Un pelirrojo muy empotrador (Nueva versión mejorada)

Abril de 1998

Iván

… La saqué y la volví a meter de un solo  golpe, hasta que mi pubis chocó con su perineo. El único sonido que se escuchaba en  la habitación, aparte de mi agitada respiración,  era el “plop plop” de mis huevos haciendo de tope contra su culo. Agapito, por su parte,  se limitaba a gemir lo más bajito que podía. ¡Me ponía como una moto que fuera tan sumiso y complaciente!

Su mojino se abría al paso de mi churra y lo apretaba cuando estaba completamente en su interior. Estaba tan a gusto con el calvo cabezón dentro de su  caliente agujerito, que no quería dejarlo salir. Daba la sensación, por la forma de contraerlo y dilatarlo, que su ojete tuviera vida propia.

El gusto que me daba no se parecía en nada a algo que  hubiera experimentado antes. Follarse un culo no tenía comparación con que meterla por un coño y mucho mejor que te la mamaran. Disfrutaba tanto que estaba todo el tiempo a pique de un repique y tenía que hacer un esfuerzo enorme por no correrme.

La fricción de mi cipote contra las paredes de su esfínter me tenía completamente embelesado, nunca pensé que follarme al empollón de la clase me podría gustar tanto. Pues, por mucho coraje que me diera, ya no precisaba imaginarme que estaba con una piba para ponerme cachondo. Me la ponía dura aquel culo redondo, durito y tragón que hasta había llegado a ser la inspiración de alguna que otra paja.

El vaivén de mis caderas contra sus nalgas era  tan enérgico que  su cuerpo  rebotaba delante de mí con tanta fuerza que parecía que, en lugar de meterle yo mi verga por el culo, era su ojete el que se lo tragaba. Apreté mis manos contra su zona lumbar y empujé hasta que la mata de pelo negra de mi pubis hizo de tope.

Me dio la sensación de que el recto de Agapito se agrandaba por momentos. Morbosamente deje  unos segundos mi calvo cabezón fuera y observé el orificio de su enrojecido ano, se quedó abierto brevemente con un ancho parecido al de una moneda.

Antes de que se volviera a cerrar se la volví encasquetar con fuerza. A pesar de la práctica y lo acostumbrado que lo tenía a comerse buenas zanahorias, aquella brutalidad le debió doler un poquillo pues soltó algún que otro quejido sordo. ¡Cómo me ponía hacerlo sufrir un poquito y que gimiera como la putita que era!

Me tenía tan salido que clavé mis dedos en su cintura  y volví a empujar con todas mis fuerzas, como si todavía cupiera alguna porción más de mi rabo en el interior de aquel agujerillo, tan estrecho y caliente. Sentir como la punta de mi polla se deslizaba hasta el fondo de su recto, me tenía con las pulsaciones disparadas y en mi mente solo había espacio para una cosa: seguir follando como un poseso.

Pese a que quería retrasar el momento de eyacular lo máximo posible, para disfrutar cuanto más mejor. Mis deseos de vicio eran muy grandes y mi capacidad por aplazar el orgasmo muy pequeña. Es lo que tiene la inexperiencia de los dieciocho años, más fuerza que maña.

Cada segundo que pasaba estaba más cachondo y, pese a quería que aquello no se acabara nunca, era incapaz de contener el semen en el interior de mis huevos. Un par de brutales sacudidas más y no pude evitar decir:

—¡Me cooorrooo!

Durante un momento me olvidé de donde estaba, para después ser consciente de que me encontraba  en el dormitorio del Pajarito, un lugar que había visitado todos y cada uno de los tres últimos días con la única intención de follármelo.

En todas las ocasiones el ritual había sido el mismo. Subíamos a su cuarto a hurtadillas. Me mamaba la polla hasta que le daba el biberón y después le llenaba el culo con la segunda ración de leche. Algo que era netamente simbólico, pues siempre practicábamos el sexo seguro.

Esperé que la apabullante sensación de gusto me abandonara para quitarme el condón. Lo eché en una papelera que Agapito tenía al lado de la cama y, tras mirar el reloj, dije:

—¡Coño, qué tarde que es! En quince minutos he quedado con Daniel.

El Pajarito se recostó en la cama, como siempre que se la metía, seguía con la polla dura y con la cabeza babeante de líquido pre seminal. A pesar de que no era su herramienta de trabajo a la hora de chingar, tenía un rabo de dimensiones bastante respetable.

A decir verdad, en más de una ocasión me hubiera gustado pajearlo mientras me lo follaba y que se corriera con mi calvo cabezón dentro. Pero no sé por qué extraño juego de roles, nunca lo hice. Seguramente sería porque pensara que metérsela hasta los huevos no era de maricones y tocarle el rabo sí. 

Nunca supe si tras irme yo se la meneaba o se daba por satisfecho con que yo me corriera. A pesar de que entre los dos había bastante complicidad y nos enrollábamos de puta madre, no había confianza entre los dos. Nos callábamos más de lo que decíamos.

Con una sonrisa traviesa en su rostro, observaba complacido como me vestía apresuradamente.  Él tío, a pesar de sus rarezas y sus aires de grandeza, no me caía mal. Así que le solté una patochada de las mías, para compensar lo de marcharme a la carrera:

—El servicio de polvo Express se despide hasta la próxima conexión —Le guiñé un ojo y terminándome de componer la ropa, le dije —He quedado con nuestro querido compañero a las seis menos cuarto en la puerta del Ayuntamiento… Nos vemos en un rato.

Agapito

Ver salir apresuradamente a Iván  de su cuarto , lo dejó un poco desangelado. No es que esperara que le diera un beso de despedida ni nada, pero la  sensación de ser un  pañuelo usado no era agradable. Sin embargo le quedaba el consuelo de que a partir de aquellos días, dejaría de ser invisible en los pasillos del instituto para él.

Estaba acostumbrado a que los tíos  con los que solía  follar, después de correrse lo ignoraran por completo. Cuando se lo montaba  con Antonio Manuel, Esteban o Cristóbal, tres de los muchos  obreros de su padre, era terminar de correrse, se vestían y se marchaban deprisa, como si el mundo se les cayera encima por lo que acababan de hacer. 

Básicamente toda su experiencia sexual se limitaba casi exclusivamente a su vivencias con aquellos hombres, unos individuos toscos y falto de modales a los que, por muchas excusas que ellos se dieran, les volvía loco hacer guarradas con él.

Con ellos se inició en el arte de mamar nabos  y Antonio Manuel, su preferido, fue el encargado de desvirgarlo analmente. Ese mismo día, como si fuera una especie de  prueba de fraternidad universitaria, su  culo fue profanado  a base de bien  por la polla de los otros dos. Sin embargo, como si enrollarse  con el más joven de los trabajadores tuviera una especie de halo de romanticismo,  le gustaba aferrarse a que la primera vez fue la mejor y más especial.  

Todo comenzó un año atrás, cuando estaba a punto de cumplir los dieciocho años y, como si fuera un paso más que tuviera que dar en busca de su madurez, descubrió que le atraían las personas de su mismo sexo.

El pistoletazo de salida fue cuando Antonio Manuel, comenzó a trabajar en las dependencias de la casa.

El chaval, a pesar de su juventud, era bastante más espabilado que el resto de la cuadrilla que trabajaba en el campo y estaba hecho todo un manitas. Algo que no era de extrañar pues desde que tenía uso de razón había ayudado a su padre con las reparaciones de la casa y a los quince años había trabajado en oficios tan variados como la albañilería, carpintería o fontanería.

Aquellos méritos le valieron para que el Sr Ayala se fijara en él para que llevara el mantenimiento tanto del caserón donde vivía, como de las viviendas limítrofes al edificio principal. Unas dependencias  que en los momentos de mayor esplendor de la familia sirvieron para hospedar al personal de servicio, pero que ahora, que únicamente contaban con  una mujer que se encargaba de las tareas caseras durante el día, se utilizaba para las visitas.

El veinteañero no solo era listo, simpático  y educado, sino que  lucía un aspecto fornido, que destilaba masculinidad por los cinco costados. Estaba en la edad intermedia donde había dejado la adolescencia atrás, pero  tampoco era un hombre al cien por cien. Ese momento de la vida  en que la inocencia iba empequeñeciendo cada día un poco más   y la desconfianza ante cualquier cosa diferente  asomaba las orejas.

