A la rica crema catalana

Vicisitudes en el mundo gay de un hombre casado

Episodio cuatro

La historia hasta ahora: Después de echar un tremendo polvo, Mariano comienza a contar una “infidelidad” a Ramón con un catalán que conoció una noche en la sauna de Nervión.

Ante la sorpresa del policía, su amigo empieza a narrar lo lanzada que va la gente en el local y como se ponen a follar en cualquier sitio sin pudor.

En una de estas ve a un tío que le gusta, el catalán, pero un tipo se le adelanta y le comienza a hacer una mamada en la zona del cine.

Ramón no da crédito al modo en que su amigo le relata que no solo ha tenido sexo con el catalán, sino que intervino un tercero en una zona donde lo podía ver todo el mundo.  

21/08/12  08:30

Oír como Mariano iba desmenuzando poco a poco su polvo con el comercial catalán despertó en mí unas sensaciones muy extrañas y que, aunque pueda parecer raro, no había vivido nunca hasta el momento. La pasión que mi amigo le ponía a cada frase que salía de sus labios  me excitaba como si lo viviera, pero al mismo tiempo imaginarlo disfrutando con otro me producía una especie de rabia mezclada con tristeza. El Ramón atrevido y que acostumbraba a ponerse el mundo por montera, deseaba conocer todos los pormenores de aquel encuentro sexual, el Ramón cobarde y miserable  quería que su amigo se callara, aunque para ello tuviera que besarlo… Pero es bien sabido que un cobarde nunca ganó una batalla.

—…Fue tanta el entusiasmo que pusimos en cada  uno de nuestros movimiento —prosiguió Mariano —que tropezamos y caímos sobre el camastro de la cabina. Sus manos agarraron mis glúteos primero suavemente, después más contundentemente.  Fue oírle decir: ¡Qué pedazo de culo tienes cabrón! , y si aún quedaba alguna célula  de mi cuerpo que no se había encendido con la pasión, lo hizo al mismo tiempo que mi vanidad. No conocía a aquel tipo de nada, pero fue sentirme deseado de aquel modo  y  me entregué sin condiciones.

»De nuevo volví a restregar  mi lengua por su torso, pero esta vez de un modo desenfrenado y  dejando  a su paso, desde su cuello a su entrepierna, un caliente reguero de  saliva. Al llegar a la altura de su miembro viril, lo observé levemente y sin más, me lo introduje en  la boca.

»Al principio me límite a saborear su glande dándole unos breves lengüetazos para, inmediatamente,  meterme el capullo entero. Él,  de un modo que para nada fue violento, empujó mi nuca introduciendo  una buena porción  de su falo en mi boca. Una vez fui consciente de que podía tragármela en su totalidad, agarré sus huevos para que me sirvieran como palanca y deje que me atravesara la cavidad bucal  hasta la garganta. A Manuel le tuvo que gustar mucho, pues  continuó apretando mi cabeza entre sus dedos y  me dijo: ¡Macho, qué bien la chupas!

»Sus palabras fueron una especie de acicate y me esmere en darle a aquella caliente tranca todo el placer oral del que era capaz. La engullí hasta el fondo tantas veces como pude, deteniéndome solo unos segundos para inspirar.

»Te lo querrás creer o no, pero mientras mamaba aquella polla recordé nuestro primer encuentro. Primero, porque no había tenido relaciones con nadie desde entonces y segundo, porque estaba disfrutando casi tanto como contigo…

Sabía  que Mariano  con sus generosas palabras lo que intentaba era alimentar mi vanidad,  pero fue un gesto  tan vano como inapropiado. Cuanto más conocía de los escarceos de mi amigo, menos preparado me sentía para afrontar lo que debía de venir. ¿Cómo podía ser tan enormemente egoísta? ¿Cómo podía pretender que él se contentara solo con las migajas de mi vida que me dignaba a compartir con él? Aunque de dientes para afuera le estaba pidiendo que fuera feliz y viviera su vida, la parte más ruin de mí esperaba que no lo hiciera y, por así decirlo, me fuera fiel.

Y pese lo fastidioso que me sabía imaginarlo chupándosela a otro, el realismo que daba a sus palabras me estaba excitando y mi hermanito pequeño, que no entendía de tratados de psicología, empezó a despertarse.

