Quizás en cada pueblo se practique de una forma.

Los descubrimimentos de Pepito

Episodio decimo segundo: Quizás en cada pueblo se practique de una forma.

Resumen de los descubrimientos: Pepito lleva una temporada  requeté aburrido  por aquello de que su familia siguen  practicando día tras día el rollo ese del luto.

No es que anteriormente lo hubieran  dejado salir mucho a la calle a jugar, pero es que ahora, su mamá sargento   hasta  le tiene prohibido ver sus dibujos animados favoritos. ¡A ver quién le explica a él cómo van las tramas de Mazinguer Z!

Pese a todos aquellos inconvenientes, él no había  dejado de ejercer su deporte favorito: meter las narices donde no lo llamaban y  descubrir cosas nuevas.

Se enteró, por ejemplo,   que su hermano, su hermana y Ángel, su novio,  conocían lo de las pajas. Con lo que dedujo que debía de ser tan  un juego popular como el del Escondite o el del Pollito Inglés.

Descubrió también que,  cuando las personas mayores se ponen “malitas” también se pueden curar haciendo lo de los actos impuros. A esta conclusión llegó por las cosas que la Yaque, la hija de la Jacinta, le decía a Matías, su profesor de gimnasia que más que una limpiadora parecía que fuera enfermera.

Eso ocurrió una tarde después de la clase de gimnasia,  cuando,  por un problema que tuvo por comer ciruelas laxantes, los pilló en el vestuario practicando el innombrable  juego de los mayores. 

También, gracias a que su hermana  se puso a escuchar música con su novio en el cuarto, tuvo la oportunidad de  volver a ver sus dibujos preferidos de  los Picapiedras. Menos mal que se cansaron pronto de bailar, porque después les tocaba el turno a los Payasos de la tele y por aquello de “Hola Don Pepito, Hola Don José” no le hacían mucha gracia.

No se terminaron las cosas buenas aquella tarde, pues también llegó su tito  Paco a recogerlo para pasar el fin de semana en su casa. ¡Qué buena suerte tuvo! Estaba deseando ver a su primo Francisquito, pues las cosas que había escuchado y visto hacer en aquellas dos semanas, habían despertado en él un montón de dudas.

 Lo mejor era que, como su primo lo sabía todo, todo y era una enciclopedia andante  en  todo lo referente  a las variantes del juego de los mayores, seguro que se lo aclaraba en un santiamén y tenía que dejar de comerse el coco como estaba haciendo.

¡Qué tostadas más ricas preparaba mi tía Enriqueta! Nada más que terminamos de desayunar, nos fuimos a jugar al campito que se hallaba entre la casa y el cercado del ganado. Mi primo me dijo que ya se sabía la historia de los samuráis pendencieros, pues  se había leído  enterito el comic que le di para él para siempre.

Fue llegar  la hierbita y, cuando me disponía hacerle una de mis preocupantes preguntas,  me dejó con la palabra en la boca.  Sin prestarme ni la más mínima intención,  se puso a buscar unos palos. No paró hasta que encontró dos, se quedó él más grande y me dio a mí el otro.

—¡Toma tu catana!, yo  seré Takauji y tú Masachico…

—Masashige —Le corregí con mi mejor voz de niño repelente.

Mi primo  frunció el ceño y me miro un poquito enfadado. Me dio la sensación de que le diera coraje que yo, siendo más chicho y aunque fuera solo en la materia de samuráis japoneses,  supiera más que él.  Como me caía requeté bien y no quería que se mosqueara conmigo,  le solté una mentirijilla chiquitita:

—Es normal que no te sepas los nombres bien todavía, solo te lo has leído una vez. Yo, para aprendérmelo bien, bien, me lo tuve que leer tres o cuatro veces.  Seguro que tú, con  lo espabilado  que eres y la de cosas que sabes, te lo aprendes a la segunda. Ya verás…

—¡Es que los samuráis tienen unos nombres más raros que un piojo bizco…! Con lo fácil que es llamarse Segismundo o Cipriano. 

—Pues la verdad es que sí. Lo que podemos hacer, para no liarnos demasiado es apocopar los nombres.

—¿Apocoqué?

Iba a llevar razón mi madre cuando decía que el colegio de Don Benito era mejor que el de Villanueva. ¿Cómo era que Francisquito estando en cuarto y  con lo listo que era, no sabía una cosa que yo había aprendido en segundo?

Estaba claro que él no tenía culpa de que sus profesores no estuvieran tan preparados como los míos. Así que me tomé nota de no utilizar palabras complicadas en el futuro y se lo expliqué de forma muy facilita.

—Apocopar es utilizar un diminutivo. Tú te podrías llamar Taka y y yo Masa. Mucho más fácil y más corto, ¿qué te parece?

—¡Guay! ¡Lucha por tu vida, Masa! —Me gritó  levantando su catana de modo desafiante.

La verdad es que mi primo, con lo gordito que estaba, no tenía ninguna pinta de samurái japonés, a lo sumo de luchador de sumo.  Como no dejara de comerse tres tostadas y dos vasos de Cola-cao cada mañana, iba termina diciendo: «Esto es to, esto es to, esto es todo amigo.».

Es lo que pasa cuando no tienes una mama sargento como la mía, te atiborran de comidas ricas a todas horas y te pones “bien hermoso”. O por lo menos, así es como decía mi madre que estaban él y Matildita, cada vez que me daba ciruelas para merendar. «Si te comes esto, no te pondrás tan hermosos  como ellos», me decía cuando protestaba por lo que me obligaba a comer.  Aunque yo la hermosura a Francisquito no se la veía por ningún lado y mucho menos a la aceituna con patas de su hermana.

Pese a que estuvimos jugando un rato bien largo, solo conseguí vencerlo una vez.  Tendría un poquito de sobrepeso, pero se movía más rápido que un galgo. También pasaba que yo tampoco era de hacer mucho ejercicio, yo era más de imaginar que de practicar.

Por si aquellos inconvenientes no fueran suficiente, había escogido ser el samurái bondadoso y a mí me había dejado el papel del maléfico villano.   Era obvio que no se podía luchar contra el destino y, al igual que sucedía en el comic, me  tocó morder el polvo en la mayoría de las ocasiones.

Lo peor era que, como a mí primo le había parecido guay lo del Harakiri,   quien perdía tenía que pasar por aquel duro trance japonés.  ¡Hosquites, me lo tuve que hacer por lo menos cinco veces! ¡Con lo que pinchaba la punta del palo en la barriga! Pero las reglas son las reglas y, sino quería ser un cagueta, no tenía más remedio que  cumplirlas a rajatabla.

