salida de mi brutote favorito me ha sorprendido, lo que sucede a continuación no lo hace menos.

Con un desparpajo y naturalidad poco común, Iván alarga la mano hacia el miembro de Ramón y, cuando ya lo tiene entre sus dedos, le pregunta:

—¿Puedo?

—¿Porque no?, está usted en su casa —Dice Ramón con una de sus encantadoras sonrisas.

La forma que tiene el mecánico de coger el cipote de mi amigo Ramón, carece de sensualidad alguna. Más parece la curiosidad de un niño grande por probar algo nuevo. Con un gesto, Iván me pide que me acerque,  una vez lo hago, coge el enorme carajo y me lo introduce en la boca casi al completo.

Cuando quiero darme cuenta, la vigorosa verga se apodera por completo de mi cavidad bucal. Aunque estoy acostumbrado a engullir la enorme porra de Ramón, la brusquedad del mecánico hace que unas pequeñas lágrimas escapen de mis ojos. Una vez  recupero el resuello, dejo pasar en toda su enormidad el vigoroso miembro.

Mientras disfruto del sabor del nabo de mi amigo, levantó la mirada en busca del rostro de éste. La sorprendente imagen que me encuentro, me deja atónito. Ramón y el mecánico, como si fuesen dos colegas de toda la vida, se han echado mutuamente el brazo por los hombros y  miran sin perder detalle la mamada que estoy realizando.

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Lo que veo, me excita de sobremanera, sin meditarlo siquiera, alargo la mano hacia la dura polla del brutote y comparto mi boca entre los dos tiesos cipotes.

No sé qué tiempo me paso dividiendo mis atenciones entre los dos sabrosos miembros. Mi lengua se conoce cada resquicio de aquellas dos apetitosas pollas. Hay un momento hasta que tengo la osadía de intentar introducir en mi boca las dos a la vez. Cuando mis ardientes amantes sienten como sus vergas se rozan entre sí, no pueden reprimir un placentero quejido, los cuales  rebosan de sus gargantas casi al unísono.

Estoy chupando el delicioso glande de la polla de Ramón, mientras con la otra mano acaricio de arriba a abajo el miembro viril del Iván, cuando éste último hace algo que me descoloca por completo.

-♫♫Labios compartidos… labios divididos…♫♫

Me saco la porra de Ramón de la boca y lo miro con cara de circunstancia. Él se muerde el labio levemente y sonriendo le pega una  cariñosa colleja en la cabeza al cantarín del mecánico.

—¡Quillo, cállate! ¡Que con lo mal que cantas, me desconcentras al artista! — Esto último lo dice señalándome a mí.

—Perdona pare, pero ha sido verlo comerse las dos pollas a la vez y se me ha venio a la cabeza la canción esa de Maná.

Ramón y yo no podemos evitar soltar una pequeña carcajada ante el desparpajo del bueno de Iván.

—¡No reírse coño, que me acharáis! —Dice en tono burlesco para a continuación dirigirse a mí diciendo —. Y tú Marianito, no te desconcentres por favor, y sigue con lo que estabas haciendo. ¡Que lo estabas haciendo de lujo!

Aunque no hay autoritarismo ninguno en su voz, a mi cumplir su orden me parece de lo más apetecible y, sin dilación, envuelvo con mi boca el gordo y cabezón pene del mecánico. Es tanta la pasión que le pongo, que éste comienza  a suspirar de manera descompensada.

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Mientras comparto mi boca entre los dos cipotes que tengo ante mí, no puedo evitar acordarme del mecánico cantando y una divertida sensación me invade el pecho.

Prosigo mi placentera tarea,  primero una, después la otra, mientras chupo una, masturbo la otra. Hay un momento en que dejo las dos a la intemperie y las observo. Envueltas en la fina película dejada por mi saliva, las  dos vergas se ven relucientes. Si pudiera retener aquella imagen en mi retina por siempre, lo haría. Los dos vibrantes cipotes que acampan a pocos centímetros de mi cara,  han calmado mis deseos por separado,  tenerlas ambas a mi disposición a la vez, es como un maravilloso sueño.

Lo que más me gusta de practicar una buena mamada a mi amigo Ramón, es ver la cara que pone mientras lo hago. Por eso, sin dejar de succionar su esplendoroso carajo, levanto la mirada para deleitarme con sus expresiones. Lo que encuentro me deja sin palabras: Ramón e Iván están dándose un apasionado muerdo. Lo veo y no lo creo. La escena me agrada tanto que mi polla vibra desconsolada y siento como un fuerte calor invade mis posaderas.

Pero como no voy a ser yo quien detenga un momento tan hermoso, prosigo succionando las dos apetitosas pollas. El gozo que me proporciona meterme la polla de Ramón hasta la base no tiene comparación con nada que haya experimentado. Estoy tan entregado a chupar aquella carnal porra, que mi mano empieza a masturbar frenéticamente a Iván. Tanta pasión le pongo que de improviso empieza a moverse convulsivamente, terminando por regarme  con un rio de blanco esperma, que me recorre  la cara, los hombros y el pecho.

Consciente de que el brutote del mecánico ha alcanzado el éxtasis,  Ramón saca su verga de mi boca y empieza a masturbarse. Postrado de rodillas como estoy, el movimiento de su mano sobre su pene me excita a más no poder, tanto que término acompañándolo en su búsqueda del placer.

Poco después  la cabeza del carajo de Ramón expulsa inmensos borbotones de leche sobre mi cara y mi pecho, es sentir el calor del caliente líquido y mi pene termina estallando como un geiser.

No sé qué tiempo pasamos intentando que nuestros cuerpos se recuperen del placentero momento vivido, cuando lo hacemos volvemos a besarnos, mezclando nuestras tres lenguas en una desproporcionada danza.

Nos damos una ducha, pero no por eso nuestros cuerpos dejan de buscarse. Beso a Iván con la misma naturalidad y confianza con la que lo hago Ramón. Pero lo mejor es ver como ellos dos se besan y se abrazan, mientras yo acaricio al unísono sus cuellos y sus hombros.

Mientras nos secamos, los miro y pienso que no puedo ser más dichoso. Es como si el mejor de mis sueños se hubiera hecho realidad.

—Ha estado bien ¿no? —Digo lanzando una visual a ambos.

—¿Por qué utilizas un pasado? ¿No te pensaras que esto ha terminado? —Me contesta Ramón, con ese fino humor suyo.

—Yo un par de ellos más soy capaz de echar…. —A la vez que dice esto, Iván se toca soezmente el paquete.

Los miro con cara de perplejidad… No sé cómo acabara la tarde… Pero de momento no pienso decir que no a nada

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Continuará en: Mis amantes se hacen colegas

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