Abril 1999
¡Estaba flipándolo del todo! Apenas podía abarcar con la palma de mi mano el grosor del ciruelo de Álvaro. Si a eso, se le sumaba que, como podía comprobar por su escasa dureza, todavía no estaba empalmado del todo. Estaba agarrando todo un pollón de película porno.
Me encontraba como hipnotizado por el enorme rabo que estaba pajeando. Siempre había dicho que el tamaño no me importaba, pero era obvio que quien hablaba era mi boquita chica.
Dicen que las comparaciones son odiosas, pero era mucho más grande y gorda que la de Armando, la del padre de mi amigo Ezequiel. Por lo que podía recordar, la del madurito apenas me cabía en la boca de lo ancha que era.
Fue todo un suplicio cuando me desvirgó, no dilataba lo suficiente y él no se portó como la persona más paciente del mundo. Sin embargo, a pesar de los pesares, mereció la pena descubrir aquella parte de mi sexualidad. Aunque no fuera con la persona idónea.
Mientras dejaba mi mente divagar, las manos de mi robusto recién estrenado amante se habían metido por debajo de mi camiseta y jugueteaban con mis tetillas. Fue simplemente notar las yemas de sus dedos sobre mi piel y noté como mi polla parecía implorar para que la sacaran fuera. Debía ser algo contagioso, pues noté como su churra se iba poniendo cada vez más dura.
Poco a poco vi cómo el descomunal cipote iba aumentando de tamaño hasta alcanzar todo su esplendor. Si no lo hubiera visto meterse en el ojete del jerezano, habría pensado que con aquel pedazo de rabo se pudiera practicar el sexo anal. Pero era obvio que la realidad siempre superaba a mi imaginación.
La verdad es que a la hora de complicarme la vida era único en el mundo. A la hora del sexo nunca era de los que cogía el camino fácil. Me liaba con el padre de mi mejor amigo, con el capataz de la finca de mi tío, me iba a ligar a una zona de cruising donde me podía ver cualquiera…
Mi última genialidad había sido irme con un desconocido a su casa para echar un polvo con él. Un extraño de quien lo único que sabía eran cuatro cosas escasas: se llamaba Álvaro, era militar, había sido destinado a la base de Rota hace un par de meses y tenía un cipote que me ponía cachondo solo de imaginarlo.
No soy mucho de creer en el destino y esas zarandajas con las que nos intentan adoctrinar los vendedores de entretenimiento. Sé que es preferible que seamos un ejército de corderitos dóciles a individuos con criterio propio que se rebelen ante las vidas grises que nos toca vivir en la mayoría de los casos. Tampoco soy comprador de teorías de la conspiración barata que lo único que tienen de real es que nos dicen lo que queremos escuchar.
Soy de la firme convicción que las cosas suceden porque se dan unas circunstancias para que pasen. No creo en que haya un camino trazado para cada uno de nosotros por una mano divino o no. No existe ningún sendero por el que debemos transitar forzosamente sin que podamos hacer nada por evitarlo.
Sin embargo, lo que me sucedió aquel día fue tan surrealista que creo que algún poder extraordinario movió los hilos para hacerme coincidir en aquella zona de cruising con aquel chulazo varonil del que, por mucho que me costara admitirlo, me enamoré nada más verlo. Sin poderlo remediar, quedé prendado de sus encantos
Aunque la realidad fue que sentí como si el Dios del amor me hubiera lanzado uno de sus dardos. Cuesta trabajo imaginarse a Cupido por los pinares de Punta Candor haciendo de las suyas Es una zona más que de flechitas enamoradoras, es propia de garrochas destroza culos.
Aquella tarde, como otras muchas en que la picha conseguía que mi voluntad se hiciera pequeña, tuve que salir a sacarla a pasear. Como las necesidades del animalito que tenía entre las piernas no pasaban por pipi y caca, no tuve más remedio que irme a dar una vuelta por los alrededores de una de las playas de Rota, concretamente la de Punta Candor.
He de decir que por aquella época reconocer mi homosexualidad públicamente me daba pavor y todavía estaba en el fondo del armario. Pero que no admitiera públicamente mi sexualidad no significaba que fuera recatado. Al contrario, estaba siempre más caliente que una piedra al sol. Los encuentros furtivos que encontraba en aquella arboleda se habían convertido para mí en una rutina para calmar mis deseos.
Me había vuelto un adicto al sexo rápido y sin compromiso. Una viciosa costumbre que se estaba convirtiendo e cada vez era algo más frecuente, por mucho que me repitiera cuando salía de allí que no volvería allí jamás.
Me producía un pánico galopante que alguien conocido me viera ejerciendo de puro mariconeo por aquellos lares. No obstante, cuando el demonio de mi cabecita se aliaba con el habitante de mi bragueta, la calentura me podía. Una voz silenciosa no paraba de gritarme que no pasaría nada y no tenía más remedio que creerla, por muy poco convincente que sonara.
