Un pasivo muy dominante

Berto

Su anfitrión era el  tío con quien en los dos últimos meses le había estado poniendo los cuernos a su novio. Físicamente   estaba muy lejos del prototipo de hombre que le gustaba llevarse a la cama, pues prefería de lejos a gente que rezumara juventud por los cuatro costados que a la gente de su edad.

Aunque nunca le había dicho la edad que tenía, pues vanidosamente le gustaba que la gente pensara que era más joven.  Por su aspecto y forma de comportarse se podía intuir que como mucho era unos pocos años menor que él, si no había cumplido ya los cuarenta, poco le faltaba.

Era moreno de piel y  su cabello era  tan oscuro que era prácticamente azulado. De nariz pequeña y rostro redondo, con una barbilla corta  por la que comenzaba asomar una pequeña papada. Aunque no llamaba la atención excesivamente por su atractivo, no se podía decir que fuera feo. Lo único que destacaba en su anodino rostro, eran sus  grandes ojos de color  azul claro que lo dotaban de una cierta exótica belleza.

Por lo demás, no era muy alto, como mucho el metro setenta y poco. Aunque no tenía mal cuerpo y estaba bastante en forma, tampoco destacaba por poseer un físico espectacular, aun así ganaba más desnudo que vestido, por mucha ropa elegante y cara que se pusiera.

Uno de sus grandes bazas a la hora de ligar era la gran cantidad de vellos que tenía por su pecho. La gran mata de pelo que asomaba por el pico de su camisa, era una de sus armas seductoras. Sin embargo, lo que más recordaban sus amantes de él era su culo bien formado y el tamaño de su miembro viril que, aunque no era corto, destacaba por que era casi el doble de grueso de la talla normal.

El cipote de Berto tan ancho y duro  era de lo más cautivador. Aun así, lo que más le ponía a todo sus ligues, era  la ancha vena azul que recorría su dorso. Algo que lo hacía completamente irresistible y que lo había hecho merecedor de más de una buena mamada.

A Enrique, que iba de machito entre sus amistades del ambiente,  aquel trabuco gordo de carne  le ponía un montón. Tanto que,  él  que no era mucho de ir comiéndole la churra a sus amantes, la de aquel tipo se la conocía al dedillo y la había ordeñado hasta el final alguna vez que otra. Algo tan atípico en él y que dejaba ver lo especial que era Berto para él pues, hasta que conoció a Mariano, lo de tragarse la leche lo consideraba propio de putitas sumisas.

Pese a ello, no era su verga lo que más le encandilaba de él. Admiraba de un modo que rozaba lo enfermizo, su estatus social y su poder adquisitivo.

Se trataba de   uno de los empresarios sevillanos más importantes. Una fortuna heredada que él, desde muy joven había sabido cuidar  y conseguir que fuera aumentando  con el paso de los años. Hijo único, a la muerte de su padre, quedó al frente de la compañía y del inmenso patrimonio familiar.

Obsequiado con una educación elitista, nunca dejó de ser consciente del privilegio que se le regalaba por ser  hijo de quien era  y se esforzó en todo momento por aprovechar la estupenda oportunidad  que le brindaba la vida. En lugar de convertirse en un prepotente clasista, fue consecuente con su posición y siempre supo que ser rico no te hacía ni más inteligente, ni más eficiente, simplemente se te facilitaban unos medios a los que otros no podían acceder.

A diferencia de los tiburones financieros, que parecen tener prisa por exprimir los beneficios de las empresas y dejar un cadáver ruinoso, donde antes había un próspero negocio.  Berto estableció sus metas a largo plazo. Para ello, mantuvo el capital humano de calidad que tenía su progenitor y preservó a las personas de valía que trabajaban para ellos.  Se rodeó de los mejores, gente de confianza que le ayudaran a administrarlo de la manera más eficiente y, pese a la vida de excesos que llevaba, consiguió que su pequeño imperio financiero fuera creciendo cada día.

Debido a su actividad empresarial que abarcaba desde la rama de la alimentación a la construcción, se veía obligado viajar constantemente tanto por el territorio español como por el extranjero, donde se codeaba frecuentemente con políticos de toda índole.

Estaba tan bien relacionado que hasta tenía una foto con el presidente Aznar y otra con Juan Carlos I. Circunstancias que no hacían más que acrecentar el concepto de persona importante y con muchísima clase que Enrique tenía de él.

Sus primeras relaciones homosexuales fueron  con el padre de un amigo. Un tipo que, aprovechándose de su inocencia, lo convirtió en su putita. Una putita que no le importaba compartir con su hermano y con algún que otro amigo.

La relación con el padre de su amigo y su hermano lo dejó muy tocado, pues conforme más se enganchaba él al perverso mundo que ellos le habían descubierto, menos ocasión tenían ellos de practicarlas.

Aquellos encuentros furtivos le llevaron a aprender dos cosas que no olvidaría nunca en la vida: el sexo más placentero es el más perverso y el más corto camino hacia la infidelidad es ocultarle al mundo quien realmente eras.

