Con el culo destrozado, pero feliz (2 de 2) Inédito

—¿De qué manga hablas? Por si no te has dado cuenta estoy en pelota picada —Dijo poniendo cara de bobo.  Colocó las palmas de las manos mirando hacia arriba y se encogió de hombros.

No tuve más remedio que reírme ante su payasada. El tío era un fresco de cuidado, pero era muy salao.  Tenía tanto arte que más que de Murcia, parecía de Caí. Era tanta la atracción que ejercía sobre mí que cada vez  más la idea de dejarme penetrar no me parecía tan descabellada.

Seguía cabreado, aunque cada vez le veía menos explicación a mi enfado. Intenté serenarme. Analizar la situación fríamente, más  era algo imposible. El hombre que tenía delante de mí estaba bueno para reventar y su sola presencia me excitaba a más no poder. Sin embargo, no podía dejar de pensar que todo formaba parte de su treta seductora para romperme el culo.

Me había prometido no dejarme manipular nunca más. Mas la realidad dejaba en evidencia mi  enorme debilidad. Cuando había una atracción tan brutal como la que sentía por Álvaro, mis defensas bajaban y terminaba convirtiéndome en arcilla en  las manos de mis amantes.

—No te hagas el tonto, no tiene ni puta gracia—Dije con cierta tosquedad —. Habíamos hablado que si te acompañaba a tu casa, no tendría que hacer de pasivo. Me lo prometiste…

—¿Y para qué están las promesas?

Le interrogué con un gesto en plan  Dequécoñomestabablando  y me respondió de inmediato con cierta chulería:

—Para romperlas, para qué si no. Nada más que te tienes que fijar en los putos políticos, dicen una cosa en campaña electoral y cuando gobiernan hacen otra.

Su chulería me indignó y estuve a punto de soltarle una fresca. Sin embargo,  lo miré de arriba abajo y no me pude resistir a sus encantos. Me gustaba de él, como dicen del cerdo, hasta los andares.

Respiré profundamente, reflexioné mi respuesta y comencé a hablar muy pausado.

—Entonces no vamos a hacer  más nada. Pues tenía pensado pedirte que me prometieras que si me veías que me hacías daño, lo dejáramos. Pero como rompes las promesas igual de fácilmente que tu polla parte los culos, no hay trato. Me vestiré y me largaré del mismo modo que he venido. No hay más que hablar.

Puso cara de que le había metido un gol por toda la escuadra. Frunció el ceño y, haciendo gala de su capacidad de enredarme con su salameria, se dirigió a mí en un tono muy meloso:

—Bueno, las promesas se rompen porque no implican nada, pero los juramentos son algo más serio. A pesar de que no sea demasiado devoto, se puede decir que llevo la religión en el ADN. Mi pueblo tiene una fuerte tradición cristiana, de hecho está catalogada como ciudad santa, por lo que, desde muy pequeño,  los juramentos son algo que me creo a píe juntillas.

»Si te juro por mi madre, que es la persona que más quiero en este mundo, que paramos si te duele mucho… Porque, tenlo por seguro, te va a doler… ¿Me dejaras probar ese culito tuyo?

Hacía ya un rato que el deseo era una bomba a punto de estallar y mi polla no se bajaba ni a la de tres. Desde que estuve con Armando solo me había dejado penetrar por Romualdo, el capataz de la finca de mi tío, pero su rabo no ni tan grande ni tan gordo como el del murciano. Pese al pánico que me reconcomía por dentro, tenía que reconocer que  era algo que me gustaba y estaba loco por repetir.

Aunque la  monstruosa herramienta de aquel tío no era la más apropiada para reiniciarse en el artedeponerelculo. No obstante si la había podido entrar a Manuel, ¿por qué no me podía pasar a mí lo mismo?

Sugestionado por su desbordante sensualidad, en mi cabeza había accedido a dejarme encular. Algo de lo que, de momento no iba a hacer partícipe  a Álvaro. Iba a seguir dejándome querer y se lo tendría que seguir currando un poco.  Los premios cuanto más trabajo cuesta conseguirlos, más los disfruta uno.

—¿Hay trato o no hay trato, acho? — Preguntó,  completamente convencido de que yo no me podía negar ante su tremendo atractivo.

Guardé silencio, me tocaba los cojones su prepotencia. El militar estaba que se salía de bueno. No obstante, me parecía un alarde de vanidad de manual   que diera por sentado que los demás le íbamos a poner el culo a la primera de cambio, así sin más. Sobre todo cuando, en este caso, el “demás” era yo.

