El principio de una gran amistad (2 de 2)

Mariano

Le había metido una trola a mi madre  sobre donde iba a pasar la noche de tres pares de cojones. ¡No me la creía ni yo!  Me sabía muy mal engañarla, pero a saber cuándo me veía en otra como aquella y me vi en la obligación de aprovechar la oportunidad.  No todos los días se conocía a un tipo tan agradable como Juan José y me parecía la persona idónea para hacer de cicerone por el ambiente gay de Sevilla.

Cuando regresé a la mesa después de hablar  por teléfono, la cara de mi recién estrenado era la preocupación personificada. No sabía que le ocurría, pero no me iba a tardar en enterar, porque como fui descubriendo no era de las personas que no dejaba las cosas para más tarde.

—Oye, ¿tú que edad tienes? —Su tono inquisidor no tenía nada que ver con la forma de hablar amable y dicharachero que me había mostrado hasta el momento.

—En agosto cumplo los diecinueves, ¿por?

—Hijo mío, como te veo llamando a mamaíta, pensé que eras más joven y uno no está todavía para que lo juzguen por corrupción de menores.

—Hombre, si vivo con ellos tengo que aceptar sus normas —Contesté con firmeza. Mis principios eran mis principios y, por muy bien que cayera aquel tipo, no iba a permitir que no los respetara.

—¡Ay Dios, el único niñato responsable de Sevilla, me tiene que tocar a mí! —Dijo en plan melodramático, moviendo la cabeza y haciendo muecas al mismo tiempo para dejarme claro que estaba de broma.  

—No me digas niñato, hombre —Respondí con una sonrisa en la cara —Que tú no eres mucho mayor que yo.

—Cinco años más. Los suficientes para considerarte un niñatillo —Bromeó levantando un dedo con autoritarismo.

Tras aquello seguimos charlando y contándonos cosas sobre nosotros.

—Yo soy de Don Benito, un pueblo de Badajoz, pero vivo en Sevilla.

—¿Qué haces aquí?

—Hice las prácticas de la carrera en una empresa de Mérida y cuando acabé me ofrecieron trabajo. Me dieron a elegir entre aquí o Cordoba. ¿No hace falta que te diga cuál de las dos escogí?

—No, soy lento para coger las cosas, pero no tanto —Estaba tan a gusto con él me permití el lujo de bromear un poco.

El resto de la noche en su compañía fue de lo más agradable, siguió dándome conversación todo el rato con el único objetivo de que me sintiera cómodo. En el momento que le pareció oportuno, me dijo de irnos para Ítaca, yo estaba ya  deseando conocer aquel antro y  eso que no tenía ni idea de que me podía encontrar allí.

JJ

Quizás por lo todo lo que me tocó sufrir cuando era adolescente. No recordaba haber sido nunca tan inocente como Mariano en aquel momento. Era evidente que había probado las mieles del sexo homosexual, pero todavía era más cándido que un autobús de novicias de Santa Clementina. Se le veía ansioso por llegar a la discoteca gay, pero a la vez estaba más nervioso que una virgen en su noche de bodas. Si sabía jugar mis cartas, el muchacho acabaría en mi cama adoptando el rol sexual con el cual él se sintiera más a gusto. Porque a mí me daba igual, ya puestos, ser la llave que la cerradura.

Fue entrar en el local y todas las miradas se clavaron en nosotros. Las lagartas de turno se acercaron con la única intención de que se lo presentara. Lo hacían como una inversión de futuro, porque sabían que aquella noche aquel pimpollo era mío. No sé por qué, quizás porque me atraía más de lo que me gustaría pensar, me sentí orgulloso de haber sido el primero que le hincara el diente.

Una a una, como si se tratara de un museo, le fui enseñando las distintas estancias del local. El chaval llevaba los ojos como plato, parecía un crío en al que llevaban a Disney por primera vez. A pesar de su fascinación, era una esponja que  intentaba     absorber todas y cada una de las cosas que le mostraba.  

Si me tuviera que atener a su gesto de sorpresa, lo que más le impresiono era la zona solo para hombres. Donde estaba la barra con la enorme pantalla donde se exhibía porno gay. Estuve tentado de mostrarle la zona del cuarto oscuro, pero supuse que serían  demasiadas impresiones para una sola noche y lo dejé aplazado para otro día. Porque tenía claro que aquel chaval no era cosa de una sola noche y quedaría más pronto que tarde con él.