No cayó en la misma trampa que sus dos amantes y en cuanto tuvo ocasión, se sinceró con su familia y sus más allegados sobre sus preferencias sexuales. Algo que, salvo a su padre que se le tomó bastante bien para su edad, a muy pocos cogió de sorpresa.  

Pese a estar fuera del armario,  debido  a su posición, no era mucho de frecuentar los bares y discotecas de ambiente de Sevilla. Se pegaba algún escarceo por los clubs y saunas  de  las ciudades en el extranjero que visitaba, donde haciendo alarde del anonimato que allí gozaba, sacaba los pies del plato y daba rienda suelta  en público a su lado más vicioso y depravado.

Sus perversos deseos parecían no tener límite  y  le llevaban a confundir  placer físico con felicidad. El sexo en grupo, el fetichismo y algún que otro estupefaciente eran rutinarios en las noches que salía a buscar la pasión para terminar encontrándose con el desenfreno y la locura de cara.

Habitualmente,  cuando la necesidad de un momento de placer se le hacía muy acuciante,  tiraba de agenda o, si no tenía ganas de prolegómenos absurdos, tiraba de billetero y contrataba los servicios de algún chapero de lujo

 Ambas cosas eran bastante más discretas que meterse en un garito lleno de maricones o lo que rompiendo todos los esquemas de su educación conservadora, había hecho alguna vez que otra en su juventud, irse a practicar footing al parque de María Luisa hasta que encontraba alguien que se dejara dar por culo o estuviera dispuesto a follárselo a él.

Curiosamente, aunque se había educado en el sexo  como pasivo,   con el paso de los años, fue descubriendo lo gratificante que era someter a un tío a su voluntad, mientras lo empotraba contra la pared.

Berto, a diferencia de la mayoría de los homosexuales con los que Enrique se relacionaba, llevaba una vida bastante prudente. No escondía sus inclinaciones, pero tampoco hacía alarde excesivo de ellas. Tenía su día a día hábilmente compartimentado y solía no mezclar sus amistades del ámbito empresarial con la gente de clase alta con la que solía correrse sus juergas. Aunque en algunos casos le era imposible, porque muchos coincidían. Al igual que cuando se pegaba una juerga en el extranjero, en las fiestas privadas que celebraba hacía uso   de las drogas y el alcohol.  Sin embargo, poseía una enorme fuerza de voluntad y era capaz de llevarse meses sin probar la cocaína y tomarse una copa.

Para él los estupefacientes eran solo eso, un ingrediente más en las tremendas bacanales que se montaba. No una adicción que tuviera que combatir para poder enfrentarse a la realidad de su día a día.

Enrique lo conoció a través de Nacho, un hijo de uno de los empresarios  más importante en el negocio mobiliario de Sevilla. Aquel tipo había probado en varias ocasiones la polla del cordobés  y  lo llamaba, alguna vez que otra,  para echar un polvo cuando no le salía otra cosa mejor.

Fue nada más entablar la primera conversación y la atracción entre el dependiente y el empresario  surgió de la  manera espontánea. Eran  los dos perfectos polos opuestos, Enrique no tenía preparación académica ninguna y un pobretón del tres al cuarto, pero rezumaba un halo de elegante depravación que le recordó al padre de su amigo. Fue tenerlo cerca y Berto se puso de lo más caliente.

Por otro lado, de no ser porque carecía de la juventud que tanto le gustaba meter en su cama,  Berto hubiera sido el hombre ideal para el novio de Mariano. Pudiente, elegante, varonil, educado, culto y, sobre todo, un amante de los vicios como él. La afición por mezclar el sexo salvaje con el alcohol y las drogas propiciaron que terminaran congeniando pronto. Tras una mamada en los servicios de la discoteca donde se conocieron, intercambiaron teléfonos y quedaron alguna vez que otra para compartir fluidos.

Lo que comenzó siendo algo espontaneo y fortuito, se convirtió en una asiduidad. Algunas semanas, casi sin darse cuenta, llegaron a follar hasta  tres y cuatro veces. La frecuencia de estos encuentros fue tal que Enrique, que no tenía nada de ingenuo, llegó a pensar que entre los dos estaba surgiendo algo más  serio que una amistad con derecho a sexo.

Espejismo que su amante  se encargó de difuminar una tarde a que lo llamó para quedar con él y le dijo que no podía.  Berto le contó que había ligado con un tío cañón en una web de contactos y en un par de horas llegaría a su casa para follar.

Más, por compromiso que por otra cosa, le propuso  que si quería se podía acoplar. Según había deducido por la conversación que habían tenido, el chaval no le hacía asco a los tríos.

Accedió a la sugerencia del que consideraba algo más que su amante y dejó ver que disfrutaba  de la pequeña orgia  que se montaron con aquel chico desconocido. Sin embargo, aquel pequeño golpe contra su auto estima, marcó un antes y un después en su relación. Enrique dejó de llamarlo para quedar y,  a partir de entonces, solo coincidieron en eventos a los que algún amigo común los invitaba a los dos. Volvieron a follar, pero ni uno ni otro propiciaban sus encuentros íntimos, más bien los evitaban.