Sin recato de ningún tipo se pasó la palma de la mano por los huevos y se frotó el paquete con total descaro. Aquello me puso cachondo del todo y, por más que quise disimular, no pude.

El tío era consciente de su potencia sexual y no perdía un segundo para presumir del buen cipote que se gastaba.

—Si no te dejas de chuminas, nos van a dar las uvas y se me va a pasar la calentura— Me dijo con cierta sorna—. Una vez se me baje el venoso, va a ser muy difícil que se me levante otra vez.

—No creo, tú naciste caliente—Le respondí siguiéndole la broma.

—Eso no te lo voy a discutir…  Entonces, ¿me vas a dejar probar ese culito que tienes ahí o no?

—¿Me juras que si te digo que pares porque no aguanto el dolor, lo vas a hacer?

—Te lo juro por la maere que me parió.

No sé por qué, pero tenía la certeza de que iba a cumplir su palabra.  El tío era un jeta de marca mayor, un engreído de manual, pero no era para nada  mala persona. Pese a esa prepotencia que te perdonaba la vida con cada frase que decía, era legal y, por encima de todo, me parecía muy honesto.

Desde lo del padre de mi amigo, había huido mucho de los enamoramientos. Siempre había follado y guardado la ropa. Me comportaba del mismo modo,  tanto si el tío me gustaba mucho, como si era un puro desahogo. Sin embargo, a Álvaro me era imposible verlo como alguien con quien solo echaría un polvo.

—Vale, entonces… —Dije no muy convencido.

—Tenemos que poner una palabra clave para parar…

—¿Una palabra clave…? Pisha, ni que fuera un video juego.

—Sí, para que cuando tú la digas, yo deje de metértela.

—Te vale, sacalaquemedueleunhuevo.

Sonrió picaronamente, mientras me guiñaba un ojo. Sin darme tiempo a reaccionar, tiro de mi brazo y me besó. Sentir su lengua jugueteando con la mía hizo que me derritiera como los copos de nieve en el infierno.

Mientras dejaba que moldeara mis emociones con sus caricias y sus besos, me juré no volver a leer a Mario Benedetti. Me estaba volviendo un  cursi  de cuidado  a la hora de follar.

Como una cabra que siempre termina tirando pal monte, al  tiempo que nuestros labios se fundían en uno solo, sus dedos  volvieron a buscar  mi ojete.

En esta ocasión, no reaccioné y lo dejé hacer. Pese a que seguía siendo de la firme opinión que el mastodonte sexual que vivía entre sus piernas no cabía en mi culo, la leve posibilidad de que esto llegara a ocurrir conseguía excitarme.  

Apartó sus labios de mí y, con cierto cachondeo, me dijo señalando con la mirada su entrepierna:

—Hay alguien hay abajo que quiere contarte algo. Así que agáchate y escúchala. Te vas a tener que acercar mucho, porque además de que está medio sorda, habla muy bajito.

—Nunca me habían pedido nadie que le comiera la polla de una forma tan original —Le dije con una amplia sonrisa—, así que está claro que no me  puedo negar. Lo mismo, te la mamo tan bien que  hasta consigo que te corras sin  necesidad de que me la tengas que meter.

—¡Sigue soñando, pero mientras tanto  ve chupando!

Sin esperar a que terminara de hablar y haciéndole ver que no me importaba nada su chulería, me postré de rodillas en el suelo. Agarré su enorme rabo con una mano y lo mantuve durante unos segundos frente a mi rostro.

Me pareció tan enorme que por unos momentos me sentí como un explorador, de una de esas películas de sobremesa, atrapando  a una boa constrictor con la mano. La diferencia estribaba en que yo no me disponía  a luchar por mi vida con aquella serpiente de sangre caliente.

Su gordo capullo estaba cubierto por unas gotas de líquido preseminal,  que hacían resaltar aún más la oscuridad del pellejo que lo recubría. La venas del erecto tallo parecían palpitar a mi contacto. Observe sus grandes pelotas. Estaban rasuradas, con un vello corto negro que les confería un morboso atractivo.

La morbosa sensación de notar como sus venas se endurecían bajo la yema de mis dedos, propició que me pusiera cachondo a más no poder.

Me puse a masajearla suavemente. Lo noté suspirar placenteramente, hasta que su respiración se convirtió en prolongados gemidos. Sin más preámbulos, me la metí en la boca.