—… No sé cuánto tiempo estuve regando con mi baba aquel tronco de carne —Mariano seguía cuenta que te cuenta, recreándose  en cada palabra —, pero el suficiente para que mi paladar se empapara de su sabor y Manuel tirará de mi cabeza y me dijera: “¡Tío para un poco!, que aunque tardo en correrme esto no hay quien lo resista”.

»Levanté la cabeza y lo observé minuciosamente, si te digo que  simplemente me gustaba, te mentiría… ¡El tío me ponía como una moto!  Sin recapacitar mucho como le pudiera sentar,  le pedí que se diera la vuelta. El catalán no me puso ninguna pega y sin preguntar nada, accedió a mi petición y  adoptó una postura en la que dejaba claramente  sus posaderas a mi alcance. 

»Apoyé suavemente las yemas de mis dedos sobre aquellas hermosas redondeces peludas. Era el culo más apetecible que había visto en mucho tiempo, lo miré y lo remiré como si con ello intentara captar una instantánea para llevar en mi memoria, y acto seguido separé con mis manos aquellas incitantes nalgas, abriendo el paso hasta el oscuro agujero. Sin pensármelo,  pegué un lengüetazo sobre aquella pelambrera  hasta llegar al caliente orificio, el cual pareció plegarse por completo ante el húmedo contacto.

»Sentir como aquel agujero se estremecía ante mis lametones, me puso lo libido por las nubes. Si lo había pasado bien comiéndole el cipote, no me lo estaba pasando peor con aquel beso negro… Escuchar a mi amigo decir aquello del “beso negro”, despertó una curiosidad malsana en mí. Únicamente lo había visto practicar en alguna que otra peli porno, tanto heterosexuales como gays. Pero se me antojaba como un preliminar para la penetración, no como algo de lo que se pudiera disfrutar en sí. Aun así, ver la expresión de satisfacción que reinaba en el rostro de Mariano me excitó enormemente y aquella modalidad sexual se me antojó tan novedosa como deseable.

—…Al tiempo que hundía mi cabeza entre sus glúteos, pasé una de mis manos alrededor de sus caderas, con la única intención de agarrar su verga. Esta no solo estaba  como el cemento, sino que babeaba abundante líquido pre seminal. Empapé mis dedos con el viscoso fluido, lubriqué el vibrante falo con él y comencé a masturbarle sin dejar de saborear el enmarañado botón. 

»Alterné mis atenciones entre el estrecho orificio y sus huevos, humedeciendo su perineo a mi paso. Mientras mi mano proseguía masajeando su enhiesta y caliente tranca.

»De nuevo Manuel puso freno a mi pasión e incorporándose un poco separó mi cabeza de su culo. Sin darme tiempo a reaccionar agachó su voluminoso cuerpo y cuando su cara llegó a la altura de mi entrepierna, dio un pequeño beso a mi glande para a continuación comenzar a succionarlo.

»Sentir como su boca se plegaba alrededor de mi pene, elevó mis sentidos hasta la saciedad. Si hasta el momento había habido un atisbo de cordura en todas y cada una de mis acciones dentro de aquellas cuatro paredes, a partir de que sentí el calor de su paladar en mi sexo, abandoné toda cautela y me hundí por completo en la lujuria. Una muy descontrolada lujuria…

Estaba claro que para mi amigo el tener plena confianza conmigo estaba siendo una de las mejores terapias posibles, pues de esconder  completamente su “segunda vida”  ante mí, había pasado a mostrarse como realmente él era. El único problema es que a mí no todo lo que estaba descubriendo de él me parecía aceptable y la manera en cómo se entregaba a un desconocido era una de ellas. Pues, ¿dónde me dejaba a mí aquello?

Sé que los celos tenían escalera de color en aquella partida, pero ni por ello se me quitaban las ganas de saber hasta dónde se habían atrevido a llegar,  así que puse mi mejor cara de estar atento (la misma que le ponía al “profe” de “mates”) y me deje llevar por lo que Mariano narraba.

