Descubriendo mi afición por los culos con pelos (Inédito) 2 de 2

 Abril 1998

Iván

¡Lo que nos complicamos la vida  a veces para meterla en caliente! Tienes muchos huevos que para follarme el culito de Agapito, me hiciera cuatro veces el trayecto de la finca de sus padres al pueblo, dos de ida y dos de vuelta.

Tanto jaleo y ajetreo únicamente para que mi compañero Daniel no sospechara  lo más mínimo de que estaba jilvanando  al rarito de la clase.  

Me daba mucho miedo que, a pesar de ser fiel a la Ley de Cristo (él que da es más listo),  Daniel pensara que me había vuelto maricón. Cosa que yo tenía clara que no era así, pues a mí los tíos no me gustaban ni siquiera una mijilla.  Cuando la metía en el culo del Pajarito, me ponía a pensar en tías. Gachís con las tetas muy gordas y un coño muy abierto.

Sabía  que era echarle mucha imaginación. Agapito se parecía a las tías del Play-boy  lo que un huevo a un melón, en lo redondito del culo. Sin embargo,  estaba tan calentito su ojete, tan estrechito y me daba tango gusto, que ya algunas pajas me las hacía pensando que lo taladraba con el calvo cabezón. ¡Dios bendito, cómo me ponía aquel agujerito!

Si me llegan a decir que hacer un trabajo con el empollón de la clase iba a ser tan divertido, me apunto mucho antes.

A pesar de que me estaba haciendo más kilómetros  con la bicicleta que Induráin, estaba más contento que una perdiz con mi nuevo descubrimiento sexual y no tenía ni el  más mínimo sentimiento de culpa, pues no consideraba que le estuviera poniendo los cuernos  a Eva.

Para mí follar con aquel chaval era  un simple desahogo sexual,  tal como si me estuviera haciendo una pajote y eso no era serle infiel . Porque si por cada vez me la meneara, le saliera uno , la pobre  de mi novia iba a tener una cornamenta que ni el padre de Bambi.

Las circunstancias que me han llevado a encularme al rarito de la escuela taller, un día sí y otro también, ha sido el bajo rendimiento del grupo de alumnos en la  asignatura “Empresa e iniciativa emprendedora”.

Una materia que, además de complicada y aburrida, nadie cree que nos sirva para nada cuando salgamos del instituto de formación y, por tanto, todo el mundo ha terminado cogiéndole un asco de cojones. Servidor de los que más.

El profesor, temiendo fundirse a toda la clase, tuvo la genial idea de poner un trabajo para subir nota en el examen final. Así, premiaría el esfuerzo de los alumnos que tuvieran interés en sacarse el curso y suspender solo aquellos que optaran por tirarse al palo. Para hacerlo más ameno, se realizaría por equipo de tres.

Mi colega del alma Daniel y yo, dado que nadie quería emparejarse con él, lo hicimos con Agapito Ayala. El  único hijo de una de las familias más pudientes del pueblo, un chaval dos años mayor que nosotros a quienes sus padres, ante su fracaso en el Instituto de BOUP, mandaron a estudiar un oficio como si fuera una especie de castigo.

La verdad es que el menda era bastante raro, se tomaba las bromas muy a pecho y los compañeros le daban más caña por eso. Si a eso se le sumaba que  tenía acceso a lujos que nosotros ni de coña, que vestía ropa de marca para venir al Instituto o que era el que más nota sacaba de la clase en todas las materias. No era raro que despertara odio y antipatías de todo tipo.

Uno de los caprichos que se podía  permitir por estar sus padres en el taco, era tener lo último en tecnología de la época: un ordenador con procesador de texto, una impresora y hasta un modem de conexión a Internet.

Por lo que, si queríamos que nuestro trabajo tuviera una presentación en condiciones, teníamos que  trasladarnos a su casa. Al encontrarse a  las afueras de Los Palacios, no teníamos más remedio que hacerlo en bicicleta, pues ni Daniel ni yo teníamos moto.

Mi colega y yo  considerábamos aquello un marrón de mucho cuidado, pero no nos quedaba otra si queríamos aprobar la asignatura de Empresa, aunque fuera con un cinco rapado y poder  sacar el título en junio. Algo impepinable, para optar  a hacer las prácticas en verano.

Lo que yo ignoraba es que,  en una tarde que se planteaba tan aburrida, iba a terminar pasándomelo tan de puta madre. No tenía ni puñetera idea que al empollón la mamara tan bien ni  que a  su culo le gustara recibir visitas en forma de chorizo. Es más, por lo que pude comprobar, era todo un profesional  en aquello de tragarse sables de carne por ambos agujeros de su cuerpo. ¡A saber con quién habría hecho las practicas!

