Porque la noche es de los amantes (2 de 2) Inédito

Berto(22:50 con la orgia recién iniciada)

Su amistad con el recién llegado se remontaba a cinco  años antes. Lo conoció en  Estocolmo en un   evento caro y refinado  organizado por Larry Lagüe, un magnate de la industria del sexo gay americano, al que acudían  importantes hombres  de los distintos estamentos sociales de diversas  partes del mundo.

Entre los miembros de aquel club secreto se encontraban empresarios, deportistas de élite, políticos, miembros destacados de la Iglesia… Un ramillete de hombres que en mayor o menor medida escondían su homosexualidad en su día a día y como caballos salvajes se desbocaban en aquellas reuniones que se prolongaban durante varios días.

Se trataba de un círculo cerrado y elitista cuyos socios se autodenominaban “The rainbow power” y al que muy poca gente tenía acceso.  La mayoría de ellos superaban los cincuenta y solo se admitía a alguien nuevo por dos razones: una baja o la entrega de una importante suma.

En primera instancia, Berto fue el invitado de  un  empresario de renombre suizo con quien le unía una fuerte amistad y algún que otro polvo salvaje. El sevillano había demostrado ser muy vicioso y además poseía el atractivo propio de los latinos, por lo que el helvético lo lució como si fuera una especie de trofeo.  

En aquella ocasión el lugar elegido para celebrar el festival sexual fue una mansión en las afueras de Seúl. Los socios convocados  más sus invitados, de acuerdo a los estatutos del club,  apenas sumaban la treintena y todo estaba organizado para que, durante los cinco días que duraría su estancia, no le faltaran emociones fuertes que vivir.

Lagüe concedía a los Rainbow el privilegio de salvaguardar su identidad o mostrarse abiertamente ante el resto de asistentes, si lo deseaban.  Muchos de los asistentes, por su  estatus social o por su popularidad, no podían permitirse el lujo de salir del armario. Sin embargo, se habían vuelto tan adictos a las perversiones que se daban citas en aquellas fiestas que no les importaba transgredir las normas que su entorno más cercano les imponía.

Berto,  en  un principio, consideró lo de ponerse un antifaz que le recordaba a los que se usaba en la película “Eyes wide Shut”, pero  no lo hizo. Tampoco le ponía usar una máscara de cuero y llegó a la conclusión de que entre los miembros de la élite mundial que se encontraba allí, era menos que nada.

Si a su  poca relevancia se le sumaba que,  que por muy patriota que  él se sintiera,  España no era un lugar importante en los mapas mentales de la mayoría de los que estaban allí , no debía temer porque nada de lo que hiciera allí tuviera relevancia negativa para él.   Por lo que harto de estar ocultando a su entorno habitual  sus más bajas pasiones, decidió vivir la experiencia con absoluta libertad y sin tapujos ni cortapisas de ningún tipo.

La mansión había sido transformada por el pornógrafo en una especie de parque temático de las fantasías homosexuales más icónicas   y cada estancia de la casa se había convertido en un propicio escenario para dar rienda a su imaginación.

Durante su estancia,  se sintió protagonista de todas aquellas historias que le habían excitado del cine pornográfico. Estuvo en decorados que recordaban al salvaje oeste, en una granja, una mina de carbón, un cuartel militar…

Si a una buena utilización del attrezzo, se le unía unos buenos sementales, en su gran parte  actores del cine para  adultos,  perfectamente caracterizados y dispuestos a complacer cada una de sus exigencias, la experiencia se convertía en algo irrepetible. 

Quedó tan fascinado con el universo de perversiones que allí se le presentó que, como buen niño mimado que era,  no estaba dispuesto a renunciar a volver a repetir lo vivido. Su fortuna no era nada comparable con la de ninguno de sus miembros, pero no le importó vender una filial irlandesa a un fondo buitre con tal de poder hacer una considerable donación a la fundación de su organizador. Quien se encargó de promover entre sus socios  que fuera considerado miembro de pleno derecho.

Nunca llegó a sospechar que,  a pesar de su generosa aportación, tuvieron  mayor peso para su aceptación  su aspecto de macho latino y su enorme atractivo. Si a eso se le sumaba que algún que otro de los Rainbow había probado su grueso miembro viril y había quedado bastante satisfecho. La simple idea de volver a tener su gorda polla en la boca o el culo, propició que votaran sí a su integración como miembro de pleno derecho.