Fuera por lo que fuera, cada vez que tenía ocasión, me metía entre la vegetación costera, con la única intención de encontrar a alguien que quisiera sacarle brillo al sable. Me daba igual si había una buena mamada de por medio o un culito en condiciones deseando que lo petara.
Además de las ganas propias del intercambio de fluidos, aquellos paseítos alimentaban mi ego. Sentirme deseado por desconocidos y saber que en muy pocas ocasiones alguien me diría que no, me hacia sentirme importante.
Joven, con unos rasgos atractivos y un físico musculado en la medida justa, las tardes que aquello estaba concurrido, el abanico de hombres con los que podía echar un polvo era bastante amplio. Máxime cuando el cortejo de seducción en aquel lugar se reducía a un tocarse los huevos de manera descarada y, cuando se había captado la atención de la persona que nos gustaba, esconderse tras unos matorrales. Incitándolo a que nos siguiera para tener sexo.
Aunque me consideraba versátil, porque lo mismo me gustaba un buen culo que una buena polla. Y casi siempre ejercía de activo en aquel bosque.
Lo máximo que llegaba a hacer, si el tío me ponía cantidades industriales, era a pegarle unas cuantas chupaditas al nabo. Lo de poner el culo me parecía algo muy íntimo y lo reservaba para ocasiones especiales.
Circunstancias que, como era obvio, nunca se daban en aquellos paramos, donde todos los polvos eran un “aquí te pillo, aquí te cepillo”. Lo que llevaba acarreado el consiguiente “si te follé no me acuerdo” tan habituales en estos casos. Con lo que intimidad, lo que se dice intimidad, cero patatero.
Como todavía no era temporada alta, el conjunto de mariquitas a la caza de un polvo rápido éramos los habituales de siempre: gente de los pueblos de los alrededores, de Jerez, sevillanos empadronados en la zona de cancaneo y algún que otro guiri creyéndose Indiana Jones en busca del nabo perdido.
Los pocos foráneos que habían no me parecieron medianamente atractivos por lo que consideré que mi única opción para bajar el termómetro de mi entrepierna era volver a dejar que una boca conocida me efectuara un buen lavado de cabeza y poco más.
No podía estar más equivocado en mis predicciones, pues lejos de chocar con la habitual monotonía, fui protagonista de una experiencia que rozaría lo extraordinario. Una vivencia que, por la forma que se terminaron desarrollando los acontecimientos, marcaría un antes y un después en mi forma de sentir la sexualidad.
Paseando como quien no quiere la cosa por las zonas por donde había más de cancaneo, me encontré con un chulazo guapísimo. Un tío alto, musculado y con una planta de machote empotrador que quitaba el hipo. Si no fuera a suficiente su físico despampanante, tenía la polla más espectacular que había visto nunca.
Su verga no solo era grande y ancha, sino que la recorría una vena ancha que la dotaba de una hermosa erección sobre la que reinaba un violáceo capullo que parecía estar gritándome silenciosamente cómeme.
Sin embargo, para desgracia mía, había llegado un poco tarde y ya había alguien que estaba disfrutando del sabor de aquellas delicias de entrepierna. El afortunado no era otro que Manuel, un peluquero de Jerez conocido mío, al que me había follado en varias ocasiones y quien, tras pegarle una buena sesión de sexo oral, se dejó taladrar el ano por el tranco del maromo de ojos verdes. ¡Jamás pensé que un agujerito tan pequeño se pudiera expandir tanto!
El macizorro, una vez se corrió, se despidió de nosotros, dejándome tan caliente que no tuve más remedio que desahogarme con el jerezano. Aquel chaval no solo me pegó una mamada de campeonato, sino que también me ofreció su culo para que me lo follara. Como no tengo un no para estas cosas, se la metí hasta los huevos y, a pesar de lo incomodo del lugar, lo cabalgué de lo lindo.
Una vez alcancé el orgasmo me sentí la peor persona del mundo, me había estado follando a aquel chaval, pensando en el chulazo. Manuel no era mala persona, ni mucho menos y durante todo el tiempo había imaginado que me lo estaba montando con Mr Pollón Primavera/verano.
Tras darnos un piquito y prometernos que repetiríamos otro día, nos despedimos. Al pobre de Manuel se le veía tan feliz, si hubiera sabido que simplemente lo había usado de sucedáneo para mi calentura, seguro que me habría mandado al carajo después de cagarse en mis putos muertos. Si algo tenía aquel chico es que era sincero para reventar y no se cortaba a la hora de decir lo que pensaba.
