Porque la noche es de los amantes (1 de 2) Inédito.

Deseo es el hambre, es el fuego que respiro
El amor es un banquete en el cual nos alimentamos

Creo que es el momento de sentir, de ser real

Ahora acaríciame

Ahora acaríciame

Ahora acaríciame

Domingo 19 de Mayo 2002

Berto(22:45 bien entrada la noche)

Apenas hacia media hora que el el personal del catering y los guardias de seguridad  se habían marchado, tiempo suficiente para que sus invitados hubieran aprovechado  para meterse algún que otro tirito.

Al igual que ellos estaba  deseando esnifar un poco de aquel polvo blanco, pero todavía le quedaban piezas que encajar  para que la noche terminara siendo perfecta. Por lo que se tendría que reservar para más adelante. Ya se había metido un par de rayas con Enrique para conseguir que le chupara la polla y la  lujuriosa noche se preveía de lo más larga.

Mientras jugueteaba con el vaso del cubata, dejando que el hielo se diluyera en  el whisky con seven up, observó a las diez personas que lo rodeaban. Durante unos segundos se sintió como un director escénico y le complacía comprobar cómo,  con mayor o menor intensidad, se habían dejado influir por él para entregarse a sus más bajos instintos.   

Estaba plenamente convencido sobre que se podía acoplar cuando quisiera cualquiera de ellos sin problemas. Puede que alguno, como Carmy, le dejaría hacer  porque  se viera en la obligación de satisfacer al promotor de aquella fiesta, pero la gran mayoría lo harían porque  gustaban de disfrutar de su ancha polla.

Sin embargo, gustaba de ser un mero espectador, durante los primeros compases. Deleitarse con los prolegómenos de lo que se vaticinaba como un lujurioso festín para los sentidos, le ponía tan cachondo como comerse un buen nabo, follarse un rico culito o cualquier otra práctica sexual entre hombres. Había probado una amplia variedad y a ninguna le hacía ascos.

El Gato y los dos chicos de compañía que había traído con él hacían unos escasos diez minutos que habían hecho su aparición y ya se habían presentado, saludado e integrado con el grupo de la forma más perversa.

Aquel tipo, a pesar de tener poco más de treinta años, se había convertido  un referente para los amantes de los excesos en la noche gay sevillana. Había sido el amante de Amancio Florentino, el abuelo y a su muerte, supo  mantener los contactos del viejo, consiguiendo hacerse con el control de todos sus negocios clandestinos.

Gestionaba    un par de discotecas y bares de ambiente, que servían de tapadera perfecta para lo que realmente le rentaba: las drogas y la prostitución.

 Si  querías coca,  él te traía la mejor. Si lo que querías era comprar sexo, los chaperos más atractivos y viciosos él te lo suministraba. Tenía una agenda repletas de nombres, de todas las edades y para todos los gustos, de tipos que no le importaba entregarse a las más bajas pasiones de los demás, siempre que pagaran un buen precio.

Lanzó una visual a su alrededor y al primero que vio fue a  Nacho. El tipo no le caía del todo bien, pero tenía  que admitir que era un todo un luchador y, en lo profesional,   tenía los cojones bien puestos.

Al contrario que la gran mayoría de la gente bien con la que se relacionaba, no se había  limitado a mantener el negocio de sus padres, sino que lo había  ampliado en la medida que el mercado de las distribuidoras extranjeras de alimentación se lo habían permitido.

Era vox populi que le gustaban los tíos, pero, a diferencia de él, no tenía ningún problema por dejarse ver por los locales del ambiente gay.  A sus cuarenta y dos años estaba un poco maltratado por el paso del tiempo. Sin embargo, todavía en su fornido cuerpo se veían muestras del mucho deporte que practicó en su juventud.  Tenía la camisa desabrochada mostrando un pecho y una  barriga peludas que a Berto  le resultaban de lo más sugerente.

Borja, con el toso cubierto por una ajustada camiseta que marcaba su exagerada musculatura, se besaba con él. Arrodillado ante ellos,   uno de los putitos que había traído el Gato, le chupaba la polla al unísono a ambos.

La escena de aquellos dos corpulentos hombres con el nabo fuera y el delgado chapero agachado ante ellos, mamando sumisamente, consiguió que su polla se llenara de sangre. Estuvo tentado de unirse al grupo, pero si quería que su plan saliera a la perfección no debía descentrarse lo más mínimo.

A escasos metros, pero como si estuvieran en un universo distante. Álvaro  aprovechaba lo receptivo que Carmy se volvía con dos rayas de coca y  le besaba el pecho. El  hijo del torero, amante de ser el centro de atención constantemente,  jadeaba compulsivamente. Parecía que le estuvieran proporcionando el mayor de los placeres, cuando no era así.

