Un griego muy real (1 de 2) (Inédito)

Diciembre de 1952

1             *****La Culona, el Colgón y la reina de Grecia******

No hacía ni dos días que Iago había vuelto de su travesía pesquera y ya había requerido sus servicios  el heredero de los Francomayor. Para tal menester había enviado al pueblo a su hombre de confianza, su mayordomo Federico.

Arreglar las averías de las dependencias  del Marquesito se había convertido para su familia, en una especie de tradición. Un testigo que, como los oficios en el medievo, pasaban de una generación a otra entre los varones de la casa.

Primero fue su padre, después su hermano Cristovo y ahora era el turno de Iago.  Un legado  que a ratos soportaba de malas ganas  y, como el hombre de sangre caliente que era, terminaba gozando como a un niño hambriento  que le daban la teta.

Con una esposa  tradicional y pudorosa en la cama,  la única variedad sexual que podía practicar era la del misionero y con la luz apagada. Como si pensara  que la oscuridad pudiera ocultar lo que hacían a ese Dios omnisciente e inclemente que dominaba cada segundo de su vida.

Era tan poca las ganas que le ponía en la intimidad y tanto lo que la respetaba  que, ni siquiera,  le había insinuado ampliar el abanico de posturas. Para  un tipo de su clase social eran pocas las oportunidades que tenía en tierra firme  de gozar una  buena mamada  y  poder follarse un culo que era lo que realmente a él le volvía loco. Por lo que, cuando surgía la ocasión, no la desaprovechaba.

Si tenía relaciones con el marquesito no era porque le atrajera lo más mínimo físicamente.  Se debía a dos razones de peso: que su familia no tuviera problemas con los nobles de la zona y por el  buen estipendio que le daban por tapar los boquetes de las dependencias del marquesito.

Aquella mañana, como todas y cada una de las que había ido a trabajar en el mantenimiento de su vivienda, Francisco Francomayor  se había presentado ante él  disfrazado de mujer y, de aquella irrisoria guisa, se puso interpretar un papel de muchachita inocente.

Con su bigote negro y su peluca le recordaba los esperpentos de las ferias.  Si a eso se le sumaba los aburridos soliloquios que se inventaba para cada ocasión, no fue raro que el fornido pescador, para que su verga se pusiera dura, se tuviera que poner a pensar en el culo del joven Anxo.

Una vez concluyó el soporífero sainete, procedió a comerle la polla. Aquel tipo, aunque siempre le arañaba un poco con los dientes el tallo del nabo en un primer momento, le pegaba de las mejores mamadas que había podido disfrutar. Era tan bueno chupándola que tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para no correrse en su boca antes de que él lo dispusiera.

Cuando el marqués le dio permiso para eyacular, de manera inconsciente volvió a imaginar los labios del pescador rubio alrededor de sus labios. Con  aquella imagen en su mente, el placer le desbordó hasta llevarle al séptimo cielo.

No sabía que le estaba ocurriendo con aquel chaval, pero era obvio que tenía una obsesión enfermiza con él.   Tenía que reconocer que tenía un culo precioso y era guapo para reventar, pero a él no le gustaban los hombres. Él solo practicaba sexo con ellos y lo que le volvían loco eran los coños y las tetas.

Su reflexión se interrumpió  de golpe y porrazo, cuando el marquesito, con el esperma rebozando por la comisura de sus labios le dijo:

—No hay nada mejor que  tomarse un vaso de leche calentita. ¿Quieres uno con galletas para reponerte?

Era habitual que Iago se viera en la obligación de echarle dos polvos al marquesito. El primero consistía en  una buena sesión de sexo oral o un vasito de leche como él lo llamaba en sus constantes perífrasis verbales. En el segundo, el Colgón lo enculaba hasta empapar sus esfínteres con su esperma.

Cada vez que el pescador depositaba su esencia vital en su interior, Paquita, en los dislates propios de su mente atormentada,  rezaba por quedarse preñada. No había nada que le hiciera más ilusión que prolongar la estirpe de los Francomayor. Una quimera que duraba poco pues, más tarde o más temprano, la llamada de la naturaleza le hacía perder su imposible descendencia.