Si en algún  momento hubo algún tipo de conexión entre ellos, quedó arrasado por el miedo al compromiso emocional de Berto. Un gatillazo por parte de Enrique  fue la señal inequívoca de que su búsqueda de placer mutuo había concluido.

Sin embargo, de las llamas siempre queda rescoldo  y solo bastó que uno de los dos se atreviera a dar el paso, para que la pasión volviera a surgir entre ellos.

Ocurrió durante la feria de Sevilla, Enrique no había quedado con Mariano y se fue a la caseta de uno de sus conocidos adinerados, donde coincidió con Berto.  Como quien no quiere la cosa, el empresario comenzó a flirtear con él y ambos tuvieron la sensación de que las cosas estaban en el mismo lugar que las habían dejado, como si el tiempo no se hubiera encargado de distanciarlos.

Tras meterse una raya en un cuartito que los socios de la caseta  tenían expresamente para ello,  Berto  le propuso terminar la fiesta en su piso de los Remedios pegándose otro tirito y echando un polvo como los de los viejos tiempos. Enrique,  haciendo alarde de esa permisividad a la que tenía acostumbrado a sus amigos de clase alta, asintió sin ningún problema. 

Tras follar como descosidos, el empresario sevillano le propuso seguir viéndose, a lo que él  se excusó diciendo  que tenía novio formal y que le iba muy bien con él. En parte, porque seguía resentido por el mal trago que le hizo pasar en su momento, pero también para presumir de que no lo necesitaba para nada por lo bien que le iba con Mariano.

—Yo no soy celoso —Fue su respuesta, a la que acompañó de una sonrisa que rebosaba de soberbia por los cuatro costados —Así que puedes seguir con él y dejar que yo te busque cuando tenga ganas de fiesta.  

A pesar de que en el pasado había hecho uso de él  como a un puto kleenex,  parecía que seguía un poco pillado con Enrique. En parte por su forma  su forma tan guarra y salvaje de follar,  en parte porque le recordaba a sus papis, por lo que no estaba dispuesto a renunciar a él bajo ningún concepto.

Pudo deducir, por las ganas con la que esnifaba,  que a pesar de que presumía de tener cubierto el plano sexual y amoroso, presentaba notables carencias. Sabía por experiencia lo vicioso que era aquel semental y  vio en la cocaína una forma de controlarlo.

Sin importarle lo más mínimo que follar  con él le saliera por unas cuantas papelinas, comenzó a embaucarlo de la peor manera.  En el fondo, era alguien muy  acostumbrado a las transacciones comerciales y lo que hacía era cambiar un polvo por otro tipo de polvo.

Además del morbo añadido que tenía para él revivir fantasiosamente la adolescencia con sus papis,  quedar con Enrique era menos problemático que llamar a un chico de compañía. En ocasiones había sufrido algún que otro hurto por parte  los chicos que le suministraba la agencia que contrataba para tales servicios.

Según los informes que le habían llegado, estaban siendo menos escrupulosos a la hora de seleccionarlos. Habían pasado de contratar a estudiantes universitarios o culturistas que necesitaban pasta para sus ciclos de esteroides, a individuos de peor reputación que cuando veían la opulencia en la que se movía sus clientes, alguna vez que otra sustraían pequeños objetos de valor. En el caso de Berto, echó en falta un par de relojes de su colección. Por lo que decidió recurrir a ellos solo en caso de urgente “necesidad”.

Enrique podía tener muchos fallos, pero no era de los que les gustara apoderarse de lo ajeno, por lo que por su seguridad prefirió dejar de  llamar a aquellos niñatos.

La asiduidad con la que el empresario lo llamaba para calmar su calentura y su soledad fue mayor de la que el novio de Mariano hubiera preferido. Se ponía ciego de follar y de coca, pero, a pesar de que su rol dentro de sus encuentros sexuales solía ser  el de activo, no podía sacar su lado dominante con él y aquello le fastidiaba.

La relación entre los dos era bastante extraña. Enrique se dejaba comer la polla, taladraba el culo de Berto y, en contadas ocasiones, le pegaba una mamada. Sin embargo, era el empresario quien en todo momento llevaba la batuta  y él se limitaba a asumir el rol de sumiso. Un esclavo que en todo momento accedía a lo que le ordenaba su amo.  Se sentía como un juguete, una churra pegada a un hombre cuyo único objetivo era proporcionar placer al adinerado empresario.

Si  a esas circunstancias  se le sumaba que  Enrique ya no veía en Berto una buena oportunidad de dar un braguetazo, no le ponía más ganas a echar un polvo con él que a sonreírle a un cliente que le caía mal para venderle una camisa.   Si seguía viéndolo era por la buena droga que conseguía y a la que su maltrecha economía cada vez le era más difícil tener acceso.

