Hubo ratos buenos (Inédito)

 
 

Ni Manuel, ni Pepe, ni Rosa, ni María han aparecido.  Soy la única que ha venido a darte el último adiós. Una obligación católica que mis hermanos, a pesar de ser creyentes practicantes, no han encontrado el valor para enfrentarla.

No me extraña.  Supiste ganarte su desprecio a pulso y, lo peor, nunca rectificabas en tus malas decisiones. Siempre dabas por sentado que los demás tuvieran la imposición de perdonarte.

Yo, acostumbrada a poner la otra mejilla, no podía cargar con la culpa de  no haber venido a despedirte.  Me daba tanta pena que con una familia tan numerosa tuvieras que morir solo, que hasta fui a visitarte al hospital. No sé si te diste cuenta de mi presencia, estabas tan sedado que apenas podías parpadear.   

Dejarte morir solo como un perro, no hubiera sido de buena cristiana y los problemas de consciencia me hubieran perseguido hasta el fin de mis días.  Aunque una parte de mí, la que no me gusta ser, le hubiera encantado que en tus últimos tu única compañía hubiera sido la soledad. Una dolorosa, punzante y fría soledad. 

Mentiría si no  te dijera que los motivos  de mi presencia aquí  son bastante egoístas.  No quiero cargar con el remordimiento que supondría no haber venido a darte el último adiós. Sin embargo, por más que lo intento, por más que me repito que mi deber como hija es sentir dolor por tu perdida. El único sentimiento que alberga mi corazón por tu muerte, es el alivio.

Alivio de que ya nadie tendrá que soportar tus ataques de ira. La furia que te consumía cuando te tomabas tres copas de más y, después de la euforia de los primeros momentos, caías en la cuenta de que seguías siendo el mismo fracasado de siempre. Un perdedor que se cobraba su frustración con su familia.

Sé que mis palabras te sonaran un sin sentido, nunca fuiste capaz de reconocer el dañó que nos hacía y, lo que es peor, te veías legitimado para ello.

Pero la vida es un bumerang y aquello que haces con los demás, te viene de vuelta. Dicen que quien siembra vientos cosecha tempestades. Tú  has llenado nuestra existencia de tanto dolor y discordia, que ni en cien vidas que hubieras tenido habrías tenido tiempo para recolectar el daño que habías ocasionado a tus hijos y a tu mujer. Tu falta de empatía y tu incapacidad de saber pedir perdón a tiempo, nos convirtieron en unos desgraciados traumatizados.

Sé que siempre no fuiste  así. Que hubo momentos que era una persona cariñosa y que se preocupaba por los demás.  Mamá, en ese afán suyo de defenderte, nos contó que tus problemas con la bebida surgieron a consecuencia  de que la fábrica en la que habías trabajado durante tanto años cerrara.

De  creerte un triunfador por tener un buen sueldo con el que mantener a tu familia y darte de vez en cuando un capricho, pasaste a ser un fracasado. Tuviste que   tragarte tu orgullo y pasear tu curriculum por todas las empresas de la zona, como si, en vez de optar a un empleo, fueras mendigando una limosna.

Con casi cuarenta años, sin más preparación profesional que la obtenida  durante años de duro trabajo  en una cadena de montaje, las posibilidades de un empleo bien remunerado iban disminuyendo.  Pocas veces los responsables de recursos humanos se dignaban a recibirte y cuando lo hacían la respuesta siempre era la misma: «Ahora mismo no tenemos un puesto que se adapte a su perfil».

Sin embargo,  cinco niños pequeños en casa eran muchas bocas que alimentar y la necesidad de seguir llevando un salario a casa se había convertido en lo más acuciante.  Empujado por las duras circunstancias, te viste abocado a aceptar empleos peor pagados. Trabajos que te duraban un suspiro, pues habías aprendido a vivir con unos  derechos laborales y, por demasiadas  responsabilidades que tuvieras a tus espaldas, el orgullo que llenaba tu pecho era mucho mayor.

