El buen empotrador empotrado quien lo desempotrará (2 de 2) Inédito

Entre que el tío se me hacía irresistible y que era un manipulador nato capaz de someterme por completo a su voluntad, la palabra no parecía haber desaparecido de mi vocabulario.

Pese a que su promesa de ser la parte pasiva de nuestro futuro momento sexual pudiera  hacer pensar que se estaba plegando a mis deseos, nada más lejos de la realidad. Me tenía completamente ensimismado y mi capacidad de decidir era arcilla en sus manos que el moldeaba al ritmo de sus palabras.

El tío tenía un piquito de oro y  no me quedó otra que preguntarle donde vivía, que lo seguiría en mi coche.

—En la Avenida la Pólvora.

Como puse cara de no saber exactamente porque zona del pueblo estaba aquella calle, me miró y me dijo:

—¡Tú, sígueme!

—Bueno antes tengo que llamar a casa.

Me miró extrañado y antes de que pudiera pedirme alguna explicación, se las dí.  

—Mañana curro y si no estoy allí a buena hora me empiezan a dar el coñazo en el móvil . ¿Shurra, no querrás que nos corten en los momentos más interesantes de la noche? ¡Tú no sabes lo pesada que es mi madre!

Hizo un mohín de condescendía y me animó con una sonrisa  a que llamara, a la vez que  me hacía gestos con la mano para que me diera prisa.

—¿Mamá? …. Llegaré un poco más tarde, no te vayas a asustar. Se me olvido decirte que hoy es el cumpleaños de un amigo de Rota y ha montado una fiesta… No, no llegaré a las tantonas…Sí, que sabes que mañana me levanto a buena hora…Un beso y no te quedes viendo la tele hasta tarde con la excusa de que me estás esperando que el Teletienda es muy aburrido y engancha.

Colgué el teléfono y le hice una señal con la cabeza para que saliéramos de allí. No veía las ganas de llegar a su casa y tenerlo solo para mí. Desde lo de Armando no había estado con un tío en una casa. Había echado muchos polvos, pero todos al aire libre y con la intranquilidad de que en cualquier momento te pudieran pillar o cortarte el rollo. Por primera vez en mucho tiempo iba a relajarme teniendo sexo y con un chulazo que estaba para hacerle la ola.

En el momento que me dio la espalda  no pude vencer la tentación de fijarme detenidamente en su potente trasero. Bajos los vaqueros se le marcaba un culo redondo, prieto y un poco respingón.  De solo imaginar que en breve hundiría mi churra entre su raja, se me aceleró el pulso  y  me relamí de puro deseo.

Mientras conducíamos en dirección a su casa. Intenté analizar la locura que estaba haciendo. Me estaba yendo con un tipo al que no conocía de nada. Un individuo que la primera impresión que había tenido de él era que era un grosero prepotente. Un cabrón  como la copa de un pino que creía que por estar bueno y tener una polla como una olla, todo el mundo debía bailar al son que a él le saliera de los huevos.

Lo peor era que  yo estaba haciendo lo que había criticado de Manuel, el jerezano. Al igual que él, había cedido sin poner ninguna pega a todos sus caprichos. Me estaba dejando llevar como los ratones de Hamelín, sin pensar en las consecuencias.  Álvaro tenía un buen pedazo de flauta, a la que no me podía resistir. 

Dejé que la ingenuidad adolescente, unas hormonas revueltas  y la calentura, sobre todo esta última, guiaran mis pasos. Álvaro  me había puesto palote nada más verlo y sabía que si no me lo montaba con él, me iba a terminar arrepintiendo por el resto de mis días. Hay trenes que solo pasan una vez en la vida.

En unos pocos minutos llegamos a la zona en la que se alojaba, me extrañó bastante porque no era por donde se quedaban los turistas. Pero estaba tan ansioso por estar a solas con él,   que no le presté demasiada importancia al tema.  

Aparcamos y dejé que me dirigiera hacia su vivienda. Cien mil hormigas recorrían mi cuerpo. Por primera vez desde que había tomado la decisión de follar con aquel tío, comencé a tener dudas sobre si sabría estar a la altura o no. La gran mayoría de mis experiencias habían sido polvos de corto recorrido y  tenía cristalino que aquel maromo no se iba a conformar con cualquier cosa.

Me chocó un poco que se estuviera quedando en una casita con terraza y jardín exterior. Aquello era más propio de la gente que tenían una segunda residencia en el pueblo. No obstante,  como estaba como mis preocupaciones más apremiantes eran otras, no llegué a ninguna conclusión.

