Pensando con la punta de la polla

La asombrosa historia de Luis Barcelona

Episodio 1

Primavera 2014

Regresar a Madrid ha sido más duro de lo que imaginaba. Mi pasado reciente en esta ciudad no me trae demasiados buenos recuerdos. Sin embargo, y nunca mejor dicho, se puede decir que soy una persona completamente nueva, a quien, si  sigo siendo igual de precavido que hasta ahora, nunca le podrán achacar nada de mi pasado.

Me he levantado, y sin desayunar siquiera, he venido  a ver a mi familia. Saber que era de ellos tras mi marcha era algo que me reconcomía.  Comportándome como un espía barato, fui a primera hora de la mañana a mi antiguo barrio para vigilar la entrada de la que fuera mi vivienda familiar.  

La primera en salir es mi hija Paloma, por su indumentaria, demasiado conservadora para su estilo,  se ve que ha tenido que dejar de estudiar y ponerse a trabajar. A pesar de su eterno gesto fruncido,  que parece que estuviera enfadada con el mundo, sigue siendo una hermosa muchacha y se la ve bien, quizás un poco más delgada de lo habitual. Conociendo lo orgullosa que ha sido siempre, lo habrá pasado muy mal con todo esto. No quiero ni imaginar, con todo el circo mediático que se formó,  los desprecios que habrá tenido que soportar mi pobre niña.   

Borja deberá seguir trabajando en el estudio de abogados donde lo coloqué gracias a mis contactos, pues, ni  diez minutos  más tarde que su hermana, lo veo salir con la moto del garaje y, por la dirección que toma, intuyo  que se dirige a la calle Villanueva que es donde se encuentra el bufete. Si no lo han despedido, debe ser porque el chico lo vale. Siempre fue, al igual que yo,  un luchador nato  y habrá sabido adaptarse a las nuevas circunstancias.

La última en salir, y solo media hora después, es Marta. No sé cómo llevará lo de la “viudez”, pero por su aspecto físico y la ropa que lleva puesta, puedo suponer que más bien de lo que me imaginaba, no sé cómo lo ha hecho, si ha vuelto a trabajar o no, pero parece que sigue manteniendo un nivel de vida parecido al que teníamos  unos años antes. Aunque ya no estábamos juntos cuando me quité de en medio, debió pasarlo mal. Fueron muchos años de matrimonio y, aunque ya no me quisiera, era el padre de nuestros hijos.

Comprobar que todos se encuentran bien, a pesar de todo, me reconforta. He de reconocer que, previendo cualquier tipo de contingencia, había puesto todos los negocios legales a nombre de ellos para que, pasara lo que pasara, no tuvieran problemas económicos. Lo más probable es que  Marta no podrá seguir alternando a sus amistades, quienes seguramente le habrán dado de lado como una apestada. Borja y Paloma deberán de ponerse las pilas si quieren llegar a algo en la vida. Siempre tendrán que luchar con el sambenito de ser la familia de Luis Barcelona, a quien la prensa bautizó como el puto rey de los chanchullos. Pero es el precio que la sociedad te hace pagar cuando, como fue nuestro caso, llegamos a vivir por encima de nuestras posibilidades.

Sé que los  remordimientos deberían reconcomerme por todo lo que llegué a hacer, pero no es así. Las cuestiones morales  se las dejo a los mediocres, los triunfadores como yo tenemos otro forma de ver la vida y sabemos que la sociedad actual es  una selva, hay quien nace para ser depredador y quien lo hace para ser devorado.

Salí de mi pueblo para estudiar en la capital, una vez me licencié entré en la jungla mercantil y me hice un nombre en el entramado empresarial. De allí pasé a la política, donde todo funcionaba de un modo muy parecido que en el mundillo de los negocios y logre el éxito esperado más pronto que tarde.

Escalar un puesto de importancia en uno de los partidos más importantes del país tuvo su dificultad, pero no dejó de ser  más fácil de lo que imaginaba. Las puertas se suelen abrir de par en par cuando se sabe usar la retórica para alabar a un inútil con poder. Ganada la confianza de los pesos pesados, cuando hubo una primera vacante en su círculo de poder, pasé a formar parte de este y  a ser alguien cuya opinión era importante a la hora de tomar las decisiones transcendentales.