Abrí la boca todo lo que pude. Lo último que necesitaba era arañarle la churra con los dientes como un puto novato. Como no me  la podría tragar entera, me comporté como un campeón y la engullí  hasta que su capullo terminó tropezando con mi campanilla.

En el momento que Álvaro notó que me atoré un poco, en vez de apaciguar el ritmo de sus caderas, empujó hasta que  su polla traspasó la frontera de mi úvula.

Por mucho que se le llenara la boca diciendo que le gustaba darle placer a sus amantes, no podía evitar flirtear con el sexo duro cada vez que tenía una oportunidad.

Durante unos segundos me invadió  una inconmensurable sensación de nauseas. No sé por qué, pero las reprimí. Tuve la sensación que si me rendía, no sería para Álvaro más que otro niñito insulso con muchas ganas de una polla descomunal como la suya,  pero sin los huevos para soportarla.

Con cierto esfuerzo y cierta concentración, dejé que aquel mastodonte de carne y sangre se acomodará hasta el fondo de mi boca. No tenía ni puta idea, pero estaba realizando mi primera garganta profunda. Lo mejor era que no me estaba esforzando excesivamente y estaba fluyendo de la forma más natural.

Unos jadeos ininteligibles por parte del militar fueron la señal inequívoca que mi autoestima necesitaba. Si no se esforzaba porque me enterara que quería decir, era porque se lo estaba pasando del carajo.

Una mezcla de locura y placer se apoderó de mis sentidos.  No sé por qué me sentía dueño de la situación, cuando en realidad estaba sometiéndome a los caprichos de aquel semental. En lugar de aflojar la potencia con la que estaba realizando la mamada, incremente la velocidad con la que mi cabeza se movía devorando aquel erecto dolmen.

—¡Para, acho, para! —Me dijo con un tono suplicante, mientras atrapaba  mi nuca entre sus manos.

Me metió las manos bajo las axilas y tiró de mí hacia arriba. Cuando me tuvo frente a sí, me miró. En sus ojos había un brillo mezcla de pasión y de ternura que consiguió que me derritiera como un polo al sol. Percibí como el agujero de mi ano palpitaba tímidamente. Por primera vez, el deseo de ser penetrado por aquel ejemplar de macho empotrador se había convertido en una necesidad de lo más acuciante.

Sin darme tiempo a reaccionar aproximó sus labios a los míos y me besó apasionadamente. Sus manos resbalaron por mi espalda hasta mis glúteos, cuando  llegó a ellos, uno de sus dedos buscó mi ojete y acarició suavemente su contorno.

Como vio que estaba seco, se lo llevó a la boca y le echó una abundante cantidad de saliva. A continuación se puso a hacer círculos de un modo que me resultó de lo más morboso.

Nunca en la vida me habían tocado de aquella manera y, ni que decir tiene, lo estaba flipando en colores. Si era capaz de proporcionarme tanto gusto simplemente con un dedo, no quería pensar de lo que sería capaz de hacer con el pedazo de bestia  que tenía entre medio de las piernas.

Apartó, poco a poco, su boca de la mía. Con cierto aire marcial se dirigió hacia el armario que estaba a su espalda. Abrió un cajón y sacó un pequeño neceser de él.

Durante unos instantes me sentí como la mosca atrapada en la tela aguardando que la araña se dispusiera a acabar con su vida. No sabía que había en aquella bolsa, pero sospechaba que era su megamaster  especial de partir culos.

De forma ceremoniosa me mostró lo que había en el interior. Un tarro de  crema. Era redondo, de color blanco y de tamaño mediano.  Su color, presentación y forma me recordó a la que se usa para las manos.

—Este lubricante es el que se usa para el fisting. Creo que con una buena cantidad,  te entrara sin problema. Pero si te duele muncho, puedes darle una esnifada a esto— Me dijo cogiendo un pequeño botecito entre sus dedos.

—¿Qué es?

—Popper, sirve para dilatar los vasos sanguíneos. Si no te la puedo meter con eso… No lo voy a poder hacer con nada.

Tuve que poner cara de “alucinavecina”, pues no me esperaba aquello por parte de Álvaro. Sabía que la basca se metía aquello a la hora de mojar, pero a mí no me molaba  lo más mínimo. Al contrario me daba un poco de miedo perder los papeles.

