Corrupto a la fuga

La asombrosa historia de Luis Barcelona

Episodio tres

La historia hasta el momento:

Primavera del 2014, Luís Barcelona, un político corrupto, vuelve a Madrid para encontrarse con Mónica, su amante, a quien conoció siendo camarera del bar donde efectuaban los trapicheos con las más importantes empresas constructoras. Tras comprobar que su familia ha sabido salir del abismo donde él los metió.  Sin querer rememora las circunstancias que le han llevado a donde está, de ser una persona de peso en la política a ser un reo. Alguien a quien todo el mundo dio de lado. Sin familiares o amigos en los que apoyarse, la única solución que le dio su abogado era cantar todo lo que sabía sobre los demás miembros de la trama  que no estaban siendo investigados por las fuerzas de seguridad.

Implicar  en la Trama Cinturón a  las personalidades importantes de la política y del mundo empresarial que me facilitó Augusto en su lista,  no me sirvió de mucho, pues la fiscalía anticorrupción argumentó que no eran pruebas fehacientes y todos los datos aportados por mí  al caso   era meramente circunstanciales.

Era más que obvio que nuestros “socios”, como los  hombres poderosos que eran, habían  sabido mover los hilos oportunos para que no se abriera ningún proceso legal contra ellos  e impidieron que la justicia siguiera su curso normal. Para ellos, la división de poderes del Estado era algo más teórico que práctico, pues renovaban a  jueces y fiscales en los puestos claves con la misma facilidad que se cambiaban de camisa.

Tras dos  largos años de juicio, nuestro proceso jurídico quedó listo para sentencia. A Cinturón le cayeron veinte años por la totalidad de sus delitos, al Barbas catorce y a mí diez. Diez  eternos años que me condenaban de por vida. No volvería a pisar la calle hasta que tuviera cincuenta y seis. Para entonces sería una persona para quien todas las puertas permanecerían cerradas  y mi futuro sería una autopista hacia el fracaso. No solo no podría codearme ya nunca más  con la gente a la ayudé a triunfar en la política, sino que  sería un vejestorio  a quien los años habrían carcomido más de lo habitual.

A pesar de que mi abogado dijo que impugnaría  la sentencia, en mi fuero interno sabía que  poco o nada quedaba  ya por hacer y que mi larga reclusión se convertiría en la mayor de las realidades. Pues el Tribunal Supremo no emitiría  nunca un dictamen contrario a la sentencia inicial.

Mi única alegría durante mis dos años de prisión preventiva fue Mónica. Aunque tardó  un poco en aparecer por Republica del Soto, una vez lo hizo sus visitas se volvieron de lo más cotidiano. Rara era la semana que no sacaba tiempo para verme. Fue como un asidero al que poder  agarrarme para no hundirme, pues mi situación personal no podía ser más catastrófica.

Si en nuestro primer escarceo sexual en los baños del Gaviota, el deseo hizo surgir una atracción animal. Posteriormente, y  aunque la pasión seguía teniendo  bastante protagonismo  en nuestros encuentros, fue naciendo entre nosotros una especie de cariño, que si bien yo no lo llamaría amor, era lo más parecido a una relación de pareja que había tenido desde hacía ya muchísimo tiempo.

Cada vez que aparecía tras el cristal del locutorio,  era para mí como un oasis de felicidad en el desierto de sinsabores que se estaba convirtiendo mi existencia. Cada una de sus visitas a la trena fueron gotas de esperanza  que iluminaban mis horas oscuras. Su sonrisa era como un faro en medio de mi océano de soledad, sus palabras un bálsamo para todo el suplicio que tuve que soportar entre aquellas cuatro paredes. Nos habíamos vuelto tan cómplices, que al hecho de practicar el sexo lo llamábamos “encerrarnos en el baño”, en recuerdo de nuestra primerísima vez. Un nombre código que, desde que entré en aquel templo para la reinserción, no habíamos tenido oportunidad de utilizar.

—Le he dado a un funcionario dos libros nuevos para ti, espero que te gusten.

—Solo con saber que tú los has escogido, ya hacen placentera su lectura…

Sonrió agradecida y regalándome una picara mirada me dijo:

—¡Que cursi te estás poniendo desde que estás aquí! A mí siempre me habían dicho que la cárcel convertía a los hombres en tipos duros y despiadados…

—Los malos modos los guardo para los cafres de ahí adentro, para ti soy ternura al cien por cien.

Satisfecha ante lo que escuchaba guardó unos minutos de silencio, hizo  un gesto de como si recordara algo, acercó los labios un poco más al auricular y me dijo casi susurrando:

—¿Preguntaste lo del vis a vis?

—Sí —Dije afirmando al mismo tiempo con la cabeza.

—¿Y qué te han dicho?

—El director tras examinar nuestro informe psicológico, ha concluido que reunimos los requisitos de comportamiento necesarios y ha dado curso a nuestra instancia. Si no hay ningún problema, el jueves que viene estaremos juntos.

Mónica apoyó sus dedos sobre el cristal, yo hice otro tanto. Nos miramos con la misma ilusión que dos adolescentes enamorados, me dispuse a comentar algo pero ella me interrumpió:

—Voy a contar todas y cada una de las horas que quedan para ese día.

—Yo también, no veo el momento de volver hacerte mía…

—Para eso no nos hace falta un vis a vis —una sonrisa bobalicona iluminó su rostro al decir aquello —, pero he de reconocer que yo también me muero de  ganas de volver a “visitar los baños” contigo.

Nuestro primer encuentro íntimo tuvo lugar  casi a los seis meses de  mi reclusión, se limitó a ser un enorme desenfreno y ninguno de los dos llegamos a disfrutar como debíamos. Así que, haciendo uso de mi metódica forma de hacer las cosas, planifiqué  nuestro segundo vis a vis  más minuciosamente  y con el objetivo de todo saliera a la perfección.

Tras el intenso y prolongado tiempo que habíamos estado compartiendo nuestros cuerpos, me  conocía al dedillo sus preferencias en la cama y  lo mucho  que le fascinaba experimentar cosas nuevas  y desconocidas.  Pensé en alguna variedad sexual que no hubiéramos practicado antes y para que  no hicieran falta ningún accesorio, ni fetiche. Una pecaminosa  idea visitó mi mente y consiguió excitarme tanto que, a partir de aquel momento,  me fue imposible obviarla: sodomizar a Mónica.

Por increíble que pareciera, la modalidad del sexo anal era algo que nunca había estado entre nuestros juegos amorosos y no por tabú, ni por negativa por su parte, sino más bien por decidía por mi parte. Un día, en esos momentos de confidencias  que las parejas comparten después de un buen polvo, me contó que nunca la habían penetrado analmente.

—¿No te atrae acaso?

—No, es que nunca se ha terciado y las veces que me lo han propuesto, me he negado porque no he considerado que fuera la persona adecuada para ello. ¿Y tú lo has probado?

—Sí, pero siempre con prostitutas o “scorts”, nunca con una mujer a la que considerara mi pareja.

—¿Y les dolía mucho?

—¡Yo qué sé! Es tan difícil, con lo acostumbrada a fingir que están, saber mínimamente  que  es lo que siente  las mujeres de ese tipo. Pero supongo que sí, porque es algo que la gran mayoría suele evitar.  

