Un griego muy real (2 de 2) Inédito

3             *****La Culona, el Colgón y la reina de Grecia******

Al día siguiente, la sensación de ridículo siguió siendo la misma.  Aunque lo que llevaba peor, era que Iago lo miraba del mismo modo que un perro a un filete de carne.

La pasión desbordada en los ojos del pescador, le intimidaba un poco y permaneció un poco rezagado, como si las piernas no le respondiesen. Sin embargo, un gesto con la mano  para que apremiara por parte su señor, le obligó a avanzar sin demora hacia donde estaban ellos.

Si irrisorio le parecía el marquesito vestido de mujer al pescador, no tenía palabras para el aspecto del mayordomo. Tan alto, tan fornido, con tanto pelo por las piernas y los brazos, más que una imitación de una señorita parecía una caricatura.

Sin embargo, la situación tenía para él un enorme morbo, que le excitaba a más no poder.  Metérsela  al estirado de Federico tenía para él  componente de revancha  bastante importante.

Únicamente fue imaginar que sometería a aquel tipo a sus caprichos y se excitó al instante. Circunstancia que, dado que se encontraba con los pantalones bajados hasta la rodilla, no pasó inadvertido para Paquita la Avispona.

—¿Has visto de qué manera  le has gustado a mi hombre?—Preguntó echando un brazo por los hombros a la reina de Grecia y señalando la entrepierna del pescador —¿No te parece hermoso su enorme apéndice sexual? Ha sido contemplar tu belleza virginal y  está preparado  ya para la gran batalla.

Federico clavó su mirada en el carajo del Colgón. Había oído hablar en multitud de ocasiones de su desmedido tamaño, pero nunca supuso que  los rumores no fueran exagerados.

A ojo de buen cubero debería medir unos veinticinco centímetros, pero lo que más le impresionaba era su grosor, al menos ocho centímetros de ancho.

Si a aquellas dimensiones se le añadía el color rojizo de su enorme capullo y la dureza de las venas moradas que recorrían el tronco pajizo, el resultado era una visión de lo más contundente.

Solo de imagina  que aquel fenómeno de la naturaleza se clavaría en sus entrañas propició que una sensación de pánico lo dominara y, durante unos segundos,  le invadió una desagradable sensación de ahogo.

—Como veo que te has quedado muda de la emoción. Deberé entender que, al igual que a mí, te ha parecido la octava maravilla del mundo. —Hizo una pausa al hablar, le dio una suave cachetada en el culo y en tono picarón le dijo —Pues aprovéchate porque en muy pocas ocasiones te lo voy a volver a prestar. Es un artículo de lujo al que, por mucha sangre azul que corra por tus venas, no vas a poder disfrutar todo lo que quisieras.

Iago no podía estar más confundido. No sabía si el mayordomo era marica como el de los Francomayor o, como se dejaba intuir por el miedo en sus ojos, estaba allí por imposición  de su jefe. Fuera cual fuera el motivo, Federico Figueroa no iba a olvidar aquel día con facilidad. Le iba a reventar  el culo de manera que no se iba a poder sentar en un mes. «Me lo voy a follar hasta que me duela el carallo de rozarlo por las paredes de su  burato», pensó mientras se relamía tímidamente.  

Tenía la polla dura como el acero y deseaba con todas sus fuerzas taladrarle  el ojete a “la reina de Grecia”, pero sabía que hasta que la Culona no lo dispusiera, no debería tomar iniciativa alguna. Así que aguardó las órdenes del marquesito.  Muy maricón y muy sumiso, pero estaba tan acostumbrado a mandar que hasta  acostumbraba darle  indicaciones sobre la forma en que tenían que someterlo.

«¡Mas fuerte, más fuerte, párate ahora,  sigue, para, no te corras todavía, más fuerte, más suave…!», su voz sonaba con  aire marcial. Daba la sensación que  en otra vida hubiera ostentado el cargo militar de general. Menos mal que el pescador era un hombre de sangre caliente, porque escuchar aquella voz  de pájaro herido recitando  aquella letanía, se la bajaba al más pintado.

Al percatarse del pavor con  que el sirviente  miraba su miembro viril. En un alarde de maldad,  lo agarró con una mano y comenzó a echar para atrás la piel que cubría su glande. Mientras le mostraba su capullo de manera impúdica, se agarró los huevos y comenzó a acariciar sus anaranjados vellos con la punta de los dedos. La actitud del pescador rezumaba testosterona por los cuatro costados y era una provocación en toda regla.  

Paquita notó que aquella  disposición ante su “amiga griega” era muy diferente  a la que tomaba con ella. Sin embargo, aunque hirió su ego, no dijo nada. «Es la novedad», intentó consolarse, «El Colgón solo tiene ojos para mí, que soy la mujer más hermosa y seductora de toda España. La gran suerte que tiene con que yo sea tan generosa y le deje probar otras hembras.»