Mariano

Al principio de entrar en el local, con tanta gente y tan apelotonadas, me agobié tanto que tuve ganas de marcharme. Si a eso le sumamos la cantidad de amigos de Juan José que se acercaban a darnos dos besos, tengo que reconocer que me sentí como una atracción de feria. Un bicho raro que todo el mundo  se moría por conocer.

Menos mal que el extremeño supo capear la tempestad y, conforme fuimos internando en la discoteca, tuve que saludar a menos gente, por lo que me fui sintiendo más cómodo. También ayudo mucho mi amor por lo prohibido y aquel lugar era un tabú en toda regla. 

Lo que más me sorprendió del inmenso garito  fue el cuarto solo para hombres. Una zona bastante oscura, donde había una barra y una gran pantalla de porno gay.  No daba crédito a la normalidad con la que la gente se portaba, como si no tuvieran miedo de que los demás pensaran mal de ellos por tener unos gustos tan perversos. Aun así, fui incapaz de mirar la película y no sentirme embargado por el sentimiento de culpa.

Mi acompañante me invitó a un trago. Yo, normalmente, nunca bebo alcohol y aquella noche, con el gin-tonic que me estaba ofreciendo, llevaba tres copas.  Por lo que se puede decir que el adjetivo de chispado se me quedaba corto. No tenía muy clara la razón,  pero tenía  la necesidad de sentirme desinhibido.

Pese a que nos conocíamos de unas pocas horas, tenía una sensación de confianza inmensa con él. No sé si porque los efectos del alcohol se notaban en mí, o porque la situación y el lugar  me estaba poniendo  muy caliente, me sentí fuertemente atraído por  él. Cuando sus manos me tocaron la cara, me acariciaron el cuello y sus labios se acercaron a los míos, me dejé hacer sin remisión.

JJ

Contrariamente a lo que yo esperaba, sus labios se abrieron para dejar pasar mi lengua. Durante unos intensos segundos nos besamos apasionadamente, como si no hubiera un mañana. Su torpeza me dejó claro que, tal como sospechaba, no tenía demasiada experiencia.   Me tenía tan tremendamente cachondo  y tenía la polla tan tiesa que hasta me dolía al tenerla aprisionada bajo los estrechos bóxer y el pantalón.

No obstante,  tras el primer impulso inicial, sus manos me apartaron de él y el lujurioso momento se detuvo. Me quedé súper cortado, tenía la sensación de haberme sobrepasado tanto que musite un tímido perdón.

—No te preocupes, si me ha gustado —Se excusó —Lo que pasa es que da corte delante de tanta gente.

El chaval no lo sabía, pero me lo estaba poniendo en bandeja. Así que volví a hacer gala de mis dotes de encantador de serpiente y le hice la proposición que llevaba toda la noche intentando soltar:

—Si quieres, nos vamos a mi casa. Allí nadie nos molestara.

El ofrecimiento no le cogió por sorpresa y con completo desparpajo me dijo:

—Me parece buena idea, así no tendré que dormir en el cuarto de invitados.

Me dio tanta alegría escuchar aquello que le solté un pequeño piquito y, tras darle un cachete en el culo, le dije:

—Pues bébete la copa ligero que no veo la hora de volver a besarte. Nos lo vamos a pasar estupendamente —Le prometí, mientras le guiñaba un ojo picaronamente.

Mariano

Salimos del local de inmediato. No sé por qué, tenía la sensación de estar transgrediendo con mi comportamiento todas los mandamientos divinos. Sin embargo, me daba igual arder en el infierno con tal de apagar las llamas que me quemaban por dentro. Un fuego que se manifestaba con una fuerte erección bajo mi pantalón.  Levemente embriagado, parecían romperse todas  las ataduras conservadoras que yo me había auto impuesto y la sensación de libertad bullía en mi pecho.

Juan José me parecía el hombre más deseable del mundo y me daba una inmensa seguridad. Sabía que mis pequeños escarceos con el sexo, no tenía nada que ver con lo que me disponía  a realizar, aun así no me preocupaba lo más mínimo. Mis nervios a flor de piel se debían  simplemente a que  la emoción me reconcomía por dentro.

Cogimos un taxi para ir a su casa. Juan José, quizás para no agobiarme más, se limitó a decirle al conductor la dirección y mantuvo una conversación trivial conmigo. Me dio la sensación de que él también estaba  un poco inquieto. Con la sabiduría que da el tiempo, sé que lo único que buscaba con su actitud era tranquilizarme.