Desde muy pequeño me había inculcado el miedo a las drogas y demás vicios.  Mi familia  lo había pasado muy chungo por culpa  de ella, Rafael, el hermano de mi madre se enganchó al caballo en su juventud. Comenzó a vender para sacar para su consumo y acabó en la cárcel, donde lo mataron.

Como lo que me estaba proponiendo que esnifara lo había descartado  desde el segundo cero. Era obvio que si la crema no era suficiente para lubricar el terreno, su cipote no visitaría los interiores de mi culo.  No obstante, intenté no ser grosero y no le dije por dónde se podía meter el puto Popper.

Me pidió con un gesto que me subiera a la cama.

—Ponte de rodillas, acho. Te  quiero comer ese culete tan rico que tienes.

Vislumbrar la idea de tener su lengua en mi ojete,  hizo cimbrear a mi polla. Romualdo, el capataz de la finca de mi tío me lo había comido un par de veces antes de follarme y lo había disfrutado como un enano. Pero tenía que reconocer que, aunque el hombre estaba bueno y era una gozada montárselo con él, no me excitaba ni la mitad de lo que lo hacía Álvaro.

Me postré sobre la cama de forma ceremoniosa. Me sentía como un cochino al que llevaban al matadero.  Una parte de mí imploraba que no diera aquel fatídico paso, que no merecía la pena pasar tanto dolor. Sin embargo, la enorme calentura que me embargaba, terminó ahogando mis suplicas.  

El militar se arrodilló tras de mí y apoyó las palmas de las manos sobre mis glúteos. Durante unos segundos, escuché como, preso de la excitación, musitaba algo ininteligible. Nervioso como estaba, ni siquiera calmé mi curiosidad pidiéndole que me repitiera lo que sospechaba era un piropo.

 Estaba tan ansioso por sentir su boca en mi ano que preferí dejar mi vanidad desnuda de halagos. En mi mente cada vez se vislumbraba más la idea de que me hiciera suyo y nuestros cuerpos terminaran uniéndose en el acto de la penetración.

Aproximó su nariz a mi ano y aspiró profundamente. Con una voz apagada y ronca dijo algo que yo interpreté como que olía muy bien, aunque no me entere de una mierda.

 A continuación, como si formara parte de un protocolo ampliamente ensayado,  separó los cachetes de mi trasero hasta que localizó mi ojete. Sin dilación,  su lengua se abrió pasó hacía él y lo lamió de forma compulsiva.

Fue tanto el gusto que me proporcionó, que estuve tentado de  ponerme a gritar como un poseso.  Sin embargo, acostumbrado a mantener contenidas  mis emociones,   me limite a gemir muy bajo. Pese a que no di rienda a mis instintos, disfruté como un enano de aquel beso negro.

Cada vez la idea de tener su pollón atravesando mis entrañas era algo más tangible.

El modo en que su lengua se trabajaba mi orificio anal, no tenía nada que ver con lo que había sentido  anteriormente. Era obvio que al  militar  le  había brindado la vida más oportunidades que a Romualdo de un comerse un culo  y la experiencia siempre es un grado.

En el momento que consideró que estaba preparado para algo más, me untó un poco de la crema del bote.  La extendió por todo el círculo. Pese a que estaba a temperatura ambiente, sentí como un breve escalofrío me recorría la espalda.

Sin dilación, empujó un dedo fuertemente y lo hizo resbalar al interior.  Estaba tan excitado que la sensación de dolor fue ensombrecida por un desorbitante placer. La polla se me puso tan tiesa que se me pegó  fuertemente a la parte baja de la barriga.

Durante unos segundos me dejé llevar hacía el lugar que me daba recelos de ir, me relajé y me entregué por entero a la lujuria. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con lo que me hacían y, por primera vez en mucho tiempo, confiaba ciegamente en el tío que me estaba regalando tanto placer.

No sé por qué, pero esperaba un comentario soez por su parte. Sin embargo,  no lo hubo. Pensé que fue porque  le había dejado tan claro que no me ponían nada el trato vejatorio que le dio a Manuel,  que se abstuvo de hacerlo.  Si era así, un punto a su favor.

Tras comprobar que un dedo entraba sin dificultad alguna, pasó a meter dos. Hacía tiempo que no penetraban, por lo que noté una breve punzada de dolor. No me quejé y lo soporté como si fuera una especie de gravamen que tuviera que pagar para poder disfrutar al cien por cien. Estaba loco por tener el enorme cipote de Álvaro perforando mis entrañas.