Iago siguió agarrándose el carajo y lo mostraba como si fuera una peligrosa arma blanca.  Su cabeza brillante escondiéndose y asomándose por el torso de su mano parecía una serpiente que en cualquier momento fuera a saltar sobre las dos personas que estaban frente de ella. Un reptil cuya picadura proporcionaba dolor y placer a partes iguales.

Enredado en la desinhibición propia de  la lujuria, comenzó a dar rienda suelta a sus más bajos instintos. De manera descarada, recorrió  con la mirada  la figura del hijo mayor de los Figueroa, del mismo modo que un predador a su presa.

Al pescador, por su opresiva educación,  le costaba asimilar que los hombres le gustaban tal cual, sin tener que fingir algo que no eran.  El mayordomo con aquel uniforme no despertaba ningún deseo en él,  pero, aun con aquella facha,  seguía teniendo un buen culo. Una parte de la anatomía masculina que al  Colgón  le volvía loco y sabía sacarle muy buen provecho.

—¡Ay, Freddie, deja ya con tanta timidez!¡Desnúdate ya!  ¡Si estás deseando probar a mi hombre! —Le apremió con su estridente voz de pito, a la vez que gesticulaba exageradamente con las manos.  

El sirviente, escondiendo cualquier sentimiento bajo un rostro impenetrable, se quitó ceremoniosamente la falda y la chaqueta. No había ningún erotismo en su movimientos y recordaban a los de las novicias de los matrimonios de conveniencia.

Iago tuvo que hacer un esfuerzo increíble  para no soltar una carcajada al verlo en ropa interior. Lucía un sujetador que le cubría su  peludo pecho  y  unas escuetas braguitas que le quedaban excesivamente pequeñas. Por la parte de abajo se  le salían los huevos y la punta de la polla por la cinturilla.

Tal como suponía, no le excitaba lo más mínimo el hecho de que él lo cabalgara, pues su churra estaba completamente flácida. Convencido de que sentir su cipote en su interior sería una verdadera tortura para él, volvió a masajear su miembro viril como si con ello pudiera endurecerlo aún más de lo que ya estaba.

Una amenaza silenciosa que fue captada a la perfección por Federico, que arqueó las cejas y no puedo esconder  en su mirada el terror que aquello  le producía. Por enésima vez la voz en su cabeza le volvió a gritar que se marchara de allí y, al igual que las otras veces, la ignoró en favor de lo que consideraba un bienestar a largo plazo.

—Mi viril obrero —El tono con el que Paquita se dirigió a él fue de lo más impersonal—, debes saber que mi querida Freddie, sigue todavía inmaculada. La providencia no ha puesto en su camino ningún hombre dispuesto a romper el sello que la separa del placer—Al decir esto ultimo pasó la mano por las nalgas del mayordomo y la azotó suavemente para dejar patente su dureza.

En la cara de Paquita se dibujó  un malicioso gesto que no pasó inadvertido para Iago. Su respuesta fue morderse el labio inferior con impudicia, dando a entender que estaba deseando horadar con su estaca el agujero sin explorar de la “reina” de Grecia.    Algo que agradó al anfitrión de aquella pequeña bacanal, pues mostró una sonrisa de complicidad.

—¡Qué vicioso sois los hombres de clase baja! —Prosiguió el marquesito con un tono grandilocuente —¡Cómo os encanta mancillar la honra de una doncella inocente! Sin embargo,  vuestra simpleza os impide  disfrutar de  un momento  único e inmejorable.   

Iago, aunque no entendió muy bien la retórica de la imprevisible Paquita,    interpretó el gesto de su rostro  como una pequeña reprimenda. Así que, dejó de tocarse el carajo y puso sus cinco sentidos en intentar comprender qué diantres le quería contar con tanto subterfugio.

— A pesar de tus pocas entendederas, mi recio pescador, debes saber que la primera vez de mi amiga es una experiencia irrepetible. Un momento  maravilloso que ella atesorara en su memoria hasta el fin de sus días.

«De tu habilidad a la hora de mancillarla dependerá que ese recuerdo sea grato o nefasto —Concluyó con un semblante que intentaba dejar claro al Colgón que debía esforzarse al máximo porque fuera lo primero.

El pelirrojo, pese a que  no alcanzaba a comprender a que se debía tanta cursilería por parte del afeminado noble, puso su mejor cara de atención  e hizo un gesto afirmativo para que continuara  en pos de ver si lograba enterarse de algo. Por mínimo que fuera.