Para darle tiempo para que se repusiera, el heredero de los Francomayor le ofrecía siempre un reconstituyente, normalmente un vaso de leche con pastas de piñones o de  frutas. Una exquisitez tan lejos de las posibilidades del pescador que se las comía sin rechistar. «Ojalá, Isabela, si me puedo quitar al pesado de Federico de encima unos minutos,  me dé algunas para mis niños cuando pase por la cocina. », pensó mientras las devoraba con el ansia propia de los necesitados.

En el momento que el vaso se quedó vacío y la última galleta desapareció del plato, Paquita la Avispona (aunque para Iago siempre sería la Culona), volvió a retomar su teatrillo y ,poniendo voz de doncella desvalida, dio comienzo al segundo acto de su exagerada actuación.

—Hoy,  mi ardiente obrero, Paquita te tiene que dar una mala noticia. Sé que no te lo tomaras bien, pero no está en mi mano calmar tu aflicción. —Hizo una pausa al hablar en un intento absurdo de darle dramatismo a su discurso, para retomarlo alzando su estridente voz de pito —Lo lamento en el alma, pero hoy  no podrás dejar tu semilla en su vientre. Hoy ha venido su prima la de Rojo y no puede concebir.  Por lo que, siguiendo los preceptos de la santa iglesia, ante la imposibilidad de una posible descendencia, le ha sido prohibido yacer contigo.  

Iago era bastante ignorante,  aparte de los conocimientos propios de su oficio, para cultivar la cosecha  y de las habilidades necesarias para  los trabajos caseros de pintura, albañilería y fontanería, no sabía demasiadas cosas. Los únicos conocimientos que tenía sobre la historia y sobre el ser humano era los  que le contaba el cura de su pueblo, en las charlas que daba a los lugareños fuera de la parroquia. Pues las misas, todas eran en latín y, aunque asentía a todo, el significado de las plegarias en aquella lengua muerta estaba bastante lejos de su comprensión.

A pesar de su incultura, una cosa sabía a ciencia cierta:  los hombres, por muy mariquitas  que fueran no podían tener la regla y, mucho menos,  quedarse preñados.  Así que no entendió a que venía tanto cuento, ni tanta palabrería absurda.

Pensó que lo que sucedía era que, como la tenía tan grande y el marques era tan debilucho, no aguantara el dolor. Si no quería que se la metiera porque le hacía daño, no entendía porque lo había llamado para dejarlo a medias.   Como era obvio  que el afeminado noble no aceptaba ni ruegos ni preguntas, prefirió que los acontecimientos revelaran sus dudas.

—Pero, Paquita, en su generosidad infinita,   ni es posesiva, ni es celosa… Como no quiere que su hombre se quede insatisfecho y no tengas que buscarte una pelandusca para desfogar tus más oscuros deseos,  ha invitado a una amiga suya para que le sustituya en tal menester—No había concluido de hablar y tocó la campanita que tenía para llamar al servicio — Como podrás comprobar, cuando la veas, ni tiene mi talante, ni es tan hermosa como yo. Aun así servirá como desahogo para un   macho salvaje  como tú.

«Además ella es extranjera y  en su país no son tan buenos católicos como los españoles . No está tan unida por la Gracia de Dios a nuestro señor como los españoles— Prosiguió con voz melosa— Por lo que no tendrás que dejar tu esencia vital en su interior. Es más, Paquita te lo prohíbe.  Le rompería el corazón  que, después de tantos intentos por quedarse embarazada, ella se le adelantara.

«Sería un bastardo, pero tu hijo al fin y al cabo —Concluyó con cierta tristeza en su voz.

Aquel miedo del marquesito porque la persona que lo supliría se quedará en cinta, le llevó a pensar al Colgón que había contratado  una puta para que se la follara. Cosa que, por mucho que le agradara al pescador que sucediera, no era lo que estaba en los planes del heredero de los Francomayor.  

La Ilusión se desvaneció de ipso facto  cuando vio aparecer por la puerta a  la persona que le ofrecían para fornicara con él. Enseguida, por la forma de moverse y comportarse supo que era otro marica vestido de mujer.  Estaba tan distinto con aquel disfraz que le costó reconocerlo. La “amiga extranjera del marquesito” no era otro que su mayordomo, Federico. ación  vestido de mujer, no era otro que Federico, el mayordomo.

Lucía un uniforme militar femenino. De color gris, con chaqueta ajustada y falda por debajo de la rodilla. No sabía si el marquesito le había dado la vestimenta a posta para que pareciera todavía más estrafalario  que él o era que, al fin y al cabo, a él los hombres travestidos tampoco le ponían demasiado.