Era  bastante alto, con unos ojos azules que reinaban sobre un rostro bastante agraciado y poseía un cuerpo musculado propio del trabajo físico que realizaba cada día. Si a todos aquellos rasgos que se encargaban de resaltar su virilidad, se le sumaba la testosterona que rezumaba en cada uno de sus actos,  no fue extraño que los ojos del tímido Agapito lo recorrieran de los pies a la cabeza en más de una ocasión.

Para terminar de alimentar las descontroladas hormonas del muchacho, el obrero acostumbraba a ponerse unos uniformes de trabajo bastante ceñido. Sus marcados pectorales, sus brazos anchos y, sobre todo, la protuberancia que se marcaba bajo la bragueta de su pantalón se convirtieron en alimento para una pequeña obsesión.

Al principio Agapito su curiosidad la intentaba disfrazar como admiración. Sin  embargo, el día que mientras se masturbaba la imagen de sus carnosos labios y de su abultado paquete fueron las musas de su eyaculación, dejó de mentirse y comenzó a considerar que existía muchas posibilidades de que le gustaran los rabos.

Unas cuantas pajas más  con  Antonio Manuel siendo  el protagonista de sus fantasías, fueron suficiente para que tuviera claro cuales sus preferencias sexuales. Su homosexualidad no era producto de la confusión propia de la juventud y, por la fuerza con la que irrumpió, había venido para quedarse.

Hijo único y con unos padres bastante conservadores, la única persona que tenía para compartir aquel tipo de confidencias era su prima Nurieta. Una chica bastante pizpireta, fruto del matrimonio del hermano de su padre con una valenciana de pasado bastante dudoso.  

A su madre no le caía nada bien y, cuando no estaba su marido delante, la trataba con cierto desprecio. Sin embargo, como era la única sobrina por parte de los Ayala, tenía que tragarse sus desaires y soportarla cada vez que la muchacha decidía pasar unos días en la finca. Algo que hacía de vez en cuando pues se llevaba estupendamente con Agapito.

Una de las veces que Nurieta necesitó alejarse de las constantes discusiones sin sentido de sus padres  y  se vino a pasar unos días a su casa, fue la ocasión ideal para compartir con ella su secreto.   En cuanto estuvieron lejos de la vigilancia paterna, decidió contárselo.

Aunque sabía que no lo juzgaría y que lo apoyaría en todo, le daba un poco de corte contárselo a las bravas, por lo que decidió irse un poco por las ramas para allanar el terreno.

—¿Qué piensas de los gay?

—Nada en especial. Los habrá buenas personas y malas personas, como todos. Hay un par de ellos en mi insti y con uno de ellos me llevo genial. ¿Por qué te interesa conocer mi opinión sobre los gay? ¿Has conocido alguno?

Agapito movió la cabeza en señal afirmativa.

—¿A quién? ¿Lo conozco yo? —Preguntó intrigada su prima.

—Creo que sí —Al chaval le costaba que la voz le saliera de la garganta, —. Soy yo.

La muchacha puso cara de sorpresa para, a continuación, decirle:

—¡Anda, ya! Tú te estás quedando conmigo, si te gustaran los tíos te habrías dado cuenta mucho antes.  Eso lo llevas en la masa de la sangre  desde chiquitito… ¡Tío que tienes dieciocho años!

El gesto serio de su primo le dejó claro a la introvertida chica que no había lugar a broma ninguna. El adolescente no tuvo que decir más nada para que ella comprendiera que no lo estaba pasando nada de bien. Aun así, intentó frivolizar con ello para que aceptara su  tendencia sexual de la mejor manera.

—¿Quién ha sido  el afortunado? —Preguntó suponiendo que el descubrimiento llevaba aparejado una relación sexual.

—¿Afortunado? Ni me hace caso, ni me lo va a hacer.

Nurieta cada vez entendía menos a su primo. Daba la sensación de que no había ordenado sus pensamientos antes de hacerle aquella confesión tan trascendental, pues estaba siendo de lo más desordenado y enigmático.

Quería mucho a aquel muchacho y sabía que, con los padres que tenía, se le venía encima un infierno en vida, por lo que decidió darle su tiempo para que hablara. En vez de hacerle una pregunta dicharachera de las suyas, abogó a la tremenda complicidad que existía entre ellos  y aguardó a que Agapito se tomara su tiempo.

—No he follado con nadie—Hizo una pausa leve, carraspeó un poco y continuo aclarando las dudas de su prima —Se trata de Antonio Manuel… Verlo con esas camisas tan pegadas y esos pantalones tan ajustados… ¡Uff, el culo y el paquete que le marcan! ¡Me tiene malísisimo!

—No tienes mal gusto —Dijo Nurieta haciendo un mohín de agrado —. El tío está bueno para reventar. ¿Te gustaría tirártelo?

—Sí, pero a ese solo le van los chochitos.

—¿Y qué te parece si me lo ligo y lo compartimos? Estaría guay.

La idea le parecía una locura, pero le daba un morbo tan tremendo que  se dejó engatusar. Tampoco confiaba mucho en que su prima, por muy buenas tetas que tuviera, se pudiera ligar a un chico aparentemente tan formal como Antonio Manuel. El muchacho tenía una novia muy guapa y estaba haciendo planes para casarse. Por lo que supuso que Nurieta no tendría éxito y quedaría todo en una especie de travesura con la que echarían unas risas.  

Sin embargo no podía estar más equivocado en su predicción, la voluptuosa muchacha supo llamar la atención del joven trabajador.  Tras granjearse su simpatía, coqueteaba con él a la más mínima ocasión y parecía estar encantado de ello. Por lo que Agapito dedujo que no estaría tan enamorado de su chica, como presumía.

Aquella tarde , aprovechando que sus tíos  se encontraban  fuera y él único que permanecía con ellos en la casa era  Antonio Manuel, se puso manos a la obra con  su alocado plan.

Tras ponerse la ropa que menos lugar dejaba para la imaginación,  los pantaloncitos más pequeños que tenía y una camiseta blanca que marcaba sus enormes tetas de la manera más descarada, fue en su búsqueda.

Tras localizar las dependencias en las que el fornido obrero se hallaba  trabajando,  avisó a su primo para que estuviera al quite.

—Cuando lo tenga como una moto, me pondrá a cantar por Madonna.

—¿Qué canción?

—Yo que sé, pavo. “Like a virgin”, mismo —Le dijo con cierta guasa —. Cuando me escuches cantar, es que está  la cosa a punto de caramelo. Caliente como una perra y con  el nabo mirando pal techo, le va a dar igual que sea tu boca o la mía la que se la chupe.

Agapito veía el plan de su prima de lo más disparatado, pero no la contrarió lo más mínimo. Lo peor que podía pasar es que Antonio Manuel le dijera que no y, dado que tenía planeado chantajearlo, sabía que, por la cuenta que le traería,  no contaría nada de lo sucedido a nadie. Tenía mucho que ganar y  nada que perder, como mucho que  el chaval lo mirara como un apestado a partir de entonces.

Nurieta se adentró en el salón de una de las casas que en otro tiempo fuera las viviendas del servicio.  El muchacho estaba arreglando unas ventanas de madera a las que la carcoma había destrozado su marco. Hacia tanta calor que solo tenía puesto  una  transpirada camiseta de tirantes y un pantalón corto que se marcaba a sus piernas como una segunda piel.

—Hola, A.M. —Lo saludo la chica contoneando su voluptuosidades de la forma más sensual. Había que ser muy idiota para no darse cuenta de que había ido allí en busca de jarana.  

—Hola, Nurieta —Sonrió el muchacho, quien no mostró apenas sorpresa por la inesperada visita.

Como una especie de cortesía hacia la recién llegada, abandonó la tarea que estaba realizando  y aprovechó la pequeña pausa para echar un trago del botijo.

Un chorro de agua cayó sobre la sudada camiseta, empapando  su pecho, su abdomen y desembocando en su entrepierna. Sobre su pelvis se marcó un cerco de humedad que delimitaba la zona de sus genitales de un modo de lo más apetecible.

—Tenía la garganta seca —Se excusó limpiándose las manos en la parte trasera del pantalón.   

Paradójicamente, la prima de Agapito  se había ofrecido a tener sexo con aquel tipo para hacerle un favor a su primo. Al fin y al cabo una polla más o menos en su curriculúm no le iba mejorar  la mala reputación que se había ganado.  Sin embargo,  la posibilidad de  montárselo con aquel moreno de ojos azules que expelía testosterona por los cuatro costados,  la tenía enormemente cachonda.

Fue acercándose hacía él muy despacio.  Una maestra en las artes de la seducción era consciente de su poder sobre el sexo masculino y, contoneando su cuerpo como una gata en celo, inició su particular danza de apareamiento.