Enrique

Desde lo de Rafi, había pasado de no meterse nada a pegarse dos o tres tiritos cada semana y todo gracias a los polvos que echaba con su acaudalado amante.

Esa dependencia de ambos de lo que  uno le daba el otro era lo que había propiciado que Mariano fuera invitado al caserón que  el empresario sevillano poseía en la aldea del Rocío.

Berto, y no otro, era el culpable de todo ese mal rato que estaba viviendo. Esa lucha personal entre lo que le pedía su cuerpo y lo correcto. Lo peor que  esa debilidad suya por lo que le suministraba su amante, podía ocasionar un tremendo desastre emocional en su vida. Si su novio descubría su doble vida, lo más probable es que  la relación entre los dos se rompiera. Algo que le aterraba más de lo que estaba dispuesto a admitirse.

No se le quitaba de la cabeza el momento en que, sin reparos de ningún tipo, su amante  se puso a gestionar  su vida privada como si fuera su amo y señor.

Estaban en su piso de Nervión, que salvo alguna ocasión que habían quedado en su domicilio habitual en los Remedios,  era su lugar habitual de contacto. La vivienda, sin ser tan opulenta como la principal, tenía todo tipo de comodidades y estaba bastante lejos del cuchitril que él se podía permitir con su modesto sueldo.

Nada más llegó, tras los dos besos protocolarios, lo invitó a pasar al  salón, lugar  donde el empresario había decidido que se pegarían el rutinario tirito de coca. Haciendo gala a el  minimalismo tan de moda entre algunos decoradores, estaba amueblado escuetamente. Algún que otro cuadro en la pared y poco más.

En el centro de la habitación se hallaba   una elegante mesa de madera, a cuyo alrededor habían colocado  unas sillas a juego. Completaban el mobiliario de la habitación un mueble de madera, del mismo color que la mesa, donde descansaba una televisión de plasma y  un sofá de cuero marrón con dos butacones que cubrían por completo el testero que quedaba frente al televisor.

Encima de  la mesa había un trozo de cristal  rectangular de unos seis o siete centímetros de largo. Sobre su superficie, el empresario había extendido meticulosamente una pequeña cantidad de cocaína y la había distribuido en dos pequeños montones lineales.

Sin cruzar palabra, le ofreció un tubito de cartón para que esnifara de ella. Enrique, como si no pudiera resistirse al canto de sirenas del polvo blanco, se agachó  y aspiró vorazmente.

Una vez el novio de Mariano se metió una de las rayas, Berto hizo lo mismo con la otra.

No había terminado todavía de esnifarla  cuando, con ese tono prepotente que solía mostrar bajo los efectos de la droga, le preguntó:

—¿Te gusta? Es de buena calidad. Me la  han traído directa de Colombia?

—Sí —Respondió escuetamente Enrique. Dejando ver por la expresión de su cara que estaba en pleno subidón.

—Pues es la misma  que me voy a llevar al Rocío, ¡nos vamos a poner tibio!

Aunque estaba un poco trastocado por efecto narcotizador de la sustancia  que se había metido por la nariz, aquello no le cuadraba con sus planes y, sin recato de ningún tipo, se lo hizo saber.

—No puedo ir, he de ver a mi novio. Lo veo solo los viernes y los sábados, si lo dejo plantado otra vez, se me va a cabrear y  no quiero que eso pase.

—Por lo que veo te tiene bien cogido por los huevos.

—No es eso —Intentó excusarse —Es que yo también quiero verlo.

—Pues dile que se venga —Dijo con su característica seguridad en sí mismo.

—¿A tu casa del Rocío, Berto? —Preguntó sorprendido.

—Sí, ¿qué problema le ves? — Le respondió a la gallega, limpiándose  con la yema de los dedos las motas de coca que se habían quedado pegada en la punta de la nariz para chuparlas después con la punta de la lengua.

— Uno bastante gordo.  Mi novio, como tú bien sabes,   ignora por completo esta vida que yo llevo. No sabe nada de que me acuesto contigo de vez en cuando, ni de los tiritos de coca que me pego, ni de las orgias que nos hemos montado alguna vez que otra…

—Tampoco tiene porque enterarse. Yo no se lo voy a decir, ¿se lo vas contar tú?   —En la cara del amigo de Enrique se dibujó una sonrisa maliciosa —. Me estoy acostumbrado a los buenos polvos que me metes y un cateto mono de pueblo no me va impedir disfrutar mientras estoy de Romería de esto que tienes aquí.  

La última frase concluyó con la mano de Berto cerrándose en torno al paquete del novio de Mariano. Aquel tío sabía dónde tocarlo y cómo para que su polla se pusiera tiesa como una estaca. Fue percibir la yema de sus dedos apretujar su dormido miembro viril y notó como este se despertaba de su letargo, con unas tremendas ganas de fiesta.  

Pese a que la atracción física que sentía por él no era excesiva, el sexo con él no le desagradaba del todo, al contrario, se podía decir que, junto con Rafi, era de los tíos con los que mejor se lo pasaba. Aunque por circunstancias bien distintas.