Al llegar a su casa, la pasión nos desbordaba por completo. Libre de ojos que nos examinaran, mis labios buscaron los suyos y nuestros labios se fundieron como si fuera una sola cosa.

Era la primera vez que besaba a alguien de aquella manera. No había existido nadie antes capaz de hacerme vibrar como lo hacía él. Me dejé llevar como no lo había hecho nunca y  comencé a acariciarlo enérgicamente. Minutos después, prácticamente, nos habíamos arrancado la ropa y nos convertimos en dos bestias desnudas, hambrientas de lujuria.  

Tenía sentimientos encontrados, por un lado estaba deseando tener sexo con aquel tipo, por otro estaba aterrorizado por no saber estar a la altura. Como no sabía qué hacer, ni cómo comportarme, puse en práctica una táctica que con los años me sigue funcionando: esperé que fuera el otro quien tomara las decisiones y me deje llevar.

A pesar de que había puesto el piloto automático, la excitación se apoderó de mi voluntad y cualquier cosa que hasta el momento como  tabú, adquirió el  delicioso sabor de lo prohibido. Con mis sentidos sensibles a cualquier estimulo , me predispuse para tener mi primera experiencia sexual completa.

Con la única intención de no quedar mal y de agradarle,  me puse a imitar  todo los movimientos de Juan José. Si él me abrazaba fuertemente mientras me besaba, yo lo hacía de manera más vehemente. Si él buscaba mi polla y la apretaba entre sus dedos, yo hacía lo mismo con la suya.

No me llegaba la camisa al cuerpo, mis escarceos con el sexo homosexual se habían limitado a encuentros furtivos y rápidos. Lo máximo que me había  atrevido hacer  era a una mamada mutua  dentro de un coche en un oscuro escampado y siempre después del culmen me había despedido de mis amantes. Con lo que nadie había descubierto lo mal que me sentía  siempre después de correrme.

Tras eyacular, tenía la sensación de haber expulsado de mi interior a los demonios que me obligaban a hacer aquellos deplorables actos y me embargaba un sentimiento de culpa  por traicionar todos los códigos morales en los que me había instruido. Nunca me había visto en la obligación de compartir este momento con nadie y me aterrorizaba cual pudiera ser el desenlace de tener que hacerlo.

JJ

Cada vez tenía menos claro que Mariano hubiera dado el cursillo de virginidad de Madonna, pues se estaba comportando como Carmen Sevilla el día que descubrió que las churras no tenían hueso. Tenía su morbo acostarse con alguien con tan poca experiencia, pero me resultaba un pelín incómodo. Pues tenía la sensación de estar embaucándolo en algo que él no quería.

Como soy de la firme convicción que el sexo es cosa de dos, de tres, de cuatro o de lo que se tercie.  Tenía claro que no podía obligar a aquel chico a hacer algo que realmente  no quisiera. Así que, si no quería tener que visitar a mi terapeuta por sentirme un puto violador, debía parar aquello antes de que pasara algo de lo que ambos nos pudiéramos arrepentir.

Me aparte de él, le quité la mano de mi polla y la apreté entre las mías con la mayor ternura  que fui capaz. Hasta aquel momento no me había dado cuenta, pero estaba temblando como un flan. Lo miré fijamente a los ojos y le dije:

—Tranquilo, hijo mío. Si no quieres no tenemos que llegar a nada. Nos tomamos unas copas, charlamos tranquilamente y tan amigos.

—No, si querer quiero —Se excusó —Lo que pasa es que…

—No me digas que nunca has estado con nadie…

—Sí, hombre. Me han hecho  y he hecho alguna pajilla que otra. Besos, magreos… Con el último tío que estuve nos la chupamos mutuamente.

—Pero lo que es follar propiamente dicho, cero patatero.

—Sí —Respondió agachando la cabeza como si se avergonzara de ello, para continuar preguntando algo que sonó más a suplica que a petición — Si no es mucho pedir, ¿te importaría enseñarme?

Mariano

Obviamente preveía  que su respuesta a mi pregunta iba a ser que sí, lo que no esperaba era aquella reacción tan pletórica por su parte:

—¡Joder, hijo mío, me acaba de tocar la lotería! —Su cara se iluminó con una picarona sonrisa —Tranqui, que no vas a poder tener mejor maestro.