—Lo cierto es que la idea de probarlo me atrae, y en cuanto al dolor,  sé que tú lo dejarías de inmediato si ves que me estás haciendo daño.  

—Eso tenlo por seguro, mi placer no podrá ser nunca tu dolor —Recuerdo que tras decir aquella cursilada  la besé como sellando la promesa de que probaríamos aquella modalidad sexual.

Quizás porque a mí no me atrajera demasiado o ella llegara a la conclusión de que por mucho mimo que yo pusiera terminaría fastidiada, aquella proposición quedó archivada en la carpeta de “asuntos pendientes” y no volvimos a volver a conversar sobre ello jamás.

Sin embargo, la soledad de aquella prisión, unido a la circunstancia de que, alguna vez que otra, y con cierta habitualidad,  había visto a algunos presos follando entre ellos,  se había despertado en mí cierta curiosidad  por el sexo anal.

Ignoraba a qué podía deberse mi repentino interés, pues la visión de  aquellos degenerados, ni me excitaba, ni nada parecido. Uno es muy macho y perro viejo para tener dudas sobre su sexualidad, y  si tuve alguna reacción ante aquello que llegué a contemplar,   fue la de asco. No obstante, las muecas de placer desmedidos que se dibujaban en los  rostros de aquellos tipos, tan distintos a las habituales expresiones hoscas que estaba acostumbrado a ver allí, se clavaron en mi pensamiento y deseé experimentar aquella variedad sexual  con una mujer. Concretamente con la que merecía toda mi atención: Mónica.

Sé que puede parecer poco ortodoxo la argumentación del hecho de que ver a dos sodomitas despertara en mí la necesidad de penetrar a Mónica por la retaguardia, pero francamente era lo que sentía.  En mi defensa tengo que alegar que nada de lo que pasa en una penitenciaria tiene lógica, al poco tiempo de mi reclusión dejé de pensar con aquellos preceptos que habían marcado mi día a día fuera  y me dejé llevar por las reglas no escritas que primaban en aquel hábitat artificial. Normas que, en ocasiones, hacía que la homosexualidad no lo vieras como una depravación, sino como un mal necesario. Una forma de mostrar a los demás cual era tu rol, si la de protector o la de protegido.  

Fueron numerosas las ocasiones que, durante mi reclusión, se me brindó  la oportunidad de cruzar la acera, pero fue una puerta que nunca atravesé. Ni como víctima, ni como verdugo. Lo primero porque  los hombres untados por el Cinturón no lo permitieron, lo segundo porque era algo que, quizás por mi estricta educación conservadora, me parecía tan nauseabundo y anti natura no conseguía levantar mi libido de modo alguno, por muy necesitado que estuviera de sexo.  

Aguardé ansioso el día de la visita previa a nuestro segundo vis a vis. En él tenía pensado pedirle su consentimiento para el  juego sexual que me traía entre manos.  Estaba nervioso como un adolescente en su primera cita. Mi inseguridad quizás se debiera a que, en mi fuero interno, yo sabía de dónde provenía la inspiración para  aquello que me proponía hacer. Me sabía mal ocultarle nada y fingir ante ella, pero si no quería darle explicaciones tendría que dotar a mis palabras de todo el aplomo del que fuera capaz.

—Preciosa, en unos días tenemos nuestro segundo vis a vis.

Sonrío, pegó los dedos al cristal, como si quisiera acariciarme y me dijo con cierta condescendía.

—Sí, veras como esta vez  conseguimos que salga mucho mejor.

La miré arqueando las cejas, dejándole claro que no me agradaba su compasión. En cualquier situación normal, la hubiera recriminado por su proceder. No obstante, siendo ella el único vestigio que me restaba de mi vida anterior, fui tolerante, quité cualquier importancia a sus palabras y seguí con nuestra conversación como si nada.

—Creo que únicamente nos faltó un poco de pimienta, para que la cosa funcionara.

—¿Y?…

—He pensado algo que podría añadir picante al momento —Ella movió la cabeza en señal de perplejidad. Entendía su suspicacia, pues el cuartucho que nos cedían para nuestros momentos íntimos era el anti-morbo personificado y no daba para muchas florituras —. Creo que podríamos  intentar superar una asignatura que tenemos pendiente: Tu iniciación en el sexo anal.

Mi proposición la cogió un poco de improviso e hizo unas cuantos mohines en señal de estupefacción. Pasada la sorpresa inicial, sus ojos parecieron brillar y  me regaló las más maravillosas de las sonrisas.

—¿Crees tú que me dejaran meter un gel de masajes? —Me dijo en tono burlesco.

—Tú inténtalo, para que te digan “no” siempre hay tiempo.

Dos días más tarde, el funcionario de prisiones me acompañaba al impersonal cuartucho de los encuentros sexuales. Unas paredes vacías y pintadas de un tono ocre envolvían el escaso mobiliario de la sala: Una cama, una pequeña mesita de noche sin cajones y un par de sillas. A los pocos minutos llegó Mónica. Estaba exuberante, llevaba el cabello suelto y se había maquillado ligeramente. Su atuendo se limitaba a un jersey de lana y a unos vaqueros. Nunca sencillez y belleza habían estado tan unidas. En la mano traía lo que parecía un bote de gel lubricante.

 —No me han dicho que no —Dijo mostrándome lo que traía en la mano con desparpajo y avanzando en mi dirección de un modo netamente libidinoso.

Fue verla acercarse a mí  y sus movimientos, que se me antojaron los más sensuales del mundo, consiguieron que mi mente se sumergiera en un mar de lujuria. Fue solo imaginar que volvería a tener su cuerpo desnudo  junto al mío y mi polla se empinó de un modo bestial. En el momento que se acercó a mí para besarme, mi pene, duro como una roca,  pugnaba por salir de su cautiverio como si fuera una bestia salvaje.  

Sus labios se posaron  de un modo tenue sobre los míos, impregnándolos con su pasión.  Dejé que su lengua se adentrara entre mis dientes y danzara efusivamente junto a la mía. Metí una mano bajo su jersey, acaricié concienzudamente su vientre, posé la yema de mi pulgar derecho sobre el botón de su ombligo y jugueteé con él hasta conseguir que unos pequeños gemidos se escaparan de su boca.

Embriagados por la libido, nos desembarazamos de la parte superior de nuestra indumentaria. Verla con un pequeño sujetador, cuyas copas levantaban sus firmes y voluptuosos senos abundantemente, despertó el calenturiento adolescente que habitaba  en mi interior y hundí mi cabeza en el sensual canalillo, como si fuera incapaz de acallar los cantos de sirena que salían de su interior.

En contraste con el frenesí con el que besaba sus pechos, mis dedos fueron bajando delicadamente las finas tirantas y acariciando sus hombros con toda la ternura que me permitía el volcán de mi entrepierna. Cuando lo consideré oportuno desabroché el cierre trasero y, poco a poco, fui  dejando al descubierto sus  más que apetitosas tetas.

Mientras lamía y mordisqueaba sus pezones concienzudamente, fui desabotonando sus vaqueros. Como una bestia en celo, tiré de la ajustada prenda hacia abajo y metí mi mano bajo sus braguitas de un modo bastante burdo. Al acariciar su sexo comprobé que se hallaba tan excitada como yo, o más. Empapé mis dedos en los calientes efluvios y, sin pensármelo, los llevé a mi nariz para aspirar el agradable aroma.