A partir de aquel año, planificaba para tener unos días de vacaciones que coincidieran con la reunión de aquel grupo elitista. Eventos que Lagüe, haciendo gala de su  merecido prestigio, organizaba de manera que sus participantes lo percibieran como una sorpresa constante.  Una bacanal donde tenían cabida todas las filias y perversiones posibles.

La fiesta  donde conoció a Santi Ipurdituburu, era la tercera a la  que acudía y tuvo lugar en Estocolmo. En aquella ocasión, los asistentes en su inmensa mayoría habían decidido ocultar su rostro. Solamente un empresario danés, su acompañante  y Berto eran los únicos que mostraban su rostro abiertamente. El resto, dado el carácter temático de la misma, escondía su rostro detrás de una máscara de cuero negra.

El pornógrafo había montado un conjunto de performances a las que había bautizado con  el nombre de “Pain and Glory”. En ellas se representaban todas las  variedades posibles del sexo duro. En los distintos departamentos se daban cita  filias tales como el sadomasoquismo, el fisting, el bondage, el waxing,  el rubber…

En la mayoría de las practicas los Rainbow no participaban, simplemente participaban como observadores. No obstante había un tío musculoso y peludo que estaba de lo más participativo. Se había acoplado a los distintos números sexuales en un principio adoptando el rol de activo, pero en cuanto perdió el pudor, se convirtió en la perra de todo semental que se le acercaba.   

Pese a que no respondía a sus gustos sexuales al cien por cien, el vicio del que hacía gala, hizo que el deseo por poseerlo se convirtiera en una obligación. Contemplar cómo se introducía un  dildo de enormes dimensiones por el culo, al tiempo que devoraba la enorme polla de un  actor negro lo tenía completamente encandilado.

Se acercó a él, le susurró  unos improperios  en inglés, pero no reaccionó, por lo que supuso que no le entendió. Así que  dejó que fuera su cuerpo el que hablara por él. Tras acariciarle el pecho, el abdomen, su miembro viril  y empujar un poco más la verga artificial hacia el interior, pidió al actor sustituirlo y se colocó de rodillas delante de su cara.

El tipo al ver la polla de Berto ante su rostro  se quedó un poco parado.  En un principio se limitó a acariciar el capullo con la  punta de la lengua  y la deslizó por el grueso sable hasta llegar a los huevos. Después se la tragó hasta el fondo y, como si estuviera poseído por el espíritu de Rob Cryston, se puso a devorarle el nabo como si no hubiera un mañana.

El sevillano no recordaba cuando había disfrutado tanto con que le comieran la churra.  No solo era excitante por el decorado y la parafernalia que le rodeaba. Sino que sentirse observado le daba un morbo tremendo y conseguía ponerlo más cachondo aún.

Preso de la lujuria del momento, le sacó el cipote de la boca y le pidió que se pusiera de rodillas sobre el suelo. Ante la atenta mirada tanto de los actores, como de los Rainbow se montó con las piernas abiertas sobre su zona lumbar y tras escupir copiosamente en su ojete, lo contemplo durante unos segundos.  Su aspecto enrojecido e hinchado  se asemejaba a una herida con arma blanca que estuviera cicatrizando.

Tras llegar a la conclusión de que tenía el recto  tan castigado que una salvajada más carecía de  importancia, se la clavó de golpe. Una vez la tuvo encasquetada hasta el fondo,  comenzó a cabalgarlo  de un modo tan salvaje que llamó la atención del resto de miembros y los actores porno allí presentes.

La dramatización que estaban llevando a cabo dos actores sobre una cruz en la que uno de los dos se encontraba sujeto con cadenas, perdió interés para los Rainbow que fijaron sus cinco sentidos en la tremenda follada que le estaba metiendo al enmascarado.

Sentirse protagonista de la escena, enardeció su libido e infligió más energía  a sus caderas. Su churra entraba y salía del caliente orificio con tal fuerza que    hasta alguno de los asistentes lo jalearon como si se trataran de jugadores en una competición deportiva.

Tanto más  hondo se la metía, más parecía disfrutar aquel oso musculoso de sus embestidas. Sus gemidos de sumisión lo tenían completamente fuera de sí y era tal el esfuerzo que estaba realizando que unas gotas de sudor comenzaron a resbalar por su frente.

Uno de los socios del club, se aproximó a ellos. Pese a que estaba en una excelente forma física, ya no podía disimular que no volvería a cumplir  los cincuenta.    Al igual que muchos  de los asistentes llevaba el rostro cubierto por una máscara, un arnés de cadenas plateadas cubría  su pecho y vestía un pantalón de cuero con unos botones que dejaban fácilmente al descubierto, su culo y su polla si fuera necesario. Completaba su indumentaria unas botas militares con una suela gruesa.