Antonio Manuel, abandonando su aparente timidez, envolvió su paquete con la palma de la mano de un modo de lo más soez.  Un  gesto tosco que era toda una declaración de intenciones con el que dejaba claro que no tenía ningún problema en darle lo que la sensual muchacha le estaba pidiendo a gritos. A solas como estaban,  no tenía porque seguir disimulando la fuerte atracción que ejercía sobre él.  

Sabía que su jefe y su mujer estaban fuera, por lo que el único impedimento  para follar como un descosido con aquel monumento de mujer, era el rarito del hijo de los Ayala. Sin filtro de ningún tipo, preguntó por él.

—¿Dónde está  tu primo?

—Ese, estudiando. Así que no te preocupes por él. Cuando se encierra en su cuarto se concentra tanto en los libros que puede salir la casa ardiendo y ni se cosca  —Le respondió mientras anudaba sus brazos alrededor del cuello para besarlo a continuación.

Mientras sus lenguas danzaban apasionadamente, Nurieta acercó su pelvis a la entrepierna del obrero y, tal como sospechaba, ya tenía el cipote duro como una roca

Tras el beso, por aquello de alimentar su ego, dejó que fuera el hombre quien tomara la iniciativa.  Unos cuantos torpes sobeteos de sus tetas y su culo, fueron suficiente para que el tosco individuo se sacara la polla.

Tal como suponía, el muchacho estaba bien dotado. Su miembro viril  era  bastante largo, pero no demasiado ancho. Una cabeza sin circuncidad y con forma de champiñón reinaba sobre un tronco hinchado al que recorría una amplia vena morada.

Sin pensárselo ni un segundo, la pizpireta muchacha alargó su mano hacia el vibrante cincel y lo comenzó a masturbar. Estaba  caliente y era agradable al tacto,  sin dejar de acariciarlo poso la yema de uno de sus dedos sobre el brillante glande que rezumaba unas gotas de liquido pre seminal. 

Durante unos segundos jugó a recorrer con sus dedos la cabeza del vibrante sable. Unos quejidos secos por parte de Manuel, le bastaron para saber que aquella polla estaba pidiendo una buena mamada.

Se agachó ante él  y le dio dos besos en la punta. A continuación, la pajeó durante unos segundos y le escupió en el glande. Mientras le daba placer con la mano, cogió el erecto miembro viril como si fuera un micrófono y comenzó a cantar.

♫♫Like a virgin
Touched for the very first time♫♫

—¿Qué haces loca?—Le recriminó bastante enfadado —Tu primo nos puede oír.

No había terminado el viril joven de pronunciar la última frase cuando el desgarbado hijo del dueño de la casa apareció en la entrada de la vivienda. No dijo nada, simplemente se quedó absorto contemplando  la imagen de su prima agachada ante el hombre que despertaba sus más oscuros deseos.

Por primera vez, contemplo su cipote y no quedó defraudado en lo más mínimo. Sin reparos de ningún tipo, se relamió complacido y sonrió maliciosamente.

Pese a que estaba nervioso como un flan, intentó hacer ver que tenía la situación bajo control. Su primera reacción fue cerrar por dentro la puerta de la estancia de los invitados. Tras cerciorarse de que estaba bien atrancada, dirigió sus pasos, con cierta indecisión, hacia la pareja que tenía frente a ellos.

Le dedicó la primera mirada a Nurieta que seguía pajeando la polla del muchacho para que no perdiera vigor, pero sin éxito. Antonio Manuel estaba tan impactado por su presencia que se había quedado como  petrificado en el tiempo.

El hijo de los Ayala, a pesar de su nula experiencia sexual y de  la fuerte atracción que sentía por el muchacho,  no podía evitar tratarlo  con cierto desdén.  Lo veía simplemente como alguien con quien desahogarse y la empatía que sentía hacia él era nula.

Su prima le hizo un gesto para que se agachara junto a ella y, una vez lo hizo, le ofreció la semi flácida polla para que la mamara. Ni siquiera tuvo en cuenta la opinión del joven obrero quien se debatía entre el pánico por perder su trabajo y el asco porque un tío se la chupara.

Agapito estaba deseando metérsela en la boca, pero, como si le diera algo de reparo hacerlo,  la olisqueó previamente. El penetrante olor  que desprendía lo puso cachondo al momento y, sin pensárselo, la devoró como si no hubiera un mañana. Al no estar en su total plenitud, se la pudo tragar entera.  

Al encargado del mantenimiento le repugnaba que un marica le mamara el nabo e  hizo amago de sacársela. Nurieta que se percató al segundo de sus intenciones, le hizo un  gesto imperante para que no se moviera, dejándole claro que lo de no permitir que su primo disfrutara de  su verga no  era una opción.

Era el primer nabo saboreaba, pero, como sospechaba, no le desagradó lo más mínimo. Desde el segundo uno, notó como un escalofrío nervioso lo recorría de arriba abajo y la morbosa percepción  de estar haciendo algo prohibido lo invadió. Por primera vez en su vida, tenía la sensación de estar haciendo lo que él realmente quería.

Disfrutaba como un enano, no obstante que no estuviera tieso del todo le cortaba un poco el rollo. Pero conforme su boca fue envolviéndolo con sus babas, el hermoso miembro viril fue aumentando de tamaño y dureza.  

En el momento que notó que había alcanzado su tamaño máximo, se la sacó de la boca y la contempló absorto. Tener tan cerca aquello que tanto había deseado lo tenía como en una nube. Lo pajeó durante unos segundos y, tras buscar la complicidad de su prima, levantó la mirada en busca del hermoso rostro del obrero.

Permanecía con los ojos cerrados, como si quisiera ignorar que quien le proporcionaba placer era un hombre y no una mujer. Aquello incomodo levemente a Agapito que estuvo tentado de retirarse, pues consideraba aquello una especie de desprecio.

Nurieta se percató de la contrariedad que había sufrido su primo, por lo que se levantó y se puso a acariciar el sudado tórax de Antonio Manuel. Se echó sobre su espalda y, con una voz de lo más sensual, le preguntó:

—¿Te gusta cómo te la mama mi primito?

Al muchacho las emociones que sentía lo superaban. Por un lado no le gustaba que el hijo de su patrón le comiera el rabo, por otro nunca había gozado tanto. Tras unos segundos de silencio, como si buscara la respuesta correcta en su interior,  contestó entre quejidos:

—Sí, lo hace muy bien.

—Pues díselo. Verás cómo te la chupa  con más ganas.

—La mama muy bien el señorito —Dijo con una voz que desprendía sumisión por los cuatro costados, sin perder un ápice de su virilidad.  

Agapito, a pesar de que era su primera polla, parecía haber nacido para hacer gozar a los hombres con su boca. Ni rozó siquiera con sus dientes el erecto sable de carne y el joven trabajador de su padre disfrutó como nunca ante lo había hecho.

Como Nurieta no estaba dispuesta a quedarse a dos velas. El fin de fiesta no fue otro que follarse a Nurieta. A pelo, porque no tenían condón.  Aunque la muchacha decía que tomaba la píldora, prefirió  no correr riesgo y le echó la leche en la boca a Agapito.

Quedaron tan complacidos  con aquella primera experiencia del trío que procuraron  repetirla  siempre que los señores no estaban en la casa. Ocasión que era de lo más habitual.

Habían ganado tanta confianza en sus encuentros furtivos que descuidaron un poco la seguridad, por lo que no fue de extrañar que terminaran siendo  pillados por dos de los trabajadores de la finca:   Cristóbal, el capataz , y Esteban,  uno de sus hombres de confianza.

A partir de aquel día sus encuentros fueron más discretos y en vez de tres, fueron cinco los que  se reunieron para dar rienda suelta libremente a sus instintos más oscuros.

Durante casi dos años, los dos adolescentes probaron todas las variedades sexuales y siempre que su prima podía venir para la casa organizaban unas bacanales de lo más guarras.

Sin embargo, desde que Antonio Manuel concluyó  las reparaciones de la casa y volvió al campo, aquellas reuniones se volvieron más escasas. Tampoco ayudaba que Nurieta pensara que había conocido al hombre de su vida y era el momento de volverse decente. Por lo que no podía estar follando por ahí con todo tío que se le pusiera a tiro.

Hacía ya tres meses que no había tenido la ocasión de estar con ninguno de los tres y echaba de menos tanto  el sabor de sus pollas, como que se la clavaran  hasta correrse.

Era consecuente con que había corrido un enorme riesgo al ponerle la mano en la rodilla a Iván y que podría haber acabado, en vez de con su nabo en la boca, recogiendo los dientes por el suelo.