Si a eso se le sumaba que tras la raya que se había metido, la euforia se había hecho dueña  de su raciocinio y solo podía pensar en que la caliente boca del empresario se fundiera con su verga. No  era extraño la rapidez con la que se había puesto tan cachondo.   

—Sí sigues tocándome ahí. Mi rabo va a querer que lo saquen a pasear y le vas a tener que hacer una  de esas buenas mamada a la que lo tienes acostumbrado—Dijo Enrique con cierta sorna, a la vez que dejaba que en su rostro se asomara una sonrisa picarona y permisiva.  

—¿Para qué te crees que has venido aquí? Hoy he tenido un día muy duro en el trabajo y me apetecía comerme a un buen macho como tú, ¿ o acaso creías que te había llamado para tener una conversación amena y transcendental? —Le vaciló, envalentonado por los efectos del polvo blanco.

La grosera respuesta de su acompañante, acostumbrado como estaba a ellas, no le molestó lo más mínimo. Sabía que no era mala gente, pero en la intimidad le gustaba sentirse tan importante como en su vida empresarial y gustaba de recordar en todo momento que quien manejaba el cotarro era él. Por lo que, de un modo que rozaba lo sumiso le siguió el juego.

—Soy consciente que desde que cruzo esa puerta mi opinión no cuenta y que estoy a tu completa disposición. Si tienes ganas de hablar, charlaremos de lo que quieras. Si tienes ganas de polla, puedes  hacer con la mía lo que te venga en ganas.

—Lo que quiera —Al decir esto Berto volvió a estrujar entre sus dedos el bulto de la entrepierna de su amante, a la vez que aproximaba  su boca a la suya para que le propinara un beso.

Aunque el novio de Mariano, desde que estaba con él,  siempre que  le ponía los cuernos con algún chico joven  procuraba no morrearse con él, pues le parecía una especie de traición a su novio. A sus amigos adinerados, con los que estaba para poder acceder a todas aquellas  cosas a las que su salario como dependiente no se podía permitir, no tenía valor de negarles nada y mucho menos a Berto.

Consideraba aquella sumisión  un peaje más que tenía que pagar para que le dejaran, aunque fuera muy parcialmente, formar parte de su modo de vida.  

Así que cuando la lengua del empresario sevillano entró en su cavidad bucal para enredarse con la suya, no tuvo más que ceder y auto convencerse que no había nada de cariño en aquel gesto, solo un intercambio de saliva. Sus sentidos seguían  tan a flor de piel que la pasión surgió de forma súbita y, unos segundos más tarde, era él quien  oprimía la cabeza de Berto contra la suya, en un intento alocado de fundir sus labios en una única cosa.

Le costaba admitirlo, pero aquel tío tenía la capacidad de ponerlo cachondo con una pasmosa facilidad.  La forma de restregarse contra su cuerpo, la forma de tocarlo y  su apabullante cercanía le producían un tremendo morbo. La parte más sucia y guarra de Enrique salía a relucir y no había lugar en su mente para otra cosa que no fuera el sexo.

Preso de la locura proporcionada por el polvo blanco que había esnifado segundos antes, el empresario sevillano desabotonó apresuradamente la camisa de su amante. Una vez dejó el  torso  de Enrique desnudo por completo y, mientras dejaba que la prenda resbalara por sus brazos hasta caer al suelo, hundió la cabeza en su pecho.

—Mmmm, como hueles a macho —Dijo sin dejar de olisquear entre los sudados vellos.

Aquel gesto por parte de su acaudalado amante infló el ego de Enrique y consiguió ponerlo aún más caliente de lo que ya estaba. Tenía su auto estima tan baja que cualquier alabanza por pequeña que fuera, la consideraba una pequeña victoria en su batalla contra el tiempo.

Durante unos intensos segundos sintió los labios del empresario recorriendo trepidantemente sus tetillas. Besándolas, succionándolas y mordisqueándolas, dejando un pequeño mar de babas que recorría todo su torso y desemboca en el pequeño precipicio de su pelvis. Aquel flujo caliente empapando la cinturilla de su pantalón y colándose hasta el interior de su ropa interior, le pareció una sensación de lo más libidinosa y lo puso aún más cachondo.

En el momento que se cansó de recorrer con la lengua y los dientes sus oscuras aureolas, dirigió su boca hacia su axila. Entre las muchas filias de Berto  estaban los olores que desprendían ciertas partes del cuerpo, tórax, axilas, pies, testículos, ano…Se podía llevar un buen rato saboreando, como le gustaba llamarlo, el “perfume a macho” de Enrique.

Sentir la caliente aspiración sobre su piel, sacaba el lado más guarro del dependiente que, aunque sabía de sobras quien mandaba en todo momento y  que poco o nada tenía que decir en cuanto a su forma de practicar el sexo,  consideraba  como sumisa aquella actitud de Berto. Nada más lejos de la realidad.