—…Me abrí sitio como pude hasta su cintura y, tras acomodarnos en el impersonal camastro, nos sumergimos en un tremendo sesenta y nueve. —Los ojos de mi interlocutor se iluminaron con un brillo que solo había visto en ellos en el momento que lo penetraba, ¡cómo disfrutaba el muy cabrón narrándome aquellos perversos momentos! —Sentir como una lengua jugaba con los pliegues de mi prepucio mientras yo hacia otro tanto parecido, era una sensación que aunque no era desconocida por mí, la tenía casi olvidada.

»En el momento que más fuera de mí estaba, el tío se sacó la polla de la boca y comenzó a moverse  lentamente hacia abajo, privándome, al mismo tiempo,  de seguir saboreando su sexo. Una vez llegó a mis píes comenzó pasear los dedos de sus manos por la planta de estos. Como no escuchó ninguna objeción de mis labios, comenzó a juguetear con ellos de una manera que se me figuró tremendamente morbosa, seguidamente los besó de una manera sensual y delicada a la vez.

»Tengo que reconocer que nunca nadie me había tocado los pies de ese modo y al placer de la novedad que suponía había que añadirle que el tío era todo un maestro en aquella modalidad sexual. De nuevo, anulé mis prejuicios  y una sensación de plena satisfacción comenzó a sacudir mi persona. Cuando su húmedo apéndice lamió dulcemente uno a uno mis dedos, creí estar en la Gloria.

»Jadeé de forma compulsiva, parecía que mi cuerpo no podía contener todas las emociones que en  él bullían, miré sus pies y considerando que debía obsequiarle una porción del placer que él me estaba regalando, acaricié con sumo mimo la planta de estos.

»La respuesta del catalán fue positiva y  comencé a entrecruzar los dedos de mis manos con los de sus pies. Sin reflexionar si me gustaría o no, me metí uno de sus anchos pulgares en la boca y lo comencé a mamar como un ternerito las tetas de su madre.

»Mi mente, por unos instantes,  perdió constancia de donde estaba y lo que hacía. Solo sabía que gozaba como desde mucho tiempo no lo hacía, para el resto puse el piloto automático.

»Besé, mordisqueé y chupé la  cálida envoltura de aquellas falanges como si en ello me fuera la vida. Mi acompañante, como si se tratara de una especie de competición, adoptó mi misma actitud y durante un prolongado momento nuestros cuerpos se vistieron de un salvaje frenesí.

»La alocada pasión igual que vino se fue y no sé si cansados de dar  y recibir placer o buscando  mejores emociones, nuestras miradas se cruzaron y dando paso a la ternura, nos incorporamos levemente y nuestros labios se fundieron, dejando que nuestras lenguas zigzaguearan  intentando degustar la felicidad del momento…

Imaginar a dos hombres dándose un muerdo,  aunque pudiera parecer absurdo,  todavía era una especie de tabú para mí. Follar, era simplemente sexo y no implicaba sentimientos, besar era como más íntimo, más personal. Otro concepto equivocado y cultivado durante demasiados años, que me demostraría que a mis treinta y ocho años me quedaban todavía muchas cosas que asimilar  y que aprender.

—…Mientras lo besaba busqué con mis manos su polla. Esta palpitó entre mis dedos, gritándome en silencio que la colmara de mimos y atenciones.  Con cierta rudeza aparté mis labios de los suyos, abandonando la poca prudencia que aún quedaba en mí le dije: “¿Quieres follarme?”. Levantó las cejas casi sorprendido y sin meditarlo ni un segundo me respondió: “Sin problema, siempre que tú me folles después”.

»Su petición me dejó un poco descolocado, pues  sin querer había puesto en el guion del día que el único papel que me tocaba  era el de ser pasivo. Y es que  las ideas preconcebidas son las peores consejeras —al decir esto hubo una inflexión en su voz, como si intentara justificarse — ¿Quién me iba a decir a mí que un tío con una pinta de macho que quitaba el “sentio” iba a ser versátil? ¡Pues lo era! —Hizo un gesto con la cabeza, al tiempo que sus labios mostraba una sonrisa de satisfacción.

»El inesperado añadido que llevaba aquel atractivo y varonil tipo me dejo sin palabras, por lo que acerqué mis labios a los suyos y deje que la pasión hiciera el resto.