Todo comenzó con el muy cabrón poniéndome la mano en la pierna y, no contento con despertar al monstruo de mi entrepierna, continuó hasta que me puso  más caliente que las pistolas de Harry el sucio.

Por lo que pude deducir, el muy maricón se quería liar conmigo delante de Daniel y montar unas fantasías animadas de ayer hoy. No obstante, como yo conozco a mi colega  y lo cortao que es para esas, el pobre me parece que no se hace ni pajas, le dije que parara. Si seguía por ese camino en vez de  un buen polvo, acabaríamos teniendo una soberana bronca.

No  estaba dispuesto a quedarme con el nabo mirando al techo, con un dolor de huevos de campeonato y con una curiosidad capaz de matar a una docena de gatos, por lo que tenía que quitarme de encima a mi colega como fuera.

A la más mínima oportunidad,  despiste a mi amigo y me fui para casa de Agapito. Donde, tras correrme en su boca, me puse un condón y me lo folle. Dos polvos mejor que uno, cortesía de Iván Izquierdo.

Una vez le eché toda la leche, la situación se volvió un poco tensa para mí. No asimilaba muy bien que acabara de follar con un tío. No sabía ni que decir ni que hacer. Así que di por terminada la película  y me apresuré  a salir pitando de allí.

Sin embargo, como me temía, el Avis molliculi me  tenía preparado una escena post créditos.

—¿Te ha gustado? —Me preguntó desafiante. No se había subido  los pantalones y seguía tocándose descaradamente el agujero del culo. Tuve la impresión de que  se deleitaba  comprobando  lo abierto que se lo había dejado. ¡Más que el bebeero  de un pato!

—Sí —Musité —, ¿y a ti?

—Mucho, me has dejado el ano completamente dilatado —Me respondió pronunciando cada palabra muy despacito, como si le costara trabajo pensar lo que tenía que decir —Se nota que has follado poco, pero aprendes rápido. Pocas veces me la han metido con tantas ganas como tú. ¡Eres muy  bruto, pero me has encantado!

Me dejó un poco descolocado la poca vergüenza y desfachatez  que estaba demostrando aquel tío. Desde que lo conocía lo había considerado un pringado incapaz de hilar una conversación que no tuviera que ver con los estudios  y estaba demostrando ser todo  un  jeta que estaba demostrando ser.

Me dio la sensación de que estaba delante de una especie de súper héroe con una identidad secreta. De cara a la gente del pueblo era el tímido y estudioso Agapito Parker, pero, cuando nadie lo vigilaba, aprovechaba para convertirse  en Spider Maricón. Todo gran culo conlleva una dosis de carajositran.

Volví a cabecear, pero esta vez, antes de que dijera nada, tomé las riendas de la conversación.

—¿Por qué dices que follo poco, pare?— Le pregunté poniendo cara de que me estaba tocando de los tres el más largo.

Mi forma de abordarlo lo cogió con el paso cambiado. Aun así, no estaba en modo pringado y  supo darme la réplica al segundo.  

—Hombre, si hacemos caso a los rumores que corren por el pueblo, desde Navidades no te clavas. No veo yo  que haya mucha asiduidad en  hacerlo una vez cada cuatro meses

Que sacara a coalición la fiesta con la Debo y la Vane, me pareció muy mezquino por su parte. No sé qué cara tuve que poner, porque antes de que pudiera decir nada, me dijo algo que me tranquilizó bastante.

—Pero no temas, yo no le voy a ir con el cuento a nadie como la calentorra de la Vane.  Sé que con tu novia, como con todas las estrechas del pueblo, nada de nada y si no me voy de la lengua podremos volver a repetir. Así que cuento con que,   alguna vez que otra,  de las que Eva te deje a punto de caramelo,  vas a venir a que te dé lo tuyo. Mi boca y mi culo nunca tienen un no para un machito tan caliente como tú.

La  pasmosa tranquilidad con la aquel chaval, al que hasta horas antes tenía por un gilipollas que no sabía nada de la vida, hablaba del sexo me tenía con la mandíbula colgando.

—¿Me estás diciendo que podemos hacerlo cada vez que me dé la gana? —Irreflexivamente me metí mano al paquete y me lo sobé durante unos segundos. Dejando claro con mi comportamiento que no me importaba lo más mínimo volver a darle polla.