Sin embargo,  a pesar del dolor, no me importaba lo más mínimo. Estaba tan feliz  de estar todo el fin de semana en la granja que me daga igual  perder todas las partidas. Como me dijo  mi primo Ernesto cuando jugamos al “Scalextric”: « ¡Lo importante no es ganar, sino participar! ». Aunque yo prefería  ganar de vez en cuando.

Cuando Taka y Masa se cansaron de darse espadazos, nos transformamos otra vez en  los niños extremeños que solíamos ser  y nos tumbamos  a la sombra  del olivo que había cerca del granero. Estábamos tan agotados que   permanecimos un ratillo  en silencio y nos pusimos a mirar los dibujitos que hacían las nubes en el cielo como si fuera la cosa más preciosa del universo universal.

Mi alegría era tan enorme que hasta algo tan poco entretenido como contemplar el cielo,  me parecía muchísimo más entretenido en la granja que en mi pueblo. Sin embargo, cuando te llevas un rato grande imaginando gatos, perros, vacas y no sé cuántos bichos más en las nubes, llegaba un momento que empezaba a ser aburrido.

En el momento que ya las nube solo me parecían una acumulación visible de pequeñísimas partículas de cristales de nieve o gotas de agua suspendidas en la atmosfera, me acordé de todas las cosas nuevas que había descubierto en el tiempo que llevaba sin ver a mi primo. Sin dejar de mirar al cielo, comencé con la batería de preguntas que traía preparada.

—Francisquito…

—Dime Pepito…

—¿Los actos impuros sirven para que los mayores se curen unos a otros  igual que el juego de los médicos?

Mi primo se quedó pensativo como si hubiera dicho algo inesperado. Tras quedarse callado un rato, como si estuviera barruntando algo  en su cabeza, me contestó como solían hacerlo mi madre cuando no quería responderme a una cosa:  con otra pregunta.

—¿Por qué quieres saberlo? —Dijo, incorporándose un poco y sentándose sobre la hierba. La postura tan seria que adoptó, me hizo tener la sensación de que había dejado de ser un niño de cuarto de EGB y  se había convertido en un estricto profesor que se disponía a echarme una bronca.

Miré a mi primo fijamente y me puse de rodillas sobre el césped, de modo que pudiéramos mirarnos cara a cara como los hombres valientes. Como no quería que se enojara conmigo por la trastada que había hecho, le hablé muy despacito para que se enterara bien y no hubiera lugar a errores.

—Porque el otro día mi madre, como dice que estoy gordito,  en vez del bocadillo con mortadela que me suele preparar,  me dio cuatro ciruelas para merendar…

—¿Cuatro ciruelas?¡Qué asco!   Yo me como solo eso y me da un flato que me caigo de espaldas.  Te morirías de hambre, ¿no?

—¡Ya te digo! Pero lo peor es que tenía gimnasia aquella tarde.  Nada más terminó la clase, me entraron unas  ganas tremendas  de hacer caca.

—¿Y?

—Nada, que tuve que esperar que los mayores se fueran para hacerlo. ¡Fíjate que por cargar una vez en el cole me ponen el mote de cagón y se me queda para toda la vida! El padre  del Damián  mato una vez  a un cochino de una patada y lo conocen por el Matagorrinos.  Y no solo eso su madre es la Matagorrinas y sus hijos los Gorrinitos… 

—¡Osquites!, al padre de tu amigo lo ve Santillana y seguro que  lo ficha para el Real Madrid.

Como no entendía nada de futbol y no quería que la conversación terminara en goles, penaltis, fueras de juego  y cosas de esa. No le presté demasiada atención a su comentario y seguí contando mi historia como si tal cosa. Al fin y al cabo  era lo que realmente a mí me interesaba a mí y no los fichajes que habían hecho el Real Madrid o el Barca.  

—Pues nada, esperé que los niños mayores se fueran y me metí en el váter. No había terminado de echar el cuarto mojón, cuando apareció el profesor. Me limpié el culo lo mejor que pude y me puse mi traje de súper espía para ver qué es lo que maquinaba.

—¿Qué maquinaba?

—En principio, creí que solo venía a lavarse —Puse voz intrigante para que mi primo supiera que lo mejor venía a continuación —. Se quitó la ropa, se metió debajo de la ducha y, como quien no quiere la cosa, se puso a hacerse una masticación. Igualito, igualito que hizo  tu padre.

—A mí me parece que tiene que ser  un juego muy popular. Seguro que hasta lo conocen en Madrid, Bilbao, Barcelona y Torrevieja, Alicante.  Me parece que lo practican hasta los esquimales y todo.

—Ya te digo, porque aunque hizo algunas variantes con respecto a como lo hizo tu papá, me dio la sensación de que seguía las mismas reglas.

—Bueno… ¿Qué tiene que ver una masticación con los actos impuros? Son dos juegos completamente distintos.

—No seas impaciente, Francisquito. Pero es que si no te explico lo que pasó en segundo lugar, no vas a entender lo siguiente.

—Pues venga no te pares, que eres más lento que una carrera de caracoles y nos vamos a llevar aquí hasta la hora del almuerzo.

—Vaaale… pero si no comprendes algo de la historia, me paras y yo te lo explico con más detenimiento.

Mi primo asintió con la cabeza y proseguí contándole mi aventura en los vestuarios del cole en versión corta. Sería como cuando Don Remigio mandaba una redacción y la tenías que escribir resumida en una carilla.  

—No había terminado de echar los virus, cuando apareció la Yaque, la limpiadora. Yo creí que le iba a echar la bronca, pero no podía estar más equivocado, lo que hizo fue gastarle unas cuantas bromitas. Después se quedó en pelotas, se  metió debajo de la ducha con él y se pusieron a practicar los actos impuros esos.

Mi primo me miró estupefacto, estupefacto y requeté estupefacto.  Encogió la barbilla como hacía mi padre antes de echarme una bronca y movió la cabeza  varias veces en señal de sorpresa. Por un momento llegué a pensar que lo que hice no le parecía que estuviera bien  y tuve la sensación de que había metido la pata hasta el fondo. Arqueó un poco las cejas y, tras hacer unos cuantos mohines con la boca, me preguntó:

—¿Y por qué me has preguntado si sirven para curar a la gente?

—El Matías le dijo a la Yaque que estaba muy malito y ella le dijo que lo iba a curar. Ni le tomó la temperatura, ni le puso un supositorio… Simplemente se pusieron a besarse y, como estaban encuerichi, yo creo que jugaron a lo de los actos impuros.

—¿Le metió el pizarrín en la rajita?

—No lo sé…De donde yo estaba no lo podía espiar muy bien…A lo mejor sí…

—¿Te vieron?

