Ir al puticlub para olvidar a Mariano

Vicisitudes en el mundo gay de un hombre casado

Episodio cinco

La historia hasta ahora: Después de echar un tremendo polvo, Mariano comienza a contar una “infidelidad” a Ramón con un catalán que conoció una noche en la sauna de Nervión.

Ante la sorpresa del policía, su amigo empieza a narrar lo lanzada que va la gente en el local y como se ponen a follar en cualquier sitio sin pudor.

En una de estas ve a un tío que le gusta, el catalán, pero un tipo se le adelanta y le comienza a hacer una mamada en la zona del cine.

Después tras una copa pasan y tienen sexo completo en una cabina. Ramón aunque cabreado por todos los detalles que su amigo le da sobre el sexo con el catalán, no puede evitar excitarse.

21/08/12  08:30

Una sonrisa melancólica asomó bajo la nariz de mi amigo. La historia de cómo había conocido a Manuel, el catalán, en la sauna había concluido, descubriéndome una oscura faceta del “tímido Mariano” que desconocía por completo. Sentimientos encontrados nacían en mí, primero, al saberlo disfrutando con otro, me sentía un hombre al borde de un ataque de cuernos y aunque una parte de mí quería pensar que aquello no iba conmigo, que yo era bien distinto,  por otra parte el miedo a perder los momentos que compartíamos atenazaba mi pecho y, por último, estaba mi “hermanito pequeño” que se había metido de lleno en la “batallita” de la cabina  y estaba tieso como un palo. Circunstancia que fue advertida por mi acompañante que no pudo reprimir hacer un chiste:

—¡Ramoncito, vaya lo contento que te has puesto! —me dijo señalando impúdicamente mi entrepierna.

—¡Cómo “pa” no ponerse! Le pones tanta pasión a lo que cuentas,  que termina uno poniéndose palote —instintivamente me metí mano al paquete, fanfarroneando de mi más que evidente virilidad —Porque me tienes que arreglar una cosilla de Hacienda, que si no te ibas a enterar de lo que vale un peine.

—¿Una cosita de Hacienda?

—Sí, es el rollo que he metido en casa por si me retrasaba…

—¡Ya te vale, prenda!

—Pero que es una mentira a medias, que traigo la documentación en el coche para que le eches un vistazo.

Me miró de arriba abajo, puso cara de perdonarme la vida y me dijo:

—¡La confianza da asco…!

—¡Anda enróllate! —lo miré poniendo cara de niño bueno— ¡Qué me sale a pagar y siempre me ha salido a devolver!

—¡Venga va! Si sabes que no tengo un no “pa” ti… —aunque su tono era condescendiente,  en el fondo estaba deseando ver los papeles,  para saber si realmente me podía echar una  mano.

—¡Sí, eres más “apañao” que un jarrillo lata! —le pegué un cariñoso pescozón, al cual él respondió con una forzada sonrisa.

Me vestí rápidamente y fui al coche por la carpeta donde tenía toda la documentación. Cuando volví ya se había vestido y, hasta parecía una persona decente.

—¡Anda cógete un botellín y así no me das la lata mientras yo te reviso esto! —me dijo a la vez que le echaba un vistazo a los papeles, poniendo cara de intelectual.

En la cocina aproveché  y llamé a Elena para advertirle de que se viniera con alguien, pues no me daba tiempo ir a recogerla, pero no  me cogió el teléfono. Lo mismo, pensé,  todavía estaba en el dichoso cumpleaños y, con el jaleo, no había escuchado el móvil. 

Mientras saboreaba la cerveza, de manera refleja me llevé la mano al paquete, todavía la tenía dura. ¡Vaya cómo me había puesto con  la historia del dichoso polvo con el catalán! Y eso que solo me había contado su primer encuentro, ¡qué si me llega a contar el que se habían pegado días antes!

Volví a manosearme el rabo y pensé: “¡Qué cabrón está hecho el Mariano este! Y eso que parecía tonto cuando lo compramos”

Insólitamente se me había pasado ya el pequeño e incomprensible cabreo, no sé si porque ya me había puesto el traje de hombre casado y de familia o porque sabía que el tío, con lo lejos que estaba,  no suponía competencia alguna. ¿Pero quién me decía a mí, que no pudiera venir otro que a diferencia de mí tuviera todo el tiempo del mundo para él? Fue pensar solo aquella posibilidad y una sensación de tristeza me visitó.