—No, no te confundas. Por mucho que me gusten los rabos, no soy la putita de nadie. Te estoy diciendo que lo podemos hacer siempre que nos apetezca a los dos —Me respondió cargando sus palabras de cierta soberbia, a la vez que terminaba de subirse el pantalón pues aun lo tenía por los tobillos —Y, siempre que seas discreto, hasta puedes invitar a un amigo.  Te recuerdo que tengo dos agujeros disponibles…

Lo de  darle por el mojino  mientras  un colega le daba el biberón me pareció muy morboso, pero también una locura como la copa de un pino. Entre otras cosas porque los cuatro tíos con los que más confianza tenía, no me los veía follando con un marica.

Si le iba a Antonio con el rollo de que me había tirado a un tío, después de la paja  mutua que nos hicimos, me podía retirar la palabra por Maricón.

Fernando tampoco lo veía yo por mucha labor. Desde que le puso los cuernos, Carmen lo había metido en la secta de los Maiztostao   y lo tenía todo el día rezo parriba rezo pabajo.

Mi hermano Riscardo, por muy de sangre caliente que fuera  (creo que por aquella época se la meneaba más que yo),  no me lo veía  abriéndole el boquete trasero al Pajarito.

Y con Daniel, mucho menos. Conociendo lo  formal que era y la vergüenza que le daba todo,  no me lo imaginaba ni viendo una película porno.

Como no veía posibilidades ninguna para su descarada petición sobre añadir más gente a la fiesta,  hice que como que no me interesaba lo que me vendía y seguí con la conversación como si tal cosa.

—Bueno, perdona, di por hecho  que se entendía  que tú también tenías que tener ganas… ¿Mañana también estás solo?

—Sí,  como todos los días. A las tres y media se va la señora que nos cuida la casa, mi madre no regresa hasta las ocho y mi padre hay días que ni lo veo. Entre los negocios y las horas que le dedica después del trabajo a la golfa de su secretaria, no tiene tiempo para su familia.

Pasé de puntillas sobre lo que dijo de su padre, y concentré mis cincos sentidos en las horas que la casa estaba disponible. Lo de que tenía libre solo hasta las ocho me dio un poco de palo.

 Eran las siete y media ya, por lo pese a que seguía más caliente que el sobaco de una panadero, lo de un tercero rapidito quedó descartado. No  fuera que su madre se adelantara un poquillo y nos pillara en pleno jolgorio. Tras quedarme un momento pensativo, le pregunté:

—¿Qué te parece si mañana quedamos para hacer el trabajo a las seis?

—¿No te apetece hacerlo mañana? —Preguntó bastante defraudado.

—¡No, ni na! Lo que pasa es que prefiero quedar antes contigo, a las cuatro por ejemplo y después quedar con Daniel. Primero porque mi colega no  tiene un pelo de tonto  y no se va a tragar dos días que me he dejado la carpeta, segundo porque si se alarga la cosa no es lo mismo que tu madre nos pille estudiando que haciendo otras cosas.

El Pajarito frunció el ceño levemente y se sonrió

—Así también nos concentramos más en el trabajo—Proseguí volviendo a palparme la polla  de forma descarada—, que como estemos topo el tiempo  pensando en el dale que te pego de después, nos va salir un churro de tres pares….

—No me parece mal plan. Mejor ponernos con los gráficos y demás relajaditos, que pensando en otras cosas—Dijo alargando su mano hacia mi paquete y haciendo un mohín de aprobación al comprobar que, nada más por hablar de guarradas, se había vuelto a poner dura.

—Entonces a las cuatro mañana.

—Por mí estupendo, a ver si la segunda vez nos sale igual que la primera…

—Mejor, te voy a dejar que no te vas a poder sentar en una semana.

—¡Promesas, promesas! —Al decirme esto adoptó una pose casi femenina, que no me hizo demasiada gracia,  pero que no impidió que me marchara para casa deseando que llegara la tarde siguiente para volver a darle por el  buje.  

La novedad de follar con alguien que no me dijera no aprietes tan fuerte, no me toques ahí y le gustara tanto la jarana como a mí, me tenía completamente embelesado.  Estaba tan distraído con el tema que , hasta Eva, cuando fui a verla aquella tarde noche, se dio cuenta:

—¿Qué te pasa, niño? Estás como ausente, hoy no me has echado un piropo y ni siquiera has hecho un chiste de los tuyos.

—Nada —Mentí —, estoy bastante preocupado con el trabajo que nos ha mandado el profe de Empresa y no tengo la cabeza donde tengo que tenerla.

—Si no quieres vernos estos días, no pasa nada.

—Y una mierda. El único ratito que tengo para estar contigo, lo voy a desperdiciar. Ya lo recuperaré levantándome más temprano por la mañana.

