La jodida trena

La asombrosa historia de Luis Barcelona

Episodio 2

La historia hasta el momento:

 Primavera del 2014, Luís Barcelona, un político corrupto, vuelve a Madrid para encontrarse con Mónica, su amante. Tras comprobar que su familia ha sabido salir del abismo donde él los metió, se pone a rememorar tiempos mejores, cuando era un peso importante en el partido del gobierno y se relacionaba con gente con empresarios de poco fiar como el Barbas o Francisco Cinturón. En una de sus reuniones en el restaurante dónde realizaba sus trapicheos,  conoció a Mónica,quien trabajaba como camarera allí. Entre los dos surgió un flechazo instantáneo, flechazo que acabó con un salvaje polvo en los baños del local.

¿Puede un acontecimiento puntual volver una vida de revés? Pues sí, una jodida redada en el restaurante El Albatros  dio la vuelta a mi mundo personal, mostrándome realmente  el hombre en quien me había transformado en los últimos años y quienes eran mis verdaderos amigos.

De la noche a la mañana, yo, Luis Barcelona, pasé de ser un personaje influyente en el mundo de la política a convertirme en  un delincuente al que todo el mundo repudiaba y rehuía como si fuera un apestado. 

Las tormentas siempre vienen para destrozar la  calma. En aquel momento, mi vida se había convertido en una balsa de aceite donde los problemas brillaban por su ausencia. Los “negocios” del partido iban viento en popa, permitiéndome cada vez una comisión mayor. La relación  con mi familia, sin ser la ideal, estaba aprendiendo a sobrellevarla. Mi mujer seguía viviendo la mentira de ser alguien en la alta sociedad y se limitaba a compartir techo, pero no lecho conmigo. Mis hijos seguían ignorándome como si una traba generacional le impidiera comunicarse conmigo, limitándose a que mi cuenta corriente abasteciera todas sus necesidades y recordándome que era su padre cuando se quedaban en números rojos o precisaban algún capricho extra, como una moto nueva o unas vacaciones en el extranjero.

Sin embargo, algo excepcional estaba sucediendo  en mi vida que superaba de lejos las alegrías que me daba  todo el dinero que estaba ganando  y me hacía olvidar mi anodina situación familiar. Esta novedad no era otra que  mi relación con Mónica. Llevábamos un año viéndonos y   aunque no le tenía puesto ni un piso, ni le compraba cosas caras, era lo más parecido a una amante que había tenido nunca, pues mis infidelidades con Marta se habían limitado siempre a chicas de usar y tirar.

No olvidaré aquella tarde nunca, fue la última que pasé con ella en libertad. Habíamos quedado en el lugar de siempre, un piso  que poseía en las afueras de la ciudad,  del que mi mujer no tenía conocimiento y que nos servía de lugar para nuestros encuentros. Aunque era  un picadero en toda regla, yo prefería verlo mejor como una especie de nidito de amor.

Nuestra relación llegaba hasta donde llegaba y no debíamos pedir más: ella sabía del profundo afecto que le tenía y también que el escándalo de un divorcio perjudicaría gravemente a mi carrera profesional, con lo que una vida en común era algo que no nos podíamos ni plantear siquiera. No obstante, los dos nos encontrábamos felices con lo que teníamos y cada rato que compartíamos se convertían en algo para recordar.

La recuerdo aquella tarde mucho más radiante que otras veces, no sé si por las veces que he añorado su cuerpo durante el tiempo que he estado fuera, o porque realmente era así. Se había puesto un vestido azul que le regalé, lo lucía con descaro dejando que se le marcara al cuerpo como una segunda piel, mostrando sus  curvas de un modo y  forma que, a pesar de que no había semana en la  que no tuviéramos sexo, seguía despertando en mí los más tórridos deseos. Y paradójicamente, si aquel vestido la convertía en una de las mujeres más hermosas,  lo que realmente me volvía loco era  poder quitárselo.

La noté un poco nerviosa, con una tristeza contenida. Sin embargo,  como si presintiera lo que aquel día me iba a deparar y que ya no nos volveríamos a ver en un largo tiempo, se entregó a mí sin reservas. Desde nuestra primera vez en los baños, no habíamos hecho otra cosa que avanzar en nuestra búsqueda del placer mutuo. Mónica había descubierto que, al igual que a ella,  el sexo duro me ponía cantidad. Lo que en un principio comenzó siendo un meterle la polla en la boca hasta provocarle la asfixia, subió de nivel  con tirones del pelo, pequeñas bofetadas en la cara y una procesión de insultos que conseguían excitarnos de un modo tal, que me dejaban con el nabo  a punto de caramelo y a ella completamente mojada.

