El principio de una gran amistad ( 1 de 2)

Verano 1994

Mariano

Con dieciocho años y  unas hormonas revolucionadas,  el deseo martilleaba constantemente en mi cerebro y mis ganas de follar estaban siempre presentes. Por aquel entonces, quizás por convencionalismo, quizás porque la naturaleza me había preparado para ello, salía con una chica de mi pueblo y me seguía engañando sobre las verdaderas necesidades de mi libido.

La muchacha con la que disfrazaba mi realidad de cara a la galería se llamaba Rosa y la conocía del Instituto. Era muy buena persona, tímida y reservada como yo.  Aunque, como me confesó, desde que me conoció se sintió atraída por mí, no fue hasta casi mediados del último curso cuando me decidí a pedirle de salir, pues las inseguridades habían sido siempre una máxima en mi forma de comportarme con los demás.

En mi decisión tuvieron mucho que ver  Ramón y Jaime los que, conocedores de los sentimientos de la chica por mí, hicieron un poco de Celestinos. Con la sabiduría que da el tiempo, tengo claro que me hice novio de ella para acallar el pecado que vibraba en mi interior, pero también porque me caía bastante bien. Aunque me empalmaba cuando la besaba y le metía mano, nunca sentí un deseo tan acuciante por ella como el que despertaban en mí  las personas de mi propio sexo.

Eran las imágenes de cuerpos masculinos y no otras, las que venían a visitarme cuando, en la soledad de mi habitación o la ducha,   buscaba mi propio placer de manera furtiva. Sin embargo, era alcanzar el paroxismo sexual y el sentimiento de culpa era tan intenso que toda satisfacción desaparecía de inmediato. Me sentía tan mal que  juraba una y mil veces que no volvería a caer en la tentación y que mis deseos no vagarían por aquel laberinto  de  perversidad.  Promesa que se me olvidaba con la misma prontitud que la lujuria volvía a florecer en mí.

Pese a que mi conservadora condición religiosa me impedía admitir mi homosexualidad y tenía todo el tiempo a la voz de mi conciencia  gritándome que, de ningún modo, yo podía caer en esa senda del pecado. La pasión que fluía en mi interior pesaba más que mis convicciones teológicas, por lo que  cualquier excusa era buena para acabar con la polla en la mano y dejar que mi imaginación fluyera como un río de agua viva hasta traspasar la frontera de lo que consideraba, y sigo considerando, una falta a mi fe cristiana.

Por aquel entonces, aún  no había tenido  demasiadas experiencias con hombres y mis relaciones se podía contar con los dedos de la mano. No obstante,  tenía claro que un cuerpo masculino  hacía palpitar a mi corazón y enloquecía mis sentidos hasta tal punto que dejaba aparcado todas mis convicciones para dar rienda suelta a mis más oscuros instintos.

Todos y cada uno de mis encuentros furtivos me había dejado con ganas de seguir explorando aquella parte de mi sexualidad que me transformaba en otra persona. Alguien  más valiente y seguro que quien acostumbraba a ser, pero que no podía evitar ver como una especie de yo reverso.  

Mis encuentros íntimos con tíos, era capaz de entenderlos como una forma de vida y los veía n como un juego  prohibido del que me encantaba participar. Por más que el Pepito Grillo dentro de mi cabeza se encargara de recordarme que aquello no estaba bien.  Me estaba convirtiendo, para mi pesar, en una cabra que acababa tirando siempre para el monte.

Aquel fin de semana, tras haber concluido los exámenes de selectividad me encontraba pletórico y el botón de las ganas de sexo prohibido se había encendido en mi cerebro. Si a al haber dado por finalizada mis obligaciones académicas, se le sumaba que Rosa estaba pasando unos días en el pueblo de sus padres, mi sensación de libertad no tenía parangón.

Así que no fue raro que el Lucifer que me hablaba al oído, me terminara sugiriendo que dejara mis amistades del pueblo y saliera por Sevilla en busca de la aventura sexual que me pedía mi cuerpo. Hasta el momento, no había ido a un lugar de ambiente y los tíos con los que había estado los había conocido de la manera más casual.

Intentando sacar lo mejor de mí, me vestí con lo mejor que tenía en el armario: Un polo de marca cara y un pantalón azul de pinza que me hacía un buen culo. Todavía por aquel entonces no practicaba culturismo y lo único que tenía bien desarrolladas era las extremidades inferiores. Tenía unos glúteos marcados y unas piernas torneadas y duras, productos de los buenos lotes de hacer footing que me pegaba. Pero en la parte superior, aunque no tenía un gramo de grasa, no presentaba ningún tipo de musculación apreciable.