Aquella muestra de zalamería me sirvió para ganarme un tierno piquito en los labios. Sin lengua ni nada, no fuera a ser que me acostumbrara a lo bueno y le pidiera más.

Que fuera algo muy leve y sin contenido erótico, no quitó que se me pusiera el nabo como un garrote. Nada más regresé a casa, me tuve que meter en el baño a meneármela como un mono titi.  

Mi inspiración comenzó siendo las tetas y el culo de mi novia, para terminar pensando en lo bien que la comía Agapito y lo mucho que tragaba su culo. Me corrí imaginando que se la metía hasta que los cojones hacían de tope.

Aquel ataque de sinceridad de mis instintos sobre lo mucho que me ponía meterla en un culo con pelos,   una vez eché toda la leche, me dejó más descolocado que un americano con un plato de caracoles.

Al día siguiente llegué a Villa Pájaro  puntual como un reloj. Aparqué la bici en un lugar que no fuera visible desde la carretera y caminé con extrema precaución hacia la casa.  El  pueblo era muy pequeño y nunca pasaba nada, por lo que  todo el mundo llevaba al dedillo lo que hacía cada  uno y sus cadaunidades.  Por lo que me preocupaba que   algún conocido de la escuela pudiera pasar y extrañarse de que yo estuviera allí sin Daniel

Aunque me decía  para tranquilizarme que no pasaba nada porque ninguno de los que lo conocían sospechaba que al chaval de los Ayala le fueran los rabos, prefería que nadie sumara nueve más uno y se llevara una.

Me consolaba también diciéndome que  los  que se lo habían beneficiado, si eran de nuestro entorno, tampoco iban a ir con el cuento por ahí. Sospechaba que eran tíos mayores, presumiblemente casados y no les quedaría otra que ser discretos. Ellos tenían bastante más que perder que nosotros, si se llegaba a saber.

Aun así, como no me fiaba de  los arremates que le pudieran dar a  la gente,  ni lo chunga que pueden llegar a ser, extremé las precauciones. Todo  para evitar que cualquier vecino de mi pueblo   sacara conclusiones por muy descabelladas que estas pudieran parecer.  

Había quedado  con Daniel a las seis menos cuarto, como se tardaba más o menos un cuarto de hora en llegar desde la finca de los Ayala a la puerta del Ayuntamiento, disponía de  hora y media para disfrutar de la boca y el culo de Agapito.

Iba tan caliente  pensando en lo bien que me lo iba a pasar que,  nada más lo vi esperándome en la puerta, el calvo cabezón se me puso en posición de firme. Se puso tan tieso que me dio la sensación  de que quería salirse  por la parte superior del calzoncillo . «Tranquilo, pare y   no te impacientes. Si te portas bien, te voy a llevar de paseo a un par de abujerito mu calentito’  », le dije como si mi nabo pudiera  entender el andaluz  a la perfección.  

El Pajarito me invitó muy educadamente a pasar  a pasar al recibidor. Se me quedó mirando con cara bobalicona, como si esperara que yo le diera un beso o tuviera un gesto cariñoso.

Sabía  que el chaval estaba más solo que Bambi en el día del padre, pero yo estaba allí únicamente por dos cosas: darle un biberón y meterle las almorranas pa dentro. Dos actos que poco o nada tenían de romántico. Así que antes de que se hiciera ilusiones o algo por el estilo le dije:

—¿Pare, tú sabes que tengo novia?

—Yo no soy celoso —Me respondió con una sonrisa típica de las malas de telenovela.

—No me importa lo que tú seas, pa mí como si quieres ser astronauta. A mí lo único que me interesa de ti es esa boquita y ese culito tan rico que tienes.

—¡Qué borde eres!

—No,  lo que soy es sincero.

—¡Y tan sincero! —Replicó  a la vez que hacía un mohín de desagrado y me sacaba la lengua de manera divertida.

—No te mosquees, lo único que pretendo es dejar las cosas claras para que no haya confusiones.  Esto que tenemos tú y yo  es un intercambio puro y duro, tú me sacas la leche y yo te hago  de guía turístico.

—¿Guía turístico?

—Guía turístico, sí. Te pongo mirando pa la Meca, pa Pamplona, pa Gelves… a gusto del consumidor.

Mi tontería consiguió su objetivo, suavizar la situación y sacarle una sonrisa a mi compañero.  No sé por qué, pero fue comprobar la cara de indiferencia con la que me miró y constaté que mis temores sobre que aquel chaval se quedara colgado de mí, no podían estar más infundados.