Tras charlar un poco de nuestras cosas, tal como si fueranos una pareja de novios veinteañeros, nos  tendimos sobre la cama para sumergirnos en una bacanal de besos y abrazos que concluyeron con ella en sujetador y braguitas, yo con mi polla pugnando por salir debajo del pantalón. Olvidándome de lo que me suplicaba  el musculo de mi entrepierna, me agaché ante ella, le baje la diminuta prenda interior y coloqué mi cabeza entre sus muslos.

Tal como si  su coño fuera una sabrosa ambrosia que suplicara ser paladeada, acerqué mi nariz a él y aspiré el perfume a  deliciosa feminidad que emanaba. Los sonrosados labios de su vagina se mostraban ante mí como los pétalos de una amapola y tras empapar mis sentidos con su aroma, posé mi lengua sobre la caliente raja para probar un sabor que he llegado a añorar  más que ningún otro.

A continuación, fui alternando mordisquitos con besos en la parte interior de los muslos, provocando en ellas sensaciones ambivalentes de dolor y afecto. Tras esto fui aproximándome al monte de venus  y besé su parte superior, para continuar lamiéndolo  desmesuradamente, dejando que mi lengua se aproximara peligrosamente a su clítoris, pero sin tocarlo.

Acerqué de nuevo mi nariz a aquella cueva y el aroma de sus efluvios me dio a entender que estaba en el buen camino. Sin pensármelo un segundo, introduje mi lengua en el interior de aquella delicada flor que parecía abrirse  de par en par para dejar pasar mi paladar.

La primera lametada fue  sumamente deliciosa, ella se estremecía y gemía  como una perra caliente. Yo degustaba, poco a poco, la amalgama de sabores y olores que emanaba aquella rosada gruta que, a cada segundo que transcurría, estaba más mojada y más ardiente.

Saboreé su vulva a consciencia, no dejando ni un milímetro sin batallar por el guerrero de mi boca. Dejé que viajara entre los labios mayores y los menores, primero a un lado de la entrada de su vagina, subiendo, poco a poco,  hasta su botón de placer, lamiéndolo por encima sin descapucharlo, para  concluir descendiendo hasta el lado contrario.  

Tras esto fui introduciendo mi lengua muy  despacio, todo lo profundamente que pude dentro de su chorreante coño y subí hacia el clítoris, fui comiéndomelo con sumo cuidado, simultaneando lametones con succión durante unos minutos. Unos  gemidos incontrolados por parte de Mónica, me dejaron claro que mi buen saber hacer había conseguido arrancarle un primer orgasmo.

En un intento de prolongar su placer, sustituí mi paladar por uno de mis dedos e inicié un compulsivo mete y saca que propició que ella retorciera entre espasmos de satisfacción. Ver como ella disfrutaba del modo que  lo hacía, me condujo a recordar  que yo todavía tenía el “pájaro en la jaula” y que ni siquiera me había masturbado mínimamente. Saqué, con la mano que tenía libre, mi polla de su encierro, constaté su dureza y comencé a masajearla casi con frenesí.

Extraje  mis dedos de la lubricada vagina y,   tal como si un resorte imaginario me empujara a levantarme, me subí sobre la cama, coloqué mi pelvis cerca de su boca e introduje mi nabo como a ella le gustaba que lo hiciera: de golpe y vigorosamente. Tiré con fuerza de su melena y un brillo de placentero dolor se dejó ver en sus ojos, los cuales, por momentos,  parecían pugnar por salirse de sus cuencas.

Excitado ante tanta entrega y completa sumisión, empujé con fuerza su cabeza contra mi entrepierna, al tiempo que impulsaba mis caderas para que engullera  una mayor porción de verga. Un rio de babas empapó mi erecto pene, que entraba y salía de su boca como si fuera una lanza que quisiera atravesar su campanilla.  

Como no quería correrme todavía, detuve mi singular ataque contra su garganta, tiré de nuevo de su cabello y observé su rostro.  En su expresión había un sentimiento extraño, por un lado se la veía destrozada por la salvaje mamada que le había obligado a darme, por otro una complaciente alegría se mostraba en su picarona sonrisa, al tiempo que un reguero de caliente saliva resbalaba por la comisura de sus labios.

Me agaché ante ella, la abracé contra mi pecho y le di un prolongado beso. Me senté en la cama. No fue necesario que dijera nada, ella sabía perfectamente cuales eran mis deseos. Se sentó sobre mí y dejó que mi tranca se acomodara entre las paredes de su ardiente raja. Una vez lo consideró oportuno, comenzó a cabalgarme frenéticamente, regalándome todo el placer que su cuerpo era capaz. Notar como su coño atrapaba entre sus pliegues a mi cipote, me volvía tan loco que ni siquiera era capaz de pensar pertinentemente.