En aquel momento, el empresario sevillano  lo ignoraba, pero aquel individuo era el socio de pleno derecho que había invitado a Santi a la fiesta.   

El cincuentón, adoptando una pose marcial, se posicionó delante de ellos. Empujó  con una mano la cabeza del individuo musculoso sobre la punta de sus botas, sin poner ningún tipo de reparos y aceptando aquella vejación como una obligación, empezó a lamerlas.

La actitud de putita sumisa de aquel tipo, contrastaba con su físico fornido y su aspecto de macho empotrador.  Contemplar aquel acto de dominación, encendió de manera estrepitosa su libido y  se puso a penetrarlo de un modo más salvaje. Tan bestial que rozaba lo violento. 

Durante quince intensos minutos estuvo sacando y metiendo su grueso nabo en su recto, hasta que alcanzó el orgasmo.  Un gutural rugido escapó de la boca del sevillano  al tiempo que regaba sus esfínteres con una copiosa corrida. Durante unos instantes sintió que le flaqueaban las piernas, se encontraba agotado pero había saciado su apetito sexual como pocas veces.

Mientras recuperaba el resuello lanzó una visual a su alrededor y se sorprendió al ver que todos los presentes estaban pendientes de él. Descubrió tanta admiración hacía él por parte de los que no ocultaban su rostro que por unos segundos se sintió como un diestro que hubiera realizado una buena faena en el ruedo.

La sensación de haber hecho una proeza sexual le duró poco, pues el musculoso enmascarado lejos de estar satisfecho con la tremenda follada que le había propinado, seguía teniendo ganas de que siguieran alimentando su culo con cipote del bueno.

Sin dejar de deslizar su lengua por el calzado  militar que tenía ante sí, se metió un dedo en el culo, luego dos, hasta tres… En unos momentos la mitad de su mano entraba y salía de su recto a un ritmo estrepitoso.

Ver como su culo se tragaba tres de sus apéndices, pareció calentar al tipo de quien chupaba sus botas. El cincuentón adoptó una pose casi ceremoniosa  y se metió mano al paquete. A continuación, cuando consideró que se había endurecido lo suficiente, desabotonó la  parte delantera de su pantalón  y,  sin pudor alguno, se sacó la churra fuera. Pese a que solo lucía una leve erección, su verga resultaba de lo más deseable.

Con un gesto falto de delicadeza,  tiró de los pelos de  la nuca del sumiso musculoso, la apartó de sus zapatos y, encorvando ligeramente la espalda,  le ensartó la polla entre los labios. Sin importarle lo más mínimo que las miradas de todos los presentes estuvieran clavadas en él,  su ocasional esclavo se tragó su miembro viril hasta la parte baja del tallo.

Si la performance que efectuaban los actores sobre la cruz de madera, había captado mínimamente el interés de los socios, la perdió por completo. Ver a un macho peludo sometido a los deseos de un tipo que por su talante les recordaba a un militar,  les pareció más interesante.

El perro musculoso estaba resultando ser de más cerdo de lo que ellos suponía. Tras devorar el gordo cipote,  escupió una ingente cantidad de saliva sobre él y comenzó a pajearlo mientras le chupaba los huevos.  Unos segundos más tarde la polla del cincuentón, envuelta en un mar de  calientes babas, estaba hinchado y mostraba una erección en toda su plenitud.

Golpeó la palma de su mano con su verga y consideró que ya no se le pondría más dura.  Con un gesto solemne,   apartó la cabeza del musculoso de su entrepierna con la misma brusquedad que la aproximó, se colocó en su retaguardia y, dándole un guantazo en la mano, dejó libre el acceso a su trasero.

Durante unos segundos, contemplo morbosamente lo abierto que permanecía aún   el agujero   y se dispuso a ocupar con su verga el hueco dejado por los tres gruesos dedos.

Sin dejar de masturbarse con la visión del culo de  aquel machote que sucumbía a sus deseos, acarició sus glúteos. Estaban duros y la pelusilla de vello que lo recorría le daba una apariencia de lo más morbosa. Posó los dedos sobre la raja central y los deslizó  sin remisión hasta el caliente hoyo.