—Por mi experiencia personal conozco los enormes dolores que una dama debe sufrir para satisfacer a su hombre. Un suplicio que alcanza su cenit el día de la desfloración. Por lo que, por el romance que nos ata, te debo pedir que aminores tu pasión y seas sumamente meticuloso  a la hora de yacer con ella. Debes tratar a Freddie como si fuera porcelana. No quiero que la pobre quedé traumatizada y, sin en otra ocasión el destino hiciera confluir tus escasas visitas a mi humilde morada con la de mi prima la Roja, se ofrezca gustosa de nuevo a ocupar el puesto que Cupido me ha regalado a tu lado.

Para alguien como Iago, que su lengua natural era el gallego y que se comunicaba en castellano en contadas ocasiones. Le era complicadísimo entender el lenguaje rebuscado y arcaico que  Paca utilizaba de normal. Si para más inri, como era el caso, abusaba de las metáforas, conseguía que su nivel de comprensión estuviera por los suelos.  Por momentos tenía la sensación de estar escuchando misa en latín.

Lo único que tenía claro de todo lo que le había dicho era que no sería la única vez que  estaría con el  mayordomo. Descubrir que tendría más oportunidades  de clavársela,  consiguió que su polla vibrara de la emoción. Así que, para no enfadar a la Culona,  puso su mejor cara de haber entendido todo su discurso, aunque fuera la peor de las mentira silenciosa.  

—Dado que será estreno amoroso y lo dado que eres a comportante como un potro salvaje, te prestaré mi ayuda inestimable.  Seré yo  quien te la prepare para que su interior pueda albergar tu virilidad —Hizo una pausa y en tono amable se dirigió a su mayordomo —¡Quítate las bragas y ponte de rodillas sobre el canapé!

La “reina de Grecia” adoptó la postura de perrito y, con una actitud sumisa,  se colocó en el lugar que le había indicado su señor. Se sentía como cuando de niño iba a que le pusieran una inyección, sabía que le iba a doler y, como único remedio, se limitaba a  rezar para que sucediera lo más rápido posible.  Para su disgusto, ni su jefe, ni su antiguo vecino del pueblo tenía ningún interés en alguna prontitud y se pensaban tomar su tiempo para lo que el suponía sería una tortura.

Paquita sacó un tarro de vaselina y empapó la yema de sus dedos con ella. Una vez consideró  que había cogido una ingente cantidad, la extendió por  el rasurado orificio anal  de “Su majestad griega”.

Mientras restregaba la crema por la circular superficie, hizo un comentario de lo más soez a Iago.

—¿Te gusta como de acicalado he dejado el chochito de Freddie?  Es muy peluda y  sé, porque así lo tengo yo, que prefieres  lo coños afeitaditos.

El pelirrojo asintió con firmeza. No pudo evitar, al ver el culo lampiño del sirviente, rememorar la imagen de  Anxo en las duchas. De nuevo,  al imaginarse teniendo sexo con el joven rubio, la lujuria trotó en su entrepierna como un caballo desbocado. Se llevó la mano a la polla y al comprobar que  volvía a estar dura como una roca, una morbosa sensación de satisfacción infló su pecho.

Paquita se colocó a la grupa de su mayordomo y adoptó una pose de lo más ceremoniosa. Daba la impresión de  que, en vez de preparar el culo de su sirviente para ser penetrado, estuviera realizando algún ritual pagano en el que entregaba a una joven virgen al sacrificio.

Posó suavemente dos dedos sobre las duras nalgas y caminó con ellos ceremoniosamente  hasta llegar al centro.    Apretó el circulito exterior repetidamente y clavando sus yemas  en los bordes, intentó estirar la piel para que el oscuro redondel  se dilatara. Aquella manipulación de su agujero, consiguió que la “reina de Grecia” notara una molestia tan hiriente que terminaron poniendo de punta hasta los pelos del cogote.

No había asimilado todavía la desagradable sensación, cuando  noto como un cuerpo invasor se clavaba en su ojete y avanzaba a través de su recto, era el índice de la mano derecha de su señor. En un primer momento, tuvo la sensación de que un pequeño cuchillo desgarrabasus entrañas e, incapaz de soportar un  dolor tan pronunciado, estuvo tentado de levantarse.

No obstante, el miedo que tenía a una mala reacción por parte del hijo de los Francomayor era bastante mayor  que la punzada que le cercenaba  el recto. Convirtiendo aquello en un acto de contrición por sus posibles errores y faltas hacia el marquesito, sobrellevó como pudo lo que , sin lugar a dudas, estaba sobrellevando como una  verdadera tortura.

—Te va encantar lo apretadito que tiene el coñito mi amiga de la realeza —Dijo mirando a Iago sin dejar de meter y sacar su apéndice  del  recto de su sirviente. Sus movimientos eran mecánicos, faltos de cualquier apacibilidad.