Pese a que  su relación tóxica con el Ordoñez era muy parecida a la que tuvo él con sus “papis”,  le costaba empatizar con aquel tipo. Su familia regentaba una prospera cadena de restaurantes y él  se sentía como si en la vida le hubieran tocado las peores de las cartas.

No es que fuera un adonis, pero tampoco era feo, sus grandes ojos verdes lo dotaban de un atractivo poco común.   Cualquiera se hubiera sacado partido físicamente, no obstante él, como si le gustara mortificarse, había asumido su condición de gordito y se limitaba a pasar desapercibido, como si su silencio lo pudiera hacer invisible.

Estaba tan pillado con Carmy que le suplicaba prácticamente que lo invitara a las fiestas que organizaba. Se trataban de  las únicas oportunidades que tenía de estar con él, pues el galán del papel cuché pasaba de él como de las mierdas.

 De no ser porque su padre le enseñó que a la gente pudiente siempre era bueno tenerla a su favor, pues no se sabía cuándo podría hacerle falta un favor de ellos, en más de una ocasión no habría contado con él. Le resultaba de lo más patético. 

El atractivo hijo del torero no es que le cayera mejor. No sabía si lo que despertaba en él era envidia o desprecio.  Pero contar con un individuo de tanto renombre como él para sus saraos, le daba cierto pedigrí a sus eventos.

Apartó la mirada de la parejita imposible y siguió cerciorándose de cómo de bien se lo estaban pasando el resto de sus invitados.

Al fondo, sobre uno de los bancos que había colocado  cerca de la barra, Beltrán se había apoderado del culo del otro jovencito de compañía. El regordete cuarentón le devoraba el  rosado ojete como si no hubiera un mañana.

Si no fuera suficiente placer para el esbelto muchacho,  el Gato, que se había acoplado en la boca del chaval y  le daba una buena ración de polla.

El camello de la gente bien de Sevilla, a pesar de que no era demasiado guapo y carecía de  un cuerpo de gimnasio, le daba muchísimo morbo. Se mantenía bastante bien para su edad y, sin ser un obseso del ejercicio, tenía un portentoso físico. En las ocasiones que se había dejado empotrar por él, se había comportado de lo más cerdo. Por lo que tenía claro que volvería a disfrutar de su masculinidad aquella noche.

Sin estudios, pero con una  enorme cultura callejera. El treintañero achacaba su éxito a la hora de ligar a su larga  polla y a su cara de niño malo. Aunque puede que también tuviera mucho que ver las ganas que le ponía a la hora de follar  y que no hacía ascos a nadie, ni por preferencias sexuales, ni por condición física.

Únicamente quedaba por acoplarse Enrique, pero no era por falta de ganas. Berto  se lo había prohibido expresamente.

—Aguarda—Fue lo que le dijo —Te tengo preparada una sorpresa.

Como le gustaba hacer valer su poder con él. Después de lo que sucedió aquel mediodía, cada vez tenía más claro que lo tenía comiendo en la palma de su mano. Se parecía tanto a Cristóbal, el maduro que lo desvirgó, que tenía la sensación de que lo sometía a él. Una revancha que la realidad no le había facilitado, pero que él había sabido recrear en su justa medida.

En el momento que sonó su  móvil atendió la llamada discretamente. Una vez terminó de conversar  con su interlocutor, se dirigió a Enrique con un tono que rozaba lo marcial.

—No dejes salir a nadie, bajo ninguna excusa —Hizo una breve pausa y envolviendo a sus palabras de cierto misterio, añadió —Acaba de llegar el tipo  que estoy esperando. Como quiero que sea una sorpresa, no quiero que ninguno de estos lo vea antes de tiempo. Así que si alguno intenta abandonar el patio, impídeselo a toda costa.

Enrique, sumido en el lodazal de las varias rayas que se había metido, apenas balbuceó y se limitó a asentir con la cabeza a sus órdenes.  A veces el dependiente  era tan simple que le daba  hasta un poco de pena.

La forma en que me siento cuando estoy en tus manos.

Vamos, ahora, inténtalo y comprende

toma mi mano mientras el sol desciende,
ahora no pueden hacerte daño.

Enrique (14:35 media hora antes de comer)

Era la primera vez que estaba bajo el efecto de las drogas  en la presencia de su chico. Se encontraba tan pletórico que hasta le entraron ganas de dejar de fingir y que supiera de su adicción.