Pero como el bienqueda que siempre he sido, le puse mi mejor sonrisa con la única intención de dejarlo en reserva para la época de vacas flacas. Porque, si algo tenía claro, era que al tío cañón no lo volvería a verlo en mi puñetera vida.
Aquel ejemplar de macho ibérico había venido a probar la fábula de Punta Candor en un día que la mujer y los niños le habían dado libre. Se sentiría tan culpable por engañar a la parienta que, si volvía a frecuentar aquel paramo, las posibilidades de que volviéramos a coincidir eran tan improbables como que te tocara dos veces la lotería con el mismo número.
Dado que lo de echar un polvo había sido prueba superada, una vez me compuse la ropa y me adecenté un poquito, decidí que era hora de volver a Sanlucar. Ya estaba anocheciendo y la oscuridad nunca es buena compañía, muchos menos por aquellos lares donde los gatos no solo son pardos, sino que tenían mala leche a espuertas.
Mientras caminaba hacia la salida, no dejaba de darle vuelta al tío que le había petado el culo al peluquero. Solo lo había visto durante un escaso cuarto de hora, se había convertido en toda una obsesión para mí.
Para conformarme y me decía que no era tan guapo, ni estaba tan bueno. Lo único que era extraordinario en él era su pollón. Que tal como suponía estaría casado y, al igual que Armando, tendría un montón de mierda en la cabeza. Por lo que un polvo con él, no podría ser nada agradable.
Sin embargo era más que obvio que el tío no solo estaba para hacerle la ola, además desprendía un magnetismo animal que me tenía completamente embelesado. Por mucho que yo me lo negara, se me hacía completamente irresistible.
Me maldije mil veces por no haber llegado un rato antes. Quizás si no hubiera perdido tanto tiempo delante del espejo para estar hiper guapo, me hubiera adelantado al mariquita de Jerez y me lo podría haber montado con él.
Aunque, considerando lo que había podido comprobar de primerísima mano, estaba claro que poco o nada habría conseguido hacer con él. A Mr Polla el rol que le gustaba ejercer era el de activo y no estaba yo por la labor de poner el culo en aquel nido de criticones y mucho menos ante algo de aquellas dimensiones.
En el mejor de los casos, le hubiera pegado una mamadita o habríamos tirado del consejo de Torrente y nos hubiéramos terminado haciendo unas pajillas.
Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me percaté que, al llegar a la zona de aparcamientos, alguien salía de entre las sombras y me abordaba de forma cautelosa. No fui consciente de su presencia hasta que lo tuve completamente encima. Se acercó tan silencioso que hasta pegué un pequeño respingo, sobresaltado por oír su voz.
—¿También te has pegao una panzá de follar con el zagal ese ?
Reconocí aquella voz grave y su tono chulesco al segundo. Se trataba de Mr Polla primavera-verano. No me había dado cuenta hasta ahora, pero su acento no era madrileño como había pensado en un primer momento. Era bastante más tosco.
Me sorprendió tanto su forma tan descarada de hablarme que no respondí a su pregunta y me limite a mirarlo fijamente. Intenté darle a entender con mi silencio que su aire marcial no me intimidaba lo más mínimo. Me dieron ganas de pedirle que se metiera en sus asuntos y de mandarlo al carajo, pero no pude. Aquel tío ejercía una atracción tan inusual sobre mí, que preferí callarme y no ser grosero.
—¿Qué te pasa, acho, que no respondes? ¿Se te ha comido la lengua el gato? —Volvió a insistir, con una altanería tal que daba por sentado que le debía alguna explicación de lo que había hecho o había dejado de hacer.
Tragué saliva e, intentando no ponerme a su altura, le contesté lo más educadamente que me permitían mis piernas temblonas.
—No creo que sea de tu incumbencia, lo que yo haya hecho o haya dejado de hacer con aquel chaval. ¿Hemos comido en el mismo plato para que tengamos algún tipo de confianza?
A pesar de que intenté ser cortes, mi respuesta fue de lo más afilada y lo dejó un poco indeciso. Frunció levemente el ceño, cabeceó levemente y, regalándome una esplendorosa sonrisa, se disculpó:
—No te mosquees, acho. Pero creo que haberme visto follar, nos da más confianza que comer de un mismo plato —Hizo un gesto bobalicón y continuó explicándose —. El tío andaba más caliente que la pistola de Harry el Sucio y tenía cierta curiosidad por saber si te lo habías tirado o no.
—No me mosqueo, pero tampoco voy contando con quien follo y con quien no a desconocidos…
Antes de que pudiera decir nada más, con una naturalidad abrumadora, alargó su mano hacía mí y se presentó. En su cara se dibujó una simpatía que, dada la imagen que me había montado de él, me pareció impropia:
—Me llamo Álvaro.