El Colgón no dijo nada. Simplemente se relamió  como si tuviera un exquisito manjar delante de sí y prosiguió masturbándose con la inspiración de lo que sucedía en el canapé junto a él.   

Tras un primer dedo, le metió dos. La vaselina había dilatado bastante el orificio que seguía expandiéndose ante el  maravilloso trabajo que Paca estaba realizando en su retaguardia. Irreflexivamente, el cuerpo del mayordomo se revelaba ante aquella invasión de su recto  e intentaba expulsarlo. Aquella falta de relajación consiguió que el daño no disminuyera lo más mínimo.

Una vez constató que el pequeño boquete se tragaba sin dificultad sus dos falanges, intentó introducir una tercera. Sin embargo, por más empeño que ponía y por más que intentaba expandir el pequeño círculo, el inexplorado ojete no cedía lo más mínimo.   Perseveró durante unos segundos que al sirviente les parecieron un suplicio, pero el resultado fue igual, un resultado nulo.  

Estuvo  a punto de desistir, pero se volvió  a unta una ingente cantidad de lubricante en sus dedos. La restregó por   la parte exterior del pequeño orificio e introdujo con sus dedos buena parte en el interior. A continuación, pegó una cachetada en el trasero de Federico y le gritó en tono autoritario:

—¡Relaja el puto culo y no te hagas la estrecha! Si no lo haces, no vas a disfrutar de mi hombre y lo único que vas a conseguir que te revienten por dentro. ¡Respira hondo, llénate la barriguita de aire! Tu culito se expandirá, el tercer dedo te entrara y tendrás la retaguardia preparada para que el Colgón entierre su hombría en su interior.

Aquella llamada de atención por parte de su señor, hizo que Federico olvidara el tremendo daño que aquellos dedos estaban ocasionando en sus entrañas, se relajara y acometiera al píe de la letra las sencillas indicaciones que le habían dado.

En el siguiente intento. Con un poco de  esfuerzo, Paca consiguió traspasar el inexperto ojal con el tercer dedo y durante un par de minutos que se le hicieron tan eternos a Federico como a Iago, estuvo ensanchándolo todo lo que pudo. No decía nada, pero el gesto de morbosa satisfacción que se pintaba en su rostro dejaba claro que estaba disfrutando enormemente con todo aquello.

En el momento que consideró que estaba preparado para algo más grueso, se volvió a dirigir a su amante pescador y, en su habitual tono sobreactuado, le preguntó:

—¿Quieres meterle un dedo para que compruebes lo a punto de caramelo que te estoy dejando su coñito?

El pelirrojo puso los ojos como plato y, como a un niño  al que le ofrecen un pastel, asintió efusivamente.

Sin esperar a que Paca le concediera permiso para ello, llevó sus recias  manos al duro trasero del sirviente. Durante unos segundos, lo tocó del mismo modo que los panaderos la masa del pan. Tras comprobar  que su aparente firmeza se correspondía con la realidad, apoyó la palma  izquierda sobre sus glúteos y, a continuación,  metió el dedo corazón derecho en el recién dilatado ojete.

El poco esmero que el rudo pescador puso al introducir su apéndice en el rasurado orificio, consiguió que el mayordomo pegara un respingo. Su rostro impenetrable se compungió de dolor y sus ojos mostraron el brillo propio de la antesala de las lágrimas.  Su señor, al percatarse de ello, acudió para consolarlo.

Cogió su barbilla entre dos dedos, giró su rostro hasta que sus miradas se cruzaron y movió la cabeza afirmativamente. Como una solicita madre con su hijo, atrapó su  cabeza entre la palma de sus manos,  la hundió en su pecho y comenzó a musitarle palabras de ánimo.

—Tranquila, mi reina —Su voz calmada, rebosaba de  un cariño exagerado, por lo que no estaba claro si era sentimientos reales u  otra de sus irritantes interpretaciones —Es el sacrificio que todas debemos pasar para transformarnos en  la hembra que nuestros  fervientes amantes precisan que seamos. La primera vez es muy dolorosa, pero ya verás como en las siguientes el sufrimiento será mucho menor  y lo disfrutaras bastante más.  

Escuchar que aquel castigo se repetiría, propició que una lagrima silenciosa resbalara por el rostro de la “reina” de los griegos. Había digerido aquella tortura como algo único e irrepetible, pero, por lo que pudo deducir por las palabras del heredero, sus planes incluían que aquello se reiterara en más de una ocasión.  

Estaba encantado  su empleo  y reverenciaba mucho a su señor, pero no sabía si le compensaba lo suficiente para todo lo que se exigía. En su cabeza imaginó dos escenarios distintos, siendo una  puta o viviendo de nuevo en el pueblo. La simple idea de tener que salir a faenar a la mar como había hecho siempre, consiguió que la boca del estómago se le encogiera.  Tragó saliva, apretó los dientes y decidió que le destrozaran el ojete, antes que partirse la espalda trabajando.