Un cuarto de hora más tarde Mariano me había ahorrado doscientos euros, no solo no tenía que pagar  sino que me devolvían algo, poco pero lo suficiente. Me explicó no sé qué historias de unos gastos desgravables y algo de la actualización del valor catastral,… El caso es que mataba dos pájaros con el mismo tiro: me ahorraba una pasta y tenía la excusa perfecta ante mi santa esposa.

Al despedirme lo apreté fuertemente entre mis brazos y le dije:

—Sí, te ha gustado lo de hoy, ¡cómo España gane la Eurocopa se va mear la gata!

—Promesas, promesas —dijo  sacando la lengua burlonamente pero con una vibrante alegría rebosándole hasta por los ojos.

—Eso sí, mientras si mientras no… ¡No te quedes encerrado —mi tono era casi autoritario.

—¡“Vaaale”, papa!

—Otra cosa, tampoco hace falta que me lo cuentes  todo, que me pongo muy malito escuchándote y uno no está para tantos trotes —aunque intentaba frivolizar la cuestión, la realidad no era otra que me molestaba saberlo en los brazos de otro y como me parecía muy ruin por mi parte exigirle una especie de fidelidad, opté por la solución más fácil: ojos que no ven corazón que no siente.

—… pero sí has sido tu… —intentó justificarse mi amigo.

—Ya pero con una vez me vale… Por cierto, se te da muy bien eso de contar historias guarras…—remarqué categóricamente cada una de las silabas de las dos últimas palabras — Yo que tú las escribía y las colgaba en una de esas páginas  cochinas que hay en Internet.

Su posible replica  quedó relegada por el sonido de mi teléfono: Era Elena.

Me despedí de  él, esta vez con un fuerte apretón de mano y mientras respondía  a mi mujer, le hice un gesto con la mano de que ya lo llamaría.

—¿Ya estás en casa? Pues yo ya voy para allá, ahora estoy saliendo de casa de Mariano… Sí, ya está todo arreglado y no solo no tenemos que pagar, sino que nos devuelven algo… Ahora  te  cuento…

Llegué a casa sobre las dos y media, mis niñas se abalanzaron sobre mí como si hiciera siglos que no me veían, lo que me evitó tener que interpretar ningún papel ante mi mujer. Alba, a sus seis años, le daba veinte vueltas a su hermana mayor en todo y como su objetivo era acaparar mi completa atención, utilizó todas las tretas de las que disponía para hacerlo, dejando a mi otra hija en un segundo plano sin que yo pudiera hacer nada por remediarlo.

Observé a Carmen detenidamente, el hecho de que su hermana pequeña le quitara siempre protagonismo no le importaba lo más mínimo,  es más, juraría que  incluso lo prefería.

Me fijé de nuevo en la encantadora sonrisa de la charlatana de Alba y no pude evitar pensar que si la mayor era el vivo retrato de su madre, ella era clavadita a su tía Marta: generosa y cariñosa como ella sola, pero con complejo de centro del universo.

Ante mi atenta mirada, mi hija menor fue desmenuzando todos y cada uno de los acontecimientos del cumpleaños, que entre otras diversiones tuvo un payaso, un mago, una piñata…

 Una vez Alba me hizo partícipe de todo lo que había pasado en aquellas dos largas horas, dijo algo que me descolocó un poco:

—Papá, ¿sabes quién nos ha traído de vuelta porque mamá no estaba?

La pregunta de la niña me cogió por sorpresa y busqué en  la mirada de mi esposa alguna respuesta. Pero como mi hijita no estaba dispuesta a ser relegada, se echó sobre mí y de un modo tan pertinaz como caprichoso, comenzó a gritar:

 —¡Anda papi, pregúntame quien!

—¿Quién? —mi voz sonó a ida pues me extrañaba mucho que mi mujer hubiera aparcado las niñas y se hubiera ido.

—La mamá de Joselito y Paquito, dos niños de mi clase que son más guay —mi hija al decir esto último se puso las manos sobre la barriga y se contoneó, como si ese gesto hiciera más veraz su afirmación.

Alba siguió charla que te charla hasta la extenuación, pero yo aunque la miraba atentamente  y decía a todo que sí, mi mente no podía quitarme de la cabeza lo ocurrido con su madre. “¿Dónde carajo había ido?” —me preguntaba una y otra vez.

Cuando se cansó de que yo hiciera como que la escuchara, se fue con su hermana a su habitación con la  única meta de seguir enreda que te enreda. 

Me dirigí hacia mi mujer, quien se había ido para la cocina  y preparaba algo para almorzar.