Todos teníamos un papel que desempeñar en la cúpula directiva y él mío  no era precisamente el del dócil cervatillo. Por eso cuando me cogieron de chivo expiatorio, me sentí traicionado de la peor manera. Si hay algo que valoro es la lealtad y la gran mayoría de los miembros  de La Gaviota Liberal demostraron ser unos cobardes. Unos pusilánimes que se amedrentaron a la primera de cambio, nada más las cosas se comenzaron a torcer un poco.  

De no ser porque soy incapaz de vivir sin Mónica, hubiera permanecido en Venezuela, donde había hecho tabula rasa con mi pasado  y me limitaba simplemente a disfrutar de los placeres de la vida. Sin embargo, no tenerla junto a mí, era como si me faltara un pedazo. Sé que regresar no es la mejor de las ideas, pero  cuanto más pienso en que voy a volver a verla, más  merece la pena el riesgo.

Escuchar su voz este mediodía ha hecho palpitar mi corazón como hacía tiempo que no lo hacía. Al principio no podía dar crédito a que fuera yo  y pensó que era una broma de muy mal gusto,  pero fue escuchar nuestra palabra clave y accedió a venir a encontrarse conmigo esta tarde.

Mientras cuento los minutos que faltan para que entre por la puerta de la habitación, no puedo evitar recordar el momento en que se inició  esta locura que volvió mi mundo de revés: el día que conocí a Mónica, para mí, la mujer más guapa del mundo.

Sucedió en el 2006. En un tiempo donde la palabra crisis,  y  sobre todo en los ámbitos  que yo me movía, se aplicaba solo a la relaciones de pareja. La economía española vivía un momento glorioso, todos los que arriesgaban obtenían cuantiosas ganancias y  los políticos amantes del dinero, como yo, nos relacionábamos con gentuza que parecían salida de una película de Martin Scorsese.

Desde que llegué a la conclusión de que  tener una buena moral era algo que no me rentaría beneficio alguno, prescindí por completo de ella. Por lo que hacer negocios con gente de la calaña del Barbas o Paco Cinturón  no me suponía ningún problema. Mi ritmo de vida era el de ellos y a cambio de un favorcito aquí, una concesión allá, tenía acceso a privilegios que la gran mayoría no podía sino soñar  y aquello me hacía sentirme especial, muy, muy especial…. Tanto gastas, tanto vales.

Pero como la felicidad dice que nunca es completa, todos los excesos  y lujos materiales no cubrían todas mis carencias particulares. Mi mujer, más preocupada en aparentar que en ser, se había olvidado del hombre del que se enamoró. Quizás porque me había convertido en alguien distinto y  ya no quedara nada en mí del joven que fui,  pero tampoco es que ella hiciera   el menor esfuerzo por buscarlo. Tuve la sensación de que  pretendiera vivir de la nostalgia y  dejar relegado en el pasado a nuestro amor.

Aunque yo seguía deseándola, ella a mí ya no.  Sus necesidades pasaban exclusivamente por estar a la última, ser una persona respetable en nuestro círculo social y despertar las envidias de unas amistades hipócritas. Para mi pesar, seguía siendo una mujer hermosa con  la cual el paso de los  años no se había portado demasiado mal, había traspasado ya los cuarenta y aparentaba apenas unos treinta y pocos. Ver su cuerpo desnudo seguía despertando en mí deseos libidinosos. Un cuerpo que la mayoría de las veces me negaba con unas  fútiles excusas, excusas que  cada vez se esforzaba menos por que  sonaran convincentes.

Mis dos hijos, universitarios ya, hacían su vida aparte  y eran dos islas más en el mar de gente que me rodeaba. Mis conversaciones con ellos parecían salidas de un manual de protocolo y cualquier intento mío de acercarme a ellos, era contrarrestado con un: “Papá, perdona hablamos en otro momento que  ahora no tengo tiempo”. Mis sacrificios y esfuerzos por conseguir que tuvieran la educación que  por su estatus se merecían, se veían compensando por su parte con constantes indiferencias y desaires. Como si nuestra relación se limitase a mis obligaciones para con ellos.