A  pocos de los maricas a  los que se tiraba  le veía algún  atractivo y  si estaba con ellos era en parte por el dinero que le pagaban, en parte porque siempre su nabo tenía ganas de guerra y cualquier agujero era una buena trinchera.  

No obstante, con el mayordomo se excitó nada más constató que se trataba de él.  Ver a aquel tipo tan serio de aquella guisa, con una peluca morena que le descansaba sobre los hombros, maquillado como una mujer y subido a unos incomodos zapatos femeninos, consiguió despertar su libido de un modo que no esperaba que lo hiciera.

Solo pensar que tendría la posibilidad de taladrarle   el ano con su gorda polla, consiguió que  al momento esta se llenara de sangre hasta ponerse dura como el acero. Aquel tío no le atraía mucho sexualmente, pero no era imbécil y sabía que su herencia familiar, además de placer era una fuente de dolor. Se  imaginó  clavándole a aquel individuo el carajo hasta el fondo, haciendo e pagar todos los desaires y desprecios que le había perpetrado, clavándole su carajo hasta el fondo. El sabor de la venganza empapó sus labios y no pudo evitar relamerse.

Federico avanzó tímidamente hacia la zona de la biblioteca donde se encontraba su señor y quien se convertiría en su amante. El rojo exagerado de sus mofletes no se debía solo al maquillaje. Aquel hombretón de más de metro ochenta, se encontraba tremendamente avergonzado. Lo que  estaba haciendo le parecía una deshonra sin parangón para su hombría y, por mucho que se esforzaba en ocultar su humillación, no lo conseguía.

Acostumbrado a hacer sacrificio para mantener aquel trabajo. Estar las veinticuatro horas al servicio de los nobles, vivir alejado de su familia, no frecuentar a sus amigos del pueblo, no poder formar una familia, no irse de putas en su día libre, no … Todos y cada uno de ellos los afrontaba como un añadido que iba con el puesto.

Aun así, la última petición del marquesito iba mucho más allá de las concesiones  y exigencias propias de un mayordomo.  Un sinsentido al que, por más vueltas que le daba, no le encontraba ninguna explicación.

Paca, como si fuera una especie de presentación en sociedad,  la cogió de la mano cariñosamente. La paseó como si estuviera en un coctel de la alta sociedad  y anunció la llegada de su hombre de confianza al que, como era obvio, había bautizado con un rimbombante nombre femenino.

—Te presento a  mi muy queridísima amiga Federica de Hannover, reina de Grecia y Princesa de Dinamarca. Ha venido a España a pasar unos días en mi modesta mansión. Es tan buenísima persona que , en cuanto le he contado mi problema, se ha ofrecido a ayudarme gustosamente.

Sus palabras, aunque no eran inciertas,  no podían estar más lejos de los verdaderos sentimientos de Federico, quien  estaba aterrorizado ante lo que se venía encima. El mayordomo había descubierto por las bravas que ser tan servicial y tan solicito con su señor, no siempre le acarreaba pingues beneficios.

EL DIA ANTERIOR

2            *****Francisco Francomayor y Federico******

Había oído entre las chicas  del servicio que los pescadores habían regresado al pueblo y no pudo evitar acordarse  de  Paquita. Lo sola que había estado sin poder ver y disfrutar de la presencia de su amado. Se hizo partícipe de la añoranza de su pobre amiga e hizo venir a   su hombre de confianza a sus aposentos.

Estaba aun con el pijama y la bata, se fumaba un cigarrillo y no había abierto siquiera el periódico. Su mayordomo supuso que la urgencia de su llamada era para que le llevara la primera comida del día  a la cama.

—Buenos días, mi señor. ¿Qué va a tomar para desayunar?

—¡Desayunar, desayunar! —Gritó con su voz de pito —¿Cómo puedes pensar en meterle más comida a este cuerpo que todavía no ha saludado al nuevo día? ¿Quieres que me hinche como a un pavo  para navidad? ¿Acaso se te han olvidado las indicaciones del Dr. Ciriaco de que si quiero estar fuerte como el águila de la bandera debo comer como un pajarito?