Con las feromonas dominando mi raciocinio, la empujé suavemente sobre el camastro que estaba en el centro del pequeño habitáculo. Me arrodillé ante ella y con un ímpetu desmesurado la termine de desnudar. La contemplé durante unos preciosos segundos, me agaché ante ella y le comí el coño de una manera tan brutal como satisfactoria. Esto último lo corroboré cuando, poco después, sentí como alcanzaba su primer orgasmo.

Confirmar que, a pesar de estar desentrenado,  seguía siendo capaz de proporcionarle placer me hizo crecerme y paseé suavemente mis dedos por cada rincón de su anatomía. Al llegar a sus muslos, los recorrí como si fuera una procesión de hormigas que tenían como destino  su mojada cueva. Sentí la suavidad y delicadeza de sus pequeñísimos labios menores, el calor que emanaba sus endurecidos labios mayores y la electrizante sensación de las yemas de mis dedos resbalando por su más que empapado clítoris.

Cada presión que mis hábiles dedos ejercían sobre algún punto de su vulva, desataban  en Mónica un suave concierto de gemidos. Sus piernas se movieron sobre el colchón buscando un punto de agarre, cuando lo encontró sus caderas parecieron cobrar vida y se puso a deslizar su sexo a lo largo de mis dedos. Sumido en aquella vorágine sexual, introduje tres dedos dentro de su coño de un modo tan frenético, que tuve la impresión que, con tanta fricción cómo ejercía sobre él, fueran a saltar chispas de su caliente clítoris. Estalló súbitamente en un pequeño grito, evidenciando  que  había tenido lugar su segundo orgasmo.  

Mientras ella jadeaba de placer, hundí mi nariz en los calientes efluvios y la empape entre sus aromas. Con la lengua tan cerca de su orificio anal, le di una lengüetada a la zona perineal y la fui acercando cada vez más al estrecho agujero. Saborear aquella parte de su anatomía, como todo en ella, me resultó de lo más gratificante.

El beso negro no era una actividad que me atrajera mucho, por lo que no la había  practicado  nunca en exceso, ni siquiera con Mónica. No obstante, como me disponía a conquistar aquel rincón de su anatomía, supe que  el sexo oral era el mejor modo de  ir preparando el  inexplorado terreno.

Empapé su botón trasero todo lo que pude con mi saliva, jugueteé con las yemas de mis dedos sobre él y, cuando lo consideré oportuno, le fui introduciendo el anular en su interior. Oírla jadear de satisfacción, me dejó claro que no le estaba causando ninguna molestia, sino más bien todo lo contrario.

Incitado por sus entrecortados quejidos, mojé el dedo en sus flujos vaginales, se lo volví a introducir en el ano y  comencé a hacer pequeños círculos en el interior de su recto. Viendo que no le ocasionaba daño alguno, subí la apuesta y le metí dos. Comprobar como aquel estrecho orificio se tragaba las dos anchas falanges, enervo mis sentidos y la bestia dentro de mi bragueta se removió reclamando  insistentemente que la sacaran de su encierro.

Abandoné momentáneamente lo que estaba haciendo, me incorporé y busqué el bote de lubricante (con el traqueteo se había caído al suelo). Una vez lo localicé, eché una buena cantidad en el orificio trasero de Mónica y me puse a juguetear de nuevo con él, esta vez con la  firme seguridad de que no le produciría daño alguno.

Conseguí introducir tres dedos, lo que me llevo a pensar que estaba preparada para el plato fuerte. Preso de la lujuria me terminé de desnudar, levanté sus piernas hacia arriba  y sustituí mis dedos por algo más contundente: mi erecto y duro pollón.

Franquear el primer anillo me costó un poco de esfuerzo y  me pareció oír un ahogado quejido por su  parte. No obstante, traspasada esa especie de frontera, mi virilidad se internó con relativa facilidad. La miré buscando su aprobación, la encontré sumida en una especie de éxtasis, con los ojos cerrados y gimiendo como una posesa.

Puede que mi inspiración para aquella postura hubiera venido por parte de los degenerados con los que llevaba un largo tiempo conviviendo, pero en aquel momento, todos y cada uno de mis pensamientos se encontraban con la increíble mujer que compartía aquel denigrante y cochambroso lecho conmigo.

Una vez comprobé que mi verga entraba y salía sin problemas del ajustado orificio. Le pedí que se colocará al filo de la cama y adoptará la postura del perrito. Me puse de píe tras de ella y la volví a penetrar. En esta ocasión, con más libertad de movimiento la cabalgué con más fuerza y a cada embestida que daba me sentía más cerca de la cumbre del placer. Ella debió presentirlo, pues se llevó la mano a su sexo y se comenzó a masturbar al ritmo que le iban imprimiendo mis caderas.

Alcanzamos el orgasmo casi al mismo tiempo. Eyaculé en el interior de su recto de un modo bestial, como si no quisiera que se perdiera ninguna gota de mi esencia vital.

Agotados nos tendimos en la cama, uno junto al otro. No hizo falta intercambiar ninguna palabra para saber que ambos necesitábamos algo parecido a  lo que acababa de suceder para mantener  viva nuestra pasión. Nos besamos tiernamente y esperamos a que nuestro tiempo de intimidad se agotara.

Hicimos uso de todos y cada uno de los encuentros íntimos que nos permitió el director de la prisión. En cada uno de ellos aumentaban los lazos que nos unían y, aunque lo que otros llamaban amor no era algo a lo que yo le tuviera fe, era evidente que  el afecto de aquella mujer  me había calado muy hondo, y lo mejor, por primera vez en mi vida sentía que alguien estaba conmigo  por mí, no por quien yo era.

Me encontraba completamente unido a ella, era tanta la confianza que le procesaba que hasta estuve tentado de contarle mi complejo plan de fuga, pero mi abogado no lo vio oportuno.

—Luis, si queremos que esto salga bien únicamente nosotros dos debemos conocer todos los detalles al completo. El resto de participantes solo conocerán la parte en la que intervendrá, así, en caso de traición, solo podrán dar datos inconexos que no llevarán a la policía a ninguna pista concreta.

Miré a Augusto, su sexto sentido para las negociaciones siempre me había funcionado y si él consideraba que nadie más que  nosotros supiera  lo que nos traíamos entre manos, así se haría. En otras circunstancias habría protestado pero tras cuatro años de prisión, mis dotes negociadoras habían mermado sumamente, por lo que no puse ninguna objeción. Sabía que con mi silencio, la perdería para siempre. No obstante, tenía muy claro que debía elegir entre una vida con Mónica entre aquellas cuatro paredes, o la libertad sin ella.  Como ambas opciones resultaban incompatibles, egoístamente escogí la última.

Nada podía fallar, todo estaba planificado al milímetro. El primer paso sería  un amago de infarto simulado químicamente, lo que, al carecer de los medios técnicos necesarios para tratar las enfermedades cardiovasculares en la penitenciaria, propiciaría que  una ambulancia del centro me tuviera que trasladar al servicio de urgencias más cercano.

Previamente se había contratado alguien  para que diera el soplo a mis “secuestradores”. Un funcionario  de prisiones corrupto que la única información que tenía era que quien pagaba sus servicios eran  unos tipos de una mafia extranjera que  me la tenían sentenciada y  cuyas únicas instrucciones consistían en que, en caso de que saliera por algún motivo, de Republica del Soto, debía enviar un mensaje de texto con la ruta elegida al número de teléfono que se le había facilitado. 