Si el Pajarito follaba conmigo era porque estaba tan caliente como yo. Algo que me dio más seguridad, por lo que me sentí menos cohibido y con más libertad para actuar como yo realmente era.

—Tío, traigo  muchas ganas de repetir —Al decir esto me cogí el paquete, en un claro gesto de mostrarle lo empalmado que estaba —, si hasta me la he cascado pensando en ese culito tan estrechito y tragón que tienes. Me gusta montármelo contigo, pero sin complicaciones de ningún tipo.

El Pajarito se quedó pensativo durante unos segundos, apretó los labios y, tras mover varias veces la cabeza en señal de negación, dijo:

—Iván,  follas de puta madre,  pero de ahí a que te pienses que busco un romance contigo hay un mundo.  Me gusta que seas tan franco, yo lo voy a ser también contigo.  Estás lejos del prototipo de tío que me gusta. Ni estás demasiado fuerte, ni eres muy guapo que digamos , ni tu polla es tamaño XL. Lo único que me interesa de ti es tu polla, como te mueves cuando me la metes y que seas capaz de correrte más de una vez seguida…

—¡Pues sí está todo claro! Subamos a tu cuarto a follar que se nos va la hora y media que tenemos.

—¡Joder, tío! Lo tienes hasta cronometrado.

Me  volví a meter mano al bulto y  le dije:

—Vengo tan caliente que seguro que soy capaz de correrme tres veces. ¿Te puedo el tercer polvo en la oreja? Si no te has quedado mudo, no creo que te quedes sordo.

Agapito sonrió ante mi capacidad de decir tonterías con total desfachatez. Sin embargo, cuando me disponía a subir a su cuarto, me paró y me dijo:

—Solo una cosa.

—¿Qué? —Pregunté más extrañado que un lagarto en una droguería.

—Sí me vuelves a poner mirando para Gelves hoy, me puedo aburrir.

—Pues no te preocupes,  pare, yo te enseño hoy la Giralda, la Torre del Oro, la Plaza de la Maestranza… ¡Será por sitios bonitos en Sevilla!

—¡Anda, que ya te vale! —Me dijo dándome un golpe en el hombro, satisfecho porque le había seguido la broma.  

Como ya tenía más confianza y  sabía lo que tenía que hacer. Al entrar en su habitación, sin que me dijera nada, me desabroché el pantalón, saqué el calvo cabezón a tomar el aire y me senté en la cama.

Agapito me miró, volvió a sonreír. Creo que mi poca vergüenza y mi descaro  le agradaba. Aun así, me siguió la broma y me dijo:

—¿Qué le pasa a tu polla, que se ha puesto tan tiesa?

—No, lo sé, pregúntaselo a ella. Últimamente no hablamos demasiado. Pero si le vas a decir algo, te vas a tener que acercarte a decírselo, la pobre es un poco dura de oído.

Sin darme tiempo a recapacitar se agachó ante mí, cogió mi picha con dos dedos y se puso a mirarla.  Su forma de actuar me recordó a mi madre, cuando de pequeño me miraba la cabeza por si tenía piojos.

Aquel modo tan escrupuloso de mirar mi aparato, me mosqueó un poco. Estuve tentado de decirle algo, pero por temor a cagarla,  me mordí la lengua. No fuera que por soltar una de las mías me quedara sin mi ración de boquita y culito de aquella tarde.

Lo estuvo examinando por lo menos durante treinta segundos, instantes que se me hicieron eterno. Estaba ansioso porque se metiera mi cipote en la boca y me pegara un lavado de cabeza tan formidable como el de la tarde anterior.

Aunque en un principio creí que la miraba buscando algo, después me percaté de que se deleitaba observándola. Hasta hubo un momento que se mordió libidinosamente el labio y todo.

Era la primera vez que estaba con alguien que reconocía sin pudor que le gustaba lo que yo  tenía entre medio de las piernas.  Lejos de molestarme, alimentó mi ego  y me puso más caliente si cabe.

Me dio la sensación  que Agapito no tenía ninguna prisa porque me corriera y quería tomarse su tiempo. Me irrité un poco, pues mis hormonas estaban disparadas y únicamente deseaba repetir el gustazo que había sentido la primera vez. No obstante, en cuanto me di cuenta  que todo era para alargar  el placer, me relajé y disfruté.

Lo primera novedad estuvo que, en vez de comenzar a chupar como si no hubiera un mañana, posó su lengua sobre mi capullo. Inevitablemente, noté como un agradable escalofrío, similar a un chispazo eléctrico, me recorría desde el culo hasta el cogote. Mi  única respuesta  ante la novedosa sensación, fue soltar  un brutal suspiro.