—¿Qué es lo que dice la niña de que la ha tenido que traer no sé quién?

—Nada que me llamó mi cuñada Silvia que iba a ir al Factory, pero no creí que fuera a tardar —aunque Elena me contestó sin dejar de hacer lo que estaba haciendo y de modo impersonal. Noté cierto nerviosismo en su voz, como si temiera que yo le fuera a echar la bronca por ello.

Pese a que no me hizo ni chispa de gracia que dejara las niñas solas, volví a sopesar el hecho de que una discusión con ella me estropearía lo vivido con Mariano y con la callada por respuesta, deje zanjada la cuestión.

Después de comer me senté en el sofá a ver un telefilm tipo melodrama familiar. Por mucho que quería no me podía quitar de la cabeza a mi amigo y  cada vez que recordaba todo lo sucedido durante la mañana, una tintineante pregunta se me venía a la cabeza: “¿Me estaré volviendo Maricón?”

Lo de ser bisexual más o menos lo tenía asimilado. Pero que me hubieran dejado de gustar las tías, era otra cosa bien distinta. De ser así, sería como si mi masculinidad y mi identidad, se hubieran ido irremediablemente por el desagüe.

Desde un poco antes de Semana Santa, no había vuelto a estar con una mujer, pues por mucha fe católica que procesara mi esposa, lo de hacer uso del  santo sacramento del matrimonio nunca había sido una de sus prioridades y como yo no lo buscara,  estaba claro que ella no lo iba a hacer en la vida. 

Aprovechando que las niñas agotadas se habían dormido la siesta, comencé a ponerme meloso. La reina de hielo intuyendo cuales eran mis intenciones, se dejó hacer  pero poniendo la misma pasión en ello que  en freír un huevo.

Fuera como fuera, acabamos en el dormitorio y con la puerta y la luz apagada, mi polla entró en su gruta de un modo mecánico. Si al propio acto de penetrarla no le hubieran acompañado unas caricias en sus hermosos pechos y unos fugaces besos que pude robarle, follar con mi mujer hubiera sido como masturbarse. Aunque lo bueno de las pajas, es que uno no suele guardar recuerdos de ellas.

Tras la ducha post-polvo, las dudas sobre mi hombría seguían bullendo en mi mente, de un modo y forma  que me resultaba hasta molesto. Mi dependencia de Mariano cada vez se me hacía más evidente, sin querer todo mi mundo giraba en torno a él y no podía hacer nada por evitarlo. 

A eso de las siete de la tarde lo llamé para ver si salía a tomar unas copas, pero me dijo que estaba liado con algo del trabajo y que debía terminarlo, sí o sí. Como no estaba dispuesto a quedarme en casa toda la tarde, llamé a “Ervivo” pero nada más escuché como se excusaba para no quedar, comprendí que tenía otro tipo de planes.

—… El Manuel y yo tenemos que hacer un “mandao” esta tarde…

Cuando mi colega “Ervivo” utilizaba el pretexto de hacer un recado, era porque su mujer estaba oyéndolo y lo que me intentaba decir es que se iba de juerga y si su acompañante era el cachondo de Manuel, de seguro había un puticlub de por medio.

Sopesé llamar a Oscar o a cualquier otro, pero un pensamiento malicioso se apoderó de mí: “¿Y si me iba con ellos?” Irreflexivamente le pregunté que si los podía acompañar.

—¡Pues claro Ramón, siempre nos pueden venir tus conocimientos profesionales! —respondió “Ervivo” con la mayor poca vergüenza  de la que era capaz.

Veinte minutos más tarde, salimos en el coche de Manuel hacia un club de carreteras que habían inaugurado cerca del pueblo de Los Palacios.

Por lo que sabía por los compañeros de redes de inmigración ilegal, el dueño el único delito que cometía con las chicas que trabajaban para él es que las tenía contratadas como camareras aunque su oficio, obviamente, era otro bien distinto.

El caso es que aún no eran las ocho de la tarde y tres amigos que rozaban los cuarentas, más calientes que el palo de un churrero, se adentraban en aquel tugurio, con la única intención de que un polvo con un “pibón” les hiciera olvidar su rutinaria vida familiar. La condición  de que para que la tía buena se abriera de piernas hubiera que apoquinar sus buenos euros, nos traía sin cuidado y era como una especie de mal menor, que no afectaba de ningún modo a nuestra arrogante hombría.

Continuará en: ¿Me estaré volviendo maricón?

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