Con menos vigilancia de la usual para un reo con alto riesgo de fuga,  una emboscada fue más factible de lo habitual. Hora punta en la periferia de Madrid,  dos furgonetas bloquearon el paso del vehículo en el que me encontraba, cuatro matones  encapuchados de la Europa del Este (rumanos, según me contó mi hombre de confianza), sin miramientos de ningún tipo y armados hasta los dientes,  me sacaron de la ambulancia y me llevaron con ellos a la fuerza.  

Aunque todo era un simulacro, era algo que mis “secuestradores” desconocían por completo, por lo que su “actuación” fue de lo más impecable y en vez (de cómo lo que  en realidad era)  una fuga calculada, aquello pareció una especie de  vendetta por mis conocidos tejemanejes con la mafia. No me trataron con ninguna delicadeza, es más, uno de ellos, al ver que no me movía con la celeridad que él me precisaba, no se lo pensó y llegó a propinarme  un puñetazo  en la zona lumbar que, junto con los productos químicos que me ocasionaron el falso infarto, consiguieron dejarme al borde del desmayo.   

Aprovechándose del caos ocasionado por aquel secuestro exprés, los dos vehículos tomaron direcciones opuestas. En el que yo viajaba giró a la izquierda y el otro lo hizo a la derecha. Con esto la policía debería desplegar el doble de efectivos si querían localizar a mis raptores.

Todo estaba calculado al milímetro, en cuanto salieron de la zona urbanizable y pocos kilómetros de la última cámara de vigilancia la furgoneta que me transportaba  se detuvo. El lugar escogido para ello era de lo más inhóspito,  una especie de escampado donde   dos tipos de raza china  esperaban nuestra llegada.

Los rumanos me pasaron a ellos como si, en vez de una persona, fuera  una especie de paquete. Llevaron su vehículo a una zona más apartada, tras comprobar que había una distancia prudencial entre ambos coches, lo rociaron de gasolina y le metieron fuego. Se quitaron las máscaras, las echaron  para que las llamas las devoraran y  se marcharon  caminando en direcciones opuestas.

Con el fulgor del incipiente incendio de telón de fondo, los orientales  me obligaron a meterme en el maletero de su Mercedes. Después de  unos eternos minutos de paradas, cambios de marchas y demás, propios de la conducción por zonas urbanas,  fui consciente de que el automóvil se internaba en una autopista.

El  habitáculo en el que me habían internado era lo suficientemente amplio para acoger a una persona y estaba iluminado  (Imaginé que estaba modificado expresamente para ello y que en más de una ocasión se hubiera utilizado para el mismo cometido). A pesar de ello,  la postura no dejaba de ser incomoda y no podía evitar sentir cierta claustrofobia. Aquello unido a el efecto de los fármacos que había ingerido para reducir mi ritmo cardiaco, propiciaron que el viaje fuera una especie de pesadilla psicodélica donde, al igual que al avaro del Cuento de Navidad de Dickens,  me vinieron a visitar los fantasmas de  mis actos equívocos.

No me lamenté por haberme relacionado con el Barbas y el Cinturón, no me arrepentí de ninguno de los apaños que hice, ni del dinero ilegal con el que trafiqué… Lo único que me reproché es de haber centrado todas las negociaciones en la zona VIP del Restaurante Albatros, pues aquello fue lo que le facilitó a la policía nuestra detención.

Entré en un estado de soñolencia, donde el tiempo llegó a perder su sentido. Varios cambios  de velocidad me bastaron para suponer que habíamos abandonado la autopista y que quedaba poco para nuestro destino final: el polígono industrial de Cobo Calleja. Tras un breve recorrido por la China Town madrileña, sentí como el coche era aparcado en una de sus calles. A continuación, los dos orientales se bajaron del vehículo y, respondiendo al plan trazado por Augusto,  se desentendieron de él y de su  contenido.  

Unos minutos más tarde, sentí el sonido de la apertura electrónica del coche  y como alguien se montaba en él.

—¿Estás bien, Luis? —Nunca me tranquilizó más escuchar la voz de mi fiel abogado.

—Un poco encogido y mareado, pero bien…

—¿Han sido muy rudos tus “secuestradores” contigo?

—Un poco, me han propinado un puñetazo en los riñones que he  terminado viendo las estrellas, pero no te preocupes, fue lo que  hablamos: ante todo debían ser convincentes.

Sin decir más nada, arrancó el automóvil  y comenzó a transitar por las calles del polígono industrial, del mismo modo que lo hacían los numerosos compradores que allí se acercaban. Me encontraba bastante aturdido y los constantes giros no hacían más que acrecentar mi indisposición. Poco después, tras estacionar el  auto, mi hombre de confianza hizo una llamada telefónica y comenzó a hablar en chino. Una vez concluyó su ininteligible conversación, se dirigió a mí me dijo:

—Luis, todo va según lo previsto. En un par de días la gente que te quiere llorará tu muerte y tus delitos pasaran a ser historia.

Arrancó el coche y poco después, por el tipo de sonidos que llegaban a mí, pude interpretar que entrabamos en una especie de garaje. Unos minutos más tarde la puerta del portamaletas era abierta y lo que parecía una nave industrial apareció ante mis ojos. Junto a Augusto había varios chinos que me miraban atónitos. Mi abogado, con la ayuda de uno de ellos, me ayudó a salir del estrecho compartimento. 

Me sentaron en una silla de ruedas y, adentrándonos en lo que me pareció un inmenso almacén, llegamos  a lo que se asemejaba a una improvisada sala médica (El material quirúrgico y demás utensilios propios de los hospitales que había en algunas de sus repisas, así me lo hicieron pensar).

Una vez allí, dos mujeres  de avanzada edad, parecían ser las madres o abuelas de los chinos de la entrada, se encargaron de lavarme concienzudamente el rostro, para vestirme después con lo que parecía ser un uniforme de trabajo de un conductor de camiones.  Me acostaron sobre la camilla que había en el centro de la sala y se marcharon, dejándome en la única compañía de mi abogado.

—Ahora viene lo peor, pero con la anestesia que te van a inyectar no creo que te duela mucho.

—Cualquier cosa es preferible a pasar un día más en aquella cárcel de mierda.

—Recuerdas que a partir de este momento te llamas Bonifacio Robles Escribano, eres camionero y vives en el barrio de Lavapiés…

—¿Bonifacio? ¿No había otro nombre menos feo? —Dije esbozando una sonrisa nerviosa.

—Es lo que hay, ¡así que no te quejes! —Me reprendió cariñosamente mi hombre de confianza —, y déjate de monsergas que tenemos mucho que repasar antes de que venga el doctor.

Diez minutos más tarde había memorizado todos los datos que necesitaba de mi nueva identidad. Un cambio que no estaría completo sin el siguiente paso del plan que minuciosamente habíamos orquestado,  para efectuarlo  vino un tío mal encarado que tras ponerse una bata blanca e,  ignorándome por completo, me inyectó una buena dosis de anestesia general, clavándome la jeringuilla con la menor delicadeza.  