Lo acarició someramente, posando la yema de sus dedos por los pliegues de la irregular superficie.   Lo notó levemente hinchado y bastante pringoso por la reciente corrida de Berto. Sin recató de ningún tipo, impregnó sus dedos del caliente fluido y  se los llevó a la nariz. Los  olisqueó brevemente y después los chupó. Durante unos segundos, permaneció saboreándolo  como si fuera un néctar caído del cielo.

Como si probar aquel esperma caliente fuera la gasolina que su cuerpo necesitara para incendiarse, colocó su erecto falo en la entrada del hambriento  ano  y empujó con fuerza.  Unos escasos segundos fue lo que su nabo tardó en deslizarse a través de sus esfínteres, hasta que sus cojones hicieron de tope. Fue tan brusca la penetración que un quejido seco de dolor escapó de los labios del subyugado, quien como un perro obediente acató aquel suplicio como parte del juego sexual.

De nuevo,  los actores, socios e invitados se agolparon a su alrededor y, tal como si fuera una lucha de gladiadores del que solo pudieran quedar uno ,  comenzaron a jalear al  cincuentón para que lo cabalgara con más brío. Daba la sensación que el dolor y la dominación era el alimento más sabroso para su libido.

La máscara de cuero no solo ocultaba su identidad, sino que no escondía por completo sus emociones. Su comportamiento era como el de un autómata, frio e impersonal. Aun así, la forma de moverse, la forma de apretar la cintura del hombre con el que follaba, las ganas con las que movía las caderas, los jadeos que brotaban constantemente de su boca… dejaban claro lo mucho que estaba disfrutando con aquel desmedido y sucio acto.

Sus movimientos eran medidos, parecía un bailarín que ejecutara una coreografía ampliamente ensayada. Empujaba con ímpetu su pelvis contra el sumiso individuo que se postraba ante sí, una vez notaba que su nabo estaba encasquetado hasta al fondo, lo sacaba por completo, para volverlo a introducir enérgicamente otra vez. Todo de manera sincronizada y aderezado con algún que otro sonoro azote en las nalgas.

Unos pocos minutos su periplo en busca del orgasmo, llegaba a su fin. Sacó su erecto  su falo del interior de su recto, tras pajearse un poco, eyaculó  una cuantiosa cantidad de semen en la parte exterior del ano, justamente en el canal central. A continuación, como si su nabo fuera una cuchara, empujó el blanco líquido al interior del recto  y siguió follándoselo hasta que su verga perdió vigor. 

Las piernas todavía le temblaban y no se había recuperado completamente del tremendo polvo,  cuando hizo un gesto a uno de los actores para que ocupara su sitio. Se trataba de Rafael Vallencar,  un latino musculoso bastante bien dotado y un machote empotrador de mucho cuidado.

Pese a que no había perdido detalle de la tremenda follada, su polla no estaba erecta del todo. Le indicó con la mano que se aproximara para meneársela a un poco y, cuando comprobó que se estaba llenando de sangre, se agachó para mamársela levemente. Esto último lo hizo más para alimentar su ego que por deseo.

El trabajador sexual en el mismo momento que el cincuentón dio por terminado su instantánea de sexo oral, se colocó en la grupa del musculoso enmascarado. Al principio le metió un dedo para comprobar si estaba suficientemente dilatado y, tras cerciorarse de que sí,   dirigió su enorme pollón al interior de sus esfínteres. En el momento que sus huevos hicieron, dio una cachetada y aumentó el ritmo de sus caderas.

Uno tras otro el culo del tipo musculoso  fue taladrado por doce más de los allí presentes, daba igual que fuera socio, actor o invitado, a  la polla de todos ellos  se les daba la bienvenida en el interior del caliente agujero.

Hubo un momento en que al cincuentón, el todos contra uno, se le volvió rutinario, por lo que adoptó el rol de maestro de ceremonia  y llamo aparte a dos de los actores. En  un inglés bastante ininteligible,  a cambio de un buen estipendio, sin que nadie se percatara de ello, acordó con ellos el siguiente número del que haría participe al musculoso del culito tragón.

Había escogido  para ello a los dos mejor dotados. Rocco Iron, un rumano musculoso de metro ochenta, con una barba negra pronunciada, tatuajes cubriendo su tórax y con una herramienta en medio de las piernas que no solo  era enorme, sino que su grosor y dureza era fuera de lo común. El otro respondía al nombre artístico de Oil Whashington, un afroamericano rapado que  al igual que su compañero era corpulento y poseía un cipote de importante dimensiones. Su cabeza gorda y negra había destrozado miles de ojetes, sin importar lo experimentado que estuvieran.