Había intuido, por lo caliente que iba siempre, que formaba parte del amplio grupo  de los que no le hacía asco a una buena boca, ni a un buen culo. Sin embargo, conocía bien los perjuicios de la gante del pueblo y  no las tenía toda consigo.

Aunque en un principio lo de echar un polvo con él formaba parte de un retorcido plan, terminó descubriendo  que aquel chaval tosco y sin modales era todo un semental en la cama.

Ayudaba mucho a su buen hacer  que se pudiera correr más de una vez. Nunca había estado con nadie que después de echarle toda la leche  en la boca, le quedaran ganas de cabalgarlo  con la energía que lo hacía aquel muchacho.

Sin embargo, por mucho que le agradara aquellas sesiones de dobles polvos, lo que más le interesaba de Iván era su galopante indiscreción para según que cosas. Era consecuente que, después de lo sucedido en Navidad, no se iría de la lengua con nadie que no fuera de su absoluta confianza. De hecho, se negó a que participara Daniel. Cosa que le jodió un poco, porque estaba acostumbrado a tener como mínimo dos pollas para él solo.

Contaba que, como el buen bocazas de marca mayor que era, fardara de sus encuentros con alguien y quien mejor para confesárselo que su mejor amigo, Antonio.  ¿Le diría el pelirrojo cuando se lo contara que ya había estado con él o se haría el nuevo y únicamente le pediría poder unirse a la fiesta?

Fuera lo que fuera, había muchas probabilidades de que los dos amigos terminaran teniendo un trío con él.  Fue pensar en  esa posibilidad   y notó como se iba poniendo cachondo por momentos.

Únicamente había  estado una vez con el amigo de Iván, pero aquel botón de muestra  fue suficiente para tener claro que aquel chaval era todo un macho empotrador. No había disfrutado nunca con nadie tanto como con él. El tío poseía  una polla descomunal y sabía cómo proporcionar placer con ella.  Si a eso se le añadía que era un vicioso  de tomo y lomo, no era extraño que Agapito considerara el polvo con él de los mejores que había echado en su puñetera vida.

El hijo de los Ayala, por aquello de mantener el buen nombre de la familia, nunca había sacado los pies del plato fuera de la Finca. Por los que sus escarceos sexuales se habían restringido a  los tres obreros de su padre.

Unos individuos de los que no le preocupaba cometieran ninguna indiscreción. Era de la firme convicción de que para ellos pesaba mucho  más poder seguir llevando un  buen salario a su casa, que las ganas de sacar los trapos sucios del heredero de la familia que los empleaba.  

Quizás porque tenía sus necesidades sexuales cubiertas, quizás porque temía una reacción violenta por parte de ellos, el muchacho nunca había intentado un acercamiento sexual a ninguno de sus compañeros de Instituto. Pese a que había unos cuantos que despertaban su libido, él siempre había sabido nadar y guardar la ropa.

Entre aquellos  a los que no le importaría pegarle una buena mamada y ponerle el culo, se encontraba Antonio, un pelirrojo atlético que estudiaba la rama de Electricidad y con quien se cruzaba de vez en cuando por los pasillos.

Debido  al tiempo que  llevaba  en el dique seco, los deseos que aquel viril chico despertaba en su interior, cada vez eran más irrefrenables. 

Lo que más le ponía de él era  su  planta de machito y unos preciosos ojos verdes que lo tenían completamente encandilado. Otro punto  a su favor era  que tampoco disfrutaba  burlándose de él y era de los pocos que usaba su nombre para dirigirse a él. Lo llamaba Aga.

Una amabilidad inconsciente que conseguía que el muchacho  llegara a elucubrar con granjearse su amistad y poder  tener sexo con él. Una fantasía que lo había acompañado algunas mañanas en la ducha, en su mejor momento del día.

No obstante le daba tanto pánico la simple idea de que aquel chico lo rechazara y su secreto  fuera conocido por todos, que nunca promovió un acercamiento que fuera más allá de un hola o de un adiós en la cafetería o durante los cambios de clase.

Sin embargo, pese a que parecía que había  muy pocas probabilidades  de que Agapito  pudiera  llegar a probar las mieles placer con Antonio, eran polos opuestos que estaban predestinados a encontrarse.   

A pesar de su juventud, habían descubierto que les  gustaba compartir su cuerpo con personas de su mismo sexo. Al Pajarito le encantaba comerse una polla y que lo penetraran, a Antonio le volvía loco que se la chuparan y meterla en un culito estrecho hasta reventarlo.

No era descabellado pensar que más pronto que tarde, confluirían las circunstancias idóneas para que los dos chavales comprobaran en primera persona que sus apetencias sexuales se compenetraban a la perfección.

Sucedió dos meses atrás. A finales de febrero y de la forma más casual.

Aquella tarde, como siempre  que tenían clase de gimnasia, Agapito se había quedado rezagado a la hora de la ducha y esperaba que los demás compañeros salieran para entrar. No sabía que le daba más pánico, si el hecho de que se burlaran de su físico o que deslizara la mirada a la entrepierna de algún compañero y alguno terminara descubriendo su tremenda predilección por las pollas.

Una vez se cercioró  que el último de ellos se había marchado, accedió a los vestuarios con la intención de ducharse. No había terminado de quitarse la ropa deportiva cuando, inesperadamente, entro Antonio en los vestuarios. Como venía con la ropa de deporte puesta, intuyó que iba a hacer lo mismo que él.

—¿Qué pasa, Aga? —Le dijo de modo impersonal, a la vez que se sentaba en el banco frente al suyo.

No sabía si fue premeditado o no. Se había colocado con las piernas entreabiertas de manera que era toda una tentación mirar hacia los huecos de la pernera de sus pantalones de deporte, pues daba la sensación que en cualquier momento los huevos se iban a asomar por ello.

—Aquí —Le respondió sin demasiado énfasis e intentando no sucumbir a la tentación de mirar dónde no debía.

El Pajarito  se encontraba en calzoncillos, estuvo tentado de ponerse la ropa  y largarse sin siquiera refrescarse. Sin embargo, dos razones de peso hicieron que se quedara.

La primera,  quería averiguar si eran ciertos los rumores que se oían,   a raíz de la supuesta orgia de navidad, sobre el  enorme  tamaño del rabo del pelirrojo. La segunda, llevaba un tiempo que no cataba un nabo ni de casualidad. La posibilidad de vérselo,  aunque fuera de refilón, despertó enormemente su libido.

Lo que más miedo le daba en el mundo era que sus padres se enterara de sus inclinaciones sexuales, pero tenía la sensación de que   un demonio perverso se hubiera apoderado de su voluntad  y le obligaba a quedarse allí compartiendo vestuario con el chaval que le había inspirado más de una paja.  

Haciendo alarde de su  característica ímpetu, Antonio se quitó los zapatos, los calcetines y la camiseta, quedándose únicamente con unos  diminutos slips rojos que se marcaban sobre sus genitales como una segunda piel.

Si hubiera existido  la posibilidad remota de que Agapito volviera a sopesar lo de quedarse o marcharse, se difuminó cuando, disimuladamente, descubrió el bulto que se dibujaba bajo la apretada ropa interior.

Sin pensárselo más, dejo aparcado sus miedos y  decidió quedarse a satisfacer su morbosa curiosidad. No tendría otra oportunidad de comprobar si  eran ciertos o no los cotilleos sobre el buen pollón que se gastaba el pelirrojo. Aunque por lo que había visto en el tráiler, la película resultaba de lo más creíble.  

A pesar de su determinación, miles de mariposas bailaban en la boca de su estómago.  Lo último que necesitaba es que aquel bruto se percatara de sus intenciones y le rompiera la boca. Por no decir las consecuencias que tendría aquella abrupta salida del armario para sus más que conservadores y religiosos progenitores.  

Se jugaba mucho, pero la lujuria se había apoderado de su voluntad hasta tal punto que le merecía la pena el riesgo que estaba corriendo.

Por nada en el mundo quería que Antonio sospechara de su intenciones, por lo que hizo un tremendo esfuerzo para ocultar su inquietud. Aparentando hacer algo de lo más banal,  se dirigió con paso firme  hacia las duchas compartidas. Tenía la esperanza de que Antonio   no se colocara demasiado lejos de él y pudiera echar un buen vistazo al bicho de su entrepierna.