No me había sentido tan cómodo, ni tan seguro con ninguno de los tipos con los que había estado. Por primera vez en mi vida, estaba dejando aparcada la  mojigatería y estaba dando alas a mis más bajos instintos. Estaba loco por saber si merecía la pena aquello que me fascinaba tanto: disfrutar de un cuerpo masculino. No iba tardar en descubrirlo.

Se acercó a mí con cierta parsimonia. Acarició mi mano con el torso de su mano y las dejó resbalar por mi pecho, hasta llegar a mi polla la cual, a pesar de la pequeña charla, no había perdido ni un ápice de su dureza. Posó levemente sus dedos sobre ella y después la apretó fuertemente, de un modo que me resultó tan placentero como doloroso.

Sin dejar de masturbarme, sus labios buscaron los míos y me comenzó a besar con un refinamiento tal que me sentí como en una especie de extasis. Por momentos, aunque sonara bastante impío, creí que tocaba el cielo con los dedos.

Tras unos minutos que su forma de tocarme y de besarme me tuvieron como flotando en una nube de la que no quería bajar, me invitó a que nos ducháramos juntos.  

Nos metimos bajo un estrecho plato de ducha que propició que nuestros cuerpos se rozaran en todo momento. Abrió el grifo y una cortina de agua nos envolvió.  Se aproximó hacia mí, me rodeó con sus brazos y me besó. Durante unos instantes tuve la sensación de que el mundo exterior había dejado de existir.

El momento tierno igual que se encendió, se apagó. Se separó de mí y cogió un bote  de jabón líquido que había en una repisa al lado de la ducha.  Se echó un chorro en las manos y lo extendió sobre mi cuerpo, ignoro si fue por lo inesperado o por lo frio que estaba, me estremecí a su contacto y hasta musité un breve quejido.  

Sus manos caminaron por mi cuerpo descubriendo zonas erógenas que ni pensaba que tenía. Recorrió cada recoveco de mi cuerpo para  proporcionarme el mejor de los placeres,   al tiempo que limpiaba cualquier resquicio de suciedad de mi cuerpo Me metió las manos bajo las axilas, hundió sus dedos en mi ingle y masajeó mis glúteos de un modo que me pareció de lo más gratificante.

Desde que le di permiso para que fuera mi instructor en lo que iba a ser mi primera vez, adopté una postura sumamente pasiva. Tanto que en el momento que me pidió que me diera la vuelta para lavarme la espalda, una sirena de alarma sonó en mi relajado cerebro.

Casi de manera automática, como si intentara con ello poner límite a mi permisividad le dije: 

—Soy activo —Algo que por mucha firmeza que le pusiera a mis palabras, no tenía demasiado claro.

JJ

¿Activo? Fue escuchar aquella palabra y el universo se desplomó sobre mí. Sin embargo, como desde mis inicios en el arte del mariconeo siempre fui muy polifacético. Me dije que a falta de pan, buenas son tortas. No era lo mismo desflorar un culito cerrado que sacarle brillo a un sable sin estrenar, pero también tenía su morbo. Sobre todo si era  con un tío que estaba de toma pan y moja chocolate.

—No te preocupes, aunque fueras pasivo. Una ducha no es el mejor sitio para iniciarse. Follar bajo la ducha tiene su puntito, pero también es súper incomodo —Le dije sin dejar de sonreírle. No quería que en ningún momento mi vena frívola y sarcástica espantara una presa que me había costado tanto tiempo conseguir.

Una vez terminé con mi masaje bajo el agua, lo invité a salir. Cogí una toalla y lo fui secando de manera minuciosa. En el momento que tuve su cipote delante de mi cara. No me pude resistir ante la hermosa erección que lucía y me metí su glande durante unos segundos en la boca. El prolongado suspiro que brotó de sus labios, me dejó claro que le estaba gustando cantidades industriales.

Estuve tentado de pegarle una soberana mamada allí mismo, pero temí que su inexperiencia lo hiciera correrse antes de tiempo y era algo que yo no quería, pues sería como pinchar el balón  antes del partido.  Así que me levanté, me sequé y lo invité a ir a la habitación.