No pasó demasiado tiempo para que su  buen  saber hacer consiguiera que  el placer fuera  mi única sensación predominante. Nunca me habían tocado de aquel modo y tenía los sentidos a flor de piel.

Sus dedos avanzaban despacio en el interior de mis esfínteres, sin prisas, tomándose su tiempo. Poco a poco, del modo más natural, mi recto se fue dilatando.  Yo cada vez estaba más cachondo y las ganas porque me follara se hacían cada vez más acuciantes.

En el momento que se detuvo para ponerse un condón, el deseo de sentir su virilidad atravesando mis entrañas era el único pensamiento que era capaz de albergar en mi cerebro.

Presentía que me iba a reventar por dentro, que los siguientes días lamentaría mi decisión. Lo único que quería era que Álvaro me hiciera suyo. Si soportar su polla dentro era en mayor o menor medida un suplicio, me traía sin cuidado. Las oportunidades solo se presentan una vez en la vida y no podía andarme con gilipolleces.

Prefería soportar lo que se me antojaba como un dolor llevadero  a lamentarme de no haber aprovechado todo lo que debía al ejemplar de macho empotrador que jugueteaba con mi ojete.

Se posicionó detrás de mí y colocó su verga en la entrada de mi ano.

Salvo por la excitación que cabalgaba por mi cuerpo como si fuera un potro desbocado, me sentía como cuando de pequeño mi madre me llevaba al centro de salud a que me sacaran sangre para una analítica. Esperando que el pinchazo no me doliera demasiado y que el mal rato pasara cuanto antes mejor.

Acho, no te voy a untar más crema porque está  ya bastante pegaloso.  Si vemos que no te entra, me pondré un poco sobre el preservativo y lo volvemos a intentar.  

—Ok —La brevedad de mi respuesta lo único que intentaba era ocultar lo  nervioso y aterrado que estaba.

—Empujó yo primero, cuando entré un poquito. Tú te la vas metiendo, poco a poco.

Tantos  miramientos y delicadeza por su parte me tenía descolocado. ¿Quién era aquel tío y que había hecho con el pedazo de cabrón que le gritaba obscenidades a mi amigo de Jerez? ¿Estaba actuando entonces o lo hacía en aquel momento? Otra paja mental mía que se quedaría sin una puta respuesta.

Estaba desentrenado y al principio costó un poco. Casi tanto como cuando Armando me lo hizo por primera vez. No en vano estaba tan nervioso como aquel día y el pánico a  no estar a la altura de las circunstancias era el mismo.

 No obstante, el tercer intento consiguió encasquetarme la cabeza. Era muy ancha y mi ojete parecía no poder expandirse lo suficiente para dejarla pasar.  Por segundos, creí que me partiría por dentro y estuve tentado de  esnifar un poco de Popper.

No hizo falta. Roto el anillo de la entrada fue resbalando  a mi interior paulatinamente.  Tuve la impresión  de que un  cuchillo ardiendo atravesara mis entrañas. Una sensación que no era desconocida por mí y que siempre había sido la antesala de los mejores placeres que había llegado a sentir.  Una sensación única y que  me era imposible de describir con palabras.

Tal como me indicó, empujé mi cuerpo hacia atrás y fui marcando la intensidad con la me la iba clavando. Poco a poco, aquella daga de músculos y sangre se fue abriendo camino entre mis esfínteres.   El dolor se me hacía paulatinamente más insoportable y, como un velocista que corre los últimos metros de una maratón, me aferré a la idea que llegar a la meta era lo único que importaba.  

Apreté los dientes y noté como unas involuntarias lágrimas resbalaban por mi cara. Estuve tentado de pedirle que me la sacara, pero  lo último que deseaba era que Álvaro se pudiera llevar de mí el concepto de que era una nenaza.

Luego estaba que, bajo ningún concepto,  estaba dispuesto a prescindir del placer que aquel rabo enorme y duro me iba a proporcionar si sabía capear los primeros momentos. No obstante, por el estado de nervios en el que estaba sumido no lo estaba consiguiendo del todo. 

Até los machos todo lo que pude.

—¡Relájate, acho! Si sigues en tensión, te voy a terminar haciendo   daño de verdad.

El murciano no tenía un pelo de tonto y había notado lo que me pasaba. Estaba muy cachondo y tenía muchas ganas de que me empotrara, pero la lucecita del  pánico seguía encendida en mi cabeza.