Me invitó a entrar y nada más cerró la puerta se abalanzó sobre mí para darme un beso en los morros que consiguió ponerme los nervios a flor de piel.

Al posarse su boca sobre la mía, sentí una furia contenida. Era como sí no quisiera dar un mal paso que estropeara lo que estaba sucediendo y prefiriera que fuera yo quien lo condujera.

No sé si estaba pecando de ingenuo, pero tuve la sensación de que le importaba lo que estábamos compartiendo tanto como a mí.

Abrí la boca un poco, para que su lengua chocara con la mía. Un impactante  sabor invadió mi paladar, su aliento era una mezcla entre ácido y fresco de lo más agradable.

Como si no hubiera hecho otra cosa en la vida, nuestros labios se sellaron como si quisiéramos devorarnos mutuamente de un modo tan tierno, como pasional.

Un intenso minuto después se apartó de mí y con una de sus manos en mi cuello, me miró durante unos segundos, se relamió el labio superior, empujó suavemente mi nuca y me volvió a morrear. Esta vez, la ternura se quedó fuera y la protagonista fue una pasión desmedida.

Sus manos fueron abandonando mi cabeza y comenzaron a resbalar por mi espalda. Si hasta el momento se había comportado con cierta ternura, noté la fuerza que con me acariciaba era bastante mayo. Preso de una pasión que me desbordaba, lo imité y apreté entre mis dedos sus brazos. Estaban duros como una roca y sentir su vigor bajo la yema de mis dedos, mi lujuria prendió como hacía tiempo que no lo hacía.

Víctima del desenfreno llevé mis manos a su paquete. No estaba empalmado del todo y  me sobraba más de la mitad sobre el torso de mi mano. Sin temor a equivocarme, era la polla más enorme que había tocado.

—Sácala si quieres y juega con ella —Dijo Álvaro  apartando levemente sus labios de los míos. A pesar de la ternura que nos envolvía, su voz estaba impregnada de su característica chulería.

Me apretaba tan fuerte entre sus brazos que apenas podía moverme. Aun así, no me lo pensé un segundo, desabroché  la hebilla de su cinturón, desabotoné cada uno de los botones de su bragueta y bajé impetuosamente los bóxer.

No podía abarcar con la palma de mi mano el enorme ciruelo de Álvaro y eso que, como era evidente por su escasa dureza, todavía no estaba empalmado del todo.

Me encontraba como hipnotizado por el enorme rabo que estaba pajeando, no era mucho de ponerme a medir las pollas de los tíos con los que me iba a la cama, pero era mucho más grande y gorda  que la de Armando, la del padre de mi amigo Ezequiel.

Por lo que podía recordar,  la del madurito apenas me cabía en la boca de lo ancha que era. Tenía que abrir la boca al máximo para dejarla pasar.

Fue un verdadero suplicio cuando me desvirgó. Sin embargo, a pesar de los pesares, mereció la pena descubrir aquella parte de mi sexualidad. Aunque, a toro pasado,  no fuera con la persona idónea.

Mientras dejaba mi mente divagar, las manos de mi robusto nuevo amante se habían metido por debajo de mi camiseta y jugueteaban con mis tetillas. Fue simplemente notar las yemas de sus dedos sobre mi piel y mi polla parecía implorar  para que la sacaran fuera. Debía ser un virus contagioso que había en el ambiente, pues noté como su chura se iba poniendo dura como el acero.

Poco a poco vi cómo  el descomunal cipote iba aumentando de tamaño hasta alcanzar todo su esplendor. Si no lo hubiera visto meterse en el ojete del jerezano, habría supuesto que con aquel pedazo de rabo se pudiera practicar el sexo anal. Pero como siempre mi imaginación era poco creativa.

Me cogió por la barbilla con una dulzura que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda hasta hacerme estremecer y, acercando su boca a mi oído, me susurró:

—¿Te gustaría darle un besito antes de follarme?

Apabullado por las emociones me limité a asentir.

—Pues es toda tuya, acho. Haz con ella lo que te apetezca.

Aquella seductora invitación propició que nos dejáramos de besar. Me miré unos segundos en sus hermosos ojos y posé mis labios en su cuello. Dejé resbalar mi cara por su pecho, al mismo tiempo que me agachaba ante él.  El fuerte aroma,  mezcla entre perfume caro y sudor reciente,  consiguió hacer arder más aún mi sangre.

Paseé mi boca por su abdomen y le propiné unos pequeños mordisquitos que obtuvieron unos quejidos secos por su parte. Una vez tuve su enorme y erecto pollón frente a mi cara. Lo observé detenidamente, como si quisiera adsorber su imagen en mi retina para siempre.