El Colgón, no tenía demasiada afición a meter los  dedos en los culos que se  follaba. A decir verdad nunca lo había hecho. Desconocía   que existiera un método de preparación que pudiera mitigar el dolor que ocasionaba la penetración anal. Lo que había hecho Paca, era todo un descubrimiento para él.

Se podía decir que, a la hora de follar, su forma de actuar era  de lo más pragmática. Buscaba únicamente su disfrute particular  y la empatía para con sus amantes oscilaba entre escasa y nula. Sobre todo cuando a quien le metía su enorme cipote no era  uno de sus compañeros de camarote.

En muy  pocas ocasiones usaba aceites o cremas para preparar el terreno. Su lubricante preferido  era mucho más prosaico. Echaba un escupitajo en el agujero y otro en la punta de la polla. A continuación, sin aguardar apenas unos segundos,  colocaba su churra  en la entrada y empujaba con fuerza hasta que conseguía enterrarla hasta lo más hondo del caliente boquete.

En las ocasiones que conseguía meterla a la primera,  rezaba porque el susodicho aguantara el temporal hasta el final  de la mejor manera y no le suplicara  que parara en mitad del acto sexual.

Por experiencia sabía que no había cosa peor que tener que sacarla sin haberse corrido siquiera. Circunstancia que, por el tremendo pollón que se gastaba y la energía que le imprimía a sus caderas,  le había ocurrido en más de una ocasión. Aunque nunca con sus compañeros en alta mar. Los marineros, a diferencia de los afeminados que lo buscaban para disfrutar de su “herencia” familiar, eran machos de los pies a la cabeza y aguantaban con aplomo sus embestidas. Sobre todo porque más pronto que tarde saborearían el sabor de la revancha.  

Pese a que él tenía sus métodos, lo que el marquesito había hecho con el “coñito”  de su “majestad”, había despertado su curiosidad y quiso probar.

Al principio, por aquello de que las manos van al pan,  le pareció una asquerosidad, pero conforme fue comprobando como aquel estrecho boquete se iba dilatando al paso de su falange, la excitación lo fue embargando. Aquello le hacía disfrutar más de lo que suponía  y  comenzó la visceral escalada de a mayor cantidad, mayor morbo.

Al igual que hiciera el travestido noble, una   vez comprobó que un primer dedo entraba sin dificultad, procedió a meterle dos.

Se sorprendió al ver con la facilidad que el culo de Federico se tragaba la doble ración. Sus falanges eran mucho más anchas que lo del marquesito. Las manos de princesita de Paca no tenían nada que ver con los manazas del pelirrojo.

Pese a que la posibilidad de incorporar un tercero le resultaba de lo más fascinante,  rehusó a hacerlo. Si  quería destrozar el ojete de la “reina”, prefería hacerlo con su cipote.

Sin dejar de agrandar el orificio anal  con aquel incesante  meter y sacar, hizo un gesto a Paca para que le acercara la vaselina. El afeminado noble no estaba acostumbrado a que seres “inferiores” le dieran órdenes. Sin embargo,   estaba pasándolo tan bien con el espectáculo que le estaban brindando que, por aquella vez, decidió pasar por alto aquella falta de respeto.

Se untó una buena cantidad por toda la polla y, una vez la extendió por todo el tronco hasta la cabeza, se colocó a espaldas de la sufriente “majestad griega”. Estaba tan caliente que la punta de la polla le chorreaba liquido pre seminal que se mezclaba con el pegajoso lubricante formando una brillante película sobre las venas moradas de su apéndice sexual.

Durante unos segundos, para deleite de la Avispona, agitó su polla al aire como si fuera el florete de un esgrimista, rociando  con sus efluvios la grupa del sirviente.    El hijo de los marqueses ante semejante cuadro, no pudo más que relamerse los labios golosamente.  

Tras aquella especie de rito de apareamiento propio de las especies salvajes,  Iago buscó  la complicidad en los ojos de Paca. Con una mirada tan sumisa como libidinosa, le pidió permiso para dar la primera estocada de una corrida que se preveía intensa.

Paca metida en su papel de dama exquisita, adoptó una postura solemne y, al igual que los emperadores en los circos romanos, hizo una señal con el pulgar bajado que Iago entendió como que contaba con su aprobación para dar libertad a sus más bajos instintos.  

Sin apartar la mirada de la caliente escena que suponía el Colgón colocándose  detrás del trasero de  su  mayordomo, comenzó a hablarle a este de un modo tan afectado, que sonaba a falso. 