—¡Qué va! Como te he dicho me transforme en Pepito Bond. Estuve todo el tiempo muy calladito y sin hacer ruido.  Ni siquiera tire de la cisterna para que se fuera la caca para abajo…

—¿Dejaste allí to el pastelón de mierda?

Como no tenía ni idea si lo que había hecho a Francisquito le parecería   malo o muy malo,  me limité  simplemente a mover la cabeza en señal de afirmación.

—¡Qué bueno! ¡Qué bueno! ¡Pero qué cochinillo eres! —Gritó mi primo riéndose a carcajadas —¿Te imaginas quien se lo encontrara al día siguiente? ¡Seguramente estaría lleno de moscas pegándose peitos todoel tiempo!

Aunque yo no le veía demasiado la gracia a aquello, para quedar bien con mi primo solté unas cuantas carcajadas también. Cuando nos cansamos de hablar de culo-caca-pedo-pis, Francisquito puso esa cara de pillín tan suya,  se me quedó mirando fijamente  y me preguntó:

—¿Qué fue lo que vistes?

—No mucho,  como te he dicho, la Yaque se quedó en pelotas, se metió bajo la ducha y  se dieron un beso de película.

—¿Y?

—No pude ver más, porque me tenía que ir ligero para que mi mamá no me echara la bronca por llegar tarde.

—¡Pues vaya birria! Creí que me ibas a contar cosas interesantes igual que cuando se te cayó la pelota en casa de la viuda…

—Es que entonces mi tío se estaba muriendo  y no estaba mi mama para controlarme. Por lo que era libre como el ave que escapó de su prisión y podía llegar tarde a casa, pues Gertru se pone sería, pero no me castiga.

—¡Es qué tu mamá es muy dominanta!

—Sí lo sabré yo que, desde que se enteró que me metía en la obra de al lado de mi casa, no me deja ni a sol ni sombra. Me llama para que le diga donde estoy cada media hora más o menos.

—¿Qué es lo que hace para tenerte controlado?

—Me pega una voz y si no respondo ipso facto, me pega un grito huracanado que tiemblan hasta las paredes.

—¡Pues vaya tela! Estás apañao entre lo de las ciruelas y los gritos esos.  

—No lo sabes tú bien. Tengo unas ganas de hacerme grande para poder hacer lo que me venga en ganas.

—¿Solo es así de mandona contigo porque eres  el más chico de la casa?

—¡Qué va! Lo es con todos. ¿Sabes cómo le dice mi papá cuando ella no lo escucha?

—¿Cómo?

—La sargento.

Fue decir aquello y mi primo se puso a carcajear como si le hubiera contado un chiste graciosísimo. Una vez se le pasó la risa, aproveché para volver  a insistir con mi pregunta.

—Entonces que me dices, ¿se curan los mayores también con los actos impuros o no?

—Pues no lo sé —Contestó mi primito poniendo cara de persona mayor e intelectual —, en la catequesis no nos dijeron nada de si eran curativos o no. Solamente que no los cometiéramos, sino queríamos ir al infierno.  Además en “El libro de la vida sexual”, no dice nada de eso, por lo que no sé qué decirte.  Déjame que investigue y la próxima vez que vengas por aquí te respondo.

Mi primo era como los finales de mis comics, cuando estaba en lo más interesante te dejaba quince días con la intrigulis. Sin embargo, que no pudiera averiguar el final de una cosa, no quería decir que se me quitara la buena costumbre de  preguntar, lo que seguí haciendo sin ningún reparo.

—¿El libro de la vida sexual? ¿Qué libro es ese?

—Es un libro gordo que mi padre tiene guardado en su ropero, a veces cuando mamá va al pueblo y él no está en casa me entretengo leyéndolo. Tiene que ser muy interesante y culto, pues no consigo enterarme de la mitad de las cosas que pone.  La mayoría de las palabras que usan son muy largas, tan raras que no sé lo que significan… Me imagino que habrá que estar en octavo o en el Instituto para poder entenderlo en condiciones.

—¡Qué raro, que tú papá tenga ese libro!

—¿Por qué?

—Porque tu papá, como el mío, apenas ha ido al cole y si tú dices que el vocabulario es muy complicado, no sé cómo lo entiende.

—Lo mismo se lo han enseñado en la autoescuela cuando estuvo sacándose el carnet para conducir camiones. Se pegaba unos lotes de estudiar, se llevaba las horas y las horas haciendo test.

—Puede ser, tu padre es muy guay — Dije con una esplendorosa sonrisa que le dejó claro lo bien que me caía mi tito Paco —¿Tiene dibujos o es todo de letras?

—Algunos, pero no muchos. Más bien son fotos y cuadros como los que vienen en las cajas de la carne de membrillo.  En una parte de la funda viene un dibujo antiguo de una mujer con las tetas al aíre que la está besando un angelito, en la otra parte una foto de la cabeza de una muchacha rubia y un muchacho moreno.

Escuchaba a Francisquito y me sorprendía la buena memoria que tenía. Se sabía tan bien la portada de aquel libro, como yo las páginas de mis comics. Pese a que no me parecía nada del otro jueves, lo estaba contando con tantas ganas que le puse cara de que me estaba interesando un montón.

—Dentro hay unos cuantos dibujitos de mujeres y hombres besándose, de cuadros antiguos, de mujeres en bikini,…—Siguió explicándome como si le hubieran dado cuerda —  Vienen unas cuantas a color, pero muchas  son en blanco y negro. Aunque lo más guay es un dibujo de chocho de mujer que viene como si fuera un esquema…

—¿Cómo si fuera un esquema? —Pregunté, pues a pesar de que mi primo usaba palabras muy sencillitas, no entendí muy bien a qué se refería con eso del esquema.

—Sí, como los dibujos que ponen los profesores en la clase para explicar las distintas partes de las flores o del cuerpo humano. Viene una flechita que señala cada palabra e indica cómo se llama cada parte.  Se ve abierto como si fueran las dos mitades de una naranja y te indica los labios mayores, los labios menores, el grande del clítoris…

—¡Qué guay! ¡Me gustaría verlo! —Dije con la misma cara que le ponía a mi hermana cuando quería que me comprara un comic.

—Pues no creo que puedas, porque cuando puedo cogerlo es cuando mi madre va de compras al pueblo  con Matildita y  los fines de semana, que es cuando tú puedes venir, no abren las tiendas. Así que me parece que te vas a quedar con las ganas.

—¡Puff!¡Vaya birria!—Tras refunfuñar un poco, volví a la carga con mis preguntas —¿Tú crees que vendrá ahí eso que te he preguntado?

—No sé, pero no te extrañe. Vienen tantas cosas raras que lo más seguro es que también expliquen algo de que si los actos impuros sirve o no para curar a la gente.   ¿Sabes lo que leí un día?

—¿Qué?