El sirviente agachó la cabeza en señal de disculpas y comprendió que, como era habitual desde que empezó la estricta dieta que le recetó el doctor, se encontraba de muy mal humor. Por lo que para no alimentar más su ira, se limitó a esperar que le dijera para que precisaba de sus servicios.

—No, mi fiel Federico, no te he hecho llamar para que me atiborres de comida como a un cerdo —Hizo una pausa dramática y, dando a sus palabras un mayor énfasis, prosiguió hablando —Si he requerido tus servicios es porque te tengo que hablar de mi  amiga Paquita. Su felicidad se ha visto troncada por la madre naturaleza y no puede realizar sus mayores anhelos. Es como si los astros se hubieran confabulado para que no pueda hacer realidad sus sueños.

El mayordomo ignoraba a que se refería con tanta perorata y, como siempre que hablaba de su alter ego en tercera persona, la respuesta solía ser bastante complicada. Era conocedor de que su señor, no admitía preguntas por parte de los seres inferiores como él. Como no quería faltar el respeto a su noble persona, aguardo a que siguiera explicándose. No sabía por qué, pero presentía que lo que le iba a solicitar no iba ser de su agrado en lo más mínimo.

—Esta mañana, su tristeza al ir al baño no ha podido ser mayor ¿Acaso se merece ella un suplicio como ese? ¿No abono generosamente todas y cada una de las indulgencia que la Iglesia me pide para que ella pueda campar a sus anchas por los campos de la lujuria? ¿Por qué aviene nuestro Señor a castigar su cuerpo con esas dolencias?

Federico, a pesar de que la curiosidad le reconcomía por dentro, permaneció en firme frente a él. Con un talante marcial, en absoluto silencio y con una expresión de lo más adusta.

—¿Te preguntaras mi fiel vasallo porque te cuento los problemas de mi amiga ? Porque creo  que tú, a pesar de tu simpleza y tus limitaciones, puedes ser de gran ayuda para solucionar la nostalgia que la reconcome.

—¿ Mi señor, en qué puede cooperar  este su humilde servidor? —Preguntó  Federico con su voz más solícita.

—En algo de vital importancia para mi felicidad  y la de mi amiga. Sobre todo la de ella—Al responder una maliciosa mueca de satisfacción se dibujó en el rostro del sesentón.

—Dígame, mi señor, en que precisa mis servicios y podrá contar con ellos—Volvió a insistir, sin dejar discernir en su voz ni en su talante lo molesto que estaba con tanto rodeo.

—Sabes que el segundo hijo de los Colgones volvió ayer de alta mar.

—Algo he oído entre las mujeres en la cocina —La respuesta de Federico, aunque no mostraba ningún sentimiento, encerraba una fuerte desazón.  Había presentido que más temprano que tarde iba a tener que “romper” algo en las dependencias del señorito e ir a buscar al cateto harto sopa de Iago, pero no sabía que sería tan pronto.

—Como depositante de mi enorme confianza sabes que  mi amiga,  Paquita la Avispona, mantiene un romance carnal con él y está ansiosa por reencontrarse de nuevo con su amado —Dijo con una voz de pájaro herido que pretendía ser tierna, pero tan chillona que resultaba de lo más irritante.

El mayordomo  tragó saliva e intentó que en su rostro impasible no asomara la rabia que le daba escuchar  todo aquello. No podía permitir  que su señor notara  que tenía celos  del inculto pescador.

Un tipo que no tenía otra virtud que la de poseer un cipote enorme. Un descomunal miembro viril  que tenía encandilada por completo al alter ego del hijo de los marqueses y, cada vez que tenía ocasión, se inventaba una avería en la mansión para que viniera a repararla con la única intención de copular salvajemente con él.

Las palabras de su señor eran como un cuchillo ardiente que se clavaba en sus entrañas. Escuchar decir al hombre que tanto idolatraba que su otro yo tenía una relación que aquel vulgar tipejo, le desgarró por dentro. No solo porque su simple mención implicara el pecado mortal, sino por la denigración que suponía para su amor propio.

Aunque en una mente tan conservadora y chapada a la vieja usanza como la suya, no cabía la idea del amor entre dos hombres. Era obvio que aquello tan   poco convencional como lo que sentía por su señor, era algo más que respeto y cariño. Era la única explicación que le encontraba a que se le rompiera el alma cuando se iba con otro.  