No se había terminado de quitar los slips y colgarlos en un gancho situado en un rincón de la pared de azulejos, cuando el pelirrojo se colocó   en la regadera de su lado. Pese a que estaba de espaldas a él, tener  al pelirrojo desnudo a escasos centímetros de él hizo que perdiera los papeles. Sin poderlo remediar, el bote de gel de baño se le resbaló de las manos y terminó chocando con la placa de porcelana.

Mientras se agachaba por él, escuchó que Antonio le decía:

—¡Ten cuidao con esas posturitas, Aga! Ando muy caliente últimamente, me puedo imaginar que tu culo es el  de la Jennifer López y soy capaz de encasquetarla hasta los huevos. El que avisa no es traidor.

Aquel grosero comentario por parte de su compañero le cayó como un jarro de agua fría y no supo que pensar. El pelirrojo nunca se había burlado de él y, si intentaba ligar con él, sus palabras no podían ser más desafortunadas.

Si algo indignaba de manera palmaria a Agapito era que lo trataran como un mero sustituto de una tía. Era sumiso, pero se consideraba hombre ante todo. Los amaneramientos y las plumas, aunque respetaba mucho a quien optara por ser así, no iban con su identidad.

Él había conocido su homosexualidad recientemente. Nunca había sentido una feminidad dormida en su interior  y, salvo que le gustaban los hombres, no tenía ninguna afinidad con las chicas.  Por lo que le molestaba mucho que la gente se confundiera y no supieran ver quien realmente era.

Su experiencia  con tres de los trabajadores de su padre, le había enseñado una cosa,  cuanto más chistes hacia un supuesto machote sobre el mariconeo, más debilidad tenían por los culos masculinos.

Aquella inapropiada broma, estando en compañía de sus colegas, podría servir para echar unas risas, pero estando los dos solos la única razón de ser es que le estaba metiendo cuello.

Su única finalidad al meterse en aquellas duchas había sido la de curiosear sobre si era verdad que gastaba tan buen nabo como se rumoreaba. Sin embargo, los acontecimientos habían dado un giro de ciento ochenta grado y    no descartó un posible acercamiento para ver  que sucedía  allí realmente.

No tenía ni idea de  hasta dónde sería  capaz de llegar Antonio.  La simple posibilidad de tener sexo con un tío de su edad, para variar, hizo que un escalofrío de excitación lo recorriera de arriba abajo.

Lo más lógico hubiera sido que su pene hubiera crecido y le hubiera dejado en evidencia ante su  compañero. Por el contrario, en parte debido al nerviosismo que lo embargaba, su polla permaneció tan encogida como después de una ducha fría.

Con la seguridad que le daba saber que tenía sus  instintos primarios  bajo control, se aventuró a indagar  cuánto de broma o de insinuación habían en las palabras de aquel atractivo joven.

—¡Mucha imaginación veo que le echas tú al tema!

—No te creas —Al decir esto el pelirrojo se dio la vuelta y mostró de manera descarada la parte frontal de su cuerpo a Agapito, quien hasta aquel momento solo había alcanzado a verle la espalda —, tienes un culo redondito de lo más potable. Yo me lo follaba hasta reventarlo.

El shock al verificar que el tamaño del pene de Antonio, a pesar de que estaba en estado de reposo, era tal como aseguraban los cotillas del pueblo lo dejó como petrificado. Si a eso se le añadía la   descarada declaración de las verdaderas intenciones del pelirrojo al darse aquella ducha, no fue extraño que se le volviera a caer el envase del jabón líquido.

En esta ocasión, como si  a las parcas les divirtiera poner en aprietos al pobre muchacho,  fue a parar justo entre los pies de Antonio.

Busco los hermosos ojos verdes de su compañero y halló en ello un mar de complicidad.  Tras cerciorarse con un fugaz reconocimiento  de que de que  no se trataba de una encerrona y que no había nadie aguardando para ver como sucumbía a los encantos del musculoso muchacho, se agacho  muy lentamente a  recogerlo.

Pese a que había una determinación firme en sus actos, envolvió estos de cierta torpeza.  Parecía que pretendiera aumentar el deseo,   haciéndole creer a su compañero que era un  adolescente cándido que iba a caer rendido  ante sus encantos en el momento en que tuviera la majestuosa verga frente a su rostro.

En cuanto  estuvo de cuclillas ante aquel armario de testosterona, se paró a observar  durante unos intensos segundos su miembro viril.  A  pesar de que simplemente empezaba a despertar de su letargo, se podía apreciar una gran cabeza y unas venas anchas por todo su tronco. No obstante, lo que más llamó la atención del Pajarito  fue la pigmentación de la piel, a tono con su  rojizo vello púbico.

Levantó la vista suplicante y, antes de que pudiera hacer algún gesto, Antonio blandió su polla como si fuera un guante para retarlo a un duelo y cruzó su rostro con ella.

Como si aquel gesto fuera la señala que estaba esperando,   Agapito acercó  su boca a la dormida churra y, atrapándola suavemente con una mano, envolvió el rojizo capullo con sus labios.  

El pelirrojo al sentir el fuerte calor alrededor de su verga, apretó los dientes y soltó un ahogado suspiro.

Notar como aquel sable de carne se hinchaba de sangre, se endurecía y crecía mientras lo acariciaba con su lengua, lo tenía completamente embelesado. En unos segundos pasó de poder contener aquella bestia sexual en su boca con bastante holgura, a notar una sensación de ahogo. El pulso se le aceleraba, el corazón parecía que quisiera salirse del pecho y la excitación que lo embargaba no tenía parangón.

Olvidándose del indiscreto lugar en el cual se encontraba, comenzó a chupar golosamente el mástil sexual. Sin embargo, los planes del pelirrojo eran bien distintos y así se lo hizo saber.

—¡Qué bien la chupas, cabrón! —Le dijo con bastante  énfasis —¿También te gusta que te la metan?

El Pajarito se quedó un poco sorprendido ante la impertinente pregunta.  Era obvio que no era tan bueno como él creía interpretando su papel de hetero rarito, pues Antonio, que no era ninguna lumbrera, se había dado cuenta.

Ver que su secreto no era tal para alguien de su entorno, lo dejó perplejo. Tanto que tardó unos segundos en reaccionar.

—Sí —Hizo una pausa al hablar y con cierta picardía le preguntó —¿Te gustaría follarme?

—Pues claro.

La firmeza con la que Antonio impregnó sus palabras,  lo dejaron un poco atónito. No esperaba tanta efusividad en aquel chico que, aparte de estar bueno, siempre lo  había considerado tan heterosexual de pura cepa como bruto.  Sopeso durante unos segundos la idea de  ponerle el culo allí mismo  en la ducha y la rechazó casi automáticamente.

—Sí, pero aquí no. Lo tendremos que dejar para otro día.

—¡Qué otro día, ni que niño muerto! ­—Le espetó—¡Dúchate que terminamos la faena en la casa de mi abuela!

—¿Y eso?

—Está de viaje con el IMSERSO y  me ha dejado las llaves para que le riegue las macetas. Así que tenemos la casa para nosotros solos.

Agapito no daba crédito a lo que estaba escuchando. Si en algún momento pensó que lo de que aquel chaval había sido mera casualidad, lo descartó por completo.  Antonio, al igual que él, se había hecho el remolón y había esperado lo mismo que él, que todo los demás chavales se marcharan.

Se sentía como la araña que había tejido la red para su presa, sin haber tenido en cuenta que lo que había querido atrapar  era un ratón y no una mosca.

No dijo nada. Simplemente se limitó a terminar de lavarse, se secó y se vistió  sin decir esta boca es mía. La única conversación que mantuvieron fueron una serie de sonrisas picaronas, que clarificaban bastante lo ansioso que ambos estaban por llegar a casa de la abuela del pelirrojo para compartir sus cuerpos por primera vez.

No conocía mucho a aquel muchacho  y no sabía muy bien cómo le podían sentar sus preguntas. Dado que lo único que quería es comerse su polla y que lo follara hasta que lo matara de gusto, concluyó que lo mejor era optar por seguir pareciendo invisible. Un papel que se le daba a la perfección, pues lo ejercía con bastante frecuencia.

Le dio la dirección de su abuela y le dijo que se fuera para allá pasado unos minutos. No quería levantar sospechas entre los vecinos, ni entre los compañeros de Instituto. Por lo que lo mejor es que cada cual llegara allí por separado.

Durante el corto trayecto que separaba el Instituto de la vivienda, una incesante pregunta martilleó en la  cabeza de Agapito.  «¿Cómo coño sabía Antonio que le iban los rabos? ¿Se habría ido alguno de sus amantes de la lengua o se había dado  cuenta que se fijaba en su culo y su paquete cuando pasaba por su lado? »

Ninguna de las dos cosas lo tranquilizaba. Si algunos de los obreros de su padre habían roto el pacto de silencio, más pronto que tarde el rumor se correría como pólvora por el pueblo.  Tampoco mitigaban sus recelos que se pudiera haber percatado de que lo miraba con deseo, pues si él había concluido que era homosexual, otros no tardarían en hacerlo también.