No sé si por la cara de bobo que le puse o lo pendiente que estaba de sus palabras, Francisquito se puso muy tieso, con la cabeza muy alta y,  adoptando una postura de profesor de escuela, comenzó a hablar:

—Te lo voy a decir de carretilla porque me lo leí tantas veces que me lo aprendí de memoria. Así que no me interrumpas con ninguna de tus preguntas que si no voy a tener que empezar desde el principio y nos podemos llevar aquí hasta que las ranas se dejen la melena.

—Vale, seré una tumba profunda.

—Sí, porque hay que estar muy atento. Para mí que es una  mezcla entre adivinanza y trabalenguas—Mi primito hizo una pausa y carraspeó para aclararse la voz—. “El periódico fértil de las mujeres se establece entre  los ocho o diez  días premios a la  monstruación . Si el marido desea que la esposa se quede en la cinta, deberá  practicar el “cojito” durante esas fechas» —Volvió a quedarse callado, tomó aire y me preguntó —  ¿Tú entiendes algo de lo que he dicho?

Moví la cabeza negando, pues no me había enterado ni de papa. Después de escuchar aquel montón de palabras desconocidas para mí, llegué a la conclusión de   que el libro ese tenía que ser muy complicado. Me pareció que debía  estar escrito para gente muy inteligente y que al menos hubieran estudiado una carrera.

Era tan ininteligible que ni mi primo, ¡con lo listo que era!, era capaz de desentrañar los secretos que encerraban  sus páginas. Aunque no había muerto nadie, era un caso digno de   Jessica Fletcher. “Sangrientos días de la monstruación”.

—Pues todo es parecido e igual de complicado…—Prosiguió mi primo y poniendo cierto toque de misterio añadió —  Ahí fue donde leí lo de la “masticación”…

—¡De eso te enteraste muy bien! ¡Fíjate que yo, que solo estoy en segundo y solo sé dividir por una cifra, me enteré a la primera de lo bien que me lo explicaste!

—Es que venía más clarito que lo de la monstruación esa. Te juro, Pepito, que me lo he leído por lo menos dieciséis o diecisiete  veces y cuanto más me lo leo,  de menos me entero…¡Vaya leche migá!

Tuve que poner una cara tristona, porque mi primito me miró extrañado y me preguntó:

—¿Qué te pasa Pepito?

—Nada, que traía más preguntas que hacerte y ahora no sé si vas a querer respondérmelas.

—¿Muchas preguntas?—Mi primo hizo un mohín raro con la cara. Me dio la sensación de que ya había descansado lo suficiente  y tenía ganas de volver   otra vez a guerrear en plan samurái.

—Unas cuantas, pero no quiero que te enfades conmigo.

—Yo contigo no me enfado, porque eres mi primo preferido y mi socio. Como dice mi profesor de matemáticas cuando no entiendo algo: “Pregunta que soy todo oídos”.

—Pues cuando las pajas del Facu y la  Blanquita  si te enfadaste…—Le dije con mi mejor voz de niño repelente.

—No me enfadé, simplemente me puse serio, ¡que no es lo mismo!

Me quedé callado unos segundos, pues no quería siquiera que se pusiera serio.

—¡Venga desembucha, Pepito!

—Es que el tema está  relacionado con las pajas…

—¿No habrás jugado? —Al decir esto arqueó las cejas y los ojos parecían que se le fueran a salir de las cuencas.

—¡Vamos, ni que yo tuviera sitio en casa para tener  una oveja! Además, me parece la  cosa más asquerosísima del mundo mundial  y, por muy de moda que esté,  yo no jugaré jamás de los jamases…

—Entonces, ¿qué es lo que te ha pasado con las pajas?

—El otro día mi hermano y mi hermana se pusieron a discutir por una cosa y mi Juanito se puso en plan vacila.  Ya sabes tú como es cuando se quiere hacer el gracioso.

—Pues no sé qué será mejor un hermano chulito o una hermana marimandona —Mi primo se quedó callado, se quedó pensativo un momentín  y me dijo —¿Qué tienen que ver tus hermanos con lo de las pajas?

—Mucho. Ya verás—Como si lo que iba  a contar era requeté importante, me paré, tomé aire y comencé a hablar muy despacito para que mi primo no se perdiera un detalle  — Mi Gertrus se enfadó un montón con mi hermano por ser tan antipático y le dijo que él para jugar a las  pajas, que jugaba una partida por la mañana antes de ir al colegio y otra por la tarde.

Francisquito puso cara de no creerse lo que le estaba contando, así que proseguí con mi interesante historia para que viera que no era ninguna mentirijilla.

 —Entonces vino lo mejor, Juanito le dijo que sí, que  él jugaba a lo de las pajas, pero que Ángel, su novio, también. Por la forma de decirlo, me dio la sensación de que  la oveja con la que se  echaban las partidas la tenían a medias.

—¿Tú hermana sabe que su novio hace esas guarrerías?

—No lo sé, pero ella se enfadó muchísimo al escucharlo. A mí lo que me sorprendió es que el juego fuera tan popular. Yo creí que era uno cosa más de la gente que trabaja en el campo como el Facu.

—Si tu hermana lo sabe, ¿lo sabrá tu madre? —Preguntó mi primo bastante preocupado.

—Ni idea…Lo que si te puedo decir es que lo hablaban con la mayor naturalidad, como si no hubiera ropa tendía delante…

—¿Lo sabrá tu madre?—La cara de susto y preocupación no se le quitaba a Francisquito que seguía repitiendo la misma pregunta como si fuera la campana de una iglesia el día de misa.

—No tengo ni idea. No ves que a mí no me cuentan nada y ahora, con eso del luto, ni siquiera vemos la televisión que era el único momento que yo me enteraba de las conversaciones aburridas que tenían.   Fíjate que mi hermano y mi padre  no pueden hablar de si el Real Madrid ha ganado o ha perdido, sin que mi madre les diga con voz sargentona:  “¡Un respeto por favor, que no hace ni un mes que mi  pobre hermana ha enterrado a su marido!”

—¿Entonces en tu casa no se puede hablar de nada?

—Sí, pero de muy poquitas cosas.

—¿De cuáles?

—De lo cara que se está poniendo la carne, la fruta y el pescado, que no se  sabe dónde vamos a llegar con esta juventud que no tiene respeto por nada, de las cosas malas que hacen las vecinas del barrio y de lo mal que lo está pasando mi tía Elvira.

Franciquito se quedó callado y muy pensativo. Tuve la sensación de que había metido la pata hasta el fondo.

—¿Qué te pasa, primito?

—Que tenemos un problema.

—¿Cuál?

 —Que como lo sepa tu madre lo sabe la mía, porque ellas se lo cuentan todo por teléfono…

—¡Jo!, de esta segura que nos mandan a un colegio interno.