—Ahora, una vez la punzante masculinidad de mi hombre se aventure en tus entrañas, darás el primer paso y más importante  para convertirte en una dama complaciente. Por  mi experiencia particular , Freddie, te puedo decir que tanto mayor es el dolor que alcanzas, más intenso será  el placer que te terminara proporcionando.

«Si tu desfloramiento es parecido al mío.  Primero rezaras para que deje de metértela,  después suplicaras que no te la saque. Al principio creerás que es enorme lo que te está metiendo, más tarde lloraras por lo que se queda fuera.

«El único y mejor consejo que te puedo dar es que sepas disfrutar del momento. Si lo haces, tocaras la gloria con los dedos y cuando te la saque, te sentirás incompleta. Como si te faltara un pedazo en tus entrañas.

Las palabras de Paca intentaban serenar a su  hombre de confianza, sin embargo tuvieron un efecto contrario. Federico  no sentía ningún deseo carnal hacia el pescador, al contrario, el simple hecho de sentir su tacto le producía arcadas.  Por lo que la idea de que tener un cipote dentro de su culo le pudiera producir algún tipo de placer, le pareció el mayor de los disparates que había escuchado salir de la boca de su amo. Lo que no era poco.

A él  lo que  le gustaba  era encular al hijo de los marqueses. Enterrar su polla en su agujerito hasta que, en medio de un palpitante desenfreno, dejaba su leche calentita en sus esfínteres. Era de la firme opinión que, aunque le encantara montarselo con su jefe, su ano era un orificio solo de salida. Pero era obvio que Paca no tenía las mismas consideraciones con su trasero que él.  

Intentó serenarse, dejar la mente en blanco para que lo que tuviera que pasar sucediera en cuanto antes. Sin poderlo evitar, pensó en las enormes dimensiones del miembro viril de Iago y el pánico se terminó apoderándose  de su mente. Un nerviosismo silencioso lo invadió y la sensación de ahogo fue in crescendo. 

No obstante, había aceptado  que negarse no era una alternativa posible  y que debería soportar aquel encargo de su señor de la mejor manera posible. Aplicó los consejos que le dio, aspiro fuerte, retuvo el aire en el estómago e imploró a Dios para que  aquel truco volviera a tener resultado. No en vano, gracias a aquella rudimentaria técnica, había conseguido albergar tres dedos en su recto, sin tener que  ponerse a llorar como una débil damisela.

El pescador, como una madre que enseña la alpargata a su hijo en señal de aviso, paseó su polla por el corte  de los glúteos y golpeo repetidamente sus nalgas con ella. Siempre que se follaba el culo de una mariconcilla, gustaba de jactarse de su virilidad y dejar patente con ello quien era el macho allí.

Aquellos prolegómenos le encantaban a Paca y ser espectador de ello, lo  excitó enormemente. Se llevó  la mano a la entrepierna y buscó su escuchimizada polla bajo la falda de vuelo. Para su sorpresa, tenía una erección en toda regla. Satisfecho con su descubrimiento, se puso a tocarse por encima de las bragas.

Una vez terminó con su particular danza de apareamiento,  Iago apuntó con  la punta de su cipote al centro del rasurado ano. Estaba bastante pringoso por el montón de vaselina que el marquesito le había puesto. Si a ello se le sumaba la que él  se había extendido desde la punta hasta el final del tronco de su  nabo, el resultado era  un efecto mucilaginoso.

En un primer momento el hecho de que estuviera tan viscoso fue un impedimento para conseguir su objetivo pues se resbalaba en demasía  y no pudo evitar que se desviara  de su camino en los dos primeros intentos. Sin embargo, si había algo que no le faltaba al pescador para aquellos menesteres era paciencia.

Haciendo gala de un ejemplar estoicismo, perseveró hasta que terminó convirtiendo en el tercero la capacidad de escurrirse en una enorme ventaja.  Nada más colocó su miembro viril en el  camino exacto,  la cabeza consiguió deslizarse  como una bala hacia el interior.

Enterrar  su verga en un conducto tan pequeño al principio le ocasionó un poco de dolor. Las paredes del recto comprimían el cuerpo extraño e intentaban expulsarlo. Pero llegado a aquel punto, Iago no estaba dispuesto a que algo así sucediera. Él se follaría aquel culo saliera el sol por donde fuera. Posó la palma de sus manos  sobre la zona lumbar de Federico y, usando sus talones de punto de apoyo, comenzó a empujar sus caderas con ímpetu.

Federico, como si un sexto sentido le avisara de que se avecinaba lo peor, tomó una buena bocanada de aire y la mantuvo en su tripa. De manera estúpida, cerró los ojos. No ver la realidad, no la iba a sacar de ella, ni la puñalada de carne que se clavaría en sus entrañas escocería menos.