Si su amante era el Colgón, ¿quién era para él aparte de un mero pasatiempo para calentar su cama en las largas y solitarias  noches?  Su mayordomo  era quien, cada vez que lo necesitaba, lo llevaba a la cumbre del placer y calmaba su apetito sexual. Era él quien lo hacía gritar de placer y lo colmaba de besos hasta que el cansancio los vencía.  

Sin embargo, concederle permiso para poder  vaciar su esencia vital en  sus entrañas, no tenía ningún significado para el marquesito quien veía aquello algo tan banal como una simple masturbación.  Tantos momentos de lujuria  compartidos no habían conseguido despertar el más mínimo sentimiento de cariño por su hombre de confianza. Su corazón tenía dueño y  no era otro que el dotado pescador.

Federico no podía evitar sentirse impotente ante la situación. Por mucha pasión que le pusiera a la hora de darle placer, por más que alargara el momento del culmen y por más palabras poéticas que susurrara a sus oídos, nunca podría satisfacer ese desmesurado afán de Paquita por los cipotes enormes.

Una rara avis que en la aburrida vida que llevaba, tenía muy pocas ocasiones de catar. Con unos progenitores octogenarios que se encargaban de administrar la fortuna familiar, limitaba el dinero que podía gastar en sus caprichos  y , a lo sumo,  se podía permitir  una visita del pescador cada cierto tiempo.

El único  consuelo que le quedaba era que se reunieran pronto con su Señor y  poder disponer a su antojo de la herencia familiar  .  Pero con un padre al que su afición a la caza y al culo de las sirvientas le empujaban a vivir con más ganas cada día  o una madre que la ginebra le inyectaba una vitalidad que ya quisieran algunos adolescente, parecía que era algo que tardaría en suceder.

En sus años jóvenes, cuando todavía no estaba instaurado el Nacional Catolicismo y los corazones respiraban libertad, su situación era bien distinta. No  tenía la obligación de  pagar indulgencias a la iglesia Católica por sus indiscreciones,  ni tenía la necesidad de guardar las apariencias delante de su familia. Con un cuerpo rebosante de lozanía, no perdía la ocasión de intentar intimar con  todo macho bien dotado que se pusiera a su alcance.

Por aquel entonces frecuentaba a Rafalito León, un duque sevillano, amante por igual  de la poesía y de los hombres  que no disimulaba en lo más mínimo sus inclinaciones.

En sus viajes al sur,  disfrutaba de las fiestas flamencas que aquel aristócrata realizaba. En ellas aprendió a disfrutar del son de las guitarras, de las palmas, del cante y de la dureza de un buen cipote en sus nalgas.

Fue allí donde surgió su gusto por vestirse de mujer. Algo que en ambiente liberal y permisivo  que se respiraba en la sociedad de la época, no obtenía críticas por parte de ninguno de los allí presente y lo consideraban otra forma de sentir nada más.

Cada vez que tenía ocasión se escapaba para Andalucía a disfrutar de los placeres de aquella tierra. En compañía de su amigo, que presumía orgulloso de su homosexualidad , vivió los años más felices de su vida. Raro era el día que no celebraban una juerga flamenca que culminaba con una buena ración de sexo del bueno.

Sin embargo, después de la guerra civil,  con la instauración del régimen dictatorial, el ultra catolicismo y su rancia moral  se apoderó de todo. Aquellas fiestas pasaron algo que se realizaba en la clandestinidad y sus dominantes padres, con la amenaza de desheredarlo, lo obligaron a seguir un estricto tratamiento de fe para erradicar su desviación.

Un exorcismo que bebía de la superchería que ante la imposibilidad de curar algo que no era una enfermedad, debilitó su estado mental, aproximándolo peligrosamente a la locura.

Los sacerdotes con sus sermones y liturgias no consiguieron que a Francisco Francomayor le dejara de gustar las personas de su mismo sexo. Sino que, para cumplir todos los designios de su Señor, se inventó un alter ego para que pecara por él. En recuerdo de los buenos tiempos que pasó con el aristócrata sevillano, la bautizó con el nombre de Paquita la Avispona.

Gracias a su estatus social y su situación económica, prosiguió con sus indiscreciones sexuales, sin tener que rendir cuenta ante la Ley.  No había hombre que entrara a su servicio que, bajo una fuerte amenaza y con la promesa de un pequeño estipendio,  no escuchando  los desquiciados sainetes de su otro yo y ofreciéndole la bestia sexual de su entrepierna para que gozara de ella.