Era mucho el miedo que tenía a que sus padres se enteraran de su secreto y, como temía, lo pusieran de patitas en la calle sin un puto duro. Sin embargo, por mucho pánico que le diera verse desheredado, mayor eran   las ganas que tenía de catar  por completo aquel nabo rojizo y venoso.

Preso de la excitación, se encaminó con presteza hacia sus destino y   concluyó   que dejaría para más tarde  lo de averiguar  cómo el pelirrojo había descubierto su afición por mamar pollas y que lo encularan.

Durante el camino, vio gestos de extrañeza en la cara de  algunos vecinos que  lo saludaron, pues él no solía estar por aquella parte del pueblo. Pero aquello a  él no le preocupaba demasiado, la bolsa de deportes era la excusa perfecta para poder contar que iba a pedirle unos apuntes a algún compañero de Instituto, en caso de que  alguno cometía la indiscreción de preguntar. Cosa que no sucedió.

Nada más llegó a la calle, buscó el número de la casa que le había dicho su compañero. Una vez lo localizó, se dispuso a llamar al timbre, mas no le hizo falta, Antonio lo estaba aguardando  en el rellano. Tras cerciorarse de  que no había ningún vecino  fisgoneando,  lo hizo pasar con cierto sigilo.

Una vez estuvo en el interior, volvió a comprobar que no era observado por nadie  y cerró la puerta de la calle.

—Mi madre no viene nunca, pero si pasa por aquí y ve la puerta abierta, lo mismo quiere pasar a ver como estoy regando las macetas —Le dijo con cierta sorna, a la vez que lo hacía pasar.

—¿No tiene llave?

—No, te lo dije vamos a estar muy tranquilo.

Cuanto más lo pensaba, más claro tenía Agapito que aquel chaval había entrado en las duchas a seducirlo. Se sentía imbécil por habérselo puesto tan fácil, pero la satisfacción de saber que iba a disfrutar de aquel nabo venoso eclipsaba cualquier sentimiento negativo.

Lo miró de arriba abajo y tuvo que reconocer que el tío no solo estaba bueno para reventar, sino que era bastante guapo.  No era muy alto, pero tenía unos brazos y un pecho musculado que despertaban su libido de un modo espectacular. Unas piernas duras y un culo respingón que había sido la munición de más de una de sus pajas. Todo ese cumulo de masculinidad se completaba con una polla que, sin temor a equivocarse, era la más grande que se había metido en la boca.

Al llegar al salón, donde había un sofá y dos butacones a los lados. El pelirrojo se sentó en uno de ellos y se dispuso a bajarse el pantalón para que se la mamara.

—No te desnudes. Deja que lo haga yo —Le interrumpió Agapito, poniendo una voz ronca a la que había impregnado de toda la sensualidad que era capaz.  

Antonio cabeceó levemente. Él únicamente buscaba echar un polvo, pero aquello de que aquel delgaducho chico le sacara la churra fuera para chupársela le resultó de lo más morboso.  

—Vale, no me importa —Dijo con cierta dejadez. Se puso las manos tras de la cabeza y, a modo de invitación,  abrió las piernas en forma de uve.

Llevaba un pantalón blanco vaquero que se pegaba a su cuerpo  como una segunda piel. Era tan ajustado que en la entrepierna se le formaba  una protuberancia cilíndrica de lo más provocadora que dejaba claro que estaba excitado a más no poder.

Meloso como un felino, Agapito se colocó entre sus piernas. Había visto infinidad de veces a su prima hacer aquellos con su trío de amantes, por lo que tenía grabado todos y cada uno de los movimientos en la memoria como una coreografía.

Nunca se había sentido con valor con los obreros de remedarla, ya bastante problema tenía intentando que no la trataran como una tía con polla, para ponerse a hacer aquellas mariconadas.  No obstante, con Antonio no se sentía lo más mínimamente cohibido y se atrevió a probar con él aquella fantasía gatuna.

Acaricio suavemente sus muslos, dejando resbalar ligeramente las yemas de sus dedos sobre ellos. Cuando llegó a la zona de su miembro viril, deslizo la palma de su mano por el abultado paquete hasta llegar a la correa.

Sin dejar de marcar el rodillo  que se marcaba bajo la tela del pantalón con los dedos de una mano, fue desabrochando el cinturón. Observó disimuladamente a su recién estrenado amante y, por cómo se mordía el labio inferior, los prolegómenos no solo le estaban encantando, sino que lo estaban poniendo como una moto.

Tras desabotonar la bragueta le pidió con un gesto que levantara levemente el culo del asiento y le bajó impetuosamente el pantalón hasta la rodilla. Volvió a pasear sus dedos por sus muslos y jugueteó levemente con los vellos pajizos que lo cubrían. Se había metido tanto en su papel de gatito, que daba la sensación que el paquete del pelirrojo era una pelota de lana con la que se disponía a jugar.

Al llegar a su entrepierna masajeo levemente el bulto que se marcaba bajo los slips rojos. Observó que de la punta de su polla brotaba líquido pre seminal y había impregnado la ajustada prenda. Aquella mancha que recordaba estrechamente a las gotas de orín, le resultó de lo más apetitosa.   

Sin pensárselo un segundo. Llevó su boca al pegajoso lamparón  y la morreó durante unos segundos. Un quejido seco escapó de la boca de Antonio. Cada vez tenía más claro que aquel tío era tan vicioso como él o más. Si en algún momento lo de meterse en la ducha con él, le había parecido un error, llegó a la conclusión de que  había sido su mejor idea en mucho tiempo.

Considerando que ya había alargado lo suficiente los preliminares y tiró de la cinturilla del slip. Todavía no lo había acabado de bajar  del todo, cuando la polla del pelirrojo se alzó ante su rostro  como el mástil de una vela.

La observó durante unos segundos. No sabía que le gustaba más si su ancha cabeza sin circuncidar, el color rojizo de su piel, la hermosa erección que lucía  o las venas hinchadas que recorrían su tronco.

Si a todas aquellas virtudes se le sumaba su descomunal tamaño, no había duda de que lo tenía ante sus ojos era un prodigio  de la naturaleza. Una rara avis de la que pensaba disfrutar como un niño de un juguete nuevo.

Pasó lentamente  la lengua por su capullo, rodeó cada resquicio del prepucio y recorrió el tronco  desde la cabeza hasta los huevos. Repitió la operación en orden inverso. Dio dos cortos besos a la hinchada cabeza y, a continuación,  sin dejar de chuparle el capullo, comenzó a pajearlo. Alternando las caricias en su tronco, con un suave sobeo de los enormes cojones.

Ni Cristóbal, ni Esteban y, mucho menos, Antonio Manuel tenían una polla pequeña. No obstante lo que aquel chaval tenía entre las piernas era una monstruosidad. Sin dejar de saborear su ancha cabeza, intentó calcular sus dimensiones.

Sin pensarlo ni un segundo, abrió la boca todo lo que pudo y  se la tragó hasta que la cabeza de flecha tropezó con su campanilla.

Aquello  de que se la comieran entera, debió gustarle al pelirrojo pues abandonó la actitud pasiva que había adoptar hasta el momento y empujó la cabeza de Agapito para que engullera  más porción de su miembro viril. Como si eso fuera posible

—¡Chupa, chupa, cabrón! ¡Que por mucho que chupes no se gasta! —Le musitó entre dientes con una voz ronca.

Pese a que aquel trabuco ocupaba toda su cavidad bocal y le costaba respirar, el Pajarito siguió mamando como si le fuera la vida en ello. De la comisura de sus labios brotaba  un reguero de babas que terminó resbalando a lo largo  del enorme tallo hasta empapar a los pelos de su pubis.  A pesar de las  muchas ganas que le puso, eso no impidió que  un par de veces se atorara y tuviera que detenerse  para recuperar el resuello.

—¡Venga déjate de mamoneo y sigue chupando, que si te paras se me va el puntito! —Le apremió Antonio al ver que cada vez que interrumpía la mamada, prolongaba las pausas para tomar aire por más tiempo.

Agapito, como si la palabra de aquel tío fuera la ley para él, no dijo  nada y se limitó a seguir devorando la vibrante polla. Tenía la sensación que, en aquel preciso instante,  su única razón de existir era satisfacer al semental que tenía delante de él. Como si se tratara de un reto a superar,  se esforzó por tragarse aquella verga hasta la base. Objetivo que no consiguió del todo.