El tipo era un galeno al que las deudas de juego tenían asfixiado. MI hombre de confianza dio con él a través de un contacto nuestro con las mafias chinas, aunque no estaba muy conforme con lo que se disponía hacer, le hacía falta el dinero y haría cualquier cosa que le pidiéramos. Mi abogado se percató tarde de que podría ser un problema y aunque el efecto de los fármacos impidió que escuchara nada de la conversación que tuvo con él mientras me “intervenía”, pude saber sobre lo que versaba gracias al bueno de Augusto, quien me contó pormenorizadamente en que consistió esta.   

—Doctor Baena, no parece usted muy contento.

—Cuando hice el juramento hipocrático, no incluía cosas como esta.

—Creo que piensa usted demasiado.

—Lo que estoy haciendo no me hace sentirme orgulloso, así que no me pida que sonría.

—Creo que debería hacerlo, pues con esto queda saldada su deuda de juego… De no haber sido así, estaría usted muerto, y si de  algo carecen los muertos es  de problema de consciencia.

Me relató mi abogado que se le quedó mirando cabizbajo, después levantó la cabeza orgulloso y, sin decir palabra alguna, comenzó a rajar mi cara con el bisturí, treinta y tantos  cortes después, cualquier parecido de mi actual rostro con el que salían en los periódicos, era pura coincidencia.

—¡Ya está!  Aunque puedo imaginarlo, no sé exactamente que pretendéis con esto, ¡ojalá no os salga bien!

—Pues reza porque sí, porque si algo de esto se sabe, las mismas personas a las que les debía dinero se encargaran de hacerle lo mismo a tu mujer, a tu madre, a tus dos hijos o a tu secretaria, ¿o prefieres que la llame tu amante?

No sé de dónde sacó la entereza mi abogado para hacer aquella amenaza, más propia de un matón de Corleone que de un abogado manchego. Lo bueno fue que tuvieron el efecto deseado con el doctor Baena, pues  no contó nada de lo sucedido. De haberse ido de la lengua, habría pasado a formar parte de la lista de prófugos de la Interpol y no ha sido el caso.  

Lo siguiente que recuerdo es despertar en una cama. El fuerte olor a productos desinfectantes, mezclado con acetona y alcohol, me dejó claro que según lo previsto estaba en un hospital. Percibí que tenía la cara vendada por completo, que mi única ventana al mundo eran dos pequeños agujeros que habían dejado alrededor de los ojos. Intenté incorporarme para poder ver mis manos y estas también estaban cubiertas por vendas. No pude evitar sonreír bajo mi blanca mascara, lo que me acarreó un tremendo dolor pues, como me temía, las heridas de mi rostro todavía no habían cicatrizado, por lo que desistí de hablar para evitarme otro mal trago.

El rato que pasé en soledad se me hizo excesivamente largo y la incertidumbre de que algo no hubiera salido todo  lo bien que debiera, me empezó a agobiar. La llegada de una enfermera tarareando una canción de Melendi, sería una oportunidad para saber cuál era mi situación exacta. Incapaz de pronunciar palabra por los puntos de sutura de mi cara, hice un gesto con la mano para que supiera que estaba consciente.

—¡Estás despierto! —Su voz era amable, lo cual me tranquilizó un poco—Sé que con todo el daño que te han hecho no puedes hablar, pero hazme una señal con la mano si me entiendes.

No comprendí del todo porque aquella chica dudaba de mi entendimiento, pero de todas maneras moví los dedos en respuesta a su petición.

—¡Menos mal, con todo lo que has sufrido, los de psiquiatría nos advirtieron  que podrías haber perdido la cordura! —La mujer hizo una inflexión al hablar y, como si se censurara a ella misma por hablar más de la cuenta, continuó diciendo —¡Bueno, pero ya basta de cháchara! Voy a informar al doctor  Aguilar que se ha despertado. Prefiero que sea él, quien le ponga al día de lo ocurrido…

El comentario de la enfermera disipó un poco mis dudas, por lo que pude intuir  que todo lo que ideamos estaba saliendo según lo estipulado. La historia que cirujano plástico me contó junto con su diagnóstico,  me dejó más satisfecho aún.

—Bonifacio, ¡ha tenido usted mucha suerte! De no ser por unos comerciantes chinos que escucharon sus gritos no lo habría contado, por si no lo recuerda, ha sido usted agredido y torturado por el “destripador de Chinatown”…

La verdad es que la idea de Augusto no tenía desperdicio alguno. Desde hacía meses un asesino en serie se dedicaba a secuestrar a hombres que rondaban los cuarenta y cincuenta años, tras torturarlo de mil y una maneras (en algunas ocasiones había constancia de que había abusado de ellos sexualmente), le desfiguraba el rostro y le quemaba las huellas dactilares con ácido para que no fueran identificables. En la mayoría de los casos eran vagabundos o gente que estaba de paso en Madrid, con lo que la labor policial se llegó a complicar bastante, pues ni tenían pruebas física en las que basarse, ni  había un nexo común entre ellos, con lo que las pesquisas estaban en un punto muerto.  

Mi abogado, haciéndose uso de sus contactos  con la mafia china,  había  sabido mover  los hilos necesarios para que un grupo de comerciantes me llevaran al hospital como una víctima más del prolífico torturador. Con el  rostro deformado, sin huellas dactilares y una nueva identidad, fue fácil dejar de ser Luis Barcelona, el más popular de los políticos corruptos, y transformarme en Bonifacio Robles, un camionero sin familia del barrio de  Lavapiés.

—…Ha sufrido más de treinta heridas de arma blanca en su rostro, ha sufrido fuertes quemaduras en las extremidades, sin embargo, a diferencia de las anteriores victimas usted ha conservado la vida. No sé si decirle que ha tenido suerte.

Una vez los médicos  lo consideraron conveniente, fui interrogado por la policía y limité mi declaración, según lo programado, a un sinfín de vaguedades, de datos incompletos que, como era de prever, arrojó poca luz sobre lo ocurrido y fue de escasa ayuda para los investigadores del caso.  

—Su enfermera tiene nuestra tarjeta, si recuerda algo más háganoslo saber—Las palabras del inspector fueron pronunciadas con desganas, como si supiera de antemano que esa llamada no se iba a producir, pues había dejado claro que ni sabía, ni recordaba nada.

Uno de mis largos días de convalecencia en el hospital, a través de una conversación de dos de las limpiadoras del hospital, me enteré de mi “muerte”:

—¡Tía, te has enterado lo del cabrón ese del Barcelona!

—¡Cómo para no enterarse!, están dando más por culo con su muerte que con la visita del Papá.

—Por lo visto le dio un infarto y  cuando lo llevaban a urgencias, unos rusos lo secuestraron…

—¿Has visto las fotos del cadáver en el “Interviun” ? Después de matarlo, intentaron destruir el cuerpo quemándolo, dicen que  de no ser por la ropa  y la documentación no lo habrían reconocido, ¡ha quedado más  churruscadito que el primer pavo de navidad que yo guisé!  

—¡Pues ya hay que ser torpe para hacer todas esas cosas y  dejarle la documentación!

—¡Para mí, tía,  que lo interrumpieron en plena faena…!

—Lo que no entiendo es como se le dedicó un minuto de silencio en el Congreso. Aunque el Supremo ese no hubiera dictado sentencia firma ni na, que quiere que te diga al tío lo cogieron con las manos en la masa, por lo que mucha de inocente no tendría.