Entre los muchos mozos de cuadra, agricultores, ganaderos y pescadores que pagó para que tuvieran sexo con él, hubo uno que, gracias a su descomunal cipote, caló fuertemente en él. Aquel hombre no era otro que Paulo, el padre de Iago, el primero de los Colgones que pasó por sus dependencias particulares, aunque no fue el último.

Quedo tan satisfecho con aquella estirpe que, como si se tratara de un servicio a la patria, uno a uno los miembros masculinos de aquella familia en edad militar, le dejaron probar el fabuloso apéndice que brotaba de su entrepierna.

A Paulo, le acompañó su hermano, hasta que se fue a las Américas.  Cuando la virilidad  del patriarca se marchitó, le siguió el mayor de los hijos que,  a pesar de haber heredado  el legado familiar, no sabía darle el buen uso que debía. Menos mal que se mudó a Nigran y lo sustituyó su hermano Iago. Bastante mejor amante que su padre, tan apasionado que, a veces, hasta le hacía olvidar que el sexo que compartían era de compra y venta.

Federico no llevaba demasiado bien que su señor estuviera obsesionado con el pescador y que las noches de pasión que compartían solo fueran   un sucedáneo para el apetito sexual de su señor. Únicamente era el plato principal de su lujuria, cuando los pescadores  se encontraba en los caladeros de bacalao y no podía hacer venir a Iago a la mansión, con la excusa de un estropicio casero inventado.

Los celos y la envidia, aunque no quisiera admitirlo, lo reconcomía por dentro. Era tal su devoción por el hijo de los marqueses que, desde que comenzó a formar parte de sus juegos secretos, había dejado de frecuentar a las mujeres casaderas del entorno. Había perdido tanto interés por el sexo opuesto que, cuando Francisco le prohibió seguir visitando los los prostíbulos cuando tenía algún día libre, no le sentó demasiado mal.

Se había vuelto adicto a sus teatrillos.  Las historias que Paca se montaba antes de copular le resultaban un aliciente tan excitante como las prácticas sexuales, pese a que la mayoría de las veces usaba un lenguaje tan en desuso que no se enteraba casi de nada.  

Lo que más le gustaba era  cuando su señor, travestido de mujer, lo llamaba su marido y se mostraba servil con él.  Le hacía sentirse importante.

A todo aquel sentimiento de sentirse formar parte de su vida, había lo mucho que le encantaba meterse en la cama con él. Le volvía loco cuando se la mamaba, gozaba saboreándole el ano y cabalgarlo hasta correrse en su interior era su mejor momento en lo que le quedaba del día.

Lo que más le complacía  era cuando, tras el acto sexual, le pedía que se quedara a dormir con él. Algo que sucedía muy de tarde en tarde, mayormente cuando el aristócrata se inventaba algún problema para deprimirse.  Aquello servía para alimentar la ilusión de que su señor lo consideraba algo más que un simple lacayo.  Estaba tan ciego  que no veía que simplemente  lo usaba como un peluche humano para calmar sus estados de ansiedad .

Sin embargo, por mucho que jugaran a papás y mamás, bastaba que volviera aparecer el Colgón por el pueblo para que pasara a ser menos que un cero a la izquierda.  Tener que ir a buscarlo al mísero barrio donde vivía lo ponía enfermo. Algo a lo que no se podía negar si quería seguir manteniendo aquella escueta posición de privilegio. No entraban en sus planes tener que volver a faenar en la mar, en el campo o en una fábrica de conservas.

Con la mirada fija en su señor, apretó los dientes para que su furia no transcendiera en su expresión y aguardó a sus órdenes, con un semblante recio. Presentía que lo habría hecho llamar para disponer que al día siguiente, lo más temprano  posible, se llegara a solicitar los servicios  de Iago para una “avería” en sus dependencias.

Para su sorpresa, sus primeras palabras no fueron la petición que preveía. Sino que , adoptando un tono más  rimbombante de lo habitual ,  se puso a parlotear sin parar. Por momentos,  no podía distinguir si quien hablaba era su señor o su alter ego.