Una vez allí, le dije que se sentara en la cama y, a sabiendas  de que me podría echar el primer polvo en la boca, me agaché ante él. Me coloqué entre sus piernas y me puse a pegarle la mejor mamada de su vida. Porque otras cosas no, pero servidor si a algo había aprendido algo  en su larga trayectoria como maricón, era lo de comerse estupendamente una buena polla.

Mariano

Si tenía alguna duda de que perder mi virginidad con Juan José era buena idea o no. Sus palabras me dejaron claro que sí. A aquel hombre no le importaba lo más mínimo que no quisiera que me penetrara. Era más, parecía emocionado con la idea de que fuera yo quien se lo hiciera a él.

Cuando me ordenó que me sentara sobre la cama, no sabía muy bien que pretendía  y simplemente me limité a obedecer. Al ver como se agachaba ante mí y con unos movimientos casi felinos se colocaba entre mis rodillas, mi excitación no pudo ser mayor.

Sus labios buscaron mi erecto miembro, escupió sobre mi glande y comenzó a masajearlo. La caliente lubricación abrió una puerta desconocida para mí y las sensaciones que me embargaron, no por desconocidas para mí, fueron menos gratificantes.

En el momento que lo consideró oportuno, sus labios cubrieron mi polla. Al principio solo la parte superior. Golosamente chupeteó el capullo y paseó la lengua por los pliegues de este. Su forma de hacerlo o era completamente diferente a  la del chico que  me la mamó, o yo me encontraba mucho más relajado  y lo disfruté más. Las sensaciones que él me regaló poco o nada tenían que ver con las que tuve en mi primera experiencia con el sexo oral.

Si su manera de devorarme el capullo me encandiló, cuando su boca resbalo por mi verga hasta llegar a mi pelvis y la engulló por completo. No pude reprimir un intenso jadeo. Era tanto el gusto que me estaba proporcionando, que tuve que hacer un esfuerzo para no eyacular de ipso facto.

Como temía que, de seguir así, no pudiera contenerme más. Entre jadeos le pedí de intercambiar papeles.

Juan José, se levantó, se sentó en la cama y, con esa gracia que le caracteriza, me dijo:

—¡Eah, ya te puedes bajar al pilón!

Sin demora alguna, hice lo mismo que el hizo. Me coloqué entre sus piernas y me dispuse a mamar su polla.  El aroma que emanaba su entrepierna, me resultó hipnótico.  De manera disimulada la miré durante unos segundos. Era un poco más ancha que la mía y bastante más grande. Una vena ancha recorría todo  su tronco proporcionándole una esplendorosa erección. Aunque si había algo que me parecía deseable de ella era su glande, violáceo e hinchado. Parecía que estuviera gritando que lo tocara.

Como si fuera una especie de “Haz lo que diga el líder”, me escupí en la palma de la mano y envolví con mi saliva aquel mástil de carne y sangre del mismo modo que antes lo hiciera Juan José.

 JJ

Mariano podía estar muy verde y ser muy ingenuo. Pero estaba claro que de tonto no tenía un pelo. Mis primeros pasos en el sexo fue de la manos de mis primos gemelos, después vino el internado. No recuerdo nunca tener que aprender a satisfacer a alguien con tanta premura. Por su forma de desenvolverse,  tuve que reconocer que el chico era un diamante en potencia y que aprendía con facilidad.

Había comenzado el fin de semana echando de menos a Amancio, pero aquel chaval con su frescura, su nobleza y su morbosa sensualidad me estaba haciendo olvidar cualquier sentimiento de tristeza. Lo mejor, cada vez me alegraba más de haberme entrometido en su historia con las Chicas de Plomo, pues pocas veces se conoce alguien en el ambiente como él.

Me tenía tan cachondo que solamente pajearme  envolviendo mi verga con la película de saliva me puso como una moto. En el momento que se puso a besarme tiernamente el capullo un gratificante escalofrío recorrió mi espalda.

Me la comenzó a mamar con cierta torpeza. Al principio sus dientes me arañaron un poco, pero como no me hizo demasiado daño, no quise decirle nada para no cortarle el rollo e intimidarlo más de lo que ya estaba.

Intentó tragarse mi polla al completo del mismo modo que lo había hecho yo, pero la inexperiencia propició que fuera prueba no superada y unas molestas arcadas fueron la señal de que había llegado a su tope.