A pesar de que había dejado de creer en el amor, en momentos como aquel, con mi virilidad explorando su  vientre, la individualidad perdía consistencia, no había una Mónica, no había un Luis, solo existía un nosotros.

Era más que obvio que cada vez follábamos mejor, pues los dos nos entregábamos sin reserva a la lujuria y practicar el sexo se había convertido en una especie de reto perfeccionista, donde cada nueva ocasión debería superar la anterior.  Sin embargo, percibí en ella una especial dedicación, un deseo tangible de que el sexo de aquella tarde se convirtiera en inolvidable,  fue como si intuyera que algo malo iba a ocurrir y trotó sobre mi masculinidad de un modo tan salvaje que parecía que le iba la vida en ello.

Un quejido de satisfacción escapó de sus labios, su rostro se compungió en una mueca esclarecedora de que había alcanzado el culmen del  placer, no obstante, no dejo de galopar sobre mí como una posesa.  Con la imagen de una amazona que subía y bajaba por la pértiga de mi virilidad como inspiración,  fui descargando todo el  esperma que almacenaba en mi interior e impregné con mi esencia vital las paredes de su coño.

Al frenesí de sexo, lo secundó un momento de cariño y afecto tan intenso, que me costó recordar cuando disfruté  anteriormente de algo así.

Media hora después, tras una ducha compartida, me vestí con la intención de marcharme. Aquella noche tenía una reunión con gente muy importante y no podía llegar tarde.

—¿Nos vemos después en el trabajo?

—No, hoy libro. ¿Cómo acaso te crees que podía estar aquí a las ocho de la tarde?

—Es verdad, nunca me acabo de enterar del todo de cuáles son tus turnos.

—Eso te pasa porque tú estás disponible para el tuyo las veinticuatro horas del día…

—Las veinticuatro horas no… Que siempre que puedo saco un rato para verte —Al decir esto último, la cogí por la cintura, la apreté contra mí y la besé de un modo tan tierno como apasionado.

Al despedirme de ella no puede evitar vislumbrar una tristeza  poco común en su mirada, estuve a punto de preguntarle que le ocurría, pero temiendo que la respuesta fuera que se estaba encariñando más de lo debido de mí y que anhelaba una vida juntos, obvié decirle nada. En los meses siguientes, no me pude quitar de la cabeza que lo que le sucedía es que se barruntaba (no sé cómo)  que nos iba a ser imposible vernos en mucho tiempo. ¡Maldita intuición femenina!

La reunión del día de marras en el restaurante El albatros  era la “REUNIÓN”. No habíamos pegado una mordida tan cuantiosa en  muchos años y es que lo que estábamos “vendiendo” era el mayor pelotazo inmobiliario de los últimos años. 

Me había citado con el Barbas, Antonio Cinturón y algunos directivos de las principales constructoras del país. La recalificación de unos terrenos en la costa levantina les iba a hacer ganar muchísimo dinero a todos los implicados y yo, como siempre, me llevaría una  jugosa parte por hacer que todos los trámites burocráticos fueran, por así decirlo, una tarea de lo más fácil.

Apañar concursos de obras públicas era ya algo tan cotidiano para mí, que mover los hilos para que todo para pareciera legal y de acuerdo a las normas, se había convertido en una especie de juego de niños. Un juego donde el dinero de todos los ciudadanos quedaba en manos de unos pocos privilegiados: empresarios de dudosa moral  y políticos amantes del dinero como yo.

Junto con el sexo, lo que más me excita de la vida es ganar dinero y aquel día la pasta me iba a salir por las orejas, como la lechera del cuento especulaba sobre cómo me iba a gastar mi correspondiente comisión. No obstante  todos mis sueños se fueron al garete    en el preciso instante que unos policías de paisanos irrumpieron en el salón VIP de El Albatros. Seguramente, si  en aquel momento no hubiera  estado yo recibiendo un maletín con un millón de euros por parte de uno de los directivos de Ferroviaria Constructora, S.A., aquello hubiera sido meramente circunstancial y los picapleitos del partido hubieran hecho que la causa se desestimara, pero, como vulgarmente se dice,  me habían pillado con las manos en la masa y por mucho que yo dijera: “¡No es lo que parece!”, las pruebas conseguidas por las fuerzas de la ley demostraban ser de lo más fehacientes.