Tenía más dinero del que había soñado jamás, era alguien a tener en cuenta en el partido Liberal del país… Se podía decir que era un triunfador, pero cuando volvía a casa y sus paredes me recordaban mi fría realidad, me sentía el más infeliz del mundo. Si hubiera tenido el valor suficiente, hubiera visitado a un terapeuta, pero siempre me he creído  un tipo duro y las cosas esas de los psiquiatras me habían parecido una mariconada propia de fracasados y débiles.

Con una vida familiar tan deprimente, no fue raro que  comenzara a salir de noche con el Barbas, un putañero como la copa de un pino. Al principio eran unas opíparas cenas acompañados de  esculturales bomboncitos, más interesadas en el bulto de nuestra cartera que en el de nuestra entrepierna.  Luego comenzaron las visitas a los sitios de alternes y por último las fiestas en su chalet de las afueras. Píldoras de placebo para una  aplastante soledad familiar  que, a cada día que pasaba,  se me hacía más insoportable.

Los cuarenta y cinco años que tenía por aquel entonces, me recordaron que mi cuerpo no era el de un niño y, o  dejaba de abusar del alcohol, las drogas y el sexo o más pronto que tarde me atenderían por un infarto en  las Urgencias de un Hospital. Para evitar males mayores, y porque también aquella vida me aburría, dejé  de frecuentar al Barbas. Únicamente coincidía con él solo en el Restaurante El Albatros, un lugar discreto donde prácticamente se llevaban a cabo  todos los trapicheos del partido. Era como mi segundo despacho. Allí  era donde se concedían  los concursos a dedos a  las empresas, allí era donde se entregaban los  correspondientes maletines de dinero libres de impuestos. Todo envuelto en la confidencialidad que daba disponer de la sala VIP del local.

Fue en aquel restaurante donde conocía a Mónica, la mujer más bella que había visto nunca. No creo en el amor a primera vista,  ni en  nada de esas gilipolleces que nos venden los medios para aborregarnos, sin embargo, fue simplemente  verla  y olvidé todas mis penurias hogareñas. Jamás había visto unos labios tan sensuales, jamás había visto unos ojos verdes que dijeran tanto. La dulzura y ternura eran protagonista de cada uno de sus gestos, cuando me sirvió la primera copa de vino, no pude evitar fijarme en su chapita identificativa y, haciendo gala de esa don de gentes mío tan característico, le dije:

—Mónica, mira que el nombre es bonito, pues no hace justicia a su dueña.

Ella me miró y se río mostrando unos dientes perfectos (como todo en ella), una sonrisa que  emanaba autenticidad por doquier. Unos encantos que, a alguien como yo,  a quien los años lo habían convertido en  un León en la Selva de la Hipocresía,  consiguieron seducirme aún más. Respondí a su gesto  con un ademán de complacencia e iniciamos un sutil juego de cortejo, casi sin darnos cuenta.  Un juego que concluyó cuando el Barbas se percató del tremendo tonteo que nos traíamos entre manos.

—Pero miren los señores a Don Luis, no pierde ocasión para sacar el galán que lleva dentro, ¡ya hasta con las camareras!  —Sus palabras estaban mecidas por el alcohol y seguramente  unas cuantas rayas de coca. Su voz, a pesar de que intentaba ser graciosa, sonaba enfangada y bronca.

La momentánea magia que surgió entre Mónica y yo  se esfumó ante el abrupto comentario. Clavé  violentamente mi mirada en el descarado crápula  y, gracias al cargo que yo ostentaba en aquel entonces, se calló, no volviendo a reiterarse en sus bromas de mal gusto.