—Si anda como un cerdo y huele como un cerdo, no va a ser una paloma mensajera digo yo.

—¡Blanco y en botella, tía! Ahora lo que queda es que los de la Gaviota Liberal  le hagan un homenaje.

—¡Qué, que no! Estos políticos,  son todos iguales y van todo a lo mismo: a meter la mano. Eso sí, tú deja de pagar la luz y te la cortan… Por cierto, Mari… ¿Tú piensas lo que yo? —La muchacha bajó el tono de voz, como queriendo sonar intrigante.

—¡No sé qué es lo que piensas tú! ¡A ver si te vas a creer que yo soy el Sandro Rey ese de la tele?

—¡Pues que va a ser, tía lista! ¡Qué ha sido un ajuste de cuenta! —La muchacha contestó con cierta acritud ante la actitud  sarcástica de su compañera.

—Cariño, eso lo sabe el más pintado… ¿Qué va a ser sino? ¡Quien se acuesta con niños amanece cagao y el Barcelona ese a saber con quién estaba relacionao y a quien se la había jugao…

Toñi, tía,  tú sabes que soy buena persona y todo eso…

—Pero en el fondo  te alegras, ¿no?

—Pues sí, que quieres que te diga.

—Normal, tía, que está una harta de partirse el lomo por cuatro  asquerosas perras, vienen los cabrones estos y se lo llevan calentito…

Las dos limpiadoras abandonaron la habitación, sin dejar de opinar sobre mi supuesta muerte, como si se tratara del último cotilleo de moda. He de reconocer que me sentía molesto por sus palabras, ¿quién coño se creían que eran aquellas dos palurdas para hablar tan a la ligera de mí? Sin embargo, saber que todo el mundo me hacían criando malvas   y que la policía no seguiría buscándome era todo un alivio.  En cuanto a  los problemas de conciencia de mis antiguos compañeros (¡Un minuto de silencio y todo me dedicaron!), no sabía si alegrarme o indignarme. ¡Qué poca vergüenza, cuando fueron ellos los primeros en darme de lado! 

Si lo sentí  por alguien en aquel momento fue por Bonifacio, el pobre hombre cuya identidad había usurpado, misma edad, casi idéntica complexión a la mía (decía Augusto que salvo el rostro éramos como gotas de agua). Con el rostro desfigurado y las huellas dactilares destrozadas, solo quedaba detalles como el grupo sanguíneo o el ADN, pero ese infortunio estaba cubierto: una  importante transferencia en la cuenta del médico forense de la cárcel y su informe no daría lugar a duda alguna. Lo que no hacía más que acrecentar  mi teoría de que todos tenemos un precio y que el dinero te abre todas las puertas… Lo que no está en venta, es porque nadie ha ofertado la cantidad adecuada por ello.  

Para eclipsar el posible protagonismo que pudiera tener el único superviviente del “destripador de Chinatown”, Augusto, como abogado mío, se paseó por todos los platos dando su versión de mi muerte y contando un montón de inconcreciones sobre mafias extranjeras. Datos que no ayudaron a las pesquisas policiales sobre el asunto, pero que consiguieron fijar la atención por completo sobre Luis Barcelona y que Bonifacio Robles tuviera un perfil de lo más bajo. Solo un par de periodistas novatos, vinieron a cubrir la noticia y no pasaron de hacerle unas pocas preguntas al personal que me atendía. Al no obtener la carnaza que se podía esperar de una noticia de tal envergadura, desistieron y dejé de ser noticia con una rapidez  más que  pasmosa.

Mi estancia en el hospital continuó dentro los parámetros rutinarios establecidos,  hasta que, según lo convenido, unos  días antes de darme el alta médica,  apareció  mi supuesta amante, que no era otra que una actriz   venida a menos y, que debido a su afición a la coca, se prestó a hacer el papelito por un precio más que razonable.

No quiero ni pensar dónde buscó Augusto a aquella tipa, parecía salida de una deleznable película de Almodóvar. Lucía una melena rubio platino, un llamativo maquillaje que alcanzaba su cenit en una sombra de ojos verde turquesa que no era para nada  discreta, un ajustado vestido rosa que acentuaban sus curvas y sus kilos de más… Todo en ella era llamativo rozando lo hortera, sin embargo lo que se me hacía más insoportable era su voz, aguda, estridente y molesta como ella sola. Me recordaba tanto a Gracita Morales, que en cualquier momento temí que iba a salir diciendo su conocida frase de “El señorito no está”.

Menos mal que tenía la cara vendada, porque la expresión  de pasmo que se me tuvo que quedar al ver aquel adefesio debió ser de órdago (Más o menos la misma que la de la enfermera que me acompañaba en aquel momento, que la pobre no podía dar crédito a lo que veía y escuchaba).

—¡Ay cari! ¡Por fin doy contigo! Llevo más de un mes  buscándote, desde que vi tu foto en el programa de la Ana Rosa, pero como no soy nada tuyo, me ha costado la propia vida encontrarte… ¿Cuántas veces te dije que me tenías que llevar en tu cartera como contacto para casos de emergencias? ¡Pues esto ha sido  una  de esas emergencias de las que te hablaba y de las que tú decía que no pasaban! —Cambió su actitud y adoptando una pose más solicita me preguntó en un tono bastante más bajo —¿Cómo te encuentras, gordi?

La enfermera cabeceó perpleja y  miró a  mi “amorcito” de arriba abajo. Ella, al sentirse examinada, procedió a presentarse con un desparpajo de lo más vulgar:

—Perdone señorita, ¡no me he presentado! Soy Sole la novia del Boni…—Alargó la mano para presentarse a la mujer, pero ella le dio a entender con un gesto que con los guantes no podía responder a su saludo —Llevamos más de cinco años de novio, pero como se pasa la mayoría de tiempo en el extranjero no hemos formalizado nuestra relación… Como  ya he dicho, si no hubiera sido por el programa de Ana Rosa, jamás me hubiera enterado de su desgracia.

Sin dejar de charlar como una cotorra, se sentó a mi lado, cogió una de mis vendadas manos entre las suyas y,   con  un gesto propio de la peor de las telenovelas,  dijo:

—¡Ay gordi!, el maldito destripador ese no se ha contentado con estropearte tu hermoso rostro, también tenía que destrozarte tus manitas…

La pobre trabajadora sanitaria, superada por tanto drama, puso cara de circunstancia y dijo:

—Veré si el doctor Aguilar está libre, para que pueda hablar con usted.

Nada más fue consciente que la enfermera se había marchado, mi “novia” se recompuso el pelo y esbozando una artificial sonrisa me preguntó:

—¿Qué tal lo he hecho?

—¡Un poquito sobreactuada! ¡Intenta ser un poquito más natural, bonita! ¡Que si no, vamos a terminar dando el cante!

La ira de mis palabras tuvo efecto en la esperpéntica  drogata, puso la misma cara que un niño pequeño cuando se le riñe una falta y terminó musitando un apagado: “De acuerdo”.

A los pocos minutos apareció mi cirujano en la habitación, tras las oportunas presentaciones, relató el diagnostico de mi operación a mi “familiar” más cercano. Sole, una vez escuchó todo lo que tenía que decir el médico y tal como había acordado con Augusto, adoptó una postura beligerante y se enfrentó al doctor bastante enfadada.