Unos meses más tarde,  se corrió la voz  de lo inconformista y  problemático que eras entre los dueños de las pequeñas empresas  de los alrededores, por lo que poco a poco las puertas se te fueron cerrando y las posibilidades de encontrar un empleo con el que cubrir las necesidades básicas de los tuyos, cada vez fueron más escasas.

Contigo en una situación de desempleo  que cada vez se volvía más interminable, mamá  se vio obligada a volver al mercado laboral. No si antes acordar contigo que deberías quedarte a cuidar de nosotros, pues la habían readmitido en su antiguo empleo de dependienta. El sueldo no era muy grande, pero junto con lo que tú cobrabas de la oficina de empleo,  no faltaba un plato de comida en la mesa.  

Aceptaste el trato a regañadientes, te habían educado para ser el hombre de la casa, el sustento de su familia.  Sin embargo, con un subsidio más parecido a una limosna que a un sueldo,   era la única opción que te quedaba. Te tragaste tu orgullo y asumiste tu nuevo rol como una circunstancia pasajera, mas no fue así.

La situación se fue alargando en el tiempo. Mamá no solo supo adaptarse de nuevo a trabajar en la calle, sino que sacaba fuerzas para atender los quehaceres de la casa que tú no eras capaz de asumir. Salvo cuidarnos, calentarnos la comida y cuatro cosas más, el peso de las labores del hogar seguían recayendo en ella.

Era muy pequeña por aquel entonces pero, por lo que me cuenta mis hermanos, el hecho de que tu mujer, a diferencia tuya,  supiera mantener un empleo, te hizo sentir más desgraciado. Eras tan infeliz en nuestra compañía que cogiste la costumbre de salir al bar cuando mamá llegaba del trabajo y regresabas bastante tarde, muy bebido. Tan ebrio que había muchos días que nuestros hermanos mayores eran los que se encargaban de darnos el desayuno y prepararnos para el colegio, porque no había fuerza en el mundo capaz de sacarte de la cama.

Lo único que soy capaz  a recordar  de la época previa a la separación, eran las enormes broncas que sucedían cada noche en casa. Lo demás, como si mi cerebro lo hubiera querido borrar, son lagunas en la memoria.  Siempre era lo mismo, mama llorando  y tú gritando como un condenado, culpándola de cosas que en aquel momento era incapaz de comprender y que, con el paso de los años, me parecen la mayor de las injusticias.

¿Cómo podías dudar de su amor y pensar que te era infiel? Mi madre estaba enamorada ciegamente de ti y besaba el suelo que pisabas. Si no te hubiera querido tanto, te hubiera dejado atrás a la primera de cambio, como el lastre que eras. Pero te aguanto lo indecible. Hasta que se quebró tanto por fuera  como por dentro.

Soportó los constantes insultos y , alguna que otra vez,  sobrellevó los golpes cuando tu furia rebosaba. No sé que fue peor, que no te dejara a la primera de cambio o que intentara disculparte diciendo que no sabías lo que hacías. Inconscientemente con su mala decisión, destrozó nuestra niñez.

 No sé si llegaste a comprender el daño psicológico que nos infligía, pues con suplicar perdón al otro día lo dabas todo por zanjado. Pese a que le perjurabas entre suplicas que  no volvería a suceder, nunca cumpliste tus promesas.

Cuando los morados no se podían disimular con maquillaje y la excusa de tropezar contra una puerta se hizo poco creíble. Los amigos del trabajo le ofrecieron su ayuda.  Pero ella negó la evidencia  una y otra vez. Argumentando que no había problemas, que todo iba bien contigo.  De hecho, nunca te denunció. Ni se planteó dejarte hasta que, como un adicto que cada vez necesita una dosis mayor,  comenzaste a dirigir tu ira contra nosotros.