»Un poco más tarde,  tras cubrir su miembro viril con un profiláctico y lubricar debidamente la entrada de mi ano, preparé mi mente para ser penetrado. He de reconocer que estaba un poco nervioso, hacía ya bastante tiempo que no me follaban y aunque el aparato de aquel tipo no era una barbaridad,  su tamaño era bastante respetable. No obstante lo que más miedo me daba era su capullo, era muy ancho y me preocupaba que  me pudiera hacer “pupa”, lo que llevaría a que se estropeara una noche que iba camino de ser casi perfecta…

La pasmosa facilidad con la que Mariano desnudaba sus sentimientos ante mí, me acercaba a él de un modo que antes nunca me había sentido con nadie. Pero su sinceridad se eclipsaba ante el hecho de que lo que me mostraba era una relación libidinosa con otro hombre. Si por instantes me sentía único por contar con su confianza, al imaginarlo chupándole la polla a alguien que no era yo, me hacía sentirme un número más de una larga lista.

Lo miré, sus vivarachos ojos transmitían casi tanta pasión como sus palabras. Desconocía si lo que venía a continuación me sería agradable o no, pero sin querer me había dejado atrapar por su historia.

—…Decidí sentarme sobre él, pues es una de las posturas más cómodas y menos dolorosas. Al principio costó un poco, pero una vez el glande atravesó el primero de los anillos, entró con una facilidad pasmosa…

Así fue cómo lo hicimos nosotros la primera vez, ¿no? —La irreflexiva frase resultó tan inapropiada como un elefante en una cacharrería. 

Mariano  perplejo movió la cabeza, no entendiendo muy bien  cual era mi intención al recordar aquello. Simplemente se limitó a mover la cabeza asintiendo a mi pregunta y prosiguió sin darle más importancia.

»… Una vez dilatado mis esfínteres decidimos cambiar a una postura más cómoda y adopté la posición del perrito. La misma con la que continuamos nosotros, ¿te acuerdas? —al decir esto último cambio el tono de sus palabras por uno más cariñoso y me sonrió por debajo del labio en un gesto de plena complicidad. —Porque si tú no te acuerdas, ¡yo lo tengo grabado en piedra en mi memoria!

—Sí, que me acuerdo, ¡so “peaso”! —no sé porque aquel detalle por parte de mi amigo, hizo que me sintiera mejor. Tanto que volví a apretar una de sus manos entre las mías —¡Cómo para no acordarme! ¡Pero sigue, no me dejes a medias!

—…pues eso, fue cambiar de postura y ¡fue la hostia! No sé si por la química que había entre nosotros, porque ya estaba caliente a más no poder   o porque realmente el tipo lo estuviera haciendo tan de puta madre, el caso es que fue sentir como aquel cipote se introducía plenamente en mis entrañas que de mi pene comenzaron a salir descontroladamente gotas de líquido pre seminal y creí que tocaba el cielo con los dedos. Ni que decir tiene que la euforia se apoderó de nosotros y Manuel en un momento determinado viéndoselas venir me preguntó: ¿Nos corremos?

» El catalán se desprendió del condón y empezó a masturbarse tras de mí, un susurrante aullido fue la señal de que había llegado a la meta del placer. Sentir como su semen empapaba mi zona lumbar al tiempo que yo exprimía toda el esperma de mi interior ¡Fue la leche! (Y nunca mejor dicho) —al decir esto sonrió y me guiño un ojo — Hacia tiempo que no me lo pasaba tan bien. Una sensación de felicidad llenó mi pecho, me volví levemente y culminamos el momento uniendo nuestras lenguas.

»Nos limpiamos un poco, nos tendimos uno al lado del otro abrazándonos fuertemente. Tras el paroxismo…

—¿El paro qué? —interrumpí poniendo mi mayor cara de imbécil.

—El paroxismo, la exaltación de las pasiones…

—En otras palabras que tras la calentura se quedasteis listo de papeles, ¿no? —Mi amigo afirmó con la cabeza haciendo un gesto extraño —¡Pues dilo así! ¡Qué a veces te pones de un “curto” y un fino que no hay que te aguante…! ¡Venga sigue! —Acompañé mi pequeña reprimenda con una pequeña burla y la mejor de mis sonrisas…

—… Pues eso, que tras la calentura nos quedamos listos de papeles —A Mariano la risa apenas le permitía hablar— y el cansancio hizo su trabajo y nos quedamos dormidos el uno junto al otro, durante al menos media hora.