Durante el resto de la noche, cada vez que la atractiva mujer pasaba por mi lado, no podía evitar sentirme dichoso ante su visión. Todo en ella era exquisito. Si alguna vez había tenido un ideal de mujer perfecta, pareciera que lo acababa de encontrar hecho carne. Podría decir que verla me ponía cachondo como hacía tiempo que nadie lo conseguía, pero limitar lo que sentía en aquel momento simple y llanamente al plano sexual, sería ofender a Mónica y ofenderme a mí. Nunca en mi vida antes nadie había despertado aquellas sensaciones (ni mi mujer de la que cual me casé muy enamorado), nunca  me había sentido tan unido a una perfecta desconocida y  a pesar de que solo habíamos intercambiado un par de frases, tenía la extraña sensación de conocerla, como si entre los dos se hubiera creado un misterioso vínculo.  

El motivo de aquella reunión era de los importantes, de los que más. Los accionistas mayoritarios  de las principales  empresas constructoras del país habían enviado a sus directivos y hombres de confianza para que, desde el gobierno balear, se comenzara a hacer las gestiones para la recalificación de unos terrenos en la costa. Aquella operación suponía un buen pellizco, tanto para mí particularmente como para la cúpula del partido, sin embargo, a diferencia de lo que hacía siempre, no estaba regateando al máximo el importe de nuestra “retribución”. Mi mente no estaba en aquella mesa, ni siquiera en pensar el buen uso que daría de mi comisión;  mis pensamientos acompañaban a la hermosa camarera en cada uno de sus paseos por el salón VIP del restaurante. Una distracción que me estaba resultando de lo más costosa, pues una décima arriba o abajo sobre el montante total que estábamos manejando, suponía un muy buen pellizco.

Repentinamente perdí la razón y dejé que la lujuria gobernara mis actos. La vi entrar en los baños y la seguí. Las emociones que aquella mujer removía en mí  interior conseguían que se me nublara el entendimiento. Tras comprobar que nadie me veía adentrarme en los servicios femeninos, corroboré que era ella quien únicamente se encontraba en el interior, atoré la puerta de este para que no pudiera ser abierta desde fuera y aguardé a que saliera del pequeño habitáculo.

Al verme,  una mueca mitad espanto y mitad sorpresa se pintó en su rostro, se quedó como petrificada durante una pequeña porción de tiempo. Haciendo acopio de todas mis armas de seducción, caminé con paso firme y me paré en seco a escasos centímetros de ella. Mónica, para ser mujer, es bastante alta (medirá uno setenta y seis o setenta y siete), y si a eso, se le unían los  centímetros del tacón que calzaba, su rostro quedó casi a la altura del mío. La tensión sexual que llegó a surgir  entre los dos en aquellos breves segundos,  casi se podía cortar con un cuchillo.

Sin esperar alguna respuesta por su parte, llevé mis manos a su elegante cintura y apreté su cuerpo contra el mío. Fue sentir como se aplastaban sus senos contra mi tórax y noté  como mi polla crecía dolorosamente dentro de mi ropa interior. Clavé mi mirada en la suya y la pasión que emanaban sus ojos verdes, me dejó claro que ella deseaba aquello tanto como yo.

Suavemente cogí su mentón y acerqué mis labios a los suyos,  un sabor a menta invadió mi paladar al tiempo que un chispazo de placer recorrió mi espalda al percibir como nuestras lenguas se unían en una danza zigzagueante. Ella anudó sus manos a mi cuello y yo apreté su cintura a mi pelvis, dejando que mi virilidad presentará los pertinentes respectos  a su feminidad. Ella se abandonó a sus instintos y al notar la dureza de mi verga, restregó libidinosamente   su entrepierna contra esta.

El tiempo pareció detenerse mientras nuestras bocas se fundían, deslicé mis manos por su delicioso y duro trasero, lo apreté fuertemente y un quejido de placer escapó de su garganta. Posé mi  voraz lengua en la parte inferior de su barbilla, desnudé sus hombros y paseé mis labios por ellos. Sus manos abandonaron mi cuello, acariciaron delicadamente mis facciones y terminaron jugueteando con mi incipiente barba, ¡fue lo más tierno que había vivido en mucho tiempo! Nada que ver con los gélidos gestos a los que me tenía acostumbrado mi esposa, nada que ver con la fogosidad mercenaria de las mujeres que había frecuentado últimamente. Aquella chica me tocaba como hacía años que nadie lo hacía, haciendo vibrar mi ser de un modo que nunca nadie lo había hecho. Me aferré a lo que me daba y me deje llevar por completo.