El muchacho estaba bastante versado en  la práctica del sexo oral, pero ninguna de las tres pollas que había  mamado era de tales dimensiones. Era  demasiado gorda y demasiado larga.  Debía abrir mucho la boca y, cada vez que su capullo tropezaba con la entrada de su garganta, tenía que hacer un esfuerzo enorme para sobrellevar las arcadas.

Pese a que le dolían las mandíbulas y la sensación de ahogo constante no lo abandonaba, su excitación no podía ser mayor. Notaba como su polla, dura como una piedra pujaba por salir dentro de sus pantalones. Estuvo tentado de sacársela y pajearse mientras devoraba aquel dolmen hinchado de sangre. No obstante,  quería centrar sus cincos sentidos en la suculenta mamada que estaba realizando y  postergó lo de  auto satisfacerse.

En el momento que su boca se había acostumbrado al grosor y la largura de aquella polla, el pelirrojo, haciendo alarde de su grosera espontaneidad, le lanzó una pregunta:

—¿Dónde quieres que te dé por culo, aquí o en el dormitorio de mi abuela?

Al muchacho, acostumbrado a follar en los sitios menos adecuados para ello, hacerlo en una cama le pareció toda una novedad.

—En el cuarto pues —Contestó con una voz apagada, sin esperar que sus pulmones se volvieran a llenar de aire.

El joven semental  se subió levemente los pantalones y le hizo un gesto para que lo siguiera. Agapito no perdió la oportunidad de deleitarse con la parte posterior de su amante. Su espalda ancha, su trasero redondo y duro, sus piernas musculadas…   En las distancias cortas no decepcionaba en lo más mínimo y le ponían cachondo de él hasta los andares.

Al llegar al dormitorio de su abuela. Antonio abrió el ropero, sacó una toalla de su interior y la extendió con  sumo cuidado sobre la cama.

—Con esto no se manchara la colcha —Dijo sonriendo picaronamente.

El Pajarito no dijo nada, se limitó a encogerse de hombros y cabecear levemente. No estaba acostumbrado a intercambiar impresiones cuando practicaba el sexo y la simpatía que el pelirrojo estaba mostrando con él, aunque le agradaba, le venía grande.

—¡Vamos quítate los pantalones! —Le urgió a  la vez que le hacía un gesto con la palma de la mano —¿ No querrás que te la meta con ellos puestos? Aunque con lo dura que la tengo —Añadió a la vez que se golpeaba en la palma de la mano con la polla —, soy capaz de partirte el pantalón.

El descaro y la naturalidad con la que el pelirrojo hablaba de practicar sexo, lo tenían atónito. Los tíos con los que iba, aunque les encantaba clavársela hasta los huevo, nunca se referían a ello de forma explícita como lo estaba haciendo su compañero de Instituto. Su falta de tacto y procacidad,  en vez de echarlo para atrás, lo tenía completamente cautivado y lo consideraba un morbo añadido. .

Se desnudó de manera acuciante. Se quitó los zapatos, los calcetines, el pantalón y los calzoncillos, quedándose solo con una camiseta azul.

Agapito estaba bastante acomplejado con su físico. Ser tan delgado  y carecer de musculatura le hacía creer que tenía un cuerpo poco deseable. Con los obreros de su padre lo único que hacía era bajarse el pantalón y facilitarles el acceso a su ojete.  Rara vez se quitaba los pantalones  y nunca se desprendía de la camiseta.

Antonio al ver que el muchacho no se había desvestido de todo, le apremió a que lo hiciera:

—¡Quítatelo todo, no quiero que se te manche la camiseta! Cuando me pongo a echar leche soy un toro y te puedo llenar toda la espalda.

Escuchar aquella pequeña barbaridad, propició que se relajara un poco y una sonrisa se esbozara en su rostro. No podría decir que le había gustado más, si la idea de que aquel machote iba a regarlo con su esperma o lo atento que estaba siendo con él.

No estaba habituado a que la gente fuera amable con él, ni se preocupara por sus cosas. Pese a que tenía claro que aquel chico estaba allí porque él le iba a dar algo que él quería, un sentimiento de una posible amistad surgió en su pecho. De conseguirlo,  sería, aparte de su prima,   el único amigo que tendría en mucho tiempo.

Si en algún momento le había preocupado que aquel chaval, al verlo tal como era, le desagradara su aspecto y no quisiera penetrarlo, la nobleza con la que se estaba comportando con él hizo que aquellos recelos desaparecieran.

—¡Vaya como se te ha puesto  el pijote mientras me la mamabas! —Le dijo señalando la evidente erección que lucía — Mucho rollo con que te ahogabas y no podía tragártela del todo, pero te ha molado un montón comerme el rabo… ¡A mí también! ¡La chupas de puta madre!

Aquel comentario, consiguió que una tímida sonrisa de satisfacción  asomara en los labios de Agapito. Cualquier otro hubiera hecho un chiste, pero él, tan acostumbrado a que los demás  se rieran de él y no con él, dejó lo del humor para otro momento… muy lejano.

—¿En qué postura me la quieres meter?

El pelirrojo lo miró un poco descolocado. «¿Este tío pretende que se la meta así de golpe? ¿Qué pedazo de cacho de carne bautizada se ha estado follando a este chaval para que actúe de ese modo? », se preguntó sorprendido.

—¡Tranqui, colega! ¿Qué prisa tienes? —Le dijo con cierta chulería.

—Yo ninguna.

—Pues eso como no tenemos prisa, ni nadie que nos la meta —Hizo una pausa y sonrió por lo bajini —Bueno, yo no, tú sí —Al decir esto último se agarró el cipote y lo mostró como si se tratara de un trofeo —Pues eso, como no hay prisa alguna,  vamos a relajarnos y vamos a hacer las cosas como hay que hacerlas. Sin prisas, pero sin pausa. ¿Tú crees que lo que yo tengo entre las piernas entra así como así por un culo?

—Viendo el trabajo que me ha costado comérmela entera, diría que ni por un coño.

Po sí, tronco, pero ya sabes lo que dicen que paciencia y saliva…

—… se la metió el elefante a la hormiga —Por primera vez en toda la tarde, Agapito sonreía de forma distendida. A pesar de que era algo completamente novedoso para él, le agradaba bastante la complicidad que había surgido entre Antonio y él.

Po  habrá que armarse de paciencia. Ya sabes darle un pacá y un pallá antes de na, ¿no?

El Pajarito tuvo que poner cara de no saber a qué se refería su compañero con aquello con lo  de pacá  y el pallá, pues él, antes de que preguntara nada, le aclaró sus dudas de la forma más espontanea:  

—Anda, ponte de rodillas en la cama que te voy a comer el mojino.

Si el pelirrojo pretendía sorprenderlo, lo había conseguido con creces. Ni Esteban, ni Antonio Manuel y, ni mucho menos Cristóbal, le habían pedido  nunca nada parecido. Sabía de la práctica del beso negro por alguna película pornográfica que había visto, pero poco más.

 Que aquel tío, que estaba como un tren, quisiera comerle el culo pareció una pasada. Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo. Imaginar su lengua saboreando su ojete lo puso tremendamente cachondo , tanto que notó como unas gotas de líquido pre seminal escapaban por su uretra.

Con determinación adoptó la postura solicitada por su amante y de forma sumisa, aguardó a que él cumpliera su promesa. Estaba tan excitado que un temblor inquieto recorría su cuerpo de manera silenciosa. Las sensaciones que le invadieron fueron parecidas a las que tuvo cuando Antonio Manuel lo desvirgó.

Unos segundos más tarde notó que se agachaba detrás de él. Lo primero que hizo fue darle sendas cachetadas en sus nalgas a la vez que le decía:

—¡Que pedazo de culo tienes, gachón! Sin pelitos, redondito, durito…. ¡Joder, cómo nos lo vamos a pasar!

Estuvo tentado de decirle, «Pues todo para ti», pero por temor a sonar muy mariquita, su timidez ahogó aquellas palabras en su garganta.

El pelirrojo acercó su nariz a su ojete y lo olisqueó. Tras cerciorarse de que estaba bien limpio, comenzó a hurgar con los dedos en él.  No tuvo que esperar  mucho para sentir su lengua lamiéndolo primero muy despacio y después, una vez el orificio anal estuvo impregnado por el caliente fluido, de forma compulsiva.  

