Descubriendo mi afición por los culos con pelos (Inédito) 1 de 2

Febrero de 1998

Antonio

Fue echar la última gota de leche y fue como si el árbitro pitara el final del partido. 

Con la calentura disipándose de su cabeza, fue consecuente con la locura que había cometido. ¡Se había traído al rarito del Instituto a casa de su abuela para follárselo!

No conocía a aquel chaval de mucho. Si se le había insinuado en la ducha fue porque Carlitos, el masajista de Alcalá,  en una de las veces que se lo folló, le dijo que era de los suyos.

Su  relación con aquel tío, unos cuantos años mayor que él,  no iba más allá de echar un buen polvo de vez en cuando.  Desde un primer momento le había dejado claro que lo suyo era solamente follar, nada de besos, ni abrazos. Él  llevaba vida heterosexual y  tenía novia formal.

Algo que al alcalareño  no pareció importarle demasiado, al contrario, pareció venirle como anillo al dedo. Él  mantenía una relación abierta  con un chico de Madrid, a quien solo podía ver muy de vez en cuando. Situación que, de no ser porque ambos pensaban que lo que compartían era amor, habrían atajado ya. Ninguno de los dos llevaba bien  lo de tener pareja en la distancia y las infidelidades estaban a la orden del día.  

Dado que el masajista y el pelirrojo coincidían en que la   persona que querían no podía satisfacer sus necesidades de manera inmediata, se desahogaban mutuamente y sin tener que soportar la loza del compromiso

Un consuelo que se estaba convirtiendo en una viciosa adicción. Antonio follaba bastante mejor que el madrileño y a Fany no se le pasaba ni por la cabeza lo de pegarle una mamada a su novio. Variedad sexual en la que Carlitos era todo un maestro.

Lo conocía de muy poco tiempo, solo un  mes, pero ya había follado con él más que con nadie en toda su puta novia.  Incluida su novia, con la que llevaba saliendo más de cuatro años, pues era una rara avis que lo dejara montárselo con ella. 

Conoció a Carlitos por intermediación de un compañero de gimnasio, quien se lo aconsejó cuando tuvo que tratarse un pequeño tirón que le había dado en la espalda con las pesas. Estaba un poco alejado de su pueblo, pero sus tarifas eran  era bastante más económica que las de la capital y su colega le insistió en que era bastante bueno.

 Fue tumbarse en la camilla, notar sus adiestradas  manos sobre sus hombros y ponerse caliente como una piedra al sol. Nunca nadie lo había tocado con esa mezcla de delicadeza y vigor.

Lo peor fue cuando tuvo que darse  la vuelta y quedó en evidencia lo empalmado que estaba.  Al principio se sonrojó  por lo comprometida y violenta  de la situación. Pero cuando vio Carlitos, no le dio demasiada importancia a que se hubiera puesto, y se limitó a bromear  con el tamaño de su nabo, comprendió que allí había tema.

Caliente como estaba, llegó a la conclusión de que si le tocaba la polla igual  de bien que los hombros, iba a salir de allí  con menos leche en los huevos y habiendo disfrutado de la mejor paja que le habían hecho nunca. Así que, decidió lanzar el anzuelo y  pensó que  la mejor manera para ello sería ir dejando resbalar la toalla que cubría su erecta polla.  

Carlitos, mucho más puesto que el pelirrojo en el arte de la seducción, le dejó hacer.  Le dio mucho morbo como, con cierta timidez, el musculoso jovencito iba dejando al descubierto la pértiga que brotaba de su pelvis.

A pesar de su experiencia, el masajista  fue cayendo en la pequeña trampa. No  pudo evitar aproximar sus manos a la enorme cabeza roja, hasta que sus dedos se posaron sobre  ella. Cinco minutos más tarde, sus manos masajeaban el enorme pollón del muchacho y cuando lo creyó conveniente se tragó sus veinticinco centímetros de masculinidad, hasta atragantarse.

Le bastó con escucharlo gemir como un poseso cuando paseó  su lengua desde su escroto hasta su glande, para descubrir que era la primera vez que le comían la polla de aquel modo al pelirrojo,  Por lo que, cuando a pesar de sus esfuerzos para que no fuera así, terminó corriéndose demasiado pronto,  supo que  no solo era producto de la impetuosidad propia la juventud,  sino que la falta de costumbre tuvo mucho que ver con ello.