De una sola estacada, Iago le introdujo   casi la mitad de la polla. La mantuvo con fuerza dentro durante unos segundos, acercando su pelvis todo lo que podía  para evitar que no se saliera. El mayordomo, casi atontado por el dolor que lo consumía por dentro  , no paraba de repetirse una pregunta: «¿Para cuándo va a llegar ese placer que mencionó mi señor?¡Espero que no tarde mucho, porque me están entrando ganas de llorar! ».

Como el Colgón  era de los que cuando empezaba una cosa, no le gustaba dejarla a medias.   En cuanto percibió su cipote estaba bien acomodado en el estrecho ojete,  volvió a tomar impulso, le dio un enérgico envite  a sus caderas e introdujo otra buena porción de verga.

El sirviente hizo una mueca de dolor que, de no haberle puesto su señor la  falda de su uniforme en la boca para que la mordiera, habría terminado en un grito que habrían oído todo el personal del servicio, incluso sus padres. 

—No sufras mi reina —Le  dijo en un tono melodramático —pronto tu cuerpo se transformara y  como si fueras una oruga que pasa a ser  una hermosa mariposa, dejaras de ser una doncella ingenua  y te convertirás en  una zorra viciosa. ¡A mí me pasó igual con los dos moriscos que me invitaron  a  dar el paso de niña a mujer! El primero no lo gocé demasiado, pero el segundo me llevó a las Antípodas del placer.

Iago tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse al escuchar el comentario de Paca. Que dos moros fueron los primeros que lo pusieron mirando para la Meca, explicaba bastante la inquina  que sus padres  le tenía a la gente de aquella raza. Por lo que, que para su polla no perdiera ni un ápice de vigor, volvió a recordarse  que no estaba follándose una mariquita  cualquiera. Estaba desvirgando el culo del estirado de Federico.

¡Qué pena que no pudiera contar nada de aquello a nadie! Con lo que gustaría fardar con sus vecinos en la taberna de tamaña hazaña y reírse al respecto. Pero si no quería que su Aldara lo pusiera de patitas en la calle o, peor aún, acabar con sus huesos en la cárcel, era un secreto que debía saber guardar.

Al notar que su carajo  se habría paso sin demasiada dificultad por los esfínteres de la “reina” griega. Siguió empujando  con más fogosidad. Ponía tanto empeño que daba la impresión de que quisiera sacársela por la boca.

Estaba completamente encabritado y  se encontraba dispuesto a dar lo mejor de sí para disfrutar todo lo que pudiera de la primera vez de Federico.  Tal como le había pedido Paca, sería un momento irrepetible para ámbito.

Pensar que aquella mañana al coger  las herramientas en su casa, creyó que le tocaba echar  otro monótono polvo con la Culona. ¡Las sorpresas que da la vida!

El placer que nublaba la mente de Iago, contrastaba con el dolor sin parangón que sufría su majestad Freddie.   Las lágrimas resbalaban por su cara y, como si fuera una especie de panacea para su dolor, clavaba  con más brío sus dientes  en  la áspera tela que seguía emanando un penetrante olor a naftalina.  

«No hay mal que cien años dure», se dijo para consolarse, mientras el dolor parecía apagar su raciocinio y lo llevaba casi al borde del desfallecimiento.  

Paca, sospechando que su sirviente, no estaba disfrutando todo  lo que debía de  la pérdida de su honra.  Alargó su mano hacia su  dormido miembro viril y lo comenzó a masturbar con cierta desgana.

Federico no es que tuviera una polla pequeña, pero al lado de la del pelirrojo deslucía bastante. Paca había probado las dos y  no había color entre que se la clavara su mayordomo o el pescador. Aun así,  mientras intentaba insuflar un poco de vida al pingajo fláccido, pensó en las noches de soledad que habían compartido su pasión y comenzó a moverlo con más brío.

Aunque lo consideraba una especie de mascota, un juguete con el que calmar sus deseos sexuales mientras no tenía otra cosa a mano. No podía negar que le había cogido cierto cariño y no quería que sufriera más de lo necesario. Por lo que, creyendo que si se excitaba la punzada hiriente que se clavaba en sus entrañas se mitigaría, procedió a meneársela al compás de las caderas de Iago.

A pesar del fuego helado  que ardía en sus  esfínteres, el mayordomo se sintió satisfecho ante pequeña atención por parte de su señor. Pese a que lo estaba denigrando de la peor de las maneras, creyó que si su mano acariciaba su churra,  era porque le importaba. Al menos un poquito.

Intentó buscar la mirada del marquesito pero este, a pesar que acariciaba con cierto deseo su herramienta sexual, únicamente  tenía ojos para el vigoroso pescador que, encaramado a su grupa, movía sus caderas  de forma circular y muy despacio. Sus leves movimientos solo perseguían un fin: que la polla no se saliera de su recto e ir introduciéndola, poco a poco, hasta que sus huevos hicieran de tope. Un objetivo que, de seguir así, alcanzaría en breve.