La pequeña conversación entre su lengua y mi calvo cabezón concluyo con la boca de Agapito rodeando mi glande y succionándolo como si fuera un cucurucho de helado. A pesar de que no era la primera vez que me hacía aquella maravilla con su lengua, creí que me corría al instante.

La  novedad estaba en que, sin dejar de chupar mi capullo, se puso a tocarme los huevos. Los acariciaba delicadamente, calibrando  su forma y tamaño,   como si fuera las cuentas de un Rosario. Por el tiempo que le dedicó, le dio lugar  al menos de anunciar un misterio.

Estuve a punto de decirle que si seguía “soplando” de aquella manera, el trombón  no solo iba a soltar las primeras notas sino que  iba terminar cantando la canción completa. Pero preferí no , interferir en el buen trabajito que me estaba haciendo mi amigo el colibrí  y guarde la patochada para otro momento menos pornográfico.

Sin dejar de tocar el solo de trompeta y acariciarme los testículos, mi saxofonista  favorito metió la mano bajo mi camiseta y buscó mis tetillas. En un primer momento no me agrado demasiado, no quería mariconeo de ningún tipo.

Yo estaba allí única y exclusivamente  para reventarle el culo y que me chupara la polla. Pero cuando cogió mis pezones con los dedos y comenzó a pellizcarlo suavemente,  me  dio tal gustazo que  me tuve que contener para no echarle toda la corrida en la boca.

Agapito estaba hecho una puta de marca mayor, sabía dónde tocarme y cómo. Nunca pensé que aquel tipo desgarbado y delgaducho del que todo el mundo se burlaba, pudiera llegar a ser un maestro en el arte de proporcionar placer.  Y lo era. ¡Vaya que si lo era!

El Pajarito se tuvo que coscar  de que si seguía haciendo aquello, el árbitro, en forma de leche calentita, iba a pitar el final del primer tiempo. Así que se levantó y  con paso firme se dirigió a la mesita de noche que estaba junto a nosotros. Tras localizar el bote de lubricante y los preservativos en el cajón donde los tenía escondidos, los saco y los puso a mi lado.

Aquella pequeña interrupción no me molestó lo más mínimo, intuí  que  después de la deliciosa mamada, vendría una buena follada. Supuse que lo de aquella tarde sería una repetición del día anterior, el menú habitual.  ¡Qué equivocado estaba! El polvo que me iban a regalar era digno de la carta de los mejores restaurantes.

En el momento que se volvió a colocar entre medio de mis piernas, ya había construido en mi mente  el momento de atravesarlo con mi nabo. Fue simplemente aproximar sus labios al calvo cabezón y  el bruto que habitaba en mí tomó el mando de la situación.

Sin ninguna explicación aparente, aparte de la furiosa calentura que me dominaba,   empujé su nuca con mi mano derecha  para que se tragara mi cipote hasta el fondo. Sentir como sus labios tocaban mi pubis y mis huevos, al tiempo que la cabeza de mi polla rozaba su garganta, termino por ponerme completamente fuera de mí.

Sin dejar de darle rabo del bueno, me encorve lo suficiente para poder alcanzar su culo  con la mano. La verdad es que si no pensabas que delante tenía una polla como una olla, podías imaginar que estabas con una gachí. ¡Qué redondito y durito lo tenía el cabrón!  Tras masajearlo poderosamente por encima del pantalón, le insté con un gesto a que se lo bajara.

El Pajarito sin dejar de  tragarse mi cipote hasta lo negro, se buscó las trazas  para desabrocharse el cinturón  y poco a poco me dejó su trasero al aire. Volví a tocarle las nalgas, las tenía preciosas y suaves, casi como las de  una tía.

Seguí acariciando sus nalgas, hasta que localice el abujerito . Fue rozar el caliente orificio  con la punta de mis dedos y  mis vellos se pusieron de punta, al tiempo que una placentera sensación recorría todo mi cuerpo. Me puso tan caliente que tuve que hacer un esfuerzo por no sacársela de la boca, ponerlo en pompas y metérsela de golpe  hasta los cojones.

Intenté meter un dedo en aquel lujurioso volcán, pero estaba bastante seco. Busqué el gel, me eché unas gotas sobre los dedos y los volví a posar sobre su ojete. Fue necesaria simplemente aquella escasa cantidad, para que mi dedo se resbalara hacia el interior de  su recto con suma facilidad.