Por la información que Augusto, mi abogado, me facilitó  después,  la policía anti-corrupción llevaba tiempo siguiendo la pista a todos lo que se relacionaban con el  Barbas y Cinturón,  aunque en principio lo hicieron simplemente por indicios de delito fiscal, conforme fueron conociendo más nuestros tejes y manejes, descubrieron que lo del blanqueo de capitales era solo la punta del iceberg, que tras la fachada de mi partido y el entramado de empresas de Antonio Cinturón había tejida toda una red de corruptelas que abarcaba desde el tráfico de influencias al de drogas, pasando por la trata de blancas. Una organización estructurada a base de testaferros y que nadie nunca hubiera sabido relacionar como no hubiera sido desde dentro.

Se especuló con que seguramente tuvieran un policía infiltrado, o alguien de los que trabajaba para las empresas de Cinturón se había acobardado ante la  tremenda magnitud de los delitos  en los que se había ido implicando y había terminado cantando a cambio de una reducción de la condena. Fuera quien fuera,  nos había fastidiado formidablemente  y nuestros problemas solo acababan de empezar.

La redada del Albatros fue noticia de portada en todos los periódicos al día siguiente, aunque en un principio todo eran meras especulaciones y  mi partido se cuidó de que  las     habituales filtraciones judiciales  no se produjeran. Nos fue imposible impedir que   la ciudanía y los medios de comunicación  sacaran, más pronto que tarde,  una opinión sobre  todo aquello.

A ello ayudó bastante  que los periodistas, al no tener otra cosa mejor que contar,  al ver relacionado mi nombre, y por ende el de mi partido, con la estructura societaria mafiosa de Cinturón comenzaran a conjeturar que  quizás en la Gaviota Liberal no  fuéramos tan honrados como como presumíamos ser  y que en la calle Turín, lugar donde teníamos la sede política, algo olía a podrido.

Más por mucha imaginación que el público le echara, por muchas conclusiones que los tertulianos sacaran sobre la posible implicación de mi Partido con la Organización de Cinturón,  no tenían ni idea del verdadero alcance de nuestras fechorías. Estas eran tan numerosas y variadas que algunas hasta llegaban a ser desconocidas para alguien como yo, que no es que estuviera en todo el centro de la trama, sino que era una de sus miembros más importantes.

El mismo día que la policía nos detuvo, todos los participantes en la reunión del restaurante pasamos a disposición judicial y el juez dictó prisión provisional sin fianza, la mayoría disponíamos de  medios económicos suficientes para que  supusiéramos un alto riesgo de fuga para la fiscalía.

Las paredes de la  prisión de la Republica de Soto se cerraron en torno a mí y, aunque no estaba incomunicado, las noticias  del exterior me empezaron a llegar a cuenta gotas y  bastante tarde. Para alguien como yo,  que la información era una de las claves de su poder, aquella incertidumbre sobre lo que sucedía me empezó a preocupar. Aunque si lo que pensaban era que  de ese modo  podrían doblegarme más fácilmente y convertirme en alguien más manejable, no lo consiguieron ni un ápice.  

Aunque en un principio la estrategia fue que mis compañeros defendieran mi presunción de inocencia, no obstante  a medida que se iban conociendo  más datos sobre las infracciones cometidas, se fueron quedando sin argumentos convincentes para seguir haciéndolo. Poco a poco, los miembros de peso de la Gaviota liberal fueron quitándome su apoyo y desvincularon mi actuación de la del partido, argumentando que desconocían mis actividades y que si había perpetrado algún delito lo había hecho a título personal.

¿De dónde suponían que provenían las gratificaciones bajo cuerda que recibían muchos de mis allegados? ¿Acaso pensaban que aquellos viajes de lujo de los que disfrutaban ellos y sus familias caían del cielo?  O una de dos, eran tan  lerdos que eran incapaces de saber cómo se financiaba su partido o, al grito de “maricón el último”, me habían escogido como chivo expiatorio de  todas sus faltas.

En las ruedas de prensa, o cuando eran entrevistados en algún programa de radio o televisión,  todos y cada uno de los miembros de mi partido pasaron de referirse a mí  en lugar de como “El señor Barcelona” por “esa persona por la que usted me pregunta”. Abandonándome a mi suerte de la forma más torticera.

Si  con mi entrada en prisión creía que había tocado fondo, lo peor estaba aún por llegar. La traición de mis compañeros de trabajo fue un palo de lo más inesperado, gente a la que durante años había brindado mi confianza me habían dado la espalda de la noche a la mañana. Ninguno vino a verme, solo recibí como muestra de afecto algún que otro  frio SMS alentador, más propios de desconocidos que de gente con la que te has matado de trabajar codo con codo.