Dado que estaba loco  porque me taladrara el ojete. Le saqué mi churra de la boca y le dije:

—Para ser la primera vez que te comes un nabo  lo has hecho muy bien, pero como no queremos que te atores  y te tengamos que llevar a urgencia para que te hagan una traqueotomía,  será mejor dejarlo ahí —Lo miré y le guiñé un ojo para que supiera que todo estaba en orden y que era una de mis inoportunas bromas. Alargué  la mano hasta el cajón de la mesita de noche, saqué un condón y, a la vez que se lo daba, le dije. —Ve preparando tu  polla para su primera clase de espeleología. Aquí tienes el uniforme.

Mariano

No me había terminado de poner el condón y ya se había sentado en cuclillas sobre mi regazo. Tras colocar un poco de crema lubricante en su ano, cogió mi polla  y la dirigió hacia lo que me parecía un agujero demasiado estrecho.

Mi único conocimiento del sexo anal provenía del  cine porno y, por más ignorancia que ingenuidad, siempre había pensado que era imposible que algo de tan enormes dimensiones entrara por un orificio tan pequeño.   Los actores   poseían miembros viriles descomunales y con la facilidad que aquellos mástiles perforaban los culitos de sus amantes, me parecía que había más montaje y efectos especiales que otra cosa. En aquel momento me disponía a descubrir cuando de trampa y de cartón había en todo aquello.

Para mi sorpresa mi churra entró con una facilidad asombrosa. En un primer momento  la sensación que tuve al introducir mi verga en el culo  de mi  recién estrenado amante fue más molesta que placentera. Las paredes de su recto se pegaron a mi miembro viril y una leve sensación de dolor me invadió.

Sin embargo, conforme sus esfínteres fueron dilatando progresivamente la sensación se volvió más gratificante. En el momento que mi polla se acomodó en su interior el comenzó a cabalgarme de un modo y forma que puso todos mis sentidos a flor de piel.

Sin dejar de mover sus nalgas sobre mi polla, buscó mis labios y me besó. Estar dentro de él y a la vez sentir sus muestras de cariño, me hizo sentir como no me había sentido nunca. El sexo con un hombre estaba resultando mucho más placentero de lo que me había imaginado.  

Pasivamente deje que él fuera quien llevara la batuta de aquel momento y apoyándose en sus talones, se clavaba y sacaba mi churra de su recto de una forma que creí que  no era posible, pero que al cabo de unos instantes consideré de lo más normal.

Hacia un poco de calor en la habitación y al cabo de unos minutos, de tanto traqueteo, nos encontrábamos transpirando de forma copiosa. Apoyé mi cabeza sobre el torso de Juan José e irreflexivamente le comencé a besar las tetillas. El sabor salado de su sudor y el aroma que emitía me puso como una moto e,  irreflexivamente, empujé mi pelvis todo lo que pude para clavarle una porción más de mi polla en sus entrañas.    

—¿Te queda mucho? —Me preguntó entre jadeos.

—Creo que estoy a punto de correrme, pero cuando creo que lo voy a hacer la sensación se me esfuma —Le contesté entrecortadamente.

—Pues venga va.

Si hasta aquel momento el cúmulo de sensaciones que me embargaban eran desconocidas para mí, en el momento que Juan José aceleró la forma en que se metía y sacaba mi polla de sus entrañas, no pude más que jadear de placer. Me  deje llevar  hacia donde aquel trotar me quisiera llevar y el resultado fue que me corrí como no lo había hecho antes.

En el mismo momento que eyaculé, Juan  José derramó su esperma sobre mi pecho. Por primera vez en mi vida no me sentí culpable por dejar que mis instintos primarios gobernaran mi vida y, como si fuera lo que tocara,  busqué la boca de mi amante.

Aquella noche me hallaba tan en paz conmigo mismo, que dormí abrazado a él.

JJ

Aquel polvo fue el primero de muchos. Empezamos una especie de relación a la que yo, a pesar de estar muy enamorado de él, puse punto final. Sus pajas mentales con la iglesia eran muy difícil de sobrellevar,  pero que no dejara a Rosa,  su novia del pueblo, era más de lo que mi amor propio podía soportar.

Sin embargo, me quedé tan enganchado con él que seguí manteniendo nuestra amistad. Una amistad inquebrantable y  que perdura hasta ahora.   Es de las  mejores personas que he conocido y él piensa de mí algo parecido. Follar se puede follar con cualquiera, pero amigos como él se encuentran pocos. Creo que es único en su especie y no podía estar sin él formando parte de mi vida.

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