Nunca había experimentado aquello. La fricción de mi dedo entrando y saliendo del caliente orificio, me tenía con los sentidos a flor de piel. Si a eso se le sumaba la estupenda mamada que me estaba prolongando, no fue extraño que sintiera que iba a llegar al orgasmo. Por primera vez en mi vida, estaba prolongando tanto el momento del orgasmo y las sensaciones que estaban experimentando me tenían con los ojitos vueltos.

Hice un gesto a mi compañero, avisándole de que iba a eyacular para que se quitara. Sin embargo, Agapito volvió a sorprenderme  y me demostró que podía ser más putísima de lo que yo pudiera llegar a imaginar.

El muy mamón, no solo no dejó de chuparla mientras mi calvo cabezón escupía cantidades industriales de esperma, sino que se tragó hasta la última gota. Me dio la sensación de que no había almorzado bastante y  se había quedado con hambre.

No me había recuperado todavía, cuando mi compañero de clase me  dijo algo  más propio de  Spider Maricón que de Agapito Parker:  

—¡Joder, tío! ¡Hacía tiempo que no me daban un bibí con tanta leche! —Dijo mientras se relamía los restos de semen que resbalaban por la comisura de sus labios. ¿Dónde se metía el chico apocado que yo conocía del colegio cuando hacía y decía esas cosas?

Me tome aquello como un cumplido y, entrando en su juego de a ver quién era más descarado de los dos, le dije:

—Pues  te quedan dos porciones todavía por degustar. Espérate un poco que me recupere y seguimos. Si quieres, para que no se te repita mucho la leche calentita a palo seco, te traes un poquito Cola-Cao o de Nesquik. ¡Verás cómo te gusta más!

Agapito sonrió y me guiño un ojo. Antes de que pudiera decirle una de mis burradas, me preguntó que si quería  una cerveza mientras renovaba fuerzas. Unos minutos más tarde,  como quien no quiere la cosa, conversamos tranquilamente  como dos colegas de nuestras cosas.

Me costaba no mirar a aquel chaval como a un bicho raro, pero la fuerza de la costumbre pesaba mucho. Sí, el tío se parecía a mí como un huevo kínder  a una tableta de turrón, pero  que fuéramos diferentes no era impedimento para  que pudiera tener una conversación amigable con él.

Eso sí, aunque estaba deseando ponerlo a cuatro patas y metérsela hasta el fondo, no asimilaba que a un chaval que no parecía marica lo más mínimo, le pudiera gustar los rabos. Lo mismo dijo Eva cuando al George Michael lo cogieron de mariconeo en los servicios públicos. ¡Las sorpresas que te da la vida!…

Fue terminarme la cerveza y ya volvía a tener ganas de jarana. Agapito se percató de ello y, quitándome la botella de la mano, me preguntó:

—¿Te ha gustado meterme el dedo en el ano?

—Sí, pero prefiero meter otra cosa —Dije de nuevo agarrando mi bulto con una mano y mostrándoselo provocativamente.

—Puedes hacer las dos cosas.

No había terminado de hablar y ya estaba de rodillas sobre la cama, mostrándome un culo redondo y suave que me estaba pidiendo a gritos que se la metiera hasta los huevos. No obstante, como lo de follar es cosa de dos y el muchachito tenía ganas de que le abriera el culo con el dedo, esa fue la parte de mi anatomía que utilicé para darle gusto.

Posé tímidamente el dedo sobre aquel ojal oscuro, todavía estaba pringado del gel y pasó sin demasiado esfuerzo. Fue ver que se lo tragaba al completo con facilidad y por mi mente pasó un pensamiento de lo más sucio: «¡Quién dice uno, dice dos!»

Comprobar que aquel orificio comía el doble con facilidad, me empujó a meter un tercero. Aunque consiguió entrar también  con un poco más de trabajo. No pareció gustarle demasiado  a mi compañero de “fatigas”. Por primera vez en toda la tarde uso la palabra no.

—No,  no te emociones y vayas a seguir metiendo más, ya  mi ano ha llegado su límite y no quiero que me causes unas fisura. ¡Qué tú eres muy bruto y eres capaz de quererme meter el puño!

El muy cabrón era más listo que el hambre y  me acababa de leer el pensamiento, con razón sacaba tan buenas notas. En aquel momento ignoraba lo que era una fisura, pero entendí perfectamente que si no lo cuidaba con esmero, se acabaría rompiendo el juguete.

Una vez  consideré que aquel agujero estaba suficientemente dilatado, cogí un condón  y me dispuse a ponerle el traje de gala calvo cabezón.

Agapito volteó la cabeza y me miró.  Cuando vio me encaminaba a metérsela, me paró en seco y me dijo:

—¡Espera, hoy vamos a cambiar de postura!