Con mi mujer y mis hijos no me fue mejor.  Se desentendieron de mí por completo, como si la vergüenza por lo que decían que había hecho pudiera más que el cariño que nos teníamos.  Marta vino una única vez a visitarme, sola y con un objetivo principal: decirme que iba a empezar a tramitar el divorcio.

—Mujer, cuando se aclare todo y vean que no tiene nada contra mí, desbloquearan nuestras cuentas  y podremos seguir con nuestra vida de antes…

—¿Qué no tienen nada contra ti? ¡Luis!, la policía te detuvo porque estabas  aceptando un soborno.

—Mi abogado dice que todo es circunstancial que la causa será sobreseída.

—Da igual, diga lo que diga la justicia no quiero seguir compartiendo mi vida con alguien que es capaz de vender su alma al diablo. Has cambiado tanto que ya no queda nada del hombre del que me enamoré.

—¿Qué yo he cambiado? Tú tampoco eres la mujer con la que me casé.

—Pero no me he convertido en una mafiosa como tú.

—Ponte todo lo digna que quieras, pero tú eres tan culpable como yo… ¿O de verdad no sabías que nuestro tren de vida estaba  muy por encima de mi sueldo como tesorero? ¿De dónde creías que salía el dinero? ¿Del cielo?  Has comido de mi plato, a sabiendas de que la cocina estaba sucia. ¡Así que no te hagas la inocente!

Marta descolgó el auricular del locutorio, se recompuso  dignamente la ropa y se marchó sin siquiera despedirse. No la volví a ver hasta que los abogados empezaron a tramitar nuestro divorcio, y entonces éramos dos personas bien distintas: a mí me había cambiado mi estancia en prisión y ella, con la tristeza asomando en cada poro de su piel y sin la vida de lujos a los que yo la tenía acostumbrada, llegó a ser una sombra de la hermosa mujer que fue. Ha sido toda una alegría comprobar que ha sabido recuperarse y volver estar tan radiante como siempre.

Cuando uno lleva una vida tan arriesgada como la que yo llevaba,  tiene asumido  que lo de llegar al precipicio es cuestión de tiempo. No obstante aquello resultó ser como las muertes anunciadas, nunca uno está preparado del todo para ello y por más que sabes que tu ser querido se marchará, siempre es demasiado pronto para decirle el adiós definitivo.

Había pasado  de pasear por los paraísos más esplendorosos, a internarme en el más profundo de los infiernos y si para disfrutar de las maravillas del edén nunca me había faltado compañía, en la penitencia de mis pecados aquellos que seguían prestándome su apoyo, se podían contar con los dedos de una mano.

Por temor a que la desesperación me hiciera cantar todo lo  que sabía, los contactos del Barba y de Antonio Cinturón me hicieron la vida más o menos agradable en la cárcel. Si había algún recluso que intentaba hacerme la vida imposible y yo no me bastaba para ponerlo en su sitio, siempre había alguien que le recordaba lo peligroso que era meterse conmigo. Al poco tiempo, todos los presos me respetaban y nadie se atrevía infringirme daño alguno por temor a las consecuencias.   

La única visita que tuve durante aquella época fue algún que otro periodista, más interesado en tener la exclusiva de mi historia  que en mi persona, y mi fiel abogado Augusto quien, cuando ya nadie daba nada por mí, estuvo a mi lado hasta el final.

—…por lo visto tenían cogido por los huevos al dueño del Albatros por un asunto de blanqueo de dinero y no tuvo más remedio que consentir que pusieran todo un sistema de escuchas en el local. Tienen ciento de grabaciones, cada cual más comprometida…

—¿Me quieres decir con eso que no me va a poder sacar de aquí?

—A mi parecer lo único que te queda es hacer un trato con la fiscalía anti corrupción…

—¿Un trato? ¿A santo de qué?

Se echó  orgullosamente sobre el respaldo del sillón, encogió el mentón y  haciendo alarde de toda su maledicencia   dijo:

—Piensa Luís, no eres el único que has vivido por encima de tus posibilidades. El pastel era grande y muchos han comido de él. ¿Vas a pagar tú solo por lo que ha hecho la gran mayoría?

—¿Has hablado con los abogados del Barbas y de Cinturón?

—Sí, y sus clientes “cantarán” si tú lo haces… De hecho hemos repartido los nombres para que todos os podáis beneficiar del trato.

—¿Y cuáles me tocan a mí?

Se metió la mano en un bolsillo de la chaqueta, sacó un folio doblado en cuatro trozos, lo abrió ante mí, dejándome ver una lista de más de veinte nombres  y me dijo:

—Todos estos.

Continuará en: “Corrupto a la fuga”.

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