—Entonces, ¿usted me quiere decir que mi Boni va a quedar hecho un eccehomo por siempre jamás?

El hombre asintió con la cabeza y, como si tratara de justificarse, dijo:

—Es lo más que podemos hacer en la sanidad pública…

—Lo que no quiere decir que no se pueda hacer nada, ¿no?

—Existen técnicas de cirugía reconstructiva que pueden devolverle su aspecto anterior, pero como le he dicho no tenemos los medios, ni es una intervención que cubra el servicio público.

La mujer, tras permanecer pensativa durante unos breves segundos, respondió con desdén al cirujano plástico.

—La verdad es que no me extraña que no haya dinero para los hospitales, ¡si todo el dinero se lo  están llevando  calentito  los putos políticos corruptos que nos gobiernan!

El doctor aguantó con resignación el chaparrón y no dijo nada, no obstante mi “novia” tenía todo un guion que interpretar y, en esta ocasión, no vino mal que fuera hortera a rabiar para darle más verosimilitud a la historia.

—Lo que usted me quiere decir que en una clínica privada, mi Boni volverá a ser tan guapo como antes, ¿no es así?

El hombre, aunque con cierta reticencia,  movió la cabeza en señal afirmativa.

—Pues sabe lo que le digo, que teniendo yo dinero mi hombre no va a ser el fantasma de la ópera  y si en la clínica que me arreglaron las tetas y el culo no son capaces de ponerle la jeta en condiciones, en ninguna más lo hará —Hizo un gesto ordinario que rayaba lo soez, envolvió sus pechos entre sus manos   y, mirando provocativamente a su interlocutor,  le preguntó —¿ O acaso ha visto usted unas domingas más bonitas que las mías?

El doctor violentado ante  la salida de tono de Sole, intentó salir del apuro con la mayor profesionalidad que pudo:

—¿Usted… lo que quiere… es tras… ladarlo a otro… centro hos.. pitalario?

—Sí, efectivamente. Si en la Seguridad Social  no sois capaces de solucionar el problema de mi Boni, ¡la Sole lo llevará donde sean capaces de hacerlo!

Aunque  evidentemente no era el hospital donde supuestamente habían puesto la delantera y la retaguardia de Sole, en unos días mi “novia” había dado todos los pertinentes pasos que el protocolo exigía  para que me trasladaran a la clínica de cirugía plástica  más prestigiosa de España, la mejor que el dinero escondido en paraísos fiscales podía pagar.

Dos  meses más tarde y  tras sufrir unas cuantas operaciones, los médicos me mostraban en el espejo mi nuevo aspecto.

—¿Cómo se ve señor Robles?

—¡Guapísimo!, ¿cómo se va a ver sino  doctor? Si lo ha dejado usted mejor que estaba —Dijo Sole, quien para hacer más creíble  toda la farsa, había seguido viniendo por el hospital durante todo aquel tiempo y haciendo el papel de mi atenta novia. Creo que no había tenido un “papel” tan largo en su vida.

—Si ella está contenta, yo lo estoy —Dije sonriendo al completo desconocido que me mostraba el espejo.

Lo cierto  y verdad es que estaba bastante satisfecho con mi nueva apariencia, al reconstruir mi cara de acuerdo con las fotos del tal Bonifacio Robles, no solo me habían dado una nueva identidad limpia de polvo y paja, sino que también había mejorado mi apariencia. El camionero era bastante atractivo y no es que tuviera quejas de mi anterior aspecto, pero puestos a elegir, mejor ser  un hombre guapo que  uno feo.  Por primera vez desde que comenzó mi complicada fuga, pensé en Mónica y me pregunté si le complacería mi nuevo yo. Unas semanas más tarde, haciendo acopio de toda la precaución de la que fuimos capaces, mi abogado y yo nos reuníamos en un café en la periferia de Madrid. Se me hacía extraño estar rodeado de gente y no ser el centro de atención como había sido lo habitual en los últimos años, primero por ser un político de renombre, después por ser el chivo expiatorio de toda la corrupción política.

Ser un tipo normal y corriente me resultó más satisfactorio de lo que hubiera podido prever en un principio.  

—En ese sobre tienes toda tu documentación con tu nueva identidad, como pactamos está cerrado, por lo que pueda pasar, ninguno de los dos conocerá el nombre del otro. Te he hecho un pequeño ingreso en esta cuenta a tu nombre… Es una cuenta que tenía Bonifacio, con ella tendrás suficiente para el billete de avión para Panamá y para algunos gastillos. No lo olvides, paga el billete en efectivo y a nombre de quien quiera que seas ahora.

A pesar de que intentaba ser impersonal y no implicarse afectivamente, la mirada de Augusto brillaba de satisfacción. Aquel  muchacho había sido para mí como un hijo, profesionalmente había crecido a mi sombra y, aunque en esta sociedad egoísta nuestra el agradecimiento y la lealtad no sean monedas al uso, me había devuelto todos y cada uno de los favores que le presté en su momento. De él partió todo el complicado plan de fuga, él fue quien movió cada uno de los hilos para que hoy tuviera la apariencia que tengo. A él le debo la vida perfecta de la que disfruto ahora.

—Augusto, verte ahí ahora, dándolo todo por mí, sin esperar nada a cambio… No hace más que refrendar que hice bien en poner mi confianza en ti.

—Lu… Bonifacio, desde el primer momento tu trato hacia mí fue encomiable, casi paternal. Me apoyaste cuando nadie  más lo hizo, todo lo que tengo y todo lo que soy te lo debo a ti.

—Pero es que lo vas a perder todo, de donde vamos no hay vuelta atrás y lo sabes —Recalqué las dos últimas palabras, señalándolo incisivamente con el dedo.

—Aquí nunca tuve nada que no fuera mi trabajo, no tengo ni novia, ni familia, ni perrito que me ladre… En unos días mi secretaria llamaran a mis clientes ofreciéndole los servicios de sus nuevos jefes, un bufete de abogados de alto prestigio que a cambio de mi cartera comercial ha accedido a contratarla en el mismo puesto que tenía en mi despacho.

—Siempre pensando en los demás —Dije al tiempo que movía la cabeza en señal de aprobación de su más que enorme generosidad.

—¡Es lo menos que puedo hacer! A mí me contrata una importante empresa de abogados de los Estados Unidos, yo dejo a mis clientes con unos prestigiosos profesionales y mí secretaria sigue conservando su empleo.

—¿Has contado que te han contratado en un despacho norteamericano? ¡Te va a crecer la nariz como a Pinocho!—Mis palabras estaban cargadas de sorna.

—Si no me ha crecido en los años que  llevo trabajando contigo, ¡no creo que lo haga ahora! —Una amable sonrisa se dibujó en el rostro de Augusto.

—Debes de reconocer que muchas veces eras tú solito, él que metías las trolas. Yo creo que a los letrados os enseñan  como mentir desde que   pisáis por primera vez la Facultad de Derecho.

Era la primera vez en mucho tiempo que me sentía realmente libre, hablaba con él como si nada hubiera pasado en los últimos meses y, aunque yo me empeñara en obviarlo, aquella reunión para ultimar los  pasos finales de nuestra confabulación, no era otra cosa que la despedida definitiva.

—¿De verdad confías en  que ninguno de los participantes dirá nada?