Nada más me bajé del tren en la estación de Santa Justa, diriguí mis pasos hacia el paseo de Colón, a un bar llamado Isbilyya donde me llevó en una ocasión un tipo que se me ligó en la 2001, una discoteca de mi pueblo.

Los pocos minutos que separaban la estación de la zona del puente de Triana se me hicieron eternos, pues el sentimiento de culpa me vino a visitar y estuve tentado de volverme sobre mis pasos. Sin embargo, a pesar del estado de ansiedad que me reconcomía por dentro, no lo hice.

Al llegar al bar, el local estaba casi vacío. Lo que fue un jarro de agua fría para mis expectativas. Nada que ver con mi recuerdo glamuroso de la noche en la que lo que lo visité, en la que apenas te podías mover por la cantidad de público que tenía.

El local desnudo del gentío que me cautivó, se me antojaba frio. Si a eso se le sumaba la media luz que reinaba en el ambiente y la compulsiva música electrónica que sonaba de fondo, la sensación que tuve al adentrarme en su interior fue de lo más lúgubre. Sopesé, otra vez más, el regresar a Dos Hermanas. No obstante, supuse que más tarde se pondría mejor y para no parecer más el verso suelto que era, me dirigí a la barra y me pedí una copa.

Me agarré del vaso como si fuera una brújula y me fui a dar una vuelta por el local, buscando no sé qué. No había recorrido ni unos tres metros cuando tres tíos con más plumas que un nórdico, me abordaron cerrándome el paso de una manera que me pareció hasta intimidante.

—Hola… ¿Qué hace una cosita tan linda por aquí solito? —Quien así hablaba era un tipo de unos cuarenta años, bastante poco agraciado y que, para contrastar lo que la madre naturaleza le había negado, se vestía y peinaba de un modo bastante llamativo. No sé qué te recordaba más su juventud perdida, si el tinte amarillo pollito que se había puesto en el pelo  o su camiseta dos tallas menos que se pegaba a su fofo cuerpo de  la manera menos  favorecedora.

—¡Mujer, no le hables así al muchacho, que lo vas a asustar! —Intervino el segundo del grupo, como intentando congraciarse conmigo. Por su indumentaria, su peinado y su forma de comportarse parecía un clon del primeo, con quince años menos.

—¡Ay, chocho!¿Por qué se va a asustar el chiquillo! Somos feos, pero no tanto ¿A qué no, cariño? —El tercero gordo, hortera y mal parecido como él solo, hacia gala de tener aún más plumas que sus amigos. También tenía las manos más largas, mientras hablaba me pasaba los dedos por el pecho en un gesto que intentaba ser seductor, pero que a mí solo me causaba repulsión.

Acorralado por aquellas tres lobas, la situación me superaba. No sabía ni que decir ni que hacer, lo peor es que no sé qué coño pretendían con tanta magnificación de su feminidad.  Si lo que quería era ligar, su alarde de plumas y demás, solo había conseguido intimidarme y dejarme claro que los hombres que me gustaban, debían parecerlo también.

Intenté escaparme, pero ninguna de aquellas tres hienas estaba dispuesta a dejar huir a una presa tan suculenta. Sopesé la idea de pegarles un empujón para que me dejaran pasar, pero la rechacé de inmediato. En mi ADN no estaba lo de usar la violencia con mis semejantes y menos en un entorno que me era desconocido. 

Me siguieron interrogando de la manera más absurda. A lo que yo me limitaba a contestar con monosílabos. Cada vez estaba más nervioso y agobiado. Circunstancia que a ellos les traía sin cuidado. Parecían tener una competición entre ellos para ver quien se comía el canario. Nunca en la vida me había sentido más impotente que en aquel momento.

JJ

La noche anterior, Amancio, mi ligue de las dos últimas semanas y yo, habíamos llegado a la conclusión de   que no estábamos hecho el uno para el otro. Consecuencia, decidimos no   prolongar más  nuestros encuentros sexuales y darnos carta libre para pastar por otros campos de nabos. Como no tenía previsto que mi nuevo follamigo se marchitara tan pronto, vi como se trastocaron mis planes para el fin de semana. En vez de una cenita romántica y  un desayuno en la cama, me vi inmerso  en la improvisación constante de ir a la aventura .

Después de cenar con unos amigos en un restaurante de la zona de Triana, había decidido terminar la noche con un buen macho en mi cama. Como todavía era temprano para ir a Ítaca. Como mucho me encontraría  al portero, al camarero y los maricones de guardia. Fui primero  a tomarme una copa al Isbiliyya para ir abriendo boca a la buena polla que pretendía comerme aquella noche.