La nariz del empresario  se hundió en la peluda axila y aspiró con fuerza. Normalmente aquello no le producía excesivo placer  al novio de Mariano, pero con los sentidos alertas gracias al tirito que se había metido anteriormente, lo consideró la cosa más satisfactoria del mundo.

—¡Aspira el aroma a macho! —Dijo completamente fuera de sí.

Berto

Sacó levemente la cabeza de debajo de su sobaco y en tono autoritario cien por cien, le gritó:

—¡Sí, dime  cerdadas! No sabes, como me ponen. ¡Sigue, sigue!  

Pegó una fuerte bocanada de  aire y, con sus pulmones repuestos de aire, volvió a  introducir la nariz en  el oloroso revoltijo de pelos que se encontraba entre el brazo y el hombro de su amante. Una vez  se cansó de olisquear, comenzó a restregar su lengua sobre él con ansia. Lo que propició que Enrique comenzará a soltar un improperio tras de otro.

—¡Chupa, guarro, chupa! Límpialo bien… ¡Jodeeerr, qué lengua tienes, cabrón!

Aquellas palabras fueron como gasolina para la libido del empresario sevillano que aumentó la fogosidad con la que lamía su peluda axila. Conforme la vorágine se adueñaba más su raciocinio, más apasionados eran sus lametazos a los que condimentaba con alguna mordidita.

La euforia gobernaba los sentidos del empresario. Aquel tío con su aspecto de macho maduro y con una virilidad que se negaba a marcharse con su juventud, le recordaba a horrores a su papi. El hombre que lo introdujo en un perverso mundo del sexo entre hombres, que lo convirtió en su putita y lo compartió con todo aquel que gustara de culitos tiernos. Mayormente con su hermano que tenía una mente tan sucia como él.   

Tener sexo con Enrique era como viajar en el tiempo. Chupar, olisquear aquel vigoroso cuerpo lo traslada a cuando era un adolescente tan inocente como ávido de experiencias nuevas.

Si normalmente, sin estimulantes que pusiera sus sentidos al mil por mil,  se sentía capaz de cualquier cosa. En aquel momento su lujuria era un caballo desbocado al que no tenía ninguna intención de parar. En su pecho latía la locura, pidiéndole cada vez más, como si el placer no tuviera techo.

En cuanto se cansó de devorar la axila izquierda de Enrique se pasó a la otra, mordisqueando a su paso  el velludo tórax. Especialmente las oscuras aureolas. El cordobés no pudo reprimir un quejido de placer. Estaba  loco porque le comiera el nabo y le sacara la leche, pero sabía que no podía exigirle nada, todo llegaría en el momento que Berto lo considerara y  él no tenía ni voz ni voto en aquel asunto.

La forma en la que Berto se prostró ante su amante, estaba empapada de cierta solemnidad y condimentada con mucha artificiosidad. En el momento que se acuclilló, agarró los tobillos de Enrique y levantó la mirada buscando sus verdes ojos, daba la sensación que fuera a dedicarle una plegaria. Sin embargo, simplemente acercó su cara a su entrepierna y la apoyó fuertemente contra esta.

Había tanto dramatismo en sus actos, que por unos segundos el empresario triunfador pareció desaparecer y su lugar había sido  ocupado por un adolescente. Un jovencito  al que sus padres habían proporcionado la mejor vida, pero se habían olvidado darle un poco de cariño y  que regresaba a casa después de haber vagado en soledad durante mucho tiempo.

De nuevo los fantasmas de su pasado volvieron a surgir y el padre de su amigo tomó protagonismo. Recordó la primera vez que, consciente del hambre de cariño que sufría, aquel cuarentón lo sedujo.  Aquel erecto miembro viril   dentro de su boca hasta que su caliente leche le rebosó por la comisura de sus labios era algo que ni podía, ni quería olvidar. Un recuerdo que despertaba su hambre de polla.  

Tras unos breves instantes en el que el romanticismo parecía haber sustituido a la lujuria, el deseo sexual volvió a ser el protagonista absoluto de aquel acto que parecía sacado de una película porno de bajo presupuesto. Con mucho sexo y poco argumento.

Con la misma fogosidad de  la que había hecho alarde con él  durante todo el rato, hundió la nariz en su ombligo, para después cubrirlo de una ingente cantidad de besos. Mientras hacía aquello, sus manos trepaban muy despacio por los muslos del cordobés en un intento claro de prolongar un momento que llegaría, contra todo pronóstico, más tarde o más temprano.

—¡Joder, cabrón! ¡Me tienes la polla dura a más no poder! ¡No para de babear y  me duele de lo tiesa que la tengo! —El tono de Enrique era soez en la justa medida, como si hubiera una especie de pacto implícito entre los dos de hasta dónde podía  aventurarse con sus insultos. Una frontera que bajo ningún concepto tenía el permiso de traspasar.  