Mi primo preferido se volvió guardar silencio y tras mover un poco la cabeza, me sonrió y me dijo:

—Tú no te preocupes, mientras no le contemos a nadie nuestros secretos, no sospecharan nada y no nos echaran la bronca.

—Yo te prometí que sería una tumba.

—Ya y yo confío en ti, socio. ¡Qué guarro tu hermano y Ángel, jugando a lo de las pajas!

—Yo me quedé requeté estupefacto del todo  cuando me enteré.

—En tu pueblo, por lo que se ve, abundan los pajeros. Primero el Rafita y sus amigos, ahora estos dos… Lo más probable es que haya mucho más jugadores y tú no lo sepas.

—El Oscar y el Javier seguro que también lo practican. Son  inseparables de mi hermano y lo que hace uno, hacen los demás.

—¿Tantas ovejas hay en tu pueblo?

—¡Qué va! Solo los papás del Modesto y los tíos de la Maite. Tienen entre los dos  un rebaño más pequeñito que el tuyo.

—¿Y entonces como hay tantos jugadores?

—Esa es una duda que tengo.

—¿Cuál?

—Que no creo que haya ovejas para todos.

—Pues entonces se la pasaran unos a otros, como el balón en el futbol.

—Es verdad, con un balón tienen para los dos equipos.

—Cada equipo tiene veintidós jugadores, sin contar los suplentes.

Hice rápidamente una cuenta de cabeza y le dije:

—Con diez ovejas tienen como mínimo  para doscientos veinte jugadores…

—No ves como  hay suficientes ovejas, no creo que en tu pueblo haya tanta gente que practique lo de las “pajas”.

Después de aquello quien se quedó pensativo fui yo.

—¿Qué te pasa, Pepito? ¿No te salen las cuentas? ¡Tú eres muy bueno en matemáticas!

—Sí, la multiplicación está bien hecha,  pero hay otra cosa que no me convence.

—¿El qué?

—Que hay que andar un montón  para llegar a las granjas.

—¿Tan lejos están?

—Bastante. El Modesto vive pasando la ermita y los tíos de la Maite cerca del rio Guadámez. No sé cómo se las apaña mi hermano para ir para allá. Si juega  hasta dos o tres partidas al día, como dice mi Gertru, ell pobre tiene que acabar agotado con el palizón de bicicleta pallá   y bicicleta pacá.

—Pues le gustará mucho y no le importara… Mi papá dice que sarna con gusto no pica…

—Es que pasa otra cosa.

—¿Cuál, Pepito? —Preguntó mi primo un poco harto ya  por la de vueltas que estaba dando para hacerle las preguntas.

—Que mi hermana le dijo ayer que jugaba una partida antes de ir al colegio y él se levanta con la hora en el culo, por lo que no le daría tiempo de ir a buscar ninguna oveja.

Francisquito se volvió a quedar sin palabras. Durante unos segundos se quedó en silencio, como si, antes de darme la respuesta, la tuviera que cocinar en su cerebro.

—No sé, la cosa tiene miga… Lo único que se me ocurre es que quizás en cada pueblo se practique de una forma distinta.

—¿ Y qué hago para enterarme?

—No sé, espía a tu hermano como yo lo hago con los míos.

—Pero es que Juanito siempre está encerrado en nuestra habitación o en el cuarto de baño… ¡Y así no hay manera!  Ya quisiera yo tener las guaridas de vigilancia que tiene tú en la granja.

—La verdad es que en tu casa, salvo el cuarto de tu tío Manuelón, el resto es una fortaleza anti espías.  

—¡Ah!, se me olvidaba. ¿Sabes lo que vi el otro día allí?

—¿Qué?

—A mi papá haciéndose una masticación. —¡Jo, también tu padre sabe jugar a eso! Seguro que tiene el libro gordo de la vida sexual, porque ahí viene muy bien explicado. ¿Cómo fue? ¿Lo hace muy distinto a mi papá?

—Muy parecido, pero como no estaba en la ducha se fumó un cigarro antes de empezar la partida.

—¿Un cigarro?  ¡Qué cosas más raras hacéis los dombenitenses!

—Sí, a mí también me extraño muchísimo, yo creía que lo de la masticación tenía que ser debajo de la ducha con mucha agua y jabón.  

— Yo siempre lo he visto así, pero el juego de la masticación tiene que ser como el de las cartas. Por lo visto con  la misma baraja se pueden jugar a la brisca, al tute, a las siete y media, al solitario…

Yo asentí como un perrito de detrás de los coches, no tenía ni idea de que estaba hablando mi primo. Yo solo conocía lo de las siete familia y no sabía jugar, solo había aprendido a participar.

—¿Qué hizo tu padre después de fumar? —Me preguntó frunciendo un poquito el ceño.

La de vueltas que da la vida, habíamos pasado de ser yo él que preguntaba a que fuera mi primo quien lo hiciera. ¡Qué guay!

—Cogió una  revista de tías en bolas que tenía bajo la cama. Fíjate que yo creí en principio que iba a jugar a lo de las pajas, pero como no tenía ninguna oveja a mano, se ve que tuvo que terminar haciéndose una “masticación”.

Mi primo volvió a quedarse callado y tras estar un rato haciendo funcionar el molondro me dijo:

—Pepito, ¿tú tienes algún animal en tu casa?

—Tres: Piolín, mi periquito, Speedy, mi hámster  y a Lassie, mi perrita. ¿Por qué?

—Porque a lo mejor en cada pueblo se practica con un tipo de animal y si tienes un perro… Son más o menos igual de grande que las ovejas

—¿Tú crees que mi hermano juega a lo de las pajas con mi Lassie?

—Puede ser. Tu hermano es muy truhan y seguro que con tal de no tener que pegarse el paseo hasta el quinto pino, es capaz de haberse inventado cualquier triquiñuela. Tienes que tener en cuenta que tu perra le pasa lo mismo a que mis ovejitas.

—¿El qué? —Pregunté horrorizado.

—Que también tiene tete.

Me entraron las siete cosas por el cuerpo, mi hermano no solo no le daba de comer a mi perrita, ni la lavaba, ni la sacaba a hacer sus necesidades, ¡encima jugaba a lo de las pajas con ella! Podría ser mi hermano-héroe  favorito, pero si  llegaba a descubrir que le estaba haciendo aquella guarrería a mi Lassie, volvería  a ser mi hermano-enemigo por siempre jamás.

Todavía no había asimilado yo el terrible descubrimiento de que mi hermano estuviera jugando a lo de las “pajas” con mi inocente perrita, cuando una estridente voz se escuchó desde la granja:

—¡Francisquito! ¡Pepito! ¡Venid pacá !