Mis caricias fueron trepando desde su cintura hasta sus hermosos pechos, ni demasiado grandes, ni demasiado pequeños, un tamaño justo que, al corroborar que eran  naturales, me motivaron más aún. Desabotoné el uniforme anhelando palpar la textura de su piel, al bajar el sujetador advertí que tenía los pezones duros por la excitación,  sin más preámbulos incliné mi cabeza sobre ellos y comencé a lamerlos, como un gatito su cuenco de leche.

Sus dedos, como si fueran pequeñas hormiguitas, descendieron desde mi pecho a mi abdomen y de ahí a mi entrepierna, de un modo tan sensual como delicado, buscó mi  erecta tranca y comenzó a acariciarla sobre la tela del pantalón. Nadie, repito: ¡na-die!,  me había sabido tocar así antes, no sé si porque me gustaba tanto que no podía llegar a pensar con claridad o porque la muchacha estaba entregándose del mismo modo que yo, noté como mi calzoncillo se empapaba de líquido pre seminal, hacía años que no gozaba tanto con los preliminares del sexo. Tuve la sensación de que todo lo que las sensaciones que me embargaban eran una especie de  preámbulo y que lo realmente  genuino estaba por llegar.

Hábilmente, su mano sacó mi polla de su cautiverio, la apretó entre sus dedos de un modo magistral,  mientras me dejaba mordisquear suavemente sus pezones. Los pechos de Mónica, que tendría unos veintiséis años por aquel entonces, emanaban el aroma de la juventud y su sabor me recordaba a la más prohibida de las frutas.

Jamás olvidaré como gemía mientras saboreaba sus sonrosados senos, jamás olvidaré como sus manos acariciaban los pliegues de mi escroto, como se deslizaban por mi erecto tronco escrutando las hinchadas venas, como sus dedos, empapados en mi fluido pre seminal, hacían círculos sobre mi glande.

Sin más dilación, desabroché el último botón de su bata y dejé que esta cayera a sus pies, me separé de ella un poco, con la intención de observarla detenidamente y su mera visión propició que mi pene vibrara de emoción. Si con el ajustado uniforme intuía que Mónica era una hembra para quitarse el sombrero, en braguitas y sujetador, vulgarmente hablando,  era capaz de levantársela a un muerto.

Preso del descontrol llevé mi mano a su pelvis y acaricié su sexo por encima de las bragas, aunque quise ponerle más pimienta al momento y prolongarlo al máximo, estaba tan ansioso por percibir la humedad y el calor de su espléndida raja   que pegué un tirón de su prenda  interior, tan fuerte, que estuve a punto de destrozarla.

Fue palpar su mojada vulva  y tuve la sensación de que lo bueno estaba por llegar. Metí un dedo en aquel caliente coño, lo empapé de sus efluvios y lo llevé a mi nariz. Esnifé aquel aroma y un libidinoso perfume empapó mis glándulas pituitarias, haciendo que mi cerebro se rindiera sin condiciones a una salvaje lujuria.  Tras oler mi dedo, lo llevé a mi boca y lo lamí maliciosamente busqué su mirada y ella me respondió mordiéndose sensualmente el labio inferior, incitándome con ello a que perdiera aún más el control y cediera ante mis instintos más primitivos.

Introduje otro dedo más en mi boca, los empapé con saliva de un modo meticuloso y, con el beneplácito de mi acompañante, los interné en la rosada cueva.  El ritmo de la respiración de Mónica, al sentir como la punta de mis dedos acariciaban su clítoris, aumentó de forma desmedida, ver como aquel pedazo de  mujer se corría con solo tocarla, aumentó mi vanidad, la cual ya estaba más que alimentada por poder beneficiarme a un pibón tan espectacular como ella.