Con el sabor del esperma del pelirrojo danzando en su garganta, comenzó a pajearse. Sin tener que decirle nada, su acompañante, pese a que todavía no se había recuperado, comenzó a pellizcarle las tetillas hasta que tres enormes trallazos de leche calentita salieron de su polla.

Indicar el camino a un macho con tantas cualidades para el vicio  como Antonio era una golosina a la que no podía renunciar. El muchacho tenía potencial y,  en unas manos tan putas como las suyas, podría llegar a ser todo un macho empotrador.

Así que, hizo algo que rompía una regla no escrita en su pareja.

—Este es mi  número de teléfono particular, por si te apetece quedar otro día —Dijo dándole una tarjeta—¿Me vas a llamar?

—No ni na —Fue la escueta respuesta del muchacho que guardó el pequeño papel en un compartimento secreto de su cartera.

La primera vez que quedaron, Carlitos experimentó lo que era tener el gordo trabuco del pelirrojo en su interior. El chaval no estaba muy ducho en el adictivo arte de follar, pero aprendía con una facilidad pasmosa. Una vez superada la incredulidad de que su polla no entraba por un agujero tan estrecho, lo cabalgó como muy pocas veces lo habían hecho.

El pelirrojo le ponía tanto que, como se negaba a ponerse condón porque decía que le apretaba, lo dejó que se la metiera a pelo. Cuando se corrió en su interior, tuvo  la morbosa sensación de estar paseando por una cornisa estrecha y poder caer en cualquier momento al vacío.   Unas emociones que  a un amante del riesgo como él hicieron que disfrutara cada segundo de aquel polvo, como si fueran los últimos de  su vida.

Aquel encuentro, fue el primero de muchos.  Pues era obvio que la química entre los dos era enorme. El masajista se quedó un poco pillado con el chaval. De no ser porque Antonio todavía seguía creyendo que ser heterosexual era una virtud de la que presumir,  habría mandado al madrileño a cazar gamusinos y habría intentado empezar una relación con él.

Luego estaba la dichosa diferencia de edad. Tener sexo con un tío  más joven era todo un chute de adrenalina y un subidón para su ego.  Sin embargo, a sus treinta años y tres años  consideraba que todavía le quedaban muchas pollas que mamar   y  no se veía compartiendo su vida con un chaval que todavía se reventaba las espinillas.

A partir de entonces, cuando Carlitos tenía ganas de polla y Antonio de  reventar un culo, cosa que solía darse con más frecuencia de la que ambos le gustarían, se llamaban para  quedar para echar un polvo.   Antonio dejaba a su novia en su casa y se marchaba con la moto para Alcalá.

El pelirrojo veía aquellos encuentros furtivos como un complemento a su sexualidad. Pese a que se decía que solamente le gustaban las tías, no le hacía ascos a un culo y una boca como la de su masajista. Cuantas más variedades sexuales añadía su amante, más guarro se ponía y más disfrutaba con ello.

Sin embargo, el grifo  del sexo igual que se abrió, se cerró.

El  novio de Carlitos, lo invitó a pasar una semana en Madrid. Al pelirrojo  no le quedó más remedio que prescindir, durante aquel breve espacio de tiempo,  de sus mamadas, de su culo tragoncete y de las muchas cosas que aquel cerdo vicioso le enseñaba cada vez que coincidían.

Que su abuela se fuera de viaje también durante aquella semana y la posibilidad de contar con su casa, propicio que una idea perversa se fuera fraguando en la cabeza. Un plan en el que estaba muy presente una charla post polvo con Carlitos.

—Al salón  vienen mucha gente de tu pueblo.

—Allí no hay nadie que sepa dar masajes tan buenos como los tuyo.

—Como los que yo doy sí —Le dijo agarrando el bulto de la entrepierna de Antonio con toda la mano, como si fuera un racimo de uva en una parra.

—Sí, pero no me refería a esos “masajes”.

—¡Claro, tonto! Aunque de “estos”,—Volvió a cogerle la polla por encima del pantalón — habrá como en todas partes unos cuantos especialistas. Pero llevas razón, seguro que no tan buenos como los míos.

La sonrisa picarona de Carlitos lo descolocó un poco. Salvo las  tres o cuatro mariquitas con excesiva pluma que había en su pueblo, no conocía nadie en Los Palacios que fuera como él.