Dado que el experto era él y yo estaba allí haciendo las primeras prácticas, no  puse ninguna objeción. Obediente me senté en el borde de la cama como me pidió y aguardé a que él  se sentara sobre mí..  

Al principio le costó dirigirla a su destino. Incluso  en un par de ocasiones se salió. Una vez consiguió ensartarse el ojete con mi martillo pilón,   sin ninguna dificultad, fue entrando  hasta lo más profundo de su vientre.

Al intentar clavársela más al fondo aún y ver que era incapaz de hacerlo, me di cuenta de lo que estaba pasando. Quien me estaba follando a mí era él. En un primer momento me incomodó no tener yo la vara de mando de la situación, sin embargo, una vez comprobé lo satisfactorio que era dejarse hacer, me sentí más a gusto que en brazos.

Aquel chaval era un portento en los estudios y también a la hora de echar un polvo.  Sacaba sobresalientes en todas las materias del Instituto. Pero si fuera yo  quien lo tuviera que calificar  en las asignaturas de Mamología y Practicas de Sodomía, le pondría una matrícula de honor sin pensarlo.

Sin darme tiempo a reaccionar, se fue introduciendo mi verga muy despacio, de manera que yo sentía como iba deslizándose centímetro a centímetro en su interior, consiguiendo que me retorciera de satisfacción. Un placer como no había sentido jamás y que hacía que cada vez estuviera más caliente.

Cuando ya la tuvo dentro del todo, comenzó a levantarse muy lentamente y a bajar de la misma manera. Me ponía al borde del orgasmo y, cuando lo conseguía, relajaba sus movimientos de manera que no llegara a eyacular.

Estuvimos así por lo menos veinte minutos, el tío me puso como diez veces a punto de caramelo. Pero a la décima, no sé si porque estaba cansado o porque ya le fue imposible apaciguar la lluvia de leche de mis cojones, me corrí.

Irreflexivamente, lo abracé en el momento de correrme, pero en cuanto caí  en la cuenta que era un tío y no una tía, lo separé de mí como si tuviera la peste. Fue todo tan breve, que no creo que ni se diera cuenta.

Una vez me recuperé, miré el reloj, me terminé de vestir y le dije que nos veíamos en un ratillo.

Él se quedó mirándome con una cara extraña, su gesto mostraba que se había quedado satisfecho con la increíble follada que me había metido, sin embargo en sus ojos asomaba un pelín de tristeza.

Al día siguiente, lo vi un poco distraído, por lo que supuse que se debía a que el día anterior lo había dejado un poco alicaído. Que estuviera con la cabeza en otro sitio, no quito que volviéramos a echarnos dos polvos como dos carretas. Es lo que pasa cuando tienes a las hormonas en constante revolución que cualquier excusa es motivo para usar Nívea y meterla en caliente.  

Sin embargo, su aparente despiste no se debía a lo que yo pensaba. El muy hijo de puta no tenía bastante con mi polla y, tal como me insinuó la segunda tarde, estaba deseando el  dos por uno. Una polla para la boca y otra en el mojino

Que yo le hubiera dicho que no, le importó un pimiento. Como el buen niño mimado que era, estaba acostumbrado a salirse con la suya siempre y se la sudaba la opinión de los demás.

Me percaté  de sus intenciones cuando al cuarto día,  con las piernas todavía temblando de la enorme follada que le había pegado, noté que seguía caliente.

Nada más  llegar con Daniel para seguir haciendo el puñetero trabajo, se sentó al lado de mi colega para ayudarle.

He de admitir que al principio  no presté demasiada atención y supuse que tendría que supervisar su trabajo.  Sin embargo,  conforme vi que transcurría más tiempo al lado de él, me cosqué un poco. Le lancé una pequeña visual y noté que mi amigo estaba bastante nervioso, por lo encogido de su mentón diría que estaba a punto de sudar la gota gorda.

Busqué con la mirada donde estaba posada la mano de Agapito y, tal como suponía, se encontraba sobre la bragueta de mi amigo. Moví la cabeza perplejo y, antes de que pudiera decir nada, el empollón soltó una de sus descaradas frases:

—¡Jo, cómo de dura se la ha puesto a Daniel nada más que se la he tocado un poquito!

5 comentarios sobre “Descubriendo mi afición por los culos con pelos (Inédito) 2 de 2

    1. Hay continuidad, está publicado dos capítulo más y en un mes (estoy con ello ahora) volveré a retomar la historia. Se llaman concretamente «Perversiones de las partes nobles» y » A falta de pan buenas son calabazas». Gracias por leer

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