Era mi tía Enriqueta que nos llamó para que nos ducháramos y nos vistiéramos de bonito. Por lo visto, mis primos Ernesto y Fernando traían a sus novias a comer y mi tía quería causarle buena impresión. La buena mujer se había llevado toda la mañana cocinando y había sacado el mantel, la vajilla y los cubiertos buenos. La verdad es que la mesa donde íbamos a comer estaba muy bonita y elegante, parecía que íbamos a celebrar la cena de nochebuena.

No sé por qué, pero en vez de en los Reyes y los turrones, me acordé de mi padre y mi tío Paco cantando el villancico de “Mira como beben los peces en el río”. Los pobres se habían tomado tres, cuatro o cinco copas de vino y les dio por ahí.  No se habían aprendido  bien ni la letra y la mitad se la inventaban.  ¡Qué risa, tía Luisa! Por aquello de un día es un día, mi madre ni le riñó.

Me paré un poquito a curiosear como estaban puestos los cubiertos y los platos,  pero Francisquito me metió un poco de prisa pues nos teníamos que meter en el baño. Para ahorrar tiempo nos duchamos los dos juntos.

—Ya te he dicho que hasta que no llegue  a la edad de la prubertar no se me pondrá en su tamaño real —Me dijo mi primo al ver que no le quitaba la vista del pito.

—¿Qué edad es esa?

—Cuándo tienes entre doce o catorce años —Me respondió enjabonándose rápidamente y metiéndome prisa para que me metiera en la bañera.

—¿ Eso es antes  o después de la edad del pavo?

–—¡Déjate de tantas preguntas! Como no estemos vestidos antes de que vengan las novias de los gemelos, nos van a echar la bronca —Dijo un poco enfadado.

Nos terminamos de duchar y  nos vestimos en un santiamén.  En menos de un cuarto de hora pasamos de ser dos samuráis polvorientos , a ser los hijos de dos marqueses. Al mes eso  fue lo que nos dijo nuestra tía que parecíamos cuando nos vio aparecer en el comedor.

Vestido de elegantes como estábamos no quería que nos fuéramos otra vez a la calle, por lo que  nos puso la televisión, ¡y que suerte tuvimos! Acababa de empezar Mazinger Z. El mejor robot del mundo mundial.  Con el luto, me había perdido unos cuantos capítulos, pero seguro que hacían un resumen de lo sucedido antes de empezar y me enteraba de todo estupendamente. Si no ya se encargaría mi primo de ponerme al día.

♫♫El terror la maldad

Koji puede dominar,

Y con él, su robot,

Mazinger!

Mazinger es fuerte y bravo,

es una furia!

No pueden con él,

preparado a combatir estááá!

Es inmortal, el robot,

siempre lucha por la paz!

Su amistad y su amor

Koji puede controlaaaarrr ♫♫

Aunque la televisión que tenían mis titos  era en blanco y negro, los dibujos animados del Mazinger  se veían la mar de chulis. Koji Kabuto  era el niño más valiente del mundo mundial y se enfrentaba al ejercito de robots  que querían conquistar el mundo  un día sí y el otro también.

Cuando decía eso de: ¡Planeador abajo!, se me ponían los vellos como escarpias. ¡Mira que inventaban monstruos mecanicos el Doctor Infierno y el Barón Ashler! ¡Pues a todo se los cargaba! ¡Era el mejor  dirigiendo Mazinger!

No habíamos terminado de ver el emocionantísimo capítulo cuando apareció mi prima menos favorita: Matildita. Traía un vestido verde aceituna requeté ajustado. La muy presumida se pensaría que poniéndose una talla menos, parecería más delgada. Era todo lo contrario, se la veía más gorda todavía  y como mi tía la había peinado con tirabuzones me recordó a las  muñecas chochona que vendían en la tómbola.

Si fuera así, se iba a recorrer todas las ferias de España. No se la iban a querer llevar ni como premio de consolación.

La miré de arriba abajo. Por mucho que ella dijera que era una mujer, yo la seguía viendo tan niña como siempre. Eso sí, muy grande y muy ancha, pero, al fin y al cabo,  una cría como su hermano y yo.

Fue llegar y, para incordiar, se puso delante de nosotros para que no viéramos la tele.

—¡Matildita, quítate de en medio que la carne de burro no es transparente! —Le dijo mi primo intentándola echar a un lado y poder seguir viendo los combates de Mazinger contra los temibles y monstruosos villanos.

—¡Ni la de cerdo tan exigente! —Respondió mi prima sacándole la lengua a mi primo y poniendo su mejor  cara de hermanastra de Cenicienta.

—Pues yo seré un cerdo, pero tú tienes más cabeza que un mulo blanco asomao a un postigo.

—¡ A qué te despachurro una torta en la cara!

—¡Niños! ¿Qué pasa aquí? —Intervino mi tía, al ver a los dos hermanos pelearse.

—¡Na  que la Matildita no nos deja ver la tele al primo Pepito y a mí!

—¡Mentira cochina!, me he puesto delante de vosotros para que me dijera que estaba muy guapa con el vestido y sois los dos tan poco caballerosos que no me habéis dicho nada. ¡No sé qué esperaba de dos niños tan brutos y con tan pocas entendederas como vosotros!

Francisquito movió la cabeza y carraspeó como si fuera a decir algo gordo, pero yo me adelante diciéndole a su hermana lo que quería oír:

—Perdona, primita. Pero estábamos tan enfrascao viendo a Mazinger Z que  no nos hemos dado cuenta lo distinta que venías con ese vestido y ese peinado nuevo.

Matildita, al oírme, movió la cabeza dándose importancia y  se contoneó como las artistas de cine. Mi tía Enriqueta, conociendo lo comprometedora que era su hija, le pidió que nos dejara ver los dibujitos y que le ayudara a poner la mesa, que para eso era  ya una mujer.

—Aprende, es más chico que tú y más caballeroso —Dijo Miss Universo Repelente sacándole la lengua a su hermano, a la vez que atendía a lo que su madre le había dicho.

Una vez, huracán Matildita dejó de entorpecernos la visión  con su vestido verde, los ojos de mi primo y los míos se clavaron en la pequeña pantalla de televisión como si estuvieramos hipnotizados.

Cuando terminó Mazinger Z.  Nos habíamos perdido una pelea, pero tampoco es que fuera nada del otro jueves porque se sabía desde el primer momento que Koji iba a ganarla. Mi primo acercó su boca a mi oído y me susurró:

—¿Por qué le has mentido a mi hermana y le has dicho que está guapa?

—No le he dicho que estuviera guapa —Le respondí con el tono de voz más bajito del mundo —, le he dicho que estaba distinta que no es lo mismo.