Tal como suponía, aquello tampoco estaba para tirar cohetes. Las cuatro mariquitas de siempre que parece que no tienen casa, porque se llevan todo el puto día en la calle y poco más.

Me pedí un cubata  y me senté en la terraza para ver la vida pasar. En medía hora más o menos el personal comenzaría a aparecer y seguro que encontraba a alguien con quien engancharme. Hasta que apareciera algún maromo en condiciones al que tirarle los tejos.

Cosa que sucedió más rápido de lo que me hubiera imaginado. No había pegado ni un sorbo de la copa cuando veo aparecer un tipo la mar de atractivo. No se pudiera decir que era un modelo de pasarela, ni era alto, ni era demasiado guapo, ni tenía un físico cañón. Sin embargo, tenía un sex appeal natural que lo hacía irresistible y, lo mejor, por su forma cabizbaja de caminar,  no era consciente de lo buenísimo que estaba  en lo más mínimo.  

En un principio pensé que era un viandante de  tantos, por lo que simplemente me dediqué a disfrutar disimuladamente de las vistas . Pero para mi sorpresa,  tras mirar  cuidadosamente para todos lados por si lo veía alguien,  el jovencito entró en el bar. Así, como quien no quiere la cosa, levanté las posaderas del banquito de la terraza y me fui, de la manera más disimulada que pude, detrás de él. Había comenzado oficialmente la caza nocturna del machote ibérico.

Me puse a observarlo en la distancia, su apariencia era de chico tímido y lo que menos quería era espantarlo con  mi pequeño acoso. Me dio la sensación de que estaba más perdido que un camaleón en una gasolinera. Por la forma de comportarse se le notaba que era la primera vez que abandonaba el pueblo y se venía a la capital en busca del cipote perdido. Porque si había algo de lo que no había ninguna duda era que el muchacho era cateto de pura cepa. Nadie, ni en los polígonos de la periferia, se pondría una indumentaria tan  clasíquita ( por no decir pasada de moda) para salir por el ambiente un Sábado por la noche.  

Mi comportamiento me recordó a los documentales de Rodríguez de la Fuente que veía de pequeño. Yo era el lobo y el recién llegado era la cándida ovejita  que todavía no sabía que me la iba a comer. Una suculenta presa que, cuanto más lo miraba más cachondo me ponía, y  no pensaba  dejar escapar por nada del mundo.

Obviamente, no había sido el único en fijarme en él. No había dado  ni siquiera dos pasos por el local cuando se le echaron encima tres mariquitas muy conocidas y a la que, por lo pesada y muermo que llegaban a ser,  los habituales le habían puesto el apodo de las Chicas de Plomo.

 La cara de tierra trágame del pueblerino era de libro. Su ingenuidad, aunque aquellos tres tenían ninguna intención de darle una de sus muchas plumas para que aprendiera a volar,  me recordó la escena de Dumbo con los tres cuervos. Así que me puse mi capa de Superman y  me dispuse a sacarlo de aquel atolladero. Hazaña por la que, supuse, me estaría agradecido por siempre jamás.

Mariano

—¡Ay, por fin te encuentro! ¿No te dije que habíamos quedado en la puerta? ¡Vente para afuera que esta gente como nos vean se largan sin nosotros! —Quien así hablaba era un tío que apareció de repente,   echándome el brazo por los hombros y como si me conociera de toda la vida.

No tenía ni zorra idea sobre quien era aquel chico, ni sabía que pretendía con aquel teatrillo, pero no tuve ningún problema en seguirle la corriente. Cualquier cosa mejor que seguir soportando a las tres arpías que ya estaban comenzando a colmar mi paciencia.

—Muchas gracias —Le dije aliviado en cuanto estuvimos fuera del alcance de mis acosadores —. ¡Me empezaban a tener ya hasta los cojones!

—Siempre están así… No se enteran que venir a un bar gay no les da ningún derecho sobre los demás, que esto no es un puticlub y que lo de follar se lo tienen que ganar por sus propios méritos. Creo que no echan un buen polvo desde que el Juanca empezó a serle infiel a la Sofi,   compensan la falta de sexo puteando a todo aquel que se le pone a tiro —Me argumentó el buen samaritano  de una estacada, sin perder el resuello y luciendo en todo tiempo una encantadora sonrisa.  