—Paquita está desolada. Su hombre ha vuelto de luchar con el embravecido mar y ella no le puede dar lo que el tanto ansía… Tiene  las hemorroides irritadas. La pobre no se puede ni tocar su mayor gracia sin ver todas las estrellas del universo. Así, que como es de prever, no  podrá dejar pasar la virilidad de su amado, ni la puntita siquiera.  

Federico se sintió un poco frustrado al escuchar el estado del agujero de placer del marques. Lamentaba que su amante no le pudiera dar aquella noche lo a él  que tanto le gustaba, pero  le sirvió de consuelo no tener que pasear el coche de los marqueses por los barrios que lo vieron crecer. Un alivio que se esfumó por completo al escuchar lo que su señor tenía en mente.

—He pensado que, para que no se vaya insatisfecho, pues ella solo se limitara a chupar  su enorme miembro viril hasta que le escupa su leche calentita en la boca,  la reina de Grecia podría ocupar su lugar.

—¿La reina de Grecia? ¿Cuándo va a venir su majestad?  —Preguntó saltándose la norma no escrita de interrogar directamente al hijo de los marqueses, pero la preocupación de no tener todo dispuesto para una persona de tal alto rango, hizo que bajara la guardia por completo.

—No tonto, no se trata de ninguna visita.  —Dijo sonriendo débilmente a la vez que adoptaba una pose condescendiente —Igual que yo tengo una identidad secreta  para esconderme de los ojos de nuestro padre redentor. Tú tendrás otra. Tú serás Federica de Hannover, reina de Grecia.   

La sorpresa fue tan soberbia  que su adusto rostro no pudo impedir mostrarla.  

«¿Acaso pretende el señor que yo le ponga el culo al analfabeto del Iago», se preguntó mientras que de su boca no salió ni una simple palabra de protesta. Como el obediente sirviente que era se  limitó  a mostrar una sumisa resignación, al tiempo que intentaba asimilar el disparate que le estaban contando.

—Lo peor es que  Paca es tan apasionada que no puede esperar ni un minuto más por volver a ver su amado. Está muy, muy ansiosa —Estuvo a punto de hacer un gesto afeminado, pero al ver que lucía sus ropas de caballero, se reprimió — La pobre está desolada de la insatisfacción. Hace mucho tiempo que no comparte su amor con un macho de verdad  como el pescador y es tal el  hambre de gozar de su cuerpo que tiene, que no puede aplazar más la visita.

Escuchar que consideraba su hombría algo de segunda calidad,  fue como una puñalada en la boca del estómago para el hombre de confianza de Francisco.

El marquesito, por su parte, no fue consecuente con el daño que le pudieran hacer sus palabras a su sirviente y, tras tragar saliva, retomó su retahíla.  

—La Avispona no puede postergar más el   reencuentro con su amado, por lo que deberá ser mañana. Algo que no nos deja demasiado tiempo para transformarte en Federica.

Hizo una pausa al hablar e intento, para no parecer demasiado afeminado, puso su voz más ronca. El resultado fue un graznido ronco.

—Tenemos por delante una tarea que no es baladí. Debemos hacerlo  de manera que el Colgón, al igual que le sucede con Paca,  nada más te vea entrar por la puerta le entren unas ganas locas de poseerte.  

El mayordomo se quedó de piedra por el modo en que su señor abordaba el tema de que se travistiera. Dando por seguro el  hecho que le pondría el culo a Iago  para que se lo reventara.

Cualquier otro, con más redaños que él,  habría mandado al afeminado heredero con viento fresco y se habría buscado otro empleo donde no tuviera que soportar tantas humillaciones.

Sin embargo él, se había agachado tanto para conseguir aquel puesto de trabajo, que no sabía dónde había metido las fuerzas  para levantarse.  Como si tuviera el síndrome de indefensión adquirida, reverenciaba a Francisco Francomayor y era de la firme opinión que el culpable de todo aquello era él.

Consideraba que aquel proceder vejatorio de su señor para con él, se debía a que no se encontraba satisfecho con sus servicios  y se lo hacía pagar de aquel modo. Como no quería despertar más su rabia, se tragó su orgullo herido y siguió escuchando con absoluta atención las instrucciones que le daba su jefe.

—Aunque te pondrás guapa para su hombre, tampoco te deberás esmerar demasiado. Paca me ha recalcado que será solo  un préstamo puntual, el Colgón es solo suyo… —Guardó silencio unos segundos, para terminar refunfuñando entre dientes —… y de la vacamula de su mujer.