De cerca se veía aún más hermosa y enorme. No solo era grande, sino que su diámetro estaba bastante por encima de la media. Aunque lo que más me excitaba, más allá de su tamaño era su cabeza rojiza y la ancha vena que recorría todo su tronco.

Saqué la lengua y rocé  tímidamente el capullo con ella. La combinación de sudor con su aroma corporal le daba un sabor de lo más agradable. Sin pensármelo lo más mínimo, dejé que mis instintos gobernaran mis actos. Me introduje la cabeza de flecha en la boca y la chupeteé como si fuera un helado.

Abrí mi cavidad bucal todo lo que pude y, poco a poco, fui introduciendo  aquel grueso embutido en mi interior. Sin embargo, como por aquel entonces no tenía ni pajolera idea de como hacer un garganta profunda, rápidamente tuve mi primera arcada.

—Tranquilo, acho, que Zamora no se conquistó en una hora…

La combinación perfecta de ternura y chulería de la que aquel tío hacía gala en todo momento, me tenía completamente seducido.  En lugar de abandonar la mamada, persistí, como si comerme aquel cilindro de carne fuera una especie de prueba a superar.

En el momento que más entusiasmado estaba, hecho levemente la cadera para atrás, apartando aquella delicatesen de mis labios y  dijo:

—No te entusiasmes, chavalote, que no quiero follar contigo en el pasillo. Pasemos a la cama que estaremos mucho mejor.

Lo seguí como un fan a su ídolo. Observando cada resquicio de su cuerpo como si fuera lo más hermoso que hubiera visto nunca, como si estar con él fuera un regalo del cielo.

Al llegar al dormitorio y, aunque solo tenía ojos para él, me fijé en la cama de matrimonio que reinaba en el centro de  la habitación. Estaba tan ansioso por estar con aquel cañón de tío que no me importó lo más mínimo que estuviera desecha. Incluso la idea de que las sabanas sucias siguieran manteniendo su olor corporal, me dio un poco de morbo.

Se sentó en la cama y me invitó a que me pusiera delante de él. Apoyó sus manos en mi trasero y empujó suavemente, hasta que mi pelvis chocó con su cara.  Durante unos instantes su boca morreo la zona de mi bragueta. Lo hacía tan bien que  un cumulo de sensaciones placenteras me embargaron  hasta el punto que tuve que comencé a jadear compulsivamente.

—¡Tranquilo, acho, todavía me tienes que follar!

Sin más preámbulos, libero mi polla de su encierro y cuando la tuvo frente a su rostro dijo:

—¡Qué polla más bonita, chaval!

—Tiene que ser verdad —Respondí con cierta sorna—, es la segunda vez que me lo dicen esta tarde.

—Veo que el peluquero opina lo mismo que yo…

Y sin decir nada más,  se la metió de inmediato  en la boca.

No sé si por lo mucho que me gustaba o porque realmente era un experto en ello, pero  tuve la sensación de que me estaban haciendo la mejor mamada de mi vida.

Nunca una boca tan caliente había sabido prender el placer en mí de aquella manera. Es más, parecía saber de antemano cuales eran mis zonas erógenas. Además de una excelente química, sentía que entre nosotros había surgido una conexión especial.  

Cuando presintió que, de seguir así, iba a correrme como un toro, apartó su boca y me dijo:

—¿Te gusta comer culos?

Nunca lo había hecho,  Armando nunca me lo pidió y el bosque de Rota no es el sitio más idóneo para aquellas prácticas.

No obstante, me cogió tan de sorpresa que  saqué el mejor bienqueao que llevo dentro y le dije que sí. Estaba pasándomelo tan bien que no quería incomodarlo lo más mínimo a Álvaro, le mentí y asentí.

Era algo que no me atraía lo más mínimo, pero no me importaba. Cualquier cosa que hiciera con él, sería la leche con patatas.

Se terminó de quitar el pantalón y por primera vez vi sus piernas desnudas. No tenía los clásicos cuádriceps de los fanáticos del gimnasio, pero poseía una musculatura grande y, lo que más me gustaba, una fina capa de vello negro y risado que las cubría por completo.  Antes de desprenderse de los bóxer, desvistió su parte superior, mostrándome un tórax musculado y un abdomen bastante plano. Cuanto más conocía de él, más me gustaba y más palote me ponía.  