—Yo José Luis, —Dije apretando su mano afectuosamente, fue sentir el roce de su piel y un agradable escalofrío me recorrió todo el cuerpo — aunque todos me conocen por Selu.
Encogió la nariz e hizo un gesto extraño.
—¿Selu? ¿No decía aquel chaval que te llamabas Alberto?
Puse cara de tierra trágame, apreté los labios y levanté la mirada, intentando esquivar la suya. Que te cojan con el carrito de los helados nunca es una situación fácil.
—Es un nombre que me inventé, para pasar desapercibido. Tampoco viene uno aquí, intentando hacer amigos.
—¿Entonces tengo que suponer que tampoco eres de Chipiona?
—No —Respondí bastante apurado.
—¡Menudo zarangollo tienes montado en la cabeza, Acho!
Me sentó fatal que me juzgara y, aunque me ponía un montonazo, le puse mala cara. Antes de que pudiera decir nada, Álvaro, vistiendo sus palabras de una amabilidad demoledora, me dijo:
—Es normal, acho, yo también he pasado por ahí. La gente en los pueblos es muy metomentodo y son una miaja envidiosa. No le gusta que uno sea feliz teniendo una vida distinta a la de ellos.
Por primera vez, vi un atisbo de nobleza y de humildad en él. No sé por qué, pero aquella especie de condescendía con mi mentira, me hizo sentirme más a gusto con él. Dejé de estar a la defensiva, aparqué la tensión por un momento y me comencé a relajar en su presencia.
—¿De dónde eres tú?
—Te lo digo si me dices si te has follado al chaval de antes o no.
—Sí —Dije con cierto apuro. Noté como me ponía un poco colorado.
—Lo sabía, estaba deseando. Nada más que había que ver las miradas que te lanzaba. ¡Qué pena que no te decidieras a hacer un trio!
Sonreí y con cierta sorna le pregunté:
—¿Me dices de una vez de dónde eres?
—De Murcia…Así que puedes estar tranquilo que no voy a divulgar a los cuatro vientos que he estado contigo.
—Es que no has estado.
—Todavía.
—Muy seguro te veo de ti mismo —Dije sonriendo con cierta sorna.
—No, lo que pasa es que soy más viejo que tú y sé cuándo le pongo a un tío y cuando no. Hacía tiempo que no me miraban con tanto deseo como tú lo has hecho. ¿O acaso no estoy en lo cierto?
Sonreí por debajo del labio y agaché la mirada con cierto rubor.
—Sí, estás en lo cierto, pero que me gustes no quiere decir que piense que lo de echar un polvo contigo lo considere una buena idea.
—¿Por?
—Pisha, porque soy activo — Mentí.
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo no sea versátil?
No sé qué cara le tuve que poner, pero estaba claro que su respuesta me cogió de sorpresa. Fue imaginar por un instante aquel macho en pompas y me turbé un montón. Tanto que, sin poderlo remediar, noté como mi ciruelo se comenzaba a hinchar.
—Que hoy me hayas visto follándome un culo, no quiere decir que no sepa sacarle partido a todas las cosas buenas de la vida —Al decir esto no solo sus palabras estaban impregnadas de una efusiva sensualidad, sino que un morbo inusual se pintaba en su cara. Sin poderlo evitar mi rabo siguió subiendo de tamaño.
—¿¡Qué quieres que te diga!? —Respondí un poco a la defensiva — Se te veía bastante activo cien por cien, con muchas ganas de culo y de que te mamaran la polla. Además, tampoco le tocabas la polla al chaval.
—¡Acho, pijo! ¿Tú crees que a la mariquita esa le gusta que le toquen la churra? Uno está para dar placer a sus amantes, no para hacerlo pasar malos ratos…
Negué con la cabeza. No me sonaba nada bien el desprecio con el que hablaba de Manuel, pero sus palabras me sonaron de lo más convincente. De nuevo mi inexperiencia se volvió a convertir en un lastre y me a sentir tan verde como cuando me lo comencé a montar con Armando, mi vecino.
—Yo siempre le doy a la gente que se lo montan conmigo lo que ellos quieren. ¿Acho, te gustaría follarme?
La seguridad de aquel tío me tenía completamente abrumado. No sé si por qué pocas veces le decían que no o porque le daba igual la reacción de los demás. Era bastante espontaneo y sus palabras me sonaban sinceras al cien por cien. Sumido en una enorme perplejidad, me limité a asentir con la cabeza.
—Bueno, pues ya lo único que queda es que te vengas a mi casa conmigo para hacer travesuras y así nos quedaremos los dos satisfechos.
—En eso tendré yo algo que decir, pisha, ¿ o no? —Dije con cierta sorna.
—Por supuesto —Movió la cabeza en señal afirmativa y, dándome un coscorrón en el hombre, dijo de forma tajante —¡Tienes que decir que sí!