Pese a que cualquier parecido del comportamiento del  hombre que estaba follando conmigo con el chulo revientaculos que había visto en los matorrales de Punta Candor, era pura coincidencia.  No se me terminaba de borrar la imagen de que era un salvaje me iba a destrozar por dentro y así era imposible conseguir calmarme.

Dejé mi mente en blanco. Inspiré profundo por la nariz y cuando noté que tenía los pulmones llenos, fui echando el aire por la boca, poco a poco.

Tuve la impresión de que mis esfínteres se iban amoldando al grosor del vigoroso dolmen que lo estaba invadiendo y, como si fuera plastilina, se amoldaba para dejar que se acomodara en su interior.

El dolor se fue apaciguando y un cumulo de sensaciones gratificantes me fue invadiendo. El pánico me abandonó y los primeros gemidos de placer escaparon de mi boca. ¡Cuánto me gustaba como me estaba follando!

Álvaro, consecuente con el cambio ocurrido, dejó de ser comedido y comenzó a mover las caderas compulsivamente.  A pesar de la fuerza con la que arremetía contra mí, el placer no disminuyó  en lo más mínimo. Al contrario, cuanto mayor era la potencia que inculcaba, más gratificante era para mí.   

Notar su respiración acelerada, el calor de su cuerpo, su verga hinchada taladrando mis entrañas… Me tenía con los sentidos a flor de piel. Estaba disfrutando como un enano del momento y no quería que aquel viaje hacia el orgasmo acabara nunca.

—¿Te gusta cómo te hago el amor, cariño? —Me dijo entre jadeos, mientras se abrazaba a mi desde atrás y me besaba  compulsivamente el cuello.

Su comportamiento de amante solicito me tenía completamente embelesado y, aunque la pasión no disminuía lo más mínimo, el afecto comenzó a tener un protagonismo importante en aquel acto.

—Sí, mucho —Mi voz sonó ronca y apagada.

No sé cuánto tiempo estuvo entrando y saliendo de mí. Lo único que sabía es que con cada estocada me sentía más unido a aquel hombre.  Su forma de tocarme me hacía estremecerme. A pesar de la lujuria que nos consumía, la ternura florecía en cada uno de sus gestos.

Nunca nadie antes  me había tratado de aquel modo y   me había hecho sentir de aquella manera.

—¡Me voy a correr ya mismo! Te voy a masturbar, quiero que lo hagamos los dos a la misma vez.

No hizo falta que me tocara demasiado. Eyaculé rápidamente. Por la forma de moverse, su respiración acelerada y los quejidos que salían de su boca, supe que él también había terminado alcanzado  la cima del orgasmo.

Saco la churra de mi ano y se abrazó fuertemente a mí. Su silencio era tan gratificante que no quise romper la magia de aquel decirnos sin palabras. Tenía muy poco rodaje en experiencias románticas, pero supuse que estar enamorado de alguien debía ser algo parecido a aquello.

Unos minutos más tarde se apartó de mí, me hizo un gesto que me dio a entender que volvía rápido  y vi cómo entraba en el baño.

Por primera vez en la noche fui consciente de que, a pesar de las circunstancias, aquel tío me atraía hasta el punto de sentirlo como algo mío. No sabía nada de él. Sin embargo, a pesar de ser un completo desconocido para mí, tenía la sensación de que había formado parte de mi vida durante mucho tiempo.

Cuando volvió, me besó apasionadamente y me dijo que hacía mucho tiempo que no estaba así de bien con un tío. Estuve tentado de ser sincero y responderle que a mí me pasaba lo mismo. Más mi silencio, no pudo ocultar la alegría que reinaba en mi mirada.

Acho, voy a estar un tiempo por aquí. Me han destinado a la base militar de Rota, como un mínimo un año. Si quieres nos podemos ver, aunque sea para tomar una cerveza. Me caes bien.

En aquel momento quien buscó sus labios fui yo. Nos abrazamos como si nos quisiéramos fundir en un mismo cuerpo.

Le di mi teléfono, el me dio el suyo y quedamos en llamarnos a la siguiente semana. No lo sabía, pero aquel día estaba dando un paso enorme tanto en mi estabilidad emocional, como en mi aceptación particular como persona.

Aquel tipo que en principio  me pareció un chulo prepotente, se convertiría en alguien muy importante en mi vida. No sé si Cupido se paseaba por los bosques de Punta Candor o no, lo que sí averigüé es que tanto él como yo, caímos bajo el influjo del amor en los alrededores de aquella playa.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.