Roberto, en un intento de hacer sufrir un poquito a su amante, siguió cubriendo de besos el ombligo. Fue aproximando con parsimonia las manos a su paquete. Una prominencia que, según podía constatar al mirar de reojo, cada vez era más abultada. Dejando claro que ansiaba con urgencia  los mimos que sus manos y su boca le iban a proporcionar.

Sin dejar de lamer el redondo botón, fue deslizando sus dedos sobre el gordo cilindro que, inevitablemente, comenzó a palpitar bajo el influjo de sus caricias. No sabía muy bien si por el efecto del tirito o porque aquel nabo le ponía un montón, sintió como el pulso se le aceleraba estrepitosamente.  

Deslizó su boca  vorazmente por su cinturón, hasta llegar a su bragueta . Durante unos intensos segundos colocó  la nariz sobre la abertura de botones  y aspiró profundamente, como si intentara absorber el aroma de sus genitales  entre sus papilas olfativas.

De nuevo, la olfactofilia dio lugar al placer oral, sus labios comenzaron a recorrer la atrapada verga, empapando con su caliente saliva la tela del pantalón. De un modo tan desproporcionado que  hasta  le llegó a  empapar la ropa interior.

Enrique

Aquello lo enardecía más de lo que él estaba dispuesto a admitir. Intentaba  centrarse en soltarle groserías a su amante,  no obstante, le era imposible no dejarse llevar por el torbellino sexual en el que estaba inmerso y, de vez en cuando, se ponía a gemir espasmódicamente. Era obvio que estaba gozando con todo aquello y la forma en que Berto dosificaba sus caricias lo tenía como loco. El tío era una maquina sexual.

No tenía claro cuanta proporción del placer que le embargaba correspondía a la droga que se encargaba de consumir su voluntad  y cuanta a las caricias que Berto le proporcionaba. Lo que si sabia es que el coctel de ambas, lo hacía disfrutar como hacía mucho tiempo que no.

Comprobar como el empresario sevillano descorría su cinturón, desabotonaba su bragueta para terminar morreando su polla por encima del bóxer, le llevó a empujar, irreflexivamente, su cabeza contra el bulto de su entrepierna. Sabía que aquel gesto estaba fuera de los límites establecidos, pero estaba tan pletórico que no tuvo en cuenta que aquello pudiera incomodar al tipo que le pagaba la coca.

Su actitud, lejos de disgustar a Berto, pareció darle bastante morbo y con una voz de lo más melosa le dijo:

—Mi machote quiere que su papi le coma la polla, ¿no? Pues vas a tener que esperar porque por el olor que desprende hoy,  parece que  está un poquito sucia.  Sabes que me encanta cuando está sudada y huele a meados, así me voy a entretener un ratito jugando con ella. La voy a olisquear hasta que aspire todo el olor a macho.

El cordobés se conocía de sobra la forma de proceder de “su papi”, le encantaba prolongar los preliminares al máximo. Era un capricho que, según le comentaba, muy pocas veces sus amantes le daban. La gran mayoría  eran incapaces de aguantarse las ganas y terminaban corriéndose durante los prolegómenos.

Para Enrique aquello  era como una pequeña proeza y ponía todo su empeño para que las cosas salieran según los deseos de su exigente amante. A duras penas, se contenía como la mejor de las estrellas porno  y procuraba no correrse  hasta que Berto echaba la última gota de esperma. Algo que, hasta el momento, siempre había conseguido.

Berto

De nuevo, al poco tiempo, como un niño mimado que se cansa pronto de sus juguetes, el empresario sevillano dejó de morrear por encima de los bóxer la erecta y dura verga de su amante para ponerse a masajear sus piernas. Restregó su pecho por ellas con la misma pasión que un cachorro lo hace contra las de su amo.

Los cuádriceps de Enrique, sin ser demasiado voluminosos, estaban fuertes, debido a las muchas horas que le dedicaba a correr. De manera apresurada bajó el pantalón y fue desnudándolo tan despacito, que fue casi imperceptible para  su acompañante.

Pese al frenesí que lo consumía por dentro. Berto se empeñaba en postergar el momento y vivía cada segundo del momento sexual como si fuera único.

A pesar de su aparente sumisión, dejaba patente  de que quien dominaba totalmente la situación era él y que al  novio de Mariano simplemente le restaba dejarse llevar   por el torbellino de sensaciones en el cual él  lo tenía sumido.

Una vez que la prenda tocó el suelo, se abalanzó sobre  el muslo derecho, como un depredador sobre su presa,  y comenzó a olisquear  ansioso la piel bajo los rizados vellos. Si en algún momento el empresario había demostrado cierta sensiblería, esta pareció desaparecer por completo. En cuanto sus instintos más primarios saltaron a la palestra,  fue  la bestia salvaje que bullía en su interior quien  tomó el   control.

Enrique

Enrique volvió a iniciar el ritual de insultos, de un modo aún más grosero si cabe.  Llamar maricona, guarra, zorra y otros calificativos despectivos al tío que olisqueaba y lamía su cuerpo como si fuera una perra, parecía tener su morbo para el novio de Mariano que notaba como su polla cimbreaba. Con tanta fuerza que daba la sensación que quería salirse de la prenda íntima que la contenía.