Llegar a casa del trabajo, encontrarnos encerrados en la habitación porque  habías volcado tu frustración en forma de golpes contra los dos mayores, fueron el atenuante que la hizo despertarse de su tóxico enamoramiento hacia ti. Nos quería demasiado para arrastrarnos a el torbellino de sufrimiento y locura que se estaba convirtiendo su vida junto a ti.

Ni dos meses pasaron para que pidiera el divorcio y el juez te obligara a abandonar el hogar familiar. Algo que no resultó ser ni mucho menos la solución a nuestros problemas. Pues, en vez de retirarte de la contienda como un caballero, dejaste que el rencor terminara gobernando tu vida.

Como nunca te denunció por malos tratos, nuestra custodia fue compartida y, según estipuló el juez,  cada quince días pasábamos un fin de semana contigo.  

Aquellas cuarenta y ocho horas se nos hacían eternas a todos. A ti porque tenías que permanecer sobrio durante todo ese tiempo, si no quería que los servicios sociales te arrebataran lo único que te quedaba de la mejor época  de tu vida.A tus hijos porque no soportábamos tu presencia y, por más que mamá nos intentara convencer de que no eras tan malo, solo veíamos el monstruo que gritaba y golpeaba sin motivo alguno.

Como no trabajabas, al menos de forma legal, nunca nos pasaste una pensión alimenticia. Aun así, mi madre no dedicó ni un segundo a intentar ganar la batalla legal de que perdieras tu derecho a vernos.  A pesar de todo, seguía locamente enamorada de ti.

Fuimos alcanzando la mayoría de edad  y desapareciste de nuestras vidas, por lo menos de manera aparente. Pero estabas al acecho. Cuando todos abandonamos el nido, mamá creyó que era el momento de rehacer su vida junto a alguien que le había hecho olvidar todo el dolor que le causaste  y que la hacía enormemente dichosa.

Esa persona no era otro que Roberto, un compañero de trabajo que desde siempre había bebido los vientos por ella y que, cuando lo consideró oportuno, dio un paso al frente para declararle su amor.

Quizás porque la casa se le hacía muy grande y no sabía llevar bien la soledad, pero a pesar de sus principios morales y religiosos, no tardó en pedirle que se viniera a vivir con ella. No se casaron, vivieron sin la bendición de Dios, pero jamás he visto un pecado más inocente.

No sé cómo lo supiste, seguramente porque no dejaste de acosarla  desde entre las sombras. Un día al salir del trabajo, aprovechando que estaba solas la interceptaste para pedirle explicaciones. En mi pobre madre debieron revivir todos y cada uno de  los horrores que le hiciste vivir y en vez de enfrentarse a ti, salió huyendo. Con la mala fortuna que,  en el estado de pánico que se encontraba, cruzó la calzada sin mirar y un autobús la aplastó. Murió en el acto.

Como no había denuncias previas, no había una orden de alejamiento y te libraste del castigo de la ley de los hombres. Pero no del castigo divino.

Un par de años más tarde enfermaste con cáncer de páncreas y en unos meses nuestro Señor te llevó con él. Aunque no sé si habrá sitio en el cielo para ti. La gente que se dedica a sembrar la desdicha entre sus semejantes, tengo entendido que van a otro sitio bien distinto.

Delante de tu tumba. Hablándote como si estuvieras aquí. Intentó pensar en los momentos felices que viví junto a ti  y soy incapaz de encontrar alguno.

Durante un momento de tu vida fuiste un padre que te desviviste por tus hijos, un marido que quería mucho a su mujer. Sé que por ese motivo los días felices tuvieron que existir. Si hubo ratos buenos yo no los recuerdo, seguramente porque hayan quedado enterrado por los que te comportaste como un monstruo. En el que te convertiste por no ser capaz de gestionar tu frustración, culpando de tus fracasos y de tus inseguridades a los que  te rodeaban.

Hubo ratos buenos, pero me da la sensación que ninguno de tus hijos los recuerdan.  

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