Mi primo pilló enseguida  el sentido de mis palabras, miró a su hermana de arriba abajo y comenzó a reírse a mandíbula batiente. Matildita, que parecía tener un sexto sentido para nuestras bromas, nos fulminó con una mirada asesina. Al ver que esta no tenía el efecto deseado, termino gritando:

—¡Maaammá, los niños se están riendo de mí!

Menos mal que en aquel preciso momento  llamaron a la puerta y nos libramos por un pelo de una bronca de las de campeonato. Porque mi tía muy buena y muy santa, pero Matildita era la niña de sus ojos  y no consentía que nadie se burlara de ella. Ni siquiera una mijina.

La mamá de Francisquito se puso la ropa bien, le dijo a mi prima que fuera  corriendo a buscar a su padre y  salió a abrir la puerta. Antes de mover el pomo de lo puerta, nos echó  una mirada de esas que te decían que como no estuvieras calladito y quieto te la ibas a ganar de todos los colores.

Quienes habían llegado eran mis primos gemelos y sus novias. ¡Qué guapas, qué elegantes y modernísimas eran! Una, la que venía cogida de la mano de Fernando, era rubia de peluquería y la otra, la de Ernesto, era morena. Se parecían a  la Kelly y a la Jill  de los Ángeles de Charlie.

Mi tito Paco, quien también se había puesto el traje de los domingos, apareció corriendo y se puso al lado de su mujer. Me dio la sensación de que estaba en una fiesta de las películas, solo faltaba el  hombre  en la puerta anunciando la llegada del señor y la señora William Smith.

A falta de mayordomo, fue mi tío quien invitó a pasar a las muchachas y les dijo, con una sonrisa bonita de las suyas,  que eran bienvenidas y que se sintieran como en su casa.

—Marta estos  son mis padres —Dijo Fernando poniéndose  tan finolis como la gente de Mérida —Papá, mamá, esta es mi novia.

Mis tíos le dieron dos sonoros besos a la muchacha y dijeron que estaban encantado de conocerla.

—Adela… estos son mis… padres —La voz de Ernesto parecía que no quería salirle del cuerpo y estaba colorado como un tomate —Papá…mamá… esta es mi novia.

Como si fuera una cosa que hubieran ensayado muchas veces los papás de Francisquito volvieron a hacer lo mismo con la chica morenita. No sé por qué, aunque tenía cara de ser muchísimo más simpática,  me pareció menos moderna que la otra. Por lo que me habían contado eran primas y por eso se parecían tanto.

Aunque pensándolo bien, eso tampoco tenía que ser una regla que se cumpliera siempre. Yo no me parecía en nada ni a Matildita, ni a sus hermanos. Puestos a elegir  de mayor no me importaría ser tan guapo y tan simpático como los gemelos. Pero no sé por qué, me voy a tener que aguantar con ser como el  tío Manuelón Quenpazdescanse, pues todo el mundo dice que soy su vivo retrato.

Una vez les presentaron las zagalas a sus padres, los gemelos pasaron a donde estábamos los niños. Matildita se puso muy contenta cuando la rubia le dijo que estaba preciosa y que su vestido era muy bonito. Con tan mal gusto le pegaba más ser novia del Facu que de mi primo Fernando.  En fin, otro misterio más  sin resolver para mi corta existencia.

De Francisquito les llamó la atención lo grande  y doble que era para su edad. A mí, como no era de la familia, no me dijo nada. Eso sí, su prima, la morena, me  dijo que yo era muy guapo, muy simpático y que tenía cara de ser muy espabilado. ¡Qué guay!

—Es un máquina en la escuela —Añadió mi tío Paco que hizo lo mismo que hacia mi hermano: despelucarme. ¡Le parecería bonito! Con todo el rato que había pasado yo con el peine haciéndome la raya.

Como era mi tito preferido, ni siquiera le hice ningún pucherito. Pero la cosa tenía telita. Esto se lo hacen al Dr Barner y se convierte en Hulk al segundo.

En fin, ya tampoco me importaba demasiado si tenía los pelos bien colocados o no. Las angelas de Charlie ya me habían visto vestido de bonito y bien peinado, por lo que ya se habían enterado lo guapo, elegante y simpático que yo era. ¡Una de ellas hasta me lo había dicho y todo!

La mamá de Francisquito, que era muy buena cocinera, había preparado un almuerzo para chuparse los dedos. De primero,  una sopa de tomate que estaba riquísima y, de segundo,  unos filetes de cabeza de cerdo extremeño que no se los saltaba un guardia. ¡Qué jartacomer me pegué! Comiendo de ese modo todos los días, no era de extrañar que Matildita y Francisquito estuvieran tan gorditos.

Conociendo a mi mamá Sargento, me iba llevar una semana merendando ciruelas de lo más digestiva.

Porque mi tita no era bruja malvada y la  casa de la granja no era de chocolate, sino cualquiera podría imaginar que  estaba cebando a mis primitos para la matanza del año que viene.

Tras el postre, Adela,  Marta  y Matildita ayudaron a mi tía Enriqueta a quitar la mesa y a poner el café. Ernesto y Fernando se quedaron charlando con su padre. Como nosotros no pintábamos nada ya allí, preguntamos si nos podíamos ir a jugar.

—Cuando se vayan las visitas—Respondió mi tío, dando a entender que no había lugar a discusión alguna.

—¿No nos  podemos tampoco ir a nuestro cuarto? —Preguntó mi primito temiendo que la respuesta de su papá fuera otro rotundo no.

—¿Por qué   mejor no se cogéis unos juguetes y se quedáis aquí en el salón? Las novias de los gemelos han venido hoy por primera vez a la casa y no es cuestión de quedar mal con las zagalas.

—Anda —Intervino Fernando —, no funfurruñeis tanto. Si  se portáis bien, mañana  cuando volvamos de misa, os sacamos nuestro “Scalextric”…

Fue escuchar la palabra “Scalextric” y me entraron unas ganas locas de saltar y gritar: «¡Bien!» Si no lo hice, fue porque había visita y no quería quedar  como un niño mal educado  delante de ellas. Noté que estaba tan contento que se me subieron los colores, miré a Francisquito y le dije:

—Creo que lo mejor es que seamos buenos.

—Sí, pero si tardan mucho en irse nos vamos a terminar aburriendo —Me dijo muy bajito, muy bajito, para que los mayores no se enteraran de lo que hablábamos.

—¿Qué te parece si vamos por los comics a tu cuarto y nos ponemos a leerlo?

—Es que a mí me aburre mucho leer…

—Te puedes ver solo los dibujitos.

—Vale —Respondió mi primo bastante resignado —¡Papá!, ¿Podemos subir a mi cuarto a por los comics de Pepito?