»Al despertarnos, la pasión se había esfumado por completo y mi acompañante, en lugar de interpretar el “vístete deprisa y olvídate de mí” habitual en estos casos, acarició mi mejilla de un modo muy tierno y me susurró: ¡Pero qué guapo eres!

»Tras embelesarnos mutuamente  con los labios del otro,  salimos de la cabina, nos pegamos una  merecida ducha y decidimos que era hora de dejar aquel antro. Lo primero que hizo cuando llegamos a los vestuarios, fue colocarse las gafas y ¿qué quieres que te diga? No le sentaban nada mal.

»Mientras nos vestíamos me pidió el número de teléfono por si volvía a venir por Sevilla. Hundido en la exaltación  del momento accedí, aunque en mi fuero interno sabía que difícilmente haría uso de él (¡Cataluña queda muy lejos de Sevilla!).

»Nos disponíamos a salir, cada uno por su lado, cuando me preguntó hacia donde me dirigía y le contesté que tenía el coche aparcado cerca, con la confianza que da el haber echado un buen señor polvo me pidió que si podía acercarlo al hotel y  así aprovechábamos para charlar un poco más.

»Su propuesta me pareció de lo más acertada, pues sabía que personas como él eran una rara avis en el ambiente gay y mi solitaria existencia  se aferraba a su compañía, como si se tratara de una especie de salvavidas.

»De camino al coche me volvió a insistir en que se lo había pasado muy bien, yo corroboré su afirmación con una sincera sonrisa y argumentándole que lo que nos había ocurrido no era lo habitual entre aquellas cuatro paredes, que la gente es como mucho más egoísta y, como él pudo comprobar, es cruzar la puerta de la sauna y parecen tener solo una cosa en mente: “A follar, a follar que el mundo se va a acabar”.

»Como pareció que mal interpretó mis palabras, le tuve que explicar que yo allí no iba buscando una relación amorosa, ni nada parecido, pero que las personas no somos animales y que un polvo impersonal puede quedar muy bien en un momento determinado y en unas circunstancias concretas, pero cuando lo único que acumulas en tu memoria son vivencias de ese tipo, al final te terminan pasando factura…

—En otras palabras, que le metiste al buen hombre un discursito de los tuyos. —Lo interrumpí sarcásticamente, no desaprovechando la oportunidad de burlarme de él.

—¡Si, graciosillo! —Respondió Mariano, haciendo un mohín de desagrado —¿Quieres que termine o no?

—Sí, hombre. ¡No te cabrees! ¡No aguantas ni una “pata” en los cojones!

—Manuel, no podía estar más de acuerdo conmigo,  —El retintín en sus palabras no podía ser mayor — y  me dijo que aunque su único propósito de ir  a la sauna era el sexo, no siempre cuando uno se corría se quedaba igual de satisfecho. Lo deje cerca del hotel en el que paraba, me prometió que me llamaría y se despidió de mí con un beso.

»De vuelta a casa mi mente intentó ser trascendente con lo sucedido. Mis pensamientos tocaban la alegría al constatar que lo vivido aquella noche había sido extraordinario, había ido buscando alguien con quien calmar la calentura y había echado un polvo de los buenos, buenos… Pero si tan estupendo había sido todo no entendía porque una sensación que se asemejaba a la tristeza se agarraba a mi pecho…

»Los momentos vividos con Manuel habían sido como un paraíso en el inmenso desierto de mi existencia y una vez nos despedimos, aquel oasis se había convertido en una especie de espejismo. Había pasado del cero al cien  en unos segundos y los frenos con los años cada vez me funcionaban peor. Me sentía bien, me sentía mal. Es lo que tiene vivir deprisa.

»Cuando llegué a casa comprobé que el catalán me había enviado un mensaje al móvil, decía algo parecido a esto:

Ha sido de lo mejor que me ha pasado.

Una noche para recordar siempre.

Espero que nos veamos pronto.

Un abrazo muy fuerte.

Continuará en: Ir al puticlub para olvidar a Mariano

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