—En mi pueblo no hay gente como tú.

—Criaturita, ¿me estás diciendo que en tu pueblo no hay maricones? ¡Mira que me remango!…

—No, hombre, maricones hay. Lo que pasa que no los hay como tú. Tíos que le gusten los nabos para reventar, pero que no sean locas pérdidas.

—¿Me estás llamando hetera? —Dijo Carlitos levantándose del sofá y poniéndose las manos en la cintura en forma de jarra —Mira que yo cuando me lo propongo me sale  muy bien el maricón, la maricona y el mariconazo.

Antonio, no sabía muy bien que era eso de hetera, pero no pudo evitar reírse con la teatralidad de su amante. No solo follaba como un descosido con él, sino que era capaz de sacarle una sonrisa.

Lo mejor es que estaba tan a gusto con él que sentía que con podía mostrarse tal como era, sin tapujos y sin remilgos de ningún tipo. No le censuraba que fuera tan caliente, ni tan cerdo, ni le molestaba su dicción como a la mayoría de la gente que conocía fuera del pueblo.

—No seas carajote,  hombre—Le dijo cogiéndole la mano para restregarla sobre el paquete que ya se le  estaba poniéndose duro otra vez — No me refiero a eso. Lo que quiero decir que contigo se puede salir a tomar una cerveza sin que la gente se quede mirando por lo hortera que eres.

—¡Ah, sí es porque no soy hortera, por ahí te vas a salvar! ¡Porque a maricón no me gana nadie! —Carlitos al ver que estaba descolocando demasiado al pelirrojo, abandono su histrionismo y adoptando una pose más sería le dijo —Fuera de bromas, sé lo que quieres decir. Pero seguro que alguno ahí. Los armarios existen en todas partes y hay gente que está muy calentita al fondo con las mantas. Lo que no quiere decir que le gusten menos las pollas que a las locas conocidas.

—Yo no conozco ninguno —Respondió Antonio con cierta seguridad, pese a que no había entendido demasiado que tenían que ver con el mariconeo  con  las mantas y los armarios.

—¿Tú estudiabas en el Almudeine?

—Sí, ¿por?

—¿Conoces a un tal Agapito Ayala?

—Sí.

—Pues ese tío es de los míos.

Antonio se quedó un poco extrañado, Aga era bastante raro, pero de ahí a que le gustaran los rabos, había un mundo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque vino dos o tres veces a que le diera un masaje y por la forma de comportarse y tal, me di cuenta que el muchacho era viandante de mi acera.

—¡Sí!, por tres ratitos que estuviste con él ya te diste cuenta de que era marica. ¿Hizo algo fuera de lo normal o qué?

—No hizo nada, pero los gay tenemos un sexto sentido para saber quiénes culea de estribor y quién no.

Pa ti la perra gorda.

Pese a que le hizo creer a Carlitos que no se creía para nada su disparatada teoría. La idea de que Agapito fuera homosexual no se le quitaba de la cabeza y  despertó una curiosidad de lo más enfermiza en él.

Las semanas siguientes a la conversación con el alcalareño, cuando se cruzaba con Agapito por los pasillos,  lo observaba detenidamente. Sus ademanes no tenían ningún vestigio de feminidad, ni parecía tener ningún interés por las personas de su mismo sexo. Aunque en una ocasión, cuando el Pajarito creía que no estaba pendiente de él, se percató de que le había mirado disimuladamente el paquete.

La idea de poder encular al hijo de una de las familias de riquitos del pueblo, le daba mucho morbo. En su afán de averiguar si el chaval “culeaba de estribor” o no, comenzó a espiar al estrambótico chaval de un modo que rozaba el acoso.

 La semana previa a que Carlitos se fuera con su novio, intentó pillarlo en los vestuarios y comprobar que,  aunque  fuera de manera tímida, si  se quedaba mirando la churra de alguno de su  compañeros. Pero esto no pasó  porque no coincidió con él.  

Había ignorado tanto aquel chaval, que no había caído en la cuenta de que no se duchaba con sus compañeros. Se quedaba rezagado  siempre y esperaba a que todo el mundo se marchara para entrar a ducharse.

Desde que supo que en la misma semana que Carlitos estaría en Madrid, tendría la casa de su abuela a su entera disposición, una perversa idea comenzó a pasear por su cabeza.  Si al Pajarito le iban los ciruelos iba a probar el suyo a base de bien.