—Sí, pero no enredéis mucho.

Mientras subía las escaleras, pensé que había una cosa de Francisquito que no me cuadraba demasiado. Estaba claro que era un niño muy listo. Sabía todas esas cosas de mayores: los juegos de médico, los actos impuros, la masticación… ¡Diantres si sabía hasta lo de las pajas! Si era tan inteligente, ¿cómo le podía aburrir leer? Si era una de las cosas más guay del universo mundial.

Don Remigio nos había explicado que leyendo aprendías las cosas del mundo y cuanto más leías menos analfabeto eras. Lo mismo a mi primo, como era tan inteligente, los comics le parecían asuntos sin importancia y prefería leer el libro gordo de su padre, aunque no se enterara de mucho.

Cuando bajamos los novios y mis tíos estaban tomándose el café, debían estar contándose cosas muy divertidas y graciosas, pues no paraban de reírse.

Sin embargo, a Matildita no debían de gustarle mucho la conversación pues tenía cara de estar aburriéndose como una ostra. La misma que yo en Misa. Fue  vernos llegar y se vino para nosotros con esa gesto malicioso que ponía cuando se disponía a hacer o decir algo para fastidiarnos. Más que prima o hermana, parecía una madrastra.

—¿Qué hacéis?

—Estamos leyendo comics. Yo el del Capitán Trueno, tu hermano el de los Samuráis pendencieros.

—¡Vaya pamplina! Al cenutrio este, lo que le hacía falta es un tontaina como tú al lado. Va a terminar tonto y medio, como el pegamento.

Francisquito apretó los puños, enseñó los dientes y con los ojos llenos de furia, le dijo:

—¡Como me digas otra vez cenutrio, te pego una gayua que te vas a enterar!

—¡Cenutrio! ¡Cenutrio! ¡Cenutrio! —Dijo Matildita muy bajito para que no se enteraran los mayores.

Mi primo se disponía a arrearle un sopapo de marca mayor, cuando me puse delante para detenerlo:

—No le pegues. Si le pegas a tu hermana una torta con las visitas aquí, mañana no nos sacan el “Scalextric” y, como tus padres se mosqueen mucho, son capaces de no traerme más otro fin de semana.

Miró a su hermana con cara de muy mala leche, bajo el puño y dijo:

—Llevas razón Pepito, para que vamos a hacerle caso a medio día, habiendo días enteros.  

—¡Cenutrio! ¡Cenutrio! —Mi repelente prima, para que no la escucharan sus padres ya ni siquiera decía nada, simplemente movía los labios para cabrearnos. Cogimos los comics, nos lo pusimos delante de la cara y así evitamos verle la cara.

Como no consiguió fastidiarnos, la molestosa de mi prima hizo lo que mejor se le daba hacer para llamar la atención de los mayores: gritar.

—¡Maaamáaaa los niños no me dejan!

—Pues vente para acá —Respondió mi tía con una voz bastante calmada —seguro que estando aquí con nosotros, no te dicen nada, ni tú tampoco a ellos.

Escondidos tras las páginas de los comics, mi primo y yo nos miramos y sonreímos complacidamente.

Cuando Francisquito se cansó de ver su comic y yo me supe de memoria el mío. Me puse a contarle, muy bajito para no molestar a los mayores, lo que había sucedido en aquel interesantísimo capítulo del  Capitán Trueno, enseñándole cada uno de los personajes. A él le gustó muchísimo Goliat.

—Esta tarde, Pepito, cuando nos cansemos de hacer de  Mazinger Z y del robot asesino, podemos jugar al Capitán Trueno.

—Sí, yo seré Crispín y tu Goliat.

—¡Bien! — Casi gritó mi primo de contento que se puso.

Estábamos tan inmersos en planificar nuestras actividades de la tarde que no nos dimos cuenta que Adela, la morena guapa y simpática, se había acercado y estaba agachada a nuestro lado.

—Pepito, me ha dicho mi novio que te quedas aquí hasta mañana.

—Sí, hasta después de la siesta que me llevara mi tito a mi casa —Dije recalcando cada una de las palabras, para dejar claro que me lo sabía tan bien como la tabla de multiplicar.

—Pues entonces, como no tienes prisa. ¿Te gustaría venir con nosotros  al cine de Mérida?

La pregunta de la novia de Ernesto me cogió  completamente de sorpresa.  No estaba acostumbrado a que los mayores tuvieran en cuenta mi opinión. Gertrudis solo me llevaba cuando la obligaba mi madre, para que no estuviera a solas con su novio. Normalmente me llevaba a tostones de historias de amor que me aburrían muchísimo y terminaba durmiéndome a mitad de la película. Lo único bueno que tenía es que me compraban un montón de chucherías.

—Sí, pero… ¿Francisquito va a venir también? —Pregunté temiendo que Adela, pese que nos acabábamos de conocer, fuera hacer lo mismo conmigo  que mi hermana.

—Sí, vamos a ir todos. Tus tíos, tus primos, Marta, tú y yo —Dijo poniendo una cara tan preciosa que daban ganas de comérsela a besos.  No sé por qué, a pesar de que no era tan moderna como ella, me recordó a mi Gertru.

—¡Por supuesto! —Grité levantándome del suelo y saliendo a correr escaleras arriba.

—¿Dónde vas chiquillo? —Preguntó mi tío a verme subir las escaleras como Speedy Gonzáles

—A… peinarme…, tardo un… minuto —Respondí entre jadeos.

Mientras me ponía el pelo derechito y me echaba un poquito de colonia de la buena, pensé que desde que empezó lo del luto no había visto ninguna película. Con lo que, aunque fuera un tostón, iba a procurar no dormirme. Cualquiera sabe cuándo me veía en otra como aquella.

No pude peinarme  tan bien como a mí me gustaba pues mi tía me apremió para que bajara, que estaba toda la familia esperándome.

Francisquito y yo, nos fuimos en el “Range Rover” con Ernesto y Adela. En el coche de mi tito Paco se fueron los cinco restantes. Fue posar mi culito sobre el asiento del coche y me puse a practicar el deporte que más me gustaba:

—¿Qué película vamos a ver?

—Pedro y el dragón Elliot — Me respondió Adela con una agradable sonrisa.

¡Guau! ¡Vaya fin de semana más guay que me estaba pasando! Había jugado con Francisquito a los samuráis, había hecho a mi primo todas las preguntas que traía,  había visto un episodio de Manzinger Z, había conocido a las guapísimas novias de los gemelos y, ¡por si fuera poco!, iba al cine a ver la última película de Walt Disney.

¿Se podía  uno divertir mucho más en un fin  de semana?¡Claro que no!  Era el niño con más suerte del mundo mundial

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