Una vez se desnudó por completo, se puso de rodillas sobre la cama. Poseía un portentoso culo, redondo, firme y cubierto de un corto vello rizado. Colocó sus manos sobre sus glúteos y, con su particular chulería,  me dijo:

—¡Cómetelo, prepáralo para una buena follada!

De nuevo, temiendo no estar a la altura de las circunstancias, me volvieron a asaltar los nervios.

Nunca se me había pasado por  la cabeza lo de practicar un beso negro. Es más, era algo que en vez de despertar mi lujuria, me daba un poco de reparo.  No obstante, como no estaba dispuesto a renunciar a petar aquel ojete. Hice de tripas corazón y supuse que, aunque el sabor sería muy diferente,  debería ser parecido a comerse una polla.

Me agaché tras de él, posé mis manos sobre sus peludos glúteos que estaban duros a mas no poder. Los masajeé levemente, acerqué mi nariz a la raja y aspiré su aroma. Lejos de desagradarme, su fuerte olor consiguió alimentar mi libido de un modo tal que noté como mi nabo cimbreaba como si tuviera vida propia.

Si el sentido del olfato se quedó satisfecho ante mi nueva experiencia sexual, al sentido del gusto le fue bastante mejor. Me bastó posar mi lengua sobre el pequeño orificio, para que la locura del sexo me embargara.

Hasta aquel momento,  mi preocupación primordial de proporcionarle placer a Álvaro  pasó a un segundo plano. Estaba disfrutando con aquella variedad sexual que me  puse a lamer el caliente ojete como un poseso.

Unos jadeos por parte de mi acompañante me sacaron de dudas. Ambos estábamos disfrutando. Tomé aire, aparté los cachetes un poco con las manos y hundí mi lengua todo lo que pude en un ano que comenzaba a palpitar al son que yo le marcaba.

En el momento que más entusiasmado estaba, la voz de mi chulazo  me urgió para que fuera terminando:

—¡Fóllame ya de una puta vez!

Sin dilación, me puse un condón. Ignoraba  si estaba suficientemente lubricado con mi saliva, por lo que lo embadurné con la crema que traía en la cazadora.

Me coloqué detrás de él, coloqué meticulosamente  en la entrada de su ojal y fui empujando poco a poco.

—¡Déjate de mariconadas y métemela de una vez!

—¿Quieres polla? —Pregunté con cierta chulería —Pues toma polla —Dije al tiempo que empujaba mis caderas con fuerza y se la metía de una sola estocada.

Un quejido brotó de la boca de mi maromo. Un grito ahogado  que me pareció la combinación  más perfecta de placer y dolor que había oído jamás.

—¿Te gusta cómo te doy caña?

—¡Si, no pares! Me dejo petar el culo…¡Agg!, pocas veces y cuando lo hago…¡Agg!, quiero que me hagan gozar como una perra —Me contestó  apretando los dientes, como si fuera para él un esfuerzo enorme soportar mis envites y  hablar al mismo tiempo.

 Como si fuera la excusa que necesitaba para seguir follándomelo duro, apoyé mis manos sobre su zona lumbar y comencé a empujar mi pelvis contra sus nalgas como si no hubiera un mañana.

Estaba disfrutando como pocas veces lo había hecho. El tío me gustaba más que comer con los dedos y me estaba dando las dos cosas que más me gustaban de un hombre, una virilidad a espuertas y una sumisión a la par.

Su recto, que se había resistido un poco a las primeras estocadas, se abría como una amapola con cada envite y cada vez la proporción de polla que no se tragaba era menor. Es más las paredes de sus esfínteres, parecían pegarse a mi verga proporcionándome un cumulo de sensaciones a cada cual mejor.

Me gustaría decir que me porté como un semental, que estuvimos una hora follando sin parar. Pero estaba tan caliente que me dejé llevar y, a pesar de que me había corrido hacía poco más de media hora,  noté que iba a eyacular antes de lo que las circunstancias precisaban. 

Álvaro con ese sexto sentido que parecía tener conmigo, en cuanto se percató de que iba alcanzar la cúspide del acto sexual, comenzó a masturbarse y nos corrimos casi al unísono.

Fue muy rápido, pero también fue de lo más tierno.

Durante algo más de un minuto el mundo pareció detenerse.

Una vez se recuperó, se incorporó y buscó mis labios. Nos besamos apasionadamente. En el momento que nuestras bocas se separaron. Me cogió la barbilla, me miró con una dulzura que no le pegaba para nada y me preguntó:

—¿Te ha gustado?

—Sí, mucho…

—Pues ahora, cuando descansemos un poco, es mi turno.

“Continuará”

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