—Freddie, te estás portando estupendamente —Le dijo de manera indulgente el marquesito sin dejar de masturbarlo contundentemente —Un pene como el de mi hombre no lo soportan todas las damas y  muchísimo menos en el momento de sus desfloración.  Tal como yo suponía, no me has defraudado. Eres una reina de la cabeza a los pies.

Aquellos halagos por parte de su jefe despertaron el ánimo del mayordomo que, durante unos segundos, se olvidó del duro estoque que se incrustaba en su recto y dejó de estar en tensión.  El absurdo enamoramiento que sentía hacia el marquesito se apoderó de él y sus instintos más primarios tomaron el control de la situación. Sin poderlo remediar se excitó completamente y su polla dormida se fue despertando. Aquel breve momento de relax fue aprovechado  por Iago para terminar de hincar su tranca hasta el fondo.

Un quejido seco escapó de la boca de la “reina” griega  y, por la cara de satisfacción del pelirrojo, Paca tuvo claro que el culo de su sirviente albergaba el enorme rabo en todo su esplendor.  Circunstancia que fue aprovechada por su señor para incrementar la velocidad de su mano.

A pesar de la incesante punzada en sus entrañas, el sodomizado sirviente estaba disfrutando de aquello. Él quería pensar que se debía a la gallarda que le estaban propinando y no al placer que le suponía tener aquel hinchado trozo de carne taponando su culo.  

Iago, por su parte, al ver que el estrecho boquete se había adaptado al grosor de su cipote, comenzó a mover las caderas con más potencia. Atrapó a su forzado amante por las caderas y se la encasquetó de nuevo hasta el final. En el momento que sus huevos hicieron de tope, comenzó a sacarla y a meterla a mucha mayor velocidad.

Paca, sin dejar de pajear a su sirviente, se subió la falda y se sacó su erecta pollita de las bragas. En muy raras ocasiones el marquesito se masturbaba, quizás porque estaba acomplejado pues, accidentalmente, había perdido un huevo en su juventud. Sin embargo, ver cómo le reventaban el ojete a su hombre de confianza lo tenía enormemente excitado y no pudo reprimir las ganas.

En un momento determinado, Iago sacó la verga del ojete y se quedó contemplando el enrojecido agujero durante unos segundos. Aunque no era mucho de hablar mientras follaba. No pudo reprimir una exclamación:

—¡Carallo, Fede, se te ha puesto el  cu como una moneda de diez reales!

Sin esperar a la reacción de sus acompañantes se la volvió a encasquetar de golpe. En esta ocasión resbaló hasta el final sin ningún impedimento.

La imagen del robusto pelirrojo cabalgando a  su mayordomo era inspiración suficiente para que Paca siguiera meneándosela, al tiempo que hacía lo mismo a Federico.

Iago se sentía en el séptimo cielo. Con Roxelio, su compañero de camarote, debía ser comedido y evitar hacerle daño por todos los medios. Sin embargo, con aquel tipo que le caía tan bien como una patada en los cojones, no tenía que reprimirse y sus arremetidas  eran cada vez más vigorosas.

 No sentía empatía alguna por aquel tipo, si se llevaba un mes sin poder sentarse le traía sin cuidado. Lo que único le preocupaba es el cumulo de sensaciones satisfactorias que lo recorrían de la cabeza a los pies.

Sacar y meter su carajo de aquel agujero estrecho estaba siendo una de las mejores experiencias sexuales que había tenido. El mayordomo tenía un culo duro que nada tenía que envidiar a los machos que se había beneficiado en alta mar. Pero con el añadido que se podía permitir tratarlo como una puta.

Para su sorpresa la “reina” de Grecia comenzó a gemir compulsivamente.  Por lo que concluyó que se estaba corriendo con su polla clavada hasta el fondo. Ciego de lujuria sigo moviendo sus caderas de un modo más enérgico, en busca de su merecido orgasmo.

En el instante que más emocionado estaba la voz estridente de Paca le cortó el placer de golpe:

—No, no puedes embarazarla. Ella no podrá tener un hijo tuyo antes que yo —Mientras decía esto se agachaba ante él.

No hubo que mediar palabra alguna para saber dónde debería correrse.

Se la sacó a Federico y, poniéndose de pie en el diván, se la meneó de manera estrepitosa. Unos segundos más tarde varios trallazos fueron a parar a la boca del marquesito que los devoró como mana caído del cielo.

Mientras saboreaba la rica leche del pescador, imaginó alguna de las muchas veces que aquel delicioso esperma había terminado en sus esfínteres. Dejando volar su mente entre los recuerdos,  llegó al paroxismo y derramo unas gotas de esperma sobre la alfombra.  

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.