Su semblante generoso y amable consiguió, en pocos segundos, que se me pasara el agobio que me habían hecho vivir aquellos tres. Seguramente no  me hubiera pasado nada pues, ante la primera  muestra de ira por mi parte, habrían salido despavoridas. Pero nunca  se sabe la mala leche que se gasta el personal y una pelea con unas mariquitas bravuconas es lo que menos esperaba en mi primera noche en el ambiente gay sevillano.

Mi salvador era bastante atractivo. Moreno con los ojos color miel. Tenía cara de ser buena persona y unos hermosos labios que parecía que estuvieran pidiéndome que lo besara. El único pero que le vi es que era demasiado delgado para mí gusto. Ya por aquel entonces mis preferencias iban encauzadas hacia hombres más fornidos y, si era posible, con planta de bruto.

En la sabiduría que da  la perspectiva del tiempo, tengo que reconocer que aquel chico tenía muchas cualidades: simpático, guapo, elegante, don de gentes… Sin embargo, si no hubiera tenido aquel buen gesto conmigo, no habría reparado en él ni siquiera un segundo, pues no era ni de lejos mi prototipo de hombre.  Por lo que, sabiendo lo que vino después y que con el tiempo se convertiría en mi mejor amigo. Con la boca pequeña  y de manera muy discreta, tengo que agradecer a las Chicas de Plomo que me acosaran… por muy mal que lo pasara.

—Me llamo Juan José y tú.

—Mariano…

No había terminado de pronunciar mi nombre y ya me había estampado dos besos en la cara. El gesto me sobrepaso de tal manera que me sentí un poco avergonzado. No sé si porque no me esperaba tanta efusividad por parte de un desconocido o porque estábamos en el exterior del local, a la vista de cualquiera que pasara. Lo cual acrecentó de manera galopante  mis miedos a que alguien me reconociera y se corriera la voz en el pueblo de que era un jodido marica.  

—¿Vienes mucho por aquí? —Continuó sin prestar demasiada atención al rubor que se evidenciaba en mis mejillas.

—No, es la segunda vez que vengo. La otra vez estaba más ambientado.

—Se llena más tarde —Me respondió, confirmándome lo que yo ya sospechaba —La gente suele quedar aquí después de cenar, se toman las primeras copas y después se van al Ítaca.

—¿Ítaca, qué es eso?

JJ

Si guardaba alguna reserva sobre lo poco versado que estaba aquel muchacho en el mundo del mariconeo sevillano, aquella pregunta me terminó sacando de dudas por completo.

—Una discoteca gay bastante popular y donde el puterio está a la orden del día. Todo aquel que quiere pillar cacho, termina pasándose por allí —La cara de mi recién conocido amigo, era la estupefacción en estado puro. Como soy un poquito cabroncete, continué poniendo a prueba  y lo seguí informando del gueto de depravación en el que se estaba metiendo —. Aunque no toda la peña se va allí, hay gente que les gusta ir más directo y se va a la sauna de la Macarena.

Mi provocación no tuvo efecto en él, pues permaneció callado y  se limitó a poner un gesto de extrañeza como si no supiera de lo que le estaba hablando. Así que me vi en la obligación de darle un tutorial sobre la casa de vapores.

—Se trata de un local donde, con la excusa de hidratar la piel y relajar el estress, la gente se pega un lote de follar que no se lo salta un guardia. Hay una piscina, un par de saunas, una sala de cine y cabinas individuales donde la peña se mete a hacer sus cositas.

La cara de pasmo de Mariano no tenía parangón. No sé de qué convento había salido aquel chaval, pero yo  con dieciocho años, habiéndome pasado la vida en un internado de curas, estaba bastante más espabilado que él Como la buena pécora que  me gusta ser, tensé la cuerda y lo puse en un aprieto.

—¿Quieres que vayamos?

No sé si se quedó callado para no soltarme una fresca o porque estuvo sopesando lo de ir. El caso es que cuando reacciono, muy enérgicamente me dijo:

—No de ninguna manera.

Solo creo que le faltó decirme: « ¿Pero tú, por quien me tomas? ¡Yo no soy maricón!». Porque estaba claro que este chaval no solo es que estuviera dentro del armario, es que estaba tan a gusto entre tantas mantas que no tenía ninguna intención de salir.

Mariano

Aquel tipo me parecía  alguien formidable. Era todo lo que a mí me gustaría llegar a ser, pero no tenía cojones para ello. Era franco, grandilocuente, abierto y la simpatía le fluía por los cuatro costados. No lo conocía muy bien, pero saqué la acertada conclusión de que , a diferencia de mí que no tenía claro mi condición sexual, él estaba orgulloso  de ello.