Los teatrales improperios estimulaban de igual manera  la libido de Berto quien, en su papel de cachorrillo obediente,  seguía besando y lamiendo cada resquicio de las peludas piernas. Cuando se cansó, con un tono autoritario que chocaba con la actitud sumisa que había estado demostrando, le ordenó a su amante que se quitara los zapatos y los pantalones, pero que, bajo ningún concepto, se quitara los calcetines.

—Ahora, si quieres que te dé lo tuyo, siéntate allí —Dijo señalando  un sofá de cuero negro situado en el centro del salón.

El cordobés sabía perfectamente en qué consistía el siguiente acto. Era la que menos le gustaba de todas las modalidades sexuales que volvían loco al empresario Sevillano. Sin embargo, tan obediente como se esperaba que fuera, no puso ninguna pega y se acomodó en el confortable sillón.

Roberto, como si de un animal de cuatro patas se tratara, recorrió la pequeña  distancia desde la mesa hasta el butacón a gatas. Su forma de moverse cuasi felina hacia que sus movimientos fueran a rato seductores, a rato esperpénticos. Su fisonomía poco o nada tenía que ver con la del papel de adolescente que le gustaba interpretar y su amante  tenía que hacer un enorme esfuerzo para   a no terminar riéndose ante el patético espectáculo.

Para Enrique, que no hacía alarde ni de comprensión ni empatía, aquella actitud del empresario le parecía una soberana tontería. Por más que se esforzaba, no entendía como alguien tan inteligente y tan preparado como Berto podía llegar a comportarse de aquel modo tan grotesco.

Como si fuera un perrito, olisqueó meticulosamente los calcetines que cubrían los pies de su amante. En otras ocasiones, para someterlo mejor a sus caprichos, lo había amarrado para que no se pudiera mover. Sin embargo, como ya parecía haber aprendido a  dominar las increíbles cosquillas que le producía que le acariciaran el empeine, había optado por dejar sus manos en libertad.

Al  novio de Mariano le parecía nauseabundo que alguien pudiera obtener placer al olfatear sus calcetines. Tanto que tenía que hacer un enorme esfuerzo para que no se le terminara bajando la erección.  

 Desde pequeño había tenido el problema de que, por más plantillas o polvos para el mal olor de pies que usara, estos le terminaban apestando a queso rancio. Aquel problema se convirtió en una virtud para el empresario, para quien aquel hedor se había convertido en una especie de fetiche. Por mucho que se esforzaba en entender el proceder de Berto, no lo comprendía lo más mínimo y el mejor concepto que tenía de él era el de tarado. Un tarado que como le salían los billetes hasta por las orejas, se podía permitir cualquier tipo de rareza.

Durante un espacio de tiempo que para Enrique se hizo interminable, Roberto estuvo postrado a sus pies, acariciándolos por encima de la tela, pasando la nariz por toda su extensión. Estaba tan fuera de sí que, en  el mismo momento que le quitó los calcetines, se comenzó a desabotonar la bragueta.

Al mismo tiempo que iba pasando la lengua por cada una de las falanges de ambos píes, fue liberando su ancha verga de la prisión de sus bóxer.  

En el momento que comenzó a chupar el pulgar como si fuera el glande de una enorme polla, se comenzó a masturbar compulsivamente. La visión, sin llegar a repugnarle, le produjo cierto rechazo, propiciando  que su excitación fuera a menos y notó como su polla iba perdiendo levemente su dureza.

Sin embargo, el morbo que aquel tío suscitaba en él no era normal y simplemente fue ver como abría la boca todo lo que podía para meterse en ella cinco dedos de una vez, para que su verga se volviera a llenar de sangre de inmediato.  Si  que le olisquearan sus pies no era algo que  le agradara demasiado, que le chuparan las falanges inferiores conseguía ponerlo como una moto.

Berto, una de las veces que se detuvo para recuperar el resuello. Levantó la mirada  y, en un tono tan grosero como altanero, le gritó:

—¡Pajéate, maricón, que yo te vea!

 El cordobés no se hizo esperar y sacó su cipote de su encierro. El empresario, sin dejar de saborear los dedos de sus pies y masturbarse como un poseso, observó con detalle  como su amante masajeaba  con violencia la gruesa estaca que brotaba de su pelvis. Una prominencia que, cuanto más la apretaba, más fascinante y apetitosa le parecía.

En el momento que la rojiza cabeza de la churra de  su amante escupía unos abundantes trallazos de esperma sobre los dedos de su pie, el cuerpo de Enrique  estaba sumido en los espasmos propios del paroxismo.

Nota del autor: Este relato es un extracto de un episodio de “Los amigos de Enrique” concretamente del episodio número seís : «La gente habla». Dado que se podía leer de manera independiente, he decidido publicarlo aparte con un título más explícito, para llegar a un mayor número de lectores.

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