Por lo versado que estaba en aquella práctica sexual, era obvio que su compañero de clase no era la primera vez que daba un beso negro. Antonio estaba resultando ser un vicioso como la copa de un pino. «Cómo me folle la mitad de bien que me está comiendo el culo, me voy a poner las botas», pensó mientras se dejaba mecer por la lujuria.

Nunca nadie, ni su prima, le había mamado la polla. Para Agapito  aquel beso negro era la primera vez que sentía el placer del sexo oral. Si a eso se le añadía  que el tío lo devoraba ansiosamente, las desconocidas sensaciones que estaba experimentando lo tenían totalmente desbordado.

—Lo tienes cerradito —Dijo Antonio al intentar meterle un dedo y no conseguirlo.

Lo cierto es que hacía un par de meses que  Nurieta no iba por su casa y , con Antonio Manuel con la cabeza en los cursillos eclesiásticos para el matrimonio, tampoco había buscado una excusa para ver a los otros dos. Por lo que llevaba un tiempo que no lo penetraban y su ano estaba un poco desentrenado en el arte de recibir visitas.

—No te preocupes, mi abuela tiene por ahí una  crema de las manos que puede servir para dilatarlo. Veras como en dos minutos te lo pongo a tono y nos vamos a poner ciegos de follar.

No dejaba de sorprender lo puesto que aquel chaval en la variedad sexual de meterla por un culo. Ignoraba quien carajo le había ido con el cuento, pero  no era la primera vez que se follaba a un tío.

Por lo que confiaba en que, del mismo modo que había sabido guardar su secreto, mantuviera silencio sobre el suyo. 

Antonio regresó con un tarro de Nivea en la mano. Se untó una ingente cantidad en los dedos y los llevó al trasero de Agapito.

El contacto con la crema fría, seguramente estuviera guardada en el frigorífico, propició que el muchacho se estremeciera. Aun así, no se quejó lo más mínimo y soportó el molesto cambio de temperatura en silencio.

Una vez lo extendió bien por la entrada de su recto, Antonio metió un dedo. La espesa sustancia favoreció que se internara con facilidad.  Al comprobar que entraba con bastante holgura,  metió un segundo y, a continuación,  un tercero.

—¡Joder, qué culito  más rico tienes! ¡Estrechito pero tragón! —Exclamó preso de la lujuria.

Se llevó la mano a la churra, constató que seguía bien dura y se masturbó durante unos segundos.  Le volvió a pegar un golpe en el trasero y, con esa esa espontanea dejadez que lo caracterizaba,  le dijo:

—Tiéndete boca arriba, te la voy a  meter en esa postura.

Que lo quisieran penetrar viéndole la cara era otra novedad para el Pajarito. Habituado a que sus amantes, con la única intención de no recordarse a si mismo que estaban follando con un tío,   lo penetraban de espaldas.

Lo consideraban  como un cacho de carne que les daba placer e intentaban por todos los medios deshumanizarlo. Algo que ninguno de los tres, por ser el hijo de los patronos, le dijo abiertamente, pero una realidad que flotaba implícitamente en el ambiente.

Atendiendo a la petición del pelirrojo, se colocó en el filo de la cama y abrió las piernas en forma de uve. Antonio se agachó levemente, se untó una ingente cantidad de crema en el nabo y, tras extenderla, se dispuso a metérsela. Pero la voz de Agapito, lo detuvo en seco:

—¿No te pones condón?

—No tengo —Dijo Antonio con cierta despreocupación—Pero si quieres lo dejamos.

El Pajarito sopesó que aquel tío no se lo follara por no tener un preservativo a mano. Unos segundos le bastaron para llegar a la conclusión de que si hacía tal cosa, se arrepentiría toda su vida de  ello. Por lo que, intentando no parecer demasiado imbécil, le dijo:

—Bueno, no creo que ninguno de los dos tenga nada malo.

—¿Te la meto entonces?

—Sí.

El apuesto adolescente se colocó de manera que su polla quedara a la altura del ojal de su amante, cogió sus piernas y, abriéndolas lentamente, las apoyó sobre su pecho.

En un primer intento el proyectil no consiguió dar en la diana y resbaló hacia los lados. El segundo intento tampoco fue fructífero  pues el ano no dilató lo suficiente. A la tercera fue la vencida y el rojizo capullo entró casi al completo, lo que fue acompañado de un pequeño grito de dolor por parte de Agapito.

Tranqui, te voy a ir metiendo solo la puntita. Conforme se te vaya abriendo, iré metiendo más.  No te preocupes que no te voy a hacer daño.  

Acostumbrado a los tres bestias con los que había follado. Aquel detalle por parte del chaval, le pareció la mayor de las generosidades. Por lo que relajó sus esfínteres todo lo que pudo para favorecer la entrada del enorme pollón.

Durante unos segundos, como esperando que el recto del chaval se fuera adaptando al cuerpo extraño que se adentraba en él, Antonio no empujó ni lo más mínimo. Cuando considero que el caliente orificio estaba preparado para tragar más porción de su polla, dio un pequeño envite a sus caderas.  

El dolor que el Pajarito sentía era casi insoportable, pero era consecuente con que más pronto que tarde mitigaría y la molesta sensación daría paso a una de lo más gratificante. Nunca su culo había albergado algo tan duro, ni con aquel grosor. No pudo evitar tener la sensación de que lo iba a partir por la mitad. .

El pelirrojo le clavó los dedos en la cintura y pegó un pequeño empellón. Afligido por la punzante estaca que se clavaba en sus entrañas,  la única opción que encontró, para soportarlo medianamente,  fue  la de apretar los dientes.

Tras el nuevo empujón sintió como la mano de Antonio atrapaba su polla entre los dedos y la empezaba a masturbar.

—Aguanta un poquito más, que cuando entre del todo,  vas a desear que la tenga mucho más grande y te siga dando más polla.

Nunca antes le había tocado la churra mientras se lo follaba y las sensaciones que lo embargaron eran completamente desconocidas para él.

Poco a poco el mástil de carne se fue abriendo paso en sus esfínteres. Al mismo tiempo que los dedos de Antonio acariciaban su polla que, a pesar del dolor, se volvió a poner dura como una piedra.  

Por curiosidad, alargó la mano hasta su culo y, tal como suponía, el gordo trabuco había entrado por completo. Ilusionado porque las sensaciones desagradables iba remitiendo, se puso a acariciarle los huevos. Los tenía hinchados y la pelusilla que lo cubría lo volvía sumamente agradable al tacto.

—Has visto, ya la tienes endentro del todo y no te ha dolido tanto… Ahora, tú amigo Antoñito te va a enseñar lo bella que es la Meca. Así que  relájate que vamos a disfrutar como enanos.

No había terminado de decir aquello y sus caderas se comenzaron a mover con frenesí  A cada envite que daba, el placer que le consumía era mayor.

No había  ya ninguna duda sobre aquel pelirrojo era un semental empotrador de los buenos. Tenía la sensación de que los polvos que había echado hasta el momento era una especie de entremés para aquel plato principal.

Su culo se había acomodado al tamaño de aquel garrote y se lo tragaba sin apenas dificultad. No sabía decir que le daba más placer si el compulsivo entrar y salir de sus esfínteres, o la mano acariciando su polla. Intercalando la suavidad y la firmeza de un modo que lo tenía como en una nube.

Perdió la constancia del tiempo que  estuvo con la mirada perdida en los ojos verdes de Antonio. Contemplar sus iris mientras  que su  robusto cuerpo se acercaba del suyo y  su masculinidad  exploraba sus entrañas, hizo que se abandonara ante la lujuria como nunca  antes lo había hecho. Se encontraba tan dichoso que no quería que aquello no terminara jamás.

Sin embargo, por mucho que guste una película. Más tarde o temprano salen los títulos de crédito. En este caso, vinieron vaticinados por  una pregunta de Antonio.

—Me voy a correr, Aga. ¿Quieres que te preñe?

El Pajarito asintió con la cabeza.

La potencia que Antonio inculcó a sus caderas aumento y, como no se había olvidado de su amante, incremento la fuerza con la que le hacia la paja.

Se corrieron casi al unísono.  Al mismo tiempo que su uretra expulsaba una abundante cantidad de esperma, sintió como sus entrañas se inundaba de la corrida de Antonio.

Durante un momento el mundo pareció detenerse y la quietud fue rota por Antonio quien, con su particular gesto de chulería, le dijo:

—No ha estado mal, ¿ein?

Continuará en: Descubriendo mi afición por los culos con pelos.

Un comentario sobre “Un pelirrojo muy empotrador (Nueva versión mejorada)

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