De no haberme caído tan estupendamente bien desde un primer momento. Tengo claro que lo hubiera mandado a la mierda, por su descaro a querer  llevarme a un sitio como la sauna aquella. Quise pensar que no lo hacía con mala intención y que el personal que estaría acostumbrado a encontrarse por allí sería más parecido a las tres locas esas que me acosaron  que a mí. Lo que me hacía preguntarme una vez más: «¿Qué diantres hace un chico como yo en un sitio como este?».

—Bueno, pues si lo de ir a la sauna te parece demasiado atrevido, a lo de ir a Ítaca no  me puedes decir que no.

Me quedé mirándolo pensativo. Había tanta cordialidad en sus palabras que, como él bien decía, no me podía negar. Por lo que asentí con la cabeza, mientras le lanzaba una pregunta:

—Si son las diez y aquí todavía no hay nadie… ¿A qué hora empieza aquello?

—Sobre las dos…

—Pues entonces tampoco voy a poder ir, porque el último autobús sale a las doce… Este verano me quiero sacar el carnet.

—¿De qué pueblo eres?

—De Dos Hermanas —Respondí tímidamente.

—¡Ay, que buen ganao  hay en Cuatro Tetas y qué buen caldo dan los nazarenos!

Lo miré un molesto, pues no entendía muy bien aquel comentario sarcástico sobre el lugar que me vio nacer. Pero no tuve que preguntar porque siguió explicándose como un libro abierto.

—Nada, hijo mío. Que en materia de tíos buenos, pasa igual que con los vinos, los quesos y los jamones, que hay pueblos que tienen denominación de origen y otros que no —Pegó un sorbo a la bebida, me miró picaronamente y concluyó diciendo —Y te puedo dar fe que los tipos que he conocido de tu pueblo, tenían el sello de denominación de origen. Si nada más que hay que verte, hijo.

El desparpajo de aquel tipo, aunque me incomodaba, me hacía sentirme bien. No supe ni qué decir, ni qué hacer ante su explicito piropo. Tampoco hizo falta, pues el prosiguió hablando como si le hubieran dado cuerda.

—¿Te gustaría conocer Ítaca?

Asentí con la cabeza, suponiendo que lo que íbamos a hacer era irnos de inmediato para allá.

—Pues entonces, lo mejor que se me ocurre. Sin pretensiones de ningún tipo —Dijo mientras me sacaba burlescamente la lengua y me guiñaba el ojo —Es que nos vayamos más tarde para allá  y, cómo no va a haber autobuses  por la madrugada cuando salgamos de allí, te vienes a mi casa a dormir. ¡No me puedes decir que no!

JJ

¡No tengo perdón de Dios! Aquel inocente pueblerino, más asustado que un pavo en Navidad y yo insinuándole a las claras que se viniera a mi casa a echar un polvo.

Como se me quedó con cara de póker y me daba la sensación de que, por muy simpático que le estuviera resultando mi compañía, aquel chaval me podía decir que no a lo del intercambio de fluidos conmigo. Para evitar que me mandará a cernir gárgaras en tres, dos, uno… Solté una de las mías para dejarlo todavía más descolocado si cabe.

—Lo que pasa es que hay un problema.

—¿Qué problema? —Preguntó con cara de pasmo, con una voz  tan ronca que parecía que le costara trabajo salir de su garganta.

—Que si me ligo un buen maromo, que es lo más probable. Lo más normal es que me lo lleve a casa y entonces no vas a poder salir de cuarto de invitados.

—¿Por?

—Porque lo más probable es que me dé por montar la fiesta en el salón. Así que ya sabes, oír y callar… Que me da mucho corte que me vean en plena faena.

—Bueno, pues yo me quedo sin salir en el cuarto —Me dijo sonriendo ante la pequeña barbaridad que le acababa de largar.

—¿Entonces te quedas?

—Sí, pero déjame que llame a casa para que no se preocupen —Dijo sacando el móvil y buscando un lugar menos concurrido para poder hablar por teléfono.

¿Llamar a casa? La última vez que escuché eso fue en la serie “Stargate”. Me quedé sentado al borde de la mañana con los pies colgando y lo peor una preocupante pregunta martilleaba en mi cabeza: «¿Qué edad tenía aquel jovencito?» A ver si por no saber tener la churra dentro de los pantalones, me iba a meter en un lío

2 comentarios sobre “El principio de una gran amistad ( 1 de 2)

    1. Te diría que tendrás que esperar hasta este viernes, pero como es una versión del primer relato que escribí. Con que te leas el que publiqué la semana pasada » Mi primera vez» te podrás enterar.
      Gracias por leer y comentar.

      Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.