Sin embargo, por muy “rey del mambo” que le hicieran sentirse la rayita de coca que se había metido  antes de comerle la polla a Berto, era inmenso  el apego que le tenía a su relación con Mariano y la poca cordura que albergaba su cerebro se encargó de  que su novio no se percatara de su desliz.

Aquel joven noble y lleno de vida era lo que le hacía levantarse los días malos. Él pensaba que lo que sentía hacía él era amor, pero como buen amante de las adicciones, no sabía distinguir las emociones propias del cariño de la dependencia.

Si la desinhibición que gobernaba su cuerpo, le dejara pensar con claridad. Puede que hubiera llegado a la conclusión de que su comportamiento para con su novio era de lo más ruin y miserable. Su chico era la persona más honesta que conocía, no se merecía que lo puteara de aquel modo. Pero la empatía no era uno de sus fuertes, ni cuando estaba sobrio,  por lo que  la probabilidad de que sucediera algo así era tan remota como imposible.

En su egoísmo lo único por lo que rezaba, era porque a Mariano los edificios siguieran tapándole la ciudad. Que nunca llegara a descubrir sus muchas mentiras, sus infidelidades y esa parte de su vida que era conocida por todo el ambiente sevillano, menos para la persona que lo amaba con locura, él.

Sabía que más tarde o más temprano, si quería una vida en común con él, tendría que renunciar a todos sus vicios. Sin embargo, de momento, por mucho que pensara que lo amaba con locura, no estaba dispuesto a renunciar a ellos. Por lo que se aferró a seguir ocultándole la realidad.

Con la única intención que se pensara  que iba un poquito pedo en vez de colocado,  cogió una copa de rebujito. Se colocó a su lado, intentó poner cara de niño bueno y le acarició el cuello. Cuando consiguió llamar su atención, se pasó la mano  de manera cauta  por la barriga y se excusó insinuando que se le había descompuesto el vientre.

Cada vez entendía menos las paranoias de su anfitrión/amante/proveedor de coca. Lo había organizado todo minuciosamente para traer  un día a Mariano al Rocío y  no se enfadara con él por dejarlo solo en Sevilla. Después, sin  motivo aparente,  se había comportado como un completo imbécil con su chico desde que había aparecido. La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo.

No contento con ningunear a su novio, montó un numerito de lo más estrambótico mientras cantaba el coro rociero de Villamanrique. De la manera más descarada se lo llevó a su dormitorio y, tras invitarlo a una rayita de coca, le ordenó que le chupara la polla. Lo peor de todo fue que él cedió a todas sus peticiones.

Si no supiera que simplemente le interesaba  para el sexo y él se dejaba usar por la buena coca que le da, pensaría que Berto estaba un poco celoso y le había pedido que lo ordeñara solo con la única intención de dejar claro quién era su  dueño. 

No obstante, acostumbrado a las rarezas y las manías de sus amigos, lo consideró un capricho más de niño rico y no le dio más importancia. Consideraba su relación con ello una especie de simbiosis en la que todos aportaban algo y todos se beneficiaban de su asociación. 

Miró a su novio. Estaba ensimismado escuchando las salves rocieras a las que acompañaba moviendo levemente los labios. Estaba disfrutando tanto que aquel estado de gracia le hacía parecer aún más guapo.

Miró a su alrededor por si algunos de sus amigos le hacía algún reproche por lo que acababa de hacer. La inmensa mayoría estaba  con los cinco sentidos puestos en el pequeño concierto. Solo Nacho cruzó una leve mirada con él y le cabeceó levemente a la vez que le hacía un mohín reprobatorio.

Si no supiera que para que lo invitara a todos los eventos debía contar con la simpatía de todo el grupo, le hubiera soltado una fresca. «¿Quién coño se creía el gordo aquel para meterse en lo qué hacía o dejaba de hacer?», pensó mientras le mostraba una sonrisa forzada.

Miró a su chico por si se había percatado de algo. Seguía en sus lunas de Valencia particular y no apartaba la mirada del escenario.

Que larga se le iba hacer la tarde intentando que alguna de aquellas víboras devoradoras de pollas, con dos copitas de más, no sacara el tema de sus impulsivos cuernos.

La única esperanza que le quedaba es que, por respeto al dueño de la casa, se metieran la lengua en la parte que acaba la espalda y se guardaran los chistes sobre el tema para cuando no estuviera su novio.

Las pocas horas que quedaban hasta que su chico se marchara se preveían súper intensas.

No puedo olvidar el ardiente deseo
creo que es momento, de sentir, de ser real.

El deseo es un ángel disfrazado de lujuria,

Porque la noche pertenece a los amantes.

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