Federico estaba atónito y no terminaba de asimilar la historia que se estaba montando el de los Francomayor . «¿Tan mal me he comportado para castigarme con tamaña ofensa? », se preguntó  indignado mientras mostraba una expresión de completa sumisión.

Sin darle tiempo a recapacitar lo más mínimo todo lo que le estaba sugiriendo, Francisco se levantó y, haciéndole un gesto con la mano, le ordenó que lo siguiera. Por momentos, daba la sensación de que se olvidara que sus ropajes eran masculinos, pues contoneaba sus caderas del mismo modo que cuando se transformaba en la Avispona.

Una vez en sus aposentos privados abrió uno por uno los cuatro candados de la puerta de uno de sus armarios.  Un compartimento tan privado y secreto que solo el hijo de los marqueses y su fiel mayordomo, que se encargaba de planchar y lavar la ropa femenina que allí se escondía, conocían.

Tras rebuscar durante unos intensos minutos   entre el montón de prendas que tenía colgadas del perchero, pegó un gritito y se puso a pegar pequeños saltos de alegría. Estaba tan pletórico que se dejaba poseer por el espíritu de Paca, sin apenas darse cuenta.

Sin dejar de comportarse como una señorita histérica,  el hijo de los marqueses cogió una percha de la que colgaba  un viejo  uniforme  femenino de la Schutzstaffel. Fue sacar la vestimenta al exterior y un intenso aroma a naftalina se extendió por el aire.

—¡Ay, con este traje estarás majestuosa! Me lo trajeron de contrabando de Austria. Los estraperlistas me relataron que había pertenecido a una oficial de la SS muy conocida. Ella misma se encargó de gasear cientos de judíos y decenas de comunistas. ¡Toda una heroína para la causa!

«Está sin estrenar.  La Avispona  no ha tenido  tiempo de probárselo, por lo que todavía no le han hecho arreglos  y puede que te quede divino.

Con cierto recelo, pero sin saber que no tenía otra opción Federico se quitó su ropa  de trabajo. Mientras se desvestía miró la chaqueta y la falda que su señor le obligaba a ponerse, le parecieron de lo más espantosa.

Una voz en su cabeza le gritaba que mandara a freír espárragos al  pervertido del marques, que ya encontraría otro empleo. Que por muy mal que hubiera hecho las cosas, no se merecía aquel castigo.

Sin embargo, por mucho miedo que le daba que le destrozaran el ojete, peor llevaba lo estar lejos de su amo. Por lo que, sin dejar de repetirse la retahíla sin sentido  de que su señor estaba cada vez más enfermo y que su deber era ayudarlo, decidió enfrentar la encomienda por mucho asco  y pánico que le diera.  

Considerando su afición por las   pollas enormes una especie de patología,  una adicción contra la que no había cura. Sabía que la única ayuda con la que contaba, aparte la su  párroco confesor,  era la suya. Así que como su servidor solicito, apretó los dientes y se puso el rasposo uniforme.

Francisco había aprendido que, vestido de hombre como estaba, debía evitar cualquier sentimiento femenino que naciera en él. Era el modo que tenía de reprimir su homosexualidad en su vida social, en la cual se comportaba según su atuendo. Sin embargo, fue ver como su fiel servidor se transformaba en  Federica y no pudo contenerse más y se puso a  pegar grititos con su voz de pájaro, a la vez que pegaba saltos con las palmas muy juntas.

El mayordomo se sentía extraño con aquellos ropajes. Se sentía como una atracción de circo y no sabía muy bien como llevarlos sin parecer un espantajo.   Las lucía tan mal que  su señor le tuvo que dar unas cuantas indicaciones al respecto para que adoptara poses elegantes y no pareciera un cateto pueblerino en las noches de carnaval.

—Te queda muy chic y elegante  —Dijo caminando alrededor de él mientras lo inspeccionaba con detenimiento —Ahora lo que queda es buscarte una peluca, maquillarte en condiciones y buscarte unos lindos zapatos de tacón. Vas a estar tan seductora que el Colgón  no va a tener más remedio que serle infiel a Paca.

Federico se miró al espejo, no se veía ni lo más mínimamente atractivo. Si la imagen que se reflejaba en la luna le inspiraba una palabra era esperpéntico.

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