Aprovecharía después de la clase de Gimnasia,  para intentar seducir a Aga en las duchas  y montárselo con él en casa de su abuela.  Un riesgo que no le importaba correr con tal de no prescindir durante siete largos días de  su ración de culo apretadito.

En caso de que, como suponía, Carlitos estuviera equivocado. Con decirle a Agapito que era una broma entre colegas, la cosa no tendría más trascendencia, ni habría que dar más explicaciones ¿Quién sospecharía que a un tío como él le pudieran ir los maricas? Tampoco es que la gente del Instituto fuera  a dar mucha validez a la palabra de un chaval que todo el mundo ninguneaba.

En el caso hipotético que el chaval  terminara cayendo en sus redes, había preparado toda la parafernalia para echar un buen polvo . Una toalla para tenderla en la cama o en el sofá, crema de las manos para que sirviera de lubricante y hasta se había agenciado un par de condones. Aunque esto último no lo utilizaría al no ser que Aga se negara en redondo a que se la metiera sin ponérselo.

 « Con Carlitos siempre follo a pelo y nunca me ha pasao na, ¿por qué me va a pasar con el pringao este?», fue el argumento que se dio.   

A pesar de su aparente seguridad, cuando entro en los vestuarios y encontró al Pajarito cambiándose, los nervios lo reconcomían por dentro. Nunca había hecho nada parecido y, aunque el masajista llevara razón, no sabía  si el muchacho habría cruzado ya la acera o seguía virgen todavía.

Ser él quien, para variar, fuera el más experimentado, le daba un tremendo morbo. Se le pasó por la cabeza la idea de estrenar el culito del rarito y tuvo una erección.

Le bastaron un par de bromas para metérselo  en el saco. Para su sorpresa, Aga no era la primera polla que se comía. Ya en casa de su abuela, comprobó que tampoco era la primera vez que su culo se tragaba una zanahoria, aunque por lo que llegó a sospechar, no tan grande como la suya.

Una enorme curiosidad por saber quién se lo estaba montando con él, le reconcomía por dentro. Tanto que estuvo tentado de preguntárselo, sin embargo, como  no quería que él hiciera lo mismo e indagara en su relación con Carlitos, se quedó en la ignorancia.

Tenía que reconocer que el hijo de los Ayala estaba hecho una puta de marca mayor.  La chupaba como un experto y su culo era de lo más tragón.  A diferencia de con Carlitos, quien había llevado la batuta todo el momento había sido él y le encantó.

Tuvo la sensación de haber echado uno de los mejores polvos de su vida con él, pero no repetiría. Era demasiado arriesgado. En el pueblo había más cotillas que tomates.  Gente sin vida propia que su único hobby era inmiscuirse en la vida de los demás, como si fuera un derecho adquirido.

Mientras se ponía los slips no pudo evitar acordarse  de su novia, Fany y  se dijo que era un cabronazo con ella. ¿Cómo si no hubiera soportado bastante ya con la historia de la Debo y la Vane?  ¿Qué haría si se enteraba que se había follado al friki del Pajarito?

—¡Vístete rapidito que vamos que nos vamos! —El tono en el que se dirigió a Agapito fue bastante grosero. Pagando su enfado con él.

Durante unos segundos se repitió a sí mismo que el Pajarito había sido el culpable de que hubieran tenido sexo. Que si él no se hubiera prestado a ello no habría engañado a su novia. Pero era poco de mentirse a sí mismo.

Tenía claro que aquel chaval tenía tanto que perder como él si se alguien se enteraba de  lo que habían compartido entre aquellas cuatro paredes. Aun así, la posibilidad de que Fany se enterara de algo lo aterrorizo y sus inseguridades se apoderaron de sus actos.

 Al despedirse de él, en vez de las consabidas frases de lo bien que lo habían pasado y que tendrían que repetir, las palabras que salieron de su boca fueron bien distintas.

—Como se te ocurra contarle esto a alguien, te parto la crisma.

Aquel cambio de actitud sorprendió al Pajarito quien, con el terror pintado en su rostro, se limitó a decir.

—No, no… tenlo por seguro. 

Volvió a sentirse mal consigo mismo, aquel chico bastante aguantaba en el Instituto para que tener que soportar sus mierdas. Aun así, no se disculpó.

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