—Completamente… A los rumanos se les contrató para que te entregaran a los chinos, así que al ver tu “cadáver” en las noticias, supondrían  que fueron estos quienes  te liquidaron. Los chinos viven en su mundo particular y lo que sucede en España se la trae sin cuidado. Por no saber, no sabían siquiera quien eras… ¡ni les sonaba tu cara!  

—¿Seguro? He salido en todos los periódicos y en todos los informativos cientos de veces.

—Créeme, ellos vienen a hacer negocios y punto, no se mezclan para nada con la población local… De hecho los que yo contraté, no hablaban ni una puñetera palabra en  castellano. No sabían ni decir un simple “Hola” o “Gracias”.

—¿Y el doctor Baena?

—Ese por la cuenta que le trae no hablara, les hice creer que éramos los Al capone del Barrio Salamanca y sé que mis amenazas no cayeron en saco roto… En cuanto a Sole, creía que  su interpretación formaba parte de una estafa a una aseguradora y en la clínica creen haber operado a Bonifacio Robles. Al forense de la prisión no solo se le pagó religiosamente, sino que se le amenazó con revelar ciertas intimidades que, de salir a la luz, acabaría en presidio por mucho tiempo y él, mejor que nadie, sabe lo que les ocurre a los pederastas en la cárcel…

—La verdad es que lo tenías todo pensado… —Pegué un  largo sorbo de café y tras disfrutar profundamente de su sabor, dije —¡No sabes lo que me alegro de haber confiado mis asuntos a aquel chaval recién salido de la facultad, y por el que mis colegas de partido no daban un duro!

Augusto me miró orgulloso y sonrío complacido. Pero el gesto de satisfacción se borró de su rostro al escuchar lo que le dije a continuación:

—Sin embargo, chaval, hay una cosa que no me termina de cuadrar y más conociéndote como te conozco: ¿Era necesario matar al tal Bonifacio?

—Sí —Su voz intentaba sonar contundente, como si intentará zanjar un asunto que deseaba que yo siguiera ignorando.

—No voy a ser yo quien te censures que te hayas cargado a ese tipo, pero sé que eres muchas cosas pero no te imagino dando la orden para asesinar a nadie. ¿Tanto te he cambiado en estos años?

Augusto encogió el mentón y frunció el ceño, se quedó pensativo durante un instante. Pegó un sorbo de café, como si este le fuera a dar fuerzas para enfrentarse a lo que me tenía que contar,  adoptó  una postura solemne y  respondió a mi pregunta:

—Ese puto camionero estaba muerto antes de que yo planificara nada.

Hice un mohín de perplejidad y lo interrogué con la mirada, haciéndole saber que no me tragaba de ningún modo lo que me estaba contando.

—… aunque textualmente hablando seguía vivo, iba a morir de todos modos. Por lo que si lo hacía unos días antes o unos días después, era algo irrelevante.

—¡ Chaval, te explicas como un libro cerrado!

—Todo ha salido bien, pero más que una genialidad  mía, fue fruto de la casualidad.

Mis confusos ojos se clavaron en él y, moviendo la cabeza en señal de perplejidad, le di a entender que no me había enterado de nada.

—Cómo te conté en su momento,  tenía algunos clientes en el polígono Cobo Calleja. Un día en el almacén de una tienda, donde me encontraba  arreglando unos chanchuchos con el registro de aduanas, aparecieron un grupo de chinos con un tipo amordazado y que, como supuse, le iban a dar matarile. Intenté no prestar atención, pero es que si no hubiera sabido que estabas encerrado habría pensado que eras tú, el  tío era una fotocopia tuya y al llevar la cabeza tapada por una capucha, el parecido era aún mayor.

—¿Tanto se parecía?

—¡Más! … No sé porque se me ocurrió que el tipo podía ocupar tú lugar en la cárcel y así me ahorraría tener que hacer un sinfín de apelaciones. Instintivamente les pedí a mi cliente que aplazaran su ejecución  unos días, treinta mil euros más tarde el chino accedió a mi solicitud  sin preguntar siquiera porque.

—¿Treinta mil euros? Pues sí que venden caros los favores los amarillos esos…

—Bueno, en realidad se convirtió en ciento veinte mil, porque a la vez que avanzaba en los pormenores de tu fuga, esta se volvía más complicada y yo intentaba perfeccionarla más, lo que en principio iban a ser  una semana, se convirtió en casi un mes.

—¿Por qué se querían cargar los chinos al tal Bonifacio?

—¡No lo quieres saber! —Sus palabras más que una orden, me sonaron a  un consejo.

—La verdad es que sí, ¡y tú me lo vas a contar!

—El tal Bonifacio era el destripador de Chinatown… Los chinos lo pillaron deshaciéndose de su última víctima, que para más inri era un compatriota suyo,  y como no se fían  ni un pelo de la policía española, intentaron ellos hacer justicia por su cuenta.

La cara de imbécil que se me tuvo que quedar al escuchar aquello tuvo que ser notable, toda la estructura de mi fuga giraba en torno a aquel asesino porque él era la génesis de todo. Aunque la idea de tener el rostro de un psicópata para el resto de mi vida no era lo que había soñado de pequeño, no dejaba de admirar la genialidad del hombre que tenía ante mí. Me tragué mi vanidad, y deje que mi corazón hablará por mí:

—La verdad es que te lo has currado, campeón.

Augusto me miró haciendo un gesto de condescendía y movió la cabeza afirmativamente.

—Verte aquí, aunque parezcas otro, hace que todo el esfuerzo haya merecido la pena. Porque no se te olvide eres mi mentor, eres mi amigo, pero sobre todo has sido como un padre para mí.

—Tú también has sido como un hijo para mí.

Unos días después, tras cumplir mi promesa de  hacer una transferencia de diez millones de euros a una cuenta a su nombre nos despedíamos en el aeropuerto de Panamá.

—Boni.. ¡Qué coño! Luís, aquí se separan nuestros caminos —Me tendió la mano pero yo le abrí los brazos y nos pegamos un fuerte abrazo. Aquella sería la última vez que nos veríamos, si lo volvíamos a hacer sería porque las cosas no habían salido todo lo bien que debieran.

—Ha sido un placer trabajar contigo, aunque las cosas se torcieran al final.

—Luis con lo que me has transferido tendré las espaldas bien cubiertas, ¡no te preocupes!

—Es lo menos que podía hacer…

—Sabes que no lo he hecho por eso…

—Sí, pero deberás tener algo con lo que empezar a donde quieras que vayas.

—Con ese dinero tengo para empezar y terminar —Dijo sonriendo y agarrándome afectuosamente el antebrazo en un gesto de agradecimiento.

—Pues con lo que te sobre, pégate unas cuantas huelgas a mi salud.

—Descuida que así lo hare —Esta vez su sonrisa se vio enturbiada por una mirada tristona —¿Sabes, cabrón, te voy a echar de menos?

—Yo también. ¡Cuídate, chaval!

Una nueva vida se abría para los dos, ninguno sabría jamás del paradero del otro, para que en caso de que algo fallara no pudiera delatarlo. Si las despedidas suelen ser triste cuando son un hasta luego, la de aquella tarde lo era aún más, pues era un “hasta nunca”.

Continuará en: “No estaba muerto, estaba de parranda”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.