Movido por el deseo, busqué un preservativo en mi chaqueta, lo desenfunde apresuradamente y una vez lo coloqué sobre el asta de mi virilidad, la coloqué primorosamente en la entrada de su gruta de placer, empujé con fuerza y  la penetré de un modo casi violento. Cada empellón que mis caderas arremetían contra su cuerpo, era acompañado con una serie de gemidos que brotaban de sus labios como si se tratara de una plegaria. Mientras mi caliente tranca entraba  y salía de su fogosa oquedad, mis labios buscaron los suyos y bendecimos con un prolongado beso el carnal acto.

Por primera vez, desde que estaba casado, sentía que le estaba siendo infiel a Marta. Aunque había ido muchísimas veces con prostitutas, ellas solo significaban un momentáneo desahogo.  Pero estar con Mónica era distinto, besar sus labios, sentir su cuerpo pegado al mío, notar su respiración descompasada,  aspirar el aroma que emanaba…Me trasladó a una época en la que era más ingenuo y mejor persona. No pude evitar que mi cuerpo me gritara que no había mejor lugar que estar que dentro de ella.

Era tanto el fuego que ardía en mi interior, que no transcurrieron ni cinco minutos y, tras un placentero quejido, dejé que mi cuerpo alcanzara el paroxismo, consiguiendo eyacular de un modo tan bestial como hacía años que no me sucedía. Saqué mi pene de su interior y la volví a besar, regalándole con ello toda la ternura de la que era capaz.

Un instante después arrojaba el preservativo en la taza del wáter, limpiaba mi verga con una toallita desechable y recomponía mi aspecto. Mónica, por su parte, hacía algo parecido delante de uno de los espejos del baño, observé su hermoso rostro y no podía disimular la preocupación que la embargaba  por el modo en que se había desarrollado todo.  

—¡No te preocupes!, si tu jefe te pregunta por dónde has estado,  dile que quitándome una mancha de la chaqueta… Yo corroboraré tu historia.

—No, ahora mismo lo que menos me preocupa es mi jefe —Su voz sonaba triste—, es esto que hemos hecho, ¡no está bien!

—¿Quieres decir que no te ha gustado? ¿Ni siquiera un poquito?—Mi voz estaba cargada de sarcasmo.

—No, simplemente que yo no soy así.

—¿Así…?

—Tan lanzada —Hizo una pausa al hablar como si se sintiera culpable y prosiguió intentando justificarse tanto con sus gestos, como con sus palabras —. Nunca antes me había comportado así, ¡no sé qué coño me ha pasado!

—¿Tú también has sentido un impulso irrefrenable y te sentías como una marioneta en manos de alguien?

Sus ojos se enfrentaron a los míos, como buscando un atisbo de falsedad en ellos. No sé si mi mirada reflejaba sinceridad o no, pero lo que encontró en ellos logró que el desasosiego desapareciera de su rostro.

—Suena un poco cursi, ¡pero sí! —Al decir esto sonrió por debajo del labio.

Nos miramos como si  fuéramos algo más que  dos completos desconocidos, estuve a punto de volverla a besar más ella me frenó y, colocando los brazos extendidos con las palmas de las manos mirando hacia mí, dijo:

—Mejor volvamos al restaurante, antes de que alguien nos eche de menos.

Mientras quitaba el atoramiento que impedía abrir la puerta, se echó un poco de jabón en las manos, lo mezcló con agua y me lo echó en la solapa de la chaqueta.

—Por lo menos que la coartada sea creíble.

La miré y no pude más que reírme ante su ocurrencia.

Unos minutos después volvía a ocupar mi sitio en la concurrida mesa del restaurante, las miradas de todos los presentes se clavaron en mí cuestionando mi prolongada ausencia, con total desparpajo, respondí a su silenciosa pregunta:

—Me he manchado la chaqueta y una camarera me ha ayudado a quitármela.

El Barbas se me quedó mirando pensativo, sonrió maliciosamente y añadió:

—Has hecho bien, porque esas manchas o se quitan en caliente o después no hay manera.

Continuará en: “La jodida trena”.

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