Una vez los esfínteres  del pasivo  recibió lo decimocuarta corrida, el cincuentón impidió que el siguiente en la cola ocupara su lugar. Hizo un gesto al actor de piel oscura para que se sentara en el suelo y le dijo algo al oído al tipo que todo el mundo se estaba follando. A continuación, el hombretón peludo,  haciendo alarde de esa actitud tan  sumisa que había venido presentando con él, se acuclilló sobre su entrepierna y se dispuso a tragarse el enorme sable con su culo.

Tal como era de prever, por muy dilatado que estuviera, las pollas que había albergado su ano poco o nada tenía que ver con la del gigante de ébano y a la enorme cabeza oscura  se negaba a entrar.  Varios intentos más sin éxito, hacían parecer aquello un imposible.  

 No obstante, el cincuentón con aires de militar no estaba dispuesto a quedarse sin cumplir su capricho. Sacó del escondite de su pantalón un bote de Popper que guardaba y, sin pedirle permiso siquiera, se lo dio a esnifar a su vigoroso esclavo.

En cuanto el nitrito de isopropilo invadió sus papilas olfativas y la sensación de relax invadió su mente, la ancha cabeza no tardó en abrirse camino  por sus entrañas y, aunque era doloroso, la implosión de júbilo que lo invadió, hizo que  pasara a un segundo lugar.

Durante unos minutos el cuerpo del enmascarado cabalgó al de Oil, daba la sensación que era él quien se follaba al actor del tremendo pollón. Que su culo se tragaba el enorme dolmen hasta la base. Los allí presente volvieron asumir el rol de voyeur y, aunque alguno ya se habían corrido, no quería decir que sus ganas de morbo y de sexo cerdo hubieran disminuido.  

A una señal del cincuentón, Rocco se colocó detrás del enmascarado y colocó su cipote en la entrada de su recto. Al principio el tipo protestó  un poco, pero una potente esnifada de Popper le hizo perder sus reparos porque le reventaran el culo y se entregó  por completo a una doble penetración que se le antojaba cuanto menos dolorosa.

Quizás porque ya su ojete se había abierto lo suficiente con el mástil de carne de Oil, o porque la ingente cantidad de semen que tenía en su interior funcionó como el mejor de los lubricantes. Al tercer intento, el trabuco del rumano taladraba el orificio del enmascarado y se rozaba con el del afroamericano, disputando un poco más de espacio dentro del estrecho agujero.

Los profesionales de la industria del porno estaban atónitos ante la capacidad que aquel ano tenía para dilatarse. Conocían la inmensa preparación que necesitaba una doble penetración y aquel tío se estaba tragando dos pollas de un grosor bastante respetable casi sin apenas dificultad.

Para mayor asombro de los dos actores, el enmascarado, lejos de estar sufriendo un suplicio, estaba gozando con aquella salvajada. Tanto, que en un momento determinado comenzó a gemir como un poseso y se corrió sin tocarse.

Dolorido y destrozado se levantó, para tumbarse, preso del agotamiento,  boca arriba en el suelo, Momento que Rocco aprovechó para  ponerse de píe sobre él y hacer como que se pajeaba para correrse sobre él. Sin embargo, no estaba lo suficientemente estimulado para alcanzar el orgasmo y decidió sustituirlo por otro tipo de fluido. Un potente chorro de líquido amarillo brotó de su uretra y regó su pecho.

El tipo, a pesar de lo exhausto que estaba, al notar los meados empapar su tórax, soltó un exabrupto en vasco que no pasó desapercibido por Berto, que se dio cuenta de aquel hombre era paisano suyo. 

Débilmente,  como si fuera una loción con propiedades beneficiosas para la piel, extendió el caliente fluido por su pecho.  Acto seguido les hizo un gesto  a todos los allí presente para que se unieran al actor y le regalaran una lluvia dorada colectiva.

Berto se excitó al ver la escena y aunque no tenía demasiadas ganas de orinar, terminó regando con el amarillo líquido al “Aiba la ostia”. Aquel tipo había pasado de ser un personaje anónimo a alguien cuya identidad le interesaba desconocer. Mientras observaba como su  chorro de orín resbalaba por la máscara de cuero, pensó que no se iría de allí sin descubrir de quien se trataba. Sin importarle cuánto dinero y tiempo tuviera que invertir en ello.

El círculo vicioso se da la vuelta y se hace un nudo

No puedo olvidar el ardiente deseo

Porque la noche pertenece a los amantes

Porque la noche